La ciudad oculta, de Víctor Moreno

DESVELAR EL MISTERIO.

La primera película de Víctor Moreno (Tenerife, 1981) Edificio España (2012) se adentraba en las obras de rehabilitación del famoso inmueble, emblema de prosperidad del régimen franquista. Ahora, un inmenso y envejecido rascacielos lleno de pasillos y habitaciones oscuras y derruidas, llenas de polvo y suciedad, por el que pululaban incansablemente centenares de trabajadores de múltiples nacionalidades. Su último plano, en los subterráneos del edifico, se perdía en una zona oscura, imperceptible para el espectador, un cuadro totalmente negro, y así, de esta manera tan singular y crucial por lo contado anteriormente, se despedía la película. Un plano negro, en total oscuridad,  como ensamblando las dos películas, nos da la bienvenida a la segunda película de Víctor Moreno, La ciudad oculta. Un plano que muy lentamente nos irá desvelando una diminutas luces o algo que se le parece, aún todavía sin saber donde nos encontramos ni a qué nos enfrentamos. Poco a poco, y entrando el sonido, iremos descubriendo que nos encontramos en las entrañas de una ciudad, sin saber muy bien en qué zona y qué lugar identificable, o alguna zona que podamos descifrar entre la maraña de espacios muy oscuros, y sobre todo, muy ajenos a nuestro universo del exterior, más tangible y próximo, en apariencia, porque este lugar, de difícil acceso y complejo, también se encuentra cercano a nosotros, aunque oculto y desconocido a nuestra mirada.

Moreno vuelve a contar en tareas de guión con Rodrigo Rodríguez como en su anterior trabajo, a las que suma Nayra Sanz Fuentes, que en Edificio España estuvo como comontadora, para sumergirnos en una película experiencia, en la que asoman unos escasísimos diálogos de los empleados que iremos viendo por este mundo, en una sinfonía del subsuelo, adoptando como referentes a Berlín, sinfonía de una ciudad, de Ruttman y El hombre de la cámara, de Dziga Vertov, para viajar a esa ciudad que vive oculta bajo nuestros pies, a recorrer con una cámara en continuo movimiento, eso sí, movimientos suaves, con la cinematografía de José Alayón (director de Slimane) para movernos por un entramado inmenso, desconocido y misterioso de galerías, túneles, alcantarillas, tuberías, redes de transportes y estaciones subterráneas, en un trayecto más allá de nuestro inconsciente, en el que desconocemos a qué o a quién nos encontraremos, ya que las imágenes y su sonidos, a veces ambientales, y en otras imperceptibles, industriales, líquidos, llenos de musicalidad, que nos transportarán por ese universo oscuro, de poca luz, muy sonoro y sobre todo, sensorial, donde nuestros sentidos viajarán más lejos de lo que vemos, de lo que iamginamos, de lo que sentimos.

La película nos propone un viaje sideral y único, en una experiencia personal y profunda, en un documento íntimo y apabullante, dejándonos llevar por esas imágenes inquietantes y misteriosas, donde lo cotidiano adquiere una dimensión desconocida, imágenes de múltiples texturas, donde lo más insignificante se convierte en inmenso, y viceversa, un mundo en el que nada es lo que parece, donde todo adquiere su propio cuerpo, movimiento y latitud, organismos vivos de toda índole se mueven y se organizan en las profundidades del subsuelo, donde las imágenes a través del sonido van componiendo su propio estado de ánimo, un estado contagioso que lentamente nos irá atrapando y sumergiéndonos más profundo, aún más, más lejos aún, haciéndonos desaparecer entre aquello que se nos está desvelando, en el que ya nada ni nadie tiene su propia consciencia, más lejos de lo que conocemos y podemos soñar. El propio Moreno y Samuel M. Delgado firman un montaje calculado al milímetro, guiándonos por este otro mundo, a través de algunos de los trabajadores que trabajan en este otro planeta, ataviados como si fuesen astronautas, caminando con lentitud por sus infinitas galerías, escuchando sus respiraciones mecánicas mientras ejercen su actividad laboral.

El cineasta canario se destapa como un director enorme y extraordinario, capaz de descubrirnos lo desconocido a través del detalle más invisible, porque consigue con lo mínimo vivencias y capturas increíbles, conduciendo al espectador por un universo muy cercano para nosotros, pero a la vez totalmente desconocido, filmando su intimidad, su vida, y su inconsciente, su alma, consiguiendo una película magnífica, profunda y orgánica, llena de sensaciones e imágenes que vamos proyectando en nuestra mente, dejándonos llevar por nuestros sentidos, alejámdonos de nosotros mismos, de nuestra forma de ser y pensar, adentrándonos en otros cuerpos, sonidos y paisajes. Una película viva, que respira y siente, donde se manejan diferentes texturas, sonidos e imágenes, revelando lo más fútil a lo más fundamental, en un micro-macro cosmos lleno de laberintos, cuerpos y entes, por el que caminamos como si fuese un cuerpo gigantesco o una especie de masa orgánica que vive, en continuo movimiento y transformación, en una experiencia única y magnífica que nos recuerda a la misma sensación que proponía Dead Slow Ahead, de Mauro Herce, donde nos adentrábamos en las entrañas de un carguero a la deriva sumergiéndonos en sus profundidades más oscuras y ocultas de sus entrañas.

Quizás todo lo que vemos o intuimos ver, porque eso nunca lo sabremos ni tendremos la capacidad de identificarlo, no sea más que una mera representación de aquello que proyecta nuestro propio inconsciente, aquello que no somos capaces de identificar con algo real, algo tangible, algo que podamos descifrar con nuestra mirada, algo que pertenezca a nuestra cotidianidad, porque el universo de imágenes y sonido que ha construido Moreno es un mundo desconocido, un mundo sucio, insalubre, lleno de gérmenes, donde se amontona la basura de las ciudades que habitamos, un paisaje más allá de lo que podamos soñar, un mundo más próximo a la ciencia-ficción, porque en muchos instantes de la película, nos sentiremos como aquellos exploradores del universo que se adentraban en otros mundos desde la inquietud, desde el más puro desconocimiento, dejándose llevar por sus sentidos, sus emociones y aquello que quizás era lo revelado, como ocurría en el famoso plano de la taza de café de Dos o tres que yo sé de ella, en la que Godard, nos rompía todas las certezas posibles e imaginalbes, para sumergirnos en nuestro inconsciente, llevándonos en un suspiro al espacio o más allá. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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