Volveréis, de Jonás Trueba

¿ADIÓS, AMOR?.

“Es otro año más de cualquier verano, el último a tu lado. La brisa en el mar comienza a bailar. Y nos está anunciando. Septiembre está llegando. Aún no sé qué pasará, si volveré o serás tú quien volverá. Quien de los dos será quien mire al otro pasar”

El comienzo de la canción “Volveréis”, de Adiós amores, que abre la película.  

La primera imagen que vemos de Volveréis, la película número 8 de Jonás Trueba (Madrid, 1981), su personalísima y particular «Noche americana» en Madrid, es ennegrecida, a poquísima luz, en la que reconocemos a una pareja dormida, o al menos es lo que parece. Escuchamos a Álex que interpreta Vito Sanz, decir que deberíamos hacer lo que dice tu padre, eso de celebrar una fiesta de separación. Ale que hace Itaso Arana, se levanta y va a la ventana y después de mirar al cielo dice que va a llover. Es 30 de agosto, sábado por la noche, y el verano se está acabando como nos explica la canción que abre la película y encabeza este texto. Una primera secuencia que explica toda la película, y deja claro su tono, su mirada y la melancolía de un amor que fue, que se está yendo como el verano y además, verbaliza lo que nunca sabremos de esta pareja, las causas que les han llevado a separarse después de 14 años, aunque la historia irá, entre los pliegues de las acciones, dejando entrever alguno de los motivos.   

Cada película de Jonás que veo es una aventura en sí misma, una aventura de la cotidianidad, una nueva variación del eterno conflicto sentimental (como las de Rivette, Rohmer, Hong Sang-soo y otros exploradores de los sentimientos), unas variaciones incompletas, partes mínimas de unas fugaces y pequeñas vidas de unos personajes que viven en Madrid y van y vienen con sus vidas. Son relatos sencillos, nada convencionales, apuntes y esbozos de una vida, de esas intersecciones o intermedios de la vida, cuando todo parece en transición formándose hacía otra cosa, lugar o vete tú a saber. Sus películas captan instantes fugaces de la existencia, anclados en breves espacios de tiempo, llenas de imperfecciones y esa cualidad, porque es una cualidad, es la que las hace tan especiales y conmovedoras. No son comedias ni tampoco románticas, ni mucho menos dramas, pero contienen todo eso, así como también interesantes reflexiones sobre la vida, el amor, el cine y sus procesos y eso que nos ilusiona a través de amistades, libros, películas, y demás circunstancias de aquí y allá. Sus personajes no son ejemplos de nada, sino meros humanos que aciertan poco y se equivocan mucho, como hacemos todos, sin vidas extraordinarias, porque lo extraordinario en el cine de Jonás es su simpleza, su cercanía, su modestia y su enriquecedora transparencia, a partir de guiones de apariencia sencilla pero tremendamente complejos sentimentalmente hablando. 

Su octava película remite muy especialmente a Los ilusos (2013) la no película que se hace cuando los cineastas no hacen películas, y título de la productora de Jonás y sus amigos, entre ellos Javier Lafuente: Los Ilusos Films, de la que han aparecido 6 películas del propio Jonás, y Las chicas están bien (2023), de la citada Itsaso. Y porque digo esto, porque si aquella era una película sobre la imposibilidad del cine, seis películas después, Jonás ha derribado varias puertas con Volveréis. La primera y más evidente es el guion, que comparte con sus dos protagonistas, como en la trilogía Antes de… de Linklater, y más cosas como volver a hablar del cine desde dentro, donde la imposibilidad de aquella se ha convertido aquí en una realidad cotidiana donde el cine está muy presente, como vemos a Itsaso, directora que, está montando su próxima película, en la que comparte imágenes con Volveréis, o quizás, ahí reside la naturaleza del cine de Jonás, donde vida y cine, o lo que es lo mismo, documento y ficción se dan la mano, se mezclan y forman parte de un todo, como sucedió en Quién lo impide. Por su parte, Vito es el actor de la película de ficción y actor que nunca llaman, cansado de los putos selftapes de moda. Sus amigos trabajan en el cine, como la secuencia que los reúne a todos para ver el primer corte de la película, o ese otro momento en que aparece Francesco Carril, dirigido por Sorogoyen, en una serie romántica. 

Otro muro evidente es el de hablar de los suyos: de su padre, Fernando y su película más especial Mientras el cuerpo aguante (1982), que ya homenajea en Los ilusos, pero aquí está más presente donde el cine se hace con amigos y se comparte y se muestra su materia prima, y además, Fernando Trueba está como actor, y qué bien lo hace haciendo de padre de Itsaso e instigador de la famoso fiesta de preparación, que más joven eso sí, pero con el batín y rodeado de libros y hablando de películas y con ese aire de despiste y aislado, como el Luis Cuenca de la maravillosa La buena vida (1996), de David Trueba. Un padre que habla de música y de cine y de libros, como “El cine, ¿Puede hacernos mejores?, de Stanley Cavell, clave en la película de Jonás, como el de Kierkegaard del amor repetición. Apunte a su abuelo Manolo Huete, pintor y actor de películas. Amén de muchas otras referencias cinéfilas como ocurre en cada película de Jonás, la que hace a Bergman y Ullman y esa peculiar baraja de cartas, a Truffaut, y las canciones tan presentes: Nacho Vegas y alguna que otra melodía y la canción que cierra la película, que es mejor no desvelarla para ocultar la sorpresa de los futuros espectadores. El cine de Jonás no sólo ha dado un paso más, sino que se ha atrevido a exponer y exponerse de forma más clara y directa, sin perder ningún atisbo de su esencia y el alma que recorren sus películas-experimentos donde en cada una se atreve más a enseñar y mostrarse sin ningún tipo de pudor, con elegancia y sin titubeos ni complacencias. 

No podían faltar en otra aventura “ilusa”, el equipo que viene acompañándola como Santiago Racag en la cinematografía, donde la luz es tan ligera, tan cercana y tan conmovedora, Marta Velasco en el montaje, gran ritmo y concisión a una película de casi dos horas, Miguel Ángel Rebollo en el arte, que piso tan certero, con esas dos plantas, dos espacios, dos personas y dos mundos, y tantos marcos y trastos de por medio, Laura Renau en el vestuario, Álvaro Silva en el sonido directo, Pablo Rivas Leyva en diseño de sonido y mezclas, y demás cómplices para dar forma a unas películas que capturan la vida, el cine y todo lo que le rodea, desde la realidad y la ficción, o ese limbo donde el tono y su atmósfera fusiona ambas cosas, generando una forma en la que todas las películas se parecen, donde sus historias parece que están sucediendo a la vez, y en cierta manera, funcionan como independientes una de las otras, como esa pareja que se ha ido a vivir fuera como sucedía en Tenéis que venir a verla, las torpezas de Vito con los idiomas como en Los exiliados románticos, los personajes que se quedan en verano en Madrid como en La virgen de agosto, y muchas más.  No sólo hay referencias al cine y la literatura y la música como he mencionado, sino que también a los “amigos” como a Ángel Santos y su película Las altas presiones (2014), que vemos por ahí, y su pareja protagonista Andrés Gertrudix y la citada Itsaso, ahora como hermanos, y algunas más que prefiero mantener en secreto.

