Wonderstruck. El museo de las maravillas, de Todd Haynes

LA AVENTURA DE LA INFANCIA.

“Todos estamos en el fango, pero algunos miramos a las estrellas”

Oscar Wilde

Érase una vez en el caluroso verano del 77 en un pueblecito de Minnesota, que vivía Ben, un niño de 12 años que había perdido a su madre y ahora estaba junto a sus tíos. Un día, Ben encontró una pista que le tenía que llevar a Nueva York para conocer a su padre, pero, una noche de fuerte tormenta, un rayo impactó en la casa y dejó a Ben sordo. En el hospital, Ben aprovechó a escaparse y emprender un viaje que le llevará a reencontrarse con sus orígenes. Paralelamente, también descubrimos otro tiempo y otro lugar, el del año 1927, cuando una niña Rose, de la misma edad que Ben, y también sorda, echa de menos a su madre, una famosa actriz, y decide salir de su Nueva Yersey natal, al lado de un padre autoritario,  y emprender un viaje a Nueva York a encontrarse con su madre. Dos relatos, dos tiempos, y la misma búsqueda, la de dos niños que desean conocer sus orígenes y reencontrarse con sus progenitores a los que no han olvidado para conocer sus raíces.

El séptimo trabajo en cine de Todd Haynes (Los Ángeles, EE.UU., 1961) basado en la novela “Maravillas”, de Brian Selznick, autor también del guión (el mismo escritor del libro La invención de Hugo, que adaptó Scorsese, donde también nos hablaban de un niño desamparado en busca de su lugar) nos vuelve a envolver en una aura romántica, en una fábula protagonizada por dos niños, en la que nos descubre la misma ciudad de Nueva York, pero a través de dos tiempos muy significativos y completamente diferentes, la ciudad del 27 era una sociedad de cambio, de crecimiento, de ilusión y de nuevas oportunidades, en cambio, la ciudad del 77 es todo lo contrario, en plena crisis del petróleo, la city se cae a pedazos, y está llena de miseria y violencia. En estos dos paisajes se desarrolla la trama de Haynes, que dos años más tarde de la delicia y maravillosa Carol, parece querer volver a sus orígenes, y nos sumerge en una historia protagonizada por niños, como su debut Poison (1991) y aquel blanco y negro, como el que desarrolla en la trama ambientada en el 27, y el amor al cine (como la magnífica secuencia en el cine cuando Rose entra en una sala para ver una película protagonizada por su madre, Lillian Maywen -homenajea la famosa actriz Lillian Gish- ya que las imágenes que vemos tienen mucho que ver con aquella maravilla de El viento).

Haynes aprovecha la sordera de los dos niños, y que ninguno de ellos conoce la lengua de signos, para sumergirnos en un mundo silente, donde los espectadores somos estos niños, en una ciudad que no escuchamos (solo acompañada por la bella música de Burwell) una ciudad que vamos descubriendo desde esa mirada inocente y perdida, desde esa estatura, maravillándonos por cada detalle, por ese nuevo mundo tan al alcance y tan lejano a la vez, y en el profundo contraste de colores de las dos ciudades, el maravilloso y elegante blanco y negro, herencia del cine mudo, con aquella gama de colores vivos y cegados por el sol, y filmada también de dos maneras diferentes, el 27 con el espíritu de belleza del cine silente (que ya avanzaba la llegada del sonoro) y el 77, con la forma rompedora del cine setentero que cambiará las formas con el cine clásico, el cine de Cowboy de medianoche o The French Connection, dos mundos opuestos pero hermanados, donde las dos historias convergerán en una, en la misma línea temporal que tendrá su epicentro en el Museo Natural de Historia y el año 77.

El cineasta estadounidense hace gala de su característica forma de filmar el paisaje y sus personajes, con esa elegancia y belleza que encierran sus relatos, llenos de poesía, donde el más leve gesto o detalle capta nuestra atención y llena de armonía y singularidad, haciéndolo bello y sutil, donde las tramas funcionan a las mil maravillas, en el que todo se nos cuenta desde lo más íntimo, desde aquel espacio que no podemos ver, pero en cambio, sentimos con muchísima emoción. El cineasta californiano se vuelve a juntar con sus colaboradores habituales, el camarógrafo Ed Lanchman (aquí en un inolvidable trabajo donde la combinación de las diferentes texturas y colores resulta asombrosa y cálida) el montador Afonsso Gonçalves, y el músico Carter Burwell (habitual de los Coen) que vuelve a deleitarnos con esa score sencilla y delicada, envolviéndonos en el espíritu de conocimiento, sabiduría y aventura que se respira en toda la película.

Un reparto realmente compenetrado que respira autenticidad y magia en el que destacan los dos niños, Oakes Fegley que da vida a Ben, y Millicent Simmonds, debutante, que interpreta a la inquieta Rose, los acompañan Julianne Moore (una pieza clave en la filmografía de Haynes desde sus inicios) y Michelle Williams (que aunque su rol sea breve, tiene esa aura especial que conecta con su personaje) dando vida a unos personajes a los que el pasado los ha guiado y convocado en la ciudad de Nueva York, esa ciudad que nunca duerme, esa ciudad misteriosa y decadente, la urbe por antonomasia, donde suceden las cosas más imprevistas y extrañas, donde los personajes encontrarán aquello que buscaban, aunque eso no signifique que sacie sus ansias de conocer y descubrir ese paisaje ajeno, peligroso y fascinante, porque Haynes ha vuelto a construir una película maravillosa y emocionante, sobre la aventura de ser niños, del saber, llena de vida, de aventura, que reivindica la importancia de los museos como archivos indispensables para preservar y almacenar la memoria, la que ya no está, y la que estará, para concoer y conocernos, con todas aquellas historias y personajes que el tiempo va borrando de nuestras vidas, y lo hace a través de los ojos de dos niños, Ben y Rose, que llegarán a conocerse en el tiempo, en ese espacio inexistente, que va llenándose con nuestras historias, las personas que conocemos, y aquellos que ya no están pero que jamás olvidamos.

Carol, de Todd Haynes

carol-cartelMUJERES QUE SE AMAN.

“Sus ojos se encontraron en el mismo instante, cuando Therese levantó la vista de la caja que estaba abriendo y la mujer volvió la cabeza, mirando directamente hacia Therese. Era alta y rubia, y su esbelta y grácil figura iba envuelta en un amplio abrigo de piel que mantenía abierto con una mano puesta en la cintura. Tenía los ojos grises, incoloros pero dominantes como la luz o el fuego. Atrapada por aquellos ojos, Therese no podía apartar la mirada. Oyó que el cliente que tenía enfrente le repetía una pregunta, pero ella siguió muda. La mujer también miraba a Therese, con expresión preocupada. Parecía que una parte de su mente estuviera pensando en lo que iba a comprar allí, y aunque hubiera muchas otras empleadas, Therese sabía que se dirigía a ella. Luego la vio avanzar lentamente hacia el mostrador y el corazón le dio un vuelco recuperando el ritmo. Sintió como le ardía la cara mientras la mujer se acercaba más y más”.

(Extracto del libro “El precio de la sal”, de Patricia Highsmith).

Los primeros cinco minutos de una película son suficientes para conocer el espíritu de la misma y hacía donde nos pretenden llevar. El arranque de Carol es sublime e hipnotizador. En un fondo negro escuchamos el sonido del tren, luego entra la música de Burwell y sobre una especie de rejilla comienzan a aparecer los títulos de crédito. La cámara avanza, sale de la estación e irrumpe en plena calle, automóviles y personas de arriba abajo, absorbidos por la vorágine de la gran ciudad. Es viernes por la tarde, nos encontramos en Nueva York, en 1950. La cámara continúa hasta entrar en un restaurante, allí descubrimos el punto de vista que hemos estado siguiendo, un joven que, tras saludar al barman detrás de la barra, mira a su alrededor y observamos en panorámica el interior del local. La cámara se detiene en dos mujeres que comparten una mesa, el joven reconoce a la más joven y se acerca. El joven las interrumpe (situación similar a la planteada en Breve encuentro), todavía no las conocemos y menos de que estaban hablando, lo sabremos más tarde. La sexta película de Todd Haynes (1961, Los Ángeles) está contada a modo de flashback, iremos descubriendo suavemente el relato que nos cuentan, una película arrolladora, ejecutada desde lo más íntimo, contada con una elegancia que abruma, una mise en scène sublime y elegante, dominada por los colores cromáticos y esa luz velada e invernal, y de comienzos de primavera tenue que inunda de melancolía y tonalidades oscuras la pantalla, en la que los personajes están dispuestos y dirigen su mirada a través de cristales (como ocurría en la reciente La academia de las musas, de Guerín), unos encuadres que te dejan sin palabras, que enamoran en cada plano, que no deja indiferente, que captura con lo más sencillo, como una brizna de hierba, que recitaba Lorca.

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Haynes nos sitúa en la década de los 50, en aquel Nueva York después de la segunda guerra mundial, en aquel país que comenzaba a despertar después de la pesadilla, en un país que debía enfrentarse a sus miedos y sobre todo, a su moralidad, enfrentada a esa modernidad que traía nuevas costumbres y que avanzaba sin detenerse. Nos cuenta la historia de amor entre dos mujeres, tenemos a Therese Belivet, una joven de 20 años que trabaja como dependienta en unos grandes almacenes, pero su gran sueño es dedicarse a la fotografía, sale con Richard, un joven que aspira a convertirse en su marido y vivir felices en una casa rodeados de hijos. La otra mujer, Carol Aird, es una mujer madura y elegante, con una hija y en proceso de divorcio de su marido Harge, que le ofrece una vida burguesa pero carente de amor y vida. La película cuestiona y de qué manera el American way of life, como hacía el novelista Richard Yates (1926-1992) en su obra (Revolutionary Road, Once maneras de sentirse sólo, entre otras), esas vidas atrapadas y succionadas por el American dream, esas vidas enloquecidas por el éxito personal, donde la cotidianidad se consume con amigos idiotas, que se pavonean de su riqueza y de su país, donde hay meriendas en el jardín, trabajos para la comunidad, fiestas nocturnas en mansiones, y esa idea del matrimonio perfecto con hijos rubios y bellos, existencias vacías y solitarias que claman por una vida más plena y sencilla, más acorde con lo que sienten. Basada en la novela de Patricia Highsmith (1921-1995), publicada en 1952 con el título El precio de la sal y seudónimo de Clarice Morgan, sería el segundo libro de la autora después de Extraños en un tren. Una adaptación eficiente y maravillosa que ha hecho Phyllis Nagy (que ya había adaptado a la Hihgsmith de El talento de Mr. Ripley en teatro, y realizado con éxito para televisión Mrs. Harris, una tragedia que escribió y dirigió, en la que una mujer asesinaba a su marido del que se había separado). Haynes que subió a los altares del melodrama con Lejos del cielo (2002), una historia protagonizada por Julianne Moore situada en los 50, donde se criticaba duramente la sociedad puritana que rechazaba lo diferente, y  Mildred Pierce (2011), la miniserie de 3 episodios que protagonizó Kate Winslet, en la que durante la época de la gran depresión, una madre soltera lucha para que no le quiten a su hija. En Carol, se manejan los mismos derroteros, la (in)feliz ama de casa y la madre soltera tienen mucho que ver con el personaje de Carol, aunque ésta lleva su pasión más allá poniendo en peligro la custodia de su hija, la cual le quieren arrebatar por su conducta inmoral.

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Haynes propone un relato de ritmo cadencioso, de manera íntima y acercándose con encanto y sigilo a sus criaturas, una mujeres que tienen que enfrentarse a lo que sienten, y luego a esa sociedad fascista y burguesa que rechaza de forma salvaje lo que se sale de la norma, lo que no entienden ni tampoco quieren entender. El cineasta estadounidense que ya deslumbró con I’m not here (2007), en la que nos contaba la vida del músico Bob Dylan, a través de varios intérpretes que lo encarnaban desde su juventud hasta su madurez, con una increíble Cate Blanchett que asumía de forma admirable el rol del carismático músico. Aquí, vuelve a encandilarnos con este melodrama sobrio y maravilloso, como los de antes, como los que hicieron los maestros Douglas Sirk (Sólo el cielo lo sabe, Escrito sobre el viento, Imitación a la vida, entre otros) o John M. Stahl (Sublime obsesión, Débil es la carne, Que el cielo la juzgue, etc…), historias de pasión devoradora, de amor en su infinita locura, amores difíciles, arrebatadores, complejos, rodeados de esa sociedad estadounidense que pretende ser ejemplo y acaba siendo castradora y perversa. Haynes nos sumerge en una love story, en una historia de amor de verdad, de ese amor que se siente profundamente, que te atrapa y domina, del que no puedes escapar, del que te abruma y te pierde, dejándote sin aliento. Un amor donde la pasión y el deseo se materializan de modo natural y sin poder detenerlos, (la secuencia de sexo, que viene precedida de ese viaje en automóvil, entre las dos mujeres, filmada con un romanticismo y candidez contundente, ejemplifica sus sentimientos más profundos y ese espacio de libertad que no disfrutan en su realidad), una voluntad por encima de la razón, por encima de todo, y de uno mismo. Dos mujeres que se aman, que se desean, que descubren que su relación las completa, les llena ese vacío que inunda sus vidas, un amor sincero e inolvidable, aunque frente a ellas, está esa sociedad americana puritana y conservadora, que las rechaza, las juzga y las castra, que aniquila y extermina cualquier modo de vida o pensamiento que no sea el suyo, el inmovilizado, el de familia feliz con hijos.

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Haynes nos devuelve ese cine clásico, pero con una mirada actualizada y revisada, como hizo Fassbinder en 1974, en otro tono, con Todos nos llamamos Alí. En el que devolvía y colocaba en el lugar que se merecía Sólo el cielo lo sabe (1955), de Sirk, explorando aquellos temas que Sirk no pudo ejecutar en libertad, valiéndose de una viuda que se casaba con un inmigrante marroquí y veía como era criticada y juzgada. El realizador estadounidense nos entrega una obra sobre la mirada, el oficio de mirar, sobre el deseo y la pasión, un ejercicio memorable y brutal, de una contundencia que sobrecoge, filmada en estado de gracia, donde vuelve a contar con algunos de sus más íntimos colaboradores, como Ed Lachman, su cinematógrafo en buena parte de su filmografía, y dos colaboradores que estuvieron en Mildred pierce, el montador Affonso Gonçalves, y el músico Carter Burwell (habitual de los hermanos Coen), que nos regala una composición sutil y conmovedora que registra de forma audaz y mágica todas las miradas, gestos y silencios que se dedican las dos excelentes actrices, una Cate Blanchett que, domina todos los registros interpretativos, componiéndonos una señora valiente y fuerte que deberá, no sólo enfrentarse a sí misma, sino a una sociedad que la juzga y la condena, y la presencia de Rooney Mara “un ángel caído del cielo”, como la define Carol (muy alejada de la hacker tatuada de las adaptaciones de las novelas de Larsson) aquí nos encandila con esa mirada inquieta y nerviosa (en ocasiones recuerda a la Audrey Hepburn de Desauyno con diamantes o Dos en la carretera), encarnando a esa luz apagada que no siente ilusión por la vida, que camina perdida y sin esperanza, hasta que se encuentra con Carol Aird, y entonces, para la joven There Velivet, todo cambia, y cambiará para siempre… como nos canta en un momento la gran Billie Holyday en su Easy living:

“Living for you is easy living.

It’s easy to live when you’re in love.

And I’m so in love.

The is nothing life but you”.