Los miserables. El origen, de Éric Besnard

UN HOMBRE LLAMADO JEAN VALJEAN. 

“No hay malas hierbas ni hombres malos, sólo hay malos cultivadores”.

Frase de “Los miserables”, de Víctor Hugo 

Existen alrededor de medio centenar de adaptaciones al cine de la clásica novela “Los miserables”, de Victor Hugo publicada en 1862. Encontramos cine mudo, sonoro, series de televisión y musicales. Aunque la nueva película de Éric Besnard (París, Francia, 1964), no es una adaptación total de la citada novela, sino de sus primeras 150 páginas ambientadas en la Francia de 1815 en la que nos habla de la vida de Jean Valjean, recién salido de presidio después de una condena de 19 años. El individuo vaga sin rumbo, cansado y señalado por todos. Sólo encuentra consuelo en la casa, que antes fue corral, del obispo Myriel, un hombre concienciado que dejó la riqueza de su posición para compartirla con los más necesitados y miserables. A pesar de los recelos de Magloire, la sirvienta no ve con buenos ojos la presencia del ex reo, que contrasta con la aceptación de Baptistine, la hermana viuda que no encuentra conflicto alguno con Jean. Un encuentro y una noche que cambiará sus vidas, aunque los personajes todavía lo desconocen. 

De los diez títulos como director hasta la fecha de Besnard, de los últimos cuatro, tres están situados entre finales del XVIII, en la que situaba Delicioso (2021), sobre la creación del primer restaurante. Un siglo después encontramos La primera escuela (2024), que retrata la apertura de una pequeña escuela rural y laica, y ahora, nos vamos al mencionada 1815, en el primer tercio del XIX, donde se desarrolla esta historia sobre la bondad, en que lo humano tiene una presencia capital en la historia, porque nos habla de la circunstancias vitales que llevan a las personas actuar de una forma u otra. En el acertado guion del propio director no se juzga ningún comportamiento, sino que se muestran unos hechos, unas circunstancias y sobre todo, la parte invisible de cada ser humano, aquello que no se ve pero que dicta las conductas y las decisiones que tomamos. El director francés, como ya había hecho en las citadas, opta por un planteamiento sencillo y muy íntimo, a través de unos encuadres concisos y llenos de detalles, en que la cámara se acerca enormemente a los personajes, observando sus miradas, gestos y silencios. La magnífica estructura de western con la llegada del forastero a un lugar desconocido,  apartado por todos y que encuentra refugio en el representante de Dios que ha dejado la hipocresía para convertirse en un hombre que ayuda al necesitado, con esa atmósfera y tono tan característico del cine de Fritz Lang en EE.UU., donde también profundiza sobre los temas de la moral y la estigmatización.

Como sucedía en las anteriores películas de Besnard, el apartado histórico y técnico está cuidado hasta el más mínimo detalle, construyendo todo un universo con pequeños detalles y desde la intimidad del hogar y de un pequeño lugar. El cineasta parisino se ha vuelto a rodear de técnicos cómplices como el cinematógrafo Laurent Dailland, que ya estuvo en La primera escuela, planteando unos planos que aboga por lo físico, por lo tangible, en un gran trabajo de sonido, en el que cada cosa que vemos y escuchamos tiene la autenticidad que necesita una película de tales características. La música de Christophe Julien, seis películas con el director, que sin ser invasiva, consigue puntualizar y marcar todo aquello que lo necesita, dejando el adecuado espacio para que los espectadores podamos ver y sentir cada cosa que sucede, en una trama que se cuenta con paciencia y despojada de artificios. El montaje de Lydia Boukhrief, tercera colaboración con el realizador después de Delicioso y La primera escuela, en otra película con menos metraje, 98 minutos, que están contados de forma tranquila y reposada, sin prisas, generando esa ambivalencia instalada en el personaje de Valjean, que ayuda a conseguir esa idea de inquietud y serenidad por la que se sitúa la noche en cuestión. 

Como ocurre con el equipo técnico, en el apartado artístico, el director también ha contado con sus “cómplices habituales” entre los que destaca la presencia de Grégory Gadebois, protagonista de sus últimas cuatro películas, metiéndose en la piel del desafortunado Jean Valjean. Un actor con un temple brutal, capaz de ser lo que requiere el desdichado personaje, que parece sacado de alguna película de Peckinpah, diendo alguno de aquellos tipos estigmatizados por una sociedad que no piensa y juzga muy a la ligera, llevada por las mentirosas apariencias. Le acompañan Bernard Campan metido en el rostro y el gesto del peculiar obispo Myriel, un actor con muchas comedias en su filmografía aquí destacado en un rol de gesto silencioso, poca palabra y mirada que traspasa, acompañada de una actitud que deja a cuadros a Valjean, con una bondad y una confianza que no ha conocido el expresidiario. Las dos mujeres de la función son Isabelle Carré, la hermana del obispo, que ya estuvo en Delicioso, convertida en una mujer enamorada de las hierbas y su recogimiento, frente al personaje que hace Alexandra Lamy, la criada malhumorada que no se fía del recién llegado, muy a las antípodas de la maestra sensible que hizo en La primera escuela.

Seguramente los muchísimos lectores de “Los miserables”, estarán expectantes para ver esta adaptación, que como menciona su título español Los miserables. El origen (en el original, Jean Valjean), la película escarba el comienzo de todo, o quizás sería más conveniente aclarar que su comienzo se remonta mucho antes, como se explica en certeros y adecuados flashbacks, cuando el joven Valjean se ve envuelto en una miseria atroz y decide robar un trozo de pan y así, la impecable e insensible mal llamada justicia, le destroza la vida y lo condena a 19 años de prisión. La película arranca con esa salida, con la “libertad” de alguien condenado de antemano. Una película que antepone lo que somos como seres humanos y cómo castigamos los delitos, como la bondad, ese gesto de pura antipatía tan olvidado en los tiempos que vivimos, siga teniendo un significado, como se expone en la trama, en un hipotético enfrentamiento entre lo humano y lo irracional, o lo que es lo mismo, los que ayudan al otro, y los que se ayudan del otro para pisotear, escalar y convertirse en seres altivos y clasistas y amparados por una ley injusta y atroz que sólo dignifica lo humano a través de lo material y la posición social. Como pueden observar, la película no pasa de actualidad, porque los temas que tratan son sobre el alma humana, esa parte invisible de todos que, en demasiadas ocasiones, es muy negra. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Idilia, de Hermanos Sepúlveda

DIANA FRENTE A LA IA. 

“Vivimos en una sociedad profundamente dependiente de la ciencia y la tecnología y en la que nadie sabe nada de estos temas. Ello constituye una fórmula segura para el desastre”. 

Carl Sagan 

En la década de los setenta surgieron en Estados Unidos varias películas de corte de ciencia-ficción tales como  La amenaza de andrómeda (1971), de Robert Wise, THX 1138 (1971), de George Lucas, Naves misteriosas (1972), de Douglas Trumbull, El mundo conectado (1973), de Fassbinder y Engendro mecánico (1977), de Donald Cammell, entre otras muchas. Un cine que anunciaba las terribles consecuencias humanas en pos de una máquina pensante que sustituye lo humano y crea seres artificiales que se convierten en una amenaza destructora para nuestra especie. Un cine que huía de lo físico para plantear distopías psicológicas donde la emoción prevalecía a la acción. Una forma de hacer cine diferente que intentaba advertirnos de los caminos oscuros que podría optar una ciencia demasiado ensimismada en la creación y el futuro y en la riqueza que menosprecia la vida y las necesidades humanas. 

La primera película de José Taltavull Sepúlveda y Javier Canales Sepúlveda (Mallorca, 1972/1984), que firman la película como Hermanos Sepúlveda, no está muy lejos de ese cine setentero mencionado, porque su película, dentro de su evidente modestia, quiere ir más allá y alejarse del tono y atmósfera imperantes del género actual, poco dado al riesgo y sí mucho a los meros productos para entretener al personal. Ya desde su novedosa historia que nos habla de Idilia, una organización que se dedica a reclutar niños/as superdotados y educarlos en sus centros con la última tecnología (todo esto se cuenta en el interesante prólogo que abre la película). La trama se centra en 30 años después, centrándose en Diana Leiva, una de aquellas niñas inteligentes autora de un manifiesto que advertía sobre la proliferación incesante de la IA en nuestra cotidianidad. La joven ha decidido recluirse en su apartamento, donde sucede la mayor parte de la trama, devastada por la deriva de los políticos que han creado una sociedad altamente contaminante en que la población sufre las condiciones de miseria y soledad. Tres visitas recibirá Diana: Sinclair, el artífice de Idilia, Carlos, su hermano y un grupo de soldados. 

La película tiene un gran trabajo de diseño, ambientación y sonoro que ha contado con la impecable cinematografía de Beñat Belaza, que ha estado en los equipos de Carmen y Lola y Letters to Paul Morrissey, entre otros y debuta con Idilia creando un mundo frío y distante con colores oscuros contrastados con otros etéreos que ayudan a crear esa idea de falta de emociones que sobrevuela por ese mundo futurista y tan cercano. Un gran trabajo de arte de Joan Català Roig, Albert Pinya y Sylvia Sánchez para crear un espacio único, totalmente irreal y muy inquietante, que recuerda a la publicidad, espacio donde se han fogueado la pareja de hermanos-directores, al igual que el vestuario de Carlos Marán, Marta Gil, y la firma Cortana, dando ese look artificioso y cotidiano en esa sociedad donde todo parece de otro planeta.  La magnífica música de Elias Fabré, con esas melodías electrónicas que ayudan a sumergirnos en esa sociedad tan diferente y a la vez, tan igual que la nuestra, además de los quejíos del gran Niño de Elche, dándole una forma nada convencional. El montaje de Albert Andreu Sánchez que debuta con la película, en sus concisos y breves 73 minutos de un metraje asfixiante, lleno de diálogos cortantes que nos va atrapando a través de su sinceridad y transparencia.

Un gran reparto encabezado por Norma Ruiz que hace de la misteriosa Diana Leiva, que tiene en Raúl Prieto como su hermano, en el alter ego perfecto, donde el pasado y los conflictos familiares saltarán a la lona. Andrew Tarbet es Sinclair, algo así como el creador de Diana, un momento que recuerda a aquel tan archiconocido de Blade Runner. Eva Isanta tiene su momento cuando habla por televisión de Idilia, y los demás intérpretes que muestran cercanía, fuerza y valentía. Una película como Idilia es una rara avis dentro de la cinematografía española, porque bebe de las fuentes del cine estadounidense tales como los estupendos maravillosos de Alex Garland, todo un revolucionario de la ciencia-ficción actual, de películas como Hijos de los hombres, otra piedra angular que dirigió Cuarón, y demás autores que quieren hacer del género un vehículo que ayuda a entender e investigar la proliferación de tantas máquinas artificiales en nuestra sociedad y cómo todo eso va a ayudarnos o por el contrario, va a acabar con nosotros. El dilema está aquí y ahora, mientras tanto podemos ver películas como Idilia que, a pesar de sencillez, construye un universo único, con personajes interesantes y deambula por varios géneros como el policíaco, el drama personal y familiar, el bélico, y sobre todo, la distopía que ya no está tan lejos, quizás tan cerca que no somos capaces de ver su verdadero rostro tan oscuro y maligno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hasta la montaña, de Sophie Deraspe

MATHYAS Y ÉLISE QUIEREN SER PASTORES. 

“La mayoría de los lujos y muchas de las llamadas comodidades de la vida no sólo no son indispensables, sino que resultan un obstáculo evidente para la elevación espiritual de la humanidad”. 

Henry David Thoreau

El publicista Mathias Lefebure, residente en Quebec (Canadá), dejó su trabajo y se marchó a los Alpes franceses con la intención de empezar de nuevo, reconectarse consigo mismo y emprender una nueva vida como pastor de ovejas. La experiencia la escribió en su libro “D’où viens tu, berger?”, que ahora de la mano de la cineasta Sophie Deraspe (Rivère-du-Loup, Canadá, 1973), nos llega convertida en su tercera ficción que aboga por la sencillez, la honestidad y la capacidad del cine de volver a las historias tranquilas, que huyan de la narrativa efectista y hagan de lo convencional una seña de identidad que, en tiempos de algoritmos y de IA, todavía pueden emocionarnos con lo más pequeño, lo más simple y aquello tangible. En Hasta la montaña (en el original, “Begers”, traducido como “Pastores”), seguimos el itinerario del joven Mathyas, alguien que tiene un sueño, que no sabe nada de pastores, pero ante todo, sabe que no desea volver a su Canadá natal a seguir trabajando para otros, ahora quiere trabajar para sí mismo y volver a la naturaleza junto a los animales para ser y sentir. 

La cosa no será como Mathyas creía, o seguramente, el joven aspirante a pastor no conocía toda la verdad de vivir en una granja como pastor y trabajar en un oficio en vías de extinción, que requiere un enorme esfuerzo, sacrificio, largas horas de trabajo, muchísima dedicación y sobre todo, jornadas extenuantes donde el ganado se muestra fiero y rebelde. Ante esa cruda realidad, Mathyas tiene su conexión con lo atávico, con lo más primario, la naturaleza y los animales, y sobre todo, muy alejado del mundanal ruido, las prisas, los ajetreos, las locuras y el consumismo salvaje de occidente donde todo está en compra y se vende. Un contraste que chocará con los lugareños que no lo ven capaz de realizar su hazaña, y también, contra sí mismo, que se verá envuelto en serias dificultades en los varios empleos que tiene en los que debe demostrar su capacidad para ser pastor. Como el hombre propone y Dios dispone, conocerá a Élise, una joven funcionaria que aprovechará la aventura del canadiense para enrolarse en la causa y le acompañará como pastora. Un guion partido en dos mitades coescrito por el propio Lefebure y la directora que,  en su primera mitad, sigue a Mathyas y los tropiezos antes de ser pastor, y en la segunda, seguiremos a los jóvenes citados y su viaje por los Alpes transportando a un rebaño de 800 ovejas.

Una película bellísimamente filmada filmada en parajes naturales que nunca cae en la condescendencia de lo que tiene delante, y sabe extraer todo esa parte de problemas, tensiones y alegría de los dos jóvenes pastores y esa dualidad entre la belleza, lo salvaje y lo dificultoso de su nuevo oficio. El gran trabajo que firma el cinematógrafo Vincent Gonneville, que tiene en su haber trabajos con la cineasta tunecino-canadiense Meryam Joobeur, entre otros, donde no muestra la belleza sin más, sino que la contrasta con la dureza del trabajo como pastor. La excelente música de Philippe Brault, que conocemos por sus colaboraciones con Sebastien Pilote en Maria Chapdelaine, y con Sébatien Manier en El origen del mal. Una composición que consigue fusionar la belleza de los brutales paisajes de montaña con las dificultades y los conflictos propios de enfrentarse a una tarea como pastores primerizos. El estupendo y conciso montaje de Stéphane Lafleur que tiene en su filmografía más de 20 películas entre las que destaca Profesor Lazhar (2011), de Philippe Falardeau que, en sus casi dos horas de metraje, construye una cinta de viaje emocional y profundo en pos a el deseo y el sueño de alguien de ser pastor, y de comenzar de nuevo, de reinventarse y volver a la naturaleza y conocerla, disfrutarla y también, padecerla. 

Con un reparto que tiene al casi desconocido Félix-Antoine Duval como Mathyas, en su segundo protagonista, y Solène Rigot, que hemos visto en Puppylove y Las cartas de amor no existen, entre otras, como los dos aspirantes a pastores. Guilaine Londez, Bruno Raffaelli, Younes Boucif, entre otros, integran un reparto que aboga por la credibilidad y la naturalidad en sus interpretaciones. Después de Les loups (2015) y Antigone (2019), la directora Sophie Deraspe ha construido una película que abraza la vida, y lo hace desde la perspectiva de un par de valientes, de dos almas cansadas y agobiadas por los males de la sociedad moderna, donde todo se hace por y para el dinero, y vive de espaldas a la naturaleza y sobre todo, a lo que somos, a nuestros sentimientos y nuestro pasado. Una historia como la que cuenta Hasta la montaña nos conecta con lo más simple, con aquello que nunca debimos dejar de ser, porque nuestra manía con ser lo que no somos, nos ha llevado a sobrevivir en ciudades que odiamos y que no nos entienden y que marginan lo humano y lo de verdad, pertrechadas en su mercantilismo feroz que expulsa a las personas y ayuda a aquellos consumidores feroces que viven por y para el dinero. Una verdadera tragedia. Quizás los expulsados deberíamos tomar las riendas de nuestras existencias y huir a la vida como hacen Mathyas y Élise y trabajar duro para ser pastores u otra cosa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Historias del buen valle, de José Luis Guerin

LOS QUE HABITAN LA PERIFERIA. 

“Mis películas son una celebración de la realidad, de la vida, de mis amigos, de la vida cotidiana que pasa y mañana desaparece y no le prestamos atención cuando sucede”. 

Jonas Mekas

Ha pasado un cuarto de siglo desde que vimos En construcción, en la que José Luis Guerin (Barcelona, 1960), situaba su mirada-cámara en las entrañas del barrio Raval de Barcelona mientras sufría su mayor cambio urbanístico de su historia. A través de las historias más mínimas y cotidianas de sus gentes descubrimos el espacio humano más invisible, el que se instala en los márgenes, y sobre todo, el olvidado. Su película no sólo hablaba de una urbe en constante psicosis de construcción y cambio, sino en una forma de hacer y deshacer donde los ciudadanos importan poco o nada. A partir de un encargo del Macba bajo el título de “Una ciudad escondida bajo la niebla”, el cineasta barcelonés despachó una pieza en blanco y negro y muda, con música, filmada en super 8 sobre otro barrio, el de Vallbona, en el distrito de Nou Barris, seguramente el barrio más aislado, periférico y olvidado de la ciudad. Algunas imágenes de la pieza y varios testimonios nos dan la bienvenida a la película del título fordiano Historias del buen valle, donde el cineasta menciona su “Work in Progress”, una película en continuo movimiento, tanto físico como emocional. 

El cine es un arte de la subjetividad y la fragmentación, y Guerin sigue esas premisas desde el más absoluto respeto de aquello que tiene delante y primero, lo mira, más tarde, habla con sus habitantes, y posteriormente, lo filma desde la lejanía, acercándose desde el cuidado, desde la honestidad y sobre todo, sin pretender que olvidemos la mirada del cineasta, el forastero que llega para retratar un lugar y sobre todo, retratarse a sí mismo. A partir de la cinematografía de Alicia Almiñana construye una fragmentación totalmente cuidadosa y muy trabajada, en la que cada encuadre y plano obedece a una extensión del que observa, del que mira, de una curiosidad infinita, donde lo que importa no es lo que sucede, sino la carga de memoria que hay en cada mirada, gesto y palabra. Vemos un barrio a trozos, como una especie de caleidoscopio en que lo más local y cotidiano se confunde con aquello más complejo e inherente en cada uno de los habitantes que nos vamos encontrando. Una película que sabe recoger con paciencia y sin prisas, situándonos a los espectadores en una especie de tempo donde todo va mucho más tranquilo, un espacio apartado de todo y todos, rodeado de “enemigos” como las infinitas estructuras del mal llamado progreso que no cesa en su psicosis de construir carreteras y vías férreas que van consumiendo el espacio del barrio y aislando aún más, amén del canal-río que lo vertebra. 

Guerin sabe que el foco nunca está en la primera vista, sino que hay que observar con más profundidad para que aquello más oculto y difícil se revele, porque el tiempo presente del cine escarbe lo que sucede y cómo, ahí aparecen los más ancianos del lugar testimoniando el barrio de antes, sus costumbres y sus historias, venidos del sur del país, y los de ahora, venidos de muchos países como India, Marruecos, Ecuador, Portugal, Ucrania y demás, recogiendo su historia de inmigración, de refugio, de vida y de conflictos. Los habitantes-personajes hablan de frente, de todas las edades y procedencias, como le hablasen a un amigo, como atestiguan los tres años de proceso de filmación, y lo hacen emocionados amontonando recuerdos, vivencias y demás. La película capta con mucha naturalidad y transparencia todas las escenas que se van produciendo: las diferentes reuniones a la vera del bar mientras hablan de lo suyo, mientras cantan los gitanos y portugueses las rumbas y melodías que describen sus existencias, amores, sus frustraciones y tristezas. Las reuniones en el canal usado como baño municipal, donde la música, la alegría y las risas forman parte, así como las realidades de cada uno. Una arquitectura que se mueve entre lo urbano y lo rural, fragmentos de vida y verdad que se van intercalando con diferentes espacios del barrio y sus alrededores, con el omnipresente sonido del tren que lo circunda, y la excelente y concisa música de Anahit Simonian, que nos remite a lo más puro de la imagen.  

Una película que, entre otras muchas más cosas, viene a documentar un barrio que jamás había sido filmado, reflejo de su olvido por su condición de espacio para desheredados. Guerin rompe esa condición maldita a la que el barrio y sus habitantes han sido relegados, y cómo sucede en su cine, su cámara está para escucharlos y filmarlos para dejar su testimonio y dar validez y sobre todo, dotar la importancia que se merece como individuo en que el cine le devuelve la dignidad y la humanidad arrebatada. Uno de los personajes mayores del lugar, le menciona al cineasta: “Que la película sobre Vallbona podría ser un western”. Si que hay de eso en la cinta, y mucho más, porque la imágenes filmadas viajan por muchos lugares: la ficción, el documento, lo social, y lo humanista, donde los diferentes humanos y sociales van emergiendo de forma natural, sin pretender ni ajustar nada, tomándose el tiempo necesario para que los rostros y sus testimonios se sientan importantes y se expresen con transparencia a través de la cámara que los filma. La acumulación de personas, historias y vidas de antes y ahora están sumamente cuidadas y respetadas y funcionan con ese tempo cinematográfico donde la mirada y la palabra escenifican lo universal del relato, porque cada retrato es mucho más de lo que vemos, atrapando su esencia más profunda y sensible.  

Guerin construye un relato que se alimenta del cine en su más pura esencia y ornamento, en que el cine mudo, ya presente en su fantástico prólogo, va apareciendo remitiéndose a aquellos maestros como Flaherty, Renoir, Murnau y Grierson, y cómo no, sus anteriores trabajos, como esas fantasmagorías que construyen a los ausentes en relación con los presentes que ya estaba en la mítica Tren de sombras (1997), y esos encuadres que van delimitando las diferentes personas, espacios y edificios que ya vimos en Inisfree (1999) y Guest (2010) y sus celebradas piezas como Le Saphir de Saint-Louis (2015) y De una isla (2019), entre otros. Un prodigio y conciso montaje del propio Guerin, muy trabajado y elegante, que nada está al azar, como ese tramo final, donde el cine se eleva a cotas que muy pocos cineastas pueden conseguir, que nos hace viajar por cualquier tiempo, espacio, memoria, presente y demás, y cómo no, todos los presentes y fantasmas que habitan en cada espacio y en nuestro interior en los 122 minutos de metraje que nos devuelven el cine de verdad, aquel que mira, que observa, que filma y sobre todo, que cuenta y se cuenta con lo más mínimo, la materia física y sobre todo, invisible que está llena de emoción y de vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La tarta del presidente, de Hasan Hadi

ÉRASE UNA VEZ EN… IRAK. 

“Si mal no recuerdo, la infancia consistía en tener ganas de aquello que no se podía conseguir”. 

Audur Ava Ólafsdóttir

A finales de los ochenta apareció ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987), de Abbas Kiarostami, en el que a través de una sencilla y profunda historia sobre dos niños, se retrata el estado de ánimo de un país como Irán. Se abrió una forma diferente de hablar de ciertos temas incómodos y políticos a través de la mirada de la infancia. Le siguieron El globo blanco (1995), de Jafar Panahi, con guion del citado Kiarostami, y otras cómo Buda explotó por vergüenza (2007), de Hana Makhmalbaf, que dejaron miradas sensibles e interesantes de una población que sobrevivía en situaciones muy difíciles con la mirada de una infancia que reflejaba todo ese desgarro emocional. Un cine muy aplaudido internacionalmente que traspasó fronteras y derribó estereotipos occidentales en pos a un cine humanista que se acercaba de frente y de forma natural a los conflictos internos que sufría la población iraní. 

La ópera prima del iraquí Hasan Hadi, La tarta del presidente, está muy emparentada en ese cine iraní con niños porque su protagonista, Lamia tiene 9 años y en pleno régimen de Sadam Hussein, en los años noventa, su maestro le encarga que haga el pastel del cumpleaños del dictador. En ese instante, empieza una odisea para la niña en la ciudad de Bagdad, con la ayuda de su inseparable amigo Saeed, y su gallo Hindi, en la que irán de aquí para allá, intentando reclutar los ingredientes de la citada tarta. Los niños ayudan a retratar un país lleno de escasez, restricciones, en estado de alerta de guerra permanente y demás destrozos físicos y anímicos. El cineasta nacido en Najaf, al sur de Irak, nos sitúa a la altura de la mirada de Lamia, y nos explica los acontecimientos que la niña experimenta desde su inocencia e ignorancia en un mundo ajeno para ella, donde todo se mueve demasiado rápido y es imposible de entender. Estamos en una especie de “Alicia en el país de las maravillas” en el que hay mucha crudeza, suciedad y violencia, pero sin entrar en esa explicitud que hubiese restado al contenido de la historia, situándonos en ese espacio de testigos en el que no hace falta verlo todo para entender.

Resulta muy admirable la luz natural, cercana y transparente que firma el cinematógrafo rumano Tudor Vladimir Panduru, que tiene en su haber más de 27 títulos junto a directores tan importantes como Cristian Pungiu, Cristi Puiu, Radu Muntean y Selman Nacar, entre otros. Una luz que penetra en cada rincón a través de la mirada despierta e intensa de Lamia, explorando las miserias de una sociedad que oculta sus oscuridades y verdades. El montaje lo hace otro rumano Andu Radu, el colaborador más estrecho del mencionado Rau Muntean, con el que ha trabajo en seis ocasiones, en una edición que mantiene la incertidumbre y lo laberíntico en toda la acción en sus intensos 102 minutos de metraje que nos va atrapando a base de sencillez, alejándose de lo estridente y lo convencional, y adentrándose en territorios más complejos, menos evidentes y más de verdad. No podemos olvidar el impecable trabajo de sonido del hungaro Tamas Sanji, que ha trabajado en El hijo de Saúl y Atardecer, ambas de László Nemes, consiguiendo acercarnos de manera directa y sin concesiones, a todo lo que escuchamos, se vea o no, lo cuál nos hace estar más adentro de todo lo que se cuenta. 

