El radioaficionado, de Iker Elorrieta

NIKOLAS Y EL MUNDO.

“No compare, no mida. Ningún otro camino es como el suyo. Todas las otras sendas le tientan y le engañan. Deber recorrer el camino que tiene dentro de usted”.

Carl G. Jung

Erase una vez… un tipo llamado Nikolas, de unos treinta años y entregado a su pasión como radioaficionado. Después de morir su madre, quiere volver a su ciudad natal, Getxo, y esparcir las cenizas en alta mar, como expreso deseo de su progenitora. Y allá que se va. Podría tratarse de alguien más que hace algo, con la única diferencia que Nikolas tiene autismo. Este viaje es la primera vez que se enfrentará al mundo exterior, un universo ajeno e incierto para él, al que mirará en soledad, un mundo hostil que lo rechaza, porque Niko no es “normal”. El director Iker Elorrieta (Bilbao, 1977), ha trabajado en equipos de composición de imagen en cine de animación, ha editado y dirigido documentales para televisión y cine, y ahora, se lanza a producir y dirigir su opera prima, en una película diferente, nada convencional, que explora con sabiduría y solidez el autismo en la edad adulta, no alejándose de la verosimilitud que planteaba una película como Rain Man (1988), de Barry Levinson, donde conocíamos a Raymond Babbitt, interpretado magistralmente por Dustin Hoffman, componiendo un inolvidable personaje autista.

Elorrieta no construye una película condescendiente ni de lagrimita, sino todo lo contrario, porque el retrato de Nikolas enfrentándose al mundo es humano, realista y podríamos decir de carne y hueso. Contado como si fuese un cuento de hadas, peor con esa carga social que tanto ayuda a transmitir esa naturalidad y frescura que tiene toda la película. Una aventura cotidiana y demasiado real de Nikolas que, llegado a su Getxo natal, entablará una relación de amistad con Ane, una antigua compañera de colegio, y pagará su viaje trabajando en la limpieza de un pequeño velero. Allí, también sufrirá el rechazo de los otros empleados por ser como es, por ser diferente, por no ser como ellos. El estupendo trabajo de sonido que firma Xanti Salvador, que ha trabajado en los equipos de películas vascas tan importantes de las últimas hornadas como Handia y Dantza, entre otras. La excelente música de Aitor Etxebarría, al que hemos escuchado en la serie Intimidad, consiguiendo crear esa mezcla entre la dureza del norte y la vida junto a Ane en la que se sumerge Niko.

El cineasta bilbaíno no solo escribe y dirige, sino que también se responsabiliza de la enigmática y cálida cinematografía y del exquisito y ágil montaje que compone una película en la que suceden muchas cosas, tanto físicas como emocionales, en sus breves ochenta y siete minutos. Si la parte técnica y argumental funciona a las mil maravillas, la parte interpretativa no se queda atrás, porque lo que hace Falco Cabo, debutante en cine, es realmente impresionante, en un personaje que destila humanidad, sencillez, y sobre todo, alguien diferente y nada convencional, alguien que está en otra frecuencia, haciendo el símil de la película, alguien que es imposible no querer, adorar y sobre todo, entender aunque no resulte nada fácil, en ocasiones. Un personaje enorme, en su mundo, un tipo que recuerda a Fúsi, el protagonista de Corazón gigante (2015), de Dagur Kári, al que también le costaba adaptarse a un mundo que lo arrinconaba.

Nikolas necesita una especie de guía en este nuevo mundo que desconoce, y lo encuentra encarnado en Unsúe Alvárez que hace de Ane, al que hemos visto en breves papeles en series como Paquita Salas y en películas como 70 binladens. Su personaje es el que ayuda y se esfuerza en entender y sobre todo, en entrar en esa frecuencia en la que está Nikolas. Una persona especial que abrirá el mundo, la parte humana y cercana que también la ahí. Y finalmente, el otro lado del espejo, con el personaje de Lupo, que interpreta Jaime Adalid, con larga trayectoria tanto en televisión como en cine, uno de esos tipos que rechaza a Niko e intentará machacarlo. Elorrieta ha conseguido su difícil propósito: construir una película muy profunda y magnífica, con pocos elementos materiales, pero si mucho ingenio y una grandiosa labor de forma y fondo, porque El radioaficionado explica muchas cosas, y lo hace con inteligencia y sensibilidad, sin caer en la superficialidad ni nada que se le parezca, sino con acierto, intimidad y de verdad, esa verdad que tanto les falta a tantas producciones que pretenden contar una historia cercana pero con demasiadas ínfulas y alejadas a los propios personajes. Habrá que seguir los futuros trabajos de Elorrieta, al que esperemos que siga en esto del cine por muchos años y siga mirando la diferencia con la misma honestidad y sabiduría que lo hace en su primera película. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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