Yunan, de Ameer Fakher Eldin

EL PAISAJE INTERIOR. 

“Nadie llega sólo a ningún lado, mucho menos al exilio… Cargamos con nosotros la memoria de muchas tramas, el cuerpo mojado de nuestra historia, de nuestra cultura”. 

De “Pedagogía de la esperanza”, de Paulo Freire

La película se abre de una forma contundente y directa ya que vemos al protagonista sometiéndose a unas pruebas médicas. El diagnóstico es claro: no es físico, sus ahogos los provoca su estado emocional. Los primeros minutos nos sitúan en la tristeza de Munir, un escritor árabe exiliado en la fría y fea Hamburgo, que vive aislado, y no puede escribir, además, está preocupado por el bienestar de su familia y su país. Sólo le queda el suicidio y con esa intención viaja a una isla remota del Mar del Norte. En ese lugar de naturaleza salvaje y hostil y un mar a punto de devorarlo todo, conocerá a dos de sus pocos habitantes: Valeska, una octogenaria que es su casera, silenciosa, afable y cercana, y Karl, el hijo de ésta, más gruñón, malcarado y hostil con el forastero. Munir, sumido en su terrible desesperación, y extranjero de todo y todos, vivirá una existencia de mucha introspección y reflexión. 

Segunda película de la trilogía sobre el exilio y el sentido de hogar que se inauguró con The Stranger (2021), del director de origen sirio Ameer Fakher Eldin (Kiev, Ucrania, 1991), situada en los Altos del Golán ocupados y la relación que se establece de un médico rebelde y un soldado sirio herido. En esta ocasión, reflexiona sobre la soledad y la depresión de un escritor sólo en Alemania, y lo hace con una película que recuerda en tono y forma al cine de Angelopoulos y Nuri Bilge Ceylan, que retratan el desarraigo y la desesperación del huido, con un tempo entrelazado con la atmósfera y el paisaje como reflejo del alma triste y solitaria, atrapada en una rutina que se torna insoportable y sin salida. El paisaje de la isla, en mitad de la nada y alejado de todo, simboliza ese estado de expulsado que persigue a Munir, donde sus habitantes tan diferentes y con diferente estado de ánimo, ayudarán al escritor que no escribe a sentirse menos sólo y sobre todo, menos incapaz de sobrellevar su pesada y asfixiante existencia. El director impone un ritmo pausado, muy tranquilo y apacible, donde la trama es invisible, inexistente, porque todo gira en torno a lo que no vemos, a esas locuras internas que nos someten a una vida carente de vida, a una no vida muy oscura y pesada.

La cinematografía pesada y concisa que firma Ronald Plante, con más de 34 películas en su filmografía junto a directores como Winterbottom, Falardeau, y series reconocidas como Heridas abiertas, entre otras. Una luz tenue y apagada, con tonos sombríos, llena de colores apagados y en un estado de grisáceo recurrente ayudan a retratar un lugar y sobre todo, un estado de ánimo. El gran trabajo de sonido del dúo Markus Stemier y Song Kuen-Il recoge con intensidad todo el detallado espacio sonoro de la isla, donde los agentes atmosféricos tienen una relevancia cumbre en el devenir de la trama. La música de Suad Lakisic Bushnaq, con experiencia en el cine, nos sitúa y desgrana con sutileza y sin complacencia el estado emocional de Munir, y lo hace con unas composiciones llenas de agitación y magnífica. El preciso y complejo montaje que firma el propio director nos lleva a los 124 minutos de metraje que se ven sin grandes acontecimientos, quizás, aquellos tan invisibles que, en realidad, son los que nos hace humanos de verdad, esas cotidianidades tan necesarias como comer, beber, contarse o estar en silencio con la compañía adecuada, la que sabe escuchar, sentir y querer sin ataduras.

Un reparto de pocas palabras que se apoya en lo esencial, es decir, la mirada y el gesto, en el que destaca un trío excelente empezando por Georges Khabbaz en la piel de Munir, un actor libanés que conocimos como un profesor de música en Ghadi (2013), de Amin Dora. Después la maravillosa presencia de una gran del cine europeo como Hannah Schygulla, con más de 80 películas en casi 60 años de carrera al lado de Fassbinder, con el que hizo 20 títulos, amén de Godard, Wenders, Scola, Saura, Wajda, Ferreri, casi nada. Y el peculiar trío lo cierra el actor alemán Tom Wlaschiha, visto en series tan exitosas como Juego de tronos y Das Boot, y la pareja que forman el gran actor palestino israelí Ali Suliman, que tiene en su haber nombres tan importantes como Hany Abu-Assad, Eran Riklis, Elia Suleiman, Ziad Doueri y Ridley Scott, y la actriz turco alemana Sibel Kekilli, la inolvidable protagonista de Gegen Die Wand (2004), de Fatih Akin. La extraordinaria Yunan, de Ameer Fakher Eldin nos habla de exilio, de desarraigo, de viajes no deseados, de soledad, de locura, de depresión, y sobre todo, de la pérdida y la oscuridad, pero también, nos habla de la incertidumbre de la existencia que, a veces, puede ser muy mala, y en cambio, en otras, quizás sea nuestra última tabla para encontrar un resquicio de lo que sea, que se convierta en algo inesperado, accidental, como cuando la naturaleza impone su presencia salvaje, libre y bella. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La isla de la Belladona, de Alanté Kavaïté

LOS ANCIANOS DE GAËLLE. 

“La vejez no es una enfermedad – es la fuerza y la supervivencia, el triunfo sobre toda clase de vicisitudes y decepciones, pruebas y enfermedades”.

Maggie Kuhn 

Si rastreamos las películas estrenadas cada año, resulta sorprendente el poco interés que hay en retratar la vejez de un modo directo y frontal, en la mayoría de ocasiones, la vejez es un acompañamiento sin más, un complemento que ensalza a los protagonistas, que suelen ser jóvenes. Por eso, una película como La isla de la Belladona (en el original, “Belladone”), es muy bienvenida, porque sitúa la vejez en el foco, ya que retrata una triste realidad, la de estos tiempos actuales en los que la vejez se aparta como un trasto viejo que ya no produce. El relato nos sitúa en un futuro indeterminado en que la ley obliga a los ancianos a vivir en residencias (una situación parecida proponía en su arranque la reciente película brasileña “El sendero azul”, de Gabriel Mascaró). Aunque como sucedía con Tereza, que se oponía a tal atropello, unos pocos ancianos resisten en una isla alejada de todos y todo bajo el cuidado de Gaëlle, una joven de 30 años que ha heredado la función humana de su madre. 

El conflicto arranca con la llegada de dos visitantes, la doctora Aline y su hermano marinero David, que trastoca para bien la aparente armonía en la que vivían los habitantes de la isla, eso sí, bajo el recelo de la propia Gaëlle, que se muestra incómoda con esta llegada, ya que los ancianos empiezan a morir. La directora es Alanté Kavaïte (Vilna, Lituania, antigua URSS, 1973), de la que conocíamos su brillante ópera prima El verano de Sangaile (2015), una preciosa y naturista love story de dos chicas. La cineasta lituana nos propone una película vista desde la mirada de Gaëlle, la seguimos y la conocemos tanto en su exterior como en su interior, y las diferentes relaciones que tiene con los ancianos y los visitantes. Estamos ante una película muy reposada y cadente, que huye del efectismo y de las piruetas artificiosas, para plantar la cámara y contar sin prisas y con mucha emoción esta pequeña comunidad que ha decidido resistir y vivir en paz los últimos días. La trama se basa en las diferentes actividades lúdicas y muy divertidas que hacen los habitantes, alejada de prejuicios, convencionalismos y demás torpezas sociales que nos limitan y nos autocensuran constantemente. En ese sentido, la película reivindica la vejez no como un espacio de enfermedad y medicaciones, sino que también espacio para la diversión, la alegría y las risas. 

La naturalista y tranquila luz, tal y como sucedía en la citada El verano de Sangaile, que firma el cinematógrafo chileno Manuel Alberto Claro, habitual de grandes cineastas como Lars von Trier, Amat Escalante, Bille August y Thomas Vinterberg, entre otros, consigue atraparnos a base de cercanía e intimidad que traspasa la pantalla. La música del dúo Nicolas Becker (que ha trabajado con Lucile Hadzihalilovic y Athina Rachel Tsangari), y de Quentin Sirjacq (del que hemos visto la comedia Les folies fermières (2022), de Jean-Pierre Améris), consiguen esa suavidad y paz que emana en todas las secuencias de la película, en que la vejez es una fiesta que compartida es mucha más humana y divertida, y menos oscura y pesimista. El montaje lo firma la veterana Joëlle Hache con más del medio centenar de títulos desde 1973 que le ha llevado a ser la compañera de fatigas de nombres tan importantes en la cinematografía francesa como Alain Cavalier y Patrice Leconte, amén de Nikita Mihalkov y Louis Garrel, entre muchos otros. Una edición que agrupa unos 95 minutos que se ven con mínimo sobresaltos, los justos para generar los conflictos necesarios sin ser efectista ni tramposo.

El reparto funciona estupendamente con intérpretes que miran con serenidad y que usan pocos diálogos, como la magnífica protagonista Nadia Tereszkiewicz, una actriz estupenda que ya nos deslumbró en Mi crimen, de Ozon. Le acompañan los visitantes: Daphne Patakia, que la vimos en Benedetta y Los cinco diablos, y Dali Benssalah, visto en La última reina y Las dos caras de la justicia. Mención aparte tienen el grupo de ancianos capitaneados por Patrick Chesnais, Miou-Miou, Féodor Atkine, Jean-Claude Drouot, Alexandra Stewart y Calibre Magnin, todo un grupo excelente que han trabajado en grandes películas al lado de nombres que han pasado a la historia. No dejen pasar una película como La isla de la Belladona, de Alanté Kavaïté, porque les levantará el ánimo y si pensaban que la vejez era muy oscura, aquí proponen otra mirada, menos dramática y sobre todo, muchísimo más vital, porque la vida no se termina en la vejez, y si la sociedad decide que ya no somos útiles, mejor, así tenemos todo el tiempo del mundo para descansar, mirar de nuevo, divertirnos, reírnos y sobre todo, ser nosotros mismos, eso sí, más lento, sin prisas, y con ganas de vivir a pesar de las enfermedades, porque vida sólo hay una y debemos disfrutarla hasta el final. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nuestro momento perfecto, de Aylin Tezel

LOS ESPEJOS A LOS QUE NO NOS MIRAMOS.   

“Cómo te amas a ti mismo es cómo les enseñas a los demás a amarte”.

Rupi Kaur

Érase una vez… en la isla escocesa de Skye, durante un fin de semana, allí se juntaron dos desconocidos. Por un lado, tenemos a Kira, una mujer en los cuarenta, que ha vuelto a revivir un viaje al lugar cuando estaba con su ex. Por el otro, tenemos a Ian, también en los cuarenta, que visita a sus padres, en plena huida constante de sus conflictos llevando una vida al día. Los dos, sin pretenderlo, pasarán 24 horas juntos, donde corren, saltan, bailan y ríen, y se olvidarán de sí mismos, y sobre todo, vivirán experiencias diferentes y fuertes. Todo quedará ahí, en Skye, porque volverán a London, a sus vidas, a sus huidas, y a sus problemas de los que siguen huyendo. La primera película como directora de la actriz Aylin Tezel (Bünde, Alemania, 1983), retrata las relaciones de hoy en día y las huidas de unos cuarentones que les cuesta lidiar con el conflicto, y viven con un miedo constante para ser ellos mismos y trabajar en sus sueños en una sociedad tan vacía y mercantilista, y tan líquida como mencionaba Bauman.

 Tezel demuestra una gran observación en tejer con paciencia y detalle las dos vidas de los respectivos protagonistas, en la que nosotros los espectadores somos testigos de sus trabajos, sus sentimientos y sus devaneos en general, en un relato escrito por la propia directora en el que nunca se juzga nada ni a nadie, sino que se muestran unos hechos y unas circunstancias y se deja espacio para que el público los juzga como buenamente pueda. No estamos ante una película que pretenda sacar conclusiones de cómo vivir y relacionarse, eso sí, nos habla de dos personajes que están en constante huida, con el daño que eso produce en ellos, contándonos sus respectivos conflictos personales, unos problemas que los arrinconan de los demás, y les llevan a tener relaciones superficiales y nada complacientes. Son dos personajes complejos, como somos todos, pero están en ese momento de limbo, de no saber qué hacer con sus respectivos problemas, como dos islas a la deriva que chocan y de qué manera, aunque la vida con sus caprichos y meteduras de pata los aleja porque todavía no están preparados, ya que siguen en su lucha, aprendiendo a amarse, una cosa tan vital y tan difícil.

La excelente cinematografía que firma el alemán Julian Krubasik, con experiencia en el cine de su país en películas tan importantes como We Are Nest of Kin (2022), de Hans-Christian Schmid, donde priman los planos y encuadres muy cercanos para construir la profunda intimidad en la que está instalada la historia que nos cuentan, donde la cámara se mueve al son de sus dos personajes, sin incomodarlos ni nada que se le parezca, dejando ese especia esencial para ver y no juzgar. El montaje de David J. Achilles es dinámico, lleno de ritmo mezclando con inteligencia esos momentos de pausa donde los protagonistas hablan de ellos, que van in crescendo, dentro de sus torpezas, inseguridades y miedos, donde no existe un ápice de falta de ritmo ni de pausas innecesarias, en una película que se va a casi las dos horas de metraje, de continuas idas y venidas, de amor y desamor dentro de ellos. La música, esencial en la trama, él toca el piano y desea convertirse en músico, entre otras cosas, está compuesta por el músico electrónico Jon Hopkins y el berlinés Ben Lukas Boysen, con experiencias en cine, que dotan a la historia de esos subidones y reposos que viven los dos personajes.

Uno de los aspectos que destacan más de Nuestro momento perfecto (“Falling into Place”, en el original), es su fantástica pareja protagonista, o podríamos decir, su anti pareja, jajaja. La propia directora Aylin Tezel se reserva el personaje de Kira, una alemana en London, siendo la eterna aspirante en todo: al amor, en plena crisis de ruptura, en el trabajo, no acaba de ser la escenógrafa principal en el teatro, siempre la ayudante, y muchas cosas más. Ella no vive, ella está y finge vivir, como les ocurre a muchos. Frente a ella, o mejor dicho, en el mismo estado emocional de huida y pérdida, nos encontramos a Chris Fulton como Ian, que hemos visto en series como Bridgerton, The Witcher y Outlander, se convierte en el partenaire perfecto para Kira, porque los dos están ahí, esperando a romper el cascarón, a enfrentarse al espejo, a ser las personas que no se atreven o no pueden ser por ahora. El resto del reparto, tan cercano y transparente, marca de la película, así como los paisajes tanto rurales como urbanos, componen un equipo artístico de gran nivel con los Rory Fleck-Byrne, Alexandra Dowling, Olwen Fouere, Samuel Anderson, Anna-Russell Martin, entre otros, tan bien en sus composiciones dándole a la película esa amplitud y naturalidad tan necesaria.    

Una película que tiene de título Nuestro momento perfecto, tan ideal para lo que cuenta, está llena de reflejos en la sociedad actual, en nuestra forma de amarnos o no, y de amar o no a los demás, de quiénes somos, de nuestros sueños, miedos e inseguridades y de estos tiempos en qué todo va tan rápido y hemos olvidado lo esencial de nuestras vidas, nuestros verdaderos propósitos y al fin al cabo, para qué estamos aquí, y para que nos levantamos cada día, fingiendo nuestra vida y haciendo como si no fuera con nosotros. La película no olvida su cine deudor, es decir, la comedia romántica clásica, tan divertida, tan personal y profunda que habla de amor, sí, pero desde prismas diferentes, donde no se limita al éxito o fracaso impuestos por los estereotipos mercantilistas, sino desde la convicción personal de no tener miedo de ser lo que queremos ser y sobre todo, luchar por ello, y sobre todo, no huir de nosotros y encerrarnos ante lo que somos y ante los demás, siempre mirándonos a esos espejos que cuesta tanto mirarse, aunque si logramos mirarnos todo va a cambiar, todo va a verse con otra mirada, y todo aquello que creíamos a pies juntillas va a desaparecer y en ese instante, podremos mirarnos y descubrirnos sin miedo, sin trampas y sobre todo, amándonos para amar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Antonina Obrador

Entrevista a Antonina Obrador, directora de la película «Quest», en el Hangar. Fàbriques de Creació en Barcelona, el viernes 1 de diciembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Antonina Obrador, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Efhtymia Zymvragaki

Entrevista a Efthymia Zymvragraki, directora de la película «Ara la llum cau vertical», en la Plaça de les Caramelles en Barcelona, el sábado 4 de noviembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Efhtymia Zymvragaki, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

La ternura, de Vicente Villanueva

AMORES Y DESACUERDOS. 

“La raíz de todas las pasiones es el amor. De él nace la tristeza, el gozo, la alegría y la desesperación”.

Lope de Vega (1562-1635)

La filmografía de Vicente Villanueva (Valencia, 1970), siempre se ha movido dentro de una comedia romántica al uso, películas-producto producidas para el gran público con el fin de romper taquillas. Unas más conseguidas que otras, entre las que destacan Toc Toc (2017), y Sevillanas de Brooklyn (2021), de los cinco largometrajes que ha dirigido. Con su sexo largometraje, La ternura, que adapta la pieza teatral homónima de Alfredo Sanzol, representada con grandísimo éxito, la carrera del director valenciano entra en otro campo. Un espacio donde la comedia sigue siendo el vehículo, pero deja el chiste fácil y el enredo convencional, para adentrarse en otras latitudes de comedia inteligente, es decir, una comedia que evoca a grandes nombres como los de Shakespeare, quedan evidentes sus resonancias a obras como La tempestad, Sueño de una noche de verano, y Mucho ruido y pocas nueces, entre otras, donde se introduce la fantasía con la magia de esa Reina Esmeralda que guarda mucho parecido a la Reina de Corazones de Alicia en el país de las maravillas, de Carroll, con ese aroma a aquel Hollywood clásico con aquellos queridos fantasmas de las películas de Lean, Clair y Mankiewicz, entre otros.

Estamos frente a una deliciosa y entretenidísima aventura amorosa donde hay cabida para todo tipo de elementos y situaciones como el drama, el slapstick, las aventuras con isla de volcán por medio, rica metáfora, los enredos, los inequívocos, la guerra de sexos, el travestismo, la identidad, el género, incluso, el terror y mucho más. Villanueva trata con mesura y gracia un texto potente e inteligente, llevándolo a un terreno alejado a lo convencional, mezclando texturas, fondos y argumento, que parecía que no iba a funcionar, pero todo lo contrario, porque consigue una historia llena de intensidad, ritmo y mucho amor, el de todo tipo, incluso el más inesperado y extraño. La ternura funciona como un excelente cruce entre la comedia-producto con algo más, con esa trama que nos divierte, pero no sólo eso, sino que nos hace reflexionar, sobre todo, en nosotros y cómo nos relacionamos en las relaciones personales. En definitiva, en lo mal que lo hacemos con los demás y con nosotros, en todas nuestras torpezas, vilezas y demás desastres, unas actitudes provocadas por el miedo constante y esa búsqueda incapaz e impaciente del amor, sea como sea, y al precio que sea, en fin, un desvarío y una tragedia, porque es el amor el que muere ante tanta idiotez y superficialidad. 

Una película con un gran esfuerzo de producción que les ha llevado a rodar en las Islas Canarias y la República Dominicana, que casan a la perfección en ese lugar en el que todo puede ocurrir, con ese volcán amenazante, esas flores difíciles de conseguir para fabricar pócimas que encanten a los demás… Con la gran cinematografía de Luis Ángel Pérez, del que le debemos su gran trabajo en El crack cero (2019), de Garcí, que empezó en los cortometrajes de Villanueva como La rubia de Pinos Puente (2009), y ha realizado con él la mencionada Sevillanas de Brooklyn y El Juego de las llaves. El estupendo montaje de José Manuel Jiménez, que ha trabajado en películas de Achero Mañas, Miguel Ángel Vivas, Isabel Ayguavives, entre otras. Y especialmente, la extraordinaria música de un grande como Fernando Velázquez, con más del centenar de títulos en su filmografía, al lado de Bayona, Guillermo del Toro, Wim Wenders, Koldo Serra, Oriol Paulo, y muchos más. Su trabajo en la composición es de una gran belleza con una música llena de matices, colores y apabullante que ayuda a crear esa madeja de sentimientos y emociones que hay en la película. 

Otro de los grandes aciertos de la película es su reparto. Un elenco que brilla con intensidad y funciona a las mil maravillas, porque junta a dos titanes como Emma Suárez como la Reina Madre, un personaje que no está muy lejos en su vis cómica de Diana, la condesa de Belflor en la maravillosa El perro del hortelano (1996), de Pilar Miró, basada en una pieza del mencionado Lope de Vega, del que La ternura también se nutre con esa intensa mezcla de comedia y drama amoroso que funciona con brío y gran elocuencia, con ese verso que se integra con naturalidad en la cotidianidad de la isla, de estas seis almas en busca del amor o de sí mismos, y sobre todo, de ese lugar en el mundo que todos nos encantaría encontrar. Le acompaña un partenaire magnífico, un Gonzalo de Castro como Leñador Marrón,  en su salsa, ya sea como padre o como enemigo de las mujeres, cuánta perorata sale de sus labios cuando habla de las féminas, todo un caso. Sus hijos son Fernando Guallar como el Leñador Verdemar, el mayor, el que sigue a pies juntillas las proclamas y deseos paternos, aunque no los crea. Y el pequeño, el Leñador Azulcielo en la piel de un desatado y estupendo Carlos Cuevas, el ignorante y engañado. Al otro lado, o quizás sea mejor decir, al lado o encima o debajo de ellos, las hijas de la Reina, que escapan de un destino odiado y acaban en la isla, que vaya isla para acabar. Tenemos a Alexandra Jiménez como la Princesa Rubí, una actriz que se desenvuelve muy bien en la comedia, y en los enredos y mentiras, y junto a ella, Anna Moliner, la pequeña Princesa Salmón, una actriz que baila y canta, como deja bien claro en el maravilloso número musical en el que se lucen en la playa la Reina y sus hijas, ahí es nada. 

Seis personas en busca del amor o en enamorarse, que no es lo mismo, aunque lo parezca. Seis náufragos perdidos por convicción que aún se perderán mucho más cuando sepan que no están solos, porque la compañía los desbarata y de qué manera. Seis personajes no en busca de autor, como mencionaba Pirandello, sino en busca de una salida a sus desgracias, aunque quizás, y todavía no lo saben, con este encuentro fortuito, porque ellos huyen a la isla para olvidar a las mujeres, y ellas, huyen por el mismo problema, pero con hombres. Un encuentro desafortunado que tendrá de todo, con el amor de por medio, un amor de verdad, un amor inesperado que nos revuelve y de qué manera y aún más, no sabemos el porqué, esa racionalidad que siempre nos aleja de la emoción y el sentimiento que vivimos. Quizás estamos ante la mejor película de Vicente Villanueva, juzguen ustedes, al que suscribe le ha interesado y gustado mucho, porque se deja de lo esperado y nos habla de esas torpezas, miedos y tonterías que hacemos cuando nos enamoramos o cuando creemos que hemos encontrado a alguien que sí. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El origen del mal, de Sébastien Marnier

STEPHANE Y LA EXTRAÑA FAMILIA. 

“Por severo que sea un padre juzgando a su hijo, nunca es tan severo como un hijo juzgando a su padre”.

Enrique Jardiel Poncela 

Había una vez una mujer llamada Stephane. Una mujer que apenas sabía de su padre, un padre dedicado a los negocios y a las mujeres. Pero, un día Stephane conoce a su septuagenario padre en su rica mansión en mitad de una pequeña isla,  y su opulenta vida. Allí conoce su vida. Una vida en la que están una mujer sesentona, caprichosa y estúpida, una hija fría y calculadora que se ha puesto al frente de los múltiples negocios después del ictus del padre, una nieta que odia a su familia y quiere huir, y finalmente, una criada inquietante y oscura que sabe demasiado de todos y todas ellas. La realidad con la que se encuentra Stephane es muy inesperada, una situación que invitaría a huir y no volver jamás, aunque en el caso de la mujer e hija resucitada, todo será diferente, porque estará entre un padre que necesita a una aliada frente a sus “enemigas”, y las mujeres, necesitan otra mujer a su lado, alguien en confiar y derrotar al padre débil. 

La tercera película del director francés Sébastien Marnier, después de las interesantes Irréprochable (2016), y L’heure de la sortie (2018), sendos dramas ambientados en el trabajo y en la educación, se erige a través de un guion del propio director y la colaboración de Fanny Burdino, que tiene en su haber películas tan estupendas como Después de nosotros (2016), de Joachim Lafosse, El creyente (2018), de Cédric Kahn y Arthur Rambo (2021), de Laurent Cantet, entre otros. Un relato que, en su primera mitad, nos habla de una familia disfuncional, no son todas un poco o mucho, una familia enfrentada por la herencia de un padre débil de salud, en la que vemos sus relaciones y los diferentes roles de los personajes, tan excéntricos como cercanos. En su segunda parte, la película vira hacia el thriller hitchockiano, donde todo se torna aún más oscuro si cabe, y donde la historia se adentra en aspectos mucho más inquietantes y sorprendentes. El director francés nos sitúa en otro lugar muy Hitchcock, que recuerda a aquella mansión de Rebeca (1940), aunque está muy peculiar, llena de cajas y cajas llenas de artículos y productos que compra compulsivamente Louis, la mujer de George, el padre. 

Al igual que la siniestra familia, el lugar no podía ser diferente a tanta apariencia y lujo, como esa casa sobrecargada de elementos, a cuál más siniestro, como esos animales disecados, plantas y toda clase de objetos muy horteras que ofrecen un aspecto frágil y vulnerable a todo lo que allí acontece. Marnier vuelve a trabajar con el cinematógrafo Romain Carcanade, que ya estuvo en L’heure de sortie, que consigue esa luz etérea, donde enmarca a unos personajes que ocultan muchas cosas, con esos largos planos secuencia, como el que abre la película en el vestuario de la empresa de conservas, y las interesantes divisiones de la pantalla, tan significativas en el desarrollo emocional de los individuos. El preciso y brillante montaje de Valentin Féron, del que hemos visto Tan lejos, tan cerca y Black Vox, y Jean-Baptiste Beaudoin, del que conocemos Una íntima convicción y Promesas en París, que dota de ritmo y un in crescendo brutal a una película que se va a las dos horas de metraje. Una excelente música que va puntualizando los altibajos de unos personajes cercanísimos y misteriosos, firmada por el dúo Pierre Lapointe y Philippe Brault, que repiten después de la experiencia en El vendedor (2011), de Sebastien Pilot. 

Si el guion funciona como un mecanismo funcional lleno de capas complejas, y la técnica se pone a su servicio, el reparto debía estar a la altura de la exigencia. Tenemos a una Laure Calamy, que hace poco la vimos como la alocada Magalie en Las cícladas, de Marc Fitoussi, ahora su personaje está en las antípodas, porque su Stephane es una mujer que trabaja como operaria de conservas de pescado, vive en una habitación de alquiler y mantiene una relación tóxica con una reclusa. La llegada de su padre perdido dará un vuelco a su miserable vida. Le acompañan Doria Tillier en el papel de George, una mujer de armas tomar, siniestra y arribista, que hemos visto en películas de Quentin Dupieux y Nicolas Debos, entre otros. La joven Céleste Brunnquell como Jeanne, la pequeña menos contaminada de esta familia de locas, Verónique Ruggia Saura, que ha estado en las tres películas de Marnier, como Agnes, la criada que no está muy lejos de la Señora Danvers, y muchas saben de lo que hablo, Suzanne Clément como una detenida, amante de Stephane, que nos encandiló en las películas de Xavier Dolan, entre otros, y para terminar, dos grandes y veteranos de la cinematografía francesa como Dominique Blanc y Jacques Weber, en los roles de Louise y Serge, tal para cuál o un matrimonio que se odia más fuerte que el amor que quizás sintieron alguna vez en sus vidas. 

El origen del mal, de Sébastien Marnier, no es una película de esas que agradan a todos los públicos, porque no sólo habla de la familia, sino de una familia en particular, una familia que, salvando las distancias, se parece a las nuestras, aunque sea un poco, que ya es mucho, porque la familia y en este caso, esta familia no es diferente a la nuestra y la de nadie, porque en ella hay de todo, hay personas que se odian a sí mismas y a los demás, hay tensiones, mentiras, secretos, violencia, amor no lo sabemos, o quizás, el amor, en su complejidad, tiene demasiadas caras o quizás, el amor puede ser también eso, querer sin importar las consecuencias, o tal vez, el amor es querer sí, pero no querer a los demás demasiado, como hacen en esta familia, que usan el amor para querer, pero no a los que tienen más cerca, si no a lo que tienen, al maldito parné, que cantaba Miguel de Molina, o al vil metal, que decía Pérez Galdós, el dinero, esa cosa que mezclada con el amor da resultados muy sorprendentes e inquietantes, sino que le pregunten a Stephane y su nueva familia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Time to Love, de Metin Erksan

DEL AMOR Y OTRAS SOLEDADES. 

“No decía palabras, acercaba tan sólo un cuerpo interrogante, porque ignoraba que el deseo es una pregunta cuya respuesta no existe”. 

Luis Cernuda

Hay muchas historias del cine. Tenemos la oficial, la que todos los que hemos estudiado cine conocemos, con sus nombres, películas y demás. Pero también hay otras, las que no conocemos, las que se reescriben cada año, porque cada año en lo más recóndito de una filmoteca o una casa olvidada, se descubren otros nombres y películas, descubriendo a cineastas que, desgraciadamente, quedaron en el olvido o muy pocos recuerdan. El nombre de Metin Erksan (Çanakkale, Turquía, 1929 – Bakirköy, Turquía, 2012), es uno de ellos, un cineasta que dirigió 42 títulos amén de una veintena de guiones para otros directores. Este descubrimiento viene con su última película, Sevmek zamani, traducida como Time to Love, en la que nos cuenta la fascinación de Halil, un pintor que decora las casas de los ricos, por un retrato, el retrato de Meral, una de esas jóvenes ricas que pasa su tiempo en casa de ricos suyas o de amigos. Los dos se conocen y se enamoran, aunque Halil tiene miedo, ese miedo del enamorado que sabe que la diferencia entre ellos, de posición social sobre todo, hará añicos el amor y por ende su vida. 

El extraordinario arranque de la película con ese mar rodeado de un profundo bosque de árboles altos acompañado de un silencio sepulcral, que escenifica los barrotes de una prisión, igual que sucedía en Los amantes crucificados (1954), de Kenji Mizoguchi, nos lleva a pensar que estamos frente a un amor difícil, un “amour fou”, que mencionaba el gran Buñuel. La película ya tiene ese aroma triste y melancólico, con esa secuencia del inicio con la lluvia, una lluvia fiel compañera de este amor tan difícil como pasional, y el protagonista mirando a través de la ventana del café, y luego sale y la cámara lo sigue hasta la casa, donde entra y en soledad se queda embelesado mirando el retrato de la citada Meral. Un tono y unos paisajes tristes, desolados y vacíos que recuerdan enormemente el cine del bloque comunista, con nombres como Kieslowski y Béla Tarr, entre otros. El blanco y negro acentúa ese aire pesado y asfixiante de unas vidas sin más, unas existencias anodinas, sin esperanza y muy solitarias, en consonancia con el formato cuadrado que evidencia esa cárcel de la que hablábamos, en un gran trabajo del cinematógrafo Mengü Yegin, con más de 70 títulos a sus espaldas, y la música, constante y que resalta esas emociones contradictorias de ambos protagonistas, que firma Metin Bükey, con más de 130 películas en su filmografía, y el preciso y sólido trabajo de sonido de Yorgo Ilyadis con 80 títulos en su haber. 

Halil y Meral son dos almas enamoradas, pero también son dos almas muy diferentes, pertenecen a clases sociales antagónicas, y eso lo cambia todo, porque una cosa es el amor y otra muy distinta, la del patrimonio que se dispone, porque nunca habrá un amor que no esté sometido a las leyes de lo material, y en esas están los dos personajes. Erksan construye una película tan real como poética, donde cada plano y cada encuadre evidencia la distancia y la cercanía que reside entre Halil y Meral, y ese entorno duro y agreste, donde deja claro la influencia de aquellos años sesenta, la inspiración de los “nuevos cines”, de los Antonioni, de esos paisajes dolientes y desiertos, de esas playas desiertas, donde el mar rompe y desgasta, de esos caminos pedregosos y embarrados en mitad de alguna montaña, o esos lagos, donde el agua es densa y poco clara, rodeados de naturaleza y también, de aislamiento, de ese mundo interior, tan complejo y tan difícil de interpretar, de constantes huidas y (des) encuentros y reencuentros, de diálogos en silencio, de palabras duras y cortantes, de miedos, de inseguridades, de querer alejarse o quedarse para siempre, de saber y no saber, de sentir y no saber qué sentir, de dudas, de incertidumbres, y sobre todo, de amor y otras soledades. 

El cine de Erksan tiene inspiraciones literarias, que se centraba en los problemas de las gentes del campo, convierte esa isla, que no es otra que las Islas de los Príncipes, al sur de Estambul, en Turquía, en la isla del amor, o mejor dicho, en la isla donde nace el amor, primero en forma de retrato/fotografía, que lo emparenta con Jennie (1948), de William Dieterle, y con Laura, de Otto Preminger y La mujer del cuadro, de Fritz Lang, ambas producidas en 1944, donde la obsesión por la imagen de una mujer deviene un trasunto más allá del amor y el deseo, con raíces más profundas donde el sujeto se sacia con la mera contemplación del retrato sin querer ir más allá cuando la mujer se manifiesta en carne y hueso. Pero no sólo están los enamorados Halil y Meral, excelentemente interpretados por Müsfik Kenter y Sema Özcan, respectivamente, componiendo ese amor tan cercano y lejano, ese amor único, ese amor bello e intenso, ese amor rodeado de las circunstancias, y los demás, como Basar, el novio de Meral, al que da vida Süleyman Tekcan, un tipo que recuerda a los matones del cine negro hollywodiense, con su séquito y toda su rabia después que su amor se haya ido con el desconocido pintor de brocha gorda, y también, está Mustafa que interpreta Fadil Garan, una especie de padre-escudero de Halil, un amigo, un confesor y una ayuda, que trabaja con él, y canta con esa voz en la que recuerda a través de su guitarra turca, en la que la melancolía y la memoria se cruzan invocando otros tiempos, otros lugares y otros sentimientos. 

Celebramos la restauración en 4K de Mubi, y la gran idea de Vitrine Filmes de distribuirla para que la historia del cine siga en su proceso de reescritura infinito, y los mortales como yo y todos aquellos que amamos el cine, sigamos disfrutando de miradas, propuestas y reflexiones como Time to Love, y la historia de amor y no amor de Halil y Meral, y su entorno y sus circunstancias. Sólo nos queda añadir que si tienen oportunidad de verla en pantalla grande no duden en hacerlo, porque ahora que estamos rodeados de pantallas de ínfima calidad y tamaño, la calidad y la experiencia que ofrece un cine y su pantalla no es comparable, haganme caso, vale la pena el desplazamiento y disfrutar de esa sensación cuando la sala está a oscuras, la película empieza a proyectarse y el mundo no existe, el tiempo menos aún, y sólo quedan la película y su historia, que nos traslada al lejano año de 1965, a Turquía, y más concretamente a la Islas de los Príncipes, al sur de Estambul, y conocemos una crónica de amor, el amor de Halil y Meral, y la vida adquiere el más profundo de los sentidos, cuando finalice la película será otra historia, pero mientras sigamos disfrutando y sobre todo, soñando con el cine y la vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La isla de Bergman, de Mia Hansen-Love

LOS ESPEJOS DE LA FICCIÓN.

“Ningún arte traspasa nuestra consciencia y toca directamente nuestras emociones, profundizando en los oscuros habitáculos de nuestras almas, como lo hace el cine”.

Ingmar Bergman

La isla de Farö, la isla donde Ingmar Bergman (1918-2007), rodó algunas de sus grandes obras como Como un espejo (1961) y Persona (1966), se convirtió en su lugar espiritual, un espacio donde creaba, pasaba largas temporadas y en el que murió y está enterrado. Un lugar de peregrinación para muchos cinéfilos, un lugar enigmático, anclado en un sitio remoto del mar Báltico, un espacio complejo, casi desértico, con muy pocos habitantes, un lugar para visitar, perderse y sobre todo, crear. La directora francesa Mia Hansen-Love (París, Francia, 1981), lleva desde el año 2015 visitando la isla de Farö, donde ha creado e imaginado sus películas, y donde nació La isla de Bergman, su séptimo largometraje. Una película que, al igual que ocurrían en sus anteriores trabajos habla de la vocación, en el que la naturaleza y el viaje vuelven a tener un protagonismo central, y sobre todo, las relaciones sentimentales.

La directora parisina ya nos había hablado del mundo del cine en aquella maravillosa y sensible que fue Le père de mes enfants  (2009), su segunda película. En esta ocasión, nos coloca en el centro, en el borde o vete tú a saber, de una pareja de cineastas que han viajado a la isla para encontrar inspiración, como muchos otros y otras, para sus próximas películas. Es una pareja que les mueve la pasión y la obsesión por el cine, peor que en el instante en que se desarrolla la trama, se encuentran muy alejados entre sí. Tony hace películas de terror comerciales y está a punto de empezar a rodar. En cambio, Chris, que hace películas de autor, no encuentra un final para su historia de amor en la que relata su primer enamoramiento, tan pasional y tan imposible. Hansen-Love nos cuenta varias películas en una, o quizás, podríamos decir que, nos cuenta una impresionante y enigmática fusión entre realidad y ficción, o lo que es lo mismo, entre cotidianidad e imaginación y sueño. En muchos momentos del relato no sabremos en qué situación o estado nos encontramos, si lo que está ocurriendo es real o no, y si estamos fuera o dentro o ambas opciones en la película, porque los procesos creativos tienen mucho de eso, de imaginar, de soñar, de construir una realidad ficticia, o simplemente dejarse llevar por unos personajes reales o no, que solo viven en la mente del creador o de aquello que nos imaginamos o creamos imaginarnos.

No es una película sobre la figura de Bergman, pero si sobre su legado, su huella en cada lugar de la isla, que va impregnándose en la realidad y ficción que vive e imagina la protagonista. Se habla del Bergman creador y también, del Bergman ausente, aquel que tuvo familia y no estuvo con ellos, aquel que amó a tantas mujeres y ninguna, al tipo que iba a la compra y no caía simpático, al creador famoso contra el mal padre y peor esposo. La dicotomía que tanto impregna el cine de la directora francesa, con esos profesores de filosofía, productores de cine, dj’s, periodistas, enfrentados a sí mismos, y al amor, a su trabajo, a sus vidas en constante construcción y deconstrucción, unas vidas en tránsito, que no cesan de caminar y emprender nuevas rutas y nuevas aventuras, pocas elegidas y muchas a su pesar. La isla de Bergman es una película que habla del cine, pero desde la trastienda, en el momento de creación, de las dudas, la vulnerabilidad, los miedos y demonios de los artistas, de todos los bloqueos creativos, y de la imaginación como motor indiscutible para la creación, y sobre todo, para vivir que, contamina toda la obra.

El cinematógrafo Dennis Lenoir, que ya trabajó con la directora en Edén (2014) y El porvenir (2016), amén de grandes del cine francés como Tavernier, Raoul Ruiz, Assayas y P. Claudel, vuelve a diseñar una luz tranquila y cálida, pero también inquietante y oscura, con el scope y en 35 mm, que no solo captura la indefinición de la citada isla, sino también, todas las tinieblas que se van pegando a los protagonistas y todo lo que les va sucediendo. El impecable y conciso trabajo de montaje de Marion Monnier, que ha estado en toda la filmografía de Hansen-Love, que consigue en sus ciento doce minutos de metraje, atraparnos desde su arranque, que recuerda al de El porvenir, y someternos a sus imágenes y todas las vidas y no vidas que se cuentan, así mismo como los diferentes tonos, texturas y miradas que se van moviendo por la película, como si se tratase de un laberinto-bucle infinito donde nunca sabemos cómo empieza y mucho menos como acaba, del que entramos y salimos o quizás, damos vueltas y vueltas completamente hipnotizados por la historia que nos cuentan.

Un reparto equilibrado y lleno de naturalidad encabezado por una maravillosa y encantadora, y dicho sea de paso, llena de demonios pasados y presentes, Vicky Krieps en la piel y el cuerpo y el alma de Chris, la directora de cine que no encuentra su final, bien acompañado del otro lado del espejo, de todos los espejos que coexisten en la trama, del tal Tony, la antítesis de Chris, o quizás su insensibilidad se acerca a una vulnerabilidad oculta, un sensacional Tim Roth, y los “otros”, los de ficción o realidad, según se mire, la fragilidad y el tormento de Mia Wasikowska en la mirada de Amy, otra directora o la misma, enganchadísima a Joseph, que hace tan bien y tan cercano como el resto, Anders Danielsen Lie, el intérprete fetiche de Joachim Trier. La isla de Bergman tiene mucho del cine del director sueco, o tal vez, de sus procesos creativos, de esa isla, tan llena de vida y de muerte, tan poderosa y tan frágil, tan fantasmal y demoniaca, porque se habla de su cine, de sus lugares en la isla, de todo ese mundo que sigue ahí, de las piedras, de los árboles, del mar, de las rocas esculpidas, de toda su sombra y toda su ausencia.

También tiene mucho de Viaggio in Italia (1054) de Rossellini, de ese matrimonio roto o a punto de romper, de esa mujer vagando y visitando la isla, sus monumentos, tropezándose con otros y otras fuera y dentro de ella, de sueños y vigilias, de una imaginación en diálogo constante y lucha contra la realidad, el pasado y lo que creemos haber vivido pero no vivimos, y en cambio, en aquello que vivimos y nos empeñamos en olvidar porque cuesta recordarlo o simplemente, hace tanto daño que lo hemos construido de otra manera, sin tanto dolor y tristeza, porque la película de Hansen-Love es otra muestra del rico universo de la cineasta parisina, de todos esos mundos e infiernos que la rodean, a ella y sus criaturas, a todo lo que nos muestra y todo lo que nos imaginamos, a sus personajes constantemente en una cuerda floja sentimental, creativa y vital, unos seres que aman y viven con pasión, anclados en sus mundos, ajenos al real, y ensimismados en sus espacios creativos, donde todo se mira de forma muy diferente, aunque como ocurría en el cine de Bergman, es inevitable que el paraíso que nos construimos, no tenga grietas por donde se cuelan nuestros demonios más ocultos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las consecuencias, de Claudia Pinto Emperador

LOS MONSTRUOS QUE NOS HABITAN.

“Con el tiempo verás que aunque seas feliz con los que están a tu lado, añorarás terriblemente a los que ayer estaban contigo y ahora se han marchado. Con el tiempo aprenderás que intentar perdonar o pedir perdón, decir que amas, decir que extrañas, decir que necesitas, decir que quieres ser amigo, ante una tumba, ya no tiene ningún sentido. Pero desafortunadamente, solo con el tiempo…“
Jorge Luis Borges

Con La distancia más larga (2013), la directora Claudia Pinto Emperador (Caracas, Venezuela, 1977), debutó en el largometraje con una historia intimista y familiar, en la cual la naturaleza tenía una importancia sublime, por el tremendo contraste entre la violenta y caótica capital venezolana con la libertad y paz de La Gran Sabana, al sureste de Venezuela, donde el monte Roraima, se convertía en el epicentro del pasado y presente de los personajes. Un relato sobre las heridas que arrastramos, sobre el perdón, el amor que tanto cuesta y tanto evitamos, sobre todas esos traumas físicos y emocionales que no sabemos manejar ni relacionarnos con ellos en paz. La película viajó por el mundo, cosechando premios y excelentes críticas. Han pasado ocho años de todo aquello, en los que Pinto Emperador ha trabajado en el medio televisivo, dirigiendo series y realizando programas.

Con Las consecuencias, su segundo trabajo como directora, vuelve a la familia como centro de todo, y a la naturaleza como paisaje, que, al igual que sucedía en su opera prima, vuelve a tener una importancia capital en el transcurso de la trama. Del monte Roraima pasamos a una isla volcánica, una isla donde llegarán Fabiola, una mujer rota, en descomposición emocional, tratando de levantarse de la culpa por la muerte accidental del marido mientras buceaban, César, su padre, un hombre maduro y cordial, que lleva también su propia culpa que se irá desvelando, y finalmente, Gaby, la hija de Fabiola, y nieta de César, de 14 años, independiente y rebelde, que será de vital importancia en el transcurrir de los hechos. También, encontramos a Teresa, madre de Fabiola y esposa de César, que actúa más como testigo del devenir de unos acontecimientos que nada ni nadie podrá detener. Pinto Emperador escribe junto a Eduardo Sánchez Rugeles, un guion que mezcla el drama familiar con el thriller psicológico, en un entorno asfixiante, turbio y muy oscuro, donde cada acción, gesto y mirada encierra demasiadas cosas ocultas del pasado, donde esa familia laberíntica y llena de mentiras, cosen las heridas mal y a través del dolor del otro, donde el misterio que encierra este grupo pronto entrará en erupción, dejando los monstruos en libertad, tanto los reales como los inventados.

La directora venezolana, afincada en España, vuelve a contar con los técnicos que le ayudaron en su primer largometraje, Vicent Barrière (asiduo de Adán Aliaga, Alberto Morais y Roser Aguilar, entre otros), que construye una música maravillosa, que casa de forma eficaz y sugerente a esas imágenes poderosas, elegantes y fantásticas, en muchos momentos, del cinematógrafo Gabo Guerra, y el exquisito y brillante montaje de Elena Ruiz, que tiene en su filmografía a directores tan importantes como Mar Coll, Julio Medem, Isabel Coixet y J. A. Bayona, entre otros. La película es inquietante, filmada de manera elegante y extraordinaria, en un paisaje demoledor que acaba subyugando a todos los personajes, donde la cotidianidad de esa isla habitada por monstruos se manifiesta a cada instante, donde todo parece regir entre la armonía de una vida rota y desesperada, de la que nunca se habla, se esconde, y se culpabiliza, con otra, más aparente, mentirosa y sin alma, con ese aroma que tenían películas como La tormenta de hielo (1997), de Ang Lee, y la más reciente Algunas bestias, de Jorge Riquelme Serrano.

Una película en la que todas las emociones se ocultan, se mienten y se dejan atrás, necesitaba un plantel de intérpretes de grandísimo nivel. Juana Acosta, que después de El inconveniente, la vemos encarnando a Fabiola, un personaje en las antípodas de aquel, enfundándose en una mujer embarrada en la culpa, en proceso de reconstrucción, que arrastra un dolor intenso, y se tropezará con otro aún mayor, que ama a su hija y se acerca a ella torpemente, situación que la aleja muchísimo más. César, un tipo lleno de arrugas en el alma, necesitado de amor, quizás de otra clase, que también arrastra su dolor y rabia, condenado a un deseo imposible de comprender, al que da vida un inconmensurable Alfredo Castro, uno de esos actores de la vieja escuela, que con solo mirar ya dice todo lo que se cuece en su interior. Gaby es la benjamina de la familia, interpretada por la debutante María Romanillos, una adolescente a lo suyo, que no encaja en esta familia podrida, y además, quiere saber y tener su espacio, aunque no le resultará fácil, y todo estará rodeado de una extrañeza demasiado inquietante.

En las dos películas de Pinto Emperador nos encontramos personajes de reparto que tienen pocas secuencias, pero que los recordamos por su intensidad, como el padre o la doctora de La distancia más larga. En Las distancias, ese parte la hacen el personaje de Teresa, a la que da vida Carme Elias, que vuelve a ponerse a las órdenes de la cineasta venezolana, después del maravilloso e inolvidable rol de Martina, la mujer que quería morir en paz. Ahora se enfrenta a esa madre, esposa y abuela, testigo silencioso de la que sabe, pero tiene miedo a hablar para no romper esa aparente tranquilidad, que en realidad es monstruosa. Y finalmente, Sonia Almarcha, siempre eficaz y sensible, en un personaje breve pero muy intenso, la hermana de César, la que se cuida del viejo moribundo que hace Héctor Alterio, una situación que evoca a aquel militar que hacía en la recordada Cría Cuervos (1975), de Carlos Saura. Pinto Emperador vuelve a demostrar su grandísima valía para construir atmósferas cotidianas e inquietantes, de diseccionar y psicoanalizar a las familias, y sobre todo, todo lo que esconden, todos esos monstruos que habitan en ellas, todo ese pasado demoledor, toda esa culpa asfixiante, y todo ese dolor mezclado con un deseo prohibido y callado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA