Los tigres, de Alberto Rodríguez

LOS DE DEBAJO DEL AGUA. 

“Yo sé que hacer debajo del agua, fuera no sé”. 

Desde sus dos primeras películas, compartidas con Santi Amodeo, el universo de Alberto Rodríguez (Sevilla, 1971), ya situaba el paisaje como el centro de la acción. Un paisaje que contribuía a deformar e intensificar la condición social y económica de los respectivos personajes. Con la entrada del guionista Rafael Cobos, a partir de 7 vírgenes (2005), ese elemento se intensificó mucho más, sobre todo, en películas como Grupo 7 (2012) y La isla mínima (2014), en que la Sevilla urbana y rural, no sólo condicionan el devenir de los personajes, sino que eran parte esencial para contar lo que se contaba y las circunstancias que rodeaban semejantes espacios como los barrios periféricos llenos callejuelas y viviendas laberínticas en una, y en otras, las inmensas e infinitas marismas del Guadalquivir que ahogaban a todo aquel que se creía invencible. Con Los tigres vuelve a situarnos en un paisaje inmenso, hostil y nada complaciente que ya no está en la superficie, sino debajo del agua, un paisaje aún más si cabe, más inhóspito, invisible y muy oscuro. Un paisaje apoyado por una serie de personajes, encabezados por Antonio, apodado como “El Tigre”, todo un experto en la materia.  

El tal Antonio, el tigre del título, es un tipo como los que tanto le gustaba retratar a los Fuller, Peckinpah y Hellman. Almas rotas, derrotadas y cansadas, que la vida les estaba reservada el último cartucho o la última vez, esperando una fortuna para salir del atolladero que se han cavado. Antonio es muy bueno debajo del agua, como espeta en un momento, pero fuera de ella es un completo desastre: adicto al juego, a la bebida, y un ex que no cumple con lo suyo y un padre a ratos. A su lado, un personaje de esos que llenan cada momento, Estrella, su hermana, también buzo como él, herencia de un padre que fue poco padre. Ella, a diferencia de su hermano mayor, piensa más las cosas aunque le cuesta hacerse valer. Eso sí, actúa como un escudero de su hermano aunque él no lo aprecie. Una pareja de personajes potentes y humanos, muy de la casa de Rodríguez-Cobos, en qué paisaje físico y humano se entrelazan en policíacos muy sociales, como se hacían antes, con el mejor aroma de los Lang, Hawks y Melville. Con ese tono pausado y muy emocional, donde lo físico se sumerge bajo el agua, en ese territorio poco visible y  altamente peligroso. 

Otra de las características esenciales del cine del director sevillano es su complicidad con un grupo nutrido de técnicos que le han acompañado desde sus primeras películas como el director de arte Pepe Domínguez del Olmo, el figurinista Fernando García, el sonidista Daniel de Zayas, entre otros, a los que añadimos los cabezas de serie como el cinematógrafo Pau Esteve Birba que, después de la serie La peste, vuelve a una película de Rodríguez aportando una luz brillante de esa Andalucía portuaria de grandes escenarios fusionada con unos interiores cortantes y las sombras de debajo del agua. Otro grande de la factoría sevillana es el músico Julio de la Rosa, nueve trabajos juntos, añade esa composición rasgada que traspasa a los protagonistas, dando ese toque que mezcla lo natural con lo oscuro, que también mantiene el tono de la compleja atmósfera del film. El montador José M. G. Moyano sería como el verdadero pilar de Rodríguez porque ha estado en todas sus 9 películas y 2 series, un verdadero aliado en sus obras, ya que siempre impone un toque de distinción a las cintas, con ese ritmo reposado, de miradas y gestos, de rostros vividos y rostros en silencio, donde la acción está al servicio de una trama de personas de almas quebradas con ritmos que encogen el alma como en Los tigres en sus 106 minutos de metraje que nos devuelven al cine de verdad, del que cuenta historias cercanas con personajes de carne y hueso. 

Los intérpretes de las películas de Alberto Rodríguez siempre brillan porque deben dar vida y conflictos a seres complejos que hacen cosas bien y cosas mal, como el Antonio de ésta, el “Tigre”, que vuelve al universo del director sevillano después de Rafael, el poli expeditivo a lo Boorman de A quemarropa, que encarna en la citada Grupo 7. Ahora, en la piel de un buzo que trabaja arreglando problemas de petroleras en alta mar, y un día encuentra un paquete que le puede solucionar sus problemas. Lo demás deberán averiguarlo en los cines. A su lado, Bárbara Lennie como Estrella, la hermana a la sombra que es mucho más de lo que parece, una alma que quiere huir o simplemente, cambiar de vida, que buena falta le hace. Lennie demuestra una vez más lo potente que es haciendo de una mujer que mira mucho y habla nada, consiguiendo expresarlo todo sin decir ni mú. Como ocurre en el cine del realizador andaluz, el resto del reparto brilla, que parecen la cuadrilla de Wild Bunch de Peckinpack como Joaquín Núñez siendo El Gordo, Jesús del Moral, César Vicente y Skone, y la presencia de Silvia Costa como ex de Antonio, y la breve pero estimulante de la actriz gallega Melania Cruz.  

Entre la avalancha de estrenos en el que estamos, espero que una película como Los tigres tenga su audiencia, porque el espectador seguidor del cine de Alberto Rodríguez se encontrará con un cine hecho de materia humana, con personajes de los que nos encontramos a diario en nuestra cotidianidad, y no lo digo por decir, porque la película transmite toda la historia de cada uno de ellos, consiguiendo expresar toda esa amalgama de emociones y sentimientos que nos sacude el alma. Rodríguez es uno de nuestros grandes fabuladores de historias, en el que conoce con claridad su entorno y lo muestra con todo su esplendor y miseria, mostrándonos todos sus lados, los que brillan y los que oscurecen, y no lo hace desde la condescendencia, sino que nos lo enseña desde los seres que lo habitan, unos seres llenos de vida, o quizás, podríamos decir, llenos de ilusiones, porque al fin y al cabo que es vivir sino tener ilusiones por seguir haciendo lo que hacemos diariamente. Antonio y Estrella lo saben, o quizás, haya llegado el momento de salir del agua y ver otros horizontes, viviendo el presente que hay que enfrentar y no ese pasado que hemos inventado a los demás y sobre todo, a nosotros mismos para no hundirnos del todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Parthenope, de Paolo Sorrentino

LA SIRENA DE NÁPOLES. 

“La ficción es arte y el arte es el triunfo sobre el caos… para celebrar el mundo en donde las mentiras se extienden a nuestro alrededor como un sueño desconcertante y estupendo.”

John Cheever

La primera imagen de Parthenope, de Paolo Sorrentino (Nápoles, 1970), vemos emerger de las aguas a una recién nacida, la Parthenope del título que tiene su origen en la sirena de la mitología griega que dio nombre a una ciudad donde más tarde se asentó Napoli. Una imagen reveladora y crucial para el desarrollo de la existencia de la joven en aquel lejano de 1950. Una mujer, la primera vez que en el cine del realizador italiano el protagonismo se lo lleva una mujer, vivirá una juventud infinita y llena de pasión y deseo, incluso algo de amor en los veranos de los sesenta, cuando la vida y la historia parecían que iban a cambiar o al menos, encaminarse a una sociedad menos idiota. Somos testigos de la vida de una joven que vive con intensidad, enamorada de la filosofía, del Nápoles límbico, es decir, aquella ciudad inexistente, perdida entre dos mundos, entre dos atmósferas, entre dos lugares. Una joven que ama y que no ama, que quiere y no quiere, rendida a un sinfín de dudas, reflexiones y sobre todo, en una constante huida hacia todo y nada. 

De los 12 títulos de Sorrentino, solamente ha dedicado tres a su Napoli natal. Su primera película L’uomo in piú (2001), ambientada en los ochenta, en los tiempos de Maradona en el calcio, como su anterior película Fue la mano de Dios (2021), que tiene mucho que ver con esta última, porque el protagonista también es un joven, un joven buscándose, intentando agarrarse a algo de la vida, a alguna cosa que le dé ese plus de ilusión aunque no sea del todo completa. El Nápoles que retrata el director italiano es una ciudad de contrastes, tan llena de vida como de muerte, tan fascinante como aburrida, tan nostálgica como decrépita, tan bella como fea, tan triste como alegre. Una ciudad vista por Parthenope, una protagonista y su familia, siempre la prole tan presente en el cine del napolitano, donde el mar que la rodea es un personaje más como lo son las ruinas de su historia, las calles empedradas, y las luces de las noches que parecen no terminarse nunca. Pero, la ciudad que filma  Sorrentino es un caleidoscópico de muchas cosas, donde el tiempo se ha desvanecido, donde los personajes están atrapados en sus realidades y ensoñaciones que parecen tan reales como mentiras. Un universo lleno de vida y de muerte a la vez. Un cine que inevitablemente recuerda al de Fellini y en cierta manera, la que nos ocupa se mira en Y la nave va (1983), aquella que unos familiares y amigos emprenden un viaje a bordo de un barco con los restos mortales de una famosa cantante de ópera. Porque la película de Sorrentino también es un viaje físico, emocional y onírico de alguien por una ciudad y sus fantasmas presentes y ausentes. 

El guionista Umberto Contarello, que ha hecho seis películas con Sorrentino, que vuelve después de la serie The Young Pope, ayuda a crear la fauna sorrentiana plegada de caballeros quijotescos como el Titta de Girolamo de Las consecuencias del amor (2004), el Andreotti de Il divo (2008), el Jep Gardambella de La gran belleza (2013), los carcamales de La juventud (2015), el Berlusconi de las tres películas dedicadas. Aquí hay algunos como el enorme armador de impoluto traje blanco, el escritor John Cheever y su deambular por Capri, el viejo profesor tan amargado como vacío y el cardenal vicioso y extravagante. Todos ellos son hombres que tuvieron su tiempo, un tiempo ya olvidado, un tiempo impregnado en las sombras de una ciudad o una fiesta o en una mañana de domingo sin nada que hacer. Una vejez que se mueve entre vagos recuerdos, entre momias y lugares que ya no están. Una vejez que contrasta en estas dos últimas películas con una juventud, tan perdida como la vejez, que ansía escribir su propia historia en un mundo que se cae a pedazos donde ambos llegan a las misma conclusiones. Sorrentino nos habla siempre del pasado, como si ese pasado tuviera más futuro que el presente de ahora. El Nápoles de los ochenta con Maradona jugando en el equipo de la ciudad, es retratado por el director como su momento, aquel en que siendo adolescente se erigía como alguien capaz de todo que huye a Roma como el protagonista de su película.

Las películas de Sorrentino son oro puro en la planificación y el encuadre, con unas imágenes que nacen para perdurar, para mostrar lo que vemos y lo que no, unas poderosas e hipnóticas imágenes tan bellas como tristes. Para esta película vuelve a contar con Daria D’Antonio, que ya hizo Fue la mano de Dios y 6 cortos con el director, y usa el aspecto de 2.39:1 en 35 mm anamórfico en panavision que ayuda a no sólo ver el esplendor y la tristeza de Napoli y sus personajes sino que ayuda a que los espectadores entremos en cada plano y paseemos por estos lugares y no lugares, por esas fortalezas y palacios tan cercanos como alejados. El montaje de Cristiano Travaglioli, nueve títulos juntos, ayuda a manejar con soltura y transparencia y detalle los 136 minutos de un metraje que se desliza suave ante nuestras miradas, capturando el universo tan íntimo y ausente que retrata con sabiduría la no trama de la película. La música de Lele Parchitelli, seis películas juntos, amén de los temas populares, ayudan a crear esa atmósfera de fábula y documento y ficción a la vez, en un hermoso cruce de tonos, texturas y miradas y gestos que van de aquí para allá, creando ese espacio cinematográfico tan Sorrentino donde todo es posible, en que todo se mezcla y fusiona generando esos infinitos mundos dentro de este y más allá, en unos continuos viajes entre pasado y presente, sin necesidad de ningún alarde pirotécnico ni tramposo para darle mayor espectacularidad, aquí no hay nada de eso, la belleza se consigue con lo mínimo, un inteligente y profundo diálogo, una magnífica coreografía donde los intérpretes se mueven en el espacio y un fascinante juego de miradas y posiciones de luz que nos envuelve en un misterio alucinante. 

Como hizo en Fue la mano de Dios con el protagonismo de Filippo Scotti, la joven debutante Celeste Dalla Porta es la Parthenope del título. La joven irradia belleza y tristeza como los personajes de Sorrentino. La joven actriz transmite seguridad, naturalidad y sencillez en un personaje “Bigger than Life”, en una especie de salvadora de la ciudad o lo que queda de ella, testimonio de sus mejores años o los años donde se soñaba con otra cosa. Una mujer que deambula por una ciudad, que deambula por su vida, que deambula por sus amores, más interesada en lo intangible que lo terrenal, más deseosa de vivir la vida que de racionalizarla, metida en un intermedio donde todo cambia constantemente. Le acompañan Silvio Orlando que hace de viejo profesor tan brillante como triste, uno de esos personajes que tanto le gustan al cineasta italiano, porque lleva toda la vida en su rostro como uno de los cowboys de Peckinpah, ya cansado y frustrado por la vida y por su trabajo. Un maravilloso Gary Oldman es John Cheever en las mejores secuencias de la película en un hermosísimo diálogo de la futilidad de la existencia y del amor. Peppe Lanzetta que estuvo en la mencionada L’uomo in piú, es ahora un excéntrico y decrépito cardenal, pero no espectral aunque lo parezca, sino todavía con ganas de dar mucha guerra y erigirse como protagonista, parece salido de la cámara de Berlanga-Azcona y la maravillosa presencia de la gran Stefania Sandrelli. 

Una película como Parthenope nos invita a dejar los convencionalismos y prejuicios fuera de la sala, y digo esto, porque no pretendan encontrar en ella una parte racional sólo, porque la cinta tiene mucho más, entre otras cosas, es una gran carta de amor o lo que sea sobre Napoli, como la llamaría Sorrentino, a la ciudad donde creció, a la ciudad que lo vio partir, a la ciudad tan bella como triste, a la alegría y la desazón constante, tan llena de contrastes como el cine del italiano, que nos invita a ser testigos de este viaje por la Italia de los sesenta, donde todo parecía brillar con intensidad, donde el amor era una pasión devoradora, donde las ideas tenían significado, por aquellos sesenta tan convulsos y trágicos, y por los ochenta, menos divertidos y más tristes, y por último, o quizás decir esto en el cine de Sorrentino es un oxímoron, porque su cine parece siempre el final de algo y a la vez, el comienzo de ese mismo algo, en una suerte de contradicción constante como la vida, como el amor o las ideas que nos revolotean sin parar. Parthenope sigue la senda del cine de Sorrentino, donde hay espacio para reflexionar y profundizar sobre los temas de la existencia: el significado de vivir, el amor como deseo o trampa o mentira, el tiempo como espejo transformador o deformante, los lugares como sitios donde todo es posible y no pasa nada, llenos de personajes de verdad, de los que hablan desde el alma, tan seguros como inseguros, tan fuertes como vulnerables, tan bellos como tristes, tan vivos como muertos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El maestro que prometió el mar, de Patricia Font

EL MAESTRO QUE CREÍA EN LOS NIÑOS. 

“Porque vamos al sentido profundo de la libertad. Sentido vital. El papel rayado es pauta. La pauta es conducción. O lo que es igual, dejarse llevar. (…) El niño, para ser educado, necesita camino libre, trazarse por sí mismo la trayectoria de sus actividades. ¿Que con papel sin rayar el niño escribe torcido? Mejor. Un motivo más para mejorarse yendo derecho. Dejémosle”. 

Antonio Benaiges, maestro (1903-1936)

Conocía la historia del maestro Antonio Benaiges a través de la película El retratista (2015), un documental de Alberto Bougleux que recogía su experiencia pedagógica en la escuela rural de Bañuelos de Bureba, una pequeña aldea de Burgos en el curso escolar de 1935-36. Un hombre republicano que creía en la enseñanza como método para pensar por un mismo y ser más libre, a través de la técnica Freinet, a través de la imprenta con la que imprimían cuadernos sobre sus ideas, pensamientos y reflexiones como aquel en el que escribían sobre un mar que nunca habían visto. El periodista Francesc Escribano recuperó la memoria de Benaiges y escribió el libro El maestro que prometió el mar, que ahora ha convertido en guion Albert Val, que ha trabajado para Filmax y la productora Minoría Absoluta, en una película de ficción que nos devuelve la excelsa figura de Antonio Benaiges, una figura indispensable para conocer el inmenso alcance que significó el gobierno de la República en aquella España oscura, beata y tradicionalista. 

La película se mueve a partir de dos tiempos: el de 1935, con la llegada de Benaiges al pequeño pueblo en 1935, donde la alegría y el entusiasmo es un torrente desbordante en un pueblo anclado en los valores ancestrales, y en 2010, donde el silencio se ha impuesto en una familia, con otra llegada, la de Ariadna, nieta de Carlos, uno de los alumnos del maestro, que llega también al pueblo porque se está excavando una fosa donde pueden encontrarse los restos de Benaiges. Dos viajes, dos experiencias, la de ayer y la de hoy, que se funden en una sola, que se retroalimentan en que el pasado y el ahora que funcionan como espejo-reflejo de lo que somos es porque fuimos. La directora Patricia Font (Barcelona, 1978), de la que conocemos su cortometraje Café para llevar (2014), su ópera prima Gente que viene y bah (2019), y su trabajo en series como Citas y Les de l’hoquei, firma una película muy emocionante, pero no sentimentalista, nos habla desde la altura de los niños la labor de Benaiges, sine ensalzar su figura, sino convirtiéndola en un trabajador por y para la enseñanza, alguien que formó una pequeña comunidad entre sus alumnos, alguien que creía en ellos, alguien que deseaba formar una nueva generación de adultos bien preparados y sobre todo, que hiciesen lo que ellos deseaban, sin seguir las reglas impuestas por sus padres y la sociedad conservadora de entonces. 

Un relato que reconstruye una época de esta magnitud, necesitaba un equipo técnico muy bien preparado como la experiencia de un grande como Josep Rosell en el diseño de producción, con varias años de trabajo con el desaparecido Vicente Aranda, en La lengua de las mariposas (1999), de José Luis Cuerda, con la que la película guarda muchas semejanzas, y El orfanato (2007), de Juan Antonio Bayona, entre otras, en un impecable trabajo de ambientación, con preciosismo y detalle. El vestuario de Maria Armengol, con esa ropa con vida y usada, que se ha especializado en trabajar en tv movies de época para TV3 como Serrallonga, Clara Campoamor, Tornarem y Ebre, del bressol a la batalla, entre otras. La sensible música de Natasha Arizu, que ayuda a acercarse a los dos tiempos. El gran trabajo del cinematógrafo David Valldepérez, con esa luz tenue que acompaña las dos historias, donde prevalece la intimidad y la sencillez, en otro trabajo con Font, amén de los ya citados, y con obras junto a directores como José María de Orbe, Rafa Cortés y Paco Caballero, entre otros. La exquisita y sobria edición de Dani Arregui, del que hemos visto La vampira de Barcelona, y series como Sé quién eres y Félix

El excelente y formidable trabajo de todo el equipo artístico de la película, que con miradas y silencios van componiendo la alegría y tristeza por la que atraviesan sus personajes. Mención especial tiene la elección de Enric Auquer dando vida al maestro Antonio Benaiges, porque no lo interpreta sino que es él, en una transformación basada en los pequeños detalles, en ese cuerpo de niño en uno adulto, en esa alegría y belleza de su pedagogía, en la magnitud de la tragedia que conocemos que se cernirá sobre ese pueblo y por todo el país, y sobre todo, en cómo mira Auquer, porque no sólo es, como ya he comentado, sino que se mueve y hace con una naturalidad y transparencia soberbias. Le acompañan en 1935, Luisa Gavasa siempre enorme, el padre Primitivo que hace Milo Taboada, que ya nos dejó impresionado con su rol en La isla de las mentiras, aquí representando la iglesia y sus cosas, y los maravillosos niños, con lo difícil que es que actúen bien, Nicolás Calvo como Emilio, Alba Hermoso como Josefina, y Gael Aparicio como el rebelde Carlos, abuelo de Ariadna, que hace una estupenda Laia Costa, en el 2010, junto a Ramón Agirre como Emilio adulto, y una eficaz Laura Conejero, y la breve pero intensa aparición de una gran actriz como Padi Padilla. 

Por favor, no se dejen llevar por los comentarios que habrá acerca de la película, porque merece mucho la pena verla en pantalla grande, que es donde están predestinadas las películas para contemplarse y emocionarse como El maestro que prometió el mar, porque conocerán y se enamorarán de la figura de ANTONIO BENAIGES, y sí, lo escribo con mayúsculas, porque su nombre debería conocerse por todos los que aman la vida y la enseñanza y el hecho de aprender, y su labor estudiarse en todos esos lugares que preparan a futuros docentes, porque su nombre y obra debería estar en el pensamiento de todos, porque estas personas fueron valientes cuando la valentía te podía costar la vida, y eso es algo que no podemos olvidar, porque en este país somos muy dados a olvidar a los que nos precedieron, un mal muy nuestro, y de esconder la basura bajo la alfombra, y eso no lo podemos hacer más, porque luego, pasa lo que pasa. Pasa que, a día de hoy, casi 90 años que empezó la Guerra Civil Española, miles de familias siguen buscando a sus seres queridos, que son también nuestras familias y hermanos, porque sin ellos no estaríamos donde estamos, a pesar de todos esos patriotas que siguen a lo suyo, defendiendo su minoría privilegiada, y no a la inmensa mayoría que sigue llorando sus muertos y sobre todo, buscándolos a pesar de los otros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sica, de Carla Subirana

LA HIJA DEL NAUFRAGIO. 

“El mar es tu espejo; en la sucesión infinita de las ondas tu alma se refleja, y tu espíritu no es un abismo menos amargo».

Charles Baudelaire

La película se abre de forma prodigiosa y tremendamente reveladora. El rostro de Sica mirando algo en fuera de campo, le acompañan otros otros, el de su madre, el de su magia Leda, el de Julio. Figuras que miran en silencio al mar, un mar agitado y muy sonoro, donde unos buzos en sintonía de unos guardias en la playa dan por finalizada la búsqueda. Todos emprenden la marcha cabizbajos, en cambio, Sica, con la mirada fijada en el mar embravecido, continúa inmóvil como esperando alguna señal del mar. Sica es la historia de una niña de 14 años, una niña que espera que el mar le devuelva a su padre desaparecido. También, es la historia de un lugar, la Costa da Morte en Galicia, un paisaje acotado por el mar, un mar de fuego, un mar salvaje, un mar que se ha llevado a muchos que lo desafiaron. Hay más temas en la película, como el paso de la infancia a la adultez, las consecuencias de una forma de vivir que está contaminando y sobre todo, alterando peligrosamente la naturaleza. Es la historia de una niña que se aleja de su madre para conocer ese otro mundo, el mundo de las almas, de personas solitarias como Suso, el niño que caza tormentas, o aquel otro, El Portugués, todos personajes que pululan en las grietas de un paisaje que late entre el mar, entre la tierra, y sobre todo, entre todo aquello que queda entre medio, en ese lugar donde acaban los que no encuentran su lugar. 

Sica, a la que muchos la etiquetan como la primera película de ficción de Carla Subirana (Barcelona, 1972), aspecto que debería haberse quedado fuera del análisis de una obra que desde su primer trabajo, el recordado Nedar (2008), donde la propia directora, junto a su madre y abuela, recordaban la figura ausente del abuelo, ya maneja tanto ficción como documento, o mejor dicho, se adentraba en el fondo y forma a través de los diferentes dispositivos que ofrece un arte como el cinematográfico, generando ese formato híbrido, donde todo se mezcla, se fusiona y vive. Lo mismo ocurría en sus posteriores trabajos, Volar y la película colectiva-episódica Kanimambo, ambos del 2012, así como en Atma (2016). Ese cine-fusión sigue latiendo en cada plano y encuadre de Sica, y lo hace desde un impresionante trabajo de espejo-reflejo entre la joven protagonista y su entorno, donde el mar es el “personaje”, ese monstruo que nos mira y sobre todo, nos interroga y nos hipnotiza, generando esa increíble fuerza que nos empequeñece y quedamos a su merced.

La magnífica y penetrante cinematografía de un grande como Mauro Herce, nos va sumergiendo en la fábula que nos ofrece Sica, en unas imágenes filmadas en 16 mm, con la textura y el tacto que tenían aquellas  novelas de Stevenson como La isla del tesoro, y de películas fantásticas sobre el mar como Yo anduve con un zombie (1943), de Jacques Torneur o Jennie (1948), deWilliam Dieterle, en las que conviven elementos cotidianos, reales, fantásticos, social, y demás. La película se fortalece porque tiene esa duración convencional de 90 minutos, en la que no falta ni sobra nada, en un estupendo trabajo de montaje de concisión y detalle que firma Juliana Montañés, que hemos visto en películas de Carlos Marques-Marcet, Nely Reguera, entre otras. La música de Xavi Font, también coproductor de la cinta, junto a la cineasta Alba Sotorra, y Andrea Vázquez, ayuda a crear ese aura de misterio y realidad en la que navega constantemente el cuento, así como el sonido directo de Amanda Villavieja, que recoge esa furia del mar y esos golpes cotidianos, como muestran todas las secuencias de interiores apoyadas en las miradas, los silencios y lo cotidiano, frente al sonido encantador y amenazante del mar, bien acompañado por el diseño de sonido de Alejandra Molina, y Fernando Novillo, que ya estaban en la mencionada Volar

La obsesión de Subirana por descubrirnos el atemorizante paisaje en el que se instala la película, en el que juega entre esas grietas que antes comentábamos, entre ese mundo o no mundo en el que late su película, con todas esas mezclas, texturas e hibridez de su propuesta, tanto en el apartado técnico que ya hemos comentado como en el tema artístico, en el que tiene a dos intérpretes profesionales como Núria Prims, que pedazo de actriz, como transmite con tan poco, en un excepcional trabajo de contención y silencio, rememorando a aquella Carlana en la que su Carmen nada tiene que envidiarle, y Lois Soaxe, al que hemos visto en series galegas de gran acabado como Fariña, Agua seca o Néboa, entre otras, en el papel del citado Portugués, ese marino solitario que sabe mucho y más del mar misterioso. Y luego, están los acertados intérpretes de los adolescentes, captados en un extenso y laborioso casting en la zona donde se ha rodado la película. Tenemos a María Villaverde Ameijeiras, en el rol de Leda, la amiga de Sica, con su vaivenes propios de la edad y de compartir a los padres desaparecidos, a Marco Antonio Florido Añón como Suso, el peculiar cazador de tormentas, una especie de escudero o ángel de la guarda de Sica, ese fiel amigo que tanto necesita la protagonista cuando su universo se está demorando debido a su incomprensión de su entorno que acepta demasiadas cosas inaceptables. 

Y finalmente, está Thais García Blanco como Sica de Nausícaa, nombre de La Odisea, de Homero, que significa “la que quema barcos”, imposible imaginar la película con otro rostro, y esa forma de mirar desde dentro hacia afuera, con ese miedo y esa tristeza que le acompaña en ese deambular y soledad que tiene en muchos momentos, qué mirada mantiene durante toda la película, un ser puro, táctil y corporal que deberá dejar el universo de protección y comprensible, para adentrarse en ese otro mundo, el de los adultos, tan falso, tan extraño, y sobre todo, tan frustrante y desolador, con el mar, el de Costa da Morte, como espejo-transformador, y sobre todo, como testigo y amenazante naturaleza que da y quita, tan bella como peligrosa, tan dulce como amarga. Celebramos la vuelta al cine de Carla Subirana porque ha construido una película que habla de todos nosotros, de nuestra relación tan demoledora con nuestro entorno, con esa naturaleza que empieza a rebelarse ante tanta maldad humana, y esa textura y tangibilidad de cuento, de cuento iniciático, de la vida que se abre ante nosotros, ante Sica, ante la imposibilidad, ante el viaje intenso y misterioso de una adolescente que debe aceptar la frustración y la tristeza de la vida, de los silencios de los que ya no están y de los que están. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Matria, de Álvaro Gago

RAMONA EN EL ESPEJO. 

“Hacia dónde debería mirar es hacia dentro de mí”.

Haruki Murakami 

Conocíamos al personaje de Ramona a través de Matria (2017), un corto de 21 minutos que contaba el relato de una mujer en ebullición, trabajando de aquí para allá, con un marido poco marido y una vida a rastras, una vida luchada cada día, cada sudor y cada instante. Ramona era Francisca Iglesias Bouzón, la mujer que cuidó del abuelo del director Álvaro Gago (Vigo, 1986). El cortometraje viajó muchísimo y agradó tanto a crítica como público, aunque el director vigués sabía que la historia de Ramona todavía quedaba mucho por contar y así ha sido, porque ahora llega Matria convertido en su primer largometraje que profundiza aún más en el intenso y breve espacio de la vida de su protagonista. Un relato que se abre de forma contundente y brutal con Ramona dirigiendo la limpieza a destajo de la fábrica de conservas. Se mueve en todas direcciones, aquí y allá, con mucha energía y vociferando a una y a otra, en ese estado de alerta y tensión constante, pura energía, en un estado constante de nerviosismo, de tremenda agitación, donde siempre hay que estar en movimiento, porque detenerse es pararse y mirarse, y eso sería el fin. 

Gago vuelve a contar con parte del equipo que le ha acompañado en cortos tan significativos como Curricán (2013), el mencionado Matria y 16 de decembro (2019), como la cinematógrafa Lucía C. Pan, que hemos visto en algunas de las películas más interesantes del cine gallego más reciente como Dhogs (2017), de Andrés Goteira, Trote (2018), de Xacio Baño, montada por el propio Álvaro Gago, y otras cintas como ¿Qué hicimos mal? (2022), de Liliana Torres, en un trabajo de pura carne, piel y sudor, en que la cámara retrata la existencia de Ramona, esa vida a cuestas, de velocidad de crucero, sin ningún alivio, en que se filma la verdad, la tristeza, la dureza y la inquietud de una vida a toda prisa, de trabajo en trabajo, de un marido que no quiere y exige, y una hija que quiere pero no a ella. Otro colaboradores son el montador Ricardo Saraiva, que sabe condensar y dotar de un ritmo de afuera a adentro, en sus vertiginosos minutos del inicio para ir poco cayendo en ese otro ritmo donde Ramona empieza a no saber adónde ir ni tampoco qué hacer, a ir más despacio, en unos intensos y emocionantes noventa y nueve minutos de metraje que dejan poso en cada espectador que se acerque no sólo a mirar sino también, a sentir a Ramon y a sentir su vida o lo que queda de ella. 

El concienzudo trabajo de sonido de Xavi Souto, que ha estado en películas tan importantes como A esmorga (2014), de Ignacio Vilar, A estación violenta (2017), de Anxos Fazáns y O que arde (2019), de Oliver Laxe, entre otras, y también el mezclador de sonido Diego Staub, que tiene una filmografía junto a directores de renombre como Isaki lacuesta, Amenábar, Bollaín, Martín Cuenca, Paco Plaza y Luis López Carrasco, entre otros. Matria nos devuelve a las tramas de la gente sencilla, esa gente invisible, esa gente que trabaja y trabaja y vuelve a trabajar, una clase obrera, que todavía existe aunque no lo parezca, porque ha perdido su lucha, su reivindicación y sobre todo, su coraje de plantarse en la calle y pedir derechos y mejoras salariales y de lo demás. Unas obreras que ha sido muchas veces retratadas en el cine como aquel Toni (1934), del gran Renoir, pasando por los trabajadores del neorrealismo italiano, o aquellos otros del Free Cinema, deudores de los currelas de las películas sociales y humanas de Leigh, Loach y demás, sin olvidarnos de los trabajadores de Numax presenta… (1980), de Joaquím Jordá, o los recientes de Seis días corrientes, de Neus Ballús. 

La Ramona de Matria, no estaría muy lejos de aquella luchadora a rabiar que protagonizó la portentosa Sally Field en Norma Rae (1979), de Martin Ritt, ni de aquellas otras que retrató de forma magistral Margarita Ledo en su estupenda Nación (2020), obreras gallegas también como Ramona que explicaban una vida de trabajo, de luchas y compañerismo. Matria, de Álvaro Gago es una película sobre una mujer, pero también, es una película sobre un lugar, sobre la tierra difícil y dura de Pontevedra, del Vigo de pescadores, de fábricas de conservas y olor a salitre y sudor, de una forma de ser y de hablar, de también, una forma de estar y hablarse, de esas amistades que van y vienen, y que vuelven, que se alejan y se acercan, de tiempo que va y viene, del maldito trabajo que es un alivio y una maldición tenerlo, al igual que cuando no se tiene. Matria  nos habla de esos días que cambian y parecen el mismo, de paisajes que parecen anclados en el tiempo, o quizás, el tiempo pasó por encima de ellos, quién sabe, o tal vez, ya no se sabe si el paisaje y el tiempo se transmutó en otra cosa y sus habitantes lo habitan sin más, en continuo movimiento, atrapados sin más, sin saber porque no pueden detenerse, o sí que lo saben, y por eso no cesan de moverse, de ir y venir. 

Matria es también el magnífico y potentísimo trabajo de una actriz como María Vázquez, que descubrimos como mujer de guardía civil en Silencio roto (2001), de Montxo Armendáriz, y las miradas penetrantes que se tenía con Lucía Jiménez. Una actriz que nos ha seguido maravillando en películas como en Mataharis (2007), de la citada Bollaín, o en la más reciente y mencionada Trote, sea como fuere su personaje de Ramona es toda vida, toda alma, toda fisicidad y emociones que irrumpen con fuerza y avasallan. Su personaje sumergido en esa inquietud y fuerza arrolladora es un no parar y también, es una mujer frágil y vulnerable, también, fuerte y rabiosa, llena de vida y de amargura, de risas y tristeza, de vida y no vida. A su lado, le acompañan Santi Prego, Soraya Luaces, E.R. Cunha “Tatán”, Susana Sampedro, entre otros, componiendo unos personajes con los cuales Ramona se relacionará, se peleará y amará. No se pierdan Matria, de Álvaro Gago, porque les podría seguir explicando más razones, aunque creo que las aquí expuestas resultan más que suficientes, por eso, no lo haré, sólo les diré a ustedes, respetado público, como se decía antes, que Matria no es sólo la ópera prima de Gago, es sino una de las mejores películas sobre las mujeres y el trabajo, qué buena falta nos hace mirar y reflexionar sobre la actividad que condiciona completamente nuestras vidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El radioaficionado, de Iker Elorrieta

NIKOLAS Y EL MUNDO.

“No compare, no mida. Ningún otro camino es como el suyo. Todas las otras sendas le tientan y le engañan. Deber recorrer el camino que tiene dentro de usted”.

Carl G. Jung

Erase una vez… un tipo llamado Nikolas, de unos treinta años y entregado a su pasión como radioaficionado. Después de morir su madre, quiere volver a su ciudad natal, Getxo, y esparcir las cenizas en alta mar, como expreso deseo de su progenitora. Y allá que se va. Podría tratarse de alguien más que hace algo, con la única diferencia que Nikolas tiene autismo. Este viaje es la primera vez que se enfrentará al mundo exterior, un universo ajeno e incierto para él, al que mirará en soledad, un mundo hostil que lo rechaza, porque Niko no es “normal”. El director Iker Elorrieta (Bilbao, 1977), ha trabajado en equipos de composición de imagen en cine de animación, ha editado y dirigido documentales para televisión y cine, y ahora, se lanza a producir y dirigir su opera prima, en una película diferente, nada convencional, que explora con sabiduría y solidez el autismo en la edad adulta, no alejándose de la verosimilitud que planteaba una película como Rain Man (1988), de Barry Levinson, donde conocíamos a Raymond Babbitt, interpretado magistralmente por Dustin Hoffman, componiendo un inolvidable personaje autista.

Elorrieta no construye una película condescendiente ni de lagrimita, sino todo lo contrario, porque el retrato de Nikolas enfrentándose al mundo es humano, realista y podríamos decir de carne y hueso. Contado como si fuese un cuento de hadas, peor con esa carga social que tanto ayuda a transmitir esa naturalidad y frescura que tiene toda la película. Una aventura cotidiana y demasiado real de Nikolas que, llegado a su Getxo natal, entablará una relación de amistad con Ane, una antigua compañera de colegio, y pagará su viaje trabajando en la limpieza de un pequeño velero. Allí, también sufrirá el rechazo de los otros empleados por ser como es, por ser diferente, por no ser como ellos. El estupendo trabajo de sonido que firma Xanti Salvador, que ha trabajado en los equipos de películas vascas tan importantes de las últimas hornadas como Handia y Dantza, entre otras. La excelente música de Aitor Etxebarría, al que hemos escuchado en la serie Intimidad, consiguiendo crear esa mezcla entre la dureza del norte y la vida junto a Ane en la que se sumerge Niko.

El cineasta bilbaíno no solo escribe y dirige, sino que también se responsabiliza de la enigmática y cálida cinematografía y del exquisito y ágil montaje que compone una película en la que suceden muchas cosas, tanto físicas como emocionales, en sus breves ochenta y siete minutos. Si la parte técnica y argumental funciona a las mil maravillas, la parte interpretativa no se queda atrás, porque lo que hace Falco Cabo, debutante en cine, es realmente impresionante, en un personaje que destila humanidad, sencillez, y sobre todo, alguien diferente y nada convencional, alguien que está en otra frecuencia, haciendo el símil de la película, alguien que es imposible no querer, adorar y sobre todo, entender aunque no resulte nada fácil, en ocasiones. Un personaje enorme, en su mundo, un tipo que recuerda a Fúsi, el protagonista de Corazón gigante (2015), de Dagur Kári, al que también le costaba adaptarse a un mundo que lo arrinconaba.

Nikolas necesita una especie de guía en este nuevo mundo que desconoce, y lo encuentra encarnado en Unsúe Alvárez que hace de Ane, al que hemos visto en breves papeles en series como Paquita Salas y en películas como 70 binladens. Su personaje es el que ayuda y se esfuerza en entender y sobre todo, en entrar en esa frecuencia en la que está Nikolas. Una persona especial que abrirá el mundo, la parte humana y cercana que también la ahí. Y finalmente, el otro lado del espejo, con el personaje de Lupo, que interpreta Jaime Adalid, con larga trayectoria tanto en televisión como en cine, uno de esos tipos que rechaza a Niko e intentará machacarlo. Elorrieta ha conseguido su difícil propósito: construir una película muy profunda y magnífica, con pocos elementos materiales, pero si mucho ingenio y una grandiosa labor de forma y fondo, porque El radioaficionado explica muchas cosas, y lo hace con inteligencia y sensibilidad, sin caer en la superficialidad ni nada que se le parezca, sino con acierto, intimidad y de verdad, esa verdad que tanto les falta a tantas producciones que pretenden contar una historia cercana pero con demasiadas ínfulas y alejadas a los propios personajes. Habrá que seguir los futuros trabajos de Elorrieta, al que esperemos que siga en esto del cine por muchos años y siga mirando la diferencia con la misma honestidad y sabiduría que lo hace en su primera película. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Lúa Vermella, de Lois Patiño

LAS ÁNIMAS DEL MAR.

“Aquí los muertos no se marchan, se quedan con nosotros”.

La relación entre el ser humano y el paisaje ya estaba en el universo de Lois Patiño (Lugo, 1983), a través de su pieza Montaña en sombra (2012), que exploraba la montaña y unos diminutos esquiadores estáticos, logrando una belleza del paisaje hipnótica e inquietante. La misma relación ha seguido presente en su cine, en su debut en el largometraje, Costa da Morte (2013), la mirada se posaba en los confines del mundo, como lo mencionaban los romanos, para adentrarse en sus gentes y en un paisaje vasto y devorador. El cineasta vuelve a sumergirnos en un paisaje de la costa gallega, centrándose en la relación de sus habitantes con las almas de los náufragos del mar, en un viaje fascinante y perturbador, a partes iguales, entre la realidad y la leyenda, entre la vida y la muerte, entre los que se quedan y los ausentes, entre aquello que creemos ver y aquello que imaginamos, y lo hace desde el documento y la ficción, mirando y retratando a sus habitantes, en una quietud y posición inquebrantables, como si estuviesen recogidos y meditando, que recuerda a la pintura “El Ángelus”, de Millet, el paisaje enigmático y natural, el mar, con sus mareas y aquello que oculta.

Patiño convierte su película en una travesía sonora y visual de grandísima belleza, pero como ocurría en Costa da Morte, no se deja embriagar por sus imágenes bellas, sino que nos propone un misterio, la desaparición de El Rubio, un vecino que rescató a miles de náufragos del mar, y ahora, el mar, se lo ha llevado, y todos los vecinos, evocan su figura y reclaman al mar su cuerpo para darle sepultura. Tres mujeres, tres meigas aparecen en el pueblo, las únicas en movimiento, que buscan a El Rubio, recorriendo todos los lugares de la costa, los espacios del pueblo, los acantilados y cuevas del entorno. El director gallego nos lanza al abismo, nos obliga a dejarnos llevar por sus imágenes y sonidos, pero con una mirada inquieta y curiosa, aquella que investiga y escruta cada encuadre, cada sonido y cada mirada de los personajes, aquella que se muestra cautivada por la belleza que desprende la película, que conserva ese aroma que tenían las novelas de aventuras como Los contrabandistas de Moonfleet o Moby Dick, o las fantasías terroríficas mudas de la UFA, con los Murnau, Lang, Pabst o Muni.

El relato nos habla de la necesidad del duelo, de despedirse de los muertos, de recuperar al ausente para así darle descanso a él, y a los otros, los que se quedan, y también, de lo social, con esa presa construida, que destroza el entorno salvaje y natural, y la afectación que tiene en el entorno, y a los habitantes que les deja sin la pesca en los ríos tan necesaria. El inmenso trabajo de sonido de Juan Carlos Blancas, acompañado por el exquisito montaje que firman Pablo Gil Rituerto, Óscar de Gispert y el propio director, que también se hace cargo del guión y la cinematografía, como las espectaculares imágenes bajo el mar, que tiene a Adrián Orr, director de Niñato, como su asistente, y a Jaione Camborda, directora de “Arima”, en la dirección de arte, para darle forma y fondo a una película que se va adentrando suavemente en nuestros sentidos, convocándonos a un misterio, a un espacio “limbo”, que solo existe en lo más profundo de nuestra alma, que tiene que ver con aquello que sentimos y creemos, y no con aquello que vemos, que nos invita a recorrer esos lugares míticos y esas gentes, fascinados por sus mitos y leyendas, por sus muertos, sus espectros que vagan entre los vivos, como la Santa Compaña, a la que hace referencia explícita la película.

Asistiremos al fenómeno de la “Lúa Vermella”, esa Luna de Sangre, que lo tiñe todo de un rojizo plomizo que los inunda, provocando un extraño lugar, no identificable con lo conocido, convirtiendo el espacio y el paisaje, en algo inhóspito y misterioso, donde todo es posible, donde los habitantes de la tierra, las ánimas, y los habitantes del mar, como ese famoso monstruo, el “Moby Dick”, del lugar, adquieren una nueva dimensión, difícil de atrapar, y que solo existe en las profundidades. Lúa Vermella, producida por Zeitun Films, la compañía de Felipe Lage, responsable, entre muchas otras, de las películas de Oliver Laxe, Eloy Enciso, Alberto Gracia, nos convoca a un retrato-viaje de las costumbres y leyendas galegas, de lo más intrínseco de la tierra y aquellos que la habitan, de la especial relación, intensa y profunda, entre los oficios del mar y el propio mar, con sus misterios, mitos y terrores, construyendo una fascinante e hipnótica película, que nos invita a sumergirnos por caminos desconocidos, pero muy atrayentes, en una cinta inmersiva y fascinante, de una grandísima belleza pictórica, que también inquieta, y una sonoridad hipnótica, que nos transporta hacia lugares míticos, absorbentes y cautivadores, donde vivos y fantasmas se relacionan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una ventana al mar, de Miguel Ángel Jiménez

MARÍA SE ATREVE A VIVIR.

“La vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla”.

George Santayana

María tiene cincuenta y cinco años, trabaja de funcionaria en Bilbao, donde vive, se pasa los días ausente y ensimismada en todo aquello que podría haber sido y nunca será. Sus fieles amigas, su hijo y sus nietos pequeños llenan algo de ese vacío que siente. Toda su vida se pone patas arriba, cuando le diagnostican cáncer, hecho que no le impide viajar a Grecia con sus amigas. Bajo esa premisa sencilla, la película sigue el recorrido emocional de una persona que, la vida, como tantos otros, ha pasado por encima, como si no fuera con ellos, incapaces de sentirla en toda su plenitud, de seguir peleándola, de no darse por vencido. El director Miguel Ángel Jiménez (Madrid, 1979), que habíamos conocido con Ori (2009), y Chaika (2012), dos cintas filmadas en antiguas repúblicas soviéticas, relatos duros y complejos, donde habitaban personajes con fuertes heridas emocionales, le siguió The Night Watchman. La mina (2016), rodada en EE.UU., bajo el atuendo de film independiente y de thriller psicológico.

Ahora, con Una ventana al mar, Jiménez realiza su película más personal e íntima, que nace de una experiencia real, y vuelve a contar con parte de su equipo técnico colaborador como Luis Moya, que escribe el guión, junto a Luis Gamboa y él mismo, la cinematografía de Gorka Gómez Andreu, la música de un grande como Pascal Gaigne, y el montaje de otro grande como el recientemente desaparecido Iván Aledo. Un equipo de primera división para contarnos la vida de María, que en su peor momento vital, decide soltar amarras y lanzarse al mar, pero dejando el oscuro y frío mar Cantábrico, y descubrir el luminoso y cálido mar Mediterráneo, cambiando el lluvioso Bilbao por la soleada isla de Nysiros, en Grecia, un lugar que emana paz, tranquilidad y descanso, y lo hará junto a Stefanos, un maduro marinero, de aspecto rudo, y de corazón enorme, que arrastra cicatrices, y pasa sus días pescando a bordo de su barco. El relato viaja tranquilo, se olvida de sobresaltos y argucias argumentales, para dejarnos tiempo para mirar, para sentir la isla griega, para seguir los pasos, cada vez más lentos, de María, alguien que ha decidido vivir, haciendo caso omiso a las advertencias de Imanol, ese hijo obstinado con la cura de su madre, alguien que no acepta, que se obceca en una pared sin puerta.

María ha tomado una decisión, el tiempo que le quede, quiere vivir, disfrutar la vida, sentirse bien y hacer lo posible para conseguirlo, dejándose llevar por el viento mediterráneo, por la vida apacible y serena que tiene Nysiros. La cinta de Jiménez habla sobre la vida, de su condición efímera, de disfrutar del aquí y el ahora, de aceptar la muerte, de no luchar cuando ya es inútil, de dejarse llevar por el viento y la luz, de bañarse en el mar desnuda, de sentir que no hay un mañana, de tomarse la enfermedad con dignidad y tranquilidad, de luchar por vivir, por sentir la vida en toda su plenitud, escuchando agradables canciones griegas que hablan del alma, de quiénes somos, olvidarse del tiempo, caminar por el pueblo, recorriéndolo y recorriéndonos a nosotros mismos, descubriéndonos a cada instante, a cada detalle, sabiendo que toda nuestra existencia puede concentrarse en un instante, y ese instante pasará, y quedaremos nosotros, o aquello que fuimos cuando ya no estemos.

Una película que habla sobre la muerte, peor a través de la vida, de la sensación única e incomparable de vivir, de sentir, de emocionarnos, de amar y ser amados, de comprender, y que nos comprendan, de hacer con nosotros mismos, todas aquellas cosas que nunca nos atrevimos, a veces por miedo, por falta de tiempo, o llevados por nuestro entorno y al vida que nos habíamos construido, que a la postre, no era nunca aquella con la que soñamos cuando éramos más jóvenes. La presencia de una grandísima Emma Suárez, dando vida a María, una actriz especialmente dotada por una magnética e hipnotizante mirada, que no le hace falta pronunciar una sola palabra, para transmitir todas las emociones que está sintiendo su personaje, como camina bajo la luna, y como se baña desnuda en el mar, o esos instantes donde se habla con su hijo, o esos otros, donde Stefanos y ella, sienten que la vida les ha brindado una oportunidad de estar bien, de disfrutar de la compañía y de sentir un amor puro, sereno y especial.

Akilar Karazisis da vida a Stefanos (actor que ha trabajado con cineastas tan importantes como Yorgos Lanthimos, entre otros), un intérprete que también mira con aplomo y sobriedad, ese compañero de viaje para María, la persona que aparecerá para conducirla por esa isla fascinante, no por su belleza, otras lo son más, sino por todos los sentimientos que une siente cuando la mira y al disfruta, y finalmente, Gaizka Ugarte es Imanol, el hijo de María, que también, necesitará su viaje personal para comprender la actitud de su madre y dejarla vivir. Miguel Ángel Jiménez ha construido una película brillante y llena de paz, como es la isla de Nysiros, como es la actitud de María, la compañía de Stefanos, como son las canciones de Mikel Balboa, un relato de llenos de silencios, de miradas, de gestos que se cogen al vuelo, de mirar al mar, de sentirlo, de dejarse llevar por su belleza, por su azul, por su sonido, descubriendo todos los tesoros que oculta y que tanto tiempo hemos esperado, sin saberlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dolphin Man, de Lefteris Charitos

EN LA PROFUNDIDAD DEL MAR.

«El hombre que se sumerge aguantando la respiración se parece a los mamíferos marinos. Hay un delfín dormido en cada uno de nosotros”

Jacques Mayol

La película se abre con un plano general del mar, de la inmensidad del mar, de su azul radiante y transparente, de todo aquello que vemos por fuera, y también, aquello que oculta en su interior, bajo su superficie. Todo ese mundo secreto y magnífico, un mundo aparte, un mundo en otro mundo, un universo salvaje, un espacio animal y vegetal, lleno de criaturas extraordinarias, un mundo donde empezó todo, el lugar donde habitaron las primeras especies del planeta, del mismo lugar donde arrancó la evolución, de donde salió la primera criatura que más tarde acabaría en el homo sapiens. El naturista y aventurero francés Jacques Mayol (1927-2001) conocía ese mundo, fascinado por su misterio desde que era un niño en la Shanghai colonial de los años 30. El director Lefteris Charitos (Atenas, Grecia, 1969) después de una amplia experiencia como documentalista en la televisión griega, se lanza a su primera apuesta en el largometraje documental contándonos las peripecias de Jacques Mayol, y no lo hace de manera simplista o sentimental, sino de una forma humanista, dejando que los suyos, el entorno de Mayol, nos explique quién era, y los diversos testimonios consiguen hacer una radiografía, tanto personal como emocional, de uno de los precursores del buceo en apnea, esa forma de submarinismo que desafía la capacidad y los límites del ser humano, porque prescinde de la respiración artificial, y se lanza a las profundidades del mar sin más ayuda que su capacidad para no respirar.

Mayol fue el pionero de la disciplina y el primero en batir la distancia record de 100 metros de profundidad. Aunque, detrás de toda esta admiración y éxito personal, se escondía una parte muy sombría en su vida, en la que desatendió a su familia, esposa y dos hijos, distanciándose de ellos, obsesionado con su pasión del mar. Charitos nos sitúa en la Shanghai colonial, en Miami, en Las Bahamas, en la isla de Elba en Italia, en la costa de Tateyama en Japón o las islas griegas del mar Egeo, lugares donde transcurrió la vida y aventuras de Mayol, con ese físico de atleta, un deportista nato que se cuidaba, tanto físicamente como emocionalmente, practicando yoga y meditación zen, donde cuerpo y alma estaban altamente preparados para asumir los retos tan arriesgados y peligrosos que asumía cuando buceaba a esas distancias de vértigo.

La película de Charitos no sigue un orden cronológico, va dando saltos de un lugar a otro, deteniéndose en sus mayores retos, y recogiendo los testimonios de tantos colaboradores, amigos y conocidos que lo conocieron y lo trataron, construyendo una película donde conocemos y reflexionamos sobre las diferentes máscaras que tenía Mayol, desde el aventurero sin fin, una especie de Errol Flynn a la caza de tesoros, en este caso mares y océanos llenos de especies y reconocidos por su diversidad marina, o la relación con las mujeres, con ese atractivo natural y canalla que las atraía, y las amantes que tuvo, o esa familia que dejó para seguir su pasión, o ese amor frustrado por causas ajenas que lo dejó muy tocado y lo llevó a reinventarse y asumir la vida como una experiencia placentera y traumática. La película nunca se queda con una visión de Mayol, nos presenta muchos rostros, algunos muy diferentes, contradictorios y complejos, dejando salir aquella cara oculta que el propio Mayol nunca mencionaba, dejándola para su interior.

Narrada por el actor Jean-Marc Barr , que lo interpretó en la película Le Gran Bleu, de Luc Besson, en la que se narra la vida de Mayol, es una película que no sólo nos habla de la capacidad de buceo y extraordinaria personalidad de Jacques Mayol, sino que también indaga en la misión naturalista y humanista de Mayol de presentar el mar no como una inmensidad desconocida y alejada de nosotros, sino como un espacio de riquezas maravillosas, en las que las emociones se descubrían, reinterpretaban y alcanzaban su plenitud interior, en la más absoluta de las profundidades, donde el silencio se apoderaba de todo, y todo lo demás dejaba de tener sentido. Mayol nos habló de la misión de preservar la naturaleza y las especies que lo habitan, como herencia de nuestros ancestros, de nosotros mismos, y sobre todo, como un medio de conocimiento y experimentación, de ayudarlo y ayudarnos a nosotros, en el interior de un hombre que le apasionaba bucear junto a las criaturas del mar y sentirse como uno más,

 

Entrevista a Daniel Grao

Entrevista a Daniel Grao, actor de «Julieta», de Pedro Almodóvar. El encuentro tuvo lugar el lunes 4 de abril de 2016, en el vestíbulo del Cine Phenomena de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Daniel Grao, por su tiempo, generosidad y cariño, a Ainhoa Pernaute, y al equipo de prensa de El Deseo, por su paciencia, amabilidad y simpatía, que además tuvieron el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.