En el apartado actoral tenemos a dos fieras como Itsaso Arana y Vito Sanz, los Ale y Álex de la historia. La pareja que se separa y no para de decir que estamos bien. Esas maravillosas contradicciones de la vida que también retrata Jonás en su cine, con esa discusión tras película que sin excederse, define el punto en el que se encuentra la pareja y su decisión. La película es radicalmente simple en su estructura, porque va de cómo esta pareja va informando a sus allegados su separación e invitándolos a la fiesta que harán para celebrarlo. Aunque parezca banal no lo es ni mucho menos, porque sin explicar lo que ocurre se va explicando casi a susurros, sin entrar nunca de lleno, porque estamos ante una película que habla de una separación sin hablar de ella, mientras la vida, el cine, los amigos van ocurriendo y pasando por ese final del verano, a un mes vista de la fiesta. Con ese Madrid omnipresente, donde vive Jonás, con sus calles, su rastro de los domingos, los pocos bares de barrio que quedan, con el pirulí apuntando a todo o a nada, los trayectos en autobús, donde la ciudad y la cómplice mirada de Jonás va enseñando sus vidas, sus ilusiones, sus tristezas y sus sueños, y todo eso que está en nosotros y casi nunca explicamos. 

El octavo trabajo de Jonás podría ser vista como la imposibilidad de contar el amor y el desamor en el cine, ya desde su peculiar título “Volveréis”, que no nace en la pareja sino en los otros, que es lo dicen al enterarse de semejante propuesta. Porque la película de Jonás se mueve entre líneas, entre los intermedios de la vida y del amor, aunque la vida continúe pero sus personajes se encuentran en mitad de un puente, o en ese momento que sales de la sala porque has de ir al lavabo y te pierdes un trozo de la película, o cuando dejas un libro y vuelves más tarde, o empiezas a escuchar una canción y la paras porque ha surgido algo. Todos esos instantes de la vida, donde se detiene lo que estabas haciendo y con quién, están retratados con sensibilidad, naturalidad y complicidad en las películas de Jonás, y quizás, es lo que las hace tan especiales, tan diferentes y sobre todo, tan ellas. Me permitirán que acabe con algo personal, viendo a Ale y Álex me he acordado de lo difícil que es acabar el amor y que me hubiera gustado terminar con una fiesta una relación que tuve, celebrando no el amor que ya no está, sino celebrar la vida, el tiempo de amor y los amigos y todo lo demás. Quizás seamos siempre principiantes en el amor como se citaba en La reconquista, y quizás el amor es una ilusión y nada más, no lo sé, y tal vez, el cine no nos hace mejores, lo que si sé es que el cine es un lugar maravilloso para estar y olvidarse de este planeta por un rato, y olvidarse de uno, de quién es y mirar la vida de personas como Ale y Álex, porque seguro que nos ayuda a sentirnos menos solos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hasta el fin del mundo, de Viggo Mortensen

HISTORIA DE UN AMOR. 

“Cuando nos vimos por primera vez, no hicimos sino recordarnos. Aunque te parezca absurdo, yo he llorado cuando tuve conciencia de mi amor hacia ti, por no haberte querido toda la vida”

Antonio Machado 

Me gusta pensar que Hasta el fin del mundo (“The Dead don’t Hurt”, en el original), la segunda película de Viggo Mortensen (Watertown, New York, 1958), nace de dos películas que protagonizó el actor danés-estadounidense como Appaloosa (2008), de Ed Harris y Jauja (2014), de Lisandro Alonso. Dos western crepusculares, o como a mi me gusta describirlos: “No Westerns”, es decir, historias donde la épica y el heroísmo de los primeros años del género ha desaparecido, donde sus protagonistas son almas de vuelta, entrados en los cincuenta y sesenta, seres que fueron y ya no son, individuos perdidos y solitarios que ya no encuentran su lugar y mucho menos su paz, tipos que la modernidad materialista ha pasado muy por encima. Hombres a caballo que arrastran demasiadas derrotas, demasiados recuerdos y sobre todo, demasiados amores perdidos. En definitiva, fantasmas vagando por unos territorios ajenos, raros y vacíos. 

Mortensen se aleja de su primera película o quizás, se sitúa en otra perspectiva sobre el significado de amar. si en aquella Falling (2020), se centraba en la imposible relación entre un autoritario padre y su hijo homosexual. Ahora, el amor que nos explica es un amor maduro, un amor inesperado, y un amor entre dos seres independientes, libres y valientes. Dos almas que se encuentran o reencuentran, quién sabe. Durante la mitad del XIX, tenemos a Holger Olsen, un inmigrante danés que se agencia una abandonada y pequeña granja en Elk Falts en Nevada, un pueblo cerca de la frontera.  Un día, conoce a Vivienne Le Coudy, otra desplazada pero francesa, que es su alma gemela y los dos se enamoran, o lo que es lo mismo, los dos aceptan sus soledades y sus formas de compartirla. Tiene la película el aroma de Doctor Zhivago (1965), de David Lean, tanto en un amor imposible y una coyuntura política y violenta difícil de soportar. No voy a entrar en detalles del argumento, pero pueden imaginarse que la película está estructurada a través de los arquetipos del género: un pueblo miedoso, los típicos caciques, dueño del banco y del salón, que controlan el cotarro, y además, el matón de turno. Almas oscuras que, desgraciadamente, se verán las caras con la paz en la que viven Holger y Vivienne. Sólo decir que el guion, también de Mortensen, está dividido en dos tiempos, el presente y el pasado, o lo que es lo mismo, lo vivido y lo recordado, con la guerra de Secesión en la trama, aparta a él de ella y la deja sola, como si fuera Penélope esperando a Ulises, pero en una espera quieta sino muy activa, centrándose en su cotidianidad, en su trabajo, en su carácter y en la transformación de una granja sin más en un agradable hogar. 

Mortensen se ha rodado de dos grandes productores como Jeremy Thomas, toda una institución en la industria cinematográfica con más de 70 títulos a sus espaldas al lado de extraordinarios cineastas como Bertolucci, Wenders, Cronenberg, Frears y Skolimowski, entre muchos otros, y Regina Sólorzano, detrás de éxitos recientes como La isla de Bergman (2021), de Mia Hansen-Love y El triángulo de la tristeza (2022), de Ruben Östlund, amén de parte del equipo que ya estuvo con él en Falling como el director de fotografía Marcel Zyskind, habitual de Michael Winterbottom, consiguiendo esa luz tenue y acogedora en la que no sólo se detallan los pliegues de la intimidad, sino aquella leve brisa donde nada ocurre y en realidad, ocurre la vida o eso que llamamos vida, la edición de Peder Pedersen, que debuta con esta película, en una obra nada fácil que se va a los 129 minutos de metraje, pero que no es un hándicap, ni mucho menos, porque se cuenta sin prisa, con las debidas pausas, y sin embellecer nada, hurgando en las vidas pasadas y presentes de sus dos protagonistas y demás almas que se encuentran, y tres cómplices como los diseñadores de producción Carol Spier y Jason Clarke, y la diseñadora de vestuario Anne Dixon. 

Un reparto encabezado por la magnífica Vicky Krieps que, a cada película que vemos de ella, no sólo incrementa su altura como actriz, sino que nos deja alucinados con sus múltiples registros y detalles, en unos interpretaciones basadas en la mirada y el gesto, comedidos y sin estridencias, desde dentro, transmitiendo sin hablar todo el peso y la memoria de sus respectivos personajes. Estoy enamorado de la calidad interpretativa de una mujer que añade profundidad a cada gesto de la inolvidable Vivienne Le Coudy, tan misteriosa como sencilla, tan cercana como de verdad, un personaje que está a la misma altura de Lara que hacía Julie Christie en la antes mencionada obra cumbre de Lean. Dos almas enamoradas, dos almas inquietas, dos almas independientes y sobre todo, dos almas humanas. Mortensen que, a parte se encarga del guion como he comentado, de la coproducción, de la música, excelente composición, como ya hizo en las citadas Jauja y Falling, y de partenaire de la Krieps, en la piel de Olsen, un tipo maduro, un tipo que ha cabalgado mucho tiempo, y ya cansado quiere estar tranquilo y en paz consigo mismo, aunque todavía le quede algo de aventura y acción, con la misma sobriedad que su compañera de reparto, en el mismo todo y con la mirada llenando el cuadro. Les acompañan un elenco comedido y profundo, que con poco hacen mucho, como el chaval, que recuerda cuando el actor hizo La carretera (2009), de John Hillcoat y la compañía de grandes actores como los Danny Huston, Garret Dillahunt y Solly McLeod, el trío calavera de la cinta, volvemos a encontrarnos con Lance Henriksen que fue su padre en Falling, y los veteranos Ray McKinnon y W. Earl Brown, entre otros. 

No se pierdan una película como Hasta el fin del mundo, según el distribuidor, porque es una película que recuerda a aquellos westerns como El árbol del ahorcado, de Delmer Deaves, El hombre que mató a Liberty Valance, de Ford, Érase una vez el oeste, de Leone, La balada de Cable Hogue, de Peckinpah, El juez de la horca, de Huston, Sin perdón, de Eastwood, y muchas más, que arrancó a finales de los cincuenta y cayó a finales de los setenta, con alguna excepción. Sólo son unas pocas porque los amantes del género sabrán muchas más, y tendrán sus favoritas. Un cine que dejó el falso heroísmo, tan propagandístico en el Hollywood que vendía felicidad, y comenzó a mirar el no western con nostalgia, centrándose en sus mayores, en lo quedaba después de años de deambular por el desierto y los pueblos, y por tantas llanuras y desafíos, que quedaba de esos hombres a caballo, pistola en el cinto y sin más hogar que el que cabía en las alforjas de su caballo. Hombres convertidos en meras sombras y espectros de lo que fueron, alejados de la leyenda y siendo hombres viejos, cansados y con ganas de paz y por qué, no, enamorarse. Quizás es mucho pedir, pero viendo sus biografías, era lo que desearíamos cualquiera de nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Priscilla, de Sofia Coppola

LA JOVEN ENAMORADA DE ELVIS.  

“Me gustaría explicar… no me malinterpreten: Elvis fue el amor de mi vida. Fue el estilo de vida lo que me resultó demasiado difícil. Nos mantuvimos unidos incluso después, tuvimos a nuestra hija y me aseguré de que siempre la viera. Es como si nunca nos hubiéramos dejado, me gustaría dejarlo claro”.

Priscilla Presley en sus memorias “Elvis y yo”.

De las 7 películas que conforman la filmografía de Sofia Coppola (New York, EE.UU., 1971), la mayoría están protagonizadas por jóvenes, adolescentes y primera juventud, chicas con deseos, ilusiones y esperanza que conocerán las oscuridades de la vida, y todo lo que conlleva para su interior. Las jóvenes de Coppola, basadas en historias reales, son mujeres fieles a su tiempo, encadenadas en una existencia llena de insatisfacción como sucedía en Las vírgenes suicidas (1999), la joven perdida en Lost in Translation (2003), la valiente y rebelde incomprendida en Maria Antonieta (2006), las enfermas de lujo en The Bling Ring (2013), y las jóvenes sedientas de lujuria en La seducción (2017). Con Priscilla vuelve a ese espacio donde la vida parece grande, llena de expectativas y donde nada ni nadie la puede derrumbar por toda la energía, la vida y los sueños que la llenan. 

Tenemos a una adolescente Priscilla Beaulieu que vive con su familia tradicional de padre militar en Alemania Occidental. Allí, con tan sólo 14 años conoce a Elvis Presley, diez años más mayor, que ya apuntaba a la estrella en la que se convertiría. Un amor puro, de respeto, de cariño y de cuento de hadas. Con muchos vaivenes, finalmente se trasladaron a Graceland, la mansión de Elvis y su familia. Y es ahí, donde arranca la película de Coppola, basada en las memorias “Elvis y yo”, de la mencionada Priscilla Presley. No estamos ante una película fácil, ni mucho menos, porque tenemos a una adolescente encerrada en una gran mansión, sola y muy desencantada, ya que sus demás habitantes le resultan unos desconocidos, si exceptuamos a alguna mujer del servicio con la que construirá algo de intimidad. Elvis es menos que una sombra, siempre de viaje, siempre ausente. La directora neoyorquina no se había enfrentado hasta ahora a un relato tan hacia adentro, porque lo que ocurre, la vida y el amor están en off, siempre están alejados por intervalos, entre soledades y presencias, por eso, resulta más que importante que la actriz que interpretase a Priscilla debía ser una desconocida y sobre todo, una actriz que compusiese su personaje desde la intimidad, a través de la mirada, los gestos, leves y certeros, y desde el silencio, todo ese silencio que rodea su existencia. 

La joven Cailee Spaeny, a la que habíamos visto en papeles de reparto en Una cuestión de género (2018), de Mimi Leder y Malos tiempos en el Royale (2018), de Drew Goddard, entre otras, se convierte en la auténtica alma mater de la película, en una actuación memorable y fascinante, asumiendo el rol de Priscilla y consigue lo más difícil, que sintamos como ella, sin ningún alarde ni gesto asombroso, sino desde lo más sencillo, con esos paseos sonámbulos por Graceland, en silencio, con miedo a tocar algo, como un especie de fantasma, que refleja la falta de vida que tiene, en contraposición a cuando está con Elvis, toda vida, todo amor, y toda alegría. El protagonismo absoluto se lo lleva Priscilla, que curiosamente, en la película Elvis (2022), de Baz Luhrmann, es un personaje apenas visible. Aquí, es todo lo contrario, quizás la película de Coppola es la respuesta a aquella ausencia, porque vemos, sentimos y acariciamos la vida y la oscuridad de Priscilla, una joven que se enamora de una estrella del rock, y su vida no acaba de ser el cuento de hadas que imaginaba o que creía ingenuamente. Tiene una luz y un tono parecido como el que había en La seducción (2017), con la que comparte el mismo cinematógrafo Philippe Le Sourd, creando esa sensación de aura magnética donde la luz es acogedora, pero también, algo inquietante, como si estuviéramos en una película de terror sutil y nada evidente, porque, en muchos instantes, tenemos la sensación que Priscilla está en una cárcel y ella se ha convertido en una autómata sin vida, sin amor y sin nada. 

La música del grupo indie rock francés Phoenix vuelve a trabajar en una película de Coppola, en su cuarto trabajo con la directora, en la que consiguen una música excelente, una score que ayuda a ese deambular vacío y triste de la protagonista, aportando esa idea de fantasmagoría, de irrealidad y de inquietud en el que está la protagonista. El montaje de Sarah Flack que, a parte de trabajar con Soderberg y Mendes, ha editado todas las películas de la cineasta neoyorquina, hace toda una exquisita composición del tempo y la pausa para envolvernos en ese aura de terror y angustia, sin evidenciarlo, sino a través de la sutileza y lo cotidiano, en una película que llega casi a las dos horas de metraje, que, en ningún momento, existe la sensación de sopor y estancamiento. La idea de reclutar a un grupo de intérpretes poco conocidos para dar más verosimilitud los personajes y a todo lo que acontece, también se hace notar en el rol de Elvis que hace el actor Jacob Elordi, interpretando desde lo íntimo a una rockstar como fue Elvis, quizás la más grande que hubo y habrá, una interpretación desde lo más profundo, sin caer en la estridencia ni en la caricatura, así como los demás actores y actrices que pululan por la película siendo los músicos y amigos del Rey del Rock. 

Si alguien busca en Priscilla una película al uso, es decir, el biopic hollywoodense para llevarse un buen puñado de Oscars y reconocimientos de la crítica más enrollada con el sistema/fábrica de sueños estadounidenses, se equivoca de largo, porque Sofia Coppola vuelve a construir una trama que más tiene de película de terror y desamor que de otra cosa, volviendo a trazar una radiografía profunda y muy crítica sobre los estamentos de Hollywood y esa obsesión por la fama y el éxito y el dinero, como ya hiciese en la magnífica Somewhere (2010), donde nos situaba en los intervalos y los espacios límbicos de una Hollywood Star o lo que quedaba de ella, con minuciosidad, templanza y sin caricaturizar, como hace en Priscilla, una película muy incómoda, muy aniquilante, muy de verdad, que cose con pausa y buena cocción, todo lo que no vemos de los cuentos de hadas o los cuentos de terror y pesadilla, lo que no vemos detrás de la cortina, o lo que es lo mismo, lo que queda después que se cierre la gran valla de Graceland, esa casa de los sueños o pesadillas, sino que le pregunten a Priscilla, en los 14 años que compartió con Elvis, el hombre, el rockstar y la sombra tan oscura que rodea el éxito que puede acabar en pesadilla. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La zona de interés, de Jonathan Glazer

EL HORROR ESTÁ AL OTRO LADO DEL MURO. 

“Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales”. 

Del libro: Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, de Hannah Arendt. 

En la monumental Shoah (1985), de Claude Lanzmann, quizás la reflexión más humana y profunda de lo que significó el exterminio nazi, se obvian las imágenes de archivo, y se da el protagonismo al relato, al testimonio de aquellos que lo conocieron y sufrieron. La película se decanta por no mostrar, por no enseñar el horror y la muerte. Todas las imágenes que hemos visto en muchas ocasiones son imágenes que filmaron una vez que se liberaron los campos de exterminio. De las imágenes cotidianas en los campos no tenemos constancia, incluso los nazis no las filmaron. Así que, puestos a retratar ese horror, debemos inventarlas, o irnos hacia el otro lado, no mostrarlas. Obviando la mayoría de películas sobre el mismo tema que las inventaron, decisión que no comparto, nos vamos a centrar en esas otras, como Shoah, que las obviaron, y como se hizo en El hijo de Saúl (2015), de László Nemes, donde el off complementa esa ausencia del horror, que no vemos pero esta muy presente, porque lo escuchamos y sentimos. 

En La zona de interés, de Jonathan Glazer (London, Reino Unido, 1965), basada en la novela homónima del británico Martin Amis (1949-2023), se centra en Auschwitz, pero no en el campo y lo que sucedía allí dentro, sino lo que hay al otro lado del muro, la casa colindante del comandante jefe Rudolf Höss, su mujer Hedwig y sus cuatro hijos, y el servicio. El relato se centra en los quehaceres diarios de la casa, el detalle perfeccionista de Hedwig en mantener limpio y bello su gran jardín, y en ser una excelente anfitriona con sus visitas, y tener una dedicación a sus hijos. La película filma la “normalidad” de unas personas “normales”, como menciona Arendt en la frase que encabeza este texto. La naturalización del horror, porque no pasa en su casa, sino al otro lado del muro, donde nos vienen gritos, ráfagas de metralleta, ladridos de perros y el incesante humo de los hornos crematorios que se confunden con los sonidos de la cotidianidad del hogar, como ya anunciaba su ejemplar arranque con ese cuadro negro en el que escuchamos gritos de horror a lo lejos, y poco a poco, se van y aparecen el sonido de pájaros, el río y unos niños hasta que se abre y vemos una estampa familiar, la de los Höss pasando un día en la naturaleza. Un cuadro que llena de una naturalidad que inquieta y perturba hasta la extenuación, como esos instantes que vemos vestirse al comandante y mirándose al espejo, al que vemos de espaldas, con ese peculiar corte de pelo, y esa forma de caminar, tan seguro y tan convencida. 

Estamos ante una película de gestos, nada extravagantes ni estridentes, sólo cotidianos, filmados en un estatismo que incómoda y una forma cuadrada que evidencia ese voyeurismo en el que está planificada todas las secuencias, estamos ahí, miramos y escuchamos, y somos testigos del horror que no vemos, mirando a unas personas que lo provocan, y que viven así, como si nada. Un espectacular trabajo de cinematografía del polaco Lukasz Zal, del que conocíamos por sus películas con Pawel Pawlikowski en Ida (2013) y Cold War (2018), y en Loving Vincent (2017), y en Estoy pensando en dejarlo (2020), de Kaufman, en una exhaustiva planificación donde el plano se mantiene firme y sólido, con apenas algún movimiento, y con esa luz natural que duele, o podríamos decirlo de otra forma, que se mueve entre lo artificial y lo natural, entre lo bello y la fealdad, entre lo físico y lo emocional, en ese limbo e intermedio en el que todo convive, la vida y la muerte apenas separadas por los pocos centímetros de un muro. Un exquisito trabajo de sonido del dúo Johnnie Burn, del que lo conocíamos por sus trabajos con Lanthimos y la tercera colaboración con Glazer, y Tarn Willers, con una trayectoria de más de 70 títulos, construyen un sonido que se mueve entre la cotidianidad del hogar y las conversaciones, con aquellos que provienen del otro lado, que sin llenar el cuadro, también están presentes y se convierten en algo físico. 

El mismo trabajo del sonido podríamos decir de la estupenda música de Mica Levi, con un tratamiento entre lo perturbador, muy al estilo del cine de terror clásico, con algunas distorsiones que dan ese tono de horror en el que se vive sin más, una música que se convierte en un estado más de ese siniestro lugar, como ya hizo en películas como Jackie (2016), de Larraín, y en Monos (2019), de Alejandro Landes, en su segunda cinta con Glazer después de Under the Skin, donde también jugaba a ese sonido/musical que convertía la historia en un siniestro y perturbador cuento de terror muy íntimo, como hace en La zona de interés. El montaje de Paul Watts, que casi todo su trabajo ha estado vinculado al de Glazer, se mueve entre el corte limpio, y una edición donde prima los diferentes planos y encuadres desde varios puntos de vista, en el que nos muestran al detalle esa casa y su jardín, lo bello y lo normalizado en contraposición a lo que sucede al otro lado del muro, en una trama sencilla, directa y sobre todo, inquietamente natural en sus poderosos 106 minutos de metraje, que no dejan indiferentes y sobre todo, nos incomodan, sólo enseñándonos eso, junto a lo otro. 

Del reparto destacamos tres figuras esenciales para la película: tenemos a la deslumbrante y “perfecta” Sandra Hüller, que también protagoniza este año otro gran filme como Anatomía de una caída, de Justine Triet, hace de Hedwig, la señora de la casa, tanto en su forma de vestir, de peinarse, de caminar y toda su figura y su desplazamiento la hace de una normalidad que perturba, donde el horror no reside en lo que hace, que es de lo más sencillo y natural, sino en el lugar que ha convertido su hogar, que es la muerte para tantos. Le acompaña Christian Friedel que hace de su esposo, padre de sus hijos y comandante de Auschwitz, que ya lo habíamos visto en La cinta blanca (2009), de Haneke, y Amor Fou (2014), de Jessica Hausner, entre otras, su nazi no es un tipo que da pavor, sino uno más de la maquinaria, un funcionario que llevaba a cabo las órdenes sin rechistar y creyendo que hacía el bien de su ideología, nada más, por eso da más miedo, porque podríamos ser nosotros, y luego están otros intérpretes alemanes que dan esa profundidad tan necesaria en una película estática pero muy física. 

Glazer que hasta ahora se había en el género: el thriller en Sexy Beast (2000), el fantástico en Birth (2004) y en el terror en Under the Skin (2013), vuelve una década después con su mejor obra, por todo lo que hemos explicado anteriormente, y sobre todo, porque esa naturalización del horror tan presente en nuestros días, eso sí, al otro lado del muro de Melilla, de México, y de tantos otros muros de la vergüenza y el horror que los países enriquecidos alzan para que aquellos invisibles que provienen de los países empobrecidos sigan siendo “los otros”, los que no se muestran, los que mueren y los que desaparecen. Se habla mucho de la memoria, de recordar, de tener presentes los desmanes pasados, con museos y demás. Pero, ¿De qué sirve recordar? ¿Hemos aprendido algo? Seguramente, no. Visto el presente donde el orden mundial sigue alimentando guerras, injusticias y muros para que el horror quede al otro lado, y sigan habiendo funcionarios como los nazis que materializan tantas órdenes miserables que atentan contra la vida de los invisibles, desposeídos, de los nadies que mencionaba Galeano. En fin, un horror Quedémonos con películas como La zona de interés, de Glazer, que profundizan y reflexionan sobre lo que fuimos, lo que somos y en lo fácil que es convertirse en un monstruo y seguir siendo una persona “normal”. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El cine de aquí que me emocionó en el 2022

El año cinematográfico del 2022 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 30 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión de un servidor, no obedece, en absoluto, a ningún ranking que se precie).

1.- CANTO CÓSMICO, NIÑO ELCHE, de Marc Sempere-Moya y Leire Apelllaniz

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2.- LA ABUELA, de Paco Plaza

# https://242peliculasdespues.com/2022/01/30/la-abuela-de-paco-plaza/

# https://242peliculasdespues.com/2022/01/31/entrevista-a-almudena-amor/

3.- TROS, de Pau Calpe

# https://242peliculasdespues.com/2022/02/27/tros-de-pau-calpe/

# https://242peliculasdespues.com/2022/03/01/entrevista-a-pau-calpe/

4.- ELES TRANSPORTAN A MORTE, de Helena Girón y Samuel M. Delgado

# https://242peliculasdespues.com/2022/05/20/eles-transportan-a-morte-de-helena-giron-y-samuel-m-delgado/

5.- ALMA ANCINA, de Alvaro Gurrea

# https://242peliculasdespues.com/2022/05/27/alma-anciana-de-alvaro-gurrea/

# https://242peliculasdespues.com/2022/05/29/entrevista-a-alvaro-gurrea/

6.- ALCARRÀS, de Carla Simón 

# https://242peliculasdespues.com/2022/06/01/alcarras-de-carla-simon/

# https://242peliculasdespues.com/2023/07/31/entrevista-a-arnau-vilaro/

7.- LAS GENTILES, de Santi Amodeo

# https://242peliculasdespues.com/2022/06/05/las-gentiles-de-santi-amodeo/

# https://242peliculasdespues.com/2022/06/06/entrevista-a-lola-buero-y-africa-de-la-cruz/

# https://242peliculasdespues.com/2022/06/07/entrevista-a-santi-amodeo/

8.- TENÉIS QUE VENIR A VERLA, de Jonás Trueba

# https://242peliculasdespues.com/2022/06/17/teneis-que-venir-a-verla-de-jonas-trueba/

# https://242peliculasdespues.com/2022/06/26/entrevista-a-jonas-trueba-e-irene-escolar/

9.- RENDIR LOS MACHOS, de David Pantaleón

# https://242peliculasdespues.com/2022/06/16/rendir-los-machos-de-david-pantaleon/

# https://242peliculasdespues.com/2022/06/19/entrevista-a-david-pantaleon/

10.- CANTANDO EN LAS AZOTEAS, de Enric Ribes

# https://242peliculasdespues.com/2022/07/01/cantando-en-las-azoteas-de-enric-ribes/

# https://242peliculasdespues.com/2020/10/19/entrevista-a-gilda-love-en-el-rodaje-de-cantando-en-las-azoteas-de-enric-ribes/

11.- UNA PELÍCULA SOBRE PAREJAS, de Natalia Cabral y Oriol Estrada

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12.- EL SECRETO DEL DR. GRINBERG, de Ida Cuéllar

# https://242peliculasdespues.com/2022/08/31/el-secreto-del-doctor-grinberg-de-ida-cuellar/

# https://242peliculasdespues.com/2022/04/24/entrevista-a-ida-cuellar/

13.- PACIFICTION, de Albert Serra

# https://242peliculasdespues.com/2022/09/04/pacifiction-de-albert-serra/

# https://242peliculasdespues.com/2022/09/22/entrevista-a-ariadna-ribas/

# https://242peliculasdespues.com/2023/09/11/entrevista-a-artur-tort/

# https://242peliculasdespues.com/2023/09/17/entrevista-a-montse-triola/

# https://242peliculasdespues.com/2023/12/14/entrevista-a-albert-serra-3/

14.- DÚO, de Meritxell Colell

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# https://242peliculasdespues.com/2022/09/14/entrevista-a-meritxell-colell-3/

15.- 918 GAU, de Arantza Santesteban 

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# https://242peliculasdespues.com/2022/10/02/entrevista-a-arantza-santesteban/

16.- LA CONSAGRACIÓN DE LA PRIMAVERA, de Fernando Franco

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17.- MODELO 77, de Alberto Rodríguez

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# https://242peliculasdespues.com/2023/08/02/entrevista-a-alberto-rodriguez/

18.- EN LOS MÁRGENES, de Juan Diego Botto 

# https://242peliculasdespues.com/2022/10/20/en-los-margenes-de-juan-diego-botto/

19.- UNICORN WARS, de Alberto Vázquez

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20.- CERDITA, de Carlota Pereda

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21.- EL AGUA, de Elena López Riera

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22.- TOLYATTI ADRIFT, de Laura Sisteró

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# https://242peliculasdespues.com/2022/11/01/entrevista-a-laura-sistero/

23.- UN AÑO, UNA NOCHE, de Isaki Lacuesta

# https://242peliculasdespues.com/2022/11/02/un-ano-una-noche-de-isaki-lacuesta/

24.- MANTÍCORA, de Carlos Vermut

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# https://242peliculasdespues.com/2022/12/12/entrevista-a-zoe-stein/

# https://242peliculasdespues.com/2022/12/10/entrevista-a-carlos-vermut-2/

25.- LA MATERNAL, de Pilar Palomero

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# https://242peliculasdespues.com/2022/11/21/entrevista-a-angela-cervantes-carla-quilez-y-pilar-palomero/

26.- LA VISITA Y UN JARDÍN SECRETO, de Irene M. Borrego

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# https://242peliculasdespues.com/2022/11/28/entrevista-a-irene-m-borrego/

27.- SURO, de Mikel Gurrea

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28.- MATADERO, de Santiago Fillol

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29.- CANCIÓN A UNA DAMA EN LA SOMBRA, de Carolina Astudillo

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30.- AS BESTAS, de Rodrigo Sorogoyen

# https://242peliculasdespues.com/2023/02/23/as-bestas-de-rodrigo-sorogoyen/

El cine de fuera que me emocionó en el 2022

El año cinematográfico del 2022 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 26 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión de un servidor, no obedece, en absoluto, a ningún ranking que se precie).

1.- UN PEQUEÑO MUNDO, de Laura Wandel

# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2022/03/01/un-pequeno-mundo-de-laura-wandel/

2.- EN UN MUELLE DE NORMANDÍA, de Emmanuel Carrère

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3.- DRIVE MY CAR, de Ryûsuke Hamaguchi

# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2022/02/06/drive-my-car-de-ryusuke-hamaguchi/

4.- LICORICE PIZZA, de Paul Thomas Anderson

# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2022/02/13/licorice-pizza-de-paul-thomas-anderson/

5.- LA HIJA OSCURA, de Maggie Gyllenhaal

# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2022/02/20/la-hija-oscura-de-maggie-gyllenhaal/

6.- LA PEOR PERSONA DEL MUNDO, de Joachim Trier

# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2022/03/13/la-peor-persona-del-mundo-de-joachim-trier/

7.- UN HÉROE, de Asghar Farhadi

# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2022/03/08/un-heroe-de-asghar-farhadi/

8.- EL ACONTECIMIENTO, de Audrey Diwan

# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2022/03/21/el-acontecimiento-de-audrey-diwan/

9.- COMPARTIMENTO Nº 6, de Juho Kuosmanen

# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2022/04/14/compartimento-no-6-de-juho-kuosmanen/

10.- PARÍS, DISTRITO 13, de Jacques Audiard

# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2022/04/20/paris-distrito-13-de-jacques-audiard/

11.- JFK: Caso Revisado, de Oliver Stone

# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2022/05/22/jfk-caso-revisado-de-oliver-stone/

12.- MEMORIA, de Apichatpong Weerasethakul

# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2022/05/28/memoria-de-apichatpong-weerasethakul/

13.- DIARIOS DE OTSOGA, de Maureen Fazendeiro & Miguel Gomes

# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2022/06/03/diarios-de-otsoga-de-maureen-fazendeiro-miguel-gomes/

# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2022/06/05/entrevista-a-miguel-gomes/

14.- FIRE OF LOVE, de Sara Dosa

# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2022/08/25/fire-of-love-de-sara-dosa/

15.- SEIZE PRINTEMPS, de Suzanne Lindon 

# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2023/08/18/seize-printemps-de-suzanne-lindon/

16.- LA ISLA DE BERGMAN, de Mia Hansen-Love

# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2022/07/21/la-isla-de-bergman-de-mia-hansen-love/

17.- BENEDICTION, de Terence Davies

# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2022/07/28/benediction-de-terence-davies/

18.- EL PODER DEL PERRO, de Jane Campion

# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2022/08/02/el-poder-del-perro-de-jane-campion/

19.- IL BUCO, de Michelangelo Frammartino

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20.- ARGENTINA, 1985, de Santiago Mitre

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21.- THE INNOCENTS, de Eskil Vogt

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22.- LA PROMESA DE HASAN, de Semith Kaplanoglu

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# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2022/10/16/entrevista-a-semih-kaplanoglu/

23.- UTAMA, de Alejandro Loayza Grisi

# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2022/10/28/utama-de-alejandro-loayza-grisi/

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24.- QUESO DE CABRA Y TÉ CON SAL, de Byambasuren Davaa

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25.- AFTERSUN, de Charlotte Wells

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26.- EO, de Jerzy Skolimowski

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Anatomía de una caída, de Justine Triet

LA DISECCIÓN DEL AMOR. 

“No sé como es el amor y no lo puedo describir. La mayoría de las veces no puedo sentirlo”.

De Secretos de un matrimonio, de Ingmar Bergman

Antes de hablar de Anatomía de una caída, el cuarto trabajo de Justine Triet (Fécamp, Francia, 1978), debemos escarbar un poco en sus tres películas y un cortometraje anteriores, porque la mirada de la directora hacia el mundo femenino tiene mucho de disección, en la que ha mostrado diferentes mujeres que se ven condicionadas en la toma de sus decisiones y viven atrapadas en mundos de los que quieren escapar. Tenemos a Laëtitia, una actriz de calentamiento en paro en Vilaine Fille, mauvaus garçon (2012), estupendo corto qué podéis ver en Filmin bajo el nombre Chica traviesa, chico malo, atrapada en una vida insulsa y al cuidado de un hermano discapacitado mental. A Leticia, la periodista que cubre las elecciones del 2012 en La batalla de Solferino (2013), que debe afrontar una jornada frenética y aguantar las demandas en un entorno hostil. A Victoria, la abogada penalista de Los casos de Victoria (2016), que no puede escapar de una profesión demasiado intensa. Y a Sybil, la terapeuta de El reflejo de Sybil (2019), que desea cambiar de oficio y ponerse a escribir. 

Mujeres que tienen empleos muy estresantes y además, están atrapadas en relaciones insatisfechas o no encuentran el amor de verdad. Una parte de cada una de esas mujeres que ha retratado la cineasta está en Sandra Voyter, el personaje protagonista de Anatomía de una caída, porque es una novelista de éxito, madre y convive en pareja. Todo cambia cuando Samuel, su pareja y padre de su hijo Daniel de 11 años, es encontrado muerto en la entrada de la casa de la montaña aislada donde viven. A partir de un guion excelente de Arthur Harari y la propia directora, que ha coescrito dos películas junto a Triet, amén de dirigir películas como Onoda, 10000 noches en la jungla (2021), la trama nos sumerge en la  investigación para desvelar que ha sucedido, si la caída ha sido accidental o no, a través de un larguísimo interrogatorio en el que se cuestiona absolutamente todo, el que somete Vincent, el abogado amigo de Sandra, a la protagonista, que clama por su inocencia, y luego, un año después, en el juicio que se llevará a cabo por parte del enérgico fiscal. 

Estamos ante un descenso a los infiernos a modo de cinta de terror que bucea en las miserias de la vida en pareja de la propia Sandra y el fallecido Samuel, y el rol que los dos tenían en su relación. Ella, una escritora de éxito, libre e independiente, y él, un profesor que da clases a su hijo, e incapaz de acabar una novela. Dos roles, dos opuestos, y sobre todo, dos enamorados que viven en común sus ilusiones, frustraciones y (des) esperanzas. A modo de ejercicio estilístico quirúrgico, donde el thriller psicológico se impone en una historia que bebe de Hitchcock, en su metódica aproximación a la oscuridad de las relaciones de pareja, y a todo lo que lleva en sí misma, a hablar sin tapujos y sacando toda la mierda de lo que llamamos amor y sus terribles consecuencias. Sólo un flashback para hablarnos de la “secuencia” de la película, indispensable para conocer en qué estado se encontraba el “amor” de los mencionados. Un guión bien construido que está lleno de sorpresas, no de las que nos levantan de la butaca, sino de las que nos hunden más en ella, en el que resulta crucial el rol de Daniel, el hijo de ambos que padece una deficiencia visual derivada de un accidente, que también hará acto presencia en el juicio, porque es un personaje vital en la película porque llegados a cierto momento, deberá tomar una decisión que afectará al devenir del citado juicio. 

La gran utilización del sonido, firmado por el cuarteto Julien Sicart, Fanny Martin, Jeanne Delplancq y Olivier Goinard, como evidencia su arranque, en ese intenso prólogo en el que la música llena el cuadro, ahogándonos mucho. Un sonido que nos lleva al pasado del día de autos y a otros pasados de la pareja, esenciales para comprender algunas partes que nos han llevado hasta aquí. El estupendo trabajo de cinematografía de Simon Beaufils, que ha estado en las tres últimas de Triet, amén de Paolo Virzi, Yann González y Valeria Bruni Tedeschi, donde priman los planos y encuadres sucios, es decir, los movidos, los rugosos y demás imperfecciones que ayudan a adentrarnos en esa relación con más sombras que luces, y contarnos todos los pormenores entre ellos, entre todo aquello que no se nos desvela en la película, todo aquello que debemos suponer e imaginar. El montaje de Laurent Sénéchal, otro cómplice de la directora, consigue un gran trabajo en una película muy dificultosa de contar por sus 150 minutos de metraje, que en ningún momento pierde su interés, al contrario, lo va aumentando de forma ejemplar, sumergiéndonos en ese espacio doméstico, que acaba siendo una prisión insoportable, donde abundan los reproches, silencios y mucha incomodidad, dejando al descubierto todos los males de la pareja y el supuesto amor. 

Una película donde constantemente se está mirando de arriba a abajo y viceversa, convirtiendo lo doméstico en un universo propio diseccionado de todas las formas posibles, según la interpretación de los diferentes actores que lo miran e investigan. Una trama que asfixia a los personajes, y juega con la ficción del relato, porque no deja de construir muchos relatos como personajes ahí, ya que cada uno de ellos construye su relato, y el juicio construye el suyo propio, en un laberinto en constante ebullición de construcción de relatos, en el que todos exponen sus razones y entre todos van construyendo los hechos en cuestión, o algo que se le parezca, porque la verdad de lo que ocurrió se la guardan los personajes implicados, y sobre todo, el personaje de Sandra, porque la película en un extraordinario acierto, no desvela los hechos, no entra en mostrarnos lo que pasó realmente, tampoco lo necesita para contar la historia que muestra, y en su misterio, deja a los espectadores que dilucidamos que ocurrió exactamente o no, y construyamos nuestro relato, porque como sucede en cualquier situación hay muchas formas de contarlo, pero sólo una que es cierta. 

Los pocos personajes, muy importantes en una película de esta índole, están muy bien interpretados por Sandra Hüller, que nos enamoró cuando la descubrimos en la formidable Toni Erdmann (2016), de Maren Ade, en su segunda película con Triet después de El reflejo de Sybil, siendo esa Sandra, que ha tenido que renunciar a muchas cosas: vivir en un pueblo de montaña de los Alpes, cuando no lo deseaba, hablar en inglés cuando es alemana y tiene una pareja francesa, y soportar la frustración de un compañero que quiere escribir y no puede. Un personaje sumamente complejo y oscuro que Hüller le da naturalidad y cercanía dentro de la ambigüedad en la que se mueve. Frente a ella, su abogado Vincent, que hace el actor Swann Arlaud, un intérprete que mira muy bien y habla mejor, que nos encantó hace no mucho en Quiero hablar sobre Duras, siendo el enigmático último novio joven de la célebre escritora. El niño Milo Machado Graner que hace de Daniel, un niño que no conoce el suceso, porque estaba paseando al perro, otro perro como el que había en Los casos de Victoria, que tendrá su protagonismo durante el juicio y será testigo de la verdad de sus padres, una verdad que se le ocultaba, la enérgica composición del fiscal que hace Antoine Reinartz, que era uno de los chicos de 120 pulsaciones por minuto, y en films de Assayas y Desplechin, entre otros, y Samuel Theis es el muerto, un personaje que tiene poca y mucha presencia, ya que su fallecimiento es clave en el devenir de la acción, que tiene esa “secuencia” clave en la película, tan importante que mejor no desvelar nada de su contenido. 

Si han llegado hasta aquí, cosa que les agradezco enormemente, ya saben que me ha interesado mucho Anatomía de una caída, por los muchos valores cinematográficos que tiene, y en su ejemplar ejecución de trama y como está contada, clave en el hecho cinematográfico como saben, y sobre todo, en su disección quirúrgica sobre el amor y las relaciones humanas, que sin ánimo de exagerar, se podría hermanar con ese tótem sobre el mismo tema que es Secretos de un matrimonio, de Bergman, que una de sus citas actúa como arranque de este texto, porque tanto una como otra juegan en el mismo espacio, en ese lugar que vive cuando se cierra la puerta de las casas que habitan las parejas, esos espacios desconocidos que son un universo paralelo en sí mismo, donde habitan los sentimientos, las (des) ilusiones, las (in) satisfacciones, y sobre todo, el amor o aquello que creemos que es, porque como menciona la propia Justine Triet: “La igualdad en una pareja es una maravillosa utopía sumamente difícil de alcanzar”. Su película aborda este tema y todos aquellos que no vemos, y que están ahí, como el recorrido que traza la propia película, construyendo un relato de lo que puede haber pasado o no juzguen ustedes mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jaione Camborda

Entrevista a Jaione Camborda, directora de la película «O corno», en el Hotel Sunotel Aston en Barcelona, el jueves 19 de octubre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jaione Camborda, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Janet Novás

Entrevista a Janet Novás, actriz de la película «O corno», de Jaione Camborda, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 18 de octubre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Janet Novás, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

O corno, de Jaione Camborda

MUJERES BAJO EL YUGO. 

“El niño mirará al mundo, la niña mirará al hogar”.

Del artículo La doble represión de Franco sobre la mujer, de Marta Borraz

Durante los primeros minutos de O corno ya advertimos el tono en el que se moverá la película. Un tono sobrio, íntimo y en silencio se desarrolla el transcurrir de la vida en la Illa de Arousa allá por 1971, en plena dictadura franquista. Conocemos la cotidianidad de María, mariscadora y partera, en ese brutal instante con el que se abre el relato. Un parto lleno de dolor, rabia y gritos. Toda una declaración de la propia película, porque desde su apertura deja claro la cárcel y el sometimiento en el que viven las mujeres que conoceremos a lo largo de la película. Podríamos decir que O corno es una fábula sobre la represión de la mujer durante el franquismo, o también, un cuento sobre tres mujeres que deben paliar con astucia, inteligencia y resistencia la tiranía de los hombres con sus limitados recursos, en un tiempo donde huir, esconderse y ocultarse estaba a la orden del día, en un tiempo que se caminaba entre las sombras, un tiempo en el que la verdad y la libertad estaban sometidas a los designios de un poder arbitrario, machista e injusto. 

Después de apreciar su talento como cineasta de Jaione Camborda (Donosti, 1983), en cortometrajes documentales como Proba de axiliade (2015), y A rapa das bestas (2019), entre otros, nos conmovimos con su ópera prima Arima (2019), protagonizada por una extraordinaria Melania Cruz, en la que se contaba la existencia de cuatro mujeres en un pueblo gallego que se veían alteradas por la aparición de dos hombres, uno que huía y el que otro que perseguía. Su intimismo, sensibilidad, silencios y miradas se asentaban en una historia sencilla y honesta que alumbraba la narradora que ya se veía en sus anteriores trabajos. Con O corno, la vasca adoptada gallega, vuelve a tejer a fuego lento una trama de verdad, es decir, que emana transparencia y cercanía, a partir de un guion que se posa en la mirada y el cuerpo de María, que debido a un suceso, ha de marchar de la Illa y emprender un viaje por los bosques hasta el río que separa España y Portugal. Una mujer solitaria, independiente, y sobre todo, una mujer diferente, de pocas palabras e integra, y una ayuda para muchas otras en dificultades. Como sucedía en Arima, Camborda cuenta a través del alma de sus personajes, a través de los actos que las definen, a partir de miradas y silencios, deteniéndose en sus trabajos y quehaceres diarios, como mencionaba el gran Fritz Lang, y lo hace posando su encuadre que los filma y su entorno, tan importante en su cine, porque el espacio define lo que somos y lo que pensamos, explica en las situaciones sociales y políticas en las que vivimos o lo intentamos. 

La parte técnica de la película es sublime, porque capta el tono, el espacio y las composiciones de forma natural, cercana y nada complaciente, sin estridencias ni trucos, retratando la dureza de aquellos tiempos sin evidenciar casi nada, construyendo una atmósfera nada maniquea, que emana verdad, rodeado de un silencio atronador. Tiene especial elección el trabajo de Rui Poças, el cinematógrafo portugués, del que conocemos sus grandes trabajos para Miguel Gomes y Joâo Pedro Rodrigues, amén de su para Lucrecia Martel en Zama, entre otros. Su capacidad y sencillez para lograr esa luz que recorre la película, desde esa inicial en la que la realidad se palpa y esa otra realidad, la política y social, hasta esa otra, esa luz nocturna, más poética y onírica, con ese río que está maravillosamente iluminado, con sus espectros y sus sombras, que recuerda a ese otro río de La noche del cazador, de Laughton. Es también sumamente importante la música de la película, tensa y áspera, que va marcando el tono y la emoción por la que atraviesa el personaje de María, en un formidable trabajo del colombiano Camilo Sanabria, del que hemos visto trabajos para sus compatriotas Luis Ospina, Simón Hernández, Clare Weiskopf y César Heredia Cruz, y en Eles transportan a morte, de Helena Girón y Samuel M. Delgado, etc…). 

Una película en la  que predomina el miedo atenazante en la existencia de estas mujeres de pueblo, tranquilas de vidas sencillas y anónimas. Donde lo fronterizo persigue a su protagonista como un fantasma. Compuesta por la idea idea de traspase al otro lado, tanto físico como emocional, en qué el río divide muchas cosas, en una de las secuencias más brutales que recuerdo, acercándose aquella maravilla de La vida de Oharu, de Mizoguchi (cuando vean la película sabrán de qué les hablo). Una trama partida por la mitad. Un relato  Dos partes o podríamos decir, dos vidas, la oculta y la más oculta. La primera en la Illa de Arousa, con sus costumbres, sus formas de hacer y el peligro constante de no ser vista.  La segunda en ese mundo oscuro, de clandestinidad, de los invisibles, tiene especial cuidado el montaje de un grande como Cristóbal Fernández, que ha trabajado con autores como José María de Orbe, Oliver Laxe, Hélèna Klotz, Christophe Farnarier, León Siminiani y Santiago Fillol, por citar algunos de sus más de 30 títulos, porque aparte de dotar de un ritmo cadencioso y sin prisas a una historia que se va a los 103 minutos de metraje, tiene ese tono y esa textura que da tiempo a las secuencias, a esos encuadres que se dejan mirar, rodeados de noche y sombras, de miradas y silencios, de gestos y actos que hablan de todo sin decir nada. 

Si la parte técnica de O corno es de primer nivel, la parte interpretativa no podía quedarse atrás, y el grupo de actrices y actores que ha convocado la cineasta vasca-galega brilla con gran intensidad empezando por Janet Novas, bailarina de danza, que aquí da vida a María, el hilo conductor de la trama. Una mujer que mira que traspasa, y como se mueve en el cuadro, con pausa y en silencio, con esa presencia tan hipnotizadora y enigmática, esas mujeres que vivían libremente en tiempos atroces, con su sabiduría y ciencia más allá de la razón. Mujeres libres y espirituales que debe huir y esconderse, convertirse en una alimaña clandestina y empezar de nuevo, en ese bucle infinito donde ocultarse de los otros, de los malos, de los que se niegan al progreso de verdad, aquel que tiene que ver con las necesidades de la vida. Le acompañan Siobban Fernandes, Carla Rivas, Daniela Hernández Marchán, María Lado, Julia Gómez, Nuria