Mamífera, de Liliana Torres

LOLA NO QUIERE SER MADRE. 

“Porque hay una historia que no está en la historia y que sólo se puede rescatar escuchando el susurro de las mujeres”

Rosa Montero 

En los últimos años hemos visto que la cinematografía española ha mirado y explorado las diferentes formas de maternidad. Películas como Els dies que vindran, de Carlos Marqués-Marcet, Cinco lobitos, de Alauda Ruíz de Azúa, Viaje al cuarto de una madre, de Celia Rico, Ama, de Júlia de Paz Solvas, y La maternal, de Pilar Palomero, son sólo algunos ejemplos de un cine que profundiza en el hecho de ser madre. Podríamos decir que Mamífera, de Liliana Torres (Vic, 1980), es el contraplano de todo ese cine, porque la película no nos habla de la maternidad, sino de la decisión de no ser madre. Una decisión que no es fácil, repleta de estigmatizaciones y sobre todo, de múltiples presiones y estereotipos sociales que cuestionan la moral de las mujeres que deciden no ser madres. La película se pregunta a sí misma, se cuestiona todo y a todas, y lo hace desde un personaje como el de Lola, una mujer feliz con su pareja Bruno que, al quedarse embarazada, le volverán todos los miedos del mundo a la hora de afrontar su decisión. 

A Torres la conocíamos con Family Tour (2013), una interesante propuesta que investigaba las relaciones y (des) encuentros de la propia directora, que interpretaba Nuria Gago, con su familia, que se interpretaba a sí misma,  después vimos ¿Qué hicimos mal? (2021), protagonizada por Liliana que visitaba a tres ex parejas y les preguntaba por la citada cuestión. Con Mamífera se cierra una especie de trilogía en la que aborda la maternidad, pero desde un prisma sensible y nada juzgante, desde lo más íntimo y cercano, desde una mirada sobre la aceptación de uno mismo y la de los demás, aunque tomen decisiones alejadas a las de la protagonista. El personaje principal Lola, hilo conductor, con la que viajamos por esa Barcelona y rodalies tan domésticos, la acompañamos en su deriva y temores en esos tres días de reflexión, según la ciencia, en la que interrumpirá el embarazo. Seremos su compañía y su espejo en el que reflejarse, arrastrando dudas, miedos y preocupaciones, visitando a las madres, a las que tienen y no tienen, y a su madre, para exponer sus reflexiones, sus ideas y pensamientos, en un viaje muy interior, parecido al que vivía la protagonista de Cléo de 5 a 7 (1962), de Agnès Varda, en otro contexto y situación pero tanto una como otra, llenas de incertidumbre y abismos. 

La cinematografía tan directa y traspasadora de Lucía C. Pan, que hemos conocido por sus trabajos para Xacio Baño, Andrés Goteira, Sonia Méndez y Álvaro Gago, entre otros, que ya estuvo en ¿Qué hicimos mal?, ayuda a crear un espacio íntimo y profundo, dejando de lado artificios y estridencias argumentales para seguir con una cámara que es una extensión de la propia Lola, rodeada de esos grisáceos de la periferia barcelonesa, con sus continuos viajes en tren o metro. El estupendo montaje de Sofi Escudé, que codirigió con Liliana el documental Hayati (Mi vida), que nos atrapa y asfixia en sus 93 minutos intensos y sin tregua, siguiendo a una Lola que deambula, que va y viene y no sabe adónde va, en un relato en primera persona y singular con esas partes oníricas tan ricas y profundas que materializan todos esos pensamientos y temores de la protagonista. La música de Joan Pons Vilaró, que también estuvo en Hayati (Mi vida), resignifica el tono y la forma de una película que navega sin prejuicios por el drama y la comedia, mezclándolos de forma natural como la montaña rusa de emociones y sentimientos en la que está Lola. 

Una película sencilla, transparente y nada pretenciosa como Mamífera requería de unos intérpretes que vayan más allá de lo que se cuenta, y cómo se cuenta, con esas miradas y silencios que hablan mucho más que los diálogos, con una magnífica y poderosa María Rodríguez Soto que, protagonizó junto a David Verdaguer la mencionada Els dies que vindran, ahora con el mismo arranque pero en unas decisiones y circunstancias totalmente diferentes, porque su Lola no quiere ser madre y debe lidiar con ese espacio de soledad y miedo ya que su entorno no ha tomado la misma decisión, y la actriz mezcla la fuerza y la vulnerabilidad de un personaje valiente y lleno de miedo. A su lado, Enric Auquer, la pareja cercana, sensible y cuidadora, aunque la decisión de Lola también generará conflictos y muchas palabras, quizás demasiadas. Tenemos una retahíla con personajes breves, pero igual de interesantes como los de Amparo Fernández haciendo de madre de Lola, Anna Alarcón y Ruth Llopis, una madre y otra que quiere, darán puntos de vista muy distintos y respetables para la protagonista. Y otras cómo Mireia Aixalà, Ann Perelló, Anna Bertran y Maria Ribera, entre otras. 

Me encantaría que el público fuera a ver una película como Mamífera, porque les hará cuestionarse muchas cosas de su propia vida y las de su alrededor, y quizás, ya no juzgarán tan a la ligera y se encerrarán en sus propios miedos, prejuicios y valores de mierda, porque la película aboga por la empatía, ese aspecto tan en desuso y en vías serias de extinción, en hacer el ejercicio y el esfuerzo en mirar más al otro que, posiblemente es el/la que tenemos más cerca, y necesita eso mismo, que los mires, los escuches y sobre todo, los entiendas aunque no tengas la misma idea de vida, de maternidad o lo que sea, porque lo que nos hace humanos no es pertenecer a esta especie, ni mucho menos, sino en esforzarnos en respetar y cuidar al otro/a y no imponerles nuestros valores, porque ellos tienen los suyos, y quizás, están muy lejos de los nuestros, y eso no quiere decir que sean mejores o peores, sino diferentes, y tenemos el deber de escuchar y respetar, y no juzgar, así que, ya saben y sabemos, vivan como puedan y sobre todo, miren de frente al otro/a, sólo eso, y créanme, eso cambiará muchas cosas, nos hará humanos y nos acercará los unos/as con los otros/as. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Siempre nos quedará mañana, de Paola Cortellesi

UNA MUJER ITALIANA DE POSGUERRA. 

“Es fácil ser una hembra. Bastan con un par de tacones y vestidos cortos. Pero para ser una mujer, te tienes que vestir el cerebro de carácter, personalidad y valentía”. 

Anna Magnani 

Si nos detenemos a pensar en las dos actrices que mejor han mostrado a la “Mamma italiana” de posguerra, sólo nos vienen dos nombres: Anna Magnani en Bellisima (1951), de Visconti, y Sofia Loren en Dos mujeres (1960), de De Sica. Dos mujeres y madres que, desafiaron el patriarcado impuesto, y se lanzaron a materializar sus sueños en una Italia muy gris, muy pobre y sin esperanza. Paola Cortellesi (Roma, Italia, 1973), muy popular en el país transalpino, por unas cuantas comedias divertidas y románticas que han reventado taquillas, se enfunda en su primera película como directora, que ha sido todo un fenómeno en Italia con más de 5 millones de espectadores y más de 40 millones de recaudación. Siempre nos quedará mañana (C’è ancora domani, en el original), nace a partir de un guion que coescriben Furio Andreotti, Giulia Calenda, que la directora recluta de sus comedias junto a Riccardo Milani, y ella misma.

Estamos ante en un drama ambientado en la dura posguerra de 1946, en una Roma llena de miseria, tanto física como moral, en el que abundan los empleos precarios, los soldados estadounidenses, y una vida anodina e infeliz en que los días se amontonan y apenas hay momentos de alegría. A partir del personaje de Delia, que no está muy lejos de la Magnani ni de la Loren, es una de esas mujeres que se levantan cada día, como vemos en el magnífico arranque, con ese piso subterráneo que define con detalle su situación, y prepara a los suyos, un marido autoritario y violento, una hija enamorada de un joven de su edad de familia acomodada, y un par de hijos pequeños que andan a la gresca todo el día. Después, la mujer se lanza a la calle, y emplea su tiempo en varios trabajos como en una tienda que reparan paraguas, poner inyecciones, y tender ropa de adinerados, situaciones que ayudan a mostrar el reflejo de la desigualdad en un país que perdió la guerra, pero que a algunos no les fue tan mal. Cortellesi recupera el aroma de los grandes como los mencionados, a los que se podrían añadir los Rossellini, Pasolini y demás que, mostraron una realidad difícil que se denominó Neorrealismo, porque las cámaras salían a mostrar la vida de los italianos que, a duras penas, sobrevivían. 

La película no sólo se queda en el drama, sino que introduce las dosis necesarias de comedia para aligerar tanta tristeza, como los de ese vecino que parece el reportero de la ristra de edificios en forma de placita, muy popular en la época, donde las mujeres, mientras laboran cotillean de unas y otras, y esos momentazos musicales que suavizan los malos tratos que recibe Delia de Ivano, su amargado y frustrado marido, y todos esos instantes con su amiga Marisa, que regenta una parada del mercado callejero, donde parece que la vida puede ser otra cosa. El excelente blanco y negro y la cuidada composición de la cinematografía que firma Davide Leone que, después de muchos trabajos de equipo y miniseries, hace su segunda película, revelándose con un extraordinario empleo de la luz y la composición, donde vuelve a la idea que se puede mostrar la realidad dura con belleza plástica. En el mismo tono se construye el montaje de Valentina Mariani, también fichada de las comedias que, impone un tiempo maravilloso donde la película se cuento con reposo y mirada, en una trama que se va casi a las dos horas de metraje, en la que ni falta ni sobra nada, con momentos de drama, comedia y documento, donde la realidad y las formas de trabajo y cotidianidad nos devuelven a aquel tiempo, sin ningún alarde técnico ni estridencia argumental, mostrando los personajes y sus pequeñas batallas diarias. 

La gran aportación musical de un grande como Lele Marchitelli, habitual de Sorrentino desde Le Grande Belleza, con la sutileza adecuada para mostrar sin subrayar, con una banda sonora que explica más allá sin ser nada empalagosa ni estridente, escarbanda en la  complejidad interior de los diferentes personajes. Si la técnica de Siempre nos quedará mañana resulta exquisita y sensible, las interpretaciones no podían estar a otra altura que no fuese acorde con cómo se cuenta. Tenemos una retahíla de intérpretes como Valerio Mastandrea, que hace poco vimos como uno de los suicidados en El primer día de mi vida, amén de películas con grandes como Bellocchio, Ferrara, el citado Sorrentino y muchos más, se encarga del rol de Ivano, muy bien caracterizado, el hombre italiano machista, tradicional y violento, con la característica camiseta de tirantes blanca, con ese enfado crónico con su país, con él mismo y con todos. La maravillosa y casi debutante Roman Maggiora Vergano como Marcella, una joven enamorada que sueña con abandonar la dura realidad de su familia y emprender una vida al lado de Giulio, que hace Francesco Centorame, y que el anuncio de su compromiso altera la existencia y de qué manera, de Delia y su familia. 

Un par de intérpretes, esenciales en la historia, como Giorgio Colangelli, con más de setenta títulos, hace de Ottorino, el suegro enfermo crónico, malhumorado y deslenguado, que tiene en su haber películas con Scola y el mencionado Sorrentino. Vinicio Marchioni es Nino, el amor que no puede olvidar Delia, quizás la última esperanza para salir de su cruda existencia, y finalmente, Emanuela Fanelli es Marisa, la amiga y la confidente de Delia, ese ratito con ella en que la vida puede ser de otro color. Hemos dejado para el final, como los grandes artistas, para hablar de Paola Cortellesi, porque su Delia es un personaje maravilloso que una actriz siempre espera, con una interpretación magnífica, llena de detalles y sutileza, con esa mirada intensa en la que la amargura está pero sabe camuflarla. Una mujer de bandera, intensa, valiente que no se arruga ante nada ni nadie, y soporta los avatares de la vida con dignidad, convirtiéndose no sólo en la protagonista de la película, sino en un ejemplo de cómo mantenerse en pie a pesar de tanta hostia y sobre todo, no perder la esperanza nunca porque, como dice película, mañana volverá a ser otro día, otra oportunidad, otra esperanza. 

No se dejen asustar por el blanco y negro, porque resulta la mejor luz para situarnos en la posguerra italiana de 1946, y acepten la invitación de Paola Cortellesi que, no sólo ha conseguido una de la películas del año, sino que nos emociona con una sensibilidad honesta y extraordinariamente sincera, sin tapujos, con delicadeza, sin caer en el tremendismo ni en la sensiblería, porque la película podría caer en el regodeo de la tristeza, pero no lo hace, ni mucho menos, de hecho, se aleja muchísimo de todo eso, moviéndose en lo humanista que, aún la hacen más soberbia, como las secuencias entre Delia y Nino, puro romanticismo, y en esas otras donde describe con sutileza esa Roma dura, donde las gentes van de aquí para allá intentando ganar algunas liras, como los colgadores de carteles que nos remiten a la inolvidable Ladrón de bicicletas (1948), de De Sica, y esos diminutos pisos llenos de polvo de la periferia romana que tanto nos ha mostrado el talento de Pasolini, y sobre todo, es una de las grandes obras sobre mujeres de aquel momento y de cualquier otro en que, a pesar de su triste y violenta existencia, se levantan cada día, abren las ventanas y salen a la calle con paso firme y decidido, sin dejar de batallar para que sus sueños de una vida mejor se hagan realidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hate Songs, de Alejo Levis

PONERSE EN EL LUGAR DEL OTRO. 

“He decidido apostar por el amor. El odio es una carga demasiada pesada”. 

Martin Luther King

El magnífico trabajo de Ibon Cormenzana (Bilbao, 1972), a través de su productora Arcadia Motion Pictures, con la que ha producido más de 40 películas a cineastas de la talla de Pablo Berger, Rodrigo Sorogoyen, Claudia Llosa, Julio Medem y Enrique Urbizu, entre otros, a lo largo de dos décadas. Con Mundo Cero, el bilbaíno emprende una nueva aventura, con el ánimo de producir cine social, comprometido y humanista con la finalidad de impulsar un cambio social y recaudar fondos para apoyar el trabajo de las ONGs. La primera película que nace es Hate Songs, que se detiene en el genocidio de Ruanda que, entre abril y julio de 1994, el gobierno hegemónico hutu trató de exterminar a los tutsis, con una cifra de asesinados cercana al millón de tutsis, según las organizaciones internacionales. La película no lo hace desde la grandilocuencia y el discurso condescendiente, sino que se adentra en la emisora de radio, la RTML, la Radio Televisión Libre de las Mil Colinas, en la que promulgaron el discurso del odio e incitaron a la población hutu a salir a las calles a exterminar tutsis, dando todo tipo de detalles de sus víctimas.  

Un único espacio, el estudio donde se ubicó la emisora, e inspirados por Musekeweya (Nuevo amanecer) que, desde 2003, utiliza la ficción radiofónica para ayudar a la reconciliación y al perdón entre los ruandeses. El director barcelonés Alejo Levis, del que conocíamos sus trabajos como montador y cinematógrafo para Eugenio Mira o el mencionado Cormenzana en Culpa (2022), y sus dos largos con Todo parecía perfecto (2014), producida por Arcadia, donde se adentraba en un extraño amor onírico, y No quiero perderte nunca (2017), que daba vueltas a las relaciones paterno-filiales desde el fantástico. Con Hate Songs continúa instalado en los relatos sencillos, con pocos personajes, intensos y situados en una localización. Porque todo eso es la película, a partir de un guion que firman Denise Duncan, vinculada al mundo teatral, Albert Val, del que hemos visto recientemente su trabajo en El maestro que prometió el mar, y el propio director, nos sitúan en la mencionada emisora en la que se esta llevando a cabo el ensayo de una ficción sobre el genocidio de Ruanda. Estamos en abril pero en el 2019, con Simon, un técnico y director belga, y Nansi Nsue y Ncuti, dos intérpretes ruandeses. El ensayo y el recuerdo de aquella infausta radio que alentó el odio y el asesinato, pronto destaparán muchos fantasmas, los de aquellos que perecieron en aquel tiempo de horror, y las tensiones entre los tres participantes, en el que parece que hay mucho que reparar todavía, y donde el perdón y la reconciliación están presentes, pero todavía requeiren de mucho trabajo. 

Tomando de inspiración la excelente Doce hombres sin piedad (1957), de Sidney Lumet, y otras experiencias del gran director estadounidense, el relato lleno de tensión, con una atmósfera que se va cargando generando un aire irrespirable, con tres personajes que escenifican los tres elementos en conflicto: occidente, hutus y tutsis. Tres personajes que irán subidos en esta montaña rusa de emociones, sentimientos y tensiones, que irán cambiando el rol y su posición en ese trabajo que no va a resultar tan sencillo como parecía. La parte técnica ayuda a establecer los códigos de este entramado thriller psicológico que te agarra y no te suelta, con la participación de la debutante Lali Rubio en la cinematografía que, firma junto al director, un excelente trabajo de luz, apoyada en los rostros y los primerísimos planos, y los encuadres con el cristal de por medio, una gran idea que resalta las tremendas diferencias y sus respectivos roles cambiantes entre unos y otros. Otro debutante es el músico Asier Renteria, que impone una melodía que no se limita a acompañar, sino a sumergirse en las emociones complejas de los personajes, y el montaje, también de Levis, que en sus excelentes 82 minutos de metraje, nos lleva por un relato lleno de furia, de rencor, y también, de amor, memoria y reconciliación.

Con un trío de intérpretes maravillosos como Àlex Brendemühl, qué decir de uno de los actores más extraordinarios de nuestro cine, y de cualquier cine, siendo el técnico y el director belga, componiendo esa mirada hipócrita y cínica de occidente, con esa mirada condescendiente y oportunista del blanco. A su lado, Nansi Nsue, la actriz ecuatoguineana, que hemos visto en películas recién estrenadas como El salto, de Benito Zambrano, y de Clara Roquet, entre otros, hace de Stephanie, la actriz tutsi que recordará a los suyos, en un viaje al alma, a su memoria, y sobre todo, a la redención y al perdón que tanto ansía, aunque duela y mucho. Frente a ella, Boré Buika, mallorquín de ascendencia ecuatoguineana, que hemos visto en series de éxito como La mesías y Mar de plástico, entre otras, es el actor hutu, que también tendrá su viaje particular hacia el dolor, la reconciliación y la memoria. Tres intérpretes que no sólo transmiten verdad y emoción en sus diferentes personajes, sino que lo hacen mirándonos de frente, sin artificios ni estridencias ni nada que se le parezca, en unas composiciones difíciles, que demandan actitud, serenidad y aplomo, para no sólo viajar por la memoria, y las diferentes cargas y duelos personales, sino por la memoria de todo un país que hace casi 30 años se sumió en las más terrible de las oscuridades. 

Damos la bienvenida a la propuesta de la productora de Mundo Cero y su primera película Hate Songs, porque hace aquello que ha hecho grande el cine, en su espacio de conocer, recordar, y por ende, a no olvidar, a volver al terror de Ruanda, pero no desde la revancha sino desde la reconciliación, en un acto de memoria, tan necesario, aunque cueste tanto recordar, porque recordar significa volver al dolor, volver a aquello que nos hizo daño, y requiere valentía y coraje, porque recordar siempre es un acto difícil y muy doloroso, pero vital para seguir mirándonos los unos a los otros, perdonarse y sobre todo, perdonar a los otros, porque sino todo lo que se edifica en ese sentido nunca está del todo bien construido, porque está lleno de faltas, de pedazos inconclusos, de taras que no se han resuelto. Todo camino de perdón es complejo y oscuro, y por eso cuesta mucho empezar, pero es tremendamente necesario para uno mismo y para los demás, por la convivencia y el amor, tan faltos en este mundo donde impera el egoísmo, el silencio y dejar pasar el tiempo. Recuerden que nunca es tarde para pedir perdón, porque además de ser un acto muy generoso hacia el otro, es el acto más valiente que existe. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sueños y pan, de Luis (Soto) Muñoz

JÓVENES EN EL LIMBO. 

“Me encantan los sueños, incluso cuando son pesadillas, lo cual debe ser lo habitual. Mis sueños están a rebosar por los mismos obstáculos, pero no importa”

Luis Buñuel

La primera vez que descubrí el cine de Luis (Soto) Muñoz (Baena, Córdoba, 2000), fue a través de la película El cuento del limonero, a través de la magnífica plataforma Filmin, un relato social y fantástico sobre la vejez filmado en la Puerta de Córdoba durante los meses pandémicos, y protagonizado por su abuela Dolores Marín. Unos meses antes, en enero de 2020, había empezado a rodar Sueños y pan, una película que rendía homenaje a dos títulos emblemáticos: Los olvidados (1950), de Luis Buñuel, y Los golfos (1960), de Carlos Saura. “Una película para aprender a hacer cine”, según palabras del director. Un rodaje con amigos, de guerrilla y filmado en los ratos libres, que se alargó hasta julio del 2021, con el mismo espíritu de Los ilusos (2013), de Jonás Trueba. Un cine hecho desde adentro, sin dinero, y en compañía y en cooperativa, siguiendo el espíritu de la sección “Un impulso colectivo”, del imperdible D’A Film Festival de Barcelona, comisariada por el escritor cinematográfico Carlos Losilla, de la que este año ha formado parte. 

La película toma el extrarradio y la periferia madrileña como escenarios vacíos y olvidados para contarnos las desventuras de dos jóvenes Dani, más extrovertido, más locuaz y más todo, y Javi, todo lo contrario, que forman un dúo de ladronzuelos sin suerte, sin rumbo y llenos de sueños. Junto a Sara y el hijo pequeño de ésta, forman una especie de familia que comparten piso, esperanzas y pesadillas. La cosa arranca cuando roban una pintura que parece valiosa. Pero, los problemas empiezan cuando pretenden venderla que no resultará tan fácil como pensaban, y darán comienzo a una serie de travesías urbanas que les llevará a los lugares más elitistas de la ciudad. A partir de un extraordinario y sobrio blanco y negro que firma Joaquín Ga-Riestra Guhl, con esa luz que traspasa a sus protagonistas, entre sombras y lugares sin alma, confundiéndonos entre realidad y sueño, donde lo tangible y lo onírico se mezclan, creando ese no lugar lleno de matices y no colores. La misma posición opta el montaje que firma el propio director, porque fusiona de forma ejemplar los momentos trepidantes, donde la cámara se agita y se desplaza con los pasos de los personajes, y esos otros momentos en los que la pausa y el respiro se adueñan de la pantalla, donde hay tiempo más que para la reflexión, para escuchar a estos dos jóvenes sin pasado y sin futuro, moviéndose en un presente continuo que parece, en ocasiones, en un extraño bucle que parece no tener principio ni fin. 

Una película de estas características necesitaba unos intérpretes muy involucrados en la causa, es decir, que transmitieran la naturalidad y la fragilidad de unos personajes al borde de todo y todos. Tenemos a George Steane, que hemos visto dando vida a uno de los cowboys de Extraña forma de vida, de Almodóvar, y en la serie La mesías, entre otras, dando vida al hermano y soñador Dani, un tipo de buen corazón, aunque algo tosco y fiera, pero que ayuda a dotar de paz y tranquilidad a este trío heterogéneo. Javi es Javier de Luis, un tipo que se enfada mucho, que es callado e introvertido, que es más inteligente que Dani pero que le cuesta comunicarse. Y finalmente, tenemos a Sara que hace Cristina Masoni, el vértice de este extraño trío, del que no sabemos nada, ni de su pasado ni de cómo se conocieron (sólo que tiene problemas con las drogas y tiene un hijo pequeño), un enigma que ayuda a la película y a su propuesta. Sin olvidarnos de Mubox Studio con Alejandro González al frente, que ya estuvo detrás de El cuento del limonero, y ahora vuelve a unir sus fuerzas con (Soto) Muñoz para levantar la película. Sueños y pan es una película que nace de muchas otras, y no esconde sus múltiples referencias, para nada, si no que las hace evidentes y sobre todo, las hace suyas, las va introduciendo en la trama de una forma sencilla y natural, sin ningún tipo de estridencias ni nada que se le parezca. 

Los espectadores más cinéfilos y más informados verán que hay referencias a mucho del cine quinqui y social que se hizo en España en el tardofranquismo como los ya mencionados Buñuel y Saura, y otros como Eloy de la Iglesia, Angelino Fons, José Antonio de la Loma, entre otros, y algunos más contemporáneos que también tuvieron el quinqui como inspiración como Juan Vicente Córdoba y su Quinqui Stars (2018), donde Ramsés Gallego “El Coleta”, su protagonista que buscaba a Saura, tiene una breve presencia en la película. No deberían perderse una película como Sueños y pan, elocuente y formidable título que le va como anillo al dedo, porque es una película de cómo hacer cine cuando se tienen ganas de hacerlo y apenas se tienen medios para llevarlo a cabo, porque es un torrente de ideas, sugerencias y reflexiones de cómo hacer una película sobre el aquí y ahora, aunque los más informados sobre el fútbol y el Atlético de Madrid pueden ubicar el tiempo en el que se posa la película, aunque tenga esa actitud de atemporalidad, de ese no tiempo, no lugar y si personajes, unos tipos que a pesar de todo, sueñan con una vida mejor, o con eso que el sucederá al día siguiente, porque la pintura que han robado no es más que el camino para hacer realidad sus sueños, el macguffin de un relato que les va embrujar y atrapar desde su primera secuencia del robo, a la carrera, o mejor dicho, Deprisa, deprisa, como manda el género. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

HLM Pussy, de Nora El Hourch

UNA PARA TODAS Y TODAS PARA UNA.  

“En la noche oscura, sobre la piedra negra, una hormiga negra. Dios la ve”. 

Proverbio árabe. 

La directora franco-marroquí Nora El Hourch (Angers, Francia, 1988), realizó su primer trabajo, Quelques secondes (2015), una película corta sobre cinco chicas de la periferia parisina que nació para exorcizar la violación que sufrió a los 20 años. A partir del mismo espíritu y de la actitud contestataria de aquella, nace su ópera prima HLM Pussy, que viene de la definición de “Habitation à Loyer Modéré” (Habitaciones vivienda subvencionada para personas con pocos recursos), y la palabra “Coño”. Conocemos a tres jóvenes de la periferia parisina: Amina, de padre marroquí y madre francesa, Djeneba, de padres africanos y Zineb, de padres marroquíes. Son de orígenes diferentes pero comparten una gran amistad, confidencias, intimidad y un carácter que las diferencia de los demás y sobre todo, son una piña en todo y ante todos. Aunque, la cosa se pondrá seria cuando Zineb es acosada por Zakaria, un buen amigo de su familia, y las otras dos lo graban y Amina, lo sube a las redes sociales, a una cuenta de Instagram que se llama “HLM Pussy”, y se convierte en viral y una ventana para denunciar el acoso que sufren muchas mujeres a lo largo y ancho del planeta. 

La mise en scène resulta de la película resulta una decisión capital para trasladarnos a ese mundo de la juventud de redes, de agitación constante y continuo movimiento, a través de un cámara que se mueve con y entre ellas, siendo una más de las tres amigas, explorando su intimidad, sus miedos e ilusiones ante un entorno hostil y con pocas esperanzas, en un detallista y sensible trabajo de cinematografía de Maxence Lemmonier, así como el exquisito y concienzudo trabajo de montaje de Quentin Jourde D’Arzac, en el que abundan los planos secuencias, y los primerísimos planos en el que se detallan cada aspecto de sus personajes, en un ambiente muy doméstico y cercano. La música, capital en el seno de estas tres jóvenes, que firma Clément Tery, ayuda a conocer con más profundidad las pulsiones personales y sociales de tres chicas que viven e intentan salir adelante en una atmósfera donde el acoso está a la orden del día, como deja claro la excelente secuencia que abre la película, que nos recuerda a la que abría la estupenda Pulp Fiction (1994), de Tarantino, en la que se define el entorno de la película y el de las protagonistas, y esa alianza de ayuda y amistad que tienen entre ellas. 

Un guion muy potente, de aquí y ahora y cualquier tiempo, porque habla de personajes que no se lamen sus heridas y se levantan contra la injusticia y la violencia, aunque lo hagan torpemente y con miedo. Podríamos decir que el guion que firma la propia directora, tiene dos partes bien diferenciadas. En la primera, conocemos a las protagonistas, sus diferentes caracteres e idiosincrasia, así como sus entornos, sus familias y colegio, tanto a un nivel humano como social. En la segunda, el citado video subido a redes, les lleva a recibir amenazas del sujeto en cuestión y eso, las distancia y las sitúa en el miedo y la desconfianza entre ellas, y es ahí donde la película nos remueve muchísimo más, porque nos empuja a tomar partido y sobre todo, a cuestionarnos nuestras ideas, prejuicios y demás aspectos morales, además que la historia coge un vuelo impresionante, demostrando la inteligencia y la capacidad de El Hourch para romper las normas preestablecidas y llevarnos hacia terrenos donde todo se coloca patas arriba, donde el cine se destapa como una forma de denuncia, de mirar de frente los problemas que están ahí a diario, y cómo enfrentarlos y gestionarlos, que nunca es nada fácil. 

Aunque donde la película ha acertado de pleno es en su magnífica elección de sus tres protagonistas, porque no sólo actúan con veracidad y naturalidad, sino que transmiten todos sus miedos, valentías y contradicciones de un modo que nos atrapa y nos conmueve, sin trampas ni cartón, con cercanía y humanidad, amén de ser dos de ellas debutantes, y la otra, con poca experiencia. Tenemos a Léah Aubert en el papel de Amina, la francesa-marroquí de un ambiente de clase media, entre dos mundos, aunque ella se siente de sus amigas y de ese entorno de periferia, después está Médina Diarra como Djeneba, de padres africanos, que vive con su tío, con su canal de instagram en el que vende zapatillas deportivas de marca, la fashion del grupo con su colección de pelucas, y finalmente, Zineb que hace Salma Takaline, la marroquí que sufre el acoso de su amigo, la más frágil del grupo y quizás, la que más necesita el apoyo de las otras. El reparto se complementa con la presencia del acosador que hace Oscar Al Hafine, y los adultos y padres de Amina, Bérénice Bejo, una actriz de sobrada capacidad para creernos cualquiera de sus roles, y Mounir Margoum, el padre marroquí que no quiere que su hija sufra tanto como él cuando quiso convertirse en un médico respetado siendo de fuera. 

Tiene HLM Pussy el aroma que tenían El odio (1995), de Matthieu Kassovitz, en su radiografía de la otra Francia, la invisible y sometida, y en su lucha por salir del agujero de la periferia, y de Bande de Filles (2014), de Céline Sciamma, donde Mariemme y las demás chicas no estarían muy lejos de las protagonistas de la película de Nora El Hourch, porque además de ser mujeres, son racializadas, y viven en uno de esos barrios de la otra Francia, la inmigrante, la de hijos de inmigrantes, la que no se ve en las noticias por cosas positivas, sino aquellas relacionadas con violencia y demás. Tanto las películas mencionadas como HLM Pussy quieren mostrar las múltiples caras de estos lugares, viéndolos desde un prisma más humano, menos estereotipado, donde también hay mujeres que se alzan ante la injusticia y el acoso diario, que tienen herramientas para decir NO, aunque a veces, se crucen ciertos límites que pueden poner en peligro cosas tan bonitas como la amistad, como la verdadera amistad, que en este mundo, son tan importantes y cruciales para ir todas a una y rebelarse ante la violencia y el miedo que quieren imponer algunos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Animalia, de Sofia Alaoui

ITTO Y EL FIN DEL MUNDO. 

“Es más fácil imaginar el fin del mundo que el del capitalismo”.

Fredric Jameson/Slavoj Zizek

Con el cortometraje Qu’importe si les bêtes meurent (2020), la directora franco-marroquí Sofia Alaoui (Casablanca, Marruecos, 1990), nos contaba la peripecia de Abdellah, un joven pastor de las montañas del Atlas que se enfrentaba a un fenómeno sobrenatural. Partiendo del mismo conflicto, la cineasta ha debutado en el largometraje con Animalia, una distopía más cerca de lo que imaginamos, a partir de un guion coescrito junto a Laurie Bost y una grande como Raphaëlle Vallbrune-Desplechin, que ha trabajado para Ursula Meier, Guillaume Senez y en películas tan interesantes como Curiosa, de Lou Jeunet, y Olga, de Elle Grappe, entre otras. A partir de la existencia de Itto, una joven huérfana y embarazada que, vive con su prometido Amine, y la familia de éste, un Caíd local, una especie de gobernante, en una lujosa mansión en una zona rural. La trama es muy sencilla y directa, una historia que arranca cuando Itto, agobiada de su familia política, decide quedarse sola en casa mientras los demás pasan el día fuera. De repente, una amenaza exterior, en forma de terror sobrenatural, empieza a caer sobre el lugar y la joven asustada, decide marcharse. 

Alaoui construye una película muy cotidiana y transparente, donde la invasión alienígena es invisible, pero está ahí, a través de lo más cercano como la extraña conducta de los animales, volviéndose inquietos y agresivos, ahí vemos la influencia de aquel cine de serie B de los cincuenta, y la mítica serie que era The Twilight Zone (1959-1964), y el cine de Hitchcock, con esos pájaros que revolotean y atacan sin piedad. Aunque el género, la ciencia-ficción y el terror, es un mero telón de fondo, un macguffin que se usa para ahondar en el aspecto psicológico de los personajes y hacerlos moverse físicamente, porque la mirada de la historia va mucho más allá, sumergiéndonos en las grandes desigualdades entre unos enriquecidos privilegiados y el resto, empobrecidos que viven al día, donde lo espiritual ha sido absorbido por una nueva religión: lo material y el dinero. Un guion dividido en tres partes bien diferenciadas. En la primera, Itto se ve envuelta en un oasis alejado de la realidad. En la segunda, Itto se enfrenta a esa otra realidad, la de los invisibles, y finalmente, la joven se enfrenta a sus propias contradicciones y las de su futura familia. 

La cineasta franco-marroquí se vuelve a rodear de los técnicos que ya estuvieron a su lado en el cortometraje citado. El cinematógrafo Noé Bach, que construye una luz muy íntima y una planificación que empieza con planos medios, para adentrarse en primeros planos, y acabando con esos planos generales, donde la muchedumbre se agolpa esperando una salida. El estupendo trabajo de sonido de Mariette Mathieu Goudier, en el que va creando esa atmósfera de inquietud y terror que casa con el laberinto en el que se encuentran sus atemorizados personajes. La excelente música de Amine Bouhafa, habitual del cine de Kaouther Ben Hania, de la que hemos visto recientemente la interesante Las cuatro hijas, y el brutal trabajo de montaje de Héloise Pelloquet, con un ritmo pausado in crescendo, en ese tono entre real y abstracto, donde los pequeños detalles y la imaginación generan más terror. Su entregado y magnífico reparto va en consonancia a la exigencia de una cinta donde la ausencia tiene mucha presencia, demandando unas interpretaciones contenidas y nada estridentes, hacia dentro, como la que hace la casi debutante Oumaima Barid en el rol de Itto, la protagonista de la cinta, enfrascada en un viaje muy físico y emocional por el que pasa por todos los estados, en una travesía social y humana en la que tomará mucha conciencia de su vida y de los suyos. 

Junto a Barid encontramos a dos hombres. Su prometido, Amine que hace el actor Mehdi Dehbi, que hemos visto en películas como El hijo del otro, de Lorraine Levy, El hombre más buscado, de Anton Crobijn, y en Conspiración en El Cairo, de Tarik Saleh, perteneciente a esa clase pudiente y elitista  muy obsesionada con el materialismo a base de pelotazos como el que planean con las frutas y hortalizas, con el beneplácito de la corrupción que ejerce su padre. Frente a él, la otra cara del capitalismo feroz y salvaje en el que vivimos, la vida de Fouad que interpreta el actor natural Fouad Oughaou, que era el protagonista del mencionado Qu’importe si les bêtes meurent, aquí como un repartidor de cebada y mesero que vive en una pequeña aldea. Animalia sería hija directa de películas como Hijos de los hombres (2006) de Alfonso Cuarón, donde un embarazo es la esperanza en una sociedad devastada y oscura, y Melancolía (2011), de Lars Von Trier, porque se dejan de estridencias argumentales y de fuegos artificiales, para centrarse en lo psicológico de los personajes y sus relaciones. 

Tanto la de Cuarón como la de Trier, son dos interesantes muestras que evidencian que el fin del mundo está ya entre nosotros, y todavía no nos hemos dado cuenta, cosas de este mundo materialista, acelerado y estúpido, donde hemos perdido la cabeza por lograr algo, y lo que hacemos diariamente es correr de un lado a otro, y sobre todo, comprar objetos inútiles y vendernos a nosotros mismos para seguir comprando y vuelta a empezar. La película Animalia, de Sofia Alaoui (agradecemos la labor de las distribuidoras Surtsey Films y Filmin, por seguir trabajando en ofrecer cine de otros países como Marruecos, tan ausente por estos lares), se revela como uno de las óperas primas más intensas, enigmáticas y sorprendentes de los últimos años, porque se mete de lleno en el género para sumergirse en las cloacas de una sistema económico que se autodestruye para seguir creciendo, un sin sentido. No estamos ante una película complaciente, todo lo contrario, porque  es dura en lo que cuenta, porque no se puede mirar a otro lado, y aboga por estar más cerca los unos con los otros, y eso incluye a los animales y la naturaleza, la gran olvidada, y resetearse y empezar de nuevo, si todavía es posible, porque visto lo visto, vamos por muy mal camino, y lograremos lo que pretendemos, aunque sea de forma inconsciente, ese final del mundo que está más cerca de lo que nos imaginamos mientras seguimos comprando cosas que no necesitamos. En fin. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Animal/Humano, de Alessandro Pugno

UN TORO Y UN HOMBRE. 

“Animal: 1) Bestia. 2) Ser que siente. 3) Con alma.

Humano: 1) Animal racional. 2) Dotado de empatía. 3) De naturaleza imperfecta”.

El universo cinematográfico de Alessandro Pugno (Casale Monferrato, Italia, 1983), se ha caracterizado a través de tres elementos muy definidos: lo más tradicional de la cultura española, la infancia y la relación entre humanos y animales. En A la sombra de la cruz (2013), se detenía en un grupo de escolares en el mismo Valle de los Caídos que recibían una educación conservadora. Con Jardines de plomo (2017), unos niños de una comunidad indigena peruana de los Andes en conflicto con el plomo de la mina de la que vive su pueblo. En Jamón, a Story of Essence (2019), exploraba la crianza y el comercio del cerdo ibérico. Con Animal/Humano, a partir de un guion de Natacha Kucic y el propio director, el documental, que había sido su principal foco, se fusiona con la ficción, en la que sigue profundizando en otra tradición muy de aquí como el mundo de  los toros y un joven italiano que desea convertirse en torero. 

Pudiera parecer que, debido a la temática tratada, la película es una oda al mundo de los toros, pero ni mucho menos, porque el que aquí suscribe no tiene ninguna simpatía al tema en cuestión, y la película no sólo me ha interesado mucho, sino que usa ese mundo para hablar de temas ancestrales de la condición humana: como la pasión, el destino, la eterna relación entre personas y animales, y sobre todo, se pregunta sobre la definición de lo humano y lo animal, como anuncia las frases con las que arranca la película (que encabezan este texto), y traza una magnífica muestra de ficción y documento, en el que tanto una parte como otra, quedan perfectamente ensambladas de forma natural y transparente. Ayuda enormemente su cuidada atmósfera, rodada en su mayor parte en localizaciones reales, y la excelente cinematografía en formato 4:3, apoyado en exteriores principalmente, que firma Alberto D. Centeno, con experiencia en diferentes géneros como el drama personal de El árbol magnético, el drama social de Diamantes negros, el thriller de 321 días en Michigan, el biográfico de La isla del viento, entre otras. El cuidadoso trabajo de sonido de Carlos De la Madrid, con casi medio centenar de películas, que ayuda a sumergirnos en un mundo donde prima lo animal, lo humano y la naturaleza.

La soberbia música con influencia del noir del dúo Giorgio Ferrero y Rodolfo Mongitore, de los que vimos la estupenda Bosco (2021), de Alicia Cano Menoni, aportan esos complejos cruces por los que transita la trama: la alegría y la oscuridad, lo racional y lo emocional, lo artificial y lo natural, la tradición y lo moderno, y lo humano y lo animal. El italiano Enrico Giovannone, con más de 40 títulos, entre los que están las citadas A la sombra de la cruz y Jardines de plomo, firma un excelente montaje estructurado a partir de los momentos de la dehesa con los animales y el trabajo cotidiano de los mayorales y sus ayudantes, con esos otros, donde la cámara se posa y nos sumerge en su interior: las inquietudes, sueños, frustraciones y miedos de los personajes. Una película construida a partir de dos almas, las de Matteo un joven italiano que sueña con ser torero, y la de Fandango, un joven becerro que se convertirá en toro de lidia, amén de otra breve historia que sucede en Italia, y hasta aquí puedo leer. Otro tanto que se marca el director italiano es su exquisito y elaborado reparto, en el que destacan Guillermo Bedward como el impaciente e inquieto Matteo, conocido por la serie The Outlaws (2021), compone un gran personaje, un joven deseoso de enfrentarse al toro, que cuestiona a su profesor, y se muestra como un carácter indomable y demasiado solitario.

Acompañan al rebelde Matteo, su único amigo César, interpretado por el debutante Donovan Raham, en el otro lado del espejo, porque es hijo del famoso matador de toros Eduardo Tejera, que interpreta Brontis Jodorowsky, y casi siempre está solo y perdido. El gran Antonio Dechent, que actor, que fortaleza, que señor, interpreta al ganadero y propietario de Fandango, Antonio Estrada, que hemos visto en series como Los herederos de la tierra y Bosé, y películas como Jaulas, es el profesor tranquilo y sobrio, entre otros, como los que se interpretan a sí mismos. Animal/Humano es otra buena muestra que, el mundo de los toros y toreros, no está reñido con el cine más personal, profundo y reflexivo, y a parte de hacer cine popular, también puede ofrecer grandes títulos como antes lo habían demostrado obras como Sangre y arena (1922), de Niblo, basada en la famosa novela homónima de Blasco Ibáñez, que tuvo otras versiones como la de Mamoulian de 1941, Toros bravos (1951), de Rossen, Tarde de toros (1956), de Vadja, El espontáneo (1964), de Grau, Matador (1986), y Habla con ella (2002), ambas de Almodóvar, y El brau blau (2008), de Daniel V. Villamediana, Arena (2010), de Günter Schwaiger, y Blancanieves (2011), de Pablo Berger, entre otras. 

No se dejen llevar por sus prejuicios al mundo de los toros y los toreros, y denle una oportunidad a Animal/Humano, porque es una película muy sorprendente, en su mirada nada complaciente y crítica del comportamiento humano en relación al animal, en las líneas que nos separan y las que nos unen, y demuestra un dominio absoluto en las secuencias documentales, tal y como explican los títulos de crédito de la cinta, en las que se especifica su carácter documental, tanto por su destreza en su aproximación, tan natural y de verdad, y su energía y aplomo en su forma de rodar, llena de intensidad, paciencia e intimidad. Tampoco se queda atrás en su ficción, que rueda por primera vez con intérpretes profesionales, porque maneja con soltura unos personajes complejos y contradictorios, como somos todos, y bucea con claridad por sus mundos interiores, por sus verdades y mentiras. Finalmente, debemos felicitar la propuesta de una distribuidora como Márgenes en aproximarnos a este tipo de cine, un cine que explica historias, que nos cuestiona prejuicios y sobre todo, nos alimenta una mirada crítica, tan deteriorada con tantas imágenes entretenidas, vacías y superfluas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Breaking Social, de Fredrik Gertten

PONERSE EN PIE. 

“Un cambio social real nunca se ha llevado a cabo sin una revolución… Revolución no es sino el pensamiento llevado a la acción”. 

Emma Goldman. 

El universo cinematográfico de Fredrik Gertten (Malmö, Suecia, 1956), tiene su base en lo humano, y por ende, en lo social, en lo político, en lo económico y en lo cultural. Un cine que mira atentamente a su alrededor, que mira a las personas y sus problemas, y no lo hace desde la condescendencia, ni el amarillismo y mucho menos desde el sentimentalismo. No, no hace nada de eso. Lo mira desde lo más cercano y cotidiano, situando su cámara a su altura, profundizando en sus historias de aquí y ahora, a partir de lo local para ir poco a poco llevándonos a lo más general, porque los problemas más íntimos siempre tienen un reflejo de aquello que no vemos, de aquello invisible, de aquello que finalmente te afecta en tu día a día. Un cine que investigue, que se interrogue, y sobre todo, que logre captar la atención de los espectadores que se hacen preguntas, que quieren saber, y que el cine provoque la ansiada reflexión, un pensamiento crítico con el sistema que padece, y les cambie de algún modo. El cine debería tener esa función, y el cine de Gertten la tiene, desde su modestia y nada pretencioso. 

Las películas del cineasta sueco han tocado muchos temas: la arquitectura como arte elitista o para el pueblo en El socialista, el arquitecto y la torre girada (2005), Bananas! (2009), donde exponía las injusticias de la multinacional estadounidense Dole Food Company, y su posterior secuela Big Boys Gone Bananas (2011), en que la citada compañía perseguía al cineasta para que no difundiera su película, Bicicleta Vs Coches (2015), exploraba la difícil convivencia entre los citados vehículos en las grandes ciudades, Push (2019), reflexionaba sobre el fenómeno de la gentrificación que expulsa a los vecinos de los barrios en pos a los lobbys inmobiliarios. Una serie de obras contestatarias, que miran la injusticia y la desigualdad y la muestran, y van mucho más allá, porque se encuentra con personas que se han agrupado y batallan contra esas grandes compañías invisibles y devoradoras de dinero. Y hace todo ese retrato y retratos desde la “verdad”, y no me refiero a una única verdad, sino a múltiples verdades en películas caleidoscópicas, en las que vemos diversas formas de lucha y acciones para cambiar las leyes mercantilistas. 

Con Breaking Social se ha adentrado en el mundo de esas grandes empresas que siempre están manejando los hilos del capitalismo, pero que nunca vemos, abriéndolas en canal, a través de de expertos que nos informan de sus infinitos tejemanejes y corruptos que, con la complicidad de los gobiernos, siguen enriqueciéndose impunemente, dejando un reguero de víctimas, aunque la película no muestra unos perdedores lamiéndose sus heridas, ni mucho menos, sino todos aquellos/as que se han puesto de pie, se han organizado y se han lanzado a las calles a batallar por sus derechos y por una sociedad donde prime la democracia, a los justos y no a los que han y deshacen a costa de quién sea. Como sucedía en Push, la película de Gertten empieza en lo local para ir abriéndose y mostrándonos múltiples realidades, que van desde un historiador holandés, que explica con detalle y un vocabulario transparente el modus operandi del mundo capitalista, una abogada estadounidense que describe la corrupción de su país, un inglés que trabajó para el mal y cuenta las argucias y triquiñuelas que vió, y una bailarina de danza chilena que baila en mitad de las movilizaciones en su país.

De lo concreto a lo grupal, a través de un grupo de trabajadores de Amazon que se asocian en un sindicato en EE.UU. para protestar contra las ilegalidades de la famosa empresa, los indígenas que luchan por devolver agua a sus tierras después de los desmanes de los poderosos, y todos aquellos y aquellas que se lanzaron a las calles de Santiago y todo Chile para parar tanta injusticia y violencia capitalista. A través de un extraordinario montaje que firma Benjamin Binderup, que dota de fluidez, armonía y ritmo a las diferentes imágenes y miradas de varios países. El gran trabajo de cinematografía de Janice D’Avila, habitual de Gertten, que muestra unas imágenes muy potentes, con esa pausa tan necesaria para mirar, entender, emocionarse y reflexionar sobre lo que vemos y cómo lo vemos. Breaking Social es una película que agita conciencias desde el alma, la palabra y el pensamiento, podríamos decir que es una obra sobre política, o mejor dicho, es una película que sitúa la política en primer persona, la que deciden las personas de abajo, y no esa otra, que dirigen las grandes corporaciones imponiendo sus normas y su codicia frente a los trabajadores, que acaban siendo meras marionetas que tienen trabajos precarios y gastan para mal vivir. 

Estoy convencido que si el sistema económico estuviese construido por y para y desde las personas, desde sus necesidades, desde sus deseos e ilusiones, desde lo que somos, una película como Breaking Social no debería existir, porque las cosas serían de otra manera y ahora mismo, no estaríamos hablando de estas cosas y más allá. Así que, si existe una película como esta, y desafortunadamente, no hay muchas películas como la que nos ocupa, porque son películas incómodas, protestonas, cintas que también ayudan a levantarse y salir a la calle, porque nos nos indica que hay muchas cosas por mejorar, y cada día hay más, por eso esta película es de obligada visión por todos y todas, y sobre todo, dirigidas a los pesimistas y los depresivos con la sociedad, porque es hora de despertar y salir a gritar y luchar, porque el sistema, siempre maligno, nos quiere adormecidos, tristes y sin esperanza, porque enfermos es más fácil manejar a la muchedumbre, no seamos populacho, sino personas que nos agrupamos para ser más fuertes, más valientes, más decididos y sobre todo, más humanos que, hasta eso, lo estamos perdiendo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

May December (Secretos de un escándalo), de Todd Haynes

EL ESPEJO Y SU REFLEJO.  

“¿Crees que no lo entiendo? El sueño imposible de ser. No de parecer, sino de ser. Consciente en cada momento. Vigilante. Al mismo tiempo, el abismo entre lo que eres para los otros y para ti misma, el sentimiento de vértigo y el deseo constante de, al menos, estar expuesta, de ser analizada, diseccionada, quizás incluso aniquilada. Cada palabra una mentira, cada gesto una falsedad, cada sonrisa una mueca”.

La doctora a su paciente/actriz en Persona, de Ingmar Bergman

El cine tiene una capacidad enorme para acercarse a unos hechos y ficcionarlos. Así mismo, esa misma capacidad se ve aprisionado en las limitaciones de la propia ficción, es decir, nunca tendremos la seguridad que los hechos ocurridos sean conocidos y explorados con las herramientas apropiadas, o dicho de otra manera, los hechos son de propio motu una ficción que se convertirá en otra ficción y así sucesivamente. Deberemos aceptar que los hechos llamados “reales” son y serán una ficción al conocerlos, nunca tendremos la certeza de saber la “realidad” de los hechos mencionados, eso sí, podemos fabular a partir de todos los intermedios, sumergirnos en los espacios que hay entre la supuesta realidad y la propia ficción. 

No es la primera vez que Todd Haynes (Los Ángeles, California, EE.UU., 1961), ha escogido unos hechos “reales” para convertirlos en una película, ya lo hizo, por ejemplo, en la fascinante I’m Not There (2007), sobre la vida del músico Bob Dylan, que dividía en varios intérpretes que escenificaban varios momentos de la vida del artista, cambiándolo de sexo y color. En Aguas oscuras (2019), retrataba de forma más convencional, aunque no evidente, la pericia de un abogado enfrentado a grandes corporaciones. Con May December (término que designa una relación entre alguien más joven y alguien mucho mayor), en su título original, Secretos de un escándalo (según el distribuidor, citado por Esteve Riambau), vuelve a enfrentarse a un hecho “real”, el que protagonizaron una mujer de 34 enamorada de un niño de 13 años, ocurrido a finales de los noventa. El cineasta, a partir de un guion de Samy Burch, traslada la acción veinte años más tarde, cuando la pareja vive en un pequeño pueblo de Savannah (Georgia), con sus dos hijos están a punto de graduarse para ir a la universidad. Una acción que arranca con la llegada de una actriz que quiere investigar sus vidas porque interpretará a la mujer en una película. 

Gracie Atherton-Yu es la mujer, y su marido Joe Yoo, se ven expuestos a las cuestiones de la actriz Elizabeth Berry. Haynes plantea un juego fascinante de espejos y reflejos, en los que la citada Persona, de Bergman, se convierte en ese espejo donde realidad y ficción se mezclan, incluso se fusionan, creando un espacio límbico donde nada ni nadie es ni actúa como tal, porque todo lo acontecido, el pasado que vuelve al presente, y el propio presente, se convierte en centro de cuestionamiento, de dudas, de inseguridades y miedos, en que la supuesta realidad o quizás, es mejor decir, la ficción que vamos construyendo de esos hechos pasados y el relato que inventamos en el presente, en todo lo que contamos a los demás, y todo aquello, sobre todo aquello, que no contamos, que ocultamos a los demás y a nosotros mismos. La película se instale casi en una trama de género, como si estuviéramos en un thriller de investigación, donde los roles de cazador y presa se van diluyendo y cambiando constantemente, donde la realidad parece una ficción y la ficción es una actitud ante tanto espacio oscuro y sobre todo, ambiguo. La ambigüedad, posición que domina Haynes,donde la moral es una forma de ser sin ser, de estar sin estar, de ir y no ir, de quedarse en una posición que parece y no es. Una ambigüedad que ya estaba en grandes obras del cineasta californiano como las recordados Lejos del cielo (2002), donde homenajea al gran Douglas Sirk, la miniserie Mildred Pierce (2011), y Carol (2015), grandes retratos sobre mujeres, sobre las cárceles sociales y sobre las prisiones personales, las reales y las inventadas. 

El aspecto técnico, siempre riguroso y certero en el cine del realizador estadounidense, donde nada queda al azar, todo está muy pensado y donde la cámara no sólo muestra sino que atraviesa a sus personajes, de forma emocional,  aspectos que conforman una excelente filmografía que abarca ya más de tres décadas. Una forma de haces que se adapta completamente a lo que se está contando, con esa música pausada e incisiva del brasileño Marcelo Zarvos, que ya estuvo en la mencionada Aguas oscuras, y ha trabajado con cineastas de la categoría de Barry Levinson, Bruno Barreto y Tod Williams, entre otros. La estupenda cinematografía de Christopher Blauvelt, habitual del cine de Kelly Reichardt, que reincide en la idea de fantasmagoría, donde los silencios, los gestos y las diferentes capas de los personajes juegan un papel fundamental en esa ambigüedad moral y oscura que planea en cada encuadre. Y finalmente, el exquisito, ágil y rítmico uso del montaje que firma Affonso Gonçalves, editor de 5 títulos con Haynes, que se mueve como pez en el agua por la cotidianidad de lo íntimo y lo colectivo, en esos espejos distorsionantes que estructuran la trama, pasando por el drama y el terror de forma transparente, donde cada gesto y cada mirada está llena de varias lecturas y rodeados de misterio. 

Una película construida a partir de la fabulación de lo que se cuenta, generando un misterio en sí mismo, sobre todo, al espectador, que debe descifrar o quizás, sólo examinar los personajes, como si de un detective amateur se tratase. Sus personajes y sus composiciones son indispensables para crear esa idea de verdad y mentira por la que transita esta May December, por eso, las interpretaciones de su magnífica pareja protagonistas. Ese tour de force entre Julianne Moore, 5 películas con Haynes, y Natalie Portman, no sólo es la clave de lo que se cuenta y cómo se hace, sino que crea esa posición de intimidad, secretos, mentiras, verdades y demás sentimientos y emociones donde el relato se crea, se destruye y se transforma, sin saber nunca si todo lo que se cuenta es verdad o no, tampoco es importante, porque aunque tengamos la capacidad de contar historias, también tenemos la incapacidad de no comprender la “realidad” tan compleja que nos rodea. El curioso y frágil equilibrio que se genera entre ellas dos, lo completa el carismo y la sobriedad del actor Charles Melton, que conocemos de la serie Riverdale, que hace de Joe Yoo. No se pierdan la película de Todd Haynes, uno de los mejores cineastas de la actualidad, porque no sólo sabe construir historias atrayentes y estupendas, sino que lo hace desde la sutileza, la sofisticación, lo conciso y la sobriedad, y desde la complejidad y la ambigüedad de nuestras almas, nuestro entorno y nuestro pasado. Una maravilla. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Puan, de María Alché y Benjamín Naishat

LAS RAZONES DE MI INEXISTENCIA. 

“El único conocimiento verdadero es saber que no sabes nada”.

Sócrates 

El cine debería ser un reflejo de la situación política y social de los tiempos que nos han tocado vivir, o al menos, el buen cine. Pienso en ese cine que mira a su alrededor y nos explica historias sobre personajes que hacen cosas como nosotros, que sobreviven a duras penas en una realidad muy hostil, incluso violenta, que no les ayuda a ser ellos mismos y sobre todo, a vivir digna y honestamente. La película Puan es ese cine. Porque es una película que nace por muchos motivos. El primero sería el más claro y evidente, el de reivindicar la enseñanza pública frente a esos burócratas elitistas que nunca la conocieron, luego, porque el tema a tratar es la filosofía, la rama educativa más dañada y violentada por esos mismos que se hacen llamar demócratas y en realidad, sólo son un esbirros de lo privado y sus triquiñuelas ilegales. Ante este panorama, la película nos muestra una serie de vidas en continua precariedad, que deben hacer miles de trabajitos para llegar, y sobre todo, para seguir haciendo lo que aman, a pesar de todos aquellos políticos que defienden lo contrario. 

Puan nace como reivindicación a las políticas fascistas de un tipo como Milei, el nuevo mesías derechista que venderá su país al mejor postor. De su pareja de directores tenía algunas referencias. María Alché (Buenos Aires, Argentina, 1983), que empezó como actriz en La niña santa, de Lucrecia Martel, hace 20 años, y trabajó en otras películas, e hizo cortos y dirigió una cinta en solitario, Familia sumergida (2018), un drama protagonizado por Mercedes Morán. De Benjamín Naishat (Buenos Aires, Argentina, 1986), director de tres títulos, entre el que conozco Rojo (2018), un thriller político en los albores de la dictadura argentina con unos formidables Darío Grandinetti y Alfredo Castro. Con Puan, nos sitúan en la famosa calle homónima del barrio Caballito, centro neurálgico de la capital, donde en el número 480 encontramos la Facultad de Filosofía y Letras, centro de lucha reivindicativa y resistencia por antonomasia. La trama es sencilla y muy intensa, muy reflexiva y tremendamente física, y está protagonizada por Marcelo Pena, uno de esos profesores tímidos, academicistas y llenos de dudas y miedos, a la sombra siempre de alguien, de su mujer, luchadora y resistente, y de su mentor, que acaba de morir. La muerte provoca un vacío que coloca a Pena en un disyuntiva, no sólo profesional sino también existencial. La cosa se pone más dura con la aparición de su némesis, el tal Rafael Sujarchuk, un profesor con don de gentes, apasionado, con trayectoria internacional, un hombre de mundo y renovador, que además también opta a la cátedra como Pena. 

Como mencionaba Azcona aquello que: “La comedia es el mejor invento para soportar la realidad triste y gris”. Alché y Naishat optan por mirar esa realidad difícil de profes que no cobran y cuando lo hacen no les llega para vivir, donde Pena debe hacer unas cuántas actividades para sacar dinero extra. Una universidad en dificultades económicas y un país en estado de inquietud constante. La comedia alivia tanto desastre social, una comedia punzante, corrosiva, muy divertida, y a veces, tremendamente negrísima, en la que seguimos las andanzas de Pena, un personaje quijotesco y nada atrayente, pero dentro de su torpeza y su desorientación, encontramos a un hombre que ama su trabajo, que debe reivindicarse, aunque le cueste, y hacerse fuerte ahora que su puesto se ve seriamente amenazado por los nuevos vientos. Una historia directa, sincera y nada artificial, con la luz de una grande como la cinematógrafa Hélène Louvert, que ya estuvo en Familia sumergida, amén de grandes como Varda, Denis, Doillon, Klotz, Rohrwacher, entre otros. Su luz es cotidiana, íntima y acogedora, donde se mezcla con astucia la realidad dura con la comedia más irreverente. 

La excelente música de Santiago Dolan, con ese aroma de comedia italiana a lo Monicelli, De Sica y Risi, en que la música no sólo sirve para explicar, sino para mirar hacia dentro de los personajes y las situaciones que viven. En el mismo tono se encuentra el montaje que firma la brasileña Livia Serpa, otra reclutada de Familia Sumergida, donde prima el caleidoscópico de la trama, con mucho movimiento y diferentes espacios, donde abundan lo acotado y lo mínimo, para aumentar el acoso físico y mental en el que se encuentra el omnipresente protagonista Marcelo Pena. Un gran actor como Marcelo Subiotto, en su primer protagonista, que también estaba en Familia sumergida, bien acompañado, y también sufrido, por un profe más moderno y más diferente en todo como Leonardo Sbaraglia en su papel de Rafael Sujarchuk, todo un lince en ese mundo de profes carcas con olor a naftalina. Y otros intérpretes importantes como Mara Bestelli y Andrea Frigerio, que vimos en Rojo, y demás actrices, con oficio y experiencia como Julieta Zylberger, Alejandra Flechner, Cristina Banegas, entre otros, forman un reparto que transmite transparencia y naturalidad. 

No dejen escapar una película como Puan, de María Alché y Benjamín Naishat, porque les hará pasar un rato divertido, pero no el de risa fácil, sin más, no, aquí hay mucho que rascar, porque se habla de cosas importantes pero sin ser trascendentes ni mucho menos, aburridos. Los directores argentinos se lo montan estupendamente, porque nos hablan de temas importantísimos como la enseñanza pública, la filosofía como herramienta indispensable para resistir ante una sociedad sin valores y obsesionada con la apariencia y el materialismo. Películas como Puan son muy reconfortantes y llenas de valores y muchas más cosas. Agradecemos que existan porque su financiación no ha resultada nada sencilla, ya que encontramos hasta cinco países envueltos en su producción, y eso, aún la hace más fundamental, por su arrojo y su valentía para hablar de temas, que históricamente han sido demasiado profundos y alejados de todos, y ellos los hacen cercanos y cotidianos, y le ponen ese punto de comedia tan de verdad y tan zavattiniana y azconiana, de las que nos han de la “realidad” y sus cosas, sus tristezas y esperanzas de gentes que viven en nuestra misma calle o en la calle de atrás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA