Todos lo saben, de Asghar Farhadi

LA DESAPARICIÓN DE IRENE.

Siempre resulta estimulante volver a ver una película de Asghar Farhadi (Khomeini Shahr, Irán, 1972) por la fuerza de sus imágenes, enmarcadas en la más pura cotidianidad, describiendo con firmeza esos ambientes secos y fríos por los que se mueven sus personajes, donde en una aparente tranquilidad, o eso parece, irrumpe algo violento en forma de suceso que trastocará las vidas de sus protagonistas, abriendo la caja de Pandora, y llevándolos hacia el abismo, en unos relatos que arrancan como melodramas intensos, cerca de la mirada neorrealista para derivar en thrillers ásperos, duros y muy oscuros. Todos lo saben es una película que nace a través de dos elementos que ya habíamos visto en sus anteriores películas, la desaparición de un personaje que destapará viejas rencillas ya formaba parte de la estructura de A propósito de Elly (2009) la película que sacó a Farhadi de Irán y lo llevó al escaparate internacional con su premio en la Berlinale al mejor director, un relato con ecos de la novela El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio, donde unos días de asueto de un grupo de amigos se convertían en unos días de pesadilla y revelaciones muy inesperadas, y por otra parte, El pasado (2013) la película de Farhadi que filmó en Francia, donde encontramos el elemento del pasado, espacio que desembocará a inesperados descubrimientos que tensará aún más si cabe la relación turbia que viven los personajes.

Dos elementos, la desaparición y el pasado, estructuran la octava película del cineasta iraní, aunque si bien es cierto, que el pasado forma parte de una manera más visible o menos en los relatos de Farhadi. En los primeros minutos de la película, Farhadi nos habla de un reencuentro, Laura, la hermana mediana, que vive en Argentina, llega al pueblo  para la boda de Ana (un espacio de la España profunda, donde se vive de las viñas, de las habladurías, y de la falta de trabajo) con sus dos hijos, Irene, la adolescente rebelde y un niño de seis años. Allí, se reencontrará con su familia, Mariana, la hermana mayor, y su marido, Fernando, y Rocío, la hija de ambos, que regentan una pequeña pensión, y por otro lado, Ana, la pequeña que se casará con Joan, y el patriarca de la familia, Antonio, que ahora se ha convertido casi en un inválido. También, encontraremos a Paco y su mujer Bea, Paco es el dueño de las viñas, e hijo de los antiguos guardas cuando las viñas eran de Antonio.

Presentados los personajes y sus relaciones, todos asisten a la boda, durante la celebración, y sin que nadie se percate, Irene desaparece y todos se ponen a buscarla. También, aparecerá otro elemento de tensión en el relato, Alejandro, el padre de Irene y marido de Laura, al que iremos descubriendo su pasado y cómo afecta al devenir de los acontecimientos. A partir de ese instante, con todos los actores de la contienda, Farhadi nos envuelve en un durísimo y oscuro melodrama familiar en el que las viejas rencillas del pasado aflorarán de manera brusca y rasgada que ira quebrando las relaciones entre unos personajes enmadejados que hablan poco y esconden muchísimo más, donde unos y otros, se moverán casi en tinieblas a pesar de la luz cegadora que desprende la película. El cineasta iraní construye un enérgico e intenso thriller donde nadie parece conocer las intenciones del otro, en un retrato sobre la culpa y sobre todo, la mentira, en el que unos personajes muy de aquí, donde cada uno de ellos se mueve bajo presión y movido por unos intereses personales y muy oscuros.

La película recoge el aroma de los dramas castellanos, donde las tierras, la familia y el pasado se entrecruzan creando atmósferas irrespirables y siniestras, donde la violencia campa a sus anchas y todo se puede quebrar en cualquier momento. En algunos momentos, el retrato deriva en los secos dramas rurales carpetovetónicos y trágicos que tanto afloran en la literatura y cine españoles, donde los hechos violentos derivan siempre de tensiones ancestrales entre los vecinos y los más allegados, donde la problemática del territorio y las viejas rencillas dirigen los ánimos oscuros y vengadores de sus lugareños. Farhadi ha recogido con mano maestra toda esa atmósfera y violencia latente, con esa luz brillante y maligna que atraviesa sin  respiro toda la película, con esa mirada contundente y acogedora de José Luis Alcaine, uno de los más grandes cinematógrafos de nuestro país (habitual de Almodóvar, con la que la película mantiene algún rasgo) o el sobrio y preciso montaje de Hayedeh Safiyari (habitual del director desde Fireworks Wednesday (2006) a excepeción de El pasado) y la música de otro grande como Alberto Iglesias, que en ciertos instantes, sirve para crear ese ambiente malsano que desata la desaparición de la chica.

Farhadi mueve a sus personajes, tanto a nivel físico como emocional, sin caer en la caricatura o la superficialidad, creando la tensión justa, sin necesidad de aspavientos sentimentales, sólo los pertinentes y adecuados, dejando a cada personaje su espacio y su rol dentro del relato, como la aparición del policía retirado, que aún echa más leña al fuego, ya que advierte con esa solemnidad y locuacidad de José Angel Egido, maravilloso en su rol, que las enemigos no andan muy lejos de la casa. El director iraní cuenta con un reparto de altura, con una Penélope Cruz haciendo de esa mujer y madre que sufre y padece la ausencia de su hija (con ecos del que hizo en Volver) con esos intensos y durísimos momentos con Paco, el personaje que hace Javier Bardem, con esa mezcla de crudeza y pasión que lo han convertido en uno de los actores más importantes del panorama cinematográfico, y ese Ricardo Darín, católico a ultranza que desafía el clan familiar e inseguro y desbordado ante los acontecimientos.

Unos principales bien acompañados por esa retahíla de secundarios que juegan un papel fundamental, como ese Fernando que hace Eduard Fernández, pasado de kilos y auspiciado por las deudas, con su mujer Mariana que también hace una estupenda Elvira Mínguez, o esa Bárbara Lennie como la mujer de Paco, que hace esa voz de la conciencia que Paco se niega a escuchar, o Inma Cuesta y Roger Casamajor transmitiendo esa paz que tanto se necesita ante tanto ruido emocional, sin olvidarnos de Ramón Barea, con su fuerza y torpeza, del que ya le quedan pocos tiros que pegar, y los interesantes Sara Sálamo con un personaje oscuro, y la agradable presencia de Carla Campra como Irene llevándose el protagonismo en los primeros minutos. Farhadi ha salido airoso en su nueva aventura internacional después de filmar en Francia y en francés, ahora le ha tocado el turno al idioma del Quijote, situándonos en uno de esos pueblos interiores toledanos, donde las cosas parecen una cosa y en realidad son otra, dejándonos ver hasta qué punto las mentiras forman parte de nuestra cultura y nuestra manera de pensar y hacer, en un oscurísimo melodrama familiar donde todos sus personajes obedecen a sus instintos y pasiones más ancestrales mamadas desde que eran niños, donde las cosas se resolvían en familia, pese a quién pese y caiga quien caiga.

Entrevista a Javier Cámara

Entrevista a Javier Cámara, actor de “Truman”. El encuentro tuvo lugar el martes 27 de octubre de 2015, en la terraza de la habitación 801 del 10º piso del Hotel NH Calderón de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Javier Cámara, por su tiempo, generosidad y simpatía, a Sandra Ejarque de Vasaver, por su paciencia, amabilidad y cariño, y a un colega que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra la publicación.

Truman, de Cesc Gay

truman_40911DESPEDIRSE DEL QUE SE VA

En Las invasiones bárbaras, de Denys Arcand, un grupo de amigos se reunían para despedirse de uno de ellos que tenía cáncer terminal. El séptimo título de Cesc Gay (Barcelona, 1967) anda por esos parámetros, no se trata de un grupo de gente, sino de uno, Tomás, que recorre medio mundo para despedirse de su amigo Julián, enfermo de cáncer, que ha decidido dejar el tratamiento y esperar el final, junto a su perro Truman. Gay sigue explorando sus temas preferidos, las relacionales de unos personajes incapaces de mostrar sus emociones, y relacionarse con los que más quieren, en definitiva, de mostrase a sí mismos. Seres torpes e ineficaces a la hora de abrirse a los demás, de explicar lo que sienten, y comunicar lo que les sucede, Bergman los denominaba paralíticos emocionales.

El cineasta barcelonés tiene la habilidad de conducirnos por una historia que a priori podría verse como un drama de muy y señor mío, pero Gay renuncia a cualquier tipo de sentimentalismo que arrastre al espectador a su drama, por el contrario, fabrica un admirable y contundente ejercicio de contención que traspasa nuestras miradas, que nos introduce en un encuentro entre dos amigos que hace la tira que no se ven, pero que siempre han estado juntos. Dos tipos que se quieren y admiran, como muestra una de las secuencias, donde Julián le dice a Tomás que admira su generosidad, y éste le devuelve el cumplido anunciándole que le encanta su valentía. Dos hombres que pasarán los próximos cuatro días hablando, discutiendo, y sobre todo, viviendo el instante, nada más que eso. El pasado no importa, importa el aquí y ahora. Dos amigos con vidas opuestas y muy diferentes, Tomás vive en Canadá junto a su mujer e hijos, y Julián, en Madrid, actor de profesión que vive sólo junto a su perro. Un animal que le ayuda a no estar sólo, que quizás es el único que lo entiende, o es el único que lo soporta.

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Como sucedía en anteriores trabajos de Gay, vuelve a contar con su habitual cómplice, Tomàs Aragay, en labores de escritura, para desarrollar una historia que sigue el camino que arrancó con En la ciudad, siguió con Ficció, luego con V.O.S., y finalmente Una pistola en cada mano, historias corales, situadas en Barcelona o alrededores, donde las relaciones sentimentales componían la sinfonía de su trama, personajes de clase media, pero sin mucha suerte con las dichosas emociones. Aquí, Gay vuelve a hacer gala de sus dotes de narrador, para relatar un encuentro entre dos amigos, pero a la vez, hay espacio para otros desencuentros, los amigos que fingen que no te vieron, y no tienen excusa, los que si te ven, pero tenían razones para no hacerlo, al hijo que cuesta contarle la verdad de uno, la ex mujer que pasaba por allí, elegir los ornamentos y cómo será tu funeral, o sobre todo, la preocupación de Julián, por el futuro de su perro, con quién se quedará y cómo vivirá sin él. También conoceremos a Paula, la prima de Julián, que representa esa parte que muestra su desacuerdo por la decisión tomada por su primo. Tomás llega con esa idea, pero poco a poco, irá desistiendo y aprovechará ese tiempo, el último que va a vivir junto a su amigo, para disfrutar de su compañía y de esos momentos que ya no volverán. Gay se muestra habilidoso en parir secuencias que muestran el interior de los personajes que va más allá de lo que a simple vista vemos, sumergiéndonos en una desnudez brutal que nos enfrenta a nuestros propios miedos e inseguridades. El tándem actoral, Darín y Cámara, (premiados en el Festival de San Sebastián) que vuelven a repetir con Gay, nos regalan unas composiciones humanas y sensibles, donde las razones ya no importan, lo que prevalece son los sentimientos, la amistad, el encuentro con el viejo amigo, compartir una comida, unas copas, un viaje y sobre todo, saber que tenemos a alguien cerca y en quién confiar, sin pedir nada a cambio, sólo con amor, ofreciendo el corazón, como cantaba Sosa.