El tiempo de los monstruos, de Félix Sabroso

cartel-grandeLAS MÁSCARAS DE LA FICCIÓN.

“El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”

Antonio Gramsi

En la obra de Seis personajes en busca de autor, de Pirandello, el dramaturgo italiano reflexionaba con sentido y astucia en la intrincada construcción de la ficción de una representación y la naturaleza de sus personajes que, andaban a la búsqueda de un sentido a sus pequeños mundos y la razón de sus existencias. El último trabajo de Félix Sabroso (Las Palmas de Gran Canaria, 1968) navega por las mismas latitudes que la famosa obra de Pirandello, profundizando en las herramientas necesarias que forman parte de la construcción de una película, y el universo que encierran los personajes que serán representados por los actores.

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La película nº 7 de Sabroso abre un punto y aparte en su filmografía, es el primer trabajo que dirige en solitario, después de la desaparición de su codirectora hasta ahora, Dunia Ayaso (1961-2014) con la que había labrado una fructífera colaboración que se remonta a principios de los 90 en el teatro, pasaron al cine donde arrancaron con Fea (1994), luego vinieron Perdona, bonita, pero Lucas me quería a mi (1997), El grito en el cielo  (1998) y Descongélate (2003),  comedias desenfadadas, extremas y enloquecidas con resultados variopintos de crítica y público, después de un tiempo dedicados al medio televisivo, vuelven con Los años desnudos. Clasificada S. (2008) la que significaría un cambio de rumbo en su filmografía, hacía un cine intimista y más comprometido, a la que siguió, la última película del matrimonio artístico, La isla interior (2009), un durísimo retrato de una familia disfuncional y sus complejas relaciones personales.

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El tiempo de los monstruos es una película arriesgada, un artefacto incendiario fuera de toda convencionalidad, un cine a contracorriente, que escapa de cualquier moda y tendencia comercial, en la que expone de manera fiel y honesta los elementos y resquicios emocionales que convergen en la construcción de las ficciones, y los personajes que las componen. Sabroso nos sitúa en un mundo atemporal y ausente (escriben en máquina de escribir, por ejemplo) espacio cerrado, y en una sola jornada, en una imponente mansión por el que circularán los personajes de su ficción, un aquelarre de seres perdidos, depresivos, sin salida, que se encuentran en otro mundo, o al menos eso es lo que creen, encontramos a Víctor (imponente Javier Cámara en otro de sus lúcidos trabajos) que interpreta al director de la película, que nunca ha logrado estrenar, un ser moribundo que se arrastra como un zombie y que pretende realizar su obra póstuma, su mujer, Clara (Pilar Castro con su habitual oficio) es la dueña de la casa y riquísima que anda amargada y solitaria en medio de una relación muerta, también está Raúl, el guionista, al que nadie hace caso, que nunca ha logrado terminar un guión, y además resulta inútil su trabajo, ya que todos admiten que trabajan sin guión, y su pareja, Virginia, una dibujante incapaz de dibujar, también, llega Andrea (Candela Peña consiguiendo mantener a flote un personaje difícil), la actriz protagonista, alcohólica, caprichosa y con tendencia a la depresión, y su acompañante, Jorge, su dentista, que más parece su criado y eunuco, que su amante. El servicio lo integran Marta (Carmen Machi sobria y relajada) y Fabián que, más parecen unos enfermeros administradores de toda clase de pastillas que unos criados.

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Presentados los personajes, Sabroso los describe de manera sencilla, sacando a la luz sus máscaras (casi todos llevan pelucas o disfraces) frustraciones, anhelos y (des)ilusiones, y los relaciona entre sí, apareciendo los habituales conflictos y rencillas entre ellos, y sobre todo, entre sí mismos, unos seres que no logran, por mucho que se esfuercen, dar sentido amplio a sus vidas, por ínfimo que este sea, unas existencias que arrastran con más pena que gloria, sometidas a la incapacidad de saber quiénes son y cuál es su función en este mundo lleno de incertidumbre, caos y desesperante. El realizador grancanario ha construido una carta de amor al cine, y ha escarbado en su oficio, en la materia prima de sus películas, en la forma más intrínseca, profunda y artesanal, en las emociones que se generan entre los técnicos y la existencia de sus personajes, y esos monstruos/miedos que los acechan constantemente y a los que se muestran incapaces de conseguir reducirlos y hacerlos desaparecer. Sabroso enmarca su obra en la desesperación y en la soledad, cine dentro del cine, creando un hermosísimo homenaje a su compañera ausente con la que trabajó más de dos décadas (la pareja que forman los directores de la película) colocando el dedo en la llaga en los traumas y complejidades tanto de los autores como de los personajes que crean, ese diálogo imposible entre unos y otros, en los que se manifiestan esos miedos que habla la película. Sabroso ha levantado con muchísimo esfuerzo y trabajo una película valiente y necesaria, una dignísima aproximación a su oficio de cineasta, en una película que define un carácter peleón y sobre todo, nos certifica a un creador que no sólo sigue haciendo trabajos interesantes y reflexivos, sino que se investiga a sí mismo y a su forma de trabajar sin olvidarse de todos los monstruos/miedos que le acechan, y nos acechan.


<p><a href=”https://vimeo.com/180054768″>TEASER FINAL EL TIEMPO DE LOS MONSTRUOS</a> from <a href=”https://vimeo.com/dypcomunicacion”>DYP COMUNICACION</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Lejos del mar, de Imanol Uribe

cartel definitivo lejos del marLAS HERIDAS QUE ARRASTRAMOS.

El cineasta Imanol Uribe (1950, El Salvador) con una interesante trayectoria en la que ha abordado la política a través de obras de gran dureza con ambientes de género negro, arrancó en 1979 con el documental El proceso de Burgos, en el que recogía mediante testimonios y entrevistas de encarcelados y encausados del consejo de guerra a integrantes de ETA por el asesinato de un comisario franquista, dos años más tarde realiza La fuga de Segovia, en la que filmaba a modo de ficción la fuga de un grupo de etarras de la cárcel, y en 1983, presenta La muerte de Mikel, en la que volvía al conflicto vasco bajo la vida de un farmacéutico abertzale que, huía de un matrimonio vacío en brazos de un travesti del que se enamora. El tema vasco volverá a su filmografía en 1994, con Días contados, adaptando libremente una novela de Juan Madrid, su película de mayor éxito de crítica y público, que se alzó con un puñado de Goyas, en la que se detenía en un etarra que se enamora de una prostituta mientras prepara un atentado.

Lejos del Mar

Uribe retoma un viejo proyecto La casa del padre, una historia sobre la reconciliación de víctimas y verdugos, que pretendía rodar después del éxito de Días contados, aunque las circunstancias sociales y artísticas impidieron la realización de la película. Ahora, en un guión firmado con el director Daniel Cebrián (autor de Cascabel y Segundo asalto) por fin ha podido filmar aquella historia, un relato que nos habla sobre un enfrentamiento, sobre dos personas torturadas que han visto truncadas sus vidas por algo que sucedió en el pasado, cuando Santi, miembro de ETA asesinó a un militar en presencia de su hija de 8 años. Santi ha cumplido 22 años de prisión por este delito, y después de salir de la cárcel, viaja hasta Almería para visitar a un antiguo compañero de prisión. Allí, por casualidad se encuentra a Marina, la hija del militar que asesinó. El realizador, vasco de adopción, es un todoterreno, un cineasta de obras contundentes y poderosas que no deja indiferente, en las que sumerge al espectador en historias crudas y al límite, en las que el viaje sólo es de ida, en el que sus personajes se mueven en ambientes tanto físicos como emocionales de alto riesgo, en la que destaca una sublime ambientación, una luz poderosa (obra de Berridi o Aguirresarobe) y unos personajes de fuerte complejidad que batallan contra sus dudas y miedos.

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Uribe enfrenta a dos almas en pena, dos criaturas rotas, heridas y que aunque lo intentan mucho, no han logrado olvidar, porque realmente hay cosas difíciles de olvidar, quizás la única manera sea plantarles cara y dialogar con aquello que duele, que mata y no deja vivir. Una historia bien filmada, que saca provecho de la luz inmensa y libre del Cabo de Gata (mismo escenario donde rodó Bwana en 1996 que le valió la Concha de Oro en San Sebastián), con ese viento que se mete dentro, un lugar de vacaciones, de turismo, que aquí cambia su tono, convirtiéndose en un escenario imposible, en algo parecido a una isla donde han ido a morir dos náufragos que quieren huir de todos, pero sobre todo, de sí mismos. El veterano cineasta filma de manera seca y áspera su relato, marcado por la sobriedad de unos personajes que miran más que hablan, que desean cerrar sus heridas, pero no saben cómo hacerlo y por dónde empezar. La película, tanto en su argumento como en su sequedad, recuerda a La segunda vez, del italiano Mimmo Calopresti, protagonizada por el cineasta Nanni Moretti, en la que planteaba un relato en el que también enfrentaba a dos víctimas del terrorismo, por un lado, el hombre que escapó de la muerte, y la asesina que no consiguió su objetivo. Dos obras que nos hablan de la reconciliación, de curar las heridas, también de venganza, y la manera de como gestionar los miedos y el dolor emocionales para continuar viviendo a pesar de todo lo ocurrido.

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Uribe filma de forma contundente y precisa, no hay música incidental, tampoco adornos melodramáticos, ni nada que se le parezca, el relato se llena de matices y detalles, contado de manera suave, sin prisas, construido de manera seca y áspera, las imágenes transmiten el dolor y el vacío que sienten los personajes, interpretada por Eduard Fernández y Elena Anaya, una pareja magnífica de actores que dan vida a unos personajes necesitados de cariño y diálogo, dotándolos de humanidad y dignidad, estupendamente bien secundados por el resto del elenco, que como es habitual en el cine de Uribe, crean sus interpretaciones a partir de unos leves gestos o miradas, como el caso de José Luis García Pérez, el marido enfadado, Ignacio Mateos, el amigo moribundo, o Susi Sánchez, la madre de Marina, que a partir de ahora forman parte de ese nutrido grupo de actores de reparto que han dejado huella en el cine de Uribe, como la Elvira Mínguez, Candela Peña o Peón Nieto en Días contados o Gurruchaga en El rey pasmado, por citar algunos. Uribe ha realizado una película valiente y necesaria, poniendo el dedo en la llaga, dando un punto de vista serio y lleno de energía en un conflicto que desgraciadamente sucede y sucederá, en ese encuentro entre víctimas del terrorismo, los unos, porque guiados por una causa en la que creían cometieron las mayores barbaridades, y los otros, porque fueron testigos directos e indirectos de todos los actos que sucedieron.