Como solía ocurrir en las películas citadas iraníes, el reparto está lleno de intérpretes naturales, como la pareja de niños que hace Baneen Ahmed Nayyef como Lamia, que nos recuerda a Razieh, la niña de 8 años que protagonizaba El globo blanco, y Sajad Mohamad Qasem es Saeed, Bibi lo hace Waheed thabet Khreibat y Rahim Aihaj es Jasim, y muchos más. Unos actores que se convierten a base de honestidad y una gran naturalidad que nos lleva a sus situaciones complejas y aquel aire prebélico en el que se desarrolla el Irak de entonces. No deberían perderse una película como La tarta del presidente, de Hasan Hadi, porque verán que siempre hay un espacio para hablar de la violencia y el dolor y además, dejar el espacio necesario para la reflexión, para conocer la cotidianidad de todos aquellos que vivían en aquel Irak, bajo el terror del dictador, como por ejemplo, una niña con pocos recursos que debe ir a la capital para hacer un pastel a alguien que no conoce y le obligan a rendir pleitesía, como demuestran las imágenes de la escuela. Una película magníficamente filmada que tiene momentos muy duros y bellos, como los viajes en barca de los niños en su ir y venir por su pueblo que rodea un río. Una película que evidencia que la textura más frágil del cine sigue intacta y la emoción puede aparecer con lo más mínimo, con una niña caminando por unas calles, con su gallo y detrás de un poco de azúcar, huevos y leche. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El secreto del herrerillo, de Antoine Lanciaux

LA CURIOSIDAD DE LUCIE. 

“Recuerde que las cosas no son siempre como parecen ser… La curiosidad crea posibilidades y oportunidades”.

Roy T. Bennett

Ante el apabullamiento y el esteticismo exacerbado de ciertas producciones de animación, la cinematografía francesa se ha declarado en rebeldía y ha abdicado de las tendencias establecidas, para buscar nuevas herramientas, más tradicionales y artesanales, en las que va construyendo la película-acontecimiento porque ya no busca la artificialidad porque sí, sino, miradas menos contaminadas, optando por un modelo de animación con buenas historias, que miren a los niños de forma directa, sin tantos sobresaltos ni artificialidad, generando una historia sencilla, honesta y muy humana. En ese sentido, se mueve una película como El secreto del herrerillo (en el original, “Le secret des mésanges”), una magnífica y profunda historia sobre Lucie, una niña de 9 años que visita por primera vez la pequeña localidad de Bectoile, con ese precioso prólogo a bordo del tren, como la primera mirada del cine. Una visita durante un verano en el que le sucederán situaciones extraordinarias debido a su innata curiosidad. 

El director francés Antoine Lanciaux debuta en solitario con la película, después de una interesante andadura en la animación como guionista en La profecía de las ranas, Las cuatro estaciones de Léon y Vainilla, como artista de story board en Ma petite planète chérie y Mine de rien, como animador en Un gato en París y Mia y el Migou, y la codirección junto a Sophie Roze y Benoït Chieux del largometraje Nieve y los árboles mágicos, entre otros. En El secreto del herrerillo, la mallerenga en català, opta por la técnica de figuras de papel y recortables (cut out) de modo tradicional en el estudio Folimage de Valença, en el que se impone una maravillosa imaginación donde no hay límites, donde se crea un mundo cotidiano, rural y muy anclado en la realidad, eso sí, con espacio para los sueños e imaginaciones de la protagonista. Un decorado que respira autenticidad, cercanía y vida, en que cada personaje es único, en una trama que nos llevará al pasado, a rebuscar en la historia, y sobre todo, la memoria personal tan importante en el devenir de los hechos. La película está estructurada como un cuento con elementos como un castillo derruido durante la guerra en la que se lleva a cabo una excavación arqueológica, un molino que fue pasto de las llamas y un extraño personaje oculto en lo profundo del bosque. 

Un gran equipo de técnicos entre los que destaca Pierre Luc Granjon, coguionista junto al director, y animador experimentado en películas como Le Château des autres, La gran bestia, El invierno y la primavera en el reino de Escampeta y  L’enfant sans bouche, amén de codirigir Leonardo, el maestro. La citada Sophie Rozie, creadora gráfica y directora de artes plásticas, especialista en cut out, con la que ha trabajado con la mencionada técnica en diversas películas producidas por Folimage, y también es director y guionista de películas como Los caracoles de Joseph, y la codirección de Nieve junto a Lanciaux y demás. Samuel Ribeyron, reconocido ilustrador de cuentos infantiles con 17 libros publicados, amén de   creador gráfico y director artístico de las películas Las cuatro estaciones de León, Nieve y Wardi, y muchos otros trabajos. La excelente música de Didier Falk, otro profesional de la animación francesa, ayuda a mantener esa mezcla de cotidianidad, misterio y relaciones humanas que tiene la cinta. La magnífica cinematografía de Sara Sponga, llena de colores, texturas y sencillez que ayuda a acercarse y traspasar todo el universo creativo, que la conocemos por su gran trabajo en la estupenda No se admiten perros ni italianos (2022), de Alain Ughetto, otra delicia de la stop motion con muñecos. 

Los breves pero maravillosos 77 minutos de metraje de El secreto del herrerillo hacen, no sólo son una delicia para los más pequeños, sino que sus “acompañantes” adultos, si son capaces de dejar sus quehaceres, prisas y demás estupideces de esta sociedad psicótica, la disfrutarán de verdad, porque les devolverá a su infancia, a aquellos veranos calurosos en el pueblo, descubriendo una forma de vivir tan diferente a la ciudad, y sobre todo, volverán a sentirse niños una vez más, porque es la época más maravillosa e intensa de la existencia, cuando todo se vive y experimenta por primera vez, y las ganas de descubrir y curiosidad nunca se terminan. Nos quedamos con el nombre de su director, Antoine Lanciaux por su audacia, maravillosa imaginación y por trasladarnos al universo de la infancia, de la naturaleza, de los pueblos y de todo aquello que nos hace vivir intensamente, junto a una madre arqueóloga que busca un cripta en un castillo que cuenta mucho el pasado, un amigo Jan que es un manitas con los motores, y el inseparable perro Mandros, tan decidido, rebelde, inquieto y curioso como nuestra protagonista Lucie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Turno de guardia, de Petra Volpe

CUIDAR Y CUIDARSE. 

“El coraje no siempre ruge. A veces el coraje es la voz tranquila al final del día que dice: Lo intentaré de nuevo mañana”.

Mary Anne Radmacher 

Hay películas que se sostienen por su historia, que indaga y reflexiona de modo personal y profundo a partir de personajes completos metidos en conflictos de órdago, y también, por sus intérpretes, que componen personajes inolvidables por su carácter, su forma de ser y hacer, en los que el actor/actriz de turno pone mucho de sí mismo, capturando toda el alma de la película. En el caso de Turno de guardia (en el original, “Heldin”, traducido como “Heroína”, de Petra Volpe (Suhr, Suiza, 1970), tenemos a Leonie Benesch, quizás una de las mejores actrices europeas más importantes del momento, porque sus tres últimas interpretaciones son absolutamente demoledoras, de las que dejen huella. A saber, Sala de profesores (2023), de Ilker Çatak, una profesora idealista que se topará con la cruda realidad. en Septiembre 5 (2024), de Tim Fehlbaum, una periodista rodeada de colegas durante el atentado y secuestro en Munich 1972. Y Floria, la enfermera que nos ocupa. 

Volpe ha hilado muy fino en sus dos anteriores películas, construidas a partir de dos voces femeninas. En su debut en el largometraje Traumland (2013), seguía a una prostituta y su relación con otros personajes durante la Nochebuena. En El orden divino (2017), vista por estos lares, el turno era de Nora, una esposa, ama de casa y madre que, ante la prohibición de trabajar de su marido, crea un grupo de mujeres en lucha en un pequeño pueblo de la Suiza de 1971. Floria, su tercera heroína, como indica su título original, es una enfermera a la que sigue en su turno de tarde que, encima, debe hacer frente a la baja de una compañera que origina una gran carga de trabajo y no hacer bien su tarea. Un guion preciso, modélico y nada complaciente, que consigue sumergirnos en la cotidianidad de una enfermera vocacional, trabajadora y que se esfuerza por hacer bien su trabajo. La directora helvética retrata una realidad difícil y cruda que sufren diariamente cientos de miles cuidadoras enfrentadas a la escasez gubernamental de su especialidad, que provoca bajas indefinidas y falta de vocación, obligando a un trabajo estresante, lleno de recortes y con una gran carga emocional, como le sucede a Floria, que la veremos pasar por innumerables altibajos emocionales debidos a las circunstancias de lo mal gestionado que está su oficio por parte de las esferas. 

De la parte técnica sólo podemos elogiar el inmenso trabajo de la película empezando por la natural y transparente cinematografía de Judith Kaufmann, con más de 40 títulos, amén de codirigir junto a Georg Maas, Dos vidas y La grandeza de la vida. Su trabajo construido a través de la mirada, el gesto y el movimiento físico de la enfermera, nos lleva a partir de planos secuencias y una cámara en continua agitación que lo traspasa todo generando esa atmósfera de documento preciso, instante y muy real sin recurrir a los artificios tan vistos en series y películas de hospitales. La música que firma Emilie Levienaise-Farrouch, de la que vimos su excelente trabajo en Desconocidos (2023), de Andrew Haigh, ayuda a puntuar los instantes de aparente paz y concordia entre la enfermera y los enfermos y sus familiares, y otros momentos de tensión y nerviosismo donde asistimos a un cuento de terror de lo cotidiano donde se cruza el miedo y el dolor. El montaje de un grande en la cinematografía alemana como Hansjörg Weissbrich, con más de tres décadas de carrera en las que ha trabajado en más de 60 películas, al lado de grandes como Hans-Christian Schmid, Bille August, Sokurov, Maria Schrader, von Trotta y Serebrennikov, entre otros. Su edición se basa en la sobriedad y el detalle y el corte puro, sin embellecer ni simplón, sino con la idea de verdad que planea en la trama en sus 92 minutos de metraje. 

Ya hemos alabado la inmensa interpretación de Leonie Benesch, que arrancó su carrera como actriz en la impresionante La cinta blanca (2009), de Michael Haneke. Su Floria es una interpretación magnífica, de las que las aspirantes a actriz deberían aprender de memoria, porque expresa todo un bagaje emocional frenético desde la mirada, el gesto y un silencio atronador que la deja exhausta y sin fuerzas. Una composición sobre el hecho transformador de cuidar y sobre todo, cuidarse. Le acompañan Sonja Riesen, otra enfermera, Urs Bihler, un enfermo que no tiene noticias, Margherita Schoch, otra enferma perdida, y Jürg Plüss, un impaciente e impertinente paciente. Una película como Turno de guardia, de Petra Volpe, debería ser de visión obligatoria, por sus valores cinematográficos que son muchos y sobrados, por su arrojo de penetrar con la cámara a las oscuridades y pequeñas alegrías que se suceden en los hospitales, y sobre todo, por su gran capacidad para trasladar al cine los conflictos laborales y emocionales que padecen cada día las enfermeras, una profesión muy dura y asfixiante que pone a prueba a sus profesionales continuamente, una profesión capital que cuida a la que pocos o nadie cuida que la película sitúa el foco, pocas veces visto de esta forma tan realista y desde dentro. Por favor, no se la pierdan, seguro que les deja algo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Encuentro con Richard Linklater

Encuentro con Richard Linklater, director de la película «Nouvelle Vague», en los Cines Verdi en el marco del BCN Film Festival,  el viernes 26 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Richard Linklater, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a la inmensa labor de la intérprete Sílvia Palà, y al equipo de comunicación del festival, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Si pudiera, te daría una patada, de Mary Bronstein

UNA MADRE AL LÍMITE. 

“Y de nuevo volvió a sentirse sola ante la presencia de su eterna antagonista: la vida”. 

Virginia Woolf

En la magnífica “Una mujer bajo la influencia” (1974), de John Cassavetes nos tropezamos con Mabel, una mujer que se siente sola, perdida e inestable emocionalmente, vive atrapada por las impecables normas sociales, interpretada por una extraordinaria Gena Rowlands. Una película mítica y fundacional en el hecho de mostrar una realidad que sufrían muchas mujeres, una realidad invisible y oculta que retrataba una cotidianidad que se vivía en silencio y muy dolorosa. Linda, la protagonista de Si pudiera, te daría una patada (en el original, “If I Had Legs I’d Kick You”), es una descendiente directa de Mabel, porque, años después, la situación de muchas mujeres continúa igual. Linda es madre de una niña con una enfermedad rara, el marido trabaja fuera y por ende, se enfrenta sola a la incertidumbre e inquietud de no conocer qué le sucede a su hija pequeña. Además, un extraño agujero en su casa, la lleva a vivir en un motel en que su inestabilidad aún se recrudecerá aún mucho más. 

Segunda película de Mary Bronstein (New York, EE. UU., 1979), después de Yeast (2008), protagonizada por una tiránica y emocionalmente inestable que lucha por volver a ser amiga de sus amigos protagonizada por Greta Gerwig y la propia directora. A partir de un guion muy imaginativo en el que se mezclan varios géneros y texturas que van desde del drama íntimo y oscuro, en que lo social ayuda a retratar muchas realidades invisibles, y el fantástico como motor de algo psíquico muy del gusto de Polanski y Lynch, con algunas dosis de humor negro. La película tiene una atmósfera muy conseguida, en la que viajamos por esa otra América, más cotidiana y superficial, donde el traslado al citado motel, envuelve la trama en un cuento de hadas pesadillesco, donde la historia se torna llena de personajes de la noche, que vagan de aquí para allá, donde las adicciones de la protagonista salen a relucir con más fuerza, en ese continuo viaje psicótico por el que se mueve la película, a partir de fuertes contrastes, entre el día y la noche, con esa existencia que deambula, agitadísima y sin consuelo, donde la madre va cayendo a su particular infierno que parece no tener fin, tan sola e incomprendida por todos y por todo. 

La directora neoyorquina se ha rodeado de un excelente equipo empezando por la productora Sara Murphy, responsable de las dos últimas películas de Paul Thomas Anderson, y de otros grandes títulos indies como Nunca, casi nunca, a veces, siempre, y El blues de Dale Street, entre otros. El cinematógrafo Christopher Messina, que ha trabajado mucho en los documentales de Adam Bhala Lough, amén de Fourteen, de Dan Sallitt, impone una luz intensa y corporeal por el día, y atmosférica de noche, que traspasa la pantalla situándonos en el epicentro de la protagonista, que la sentimos hasta muy adentro. El sonido de Filipe Messenger, responsable de títulos como El faro, de Robert Eggers, y la más reciente Weapons, contribuye a dotar a la película de esa fuerza caótica y tremendamente física y asfixiante por la que se mueve. El montaje lo filma Lucian Johnston, que edita las películas del reconocido Ari Aster, y La tragedia de Macbeth, de Joel Coen. Un gran trabajo de edición que nos lleva en volandas por casi las dos horas de metraje, llevándonos a través de los altibajos de una mujer que va en modo zombie por su existencia, intentando mantenerse firme en un descenso a las catatumbas en caída libre que no parece acabarse. 

Si la elección de cualquier intérprete principal es crucial en el caso de Si pudiera, te daría una patada, resulta definitorio para el devenir de la película, porque la elección de Rose Byrne ha resultado ser un extraordinario acierto porque la composición de la actriz australiana es abrumadora, de una sobriedad absoluta en este viaje-diario a la oscuridad más profunda del alma en esta travesía con una Alicia adulta y madre en su particular experiencia por el país de las oscuridades. A la actriz, después de más de sesenta títulos, casi todos mainstream, le llega una oportunidad que ha sabido aprovechar en uno de los trabajos del año premiado en el prestigioso Festival de Berlín. Le acompañan Conan O’brien, uno de esos secundarios efectivos que hemos visto en muchas películas haciendo de un colega muy curioso, y el rapero ASAP Rocky, que sale en la nueva de Spike Lee, siendo un amigo accidental en su nueva vida en el exilio del motel. Nos quedamos con el nombre de Mary Bronstein, porque su película me ha gustado porque indaga en situaciones poco tratadas en el cine, y que ahora, las directoras están reflejando en películas tan interesantes como Cinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa, La hija oscura, de Maggie Gyllenhaal, y Salve Maria, de Mar Coll. Todas películas que usan el género para sumergirnos en la maternidad mala, aquella apegada a una realidad más cruda, difícil y oscura, muy alejada de lo idílico que nos han vendido siempre. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA