Ayla, la hija de la guerra, de Can Ulkay

LA NIÑA Y EL SOLDADO.

En los contextos de las guerras, suelen sucederse relatos extremos, que no se acoplan a ninguna idea previamente reflexionado, y mucho menos a algo lógico, sino que obedece a las propias circunstancias del conflicto bélico, donde todo es posible, donde las situaciones adquieren otro sentido, o no tienen ningún sentido, y las cosas más horribles se suceden una tras otra, sin embargo, a veces, en raras ocasiones, surge la humanidad, surge la bondad y valores que creíamos imposibles en un contexto tan brutal como una guerra. Ayla, la hija de la guerra nos habla de una de esas situaciones, un suceso que se escapa de cualquier raciocinio, un suceso que nos devuelve la fe en la humanidad. A saber, en mitad de la guerra de Corea, aquella que dirimió a la del Norte con la del Sur, a principios de los cincuenta, otros países apoyaron a una u otra, convirtiendo la guerra en una más de la Guerra fría que dirimían las grandes potencias de la URSS y EE.UU.. Uno de esos países, Turquía, se puso del lado de los estadounidenses y envió tropas para luchar contra los del Norte, a los que apoyaban países como China. La película se centra en Süleyman, un joven sargento turco y prometido que vive en Alejandreta, vemos su cotidianidad con sus compañeros militares y su amor, en una bellísima secuencia romántica que recuerda a las triquiñuelas sentimentales que inventaba el protagonista de La vida es bella.

Un día, Süleyman, junto a sus compañeros, es evacuado al frente de Corea, lo que parece una guerra finiquitada, les llevará una estancia de un año en los que le pasará de todo, tanto malo como la pérdida de compañeros y angustiosas refriegas con el enemigo, aunque también les sucederán cosas más amables, como encontrar a una niña de cuatro años sola en mitad de una montaña de cadáveres. Aludiendo a la luna llena de la noche, el sargento la bautiza como Ayla, convirtiéndose en ese instante en su “hija adoptiva”. Los días pasan y al guerra continúa, mientras Ayla es una más, confraternizando con los demás soldados, siendo un habitante más de los campamentos y sintiéndose querida por Süleyman, al que llama cariñosamente “papá”. La segunda película de Can Ulkay (Estambul, Turquía, 1964) cineasta experimentado en el cine publicitario, es un drama romántico de tomo y lomo, con ese aroma que tienen las películas situadas en la Segunda Guerra Mundial, donde encontramos una historia de amor con la lejanía de por medio, el compañerismo propio de la guerra, la fraternidad entre las personas, el contexto bélico, y en este caso, un relato sincero y honesto sobre la relación profunda e íntima entre un soldado turco y una niña huérfana.

Si bien la película podría caer en el sentimentalismo y la condescendencia por el tema que trata, el relato intenta huir de todo eso y lo resuelve bastante bien en esos terrenos tan pantanosos que otras producciones del estilo suelen caer. Ulkay, rodeado de un equipo de producción y diseño enorme, donde el ambiente de la guerra está continuamente presente y las batallas rezuman verdad y terror, nos habla desde la cercanía, con la distancia prudente, de la relación de estas dos almas que se encuentran y se relacionan, una niña que lo ha perdido todo en la guerra y un soldado que ha dejado su vida atrás para entregarla a otros que la necesitan. Dos personas antagónicas en un primer vistazo, que con el paso del tiempo, nos conmoverán y nos harán disfrutar de bellos momentos con respeto y audacia, en una relación casi sin palabras, ya que la niña no habla, donde se irá creando un círculo de amor y humanismo, como aquella de aquel soldado estadounidense y aquel niño desamparado en las ruinas de Roma en Paisà, de Rossellini, donde ya no había divisiones ni deshumanización, sino seres desvalidos que necesitan un poco de cariño.

El relato se enmarca dentro de un clasicismo que sigue los mismos personajes y paisajes de aquellas películas bélicas con drama romántico que tanto abundaban en la segunda mitad del siglo pasado en un intento de encontrar la humanidad después de una guerra tan cruenta, destructiva y tan llena de cadáveres, quizás el excesivo metraje de más de dos horas no juega a su favor, sobre todo en el último tercio, donde la película se sitúa en nuestros días, cuando Süleyman junto a los suyos hace lo imposible pro reunirse junto a su niña Ayla que tuvo que dejar cuando volvió de la guerra. El buen trabajo de Isamil Hacioglu que da vida al sargento Süleyman, y Kim Seol que hace lo propio con la pequeña Ayla, consiguen conmovernos y hacernos partícipes de este relato que nos habla en clave de cercanía y pequeños detalles de que en las guerras a pesar de tanta crueldad y muerte, de vez en cuando, quizás demasiados pocos, podemos tropezarnos con humanidad, esa belleza y sensibilidad que nos hace humanos, nos hace más bellos, más personas, y sobre todo, nos hace menos solos porque miramos al otro, lo comprendemos, sabemos de su tristeza y el horror que ha visto, y ahí, en ese instante, todos somos iguales, somos uno, y nos cuidamos y respetamos los unos a los otros, sin distinción de ninguna bandera, frontera o país por el que luchar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La vida sense la Sara Amat, de Laura Jou

EL VERANO QUE LO CAMBIÓ TODO.

“Tenía tantas ganas de vivir que le costaba conformarse con el reflejo de esas vidas ajenas”

(De Ana Karenina, de León Tolstói)

Erase una vez…en un pueblo entre montañas a principios de los ochenta, durante una noche de verano, cuando unos chavales y chavalas juegan al escondite a la luz de la luna, unos lo hacen a desgana, quizás ya van teniendo esa edad de hacer otras cosas que perder el tiempo en jugar a juegos de niños. Una de esas niñas, Sara, desaparece sin dejar rastro, todo el pueblo se echa a las calles y al monte a buscarla sin resultado. Pep, un chaval de la ciudad que pasa los últimos de verano junto a su abuela, descubre que Sara, la niña de la está profundamente enamorado, se ha ocultado en su habitación. Sin tiempo a reaccionar Sara le pide que la deje quedarse. La directora Laura Jou empezó como actriz para luego dedicarse en cuerpo y alma a ser coach de intérpretes infantiles con nombres tan importantes como Agustí Villaronga o J. A. Bayona, amén de dirigir un precioso corto No me quites (2012) en la que planteaba una historia de amor fou, además de llevar desde el 2011 preparando a actores ya actrices a través de su estudio de interpretación. Un largo camino que abre una nueva etapa con su puesta de largo con un relato iniciático y sentimental sobre el despertar a la edad adulta de un chaval de 13 años durante el final de un verano ambientado en aquellos años 80.

Un cuento sobre la vida y su lado menos amable, que adapta la novela homónima de Pep Puig en un guión firmado por Coral Cruz (colaboradora estrecha de Villaronga, Fernando Franco o Carlos Marques-Marcet) en una historia que se deja de sentimientos vacuos y giros inverosímiles de guión para centrarse en la relación íntima y profunda que se va fraguando entre el citado Pep y la escabullida Sara, situada durante muchos minutos de metraje en la habitación del chaval, convertida en una especie de habitáculo secreto donde los dos chicos pueden ser quiénes desean, ocultos de la mirada de los adultos. Jou centra la fuerza del relato y su conflicto en la interpretación de los jóvenes actores, Biel Rossell dando vida al tímido Pep y Maria Morera a la decidida Sara, debutantes en estas lides, en la que la experiencia de la directora se convierte en fundamental, apoyada en el trabajo del coach Isaac Alcalde (que se ocupa también del breve papel de alcalde, importante en la trama) para conseguir esa naturalidad y veracidad maravillosas que consigue de su jovencísimo reparto, que comparten las edades de sus personajes, bien secundados por los otros intérpretes adolescentes, que destilan esa autenticidad crucial para el desarrollo de una historia contada con esa mirada en los albores de la adolescencia, cuando todavía todo es posible, cuando empezamos de verdad a vivir, cuando descubrimos el universo que nos rodea.

La película plantea un relato de despertar a la vida, de mirarse a ese espejo (ojeto significativo en la película que nos explica mucho de lo que sienten sus personajes) y encontrarse diferente, no como todos los días, en el que descubrimos quiénes somos interiormente, como le ocurre a Sara, una niña complicada, como la definirá su madre, alguien que se asfixia en ese pueblo perdido, alguien que quiere huir, escapar de ese entorno familiar triste e infeliz, que lee libros como Ana Karenina, de Tolstói, en que la desdichada heroína rusa tiene mucho que ver con el conflicto que atraviesa Sara, sentirse diferente y vacía en un entorno difícil, de pura apariencia, y my falso. Y se encuentra o acude al encuentro de Pep, un chaval que no es del pueblo, que está de paso, alguien que puede ayudarla, alguien que, hechizado por la energía y la valentía de Sara la seguirá a pies juntillas.

La mágica y evocadora luz de Gris Jordana (habitual de los cortometrajes de Clara Roquet y de trabajos tan estimulantes como Pozoamargo, de Enrique Rivero) convierte la película en esa atmósfera especial e íntima que tanto pide esta historia de adolescentes, de juegos en mitad de la noche, de esos primeros morreos jugando a “Verdad, consecuencia o beso”, los primeros pitillos, los chapuzones en la piscina de cloro, las bromas y burlas de los demás, las tertulias nocturnas de las abuelas, los primeros amores, las primeras eyaculaciones o los primeros escarceos sexuales. La obra nos invita a descubrir un universo estival lleno de vida, de dolor y pérdida, un mundo que la película capta con tranquilidad, naturalidad y cercanía, sin forzar ni aparentar, solo filmándolo y llenándolo de vida y personajes, como ese momento impresionante cuando Pep descubre la habitación de Sara, con ese cuadro en mitad del plano en que la ilustración sale queriendo libertad, vivir, sentir otro aroma, muy lejos de allí, objeto metafórico convertido en el reflejo que siente Sara.

Algunos pensarán en películas que abordan con sensibilidad y profundidad la vida y el amor en el paso de la infancia a la edad adulta como en Una historia de amor sueca, de Roy Andersson o Mes petites amoureuses, de Jean Eustache, o inlcuso, la más reciente Tú y Yo, la despedida de Bernardo Bertolucci, cintas que nos situaban en ese universo pre adolescente, de esas primeras soledades, de esos descubrimientos que producen alegría y dolor, de ser y sentirse adultos, de las primeras mentiras, secretos y ocultaciones, de darse cuenta que la vida no era como nos la habían contado, que había más, y había que descubrirlo, experimentarlo, sentirlo, porque las mejores cosas de la infancia y la adolescencia pasan en verano, en esos veranos recordados, soñados y sobre todo, vividos, porque para Pep, Sara y los demás, ese verano será diferente, será único, se almacenará en el archivo de sus recuerdos, en esas emociones que siempre guardamos y nunca compartimos, ese verano, el verano de las primeras veces, el verano que lo cambiará todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hamada, de Eloy Domínguez Serén

(DES) ILUSIONES EN EL LIMBO.

La película arranca con la definición de Hamada sobre fondo negro, que viene a significar en geología “Un terreno desértico que consiste en un área plana y rocosa principalmente desprovista de arena”. Y añade que entre el pueblo saharaui, el término también se emplea como expresión de “vacío” o “falto de vida”. Inmediatamente, ese vacío se materializa con el cuadro totalmente negro y alguien, al que no vemos su rostro, intenta encender una cerilla para dar un poco de luz a tanta oscuridad, cuando lo consigue, vemos a un joven alrededor de la veintena y comienza a contarnos un sueño o una pesadilla, como él mismo nos cuenta, mientras vemos un desierto, el que sus ojos ven a diario, ya que vive junto a otros cientos de miles en los campos de refugiados para saharauis en Argelia. El sueño consiste en encontrarse en el mar, lejos de esa triste y durísima realidad a la que se enfrentan jóvenes que han nacido en el exilio, ya que el conflicto del Sáhara Occidental se arrastra desde hace más de 40 años, jóvenes que no han visto jamás el mar, jóvenes atrapados en esa oscuridad permanente, en esa frontera física, en ese espacio dominado por la arena del desierto y una especie de limbo en el que nada pueden hacer, simplemente esperar, o quizás, soñar con otro mundo, aunque sea en sueños o pesadillas, como bien dice el joven en referencia a su sueño.

Eloy Domínguez Serén (Simes, Galicia, 1985) nos convenció con su opera prima No Cow On the Ice (2015) en la que se retrataba a sí mismo y a Suecia, lugar de búsqueda personal y territorial, en un viaje emocional en el que hablaba en primera persona de las dificultades de trabar en el cine y  retratar al otro y ese entorno oscuro, gélido y ausente. En un primer visionado, podríamos pensar que el viaje emprendido por Domínguez Serén en su segundo trabajo dista mucho de su debut, pero no es así, si bien, los gélidos, urbanos y oscuros paisajes de Suecia han dado paso a otros más cálidos, desérticos e iluminados de Tindouf, en Argelia, y también, su autorretrato y el de su entorno ha cedido la palabra y el cuerpo a unos jóvenes que rodean la veintena. Sidahmed, Zaara y Taher son los protagonistas en los que se apoya la película, en la que el cineasta galego, como ocurría en su primera película, vuelve a hablarnos de personas encerradas en un entorno físico, en una frontera que les impide ir más allá, salir de esa condena que cada día se repite sin más, sin nada que ocurre y nada que hacer, volviendo a centrarse en todo lo que bulle en el interior de esas personajes, sus inquietudes, ilusiones, tristezas, anhelos y demás sentimientos que viven con fuerza en sus interiores.

Domínguez Serén opta por filmar a estos jóvenes desde su intimidad, explorando sus interiores a través de sus miradas, sus gestos, sus cuerpos, sin inmiscuirse en sus conversaciones, siendo un observador respetuoso, pero también íntimo, aquel que captura la vida y todo lo que la rodea, desde la distancia cercana, desde el acompañamiento, desde la cercanía sin molestar, sin intervenir, escuchándolos, mirándolos, retratándolos con respeto, sin sentimentalismos ni condescendencias, sino desde lo más íntimo y profundo. La película indaga en la política a través de lo humano, como señalaba Gramsci que “Lo humano es político”, no hay discurso ni panfleto político, todo se exploraba a través de las cotidianidades de estos tres jóvenes que sueñan con tener automóviles y conducirlos, aunque sepan que no podrán salir del delimitado campo de refugiados, o con encontrar trabajo y salir adelante, o escapar de ese campo y llegar a España, sueñan con escapar de ese entorno desesperanzador, con ese espacio detenido, ese limbo que los asfixia y los ha abandonado a su suerte.

Aunque, como jóvenes que son, el espacio físico que los ha condenado a esa existencia vacía y triste, no les impide que sigan teniendo sueños, esperanzas e ilusiones de una vida mejor, de salir adelante y tener un amor o familia, de sentir que hay vida más allá de esa frontera en la que viven, que mientras sigan soñando con ella puede hacerse realidad, donde el sentido del humor es fundamental para seguir remando a esa orilla física y sobre todo, sentirse bien consigo mismos a pesar de todo, a pesar de sus vidas, a pesar de los que ya no están, de tantos que intentaron la quimera de vivir lejos del campo de refugiados, de tantos que ausentes mantienen el hilo comunicativo con los que se quedaron, en que la película se refleja en aquella otra de Juan Carlos Rulfo Los que se quedan, que daba voz a todos los mexicanos que no emigraban y se quedaban en su país añorando a todos los familiares y amigos que sí habían emigrado a los EE.UU.

Domínguez Serén hace gala de una exquisitez técnica con esa luz apabullante que recoge con delicadeza la calidez física como la incomodidad emocional que produce, así como el magnífico trabajo de montaje realizado junto a Ana Pfaff, imprescindible en películas de esta sensibilidad y armonía, para contarnos una fábula de aquí y ahora, de un conflicto olvidado, de un problema que nadie parece querer resolver, y sobre todo, nos habla de humanismo, y lo hace con sinceridad, respeto y humildad, filmando a sus personajes desde aquello más profundo, abriéndoles una ventana mágica y poderosa para que el cine haga lo que mejor sabe hacer, filmar a aquello que considera importante, no por sus respuestas, sino por sus preguntas, mostrándonos un conflicto desde el interior de unos jóvenes que no conocen su tierra, que han nacido en el exilio, en esa nada, en ese limbo incómodo y triste, pero que siguen derribando muros emocionales desde aquello que sueñan, que desean y que les hace sentir ellos mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

An Accidental Studio, de Bill Jones, Kim Leggatt y Ben Timlett

LA DÉCADA PRODIGIOSA.

“HandMade Films era un sinónimo de calidad, de que lo que se hacía era interesante, de algo atrevido”

Terry Gilliam

Desde el título de la película con la palabra “accidental” ya queda claro el nacimiento de una compañía cinematográfica que nació de forma no prevista, que apareció para acabar la película La vida de Brian, de los Monty Python, cuando la financiación proyectada no cubría los gastos de la producción. De la mano de Geroge Harrison, ex miembro de The Beatles, y fan incondicional del grupo satírico británico, que hipotecó su casa y oficina para reunir el dinero, junto a Denis O’Brien, experto en finanzas, nació HandMade Films, en aquel paupérrimo año de 1979, en el cual el cine británico se veía sumergido en una profunda crisis, provocada por la poca asistencia del público a las salas y la falta de ideas de una industria en el que su talento emigraba a EE.UU. La compañía acabó la película que se convirtió en un gran éxito, y de ahí, envalentonados y aupados por el suceso, se lanzaron a hacer las películas que nadie quería, las que, después de pasar por todas las oficinas, acababan en la productora como último intento, porque como apunta Harrison  “Hacer películas es mi forma de ayudar a la gente”, en una de las numerosas entrevistas de archivo que inundan la película.

Bill Jones (hijo de Terry Jones, uno de los Monty Python) junto a Kim Leggatt y Ben Timlett, firman esta película que recoge la trayectoria de la singular y peculiar productora cinematográfica, algo así como un faro de calidad e inconformismo en mitad del desierto de la industria británica. La compañía que se atrevía a hacer lo que nadie ni siquiera se planteaba. A través de numerosas entrevistas, algunas hechas para la ocasión, y otras rescatadas del archivo, en las que escuchamos a gente como Terry Gilliam, Helen Mirren, Michael Caine, Michael Palin, Richard E. Grant, Neil Jordan, Cathy Gibson, Bos Hoskins, Brenda Vaccaro, Terry Jones, John Cleese, Eric Idle, intérpretes y directores que pertenecieron a la plantilla en algún momento u otro, junto a otras entrevistas del propio George Harrison, Denis O’Brien, y otros miembros del staff de la compañía como Ray Cooper, Steve Abbott o George Ayoub, entre otros, dan buena cuenta de todo lo que se cocía en la insigne e irreverente oficina de la productora, siguiendo la estela de su primera película producida, La vida de Brian, abducidos por el espíritu Monty Python, donde todo es posible, y el humor se convierte en la mejor herramienta para luchar contra lo establecido, lo conservador y lo tradicionalista.

Los testimonios nos hablan de películas inclasificables, a contracorrientes, sinceras y sobre todo, producidas por el amor al cine y a la amistad, el deseo de que ciertas historias vieran la luz y se convirtiesen en películas, algunas con éxito que elevaron a la compañía hacia cotas de producción y financiación impensables, incluso para sus propios fundadores, perplejos de tanto éxito, como El largo Viernes Santo, de John MacKenzie, un interesante y sobrio ejercicio de film noir donde se hablaba de terrorismo, Los héroes del tiempo, de Terry Gilliam, con el aroma propio de los Monty Python, llena de viajes, aventuras y surrealismo, Una función privada, de Richard Loncraine, la posguerra británica vista desde la ironía que recuperaba el aroma de los Ealing Studios, y Mona Lisa, de Neil Jordan, una de los mejores títulos del cineasta británico en el que su inquietante atmósfera y aroma noir revelaba una historia de amour fou.

También hubieron otras que no llegaron al público, por su excesiva audacia, por fallidas o simplemente, se adelantaron a su tiempo, y a día de hoy, se reverencian como obras de culto para jóvenes de todas las edades como Withnail y yo, de Bruce Robinson, en la que se contaba de forma surrealista las penurias de dos jóvenes actores, Shangai Surprise, de Jim Goddard, en la que Madonna y Sean Penn, pareja por entonces, buscaban opio en un intento fallido de cine de aventuras exóticas, y algunas otras, como Loca juerga tropical o Monjas a la carrera, que debido a su transgresión y diferentes, quizás demasiado, fueron un fracaso estrepitoso, dejando un regusto amargo a HandMade Films, que arrancó como una compañía doméstica en que el cine era una idea loca y aventurera para convertirse en otra cosa, también aupada por los éxitos que obtuvo, en una compañía más profesional y menos libre, con más gastos y menos trato personal, con más empleados y menos fiestas.

La película se apoya en los testimonios, convirtiendo las entrevistas en el centro de la acción, llevándonos de forma ágil y rítmica por aquellos años, con muchísimo sentido del humor, haciéndonos viajar en el tiempo y en la historia de uno de los hits del cine, donde el cine británico se atrevió a soñar, a ser libre, a sentirse a sí mismo, levantando y produciendo cine diferente, cómico, alejado de todos y todo, en una aventura extraordinaria de enfrentarse a un negocio demasiado mercantilista, demasiado alejado del cine, del arte. El excepcional e histórico documento muestra, desde la nostalgia de una época dorada, una década prodigiosa, increíble y festiva, rescatando del olvido a todos aquellos chalados que se propusieron hacer el cine que sentían, que querían y que sobre todo, amaban, lanzándose al vacío rodeado de caras conocidas, de colegas de siempre, de mirar un tiempo que quizás la película mitifique, pero qué más da, porque hay cosas que simplemente se recuerdan así, recordando los mejores momentos, porque todos sabemos que momentos malos también hubieron, si, pero qué más da. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Diego Maradona, de Asif Kapadia

EL ÍDOLO DE BARRO.

“Cuando vos entrá en la cancha, se va la vida, se va todo”.

Diego Armando Maradona (Buenos Aires, Argentina, 1960) encarna al prototipo de jugador nacido en los arrabales de las ciudades que llega a convertirse en un ídolo mundial, y en su caso, muchos aficionados lo consideran una especie de Dios futbolístico, alguien que trasciendo el campo de fútbol para convertirse en un icono, algo parecido a The Beatles o la Coca-Cola. Muchos ríos de tinta hay sobre su vida, tanto futbolística como personal, quizás en un tiempo de su vida, cuando todavía era jugador de fútbol, su vida como futbolista se convirtió en un mero espejo de la vida que tanto interesaba a la opinión pública, convirtiendo su vida íntima y personal en el centro de la prensa más sensacionalista, una vida que iba siempre rodeada de polémica, sus incontables líos de mujeres, o al menos eso publicaba la prensa, sus salidas nocturnas que tanto le criticaron o sus negocios sombríos y oscuros con la camorra napolitana. El cineasta británico de origen indio Asif Kapadia (Kackney, Londres, Reino Unido, 1972) que ha trabajado en la ficción tanto cinematográfica como televisiva, empezó a recoger las mieles del éxito con su trabajo en el campo documental con Senna (2010) que recogía la malograda vida del exitoso piloto de Fórmula 1, a la que siguió con abundante éxito la película Amy (2015) ambos trabajos situados en el documental de archivo, donde a partir de innumerables imágenes íntimas y personales se hacía un retrato complejo, veraz y magnífico de las vidas malogradas de los dos ídolos, tanto en el motor como en la música.

Siguiendo la misma línea de sus anteriores trabajos, Kapadia junto a su inseparable equipo encabezado por James Gay-Rees (productor), Chris King (editor) y Antonio Pinto (compositor) realizan un trabajo fascinante y único sobre la vida del astro del balón Maradona, arrancando en aquel verano del 84, el 5 de julio, cuando el genio futbolístico llegó a Nápoles, en un inicio donde la película arranca de forma espectacular, en el que vemos a un automóvil a toda velocidad por las calles de Nápoles,  sorteando otros vehículos y paparazis con destino al estado napolitano para la presentación de Maradona, a ritmo de sintetizador. A partir de 500 horas de metraje procedente del propio Maradona, Kapadia, con su habitual habilidad y paciencia, reconstruye la biografía de Maradona en su estancia en Nápoles, un club pequeño y modesto que el astro argentino lo convirtió en campeón italiano y lo alzó hasta la cima, convirtiéndose en un club campeón durante su estancia. Esos siete años donde la ciudad era Maradona, donde todos lo idolatraron, lo amaron y lo santificaron, ofreciéndole todo lo que tenían.

La película muestra estas imágenes inéditas y personales del futbolista, haciendo hincapié en sus orígenes humildes y miserables, dejando bien claro que un chaval de apenas 14 años tuvo que sostener a su familia y convertirse en la parte económica de los suyos, y cómo fue su efímero paso por el F.C. Barcelona, su traspaso al Nápoles, su vida familiar, sus grandes tardes de fútbol demostrando la calidad infinita de sus botas, elevado al centro de los dioses del balón, considerado por muchos expertos en uno de los mejores jugadores de la historia. Pero, que escondía tras esa imagen de éxito, un tipo que le encantaba salir de noche, flirtear con otras mujeres a pesar de tener novia oficial primero, que luego se convertiría en su esposa, una especie de niño grande que no pensaba en las consecuencias de sus actos, en quién se había convertido, en alguien que cada paso que daba se registraba en la mente y la crítica de tantos, un argentino que acabó haciendo negocios sombríos con la mafia, sin saber muy bien que hacía.

Kapadia ha construido un excelente y reflexivo documento, bien condensado informativamente hablando, con ritmo y enérgico, lleno de vericuetos argumentales, extrayendo de manera ágil y honesta, sin sentimentalismos ni condescendencias la vida de Maradona, ofreciendo un retrato sincero, visto desde múltiples puntos de vista, como los testimonios de tantos conocidos y allegados, mezclados con esas imágenes que nos devuelven años de gloria, años de grandes tardes futbolísticas, y también, noches sin fin, noches oscuras, demasiadas rayas de cocaína, demasiados revolcones con desconocidas en camas a las que jamás uno debería entrar, y esas huidas a la nada que tanto protagonizó la vida de Maradona fuera del fútbol, un hombre apasionado, extremo, que vivió el éxito demasiado rápido, que no supo gestionarlo y el dragón de la fama y el dinero lo fue devorando lentamente, quizás injustamente, pero al contrario que otros, Maradona siguió en pie, siguió dando guerra y sobre todo, supo vencerse a sí mismo, Diego venció a Maradona.

El director británico nos muestra el lado oculto detrás del espejo, en una especie de Dorian Grey, alguien superdotado para el fútbol, pero incapaz de tener una vida personal tranquila y en paz, una vida alejada de los focos que se convertía en un torbellino de fiestas, cocaína, amigos gánsteres y demás túneles oscuros, porque a pesar de tantos éxitos futbolísticos, toda esa vida personal disoluta le acabó pasando factura y el romántico idílico con el Nápoles y su ciudad acabó siete años después, con una sanción deportiva por consumo de cocaína y la vuelta a su país, y desde ahí, dando tumbos por otros clubes, por su selección, a la que ya no volvería la gloria de aquel verano del 86 en México cuando Argentino ganó el mundial con su presencia, y por su vida, en un vano intento de ser quién fue alguna vez, alguien que era capaz de todo en un estadio de fútbol, pero a la vez, era incapaz de conducir su vida, de controlarse y no lanzarse al abismo cada noche, como si fuera la última de su vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La (des)eduación de Cameron Post, de Desiree Akhavan

RECONSTRUIRSE LA IDENTIDAD.

“Lo terrible es eso, que la identidad pasa a ser definida por el sexo. Es decir, una banalidad pasa a definir lo esencial”.

Manuel Puig

La primera película de Desiree Akhavan (Nueva York, EE.UU, 1984) Appropriate Behaviour (2014) plasmaba muchas inquietudes personales de la propia directora, ya que hablaba de Shirin, una joven estadounidense bisexual de padres iraníes que tenía que volver a reconstruirse la identidad sexual después de terminar con su novia. En su siguiente trabajo, la serie The Bisexual (2018) volvía a las mismas cuestiones sobre la identidad sexual. En su segundo largometraje, sigue profundizando sobre estos mismos temas, aunque si en los anteriores trabajos los contextos históricos eran actuales, de aquí y ahora, en este trabajo rompe con esa tendencia para situarnos en la Montana de 1993, sumergiéndonos en la cotidianidad de Cameron, una estudiante de éxito que la noche del baile de graduación es sorprendida por su novio en actitud sexual con una compañera. El revuelo es impresionante y más en el hogar de Cameron, con sus tíos como tutores de fuertes creencias evangelistas, y al cosa no pinta bien para ella, ya que la trasladan a “La promesa de Dios”, un centro de terapia para reorientar la sexualidad de jóvenes homosexuales, dirigido por la Dra. Lydia Marsh que reconvirtió a su hermano gay en heterosexual y ahora es el reverendo del centro.

Un centro que emplea terapias agresivas basadas en la reorientación sexual para odiar la propia identidad homosexual y abrazar la heterosexualidad que consisten en terapia individualiza, el dibujo de un iceberg en el que tendrán que escribir todo aquello gay que les ha llevado a confundir su orientación, sesiones de gimnasia de fuerte contenido religioso, rock cristiano donde se alza la heterosexualidad, o terapias de grupo del tipo de alcohólicos anónimos donde se discrimina la homosexualidad. Acciones para eliminar de raíz el AMS (Atracción del mismo sexo) y reconvertir en personas cristianas a todos los adolescentes encerrados emocionalmente en ese siniestro lugar. Akhavan con su guionista habitual, Cecilia Frugiuele encontraron la historia en la novela epónima de Emily M. Danforth, para construir un relato en el que se critica con dureza este tipo de centros fascistas y ultra católicos, pero no lo hace de forma siniestra y cómo una película de terror se tratase, huyendo completamente de ese tratamiento que convertiría la historia en algo parecido en un panfleto, la película no juzga, se limita a retratar a sus personajes de forma humanista y buceando en sus conflictos y contradicciones para construir un mosaico de diferentes personajes complejos que lidian con sus traumas y experiencias personales muy oscuras.

El personaje de Cameron nos ayuda a descubrir los métodos siniestros del centro, y también a los demás internos, en la que hace estrecha amistad con Jane Fonda, una chica que creció en una comuna de hippies y ahora cultiva clandestinamente marihuana y además, se mantiene un poco al margen de los métodos del centro, junto a ella, como una sombra le sigue Adam Red Eagle, de origen indio navajo, que al igual que Jane son los inadaptados del centro que harán buenas migas con Cameron. También, conoceremos a otros personajes que viven su homosexualidad a escondidas del centro, donde los encuentros homosexuales se van sucediendo. La directora iraní-estadounidense profundiza con acierto y brillantez en como un grupo de adolescentes se ve sometido al juicio implacable de su identidad sexual a tan temprana edad, situación que los arrastra a sentirse mal consigo mismos y a aprender a odiarse a sí mismos, como en un momento estallará el personaje de Cameron.

La película mantiene el espíritu del cine indie estadounidense, y se refleja, tanto en su forma como en su fondo al universo adolescente de John Hugues, un autor magnífico y profundo en su mirada hacia la adolescencia, mostrando todos sus aspectos y peculiaridades. Un reparto maravilloso, cercano y natural encabezado por la impresionante capacidad tanto de gesto como de mirada de Chloë Grace Moretz llevando a buen término el difícil trayecto vital de Cameron, con su momentazo musical interpretando el What’s up?, de los 4 Non Blondes, un hit sobre la identidad de aquellos principios años noventa, bien acompañada por Sasha Lane (que nos había fascinado como prota de American Honey, de Andrea Arnold) con ese espíritu rebelde y libre, Forrrest Goodluck da vida al introvertido e inteligente Adam Red Eagle, que además de su identidad sexual tiene en lucha otra identidad, la de su origen indio navajo, y por último, Jennifer Ehle que interpreta con aplomo y detalle a la siniestra y rígida “ama de llaves” de la función, manteniendo su oscuro y horrible centro con al religión como medio.

Akhavan plantea un relato humano y de verdad, que interprela constantemente al espectador, sin subterfugios ni sentimentalismos, siguiendo la estela de Huges, donde todo lo que se cuenta tiene vida y complejidad, acertando de lleno en su exploración sincera e íntima de su mirada hacia la adolescencia y sus conflictos, a todo aquello que sienten, que desean y las múltiples trabas de los adultos a impedirles ser como ellos sienten, en una lucha fratricida entre unos adultos que corrigen y condenan a sus hijos para que sean personajes amargadas y ocultas, y unos adolescentes en el otro lado del ring, deseando un poco de paz y tranquilidad, y sobre todo, sentirse libres en una sociedad que se empeña a seguir un orden establecido que daña a los seres humanos y les coarta su vida en pos del autoengaño y la cárcel interna que quieren mantener a toda costa, convirtiendo en tristeza e infelicidad la vida de unos adolescentes en una etapa de descubrimiento y libertad de sus vidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Varda por Agnès, de Agnès Varda

LA DESPEDIDA DE AGNÈS.

“La gente que me rodea me fascina. No importa dónde se encuentre. En las calles de mi barrio de París, en Nueva York, sean los protagonistas de mis historias o gente corriente que me surge por una esquina”.

Agnès Varda.

El pasado 29 de marzo de este año fallecía Agnès Varda (Ixelles, Bélgica, 1928) una de las más grandes cineastas de la historia del cine, precursora en muchos aspectos cinematográficos, investigadora ferviente de la técnica y la representación artística en todos sus aspectos, materias y formas, que ha seguido explorando los caminos del cine hasta el fin de sus días. Ahora, nos llega su última película, su despedida del arte que más le ha dado en su vida, y adopta el título de Varda por Agnès, mismo título que el libro que en 1994 publicó la Cinemateca francesa con motivo de una retrospectiva. Una retrospectiva, un repaso minucioso y profundo de su obra guiada por ella es el contenido de la película. Una película que a modo de “MasterClass”, Agnès, la mujer nos habla de Varda, la cineasta, sumergiéndonos en un viaje dividido en dos partes bien diferenciadas. La primera, llamada “Analógica”, arranca en 1954 con La pointe courte, film que se adelantó a la Nouvelle Vague varios años, donde mezclaba la ficción en forma de historia de amor tormentosa con el documento, registrando la vida cotidiana de las gentes del lugar.

Este primer bloque concluirá con la película Las mil y una noches de 1994. La segunda parte a la que denominara “Digital”, se inicia con la película Los espigadores y la espigadora del año 2000 y finalizará en el 2018 con Caras y lugares. Varda sobre un escenario, sentada y micrófono en mano y dirigiéndose a diferentes públicos habla de su cine, su forma y fondo, pero no lo hace de forma cronológica, sino de forma asociativa, realizando continuos saltos en el tiempo, centrándose en las diferentes texturas y formas cinematográfica, adentrándose en movimientos de cámara, en aspectos de luz, la interpretación de sus actores y actrices (como ese momento impagable y maravilloso cuando Sandrine Bonnaire la visita, y desde la tarima donde está colocada la cámara, simulando un plano de Sin techo ni ley (el relato profundo e intenso de una vagabunda y su deambular conociendo personas de todo tipo)  la actriz y la cineasta conversan rememorando el citado rodaje de la película, en el que la vida y el cine se confunden y se mezclan maravillosamente bien para sumergirnos en una especie de limbo inigualable.

Varda nos habla con voz reposada y honesta profundizando en todos los detalles técnicos y emocionales de sus obras, contextualizándolas y sobre todo, detallando su aspecto anímico y las circunstancias de la película, el carácter indomable para levantar proyectos, su visión feminista en la que construyó inolvidables personajes femeninos, y criticó con dureza todas aquellas situaciones en las que se menospreciaba a las mujeres, una mujer libre y cautivadora como su cine que trabajó incansablemente para seguir en la brecha más de seis décadas y mostrando un espíritu libre y curioso que la acompañó hasta sus últimos años, con una obra compuesta de un puñado de cortometrajes, la veintena de títulos cinematográficos entre ficción y documental, o más bien podríamos decir que sus películas son obras que fusionan las dos formas de ver o de hacer, y su trabajo expositivo, en el que Varda da buena cuenta de sus instalaciones, sus orígenes y su realización. Para los que conocemos la intensa y magnífica obra de Varda, la película nos ayuda a recordar las películas, tanto sus aspectos argumentales y formales, como aquello de la vida que sucedía cuando se hacía la vida cinematográfica, que explica con detalle y emoción Ángel Quintana en su extraordinario libro Después del cine, cuando hacía referencia al rodaje de Casablanca, y toda la realidad vital de su equipo técnico y artístico en ese contexto histórico en plena Segunda Guerra Mundial.

También, es una película fantástica para todos aquellos que conozcan poco o nada la vida y obra de Varda, porque descubrirán por primera vez sus películas, todo su amor por el cine y la vida, como evidencia en su minuciosa explicación sobre el tiempo cuando rememora la película Cleo de 5 a 7, en la que la escasez económica propició una forma cinematográfica natural y a tiempo real. Y también, se emocionarán escuchando la sencillez y naturalidad de una mujer a contracorriente, una mujer inteligente y audaz, alguien que se enfrentó al cine y a todo su entorno masculino con el objetivo firme e inteligente de poder hacer cine y contar las historias que nadie había contado antes o simplemente ofrecer su mirada femenina a ciertos temas que antes solo habían tocado los hombres, vino para quedarse, para ir más allá, como su etapa estadounidense con un relato sobre hippies o filmando esos murales pintados que daban cuenta de una nueva forma de vida y expresión cultural.

Sus maravillosas La felicidad, en la que exponía con aplomo y sobriedad la vida conyugal enfrentada al amor intenso, Réponse de femmes: Notre corps, notre sexe, una pieza de 8 intensos minutos donde enfrentaba a la sociedad patriarcal con el testimonio de múltiples mujeres, Daguerréotypes, sobre los habitantes de la calle donde reside, Jacquot de Nantes, en la que describía la infancia de su marido Jacques Demy, o su última etapa y el descubrimiento de la tecnología digital que le ofreció hablarnos en primera persona de sus reflexiones sociales, culturales y económicas de los cambios en el nuevo milenio creando relatos sencillos, artesanales e intimistas, como una vuelta a los orígenes del cine, en títulos como Las playas de Agnès o la citada Caras y lugares, donde su presencia se hizo más evidente, más personal y sobre todo, haciendo gala de un humor irreverente, irónico y sagaz, dejando bien claro que el cine y la vida de Varda eran uno solo, y el cine seguía latiendo en su interior, independientemente del formato técnico que utilizaba en la que su mirada hacia las personas y los lugares seguía siendo libre, única, personal y muy profunda. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Lejos del fuego, de Javier Artigas

PODERES EXTRAÑOS.

“No quiero escuchar todo lo que dicen, ni quiero creerme todo lo que veo. No quiero decir todo lo que sé, ni todo lo que pienso. No quería decirlo, pero tú tienes poderes extraños sobre mí.”

La juventud perdida, o esa juventud y su tiempo en el ocaso, en ese limbo extraño y complejo donde los recuerdos de los primeros años de juventud forman parte de la memoria, porque el presente ha cambiado y nosotros con él, ha emprendido un camino que nos ha separado de aquellos amigos inseparables por entonces. Después de un año sin verse, un grupo de cuatro amigas vuelven a encontrarse, en ese espacio incierto en el que ya no eres joven y despreocupado, y te encuentras en una incertidumbre vital de grandes dimensiones, acumulando problemas emocionales, y muy perdido, en mitad de la nada y sin saber qué elegir ni adónde ir. El cineasta valenciano debutante Javier Artigas nos sumerge en una relato de aquí y ahora, que mucho tiene que ver con su edad y su tiempo, en el que nos habla casi en susurros, en un marco intimista sobre las rupturas emocionales de esos jóvenes que no lo son tanto, que han tomado caminos diferentes y ahora se sienten vacíos y vagabundos y extraños de su propia vida.

Artigas sitúa su película en un futuro no muy lejano, en el que los problemas inmigratorios han cambiado las sociedades creciendo enormemente la violencia de odio y discriminación, aupando a los gobiernos a fascistas, y el cambio climático ha hecho estragos en la vida cotidiana, donde ya no llueve, y la única estación existente es un verano tórrido y eterno. Valencia, con sus tradiciones de fiesta y fuegos, en mitad de las Fallas, se coloca como trasfondo de la acción, ya que la ciudad se encuentro sumida en un caos violento y de fuego, en este futuro distópico a la vuelta de la esquina, tan reconocible y doloroso. Artigas nos traslada lejos de la ciudad, lejos de todo ese caos social y emocional, para situarnos en un casa de pueblo, en un lugar casi fantasmal, en el que no se ven habitantes, en un sitio aislado donde las cuatro amigas y el hermano de una de ellas, pasarán un par de días envueltas en sus problemas y sus inquietudes emocionales.

Conoceremos a Palo, la instigadora de todo esta encerrona, que ayuda a su hermano menor, Toni, sometido a una relación tóxica, mientras ella intenta olvidar los errores del pasado, dejando atrás una relación compleja con su madre que los ha abandonado y la de un chico que la llevó por situaciones muy dolorosas. Virus, la fallera mayor, es una chica que necesita ser el centro de atención y el cariño de los demás, aunque su vida siempre ha estado dirigida por sus padres. Lena es una chica que es artista y se debate entre el consumo de drogas porque en el fondo no sabe qué hacer con su vida y qué desea realmente. Y finalmente, Sandy, inmigrante que arrastra el dolor de un ataque que acabó con sus padres. Mujeres jóvenes encerradas que huyen de una sociedad sumida en el caos y la violencia, mientras ella se encuentran perdidas y a la deriva, yendo de un lado a otro sin ningún anhelo de vivir y ser de otra manera, arrastradas por esa desazón vital y destructora de su entorno social.

Quizás, la mejor virtud de Artigas sea su modestia y sencillez, en una película low cost, centrada en sus personajes y relaciones, rodada con un equipo artístico, en el que destacan las interpretaciones sobrias y contendidas, apoyadas en las miradas y gestos sencillos de este plantel joven y natural de Laura Salcedo, Azucena Abril, María Asensi, Érica Molina y Mauro Cervera Just, y técnico debutante, en el que la casa de pueblo aislada de todos y todo, resulta la mejor evidencia de ese lugar lejos de todo donde las amigas de entonces pueden tener el tiempo preciso y el reposo necesario para hablar, desnudarse emocionalmente y sentirse liberadas de esas condenas que las han sumido en la desesperación vital en la que se encuentran, quizás, no resuelvan todos sus problemas internos ese par de días, pero puede ser el comienzo de ver sus vidas de otra forma, siendo más libres, más decididas y sobre todo, coger las riendas de su existencia siendo ellas mismas y olvidando los errores y las situaciones amargas que arrastran del pasado.

Artigas nos habla de esa idea de incertidumbre y dolor emocional de tantos jóvenes de ahora, perdidos en su vida, caminando sin rumbo, a la deriva, siguiendo a otros autores como Jonás Trueba, Carlos Marques-Marcet, entre otros, o a Roberto Bueso en La banda, otra película del buen estado de la cinematografía valenciana producida con bajo presupuesto. Lejos del fuego nos recuerda en muchos aspectos a El unicornio, de Louis Malle, una distopía en el que una joven se alejaba de esa sociedad en una guerra fratricida entre hombre y mujeres, y acaba en una casa aislada rodeada de personajes extraños. En el fondo, Artigas nos viene a decir que en momentos vitales extraños y perdidos, sea buena idea llamar a esas amistades que hace demasiado que no vemos, como nos canta La Bien Querida en su temazo Poderes extraños, la melodía que también nos habla del estado emocional que sienten las amigas, esas amistades perdidas que siempre están ahí aunque ahora nos hayamos olvidado de eso, porque siempre nos ayudarán a compartir soledades y sobre todo, a sentirnos mejor, aunque sólo sean un par de días, o incluso muchos más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Maleïda 1882, de Albert Naudín

EL POETA, SU TIEMPO Y LA MONTAÑA.

“El cor de l’home és una mar, tot l’univers no l’ompliria”

Jacint Verdaguer

La figura de Jacint Verdaguer (1845-1902) sacerdote y poeta romántico, figura esencial del movimiento literario “Reinaxença” y considerado por muchos el fundador de la literatura moderna, se convierte en el centro de la acción de la película, para detenerse en el verano de 1882, porque durante el mes de julio recorrió solo o en compañía, el poeta recorrió una ruta extensa por el Pirineo catalán con el objetivo de alcanzar la cima del Aneto, conocida por entonces como la montaña más alta de Cataluña, popularmente llamada como la “Maleïda”, un viaje que le inspiró para escribir su poema más conocido Canigó. El director Albert Naudín, de profesión ingeniero y apasionado de la montaña y el alpinismo, y de oficio, cineasta, en el que ya ha dirigido algunas piezas sobre la montaña, su belleza, misterios y secretos, se lanza a sumergirnos en la aventura de Verdaguer construyendo una película hibrido entre la ficción y el documento, en la que nos sumerge en tres tiempos que conviven fusionando.

En el primero, Bernat Gasull, biólogo y escritor, conocedor de la figura y obra de Verdaguer, y autor de dos libros sobre su persona como Les ascencions de Verdaguer al Pirineu  y en el 2015, Maleïda, L’aventura de Jacint Verdaguer a l’Aneto sobre el ascenso del poeta al Aneto, y germen de la película. Gasull adopta la figura de narrador omnipresente, como ocurría en la obra shakesperiana, en el que mientras va recorriendo los lugares de la ruta del poeta nos va explicando la realidad que se vivía en el verano de 1882 y las posteriores vicisitudes históricas que han sufrido el paisaje. En el segundo, asistimos a una ficción en la cual vemos al poeta con sus acompañantes recorriendo los lugares de la montaña y los diferentes pueblos, relacionándose con sus gentes y costumbres, y el tercer tiempo, en que un inmenso y sobrio Lluís Soler interpreta al poeta en 1901, cuando a través de sus versos rememora la peripecia vivida casi veinte años atrás (en un pasaje que recuerda a la estructura de El nombre de la rosa, cuando un anciano Adso de Melk recordaba su aventura años atrás). Las diferentes realidades de aquel tiempo, finales del siglo XIX se mezclan de manera absorbente e hipnótica en este viaje, en esta aventura de alguien de su tiempo, pero contestatario, rebelde y de espíritu libre, que se lanzaba a los caminos a conocer, a visitar in situ su espacio y paisaje que luego plasmaba de forma tan poética y brillante en sus poemas y escritos.

La película nos muestra al hombre que había detrás del poeta, a alguien sencillo, a un ser humano lleno de vida, de experiencias y sabiduría, a alguien que amaba su tierra y sus gentes, y una gran conocedor de su entorno y del carácter humano, de todo aquello que a simple vista se nos escapa, con una inmensa capacidad para el verso y la poética, para ver más allá, para mostrarnos las entrañas de aquello que se nos escapa, de hacernos sentir el latido del paisaje y de la montaña como si viviera en nuestro interior, a alguien apasionado, con unas inmensas ganas de vivir, de mirar y sentir la vida y la naturaleza que lo rodeaba. La película que apenas llega a la hora de metraje, tiene la virtud de condensar una apabullante información, tanto histórica como social, imponiendo un ritmo ágil y ameno, llevándonos de un tiempo a otro, dejándonos tiempo para abrumarnos con la belleza plástica de sus imágenes sobrevolando las montañas y el paisaje bello, angosto y difícil  que se alza ante nosotros, sorprendidos por sus historias, sus huellas del pasado, sus laberínticos caminos, sus enormes dificultades, el riesgo que conllevaba cruzar ciertos caminos y montañas, pasando de la belleza al peligro, dejándonos llevar por este camino a la vera del poeta, del conocedor de las palabras, del alma de la naturaleza y el espíritu de la montaña, complejo y bello a la vez, un órgano majestuoso y peligroso que se alza imponente ante la mirada de Verdaguer y de nosotros, mostrando todo su ser y magnificencia.

Naudín combina de forma natural y estupenda todos los elementos, creando ese espacio de cine, vida, naturaleza y poesía que casa a las mil maravillas, escarbando cada lugar y su memoria de forma íntima y profunda, y seduciéndonos con los momentos con el actor Lluís Soler, donde la película  se eleva con la brillante y sublime presencia del intérprete, construyendo un espacio donde la vida y la poesía se funden de forma magistral, acompañada de esa voz sobria y magnífica con la que va recitando los versos de Verdaguer, mostrándose como un especialista en la materia, dejándonos saciados de sabiduría, tiempo, memoria y esplendor por la belleza de las palabras, y de su inabarcable contenido. Una película que no solo gustará a todos aquellos amantes de la poesía y la literatura de Verdaguer, sino que también maravillará a todos aquellos que aman el cine, la literatura, la aventura, la naturaleza y sobre todo, la capacidad inmensa del lenguaje como herramienta fundamental para la transmisión del conocimiento y del alma de las cosas, objetos y materias. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/334543089″>Tr&agrave;iler Oficial (v.2) – MALE&Iuml;DA 1882</a> from <a href=»https://vimeo.com/filmexplora»>FilmeXplora</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Los días que vendrán, de Carlos Marques-Marcet

TRES VIDAS INCIERTAS.

En el universo cinematográfico de Carlos Marques-Marcet (Barcelona, 1983) abundan los personajes entre dos mundos, situados en un espacio de incertidumbre que los agobia profundamente, individuos que creen tener las situaciones bajo control, o al menos eso les gusta pensar, porque cuando estalla el conflicto en el interior de la pareja, toda esa paz y tranquilidad que parecía reinar, estalla en mil pedazos, provocando todos los conflictos habidos y por haber, convirtiendo sus espacios en lugares llenos de caos, desesperación y emocionalmente llenos de dudas y discusiones, llenando sus existencias de laberintos sin entrada ni salida posible, al menos, por el momento. Es un cine de nuestro tiempo, de aquí y ahora, pero universal y atemporal, centrado en los jóvenes de ahora, de sus vidas y no vidas, de las que viven y las que dejan por vivir, que habla de la intimidad de la pareja, de los sueños personales, tanto profesionales como emocionales, y sobre todo, de todos esos conflictos que se instalan en el seno de un amor que no parece tan irrompible, sujeto a demasiadas derivas emocionales y sobre todo, a demasiadas circunstancias motivadas por la incertidumbre laboral. Un cine que habla de los tiempos actuales, pero que se centra en las emociones de los personajes, convertidos en robinsones crusoe extraviados en sus emociones y sus innumerables dudas, tanto existenciales como todas las demás.

En su opera prima, 10.000 KM (2014) Marques-Marcet nos contaba los conflictos de una relación a distancia. En la siguiente película, Tierra firme (2017) nos hablaba de una relación sentimental entre dos mujeres y el conflicto que generaba la idea de tener un hijo. En Los días que vendrán, ya no existe esa idea de tener un hijo, sino que el hijo llega en forma de embarazo a las vidas de Vir y Luís, una pareja que llevan un año saliendo. Mientras la pareja espera esa vida, que después de bastantes dudas deciden tirar palante, se enfrentan a las vidas propias, que la noticia del embarazo, ha hecho tambalear y de qué manera, el presente ha dejado pasó de un plumazo al futuro, a ese futuro incierto que les llena de miedos e inseguridades, tanto a ellos como a su relación de pareja. El director barcelonés aprovecha el embarazo real de dos de sus amigos, María Rodríguez Soto y David Verdaguer (que parece en las tres películas del director) magníficos en sus roles, redescubriéndonos constantemente a sus personajes y sus derivas emocionales, para contarnos ese tiempo incierto y lleno de dudas del embarazo, en el que la vida íntima de pareja y cotidianidad, deja paso a estar “embarazados”, a todos los cambios, tanto físicos como emocionales a los que deberán enfrentarse, a este espacio incierto en el que se irán convirtiendo en tres, un tiempo de espera de Zoe, nombre que pondrán a la nueva vida que está creciendo en la barriga de Vir.

Muchas vidas cruzadas nos relatan en el guión firmado por el propio director, Clara Roquet (que vuelve a trabar con Marques-Marcet, después del paréntesis de Tierra firme) y Coral Cruz (coguionista de Agustí Villaronga, entre otros) a saber, la de Vir y Luis, los personajes que dan vida los intérpretes Verdaguer y Rodríguez, los citados actores que también están viviendo su embarazo real, y por último, el maravilloso juego entre ficción y documento que establece el director cuando estos personajes interactúan con personas reales de su entorno más próximo, como los padres y hermano de María Rodríguez, con ese momento intensísimo y magnífico con la grabación de vhs, donde vida y cine se fusionan de forma increíble, casi en una vuelta del skype que aparecía en 10.000 KM, o los amigos de David Verdaguer, en esos instantes donde el cine y lo contado alcanza un espacio de limbo, donde la vida real y la ficción consiguen mezclarse de manera natural y muy íntima. El cineasta catalán nos ofrece la última de una especie de trilogía improvisada, donde habla de todos nosotros, de aquello que somos y lo que dejamos de ser, donde construye un interesando y brutal puzle de imágenes llenas de vida, muy orgánica, una especie de diario filmado de un embarazo, con sus pros y contras, con la vida escapándose a cada rato y dejándonos del revés.

Una película intimista y vital, la mejor de sus películas, por su belleza y tristeza, por la intensidad e intimidad de sus imágenes tan llenas de vida, y con todo lo que ella conlleva, que a veces resulta bella, mágica, triste, rota, herida, confusa, vacía o llena de risas tontas, de lágrimas espontáneas, de polvos rápidos o llenos de amor, de momentos recordados y otros, olvidados, con situaciones cómicas, como ese instante en el que deciden el nombre de la criatura que vendrá, y otras, duras, donde la discusión alcanza lo más oscuro y profundo de cada uno de nosotros, de palabras arrepentidas, de palabras que cuentan y otras, que confunden más, con ese aroma del «Free Cinema», con películas de un tiempo y una juventud como Sábado tarde, omingo mañana, Un sabor a miel El ingenuo salvaje, entre otras, o las comedias agridulces de Linklater con Delpy y Hawke, cine cercano y realista,  porque lo que nos viene a decir Marques-Marcet es que la vida era esto, no lo que nos habían contado o lo que nosotros a partir de eso hemos imaginado, la vida era todo lo que sentimos, mezclado y fusionado, en el que por momentos lo tenemos claro o más o menos, y en otros, somos un mar de dudas, incertidumbres y miedos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA