Gunda, de Victor Kossakovsky

ANIMALES COMO NOSOTROS.

«No hay ninguna diferencia fundamental entre los humanos y los animales en su capacidad de sentir placer y dolor, felicidad y miseria»

Charles Darwin

El universo cinematográfico de Victor Kossakovsky (Leningrado, URSS, 1961), tiene mucho del cine de los orígenes, el cine que observaba su entorno y lo filmaba con toda su grandeza y miseria, donde la imagen lo era todo, donde la imagen se componía a través del ritmo y la cadencia de lo que filmaba, unas imágenes que filmaban aquello que nunca había sido filmado, creando una forma de mirar a través del cine, o quizás, el cine provocaba esa forma de mirar. El cine de Kossakovsky está estructurado a través del componente de la pausa, de detenerse a mirar, a observar la vida y todo lo que ocurre a nuestro alrededor, pero de manera reposada y en perfecta armonía con lo que nos rodea, mirando cada detalle, cada esencia viva, cada diminuto organismo por invisible que parezca. El cine como documento de incesante búsqueda, de observación de la vida, la visible e invisible, mirando su cotidianidad y su perplejidad, de detenerse en aquello que se nos escapa, aquello que tiene un universo vital, cotidiano y sumamente complejo. Un cine sin voz en off, sin estridencias técnicas, devolviendo a la imagen su idiosincrasia primigenia, cuando las imágenes retrataban el mundo inexplorado por el cine, un mundo que jamás había sido filmado.

Un cine inquieto, político, humanista, reflexivo, muy alejado de modas, corrientes y tendencias. Un cine sobrio, sólido y rompedor, que ha mirado los cambios políticos, económicos y sociales que se produjeron en la Unión Soviética en los noventa con películas como Miércoles, 19-7-1961 (1997), la vida de la calle donde vive en San Petersburgo en ¡Silencio! (2003), el asombro de mirarse a un espejo por primera vez en Svyato (2005), en ¡Vivan las antípodas! (2011), mostraba ocho puntos opuestos del planeta, su belleza, su naturaleza, y su urbanidad, los contrastes de un mundo lleno de poesía y catástrofe, en Demonstration (2013), las imágenes desordenadas y caleidoscópicas de un grupo de alumnos del Máster de documental de creación de la UPF, muestran la calle, sus protestas, sus movilizaciones, su ruido, en Aquarela (2018), se lanza a filmar el agua, en todos sus estados, su belleza, su dureza, su hegemonía en la tierra, su grandeza.

Con Gunda, Kossakovsky va mucho más allá, y se aleja de la película animalista reivindicativa y de denuncia, porque el cineasta ruso nunca mira por mirar, o mira para resolver algún enigma, solo mira para conocer, para contemplar aquello que ha de ser mirado, aquello que nadie mira, y no lo hace desde la compasión o el sentimentalismo Su cine lucha contra eso y lo hace a través de las herramientas del propio cine, sin utilizar voces que nos guíen o nos conmuevan, sino construyendo una película sin diálogos ni voz en off, solo imagen, una imagen portentosa en blanco y negro, lúcida y sobria, que firman Egil Håskjold Larsen y el propio Kossakovsky, y el apabullante sonido, donde escuchamos lo más leve, obra de Alexander Dudarev, un sonido que traspasa la imagen y se anida en nuestro interior, un sonido de carácter como si lo escuchásemos por primera vez. Gunda nos cuenta la cotidianidad de una cerda y sus hijos, en una granja como cualquier otra, ajenos al destino que les espera, pasan los días apartando moscas, rastreando gusanos, jugando entre la hierba y revolcándose en el barro.

El director ruso coloca la cámara a ras de suelo, en que la cámara se convierte en un animal más, en un ser extraño al principio para los animales, pero luego aceptada como una más, donde miramos a Gunda y sus hijos, a su altura, frente a frente, siendo testigos privilegiados de sus existencias cotidianas, de sus ratos en la granja, escuchando sus respiraciones ruidosas, devolviéndoles alguna que otra mirada que nos dedican, la cámara mira y filma, sin barreras ni obstáculos, con una cercanía asombrosa e íntima, como pocas veces habíamos visto en el cine, describiéndonos la vida de una cerda y sus hijos, una existencia que traspasa la pantalla, que nos provoca la risa, y nos conmueve, con esos pasos pesados, y la jauría de cerditos que la sigue esperando a agarrarse a mamar. Si bien la mayor parte de la película se centra en Gunda y sus hijos, también hay tiempo para ver un grupo de pollos saliendo de su jaula y disfrutando del entorno natural, y un espacio más para unas vacas que salen de su corral, movidas por su libertad y la alegría de verse corriendo, saltando y pastando en perfecta armonía con el paisaje.

Gunda ya forma parte de esos animales que traspasan la pantalla, erigiéndose en el reflejo de lo que los humanos hemos perdido, nuestra humanidad, paradojas de la vida, la encontramos en la cotidianidad de unos animales, que al igual que Gunda, convertida en una imagen pura y sensible como Baltasar, el burro, quizás el animal más importante del cine de reflexión. Dos seres vivos de los que hemos de aprender y pensar en que nos hemos convertido, y sobre todo, que hacemos en nuestra cotidianidad para que este mundo sea un poco menos deshumanizado, y permitamos que la industria alimentaria asesine indiscriminadamente millones de animales cada año. Gunda es una experiencia humana asombrosa y maravillosa, una de esas películas que traspasa la pantalla y nos traslada a ser uno más, a mirar desde dentro, no desde fuera, en la misma posición y a la misma altura, por todo su aprendizaje en mirar de otra forma, desde otra posición, agachándonos y observar a esos animales de granja, esos animales que viven para el beneplácito de otros, animales privados de libertad y sobre todo, de vida. Kossakovsky nos obliga a mirarlos con detenimiento, con paciencia, sin acritud, sin benevolencia, sino todo lo contrario, como uno de nuestros semejantes, otro animal, otro ser vivo, que también tiene sentimientos, actitudes y ganas de vivir, ansiosos de tener una existencia cómoda y disfrutar de su vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Armugán, el último acabador, de Jo Sol

EL ÚLTIMO VIAJE.

“Dicen los más ancianos que en esta tierra nadie muere solo. Aquí existe la tradición de acompañar a quien emprende su último viaje. No es una labor fácil. Hay que estar siempre disponible para la imprevisible llamada. Es preciso conocer el camino y saber qué hacer con quien se resiste a lo inevitable. Por eso, vine a estas montañas, a aprender el secreto oficio de la muerte. Aprenderlo de ti, Armugán, el último acabador”.

La película se abre con una imagen sólida y muy intensa, de esas imágenes que se convertirán en icónicas en el transcurso de la acción, y seguramente, en el recuerdo de la película. Una imagen en la que vemos a un hombre Anchel, que carga a su espalda a otro, Armugán, tullido y bajito. Se encuentran caminando en lo alto de algún lugar del Pirineo. Escuchamos la respiración agitada del que carga y la mirada impasible del cargado, acompañados de una música que se mezcla con la respiración, creando casi el ruido de un animal sin aliento. Una imagen que nos remite a La balada de Narayama (1983), de Shôhei Imamura, y a Madre e hijo (1997), de Aleksandr Sokúrov, en las que también, al igual que ocurre en Armugán, el último acabador, el relato gira en torno a la muerte y a ese último viaje o tránsito, en el que todos nos veremos en algún momento.

El trabajo de Jo Sol (Barcelona, 1968), se ha movido por derroteros poco convencionales, sus propuestas siempre han virado hacia aquello que la sociedad tilda de incómodo e invisible, proponiendo películas que en un tono híbrido entre el documento y el retrato, con algunas pinceladas de ficción, ha construido miradas sobre personas de diversidades humanas muy diferentes, con dolencias graves y limitaciones físicas, adentrándose en sus almas, sus reflexiones y demás aspectos, centrándose en elementos como el género, la sexualidad, las enfermedades mentales, etc… Un cine que le ha servido para reflexionar a través de sus heterogéneos personajes, de las diferentes posiciones morales respecto a temas todavía tabú como el sexo, la identidad y todo aquello que se sale de la norma establecida y construida. En Argumán, el último acabador, aunque parezca que en la forma si que el cine de Jo Sol ha girado 180 grados, con la introducción del blanco y negro, una luz tenue, sombría, sobria y espectacular, obra de Daniel Vergara, que además de coproductor de la cinta, debuta en el largometraje de ficción, después de despuntar en películas como Marcelino, el mejor payaso del mundo, y el cortometraje Vera, entre otros trabajos, consigue esa luz mortecina, que recuerda a la de Honor de caballería y El cant dels ocells, ambas dirigidas por Albert Serra, donde la atmósfera se torna pesada, reposada y llena de tensión.

Tanto el sonido de Leo Dolgan (con trabajos interesantes en Mi querida cofradía o el cortometraje Panteres), también coproductor, como la música de Juanjo Javierre, un habitual del cine de Nacho G. Velilla, se fusionan con acierto creando ese cuerpo físico y psíquico que ayuda a comprender y ver aquello que no se cuenta, en una película de escasísimos diálogos, donde la imagen y la labor del reparto lo es todo, como una vuelta a los orígenes del cine, y el excelente montaje, obra de Afra Rigamonti, una habitual del cine de Jo Sol, como en la cinematografía como en la edición, en un trabajo serio y audaz en una historia de largos planos y muchos planos fragmentados. El director barcelonés nos habla de la muerte, del último viaje que separa la vida de la muerte, donde Armugán, un término que nos remite a leyendas nórdicas, ayuda a morir, no provocándolo, como surgirá ese conflicto entre el maestro y Anchel, ayuda al moribundo a que ese paso sea lo más tranquilo posible, a través de una especie de rito con las manos de Armugán.

Jo Sol plantea una película vitalista y sobre todo, humanista, con el aroma del mejor Rossellini, en un relato atemporal, si bien nos lo ubica en las montañas reconocibles, pero los dos principales protagonistas viven alejados del mundo, en una vida humilde y sencilla, en perfecta consonancia con los animales, ese rebaño de corderos que actúa como guardianes y vigías de la casa, y sobre todo, la naturaleza, con esas plantas que manipula Armugán como si fuesen una especie de tesoro o reliquia. La película se construye a través de la intimidad de estos dos hombres, que parecen el reflejo más cotidiano de Quijote y Sancho, pero dándole la vuelta, porque aquí el sano es el escudero, y el limitado físicamente es el sabio, o quizás no. Unos hombres que se miran desde la admiración, el respeto y la enseñanza, sintiéndose muy cerca y ayudándose uno al otro, aunque la película los enfrentará con un caso peculiar que se plantea en la película y divide a los dos hombres en su posición moral, rasgo del cine de Jo Sol, pero haciéndolo con inteligencia y alejado de dogmatismos.

Armugán, el último acabador  es una película transparente y bien planteada, su conflicto o conflictos no son enrevesados ni tramposos. Todo gira en torno a la muerte, desde el vitalismo, aceptándola como algo natural, desde la sencillez de una forma de vida en extinción, que podríamos ver su reflejo en todas esas vidas rurales y sencillas que van desapareciendo ante un progreso devastador que aniquila el humanismo. La película recorre temas como el existencialismo, peor con calma, sabiduría y sin panfleto, sino con todo lo contrario, desde la humildad y las diferentes posiciones. El excelente dúo protagonista formado por Iñigo Martínez Sagastizábal como Armugán, viejo conocido de Jo Sol, y Gonzalo Cunill como Anchel, un intérprete fabuloso que encarna esa fisicidad y aplomo como nadie, en un personaje con cierto aroma del que hacía en la reciente Occidente. Y las estimulantes presencias de Núria Lloansi y Núria Prims. Armugán, el último acabador es una magnífica, sensible y poética cinta sobre la muerte y todo lo que la rodea, con ese aroma del cine del este, con nombres como los de Tarkovsky, Béla Tarr y demás, que han logrado películas que abordan desde el humanismo y la filosofía el tema de la muerte y ese último tránsito a la otra vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sweat, de Magnus von Horn

LA SONRISA AMARGA.

“La felicidad es interior, no exterior; por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos”.

Henry Van Dyke

El nuevo milenio es un espacio online, un espacio donde las redes sociales se han convertido en “espacio”, donde millones de usuarios abarrotan de publicaciones sus perfiles, mostrando su vida y mostrándose continuamente, desinhibiéndose a todo trapo, y convirtiendo sus dominios en auténticos escaparates de sus existencias, a nivel físico, emocional y demás. Muchos de ellos han generado auténticos negocios con su contenido, convirtiéndose en los llamados “influencers” para muchos, y empresas han visto una forma de anunciar sus productos promocionando a estas nuevas “stars” de la imagen. Sylwia Zajac es una mujer de treinta años que ha construido toda una legión de cientos de miles de seguidores a través de sus redes, motivándolos a través del fitness, con sus clases, entrenamientos y esa actitud perfecta y llena de felicidad. Pero… ¿Qué ocurre cuando Silwia apaga su móvil?.

El segundo trabajo de Magnus von Horn (Göteborg, Suecia, 1983), después de la interesante e incisiva Después de esto (The Here After), que dirigió en el 2015, en la que retrataba la difícil vuelta a la vida de un joven que ha cumplido condena en un reformatorio. Con Sweat (traducido como “sudor”), el director sueco, afincado en Polonia, que se formó en la prestigiosa Escuela de Lodz, nos sitúa en la vida de Sylwia durante solo tres días, en la ciudad de Varsovia. Tres días en las que la joven experimentará lo feliz y amargo de su existencia. La película tiene un ritmo y una aceleración como la vida de esta joven, una vida “online”, donde todo es carne de publicación, en que el móvil es una parte más de su cuerpo y mente, donde la veremos de aquí para allá, casi sin descanso ni tregua, como ese arranque tan vertiginoso como la clase de entrenamiento que hace en directo con sus seguidoras. Un cámara pegada a ella, metida en su interior, en un gran trabajo del cinematógrafo Michal Dymek, bien acompañado por el inmenso ejercicio de edición de Agnieszka Glinska, que ayudan a convertir Sweat en una película de ahora, con los métodos y elementos que tanto se utilizan, aunque eso sí, también, hay tiempo para plantar la cámara y mirar la vida de Sylwia de forma más pausada.

La joven vivirá una experiencia que solamente no le cambiará su forma de trabajo, sino su interior, un espacio donde no es exitosa, sino todo lo contrario, pero la película no lo transmite de forma simple, sino con estilo y elegancia, con la figura de un acosador, alguien que como ella siente su soledad cuando los focos se apagan, alguien que despertará en la joven cosas que debería empezar a plantearse porque tarde o temprano deberá enfrentarlas para crecer como persona y mejorar en su vida y por ende, en su trabajo. Las miserias de las redes sociales, y todos aquellos que se benefician y las sufren, la dictadura de la felicidad y los cuerpos aceptados por la industria, y todos aquellos que encuentran sentido a sus vidas en los que siguen en redes, son varios de los aspectos en los que incide el director sueco, construyendo una película de aquí y ahora, pero sumamente sobria, sensible y sólida. Secuencias bien planteadas que explican lo necesario pero haciendo hincapié en su estado emocional, son algunas como las de la comida con su madre y familia, y la experiencia con el acosador y otro entrenador colaborador, momentos que la resignificarán hacia otras posiciones que le ayudarán a verse como es, todo aquello que oculta y todo lo que le duele y le impide estar bien consigo misma.

Una estelar y maravillosa Magdalena Kolesnik, en su primer papel protagonista, después de haber trabajado con nombres de la industria polaca tan potentes como Jan Komasa y Krystian Lupa, entre otros, dando vida con convicción y naturalidad a la compleja Sylwia, una mujer exitosa en las redes y los medios de comunicación, una mujer fuerte, segura de sí misma, y alguien capaz de todo, una mujer perfecta, digna de admirar y un ser admirable. En cambio, la real, la del día a día, es alguien frágil, que no muestra sus sentimientos, muy resentida, y con una mala relación con su madre, llena de reproches y errores del pasado. Entre el personaje y la persona, una confrontación en la que deberá lidiar la futura Sylwia que salga mejor de ese trance. Debemos a hacer mención a otra presencia interesante de la película, la del actor Zbigniew Zamachowski, que muchos recordamos como el inolvidable Karol de Blanco, de Kieslowski. La joven deberá buscarse y encontrarse para salir más fuerte, enfrentándose a quién es, qué quiere, y sobre todo, empezar a pretender ser tan perfecta en su vida como en su trabajo, aprender a ser lo más humana posible, sin miedo, dejándose las inseguridades, olvidándose de los “haters”, y sabiendo que siendo ella misma, y aceptándose, podrá mostrarse como lo que es y ser de verdad un referente para todos los que la siguen, y la quieren, en cierta manera, aunque sea a su personaje y no a ella. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Poliamor para principiantes, de Fernando Colomo

SÉ AMOR Y NO MIRES CON QUIÉN.

“El amor es la respuesta, pero mientras estás esperando la respuesta, el sexo plantea algunas preguntas bastante buenas”

Woody Allen

Con Isla bonita (2015), de Fernando Colomo (Madrid, 1946), una película filmada entre amigos y sin dinero, pero con esa naturalidad e intimidad que había en aquellas deliciosas tragicomedias de sus primeros años como Pomporrutas imperiales, Tigres de papel, ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?, La mano negra o La línea del cielo. Cine que dio origen a la llamada “comedia madrileña”, un cine que con mejor o menor suerte no solo ha divertido con las miserias urbanas de muchos de aquellos españoles que nacían a la vida ochentera con sus pros y contras, después de años en el ostracismo franquista. Un cine que se tomaba muy en serio reírse de las estupideces de esos hombres y mujeres que iban de modernos o no. Con Poliamor para principiantes, el director madrileño vuelve a esa comedia que se ríe de todo, pero con cariño y sin faltar al respeto, en un guion que firman Casandra Macías Gago, Marina Maesso y el propio Colomo, para centrarse en las desventuras de un tipo veinteañero, más cerca de los treinta, sin oficio ni beneficio llamado Manu, que vive con sus padres, que intenta infructuosamente ganarse la vida como youtuber y es un apasionado del cómic manga.

Todo cambiará cuando Manu conoce a Amanda, pero la chica tiene un pequeño inconveniente, la chica practica el poliamor. Amanda sale con Claudia, una chica trans, también con Àlex, un monitor paracaidista, y con un matrimonio acomodado con hijos que son Marta y Esteban. Por otro lado, los padres de Manu, también descubrirán las ventajas e inconvenientes del poliamor, y meterán a su propio “unicornio”, Berta que cambiará y mucho la forma de relacionarse del matrimonio o lo que queda de él. Colomo vuelve a echar mano de sus colaboradores en sus últimas películas, ya que encontramos a Ángel Iguácel en la cinematografía, que ya estuvo en La tribu, y en la edición a Ana Álvarez-Ossorio, que hizo lo mismo en Antes de la quema. La película es una comedia romántica al uso, filmada con la libertad y el ingenio de alguien como Colomo, con medio siglo de oficio en este tipo de aventuras, de esos cineastas que sabe que tiene entre manos y como llevarlo a cabo de la mejor forma posible a los espectadores, con muchas risas y ese puntito de crítica social y humana.

La cinta tiene de todo, sus momentos divertidos, de persecuciones, de malos entendidos, de barullo emocional y físico, añadiendo la peculiaridad del poliamor, donde conoceremos nuevos términos como la compersión, en ENR, la energía de la nueva relación, y mucho lenguaje inclusivo, se trata de amar a través del respeto, aunque no siempre se consigue y la práctica nos llevará a situaciones comprometidas, muy complejas y difíciles de sobrellevar. Hay fases de mucha comedia alocada, cuanto más se desata la historia, más emocionante y cómica se convierte, recogiendo ese aroma de la comedia clásica hollywodiense, la “screwball”, con algunos momentos hilarantes y absurdos al estilo de Sucedió una noche,  La fiera de mi niña, Al servicio de las damas, entre otras, o esa otra comedia romántica más de nuestros días, pero con el añadido, y qué añadido, del tema del poliamor. Hay secuencias memorables como la del parque, cuando nuestros protagonistas, padre e hijo, como un Quijote y Sancho Panza al uso, descubren eso del poliamor, y movidos por la curiosidad, se meten de lleno, descubriendo, y sobre todo, descubriéndose sus límites, los de los otros, y la marabunta que les espera.

Colomo siempre ha sabido rodearse de grandes intérpretes, y sacarles su vis cómica y muchísimas cosas más allá, como Carmen Maura, Ana Belén, Antonio Resines, María Barranco, Verónica Forqué, ente otros muchos. Aquí,  consigue una ecuación que funciona muy bien como mezclar consagrados en estas lides como Karra Elejalde, maravilloso en su rol de Satur, ese padre amoroso y advenedizo que se topará con todo aquella que le fastidia, muy a su pesar, Toni Acosta, que se mueve en su salsa en este tipo de películas, hace de Tina, esa madre estresada de tanto trabajo, que encontrará en su “unicornio” particular una forma de darle vida a su existencia, pase lo que pase y caiga quien caiga, y luego, los más debutantes, Quim Àvila como Manu, el “ranger del amor”, con ese traje ridículo e infantiloide, alguien que para triunfar se convierte en un defensor del amor romántico, aunque a penas sepa que significa eso, y dará con sus contradicciones cuando se enamora de Amanda.

El persona de Amanda es el centro de todo, que interpreta con soltura una increíble María Pedraza, que habíamos visto en series de éxito como Élite y La casa de papel, es la chica en cuestión, la llama de Manu, con la maravillosa naturalidad de una actriz que es capaz de todo, y luego, todo un plantel de jóvenes que empiezan a despuntar como Lola Rodríguez y Eduardo Rosa, con las presencias interesantes de Luis Bermejo y cristina Gallego, como el matrimonio, e Inma Cuevas como la “otra” de la pareja Satur y Tina. Poliamor para principiantes no pretende a ser un manual para conocer el poliamor y sus ventajas o riesgos, sino una forma de acercarse a las formas de amar y relacionarse en la actualidad, y sobre todo, invitarnos a reírnos de ello, con muchísimo respeto, e ir más allá, reírnos a carcajadas de lo torpes que somos cuando nos relacionamos con los otros, las inmensas chaladuras que hacemos, las que no hacemos, lo que sentimos o no, que en realidad no deja de ser nuestro propio reflejo, la imagen que tienen los demás de nosotros, y la imagen que tenemos de nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mía y Moi, de Borja de la Vega

DOS HERMANOS Y LOS OTROS.

“La gente que siempre ha hecho lo correcto no sabe ni la mitad sobre la naturaleza y caminos de hacer lo correcto que aquellos que se equivocaron”

Thomas Hardy, “Un par de ojos azules”

Los ambientes opresivos y hostiles, tanto física como psíquicamente, las malsanas relaciones familiares, las secuelas de la guerra, y el peso traumático del pasado, fueron muchos de los elementos que estructuraron buena parte del cine español de los setenta, el llamado período del “tardofranquismo”. Los Saura, Gutiérrez Aragón, Borau, Martín Patino, Bigas Luna, Erice y compañía, vieron en el mundo familiar y soterrado el marco ideal para hablar de un país y sus ciudadanos sumidos en la tristeza del pasado y un presente que todavía no vislumbraba nada esperanzador. Mía y Moi, la opera prima de Borja de la Vega, recoge todo ese sentimiento y lo adapta en una película en la persisten el peso y traumático pasado entre dos hermanos ya adultos que vivieron el mal trato del padre a su madre, y fallecida ésta, se reencuentran en una aislada y solitaria casa familiar para sanar las heridas, sobre todo, las de él, Moi, que está sumido en una fuerte depresión, los acompaña Biel, la pareja de Moi, un ser de luz, alguien que cuida, que siempre está, alguien que nunca los abandonará. En el otro lado del espejo, llega Mikel, el ex de Mía, ese amor tóxico que ella no logra dejar, un tipo malcarado, chulesco y matón, que enturbiará la ya enturbiada y oscura situación.

De la Vega es representante de actores, ha trabajado en distribución, ha dirigido webseries, incluso teatro, así que conoce mucho el mundo de la interpretación, y basa toda su historia minimalista, una sola localización, la omnipresente casa y sus laberínticos físicos y emocionales, y apenas cuatro personajes, deteniéndose en dos elementos que sustentan el decorado. Por un lado, tenemos a dos hermanos en duelo por la muerte de la madre, un amor fraternal solo de ellos, intenso y cerrado, y su “lugar”, esa casa llena de su memoria, sus recuerdos, buenos y no tan buenos, los días de verano, azules y negros, con esa playa que compartían junto a la madre. Y luego, están los otros, “los invitados” a esta reunión familiar, que son Biel y Mikel, dos caras completamente diferentes, una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Dos tipos que pondrán la dulzura o el picante según vaya avanzando la trama. El pasado, sus traumas, su heridas abiertas, el amor desde diferentes ideas y actitudes, el fraternal de los dos hermanos, el romántico entre Moi y Biel, que ahora no pasa por su mejor momento, y el tóxico, el que protagonizan Mía y Mikel, y después, “los otros” que se van originando entre los personajes, esas relaciones por las circunstancias que algunas producen extrañeza, y otras directamente, pavor.

El retrato avanza sigilosamente, sin pausa, a través de las miradas y gestos de los personajes, de sus interacciones, con esos encuadres que los captura a través de su cotidianidad, de sus quehaceres, de aquello que miran, que piensan, que sienten, todo contado desde dentro, desde cada interior, de la capacidad del intérprete por mostrar y mostrarse sin ser evidente, sin ser reiterativo, componiendo cada plano desde esa distancia que nos deja vía libre para ver, conocer y experimentar la película y todo aquello que nos está contando. La exquisita y naturalista luz del cinematógrafo Álvaro Ruiz, el reposado y milimétrico montaje de Pablo Santidrián, y la tenue y sosegada música de Pablo Martos, todos debutantes como jefes de equipo, ayudan a crear esa atmósfera compleja y cálida en la que transita la historia. Con algunos instantes de ligereza como esa escalera por la que suben para cazar algo de cobertura para sus llamadas, o aquellos instantes íntimos entre los dos hermanos donde se sumergen en el pasado común, en aquellos días de verano azules, que aunque pocos, también los hubieron.

El cuarteto protagonista consigue transmitirnos con leves detalles toda la luz y oscuridad de cada uno de los personajes, empezando por un magnífico Ricardo Gómez dando vida al desdichado Moi, en un rol muy alejado de lo que venía haciendo enfrentándose a un tipo torturado, perdido en su inmensidad, que encuentra consuelo en su hermana, mientras el mundo o lo de fuera parece haber desaparecido. Bruna Cusí que vuelve a deleitarnos con su inmensa naturalidad y cercanía, haciendo fácil lo difícil, y llevando al límite un personaje muy complicado como el de Mia, con muchas caras como somos los humanos, en unas, una adorable hermana y sustento de todo, y en otras, arrastrada por un deseo diabólico que la martiriza y la anula. Eneko Sagardoy hace de Biel, seguramente el personaje más cercano, más transparente y positivo de la película, alguien capaz de todo por amor, por ayudar y por estar, que nunca es fácil cuando tu amor lo está pasando mal y no hace por ayudarse ni recibir ayuda. Y finalmente, Joe Manjón es Mikel, un tipo tan duro y malvado como lo era Ray Liotta en Algo salvaje, que llega para generar conflicto y sobre todo, para llamar a la noche, y su oscuridad y miedo.

Tiene Mía y Moi, muchas semejanzas con La película de nuestra vida (2016), de Enrique Baró, vista también en el D’A hace unos años, en la que también había una casa y los recuerdos que allí se vivieron en aquellos veranos familiares. El uso del espacio y su interrelación con los recuerdos que habitan tiene mucho que ver con el cine de Malick, o con el western, peor el western desmitificador como el de Hellman o Reichardt, donde no hay héroes ni grandes gestas, sino personas y sus quehaceres diarios, con toda esa quietud, extrañeza y oscuridad que se va apoderando de los lugares, de los físicos y mentales, de todas esas nubes negras que van oscureciendo el ambiente, de toda esas malsanas relaciones que se van generando, en la que todo parece que vaya estallar en cualquier momento. De la Vega ha construido una película sencilla, que mira de frente, pausada, y veraniega, pero con todo lo que significa la estación en cuestión, con sus días azules y alegres, y sus otros días, esos que no quieres levantarte de la cama, esos que te asfixian, esos que recuerdas todo lo que te dolía y te duele, esos en que tanto la vida da miedo, y todo puede ocurrir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ilargi Guztiak. Todas las lunas, de Igor Legarreta

NO ME DEJES SOLA.

“Y si yo pudiera devolverte todo, calmarte el sufrimiento y darte otra vida, una que no puedes ni imaginar, y sería para siempre…”

Anne Rice de su novela “Entrevista con el vampiro”

Muchos todavía recordamos el gran impacto que supuso el personaje de Claudia, interpretado por Kirsten Dunst, la pequeña vampiresa de 12 años, sedienta de sangre y enamorada, en la interesante Entrevista con el vampiro (1994), de Neil Jordan. Años después, conocimos a Eli, otra pequeña vampira, que entablaba amistad con el tímido Oskar en la Suecia de principios de los ochenta en la extraordinaria Déjame entrar (2008), de Tomas Alfredson. Ahora, conocemos a Amaia, una niña de 13 años, que después de una terrible bomba que deja en ruinas el orfanato en el que vive, allá por el 1850 en plena III Guerra Carlista, en el País Vasco, en un entorno muy hostil, donde la noche se convierte aciaga y muy misteriosa, es salvada por una extraña mujer, una mujer que solo sale de noche, una mujer inmortal, una mujer que se alimenta de sangre, y una mujer que se convierte en su madre.

Después de la estimulante Cuando dejes de quererme (2018), Igor Legarreta (Leioa, Bilbao, 1973), que nos hablaba de una vuelta a las raíces vascas de una joven argentina, envuelta en un fascinante retrato sobre el pasado y sus fantasmas, vuelve al largometraje, al género de terror, como ya hiciera en el guion de Regreso a Moira (2006), que dirigió Mateo Gil, con un cuento con niños para todas las edades, una fábula vasca, una fábula de vampiros, protagonizada por una niña que, condenada a una muerte segura, muy a su pesar, asume otra condena, la de vivir eternamente, la de convertirse en una criatura de la noche, a vagar sola por el mundo, por un universo rural, alejado de todos y todo. Con un tono naturalista, intimista y sombrío, en un grandísimo trabajo de cinematografía que firma Imanol Nabea, que ya estuvo en Cuando dejes de quererme, la excelente composición musical de un experto como Pascal Gaigne, otorgando ese marco de fantástico bien fusionado con la realidad vasca de mediados del XIX, donde la religión es el centro de todo, y la naturaleza y los animales, la actividad laboral, como bien define el arte de Mikel Serrano, uno de los profesionales más demandados en el último cine vasco de gran éxito.

El estupendo y pausado montaje de Laurent Dufreche, otro profesional muy requerido, que junto al fantástico trabajo de sonido de Alazne Ameztoy, diseñan una película de poquísimos personajes, muy cercana, lúgubre y con un grandísimo trabajo de planificación y producción. Ilargi Guztiak. Todas la lunas, nos habla de muchas cosas, desde la inmortalidad, cuando no es buscada, ni mucho menos aceptada, de la infancia y todos sus problemas, del miedo a la soledad, del conflicto existencial, del peso del pasado, de los traumas que arrastramos, de sentirse diferente a los demás, de no saber encontrar tu sitio, del miedo a lo extraño o desconocido, de ese caciquismo que imponía una forma de vida, y rechazaba y perseguía las otras. Un tono inquietante, oscuro y sensible, es el que marca un cuento como los de toda la vida, como los que contaban los mayores, esas leyendas que todos conocían, con el legado del mejor cine vasco como los que hacían Uribe, Armendaríz, Olea, el Medem de Vacas o La ardilla roja, el Bajo Ulloa de Alas de Mariposa, los Asier Altuna, Koldo Almandoz, Imanol Rayo, el trío Arregi, Garaño y Goenaga, componiendo películas sobre lo más intrínseco vasco, a través del género, construyendo relatos de antes con el tono de ahora, extrayendo lo más local y haciéndolo universal.

Un perfecto y ajustadísimo reparto encabezado por Haizea Carneros, la niña de 13 años, debutante, que encarna a la pequeña Amaia, la niña condenada eternamente a vivir como una vampira, como una errante de las tinieblas, sola y sin nadie, que hará lo imposible para sobrevivir, ser aceptada como una más, y sobre todo, no sentirse tan sola. Bien acompañada por Itziar Ituño, como la madre “adoptiva” de Amaia y la protectora en su nuevo rol, un rostro bien conocido de la cinematografía vasca, vista en películas tan interesantes como Loreak, Errementari o Hil Kanpaiak, entre otras. Un gran Josean Bengoetxea, otra cara más que habitual en nuestro cine, en los repartos de muchas películas, hace aquí el personaje de Cándido, un hombre humilde, trabajador, quesero, que arrastra una pena muy grande, una pena que aliviará con la llegada de Amaia, que defenderá de muchas amenazas que se ciernen sobre la niña, debido a la incomprensión popular, que nos recuerda a lo que sufría el monstruo en la inolvidable El doctor Frankenstein (1931), de James Whale.

Las ricas presencias de otros intérpretes como el excelente Zorion Eguileor, que descubrimos en la espectacular El hoyo, de Galder Gaztelu-Urrutia, da vida a Don Sebastián, el párroco del pueblo, inquisitivo y tenebroso como lo eran en la época que tan bien retrata la película. Y finalmente, el niño Lier Quesada, ese niño de juegos, que recuerda a Déjame entrar, donde la infancia no juzga, ni se muestra temerosa, simplemente acepta la diferencia, porque para ellos no existe tal cosa. Legarreta ha conseguido una película asombrosa, con ese tempo cinematográfico pausado, mezclando con sabiduría la historia, el fantástico, el terror, lo rural, lo espiritual y lo que va más allá de cualquier tipo de racionalidad, convirtiendo Ilargi Guztiak. Todas las lunas en una cinta de culto al instante, que nos remueve, nos agarra sin soltarnos, y sobre todo, nos sumerge en lo interior del vampirismo, alejándose completamente de su aura romántica, e introduciéndonos en su naturaleza más oscura, existencial y dolorosa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Vivir sin nosotros, de David Färdmar

AMAR A QUIÉN YA NO TE AMA.

“Cuando uno ama todavía, es muy doloroso no ser amado; pero esto no es nada comparado con el tormento de ser amado cuando ya uno ha dejado de amar»

Georges Courteline

¿Qué ocurre después del amor? La devastadora sensación que uno experimenta cuando la persona que ama le comunica que ya no le ama, es una sensación que no se puede explicar con palabras. Una sensación que tampoco se puede olvidar, un antes y después de todo, es el momento crucial en que todo va a cambiar, todo se tornará de otro color, olerá de otra forma, los rostros y los cuerpos devendrán otro cariz, otra cosa, y el amor, o lo que se creía por amor, empezará su largo proceso de desamor, de empezar a reconstruirse emocionalmente, un largo recorrido que todavía se desconoce su destino por completo, un largo viaje para volver a uno y olvidarse del otro, de aquel que nos dejó de amar, o simplemente, creyó amarnos.

La opera prima de David Färdmar (Frölunda, Göteborg, Suecia, 1972), después de años dedicado a componer repartos, y dirigir dos películas cortas de gran éxito internacional, es una película que llama la atención desde su particular título, Are We Lost Forever (“Nos hemos perdido para siempre?”, en el original), lanzando “la pregunta”, una cuestión que no solo consigue acercarse a esa sensación del desamor cuando el amor se acaba, o mejor dicho, cuando la relación se acaba, porque el amor no es cosa racional, y seguramente, si existió, no depende de lo que pensemos o analicemos, sino de otros factores que se escapan de cualquier tipo de entendimiento. La primera imagen de la película resulta clarificadora de lo que nos contará, una pareja homosexual incorporados en una cama, con las miradas perdidas, después de que uno de ellos, Hampus, le haya comunicado a Adrian que la relación se terminó. Esos instantes de después, cuando el tiempo se detiene, cuando todo cambia de forma, de color, incluso de olor, cuando la persona que lo era todo, se convierte en alguien que ha comenzado a alejarse, ¿Será para siempre?, como explicará la película.

Färdmar compone un sensible e intimista pieza de cámara, describiéndonos la dificultad de decir adiós, tanto para el que deja como para el que sigue amando, en este proceso de idas y venidas, de llamadas a deshoras, de ataques de ansiedad, de no saber qué hacer ni adónde ir, de convertirse en otro, de una batalla entre lo que sientes y lo que racionalizas, entre lo que debes hacer y lo que no, entre la dignidad y el amor que sientes, en un torbellino infinito de emociones, gestos y demás acciones corporales y emocionales, en no saber qué ni nada. El director sueco construye con acierto y sinceridad todo esas batallas emocionales que experimentamos en una situación así, porque su película habla del amor cuando se acabó, y también, del desamor, ese desamor que todavía nos ata a la otra persona, o mejor dicho, a lo que teníamos con esa persona, y la película describe con minuciosidad y tacto toda esa reconstrucción emocional que debemos hacer para seguir en nuestro camino, y sobre todo, darnos cuenta que nada ni nadie nos salvará de nada, excepto nosotros mismos, y que el amor, o lo que creemos por amor, va y viene, o lo que es lo mismo, es demasiado inestable y vulnerable, y el verdadero amor, el amor de nuestra vida, somos nosotros mismos, elemento importantísimo que tardamos demasiado en descubrirlo.

El buen reparto que convoca Färdman con las presencias de Björn Elgerd como el desdichado y a tribulado Adrian, demasiado hermética y ensimismado en sí mismo, el dominador y de difícil convivencia, que debe aceptar su derrota y reencontrarse consigo mismo. Frente a él, Jonathan Andersson, que da vida a Hampus, el que deja, no porque haya dejado de amar, sino porque la relación con Adrian no puede ser, demasiado incompatibles, y sobre todo, faltos de comunicación. El cineasta sueco brilla en los diálogos y en las composiciones-cuadro de los encuentros y desencuentros, en ese limbo en el que se encuentran los dos protagonistas, en ese apego emocional que deben aprender a dejar, tanto el que deja como el dejado, en este duelo del amor, envueltos en el desamor, en esa otra forma de amar, de recordar lo que fue y ya no será, en todos esos momentos felices y amargos, que también los hay, en esa imperfección y locura que sentimos cuando creemos que nos enamoramos, y sobre todo, en esa catarata de emociones, sensaciones y no saber qué, porque en el amor como ocurre en todo lo que experimentamos en la vida, no solo hay que estar preparado para lo que nos resulta agradable, sino también, y más fundamentalmente, hay que estar preparado, y sobre todo, aprender, a estar triste, a dejar ir, y desamar, aunque está cuestión no sé si es posible, aunque conseguir algo que es sumamente importante para nuestras existencias, que consigamos con tiempo y paciencia, que deje de doler cuando recordemos aquello que vivimos con nuestro amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ghosts, de Azra Deniz Okyay

JUVENTUD EN LA OSCURIDAD.

“La juventud no es una época de la vida, es un estado mental”

Samuel Ullman

Durante el siglo XXI, ha sido más o menos habitual, que nuestras carteleras albergarán cada cierto tiempo alguna película turca, los Ferzan Özpetek, Nuri Bilge Ceylan o Fatih Akin, se convertían en nombres reconocibles para el público más interesado en el cine reflexivo y humanista. Lo que ya llama muchísimo más la atención, es que aparezca una película turca dirigida por una mujer, que fue el caso de la extraordinaria Mustang (2015) de Deniz Gamze Ergüven, que retrata la sinrazón religiosa que sufría un grupo de hermanas. Ahora, nos llega otra película Ghosts (“Hayaletler”, en el original), dirigida por otra mujer, Azra Deniz Okyay (Estambuel, turquía, 1983), que debuta con una relato acotado en una sola jornada, la del lunes 26 de marzo de 2020, en la que nos sitúan en uno de esos barrios periféricos de Estambul, a punto de desaparecer, acosado por la gentrificación, ya que las autoridades están desalojando a los vecinos para construir la “Nueva Turquía”, como constantemente se anuncia en la radio. Ese día, en el que transcurre la película, la ciudad turca está sufriendo cortes de luces que sume a la ciudad en un tremendo apagón, dejándola completamente a oscuras, sutil y excelente metáfora del futuro que le espera a esa juventud que retrata la película.

La directora turca nos conduce a través de la vida de tres mujeres y un hombre, tenemos a Dilem (interpretada de forma natural y formidable por la debutante bailarina Dilayda Günes), una dancer que se gana la vida como puede y afronta una infidelidad de su novio, a Ela (que hace de forma concisa Beril Kayar), una activista apasionada por los derechos de la mujer y la comunidad gay, también están, Iffet (que compone con sinceridad Nalan Kuruçim),  limpiadora municipal, que está desesperada, ya que su hijo que cumple condena de prisión injusta, está siendo acosado en la cárcel y necesita dinero, un dinero que no tiene su madre y hará lo imposible para conseguirlo, cruzando al otro lado. Y finalmente, Rasit (que hace con contundencia Emrah Ozdemir), el típico crápula del lugar, que además de cobrarles fortunas a los refugiados sirios por alojarlos en pisos patera, está compinchado con otro para derribar edificios en el que viven personas sin hogar. La cámara febril y nerviosa de la película, con planos muy cercanos, convertida en una segunda piel de los personajes, con abundantes planos secuencia, en un gran trabajo del cinematógrafo Baris Özbiçer, ayuda a retratar ese microcosmos muy alejada de la estampa turista de la metrópolis de Estambul, o el cortante y enérgico montaje que firma Ayris Alptekin, que va de un personaje a otro, sin descanso, moviéndose en esa fina línea donde al caer la noche, todo parece que va a explotar de un momento a otro, con los innumerables saqueos que se producen aprovechando las tinieblas que oscurecen la ciudad, y más concretamente el suburbio en ruinas que acoge la película.

El elemento de la música de Ekin Fil, que rasga con transparencia todos los movimientos desesperados de los protagonistas por no ser engullidos por una realidad que los aplasta y ahoga, con esa policía perseguidora y la religión como guardiana de esa moral tradicional que acosa a las mujeres. La primera película de ficción de la productora Heimatlos Films, fundada en el 2017, que cuenta con cortometrajes de ficción y documental, así como el documental Mimaroglu: The robinson of Manhattan Island, que se vio en el prestigioso festival de Visions du Reel, debutan en la ficción con un relato que juega con la fusión del dispositivo documental y ficción para no solo retratar la Turquía invisible que no llena las noticias de los grandes medios, sino aquella otra, que se oscurece, que se ensombrece, esa llena de fantasmas, de espectros sin vida, o con una vida precaria, que se mueven en el alambre de la huida constante, con trabajos legales que no les da para vivir dignamente, y deben recurrir a la ilegalidad como hacer de “mula”, como hacía Clint Eastwood en su última película, para salir adelante o conseguir aquello que legalmente no pueden conseguir, como queda demostrado en la situación que vive Iffet.

Azra Deniz Okyay se desata como una creadora sumamente observadora de todas las realidades consumidas en ese otro Estambul, aquel Estambul más real, más auténtico, muy alejado del estereotipo que nos suelen vender de Turquía. En Ghosts hay autenticidad en todos los aspectos, tanto en lo que se retrata y en la forma que se retrata, convirtiendo la mirada crítica y humanista de la directora turca en una mirada a tener muy en cuenta, y a seguirle la pista porque volveremos a toparnos con su intenso, magnífico y poderoso cine, porque la película no solo nos habla de esa otra Turquía, y los ciudadanos que siguen resistiendo a pesar del acoso constante de las autoridades, sino que también, es un grandísimo reflejo de una juventud enjaulada, moderna que tropieza con esa tradición religiosa tan sumamente anclada en el pasado, y también, es un retrato formidable sobre la mujer turca, esa que ya no lleva velo islámico, la que no solo es moderna, sino que hace lo posible para ser ella misma y sin ataduras de ningún tipo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Herencia, de Ana Hurtado

CELEBRAR LA CUBANIDAD.

“Ningún legado es tan rico como la honestidad”

William Shakespeare

En los primeros minutos de Herencia, la opera prima de Ana Hurtado, se mueve entre músicos, entre diferentes estilos de música cubana, y algunos de sus maestros, se mueve entre personas mayores que legan su arte a los jóvenes, y es en ese instante en que la película adquiere todo su significado, porque no será otra película sobre la efervescencia de la música en Cuba, que es muchísima, sino que a través de la música, nos adentraremos en un relato-retrato poliédrico sobre lo que significa Cuba y sobre todo, ser cubano, esa cubanidad que hace de los habitantes de la isla caribeña un lugar insólito, único y complejo. La directora nacida en Úbeda (Jaén), pero criada en Sevilla, se muestra como una observado inquieta y muy curiosa, se aleja de esa mirada paternalista y sentimental que algunas películas hacen de Cuba, para mirarse como una más, para profundizar en esa cubanidad, y lo hace desde muchos puntos de vista diferentes, otorgando a la película un valor, no solo como documento excepcional, sino capturando esa otra isla, ese otro país, a través de los diferentes sentimientos religiosos, o dicho de otra forma, los diferentes caminos de acercarse a Dios.

Herencia se mueve como un cubano más, mira, retrata y dialoga con todos y todo, generando ese vínculo de los cubanos con su pasado y presente, desde el legado de sus antepasados africanos que fueron llevados por la fuerza por españoles a trabajar en Cuba como esclavos, esa mezcla que tienen los cubanos, entre africanos y españoles, hacen del país un país vasto en cultura, y una forma de ser auténtica, también, hay espacio para otra manifestación cultural como el deporte, interpretado en el país como una idea de compartir, de sumar esfuerzos, y sobre todo, de comunidad, muy alejado al deporte de occidente como negocio. Y para redondearlo todo, algunos expertos en historia e idiosincrasia cubana ofrecen sus testimonios hablándonos del pasado y presente de Cuba, de su cultura, de su música, su religiosidad y deporte. Y cómo no, también escuchamos a algunos de sus protagonistas, auténticos maestros en sus diferentes artes, que nos hablan de la Cuba de antes y ahora, el maldito bloqueo estadounidense de más de sesenta años, y las dificultades económicas cotidianas que se enfrentan los músicos y demás figuras de la cultura cubanas, obligadas a pagar en efectivo.

Hurtado no ha hecho un documento planfetario sobre Cuba y su política económica, ni mucho menos, sino una película que celebra Cuba, los cubanos y sus caminos por y para la cultura, como bien y patrimonio del país, en el que conocemos su inmenso talento para la música y demás, el apoyo gubernamental hacia la cultura, pero no desde la oficialidad, sino desde las personas, desde las personas que viven y se aprovechan de toda esa inversión cultural. La película se rodea de grandes profesionales como el gran Paco Poch en la producción, que ha producido a gente tan importante como José Luis Guerin o Isaki Lacuesta, entre muchos otros, José Luis Lobato, un cineasta cubano con más de un cuarto de siglo de experiencia, también en la producción de la isla, Luís Camilo Widmaier en la cinematografía, que fue cámara de Balseros, el estupendo documental de Carles Bosch, y Pere Marco, director de Goodbye Ringo, en labores de edición.

La directora jienense-sevillana debuta con una película que tiene una duración de apenas una hora, pero muy bien aprovechada, porque retrata con acierto y alegría todo ese universo cultural, a través de la música, la religión y el deporte,   para construir una película que siempre va más allá, que hace suya la complejidad de la cubanidad, y muestra la tremenda ebullición de unas gentes que tienen en Cuba su mejor legado, que recuerdan a sus ancestros con amor, pasión y respeto, y de toda esa mezcla fusionada, nacen verdaderas manifestaciones culturales que resultan atrayentes, apasionadas y libres, porque el estado ayuda a toda esa riqueza cultural, histórica y de carácter, en la que todo se recuerda, esa magnífica fusión afrocubana con detalles españoles, todo reunido, todo reivindicado, todo amado, todo legado, para generar esa combustión cultural infinita que los cubanos abrazan y se sirven de ella, para reivindicar su herencia, su identidad y su amor por su cultura. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El olvido que seremos, de Fernando Trueba

LA BONDAD DEL HUMANISTA.

“Sin justicia no puede, ni bebe, haber paz”

Héctor Abad Faciolince (de la novela “El olvido que seremos”)

El cine humanista de Renoir, ese cine que nos habla de la bondad del ser humano, un cine que aplaudía las bondades y virtudes de los hombres y mujeres, las partes nobles y empáticas de la condición humana. Un cine que está muy presente en muchas películas de Fernando Trueba (Madrid, 1955), ya desde su cortometraje El león enamorado (1979), siguiendo por su mítica Opera prima, del año siguiente, y sobre todo, en sus mejores obras, El año de las luces (1986), Belle Époque (1992), La niña de tus ojos (1998), Chico y Rita (2010) y El artista y la modelo (2012). Cine sobre y para los humanos, con sus pequeñas alegrías y tristezas, con las batallas perdidas, sobre personajes que sienten una cosa y tropiezan siempre con esa realidad deshumanizada. Con El olvido que seremos, basada en la novela homónima de Héctor Abad Faciolince, donde el autor explica la vida de su padre, el cine de Trueba vuelve a transitar por esos lugares que tanto retrataba Renoir, donde asistimos a una celebración de la vida, en el que por supuesto, como no podía ser de otra manera, sobre la tristeza, sobre como recordamos a los que ya no están, su legado y sus huellas en nosotros, atrapados en un relato que escribe el hijo sobre su padre, Héctor Abad Gómez, doctor y profesor universitario, inmenso activista en favor de los derechos humanos, que luchó incansablemente por una salud pública.

Primero fue la novela, convertida en un grandísima éxito y una de los libros capitales de la literatura latinoamericana del nuevo siglo, y ahora llega la película, donde se relatan los hechos que van desde los años setenta y mediados de los ochenta, desde la mirada de su hijo Héctor, en una nueva adaptación que hace la sexta en su carrera, esta vez ha contado con David Trueba para el trasvase del libro al cine, en la que a través de la forma se explican las emociones de los personajes y las circunstancias sociales del país, en el gran trabajo que realiza el cinematógrafo colombiano Sergio Iván Castaño, mezclando sabiamente el color para hablarnos de esos momentos Renoir, donde la vida nos empuja a la casa de los Abad, una familia acomodada de los setenta de Medellín, en Colombia, donde existen los problemas habituales de convivencia, y donde asistimos a la relación estrecha entre padre y su hijo  varón. Y luego el blanco y negro, para retratarnos esa Colombia negra y muy violenta, donde Héctor padre se enfrenta a aquellos que no quieren progreso, a los maleantes de siempre, donde el tono de la película cambia, y la cosa se pone muy oscura.

El estupendo análisis elíptico del montaje que hace Marta Velasco, que ha trabajado en las tres últimas películas de Fernando Trueba, así como la editora de buena parte del cine de David Trueba y todo lo de Jonás Trueba. Y qué decir de la grandiosa composición musical que ayuda a contarnos la complejidad de los sentimientos de los personajes, entre la vida y la tristeza, entre la muerte y la alegría, que es obra de uno de los grandes como Abigniew Preisner, estrecho colaborador de Kieslowski, que ya estuvo con Trueba en La reina de España. Y claro, una película que se basa en las emociones como centro de la vida y la existencia, debía de componer un equipo humano en la interpretación que no solo defendiese sus roles, sino que compusiera unos personajes vivos, complejos, y sobre todo, muy cercanos, y lo consigue sobradamente, con la gran actuación, otra más, de Javier Cámara, convirtiéndose en el Dr. Abad, con su natural acento colombiano, un padre querido, un activista convencido, y un luchador incansable, que ama a los suyos y la justicia por un mundo más justo y solidario.

Bien acompañado por Juan Pablo Urrego, que hace de Héctor hijo de joven, con esa relación íntima, pero también, alejada, entre padre e hijo, con muchos altibajos en los casi veinte años que cuenta la película, Patricia Tamayo como la madre, y un formidable y natural elenco que hacen de las hijas del doctor. Y la agradable sorpresa de Whit Stillman, viejo conocido de Trueba desde Sal gorda (1983), que hace aquí del estadounidense que ayuda al doctor. Trueba ha construido una obra de esas que dicen los americanos “Bigger Than Life”, una película que trasciende a la propia vida, a la realidad en la que se basa, una carta de amor de un hijo a un padre, a un hombre que fue un buen padre, un buen esposo, que creía en la justicia, y en la medicina como arma para acabar contra la injustica, de alguien que también se equivocaba, pero sobre todo de alguien que jamás hizo lo contrario de lo que creía, a pesar de las dificultades, de los enemigos, de esa Colombia ochentera llena de odio y violencia, que puso su vida al servicio de los demás, sin olvidar a los suyos, y a los otros, que también eran suyos. Un tipo que a pesar de todo, y de la catástrofe del mundo, siempre creyó que todo podía empezar con un leve gesto, como el cuidado de una flor, la paciencia exacta para ver las cosas desde puntos de vista diferentes, de mirar el mundo de otro modo, más solidario, más íntimo, pero sobre todo, más humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA