Lo que dirán, de Nila Núñez

QUIÉNES SOMOS.

“Lo más importante es que nosotras tenemos algo que decir y ellos necesitan escuchar eso”.

En los últimos tiempos, el cine español más arriesgado y personal, aquel que huye de los convencionalismos, el que más mira a su entorno y la sociedad que lo rodea, se ha destapado de forma sincera y realista, hablándonos sobre la adolescencia, pero no una adolescencia arquetipo y llena de territorios transitados, la que todos esperan, sino todo lo contrario, aproximaciones al universo adolescente desde una perspectiva interior, desde sus miradas más personales, sus conversaciones más íntimas y sus reflexiones más internas, películas ancladas en un marco documental, obras como Quién lo impide, de Jonás Trueba, que agrupa varios largometrajes en torno a mirar la adolescencia, sus protagonistas y escuchar sus diálogos, sus pensamientos y su mundo, igual que < 3, de María Antón Cabot, en la que siguiendo unos caminos parecidos al proyecto de Jonás Trueba, se lanza a investigar en el parque del Retiro de Madrid, como unos adolescentes pasan las tardes de verano, enrollados con las nuevas tecnologías, sus (des) amores y demás situaciones típicas de su edad.

Lo que dirán vendría ser el vértice de este triángulo, ya que vuelve su mirada al mundo de los adolescentes, en su caso, a dos chicas, Aisha y Ahlam, dos alumnas de Barcelona que emprenden su trabajo final sobre el hiyab, el velo islámico, y sobre como dos adolescentes educadas en un entorno musulmán, viven sus propias contradicciones, reflexiones y demás conflictos personales como externos derivados a la prenda de vestir, dos amigas, musulmanas, pero con formas de entender la religión y al vida desde puntos de vista muy distintos, porque Aisha lleva el velo, es familiar, reservada y obediente, en cambio, Ahlam, es todo lo contrario, no lleva el velo, se muestra extrovertida y rebelde. La directora Nila Núñez (Barcelona, 1993) se cruzó con Aisha y Ahlam y encontró su corto de final del Máster en Teoría y Práctica del Documental Creativo de la UAB, aunque la historia creció y se ha convertido en su primer largometraje, en el que filma las conversaciones de las dos chicas, sus ideas, reflexiones, conflictos, su relación familiar, sus relaciones con los demás compañeros o esas miradas inquisitorias de la calle y la sociedad, en unos diálogos que nacen desde el alma, desde lo más profundo de cada una de ellas, mientras Núñez las filma y sobre todo, las escucha, en un retrato sincero y profundo, donde lo más íntimo y cotidiano acaba trascendiendo en una mirada crítica sobre la sociedad y sus prejuicios sociales.

La directora barcelonesa filma a sus protagonistas tanto en un espacio íntimo y doméstico, mientras se maquillan, se visten y juegan, como dirá una de ellas, y en ese otro espacio, el exterior, cuando asisten a clase mientras tienen un debate sobre su condición de adolescentes, sus sueños, sus (des) ilusiones y sus relaciones con sus progenitores, no siempre bien avenidas. También, las vemos relacionándose con sus otros compañeros, en conversaciones sobre el hiyab y él porque lo llevan o no, y los conflictos que esa decisión conlleva, o mientras practican deporte a las miradas de los demás. Núñez ha construido una película sencilla y muy cercana, que bulle como si la pudiéramos tocar, como si fuese un cuerpo orgánico, porque nos habla con total desnudez y sin tapujos sobre adolescencia, identidades, religión y educación sin ser una película ideada para ello, sino desde lo más alejo posible de esa intención, capturando con su cámara de manera observacional todo aquello que acontece frente a ella, desde la cineasta humilde y sobre todo, inquieta.

Núñez destaca por su forma sensible y directa de capturar a sus adolescentes, como una especie de diario filmado en que se va construyendo la verdad o la realidad, como quieran llamarla, que una vez filmada y editada, adquiere connotaciones que van más allá de aquello que estamos viendo, produciendo un efecto revelador en el que las conversaciones íntimas de dos adolescentes musulmanas en un país extranjero y sus relaciones con esa sociedad y entorno, acaban convirtiendo la película en un claro ejemplo de la complejidad que provoca las diferentes culturas en nuestras sociedades, y las formas que tenemos de afrontar esas realidades tan distintas y ajenas a nosotros, y no solo eso, sino también, la película es un retrato profundo y sincero sobre las propias contradicciones del ser humano, como aclarará una de las chicas, de nuestros deseos, ilusiones, miedos propios de la adolescencia, cuando nos estamos descubriendo a nosotros mismos y estamos en pleno proceso de convertirnos en adultos, en ese tiempo de transición, donde todavía todo está por definirse, donde todo se está haciendo, quizás el mejor período para emprender nuestro propio camino en la que iremos formándonos como personas y descubriéndonos como somos, como queremos ser y qué hacemos para llegar a ello. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/227462263″>LO QUE DIR&Aacute;N (Trailer Esp)</a> from <a href=»https://vimeo.com/uabmasterdoc»>UAB M&aacute;ster Documental Creativo</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Touch Me Not, de Adina Pintilie

EL CUERPO, SUS DESEOS Y MIEDOS.

“Vivo todos los días con mi cuerpo. Pero supongo que no lo conozco. Aparte de las varices, la cicatriz. Cuando me dijo: Háblame de tu cuerpo. No tenía nada que decirle. – Tal y como yo lo veo, eres tu cuerpo, en este mismo instante. Y hablas de tu cuerpo como si fuera un desconocido”.

El cuerpo. Los cuerpos. Sus miedos, sus deseos, sus formas, sus expresiones. La intimidad de cada uno, lo que anida en lo más profundo de nuestro interior, aquello que en realidad somos, aunque nos neguemos a verlo, a ser, que, en ocasiones, se convierte en nuestro más ferviente enemigo, en aquello contra lo que luchamos, en lo nos impide disfrutar de nuestro cuerpo, de nuestra intimidad, de nuestro sexo, en realidad, de nosotros mismos, de lo que somos. La puesta de largo de Adina Pintilie (Bucarest, Rumania, 1980) es una película-híbrido que maneja formas y texturas tanto de la ficción como el documental, para sumergirnos en un relato sobre los cuerpos y nuestra relación con ellos, a partir de varios personajes que, de un modo u otro, experimentan su cuerpo y su intimidad de formas muy diferentes, desde el rechazo, desde la incapacidad, desde el descubrimiento de placeres ocultos e intensos, desde el propio yo y demás.

A partir de un marcado y especial estilo visual que podríamos decir casi desnudo, donde predomina el blanco y sus tonalidades, Pintilie nos invita un viaje a la psique humana, como en sus anteriores trabajos, para descubrirnos y descubrir a Laura, una mujer que ha pasado la cincuenta y se muestra incapaz de descubrir su cuerpo y sobre todo, el de los demás. Por su vivienda pasaran una serie de personajes que intentarán ayudarla sacándola de esa prisión interior en la que se encuentra, desde jóvenes acebos que se masturban delante de ella, un trans de su misma edad que vive su cuerpo y su sexualidad de forma libre y sin ataduras de ningún tipo, un acompañamiento sexual que a partir de contactos corporales le hará expulsar todo aquello que la ata a sus miedos que le impiden expresarse a través de su cuerpo, su intimidad y su sexualidad, y finalmente, seguirá y se acostará con Tomas, un joven que no puede olvidar a su ex y además, participa en talleres psicoemocionales sobre el cuerpo y cómo tocarlo con discapacitados, donde conoceremos a Christian, un joven con una severa discapacidad que se muestra ante la cámara con una desnudez emocional impresionante y reflexionará sobre su cuerpo, su sexualidad y sus deseos más íntimos.

La directora rumana fusiona con acierto y veracidad sus entrevistas, pero huyendo de la forma convencional para adentrarse en aspectos más emocionales e íntimos, con la pericia de Laura, el de Tomas y el de Christian, individuo que escenifican la realidad oscura de tantos seres que todavía albergan infinidad de tabúes y problemas personales acerca de cómo debe ser nuestro cuerpo y la relación que tenemos con él, como experimentamos nuestra intimidad y como nos tocamos a nosotros mismos a los demás, y que deseos ocultos y profundos albergamos en cuestiones sexuales. Pintilie lanza un grito de libertad y amor hacia nosotros mismos, a levantarnos, a auto descubrirnos cada poro de nuestra piel, de nuestros cuerpos, sin miedo ni convecciones sociales o históricas, sino simplemente dejándonos llevar por aquellos que estamos sintiendo, por aquello que nos arrebata el alma, por nuestra libido, sea cual sea, sin más, tocándonos y tocando a los demás y sobre todo, disfrutar del sexo como si fuera nuestra primera vez, descubriéndolo y descubriéndonos a nosotros mismos, materializando esos placeres y deseos ocultos que nos harán estar mejor con los demás y con nosotros mismos, que cuerpo y mente sean uno sólo, un solo espacio de diversión, placer y sexo.

Un reparto que mezcla con sabiduría y acierto los intérpretes profesionales como Laura Benson (que ha tenido a sus órdenes a cineastas tan importantes como Altman, Frears o Chéreau) compone un personaje complejo y difícil, solitario, lleno de miedos y conflictos interiores, se convertirá en nuestra guía, tanto espiritual como física, porque a partir de ella y sus procesos, físicos y emocionales, iremos descubriendo la película y los demás personajes, las diferentes formas, tácticas y estrategias para abordar los problemas con nuestro cuerpo y todo lo que conlleva, Tomas Lemarquis (al que lo hemos visto en películas como Blade Runner 2049 o Snowpiercer) un aspecto distante y frío, nos toparemos con alguien que necesita despegarse del amor frustrado para abrazar una vida más intensa y exenta de prejuicios sexuales.

Y los intérpretes no profesionales, que nos regalan sus vivencias y sus experiencias más íntimas sobre su cuerpo y su sexualidad, en el que sobresale la honestidad y capacidad de Christian, un discapacitado que no sólo a descubierto su cuerpo y el sexo, sino que ha experimentado una vida sexual placentera y llena de infinitas posibilidades, Hannah, un transexual que después de la cincuentena ha descubierto su verdadero yo y ahora disfruta de quién es, su cuerpo y el sexo, o Seani, el acompañamiento sexual que ayuda a los demás, a aquellos que se sienten desplazados por sus traumas sexuales y rechazan y desconocen su cuerpo. Una película magnífica y fascinante, que nos lleva a un viaje hipnótico y muy íntimo para descubrir el cuerpo, los cuerpos, sus intimidades, sus procesos, sus miedos, sus deseos, sus sexualidades, y sobre todo, una mirada crítica y feroz a esa sociedad tan superficial y mercantilizada que olvida a aquello que somos, que desplaza los cuerpos a una mercancía más, algo que se vende, y oculta su verdadero lugar en nuestras vidas, un espacio de experimentación muy personal y profundamente íntima para vencer aquello que nos produce temor y lanzándonos a un viaje de autodescubrimiento especial y bello para disfrutarlo y experimentar con sus formas, texturas y sexualidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Antes de la quema, de Fernando Colomo

CAÍ, CHIRIGOTAS Y NARCOS.

Estamos en un día cualquiera en Caí, Cadíz, para los que no lo sepan, y conocemos a Quique, un gaditano sin oficio ni beneficio, eso sí, de Caí hasta la médula, apasionado del Carnaval, y más que nada, de sus chirigotas. Después del varapalo de perder a su padre, con una madre senil y una hermana en la cárcel por narcotráfico, encuentra acomodo como jardinero en una planta algo singular, porque es el almacén donde se guarda la droga incautada por la policía que más tarde será quemada. Y cómo él que no quiere la cosa, la existencia más o menos habitual de Quique, pega un vuelco de 180 grados cuando “El Tuti”, un narco de la zona, se encariña con sus chirigotas y se hacen “colegas”, y más aún cuando descubre donde trabaja. La cosa se irá complicando y de qué manera, porque entra otro tipo en el bisnes, un tal “El Gallego”, un individuo mal carado y profesional del asunto, que se asocia con el mencionado Tuti para robar la droga y para eso necesitan la “colaboración” de Quique, para más líos, el susodicho se enamorisquea de Rosario, una que trabaja para “El Gallego”, y aún hay más, para redondear el entuerto, la hermana de Quique sale en libertad y se hace amiga de “El Tuti”. Menudo dilema se le presenta a Quique, que a más, tiene un as en la manga que según se mire, le va a quemar más que buena fortuna le pueda traer.

El nuevo trabajo de Fernando Colomo (Madrid, 1946) tras las cámaras viene después del éxito de La Tribu (2018) de la temporada pasada, que venía precedida de Isla bonita (2015) mitad autobiográfica-ficción en que le propio Colomo era uno de los actores, parodiándose de él mismo, porque interpretaba a un director con poca o nada suerte. Colomo no necesita presentación en esto de contar historias, porque lleva más de cuarenta años liado con esto del cine, su filmografía abarca más de la veintena de títulos, ha dirigido también series, ha hecho de actor para él y para otros, y ha producido a gente como Fernando Trueba, Icíar Bollaín, Mariano Barroso o Daniel Calparsoro, entre otros. El cineasta madrileño, uno de los baluartes de la llama “Comedia madrileña” ha dirigido grandes éxitos como La vida alegre, Bajarse al moro, El efecto mariposa o Cuarteto de la Habana, en el que han primado siempre las comedias, historias sentimentales, de enredo, con su pizca de reflejo de los tiempos, y haciendo críticas feroces a todos esos tipejos y tipejas de clase media que ansiaban pegar el pelotazo y retirarse a algún paraíso inventado, aunque, en muchas ocasiones, se tropiezan con pobres diablos, que trabajan y sueñan de sol a sol, sin más cosa que su esfuerzo, su desdicha y sus tribulaciones cotidianas.

Quique es uno de esos tipos, un tipo “Colomo”, uno de esos que acaba liándose aunque no quiera, aunque no lo desee en absoluto, pero no da más de sí, y se lía del todo. Colomo los mira con cariño, los maltrata un poco y los hace torpes, metepatas y mucho más, pero, eso sí, nunca son tipos con mala idea, su mala fortuna se debe a su buena fe que no acaba de entenderse con tanta claridad como ellos imaginan. Colomo vuelve a dejar Madrid como en sus anteriores películas, con un guión firmado por Javier Jáuregui, se traslada a Cadíz, en el que extrae todo su gracego en la voz de Quique, que es uno de los elementos principales de la película, así como mofarse de los topicazos de la zona, la gandulería, los eternos fiesteros y cosas por el estilo. Colomo lo pasa a través de su mirada y va soltando sus críticas, a la vez que el personal se va riendo siempre queda ese puntito de mordacidad tan marca de la casa. Porque la película hace reír, pero también nos cuenta un retrato de los muchos espabilados que se mueven por la zona, esos tipejos que antes hablábamos en el cine de Colomo, que ansían con hacer su mundial y retirarse, aunque esta vez tropezarán no sólo con Quique, sino también con aquello que el citado oculta, que no es moco de pavo.

La película tiene ritmo y se mueve con gracia y salero, consiguiendo retratar la maravilla paisajista de Cadíz, pero también, todo aquello que se huele y se cuece, sin caer demasiado en la postalita, sino llevándonos con audacia y valentía por los diferentes lugares y tonos de la película, aunque vemos drama, siempre ligero, porque la comedia y ese ímpetu de reírse de las desgracias, aunque sean tan heavies, muy característico de los gaditanos, prevalecerá ante los pliegues de drama que florecen en algún que otro momento de la película. El director madrileño se agrupa con un reparto fresco y dinámico en el que destaca el buen hacer de Salva Reina como Quique, el guía de la función, bien acompañado por naturalidad y simpatía de Manuela Velasco, o el desparpajo y la curiosidad de Maggie Civantos.

Y qué decir de los intérpretes de reparto con esos enormes Joaquín Núñez como “El Tuti”, ahí es nada, menuda pieza, que lo presenta como un pequeño diablillo, o no tan pequeño, y Manuel Manquiña como “El Gallego”, emulando a aquel adorable “Pazos” que tantas alegrías le dio en Airbaig, y la presencia de Sebastián Haro como guardia de seguridad, siempre un acierto en cualquier reparto. Colomo ha construido una película muy de su estilo, hay una historia graciosa y oscurilla que hace reír y pasar un rato agradable, una love history más o menos, que hará sufrir y padecer al respetable, hay apuros económicos, una familia que va o no, y sobre todo, hay un retrato de ese Caí que quizás el turismo ve poco o nada, y esa forma de ser y hablar tan de Caí, con sus tejemanejes, con sus chirigotas críticas con la sociedad actual y demás, y su carnaval que otra cosa no, pero que no veas cómo se vive en Caí. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Song Of Sway Lake, de Ari Gold

LA CANCIONES QUE YA NO ESCUCHAMOS.

La película arranca con imágenes de otro tiempo, unas imágenes situadas en la década de los cincuenta en EE.UU., en una película promocional de un lago, a las afueras de Nueva York, donde se alimenta la idea de buscar tranquilidad y mucha paz, con las típicas escenas de vacaciones y risas y gestos artificiales,  a la que le acompaña una canción festiva muy pegadiza y popular de la época, aunque la versión original era muy diferente, una canción triste, melancólica, llena de recuerdos y de tiempos pasados que se evocan. Seguidamente, nos trasladamos a 1992, en el mismo lugar pero ahora invernal, un hombre de unos cuarenta y tantos años se lanza al lago helado quitándose la vida. Dos secuencias contradictorias, dos momentos que se enlazarán en el verano de 1992, el tiempo en que sitúa la película, cuando Ollie Sway, coleccionista de jazz e hijo del hombre que acabamos de ver matándose, llega al lugar, a esa casa de verano familiar, junto a su colega de fatigas, huérfano también como él, Nikolai. Allí, los dos chavales llegarán con la idea de encontrar la grabación original de la famosa canción del lago, que se grabó en el garaje de la casa. Aunque, no estarán solos, la abuela de Olli, Charlie Sway, también andará por la casa, con la firme intención de vender la propiedad y sobre todo, encontrar el célebre disco al que piensa que le puede ser una gran tajada económica.

El cineasta estadounidense Ari Gold, que ya debutó en el largometraje con Adventures of Power (2008) sobre las aventuras cómicas de un soñador que quiere convertirse en el mejor batería de aire, esos que imitan y simulan a los baterías de verdad. Ahora, envuelve su relato en una historia de presente, de ese verano de 1992, quizás el último verano que pasarán juntos en esa propiedad una serie de personas desesperadas y solitarias, que acarrean cargas pesadas de dolor y un pasado mucho mejor, Ollie es un joven tranquilo, solitario, algo “raro” y apasionado de la música de antes, de esas melodías que contaban historias y personas, Nikolai es todo el contrario, como una especie de espejo deformado de su personalidad, un buscavidas en toda regla, un ligón y bien parecido, que aprovechará el descontrol de la situación para hacer de las suyas, la abuela de Ollie, es una mujer que se casó con un militar héroe de guerra con el que vivió un apasionado amor que se fraguó en aquellos años cincuenta, aunque ahora vive de recuerdos algunos muy dolorosos, y finalmente, Isadora, una joven pelirroja que se convertirá en ese sueño imposible para Ollie, igual que esa grabación que por mucho que busquen entre los objetos antiguos de la casa no logran localizar.

Gold viste a su película de ese cine independiente estadounidense que tan buenos resultados ha dado, construyendo personajes solitarios y muy perdidos, a los que el lugar se convertirá en ocasiones en un lugar idílico, pero poco, muchos menos de lo que imaginaban, un lugar que fue un paraíso en el pasado, cuando las cosas brillaban de otra manera, cuando las canciones nos hacían mirar al futuro con alegría, cuando todo parecía devolvernos a los lugares donde el tiempo se detenía, donde el tiempo hablaba y donde todos sonreían mientras bailaban melodías a la luz de la luna. El director de San Francisco envuelve de nostalgia, de tiempo evocado y de luces con poca luz su narración, que se ve con sinceridad e intimidad, donde los personajes deberán enfrentarse a esas verdades ocultan que sazonan la historia familiar, de tantos errores y tantas miradas juzgadoras, donde la verdad saldrá a la luz, donde todos los personajes deberán enfrentarse a aquellos con los que tienen cuentas pendientes, y sobre todo, a ellos mismos, a aquello que le produce miedo, dolor y tristeza. Un reparto que combina intérpretes jóvenes como el desparpajo y la versatilidad de Rory Culkin, Robert Sheehan o Isabelle McNally, con la sabiduría y la serenidad de Mary Beth Peil como esa abuela llena de recuerdos y demasiadas tristezas, quizás demasiadas.

Una película que nos habla de cuando éramos jóvenes, de amor, de tiempo, recuerdos, trsitezas, alegrías, y sobre todo, de personas, en un relato muy físico, en que los personajes no paran de moverse, de un lugar a otro, ya sea en automóvil, pero sobre todo, en barca, por encima de ese lago, del lago que fue y nunca más volverá a ser lo que fue, porque las canciones nos evocan y nos trasladan a ese tiempo indefinido, mágico e ilusorio, aunque quizás el tiempo devenga nuestro mayor enemigo y nos haga recordar de manera no realista, y veamos ese tiempo pasado como idílico cuando en realidad fue solo tiempo con algún momento alegre, pero también triste, aunque para sobrevivir necesitamos recordarlo de manera errónea, de manera que ese tiempo nos devuelva a nuestros mejores momentos, como cuando escuchamos p por primera vez esa canción que jamás podremos olvidar, desde nuestra mirada inocente, desde lo más profundo de nuestro ser, desde aquel lugar al que no dejamos entrar a nadie, sólo a nuestras emociones y nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El creyente, de Cédric Kahn

REDIMIRSE CON DIOS.

«Eres como los demás, no hay ninguna razón para que no lo logres».

Thomas tiene 22 años, es un joven impetuoso y rebelde, acarrea una grave adicción a las drogas debido a un pasado familiar tortuoso que lo ha convertido en alguien solitario, irascible y con un fuerte carácter violento. Thomas llega al centro de recogimiento religioso y espiritual para enderezar su vida, para dejar todo mal y empezar de nuevo. Un centro donde jóvenes adictos viven internos y son separados por sexos y trabajan en hermandad, cultivando amistades y sobre todo, estudian y rezan a Dios como único camino de salvación. La octava película de Cédric Kahn (Crest, Francia, 1966) vuelve a sus individuos, sobre todo, jóvenes que pueblan su filmografía, jóvenes de vidas difíciles, angustiosas y a contra corriente como el chaval que espía a su vecina en Bar des rails (1991) su debut en el cine. O aquella que se enamoraba del adulto y lo transportaba por un mundo de obsesiones sin retorno en Tedio (1998) o el Kurt que se escondía en la personalidad de un asesino en Roberto Succo (2001) o los hermanos que se escondían con su padre huido en Vida salvaje (2014). Chavales solitarios, de vidas en continuo conflicto y sobre todo, de personalidad difícil como el joven Thomas.

El cineasta francés nos cuenta el relato a través de la mirada de Thomas, su llegada al centro, en mitad de unas cimas rodeadas de montañas afiladas, sus primeros días, muy difíciles y problemáticos, llenos de situaciones violentas tanto con Marco, uno de los tutores como con algún que otro interno como él. Poco a poco, vamos viendo su apertura a los demás, la revelación de sus traumas y la forma de encararlos, generando esos vínculos con aquellos que conviven con él, como el propio Marco, y sobre todo, con Pierre, un interno más longevo que él, que se convertirá en una especie de hermano mayor que lo acogerá y lo guiará. O el momento crucial en su estancia en el centro, cuando conoce a Sybille, la hija de unos proveedores, que sueña con ser antropóloga y viajar a España. Entre los jóvenes nacerá un amor que cambiará soberanamente la actitud de Thomas.

Kahn nos habla de fe católica, de métodos educativos y redención, pero sin hacer alabanzas de la religión, sino dejando que la duda se convierta en el centro de la película, exponiendo las verdades y mentiras de cada personaje, con sus dudas correspondientes, dejando al espectador que tome sus propias decisiones respecto a lo que se cuenta en la película, decisión muy acertada para el manejo de la historia y los temas que trata, que no son baladí. Quizás, el camino redentor que experimenta Thomas pudiera resultar demasiado evidente, pero la película sabe manejar y sorprender con el entuerto, ya que nos tiene guardadas algunos interesantes giros de guión en la trama que la hace más compleja aún si cabe, y mucho más atractiva para el espectador. La obra recoge muchos de los ambientes y personajes que rigen en el universo de los hermanos Dardenne, ya que Thomas podría ser uno de esos chicos perdidos y de fuerte carácter que tan bien describen y cuentan los cineastas belgas. También, el centro religioso, que en algunos instantes de la película, tenemos la sensación de estar viendo un documental sobre el centro, por la veracidad que se nos cuentan los hechos, su cotidianidad, poblaba de cantos espirituales y oraciones, y la fraternidad que hacen gala sus internos, así como el retrato de sus personajes, nos lleva a pensar en esa atmósfera que reina en el cine de Ulrich Seidl, en su retrato de esos espacios de fe y redención donde más que redimir abundan las taras de una forma casi castrense y sectaria.

Kahn nos lleva de la mano por el camino redentor o no que experimenta su joven protagonista, en unos momentos nos agarra con fuerza y en otras, nos deja libres, filmando al sorprendente y brillante Anthony Bajon (que ya había trabajado con autores de renombre como Techiné o Doillon) componiendo un chaval de gran personalidad, con muchas capas y formas de expresarse y relacionarse. A su lado, Damiene Chapelle dando vida a Pierre, casi un guía redentor de Thomas y su fiel compañero, el siempre convincente y sobrio Alex Brendemühl como Marco, Louise Grinberg dando vida a Sybille, esa luz que guía a Thomas, y finalmente, la veterana Hannah Schygulla, como la Hermana Myriam, fundadora del centro, en uno de esas intervenciones que se recuerdan. Kahn ha construido una película sobre el amor, la fe, la amistad y la fuerza interior de cada uno, de esas cosas que tenemos en nuestro mundo interior, que en ocasiones, quizás muchas, nos negamos a ver, nos auto engañamos para creernos lo que no es, para seguir caminando aunque sepamos que no es nuestro camino. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los Reyes, de Bettina Perut e Iván Osnovikoff

LOS HABITANTES DEL PARQUE.

“¿Piensas que los perros no estarán en el cielo? Estarán allí mucho antes que cualquiera de nosotros.”

Robert Louis Stevenson

Amanece otro día más en Santiago de Chile, y más concretamente en el Parque de Los Reyes, el “skatepark” más antiguo de la ciudad. En ese microcosmos apartado de la urbe, donde en contundentes planos generales nos muestran la hilera de rascacielos que queda más allá, apartada de ese lugar. En ese paisaje, se encuentran skaters, que a velocidad de vértigo hacen piruetas imposibles y saltos desafiando la gravedad, jóvenes consumidores de estupefacientes de todo tipo, hablando de sus trapicheos, su vida sedentaria y sus conflictos con sus padres, la policía y demás, siempre en un tono en ocasiones cómico y en otros, dramático. Pero, a sus directores Bettina Perut (Roma, 1970) e Iván Osnovikoff (Puerto Montt, Chile, 1966) lo que más les interesa de los habitantes del parque no son los seres humanos, sino dos canes y sus miradas, Fútbol y Chola, una pareja de perros abandonados que pasan sus días en ese territorio, al que han hecho suyo. Fútbol es un perro viejo, apenas sus ladridos emiten sonoridad, suenan a ahogados, es tranquilo, reposado, camina con dificultad, pero tiene una mirada sobrecogedora, atenta y despierta. En cambio, Chola es una can más joven, inquieta, curiosa, nerviosa, que no cesa de ladrar a todos los vehículos y transeúntes que cruzan el parque de aquí para allá, le encanta tirar la pelota de tenis al foso de los skaters y antes que la pelota llegue al final, bajar a toda velocidad y cogerla.

Con ocho títulos a sus espaldas, la dupla que forman Perut y Osnovikoff es un documental diferente, arriesgado y profundo, mirando esa cotidianidad desde puntos de vista no comunes, desde el otro lado, como la elección de sus temas que van desde lo social, lo político y lo cultural, mirando siempre a lo más humano, a aquello que queda fuera de la historia general, como un boxeador que después de la cuarentena decide volver al ring, o las horas de antes de la muerte del dictador Pinochet, o la mirada crítica e incisiva sobre la ciudad de New York, o los últimos supervivientes de la cultura Aymara, cine que arriesga para contarnos los temas que quedan fuera de los medios, desde el lado humano, desde la verdad de los hechos, y desde las miradas de las personas implicadas que se olvidaron en el anonimato.

Ahora, en su nuevo trabajo nos sorprenden con una película desde la perspectiva de dos canes, dos animales abandonados, y desde su altura, dos animales de los más de 350000 que son abandonados anualmente en Chile, dos perros que juegan con pelotas de tenis, con botellas de plástico, con balones que se pierden entre los juegos de los chavales que comparten el mismo espacio, dos perros que soportan las inclemencias del tiempo, que deambulan noche y día por el parque ya este concurrido como vacío, entre días de competición de skaters o días de tormenta en el que deambulan sin más, con sus correspondientes casetas colocadas por los empleados del ayuntamiento, o recostados en la hierba o en el cemento mientras los aspersores los van bañando, escuchando a unos y otros, sus conversaciones, sus dilemas, sus contenturas o tristezas.

Perut y Osnovikoff han construido, quizás, la mejor película sobre canes en años, que viene a ser una digna sucesora de Umberto D, de De Sica, con su inseparable perro Flike, en su mirada humanista de la sociedad, encarnada eso sí por dos canes como Fútbol y Chola, sin el amparo humano, se convierten en parientes muy cercanos de aquel perro que seguía incansablemente al anciano desahuciado, al que no quería nadie, ni encontraba consuelo allá donde fuere, o el burro de Au hasard Balthazar, de Bresson, donde el équido podría ser un reflejo perfecto de esa idea de humanidad que no se encuentra en los humanos y si en los animales, en una reivindicación sobre la igualdad de las necesidades de los seres vivos. La pareja de cineasta italo chilena huye de la complacencia o el sentimentalismo a la hora de abordar su relato. Aquí, los animales se muestran en su hábitat, el parque y sus alrededores, desde una mirada observacional, no de intervención, la cámara los filma continuamente, en sus estados de reposos o sus acciones, que no son pocas, observados desde la distancia, mirándolos a través de de sus miradas, de qué miran y hacia donde, dejando que la vida siga su curso, y los habitantes del parque se relacionen, ya sea con una pelota o simplemente, desde las miradas o los detalles que a veces nos cuentan mucho más.

Perut y Osnovikoff hacen gala de una paciencia infinita, como los cineastas que filman animales en la naturaleza o en otro espacio, con el añadido que aquí se filman en un espacio urbano, en un espacio próximo y alejado a la vez para los canes, construyendo una crítica feroz y demoledora sobre la sociedad actual, en la que se mezclan la desidia de buena parte de la juventud, perdida en sus adicciones, en su falta de horizontes laborales, y una desidia brutal en perder la vida entre delitos, conflictos y demás pozos sin fondo, y los perros, auténticos protagonistas de la película, desde sus miradas, volviendo a lo mencionado al comienzo del texto, la necesidad de una regulación que evite tantos abandonos y les proporcione dignidad a los perros como cualquier otro ser vivo del planeta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La ciudad oculta, de Víctor Moreno

DESVELAR EL MISTERIO.

La primera película de Víctor Moreno (Tenerife, 1981) Edificio España (2012) se adentraba en las obras de rehabilitación del famoso inmueble, emblema de prosperidad del régimen franquista. Ahora, un inmenso y envejecido rascacielos lleno de pasillos y habitaciones oscuras y derruidas, llenas de polvo y suciedad, por el que pululaban incansablemente centenares de trabajadores de múltiples nacionalidades. Su último plano, en los subterráneos del edifico, se perdía en una zona oscura, imperceptible para el espectador, un cuadro totalmente negro, y así, de esta manera tan singular y crucial por lo contado anteriormente, se despedía la película. Un plano negro, en total oscuridad,  como ensamblando las dos películas, nos da la bienvenida a la segunda película de Víctor Moreno, La ciudad oculta. Un plano que muy lentamente nos irá desvelando una diminutas luces o algo que se le parece, aún todavía sin saber donde nos encontramos ni a qué nos enfrentamos. Poco a poco, y entrando el sonido, iremos descubriendo que nos encontramos en las entrañas de una ciudad, sin saber muy bien en qué zona y qué lugar identificable, o alguna zona que podamos descifrar entre la maraña de espacios muy oscuros, y sobre todo, muy ajenos a nuestro universo del exterior, más tangible y próximo, en apariencia, porque este lugar, de difícil acceso y complejo, también se encuentra cercano a nosotros, aunque oculto y desconocido a nuestra mirada.

Moreno vuelve a contar en tareas de guión con Rodrigo Rodríguez como en su anterior trabajo, a las que suma Nayra Sanz Fuentes, que en Edificio España estuvo como comontadora, para sumergirnos en una película experiencia, en la que asoman unos escasísimos diálogos de los empleados que iremos viendo por este mundo, en una sinfonía del subsuelo, adoptando como referentes a Berlín, sinfonía de una ciudad, de Ruttman y El hombre de la cámara, de Dziga Vertov, para viajar a esa ciudad que vive oculta bajo nuestros pies, a recorrer con una cámara en continuo movimiento, eso sí, movimientos suaves, con la cinematografía de José Alayón (director de Slimane) para movernos por un entramado inmenso, desconocido y misterioso de galerías, túneles, alcantarillas, tuberías, redes de transportes y estaciones subterráneas, en un trayecto más allá de nuestro inconsciente, en el que desconocemos a qué o a quién nos encontraremos, ya que las imágenes y su sonidos, a veces ambientales, y en otras imperceptibles, industriales, líquidos, llenos de musicalidad, que nos transportarán por ese universo oscuro, de poca luz, muy sonoro y sobre todo, sensorial, donde nuestros sentidos viajarán más lejos de lo que vemos, de lo que iamginamos, de lo que sentimos.

La película nos propone un viaje sideral y único, en una experiencia personal y profunda, en un documento íntimo y apabullante, dejándonos llevar por esas imágenes inquietantes y misteriosas, donde lo cotidiano adquiere una dimensión desconocida, imágenes de múltiples texturas, donde lo más insignificante se convierte en inmenso, y viceversa, un mundo en el que nada es lo que parece, donde todo adquiere su propio cuerpo, movimiento y latitud, organismos vivos de toda índole se mueven y se organizan en las profundidades del subsuelo, donde las imágenes a través del sonido van componiendo su propio estado de ánimo, un estado contagioso que lentamente nos irá atrapando y sumergiéndonos más profundo, aún más, más lejos aún, haciéndonos desaparecer entre aquello que se nos está desvelando, en el que ya nada ni nadie tiene su propia consciencia, más lejos de lo que conocemos y podemos soñar. El propio Moreno y Samuel M. Delgado firman un montaje calculado al milímetro, guiándonos por este otro mundo, a través de algunos de los trabajadores que trabajan en este otro planeta, ataviados como si fuesen astronautas, caminando con lentitud por sus infinitas galerías, escuchando sus respiraciones mecánicas mientras ejercen su actividad laboral.

El cineasta canario se destapa como un director enorme y extraordinario, capaz de descubrirnos lo desconocido a través del detalle más invisible, porque consigue con lo mínimo vivencias y capturas increíbles, conduciendo al espectador por un universo muy cercano para nosotros, pero a la vez totalmente desconocido, filmando su intimidad, su vida, y su inconsciente, su alma, consiguiendo una película magnífica, profunda y orgánica, llena de sensaciones e imágenes que vamos proyectando en nuestra mente, dejándonos llevar por nuestros sentidos, alejámdonos de nosotros mismos, de nuestra forma de ser y pensar, adentrándonos en otros cuerpos, sonidos y paisajes. Una película viva, que respira y siente, donde se manejan diferentes texturas, sonidos e imágenes, revelando lo más fútil a lo más fundamental, en un micro-macro cosmos lleno de laberintos, cuerpos y entes, por el que caminamos como si fuese un cuerpo gigantesco o una especie de masa orgánica que vive, en continuo movimiento y transformación, en una experiencia única y magnífica que nos recuerda a la misma sensación que proponía Dead Slow Ahead, de Mauro Herce, donde nos adentrábamos en las entrañas de un carguero a la deriva sumergiéndonos en sus profundidades más oscuras y ocultas de sus entrañas.

Quizás todo lo que vemos o intuimos ver, porque eso nunca lo sabremos ni tendremos la capacidad de identificarlo, no sea más que una mera representación de aquello que proyecta nuestro propio inconsciente, aquello que no somos capaces de identificar con algo real, algo tangible, algo que podamos descifrar con nuestra mirada, algo que pertenezca a nuestra cotidianidad, porque el universo de imágenes y sonido que ha construido Moreno es un mundo desconocido, un mundo sucio, insalubre, lleno de gérmenes, donde se amontona la basura de las ciudades que habitamos, un paisaje más allá de lo que podamos soñar, un mundo más próximo a la ciencia-ficción, porque en muchos instantes de la película, nos sentiremos como aquellos exploradores del universo que se adentraban en otros mundos desde la inquietud, desde el más puro desconocimiento, dejándose llevar por sus sentidos, sus emociones y aquello que quizás era lo revelado, como ocurría en el famoso plano de la taza de café de Dos o tres que yo sé de ella, en la que Godard, nos rompía todas las certezas posibles e imaginalbes, para sumergirnos en nuestro inconsciente, llevándonos en un suspiro al espacio o más allá. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Okko, el hostal y sus fantasmas, de Kitarô Kôsaka

AFRONTAR LA PÉRDIDA.

Los cinéfilos de pro no cabe duda que conocerán a Nausicaä, Mononoke, Momo, Mima Kirigoe, Makoto o Chihiro, todas ellas adolescentes o jóvenes enfrentadas a tesituras de órdago, a estados emocionales difíciles que las llevarán por caminos complejos de transitar, heroínas cotidianas muy a su pesar, envueltas en problemas que les transportarán en viajes emocionales de primer orden, viajes que les ayudarán a conocerse más, a interiorizar más, a descubrirse y sobre todo, a afrontar las pérdidas que en muchos casos padecen. No debería sorprendernos el indudable interés de la animación japonesa en tratar la complejidad de la pérdida a través de la mirada femenina, ya que están pobladas de mujeres sus películas, protagonizadas por chicas sacudidas por el dolor y con un carácter indomable que les hará enfrentarse a todo aquello que les enquista en su existencia. Okko es una chica que viene a sumarse a las anteriormente citadas, ya que después de perder a sus padres en un accidente de tráfico, su vida cambia de raíz y se traslada a vivir junto a su abuela en la ciudad de la primavera llamada Hananoyu, donde trabajará en el pequeño hostal familiar, un ryokan de aguas termales, una posada tradicional japonesa. Allí, las cosas indudablemente que no serán nada sencillas y deberá lidiar con su nuevo hogar, sus nuevas obligaciones y todo lo que ello conlleva.

El cineasta Kitarô Kôsaka (Prefectura de Kanagawa, 1962) miembro durante muchos años del Studio Ghibli, el gran estudio de animación japonés que dirigían Hayao Miyazaki y Isaho Takahata, siendo uno de los más destacados en los equipos de producción de películas tan memorables como La tumba de las luciérnagas, La princesa Mononoke o El viaje de Chihiro, entre muchas otras Su puesta de largo fue en el 2003 con Nasu, verano en Andalucía, sobre la historia de Pepe, un ciclista que participa en la Vuelta de España, le siguió cuatros años después una secuela, Nasu, A Migratory with Suitcase. Ahora, después de años dedicados a la producción y a la dirección de equipos de animación, vuelve a ponerse tras las cámaras adaptando las novelas juveniles Wakaokami wa Shogakusey, de Hiroko Reijo, en un guión firmado por Reiko Yoshida, que está detrás de títulos tan importantes como A Silent Voice.

El director japonés envuelve su película de un cuento sensible y sincero sobre las dificultades de adaptación de una adolescente en el medio rural, en otro ambiente y con la carga de haber perdido a sus padres, con el añadido que en su nueva vida recibe la visita de unos seres peculiares, se les presentan fantasmas que tienen que ver y mucho con su nueva existencia, porque se tratan del amigo de la infancia de su abuela, la hermana mayor de la alumna más repipi y extravagante de clase, que resulta que también es la hija de los propietarios del hotel más lujoso de la zona, y finalmente, un diablillo glotón que atrae a personas con problemas emocionales, porque Okko tendrá que atender a personas con su mismo conflicto, vivir después de una perdida, tales como un chaval que acaba de perder a su madre, una joven que ha roto con su amor, o un padre de familia que se recupera de un aparatoso accidente que costó las vidas de algunas personas. Kôsaka nos cuenta una fábula infantil, haciendo un retrato sencillo y a la vez complejo sobre las vicisitudes de Okko y su nueva vida, donde hay momentos divertidos productos de las relaciones con los fantasmas, que solo ve ella, o con los tira y afloja con su compañera de clase, o con las nuevas obligaciones de Okko, que en algunos momentos se les harán cuesta arriba.

La película, como suele ser habitual en el cine de animación japonés, desborda imaginación por los cuatro costados, una factura visual y sensorial sublime, y una capacidad extraordinaria para envolvernos en un relato de caparazón ligero, pero que oculta en su interior toda la complejidad que siente el personaje de Okko, el descubrimiento de un entorno visualmente arrebatador, en la que la niña deberá interactuar con él, descubrir sus secretos más ocultos, y sobre todo, crecer y sentir que la vida a pesar de los embates difíciles que nos toca experimentar, tiene cosas bellas que nos darán herramientas para seguir batallando en nuestra lucha cotidiana. Kôsaka ha construido una lección de humanidad, una alegoría a los pequeños detalles, a los trabajos sencillos, a escuchar atentamente y relacionarse con los demás, empatizar con ellos, olvidándose del éxito individual, de tomar decisiones, adquirir obligaciones, de hacerse responsable de tu vida, el esfuerzo como camino de exploración y crecimiento personal, el significado de ayudar a los demás como acto de generosidad, respeto a ti mismo y a tu trabajo, y el único camino para alcanzar la felicidad y el bienestar íntimo y profundo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Escapada, de Sarah Hirtt

LA UTOPÍA (IM) POSIBLE.

“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.”

Eduardo Galeano

En mitad de la noche, en una casa alejada de todo, en una tierra rodeada de viñas, en algún lugar del Ampurdán en Girona, unos encapuchados asaltan la casa y entran con algunas dificultades en su interior. Seguidamente, un grupo de personas reducido acceden al interior y se instalan. Después, conoceremos que la casa es propiedad de tres hermanos, entre ellos Jules, uno de los del grupo, que pertenece a un movimiento okupa, junto a su compañera Lucía y la hija pequeña de ambos. Otro de los hermanos, Gustave, un transportista con graves penurias económicas, desea fervorosamente vender para salvar su negocio, y finalmente, Lou, la benjamina perdida entre los deseos contrapuestos de los hermanos y con la necesidad de descubrir nuevas experiencias. Y en esas estamos, en un tira y afloja entre la vida que propone el sistema de trabajo y materialismo, y la otra vida, aquella alejada de los convencionalismos, perteneciendo a un grupo de cooperativismo y democracia alternativa, con el abundante peligro de esconderse y salvar mil y un obstáculos legales.

La puesta de largo de Sarah Hirtt (Braine-l’Alleud, Bélgica, 1985) nos habla de hermanos muy diferentes, con formas de vida antagónicas, de pasados dolorosos y presente conflictivo, también, de sociedades alternativas, de lucha contra el capitalismo y de hermandad frente a los problemas, de pensamientos y reflexiones que chocan y se debaten efusivamente, aunque, en ocasiones, no sea fácil entenderse en las distintas formas de ver la vida y organizarla. Eso sí, la directora belga no cae en ningún momento en el panfleto incendiario de decantarse por una forma de vida u otra, la película expone todos los puntos de vista de manera creíble y honesta, explicando todos los detalles y mostrando las contradicciones y conflictos que se van generando, entre las disputas entre los hermanos y las propias del movimiento okupa, y todo contado de forma realista y natural, en un verano que a simple vista nos pudiera parecer idílico, con esa forma alternativa de vida y sociedad, pero pronto chocará con las amenazas externas, las gestadas por el hermano mayor, que se destapa con una postura conservadora y seguir con su vida material, aunque se encuentre a punto de la bancarrota, y la hermana pequeña, con su idea de conocer mundo y financiarla con la venta futura de la casa. Y no sólo eso, sino el tío que viene a sacar la tajada que cree corresponderle, o la hija de éste, que ya imagina la parte que le tocará.

Ante este dilema, la película que se acerca a la tragicomedia en algunos momentos, haciendo hincapié en lo naturalista y lo íntimo, en otras ocasiones, se adentra en el drama interno y personal, cuando algún que otro personaje le asaltan las dudas y su forma de vida y sobre todo, su inmediato futuro. Hirtt nos cuenta el relato desde todos los puntos de vista posibles, con personajes de aquí y ahora, que muestran carácter, humanismo y contradicciones, que luchan contra un sistema feroz y deshumanizado con las armas que tienen a su alcance, una vida en comunidad, socialista, fraterna y sobre todo, una vida diferente, más próxima a las necesidades humanas y más solidaria y justa. Dos formas de economía antagónicas, que inevitablemente chocan y generan un conflicto grave y profundo.

La directora belga confía su película en sus personajes, complejos y en eterno conflicto con los demás y con ellos mismos, personajes de carne y hueso, valientes y con miedo según las circunstancias, pero eso sí, nunca arquetipos de una idea, sino en continuo conflicto, con dudas existenciales, con caracteres opuestos y debatiendo las formas de vida, economía y social que están generando con su trabajo y sus ilusiones, interpretados por actores y actrices de toda índole, mezclando jóvenes valores, con profesionales y amateur,  como François Neycken que da vida a Gustave, Yohan Manca como Jules y Raphaëlle Corbisier en el rol de Lou, que todavía no habían tenido papeles importantes, consiguiendo esa naturalidad que tanto demanda la película, con las aportaciones de intérpretes más consagrados como María León como Lucía, con su desparpajo y naturalidad, Sergi López como trabajador social, Fermí Reixach o Bruna Cusí, como familiares impertinentes, y actores amateur afines al movimiento okupa como Iván Altamira o Marta Durruti, descendiente del famoso anarquista Durruti.

Hirtt ha construido una película muy reflexiva, auténtica y contemporánea, que se puede ver como una tragicomedia de nuestro tiempo, con alegrías y tristezas, con amores y desamores, con ideales y utopías, algunas reales y otras, no tanto, con los conflictos que nos aceptan diariamente, peor vistos desde miradas diferentes, desde el conflicto y las ideas, que incide en muchas problemáticas que han emergido con la crisis económica que ha asolado en todos los ámbitos sociales, generando esos debates pertinentes sobre las formas de vida tradiciones en contraposición con formas de vida alternativas, creando ese caldo de cultivo entre defensores y detractores, y no sólo eso, sino también, todas las contracciones, conflictos y demás, tanto internos como externos, que se van destapando y confundiendo y debatiendo ideas y la materialización de las mismas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Elisa y Marcela, de Isabel Coixet

HE SOÑADO CONTIGO.

“No busques por qué, en el amor no hay por qué, no hay razón, no hay explicación, no hay solución”.

Anaïs Nin

Las mujeres que pueblan el universo cinematográfico de Isabel Coixet (Barcelona, 1960) son mujeres decididas, fuertes y con coraje, no se amilanan frente a la adversidad, frente a los prejuicios sociales, frente a aquellos que harán lo imposible para impedir sus deseos, ilusiones y sueños. Mujeres que se ponen en pie y luchan encarnizadamente contra el poder establecido, contra la injusticia, para hacer valer aquello en lo creen, en lo que consideran justo, en lo que se sienten. Muchos recordaréis a la Ann de Mi vida sin mí, que hizo lo indecible para dejar bien a su familia cuando ella no estuviera, o la mujer solitaria que se enfrentaba a su pasado y a su dolor en La vida secreta de las palabras, o Consuelo Castillo que luchaba contra su amor y su enfermedad en Elegy, o Wendy, la neoyorquina que empezaba de nuevo a vivir después de su divorcio en Aprendiendo a conducir, o Josephine Peary, la aventurera que se enfrentaba al frío esquimal y todo en su contra para reunirse con su marido, y finalmente, Florence Green, la solitaria y decidida emprendedora que luchaba contra todos para abrir su librería en el ambiente más hostil en La librería. Coixet lleva más de tres décadas contándonos historias, en sus trece películas de ficción, amén de un buen puñado de documentales de contenido social y político.

En sus ficciones, sus historias giran en torno a mujeres de toda clase social, tiempo, carácter y deseo, como lo son sus nuevas heroínas, Elisa y Marcela, las primeras mujeres que contrajeron matrimonio en España, Elisa vive en un colegio de monjas que dirige su tía, en cambio, Marcela, junto a sus padres, en la Galicia de finales del XIX, más concretamente la de 1898, esa Galicia de gran devoción religiosa, prejuicios sociales, e implacable contra todo aquello que sea diferente, libre o alejado de lo establecido o convencional, también, la otra Galicia, la de Emilia Pardo Bazán, como su libro La cuestión palpitante, que le regalará Elisa a Marcela. Ya desde el plano inicial, en el que vemos la imagen de Elisa de espaldas a nosotros, en el que se va superponiendo la imagen, también de espaldas, de Marcela, mientras escuchamos la voz de Elisa explicando lo que siente y todo aquello que se interpone entre sus sentimientos y aquello que se impone, esa sociedad religiosa, oscura e inquisitoria.

La primera parte, Coixet nos habla del nacimiento del amor entre las dos mujeres, entre los corredores de la escuela, entre la lluvia incesante que moja las calles empedradas, entre atardeceres bañándose en los riachuelos cerca de la playa, mirándose, tocándose, jugando, riendo, y sobre todo, empezando a sentir la una por la otra, sintiéndose libres en un mundo tan ajeno a ellas, tan hostil, como nos irá recordando la magnífica forma de Coixet, con esos barrotes constantes que aparecen entre ellas, incluso los tentáculos del pulpo, que se cuelan en el encuadre escenificando esa cárcel en la que viven las dos jóvenes y a la que deberán enfrentarse más adelante cuando su amor se consuma. Cuando escenifican su amor y se casan, haciéndose Elisa pasar por hombre, tres años más tarde, en la Galicia rural de 1901, empezarán sus problemas cuando ley religiosa destapa el engaño, las mujeres huirán y serán apresadas en la localidad de Oporto, en la vecina Portugal, allí son encarceladas y descubriremos el embarazo de Marcela.

La cineasta catalana envuelve su relato en un primoroso y apabullante blanco y negro cinematografiado por Jennifer Cox (que ya había trabajado con la cineasta en el documental El espíritu del tiempo, sobre el trabajo del artista chino Cai Guo-Quiang en el Museo del Prado) con ese juego de sombras, propio del expresionismo alemán, o esas luces mortecinas para dar calidez y negrura a esos interiores, con el exquisito montaje de Bernat Aragonés, que ya estuvo en La librería, ayuda a contarnos con ritmo y pasión un relato que se va a los 124 minutos, quizás el ritmo se resienta durante la segunda parte cuando las mujeres viven en la cárcel, aunque la aparición de la subtrama del alcaide de la prisión y su mujer, alienta convincentemente el relato, cuando la cárcel de Portugal escenifica la libertad de la que no tienen en el exterior. Coixet nos habla de un amor puro, libre a pesar de los pesares, y muy sentido, protagonizado por dos mujeres, dos almas libres, dos mujeres cultas, que ejercen la docencia, que sienten el amor que se procesan como un compromiso tanto personal como íntimo, como las maravillosas secuencias eróticas, elegantemente bien filmadas, con ese toque de surrealismo como el instante con el pulpo, ahora ya no representa la cárcel, sino el erotismo libre y sin ataduras, o ese otro momento con las algas, donde los cuerpos de las mujeres desnudos se aman, se entrecruzan y sienten la libertad de amarse y experimentar sus deseos alejadas del alcance de esas miradas inquisitorias y malvadas de ese pueblo ignorante, rudo y sometido por los poderes fácticos como el gobierno de turno conservador y la iglesia.

Un reparto que brilla a la altura del relato como Natalia de Molina que da vida a Elisa, creciendo mucho en cada película y demostrando toda su valía, junto a Greta Fernández que interpreta a Marcela, cum laude que después de algunos breves papeles aquí se despega como una de las grandes actrices jóvenes del momento, y esos secundarios como Francesc Orella y María Pujalte, como los padres de Marcela, dejando claro el machismo y la intransigencia del padre y el sometimiento y servilismo de la madre, aunque hay momentos de respiro leyendo a escondidas, Tamar Novas como el joven pretendiente de Marcela, hombre rural de gran hombría, rudo y de carácter. Manolo Solo como Alcaide de la prisión de Oporto, que se sensibiliza con la causa de las mujeres y les comprende, junto a su mujer negra, y finalmente, Lluís Homar como gobernador en una breve secuencia, que deja claro la animadversión hacia sus vecinos. Coixet ha hecho una película necesaria, valiente y comprometida, que gustará más o menos, pero es indudable su generosidad y aplomo para contarnos con astucia y sensibilidad esta historia de amor libre, que desafió los cánones conservadores de la época para ser libres, para amarse sin reservas, para sentirse todo, disfrutando de sus cuerpos, su deseo y su erotismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA