Elisa y Marcela, de Isabel Coixet

HE SOÑADO CONTIGO.

“No busques por qué, en el amor no hay por qué, no hay razón, no hay explicación, no hay solución”.

Anaïs Nin

Las mujeres que pueblan el universo cinematográfico de Isabel Coixet (Barcelona, 1960) son mujeres decididas, fuertes y con coraje, no se amilanan frente a la adversidad, frente a los prejuicios sociales, frente a aquellos que harán lo imposible para impedir sus deseos, ilusiones y sueños. Mujeres que se ponen en pie y luchan encarnizadamente contra el poder establecido, contra la injusticia, para hacer valer aquello en lo creen, en lo que consideran justo, en lo que se sienten. Muchos recordaréis a la Ann de Mi vida sin mí, que hizo lo indecible para dejar bien a su familia cuando ella no estuviera, o la mujer solitaria que se enfrentaba a su pasado y a su dolor en La vida secreta de las palabras, o Consuelo Castillo que luchaba contra su amor y su enfermedad en Elegy, o Wendy, la neoyorquina que empezaba de nuevo a vivir después de su divorcio en Aprendiendo a conducir, o Josephine Peary, la aventurera que se enfrentaba al frío esquimal y todo en su contra para reunirse con su marido, y finalmente, Florence Green, la solitaria y decidida emprendedora que luchaba contra todos para abrir su librería en el ambiente más hostil en La librería. Coixet lleva más de tres décadas contándonos historias, en sus trece películas de ficción, amén de un buen puñado de documentales de contenido social y político.

En sus ficciones, sus historias giran en torno a mujeres de toda clase social, tiempo, carácter y deseo, como lo son sus nuevas heroínas, Elisa y Marcela, las primeras mujeres que contrajeron matrimonio en España, Elisa vive en un colegio de monjas que dirige su tía, en cambio, Marcela, junto a sus padres, en la Galicia de finales del XIX, más concretamente la de 1898, esa Galicia de gran devoción religiosa, prejuicios sociales, e implacable contra todo aquello que sea diferente, libre o alejado de lo establecido o convencional, también, la otra Galicia, la de Emilia Pardo Bazán, como su libro La cuestión palpitante, que le regalará Elisa a Marcela. Ya desde el plano inicial, en el que vemos la imagen de Elisa de espaldas a nosotros, en el que se va superponiendo la imagen, también de espaldas, de Marcela, mientras escuchamos la voz de Elisa explicando lo que siente y todo aquello que se interpone entre sus sentimientos y aquello que se impone, esa sociedad religiosa, oscura e inquisitoria.

La primera parte, Coixet nos habla del nacimiento del amor entre las dos mujeres, entre los corredores de la escuela, entre la lluvia incesante que moja las calles empedradas, entre atardeceres bañándose en los riachuelos cerca de la playa, mirándose, tocándose, jugando, riendo, y sobre todo, empezando a sentir la una por la otra, sintiéndose libres en un mundo tan ajeno a ellas, tan hostil, como nos irá recordando la magnífica forma de Coixet, con esos barrotes constantes que aparecen entre ellas, incluso los tentáculos del pulpo, que se cuelan en el encuadre escenificando esa cárcel en la que viven las dos jóvenes y a la que deberán enfrentarse más adelante cuando su amor se consuma. Cuando escenifican su amor y se casan, haciéndose Elisa pasar por hombre, tres años más tarde, en la Galicia rural de 1901, empezarán sus problemas cuando ley religiosa destapa el engaño, las mujeres huirán y serán apresadas en la localidad de Oporto, en la vecina Portugal, allí son encarceladas y descubriremos el embarazo de Marcela.

La cineasta catalana envuelve su relato en un primoroso y apabullante blanco y negro cinematografiado por Jennifer Cox (que ya había trabajado con la cineasta en el documental El espíritu del tiempo, sobre el trabajo del artista chino Cai Guo-Quiang en el Museo del Prado) con ese juego de sombras, propio del expresionismo alemán, o esas luces mortecinas para dar calidez y negrura a esos interiores, con el exquisito montaje de Bernat Aragonés, que ya estuvo en La librería, ayuda a contarnos con ritmo y pasión un relato que se va a los 124 minutos, quizás el ritmo se resienta durante la segunda parte cuando las mujeres viven en la cárcel, aunque la aparición de la subtrama del alcaide de la prisión y su mujer, alienta convincentemente el relato, cuando la cárcel de Portugal escenifica la libertad de la que no tienen en el exterior. Coixet nos habla de un amor puro, libre a pesar de los pesares, y muy sentido, protagonizado por dos mujeres, dos almas libres, dos mujeres cultas, que ejercen la docencia, que sienten el amor que se procesan como un compromiso tanto personal como íntimo, como las maravillosas secuencias eróticas, elegantemente bien filmadas, con ese toque de surrealismo como el instante con el pulpo, ahora ya no representa la cárcel, sino el erotismo libre y sin ataduras, o ese otro momento con las algas, donde los cuerpos de las mujeres desnudos se aman, se entrecruzan y sienten la libertad de amarse y experimentar sus deseos alejadas del alcance de esas miradas inquisitorias y malvadas de ese pueblo ignorante, rudo y sometido por los poderes fácticos como el gobierno de turno conservador y la iglesia.

Un reparto que brilla a la altura del relato como Natalia de Molina que da vida a Elisa, creciendo mucho en cada película y demostrando toda su valía, junto a Greta Fernández que interpreta a Marcela, cum laude que después de algunos breves papeles aquí se despega como una de las grandes actrices jóvenes del momento, y esos secundarios como Francesc Orella y María Pujalte, como los padres de Marcela, dejando claro el machismo y la intransigencia del padre y el sometimiento y servilismo de la madre, aunque hay momentos de respiro leyendo a escondidas, Tamar Novas como el joven pretendiente de Marcela, hombre rural de gran hombría, rudo y de carácter. Manolo Solo como Alcaide de la prisión de Oporto, que se sensibiliza con la causa de las mujeres y les comprende, junto a su mujer negra, y finalmente, Lluís Homar como gobernador en una breve secuencia, que deja claro la animadversión hacia sus vecinos. Coixet ha hecho una película necesaria, valiente y comprometida, que gustará más o menos, pero es indudable su generosidad y aplomo para contarnos con astucia y sensibilidad esta historia de amor libre, que desafió los cánones conservadores de la época para ser libres, para amarse sin reservas, para sentirse todo, disfrutando de sus cuerpos, su deseo y su erotismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El fotógrafo de Mauthausen, de Mar Targarona

LAS PRUEBAS DEL HORROR.

“El deber del superviviente es dar testimonio de lo que ocurrió, hay que advertir a la gente de que estas cosas pueden suceder, que el mal puede desencadenarse. El odio racial, la violencia y las idolatrías todavía proliferan.”

    Elie Wiesel

Francesc Boix (Barcelona, 1920 – París, 1951) fue un militante comunista y fotógrafo español, que luchó en la bando republicando durante la Guerra Civil española, posteriormente, al acabar la guerra, se exilió a Francia y se enroló al ejército francés. Pero, en 1940, fue apresado por los nazis y tras pasar por varios campos de prisioneros, a principios de de 1941 fue enviado al campo de concentración de Mauthausen (Austria) junto con más de 7000 españoles, de los que más de 4000 fueron asesinados. Sus años en Mauthausen han constituido la base de la tercera película de Mar Targarona (Barcelona, 1953) productora de éxito con títulos como El orfanato, Los ojos de Júlia o El cuerpo, amén de haber dirigido un par de películas como Muere, mi vida (1996) una comedia negra sobre la venganza de cuatro mujeres engañadas por un seductor Don Juan, y Secuestro (2016) en la que una abogada vive obsesionada con la idea del secuestro de su hijo menor.

Ahora, llega su tercer trabajo, una biografía de Francesc Boix, centrada en sus años en Mauthausen y su odisea para salvar los negativos de las fotografías que realizaban los nazis en el campo, pruebas incriminatorias que sirvieron para juzgarles contra crímenes contra la humanidad en los juicios de Nuremberg en 1946. Targarona construye una película de personajes, y nos habla con sinceridad y aplomo de aquellos hechos, opta por la sobriedad y la sencillez en su puesta en escena, filmando el gesto y del detalle de los acontecimientos en el campo, no cayendo en la sentimentalización de algunos hechos, filmándolos con naturalidad y sin aspavientos, mostrando el horror sin hacer espectáculo, con esa dignidad justa de explicar con inteligencia unos hechos abominables, dejándolos desnudos, sin la utilización de la música ni elementos decorativos. La película requería un esfuerzo de forma que dentro de su sencillez, acaba consiguiendo un digno resultado, ya que la tarea no se antojaba nada fácil, teniendo en cuenta la gran cantidad de películas de toda índole que han plasmado o intentado explicar los sucesos en los campos de exterminio nazis.

El relato nos explica la cotidianidad de Francesc Boix en el laboratorio fotográfico del campo, donde se documentaban a todos los presos que iban llegando, y el posterior revelado y documentación que se iba archivando, Boix es el mano derecha del oficial SS Paul Ricken, el “Oberscharführer”, un obseso de la imagen fotográfica y un perfeccionista de la fotografía, creando abominables cuadros del horror humano, capturando los detalles del infierno de Mauthausen. A partir de algunas líneas argumentales, más o menos interesantes, como la del niño recién llegado que se queda sólo, la del preso fugado que después tendrá su castigo o las sucias artimañas de algún que otro kapo, o el encuentro con la española que ejerce de prostituta, la película se centra en Boix y todos aquellos españoles republicanos como él, que le ayudaron a esconder los negativos y así guardar el testimonio del horror de los nazis. Y lo hace con ese aroma de las películas de intriga, casi de espías, en el que todos y cada uno de ellos forman un equipo colaborativo que ayudan a que esas pruebas del infierno nazi queden a buen recaudo y sirvan para testimoniar ese horror que viven a diario.

Targarona y su equipo han hecho un impresionante trabajo de documentación para dar vida a todas aquellas fotografías que testimonian lo allí sucedido, y siempre con ese acercamiento desde la dignidad y la humanidad, investigando al detalle sus espacios, vestuario y detalles, como esa luz casi natural y oscura del cinematógrafo Aitor Mantxola (autor entre otras de Bajo la piel de lobo o la serie Tiempos de guerra) una luz que daña y también, da algo de humanidad dentro de ese horror. La impresionante caracterización de Mario Casas como Boix, que perdió más de 12 kilos para meterse en la piel del joven fotógrafo (unos 21 años cuando ingresó en Mauthausen) es otro de los elementos significativos de una película que cuida todos los detalles, tantos físicos como emocionales, convirtiendo la interpretación de Mario Casas en uno de sus mejores trabajos hasta la fecha, por su capacidad camaleónica como esas miradas tristes y esperanzadas que va teniendo durante la película.

A su lado, Alain Hernández, interpretando a Valbuena, uno de los trabajadores del laboratorio fotográfico, en otra interpretación digna de elogio, y después un buen puñado de actores de reparto como Marc Rodríguez, Rubén Yuste, Eduard Buch, Joan Negrié, Richard Van Weyden, Stefan Weinert o la colaboración de Macarena Gómez. Un reparto ajustado y sincero que destila verdad y humanidad, personajes que, entre tanto horror y miseria, consiguen transmitirnos con muy pocos diálogos el miedo y el dolor que sentían entre aquellas cuatro paredes de la ignominia humana. Targarona ha construido una relato sencillo y digno, que abre la puerta al conocimiento de la odisea humana de Francesc Boix, alguien completamente desconocido para la gran mayoría de la población, pero que tuvo su coraje y fuerza para derrotar a los nazis, poniendo su vida en peligro para guardar los negativos que mostraban todo el horror y acusaba directamente aquellos que permitieron tanta crueldad.