La caza, de Graig Zobel

LA LIEBRE Y LA TORTUGA.

“(…) es una historia de luchas de clases, de luchas entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, a tono con las diferentes fases del proceso social, hasta llegar a la fase presente, en que la clase explotada y oprimida -el proletariado- no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime -de la burguesía- sin emancipar para siempre a la sociedad entera de la opresión, la explotación y las luchas de clases.“

Karl Marx, libro Manifiesto del Partido Comunista

En uno de los episodios de El colapso, del colectivo Les Parasites, una de las series del momento, uno de los personajes, pudientes como él solo, en mitad del derrumbe, cogía un avión y se trasladaba a una de esas islas-refugio que tienen los privilegiados para casos como el que explica la serie, uno de esos lugares ocultos, que no existen, como nos descubrió Isaki Lacuesta e Isa Campo en su imprescindible exposición Lugares que no existen (GooggleEarth 1.0). Uno de esos lugares ocultos, donde los millonarios se ocultan y hacen sus “cosas”, ajenos a todos y todo, es el espacio donde se dirime La caza, el nuevo trabajo de Graig Zobel (Nueva York, EE.UU., 1975), que sigue esa línea argumental que ya estaba en sus anterior filmes como Compliance (2012) o en Z for Zacharich (2015), en los que mujeres solas deben enfrentarse a amenazas desconocidas que las superan.

Ahora, se detiene en la figura de Crystal, una auténtica amazona, que al igual, que otros desgraciados, ha sido secuestrado y transportado a uno de esos lugares que no existen, y utilizados como alimañas para ser cazadas por un grupo de pudientes aburridos, malvados y sanguinarios. Aunque con Crystal no les resultará tan fácil y deberán emplearse a fondo para conseguir su macabro objetivo. El cineasta estadounidense se plantea su película como un western actual, pero con la misma estructura que podían tener los de Ford, Hawks, Peckinpah o Leone, o la inolvidable La caza (1965), en la que Carlos Saura, lanzaba una parábola brillante sobre la guerra civil, entre cazadores y conejos. Miradas y lecturas políticas y sociales envueltas en un grupo de violentos dando caza a unas cobayas que solo están ahí para satisfacer su sed de sangre y codicia, aunque claro está, como ocurría en Perseguido (1987), de Paul Michael Glaser, en la que un acorralado  Schwarzenegger no resultaba una presa fácil, y se convertía en algo así como en cazador muy peligroso, como sucede con Crystal, que no solo se erigirá como la más fuerte del grupo de asustadas cobayas, sino que se enfrentará con rabia y energía a sus cazadores.

Zobel se ha reunido con parte de sus estrechos colaboradores que lo han ido acompañando a lo largo de su filmografía, tanto en cine como en televisión, empezando por el guión que firman Nick Cuse y Damon Lindelof, que ya estuvieron en The Leftlovers, donde Zobel trabajó dirigiendo algunos capítulos, siguiendo con Darran Tiernan, su cinematógrafo, que también ha estado en varias series como American Gods o One Dollar, con Zobel como director, o Jane Rizzo, la montadora de todas las películas del realizador americano. Zobel crea un atmósfera inquietante y ambigua, donde todos mienten, donde todo el espacio está diseñado y urdido para que parezca otra cosa, para estimular la caza, y sobre todo, para confundir a los cazados, que se mueven en un universo real y cotidiano, pero a la vez, irreal y confuso, uno de esos lugares que aparentan cotidianidad y cercanía, pero que encierran mundos y submundos muy terroríficos y completamente falsos, ideados por mentes enfermas y muy peligrosas, que juegan a la muerte con sus semejantes, eso sí, diferentes y sin blanca, sin ningún tipo de humanidad y empatía.

La cinta tiene un ritmo frenético y endiablado, manejando bien el tempo y sabiendo situar al espectador en el punto de mira, colocándolo en una situación de privilegio y sobre todo, haciéndolo participe en la misma extrañeza y caos en el que se encuentran inmersos los participantes incautos de este juego mortal, después de un soberbio y bien jugado prólogo en el que la película nos sorprende gratamente, donde la supervivencia se decanta en milésimas de segundo, donde la vida y al muerte se confunden en mitad de un infierno de tiros en mitad de la nada, donde la vida pende de un hilo muy fino, casi transparente, invisible. Después de esa apertura magistral, nos colocaremos en la mirada de Crystal, esa superviviente que no dejará que la cojan con facilidad, alguien capaz de todo y alguien que nada tiene que perder, y alguien que venderá su vida carísima. Una mujer de batalla, de guerra, que habla poco, escucha más, y se mueve sigilosamente, curtida en mil batallas y preparada para cualquier eventualidad y ataque feroz.

Zobel nos va encerrando en este brutal y magnífico descenso a los infiernos, con algunas que tras mascaradas y desvíos que nos hacen dudar de casi todo, donde todos los personajes juegan su papel, el real y el simulado, todo para continuar con vida, que dadas las circunstancias, no es poco. La película nos conduce con paso firme y brillante, entre persecuciones, enfrentamientos y demás, a ese apoteósico final, con duelo incluido, como los mejores westerns, donde solo puede quedar uno, en el que se cerrarán todas las posibilidades, en ese instante que cualquier detalle resulta esencial para seguir respirando. Un reparto sobresaliente, entre los que destacan la conocida y siempre magnética Hilary Swank, aquí en un personaje que se llama Athenea, los más avispados sabrán su significado, y la maravillosa y soberbia Betty Gilpin como Crystal, que la habíamos visto en series como Nurse Jackie o Masters of Sex, y en American Gods, donde coincidió con Zobel, y en algunas breves apariciones en cine, tiene en La caza, su gran bautismo cinematográfico, erigiéndose como la gran revelación de la película, en un personaje de armas tomar, en una mujer, con rifle o pistola en mano, capaz de cualquier cosa para no dejarse matar, para sobrevivir en el infierno de cazadores y cazados (donde la fábula de La liebre y la tortuga, de Esopo, adquiere otro significado mucho más elocuente con lo que cuenta la película), o si quieren llamarlo de otra manera, y quizás más acertada con la organización del mundo que nos ha tocado vivir, en un mundo de explotadores y explotados, donde unos viven, sueñan y juegan a la muerte, y los otros, sobreviven, tienen pesadillas y sufren ese juego macabro y mortal. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

 

 

Fin de siglo, de Lucio Castro

EL AMOR Y EL TIEMPO.

 “Cinco minutos bastan para soñar toda una vida, así de relativo es el tiempo”

Mario Benedetti

La película arranca como esas películas de Rohmer en las cuales un personaje llega a una ciudad, en este caso Barcelona, se aloja en un piso, y callejea por sus calles, mirando a su alrededor, con tiempo para disfrutar de ese ambiente tranquilo, relajado y suave. Un prólogo en silencio, donde solo escuchamos el sonido de la cotidianidad del protagonista y la calle. Pero, pronto las cosas cambian, el visitante de nombre Ocho, se tropezará con Javi, y disfrutarán del sexo. Luego caminarán por la ciudad, por esa ciudad alejada de turistas, visitarán algún museo que otro, y divisarán la ciudad desde lo alto mientras comparten un queso y unos vinos, y además, hablarán de lo efímero de la existencia, los estados inciertos de cada uno y sus estados emocionales actuales. El director Lucio Castro (Buenos Aires, Argentina, 1975) después de una interesante trayectoria en el cortometraje, realiza una ópera prima repleta de hallazgos formales y visuales, contándonos varias películas dentro de una, con ese prólogo silencioso y enigmático, de un extranjero que llega a una ciudad que conoce, que desconocemos que hará y con quién se encontrará, casi como una película de misterio a la antigua usanza, luego, nos introduce en una historia de amor de chico conoce a chico, situándolo en un estilo cercano y sencillo, donde sus personajes hablan de la vida, de la existencia y demás, todo con un aire del aquí y ahora.

Aunque en un segundo bloque, el relato novedoso y peculiar, muy alejado de las típicas love story, nos traslada veinte años atrás, cuando Ocho y Javi se conocieron, mientras en otras circunstancias, y con el final de siglo, el 1999 a las puertas, donde los dos jóvenes tenían, como suele pasar, otras inquietudes profesionales y emocionales. A partir de ese instante, la película entra en otra dimensión, donde todo es posible, en que el tiempo y el espacio dejan de tener esa solidez tangible y se convierten en algo más nebuloso y especial, donde las cosas cambian de forma y estado, entre ese camino donde la película con tintes fantásticos, peor muy íntimos, conjuga a sus personajes y sus estados en otra cuestión, los lleva a convertirlos en otros, o simplemente, los introduce en esas vidas que no vivimos, en esos instantes que imaginamos peor que nunca vivimos o sí, porque el relato plantea una vida vivida o no, y aquella que vivimos o no, lanzando caminos abiertos que quizás caminemos alguna vez o quizás ya los hemos caminado en sueños.

Castro convierte su película en un relato romántico con ese aroma de la trilogía de Linklater con Hawke y Delpy, y esas derivas emocionales de una pareja a lo largo de su relación, o los universos reales e imaginarios de Gondry o Charlie Kaufman, mezclado con ese tipo de películas queer al estilo de Weekend, La herida o 120 pulsaciones por minuto, donde hay situaciones y personajes veraces, íntimos y actuales. El argentino Juan Barberini y el catalán Ramón Pujol  se meten en la piel de dos personajes sinceros y cercanos  que encarnan a la perfección la naturalidad y la complejidad de sus roles, y dándolo todo en las secuencias de sexo, mostrando su capacidad para mostrar esa relación fugaz o no, donde hay tiempo para la intimidad más sexual y pasional. Y Mía Maestro, la interesante actriz argentina, aquí da vida a uno de esos personajes que actúan como punto de inflexión para el devenir de los personajes principales, convirtiéndose en una especie de nexo común con los relatos que experimentan Ocho y Javi.

Una película alejada de estereotipos y corrientes del momento, centrada en saborear como una dulce brisa de primavera todo aquello que nos cuenta, en un marco sencillo y evocador, que se aleja de esa Barcelona asfixiada por el turismo invasor, yéndose a otros lugares más mágicos y naturales como el jardín botánico o el museos, como ese gran instante que viven los dos protagonistas que frente a un cuadro sobre una batalla, ocho explica que cuántos relatos de personas le hicieron falta al pintor para mostrar una batalla que no vivió. Una cinta pequeña pero emocionante, que se ve y experimenta desde diferentes tipos de miradas, que sabe captar ese tiempo incierto donde todavía andamos perdidos, andamos sin rumbo, donde todavía no sabemos qué hacer y sobre todo, nos inquieta que será de nuestras vidas, de todas aquellas personas que pasarán por nuestras vidas, algunas se quedarán, pocas, y las demás se irán para siempre o no, del amor fugaz o aquel que aguantará algo más, de las idas y venidas vitales, emocionales y sentimentales, de quiénes somos y sobre todo, que será de nosotros, de todas esas decisiones que decidirán nuestras existencias. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las altas presiones, de Ángel Santos

372539EL PAISAJE ANÍMICO

La película arranca con un joven grabando con una cámara de vídeo lugares abandonados, espacios que fueron, pero que ya no son, lugares que pertenecen a otro momento, a otro instante. Miguel, que así es como se llama el joven, registra esos espacios para futuras localizaciones de una película. Un personaje que se tornará guía omnipresente de este cuento sencillo y honesto, un hermosísimo relato que nos habla de las derivas emocionales de este tiempo nuestro que vivimos, un tiempo de incertidumbre, de tránsito, de no saber a dónde ir, ni que hacer, un tiempo detenido, sin identificación, quizás un tiempo que nos conducirá a un lugar desconocido o tal vez a un lugar que conocemos pero que ya no es el nuestro. Ángel Santos (Pontevedra, 1976) se enfunda en su segundo título, el primero Dos fragmentos/Eva (2012), en algunos caminos ya transitados en su primer largo, (con Miguel Gil en la escritura, y Fernando Franco, director de La herida, en tareas de montaje), recogiendo las vidas de unos jóvenes que se sienten perdidos, que abrazan con nostalgia, un tiempo y unos recuerdos, que ya no son, cómo si pertenecieran a otro. Miguel se siente así, trabaja para el cine, pero no le satisface el empleo, filma imágenes para otro, imágenes que el mismo ya no reconoce, aun habiendo sido de ese lugar.

La cinta de Santos aborda la crisis, pero sin hablar de ella, sino del estado de ánimo que erosiona en cada uno de los personajes, ese aliento voraz sumergido en el interior de cada uno, ese tiempo sin tiempo, ese deambular por lugares fantasmagóricos con amigos de otro tiempo, personas que tomaron otro rumbo, otros caminos, que cuesta reconocer, que no son lo que eran. La trama es escueta, Miguel vuelve a su ciudad, y se reencuentra con sus amigos que han ido haciendo sus vidas con desigual suerte, pero también se enfrenta  a sus paisajes, a lo que recuerda, que se han convertido en espacios vacíos, olvidados, sin vida, donde los recuerdos se desvanecen. Miguel intenta vanamente recuperar a la que fue su novia, lo que fue su entorno, quizás el encuentro con Alicia le haga cambiar ciertas cosas de su vida, de ese tiempo perdido y de alguna manera intenta recobrar, aunque sea de una manera tímida y poco decidida. Santos nos habla en voz baja, susurrándonos, en esta bellísima pieza de cámara, nos interpela a nosotros, nos relata la decepción y la frustración de muchos de ahora, a través del cine y el amor, que emergen en elementos que laten de manera profunda e inquieta. Una película sin música extradiegética, donde el paisaje y el sonido se convierten en capas que envuelven a los personajes dotándolos de una lectura invisible pero fácilmente reconocible. El film se nutre de las fábulas rohmerianas, de los cuentos agudos y viscerales de Hong Sang-Soo, del aroma que recorría a aquellos cineastas españoles de la transición, como Martínez-Lázaro, García Sánchez o Trueba… y del cine español contemporáneo, un cine parido con pocos recursos, pero formalmente ambicioso, que cuenta mucho de ese estado de ánimo latente y herido de los jóvenes de ahora.

Entrevista a Meritxell Soler

Entrevista a Meritxell Soler, directora de “Movie”. El encuentro tuvo lugar el Lunes 24 de noviembre en Barcelona, en las plazas Sant Felip Neri y Del Rei, en el marco de la XXI L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Meritxell soler, por su tiempo y sabiduría, a L’Alternativa y La Costa comunicación, por su generosidad y paciencia, a Pau Pérez, autor de la edición, por su trabajo y complicidad, y a Julián Vázquez, compañero y socio de Meritxell, que es el autor de la fotografía que ilustra esta publicación.

Equí y n’otru tiempu, de Ramón Lluís Bande

equi3El espíritu de la memoria

Ramón Lluís Bande (Xixón, 1972) de amplia experiencia como escritor y realizador audiovisual, se propuso para este trabajo el reto de afrontar la memoria desde la actualidad, huyendo del documento para parir un monumento, un espacio de recuerdo para todos aquellos combatientes guerrilleros que, durante los meses de octubre de 1937 y noviembre de 1952, resistieron combatiendo el franquismo desde los montes asturianos. Bande nos sumerge en una obra contundente, que nos agarra desde el primer minuto, sumergiéndonos en un viaje hacía aquellos lugares olvidados donde perecieron los guerrilleros. Su película se estructura en tres partes o movimientos, un prólogo, donde nos muestra las fotografías de uno de los grupos de maquis más activos, unas imágenes tomadas por Constantino Suárez, que han sido rescatadas del olvido. Luego se adentra en el tronco de su discurso, un texto en asturiano sobre impresionado se apodera de un fondo negro, en el que podemos leer los nombres de los guerrilleros asesinados, y la fecha y el lugar de lo ocurrido, el sonido ambiente invade el cuadro, corte al espacio, los lugares, vacíos, desnudos, ausentes de gente, esos lugares que vieron por última vez estos hombres: fachadas de casas, plazas, caminos, claros del bosque, faldas de montaña, orillas de río… así hasta 34 sitios de la memoria, un recorrido ceremonioso donde se recupera el testimonio de los que ya no están y se invoca el espíritu de los ausentes. El realizador lo muestra a través de un plano fijo que se mantiene durante un minuto y cinco segundos como respeto a los difuntos. Su epílogo se compone de una pantalla fundida en negro, mientras escuchamos una canción popular donde una mujer nos canta evocando la lucha de aquellos guerrilleros. Bande se despoja de todo artificio cinematográfico, su película está narrada a tumba abierta, sin dilaciones ni subrayados, su tono es directo y sincero, su estructura rocosa y contundente que no deja tiempo a despistes ni vericuetos, nos muestra el camino y nos coge de la mano en esta mirada profunda y reflexiva a un tiempo de barbarie donde la sinrazón fascista acabó con toda una generación y unos hombres que se vieron desplazados y asesinados por defender la libertad. El cineasta asturiano cuida con delicadeza una forma que se funde magníficamente con el contenido político del relato. Tanto una como la otra, se desplazan por la misma vía, ejerciendo el equilibrio íntimo y perfecto que desprende toda la película. Su discurso y planteamientos no andarían muy lejos de las obras de Patricio Gúzman y Claude Lanzmann, otros maravillosos cineastas que también se han planteado la recuperación de la memoria histórica a través del presente, a través de ejemplares ejercicios que, además de desenterrar las imágenes y los lugares, se han preocupado por la forma que han empleado para contarlas. Bande ha hecho un hermosísimo y brutal poema funerario sobre el tiempo y la materia, que además se revela como una de las obras más intensas, profundas, necesarias y magnífica que se han filmado en este país sobre la memoria de los guerrilleros antifranquistas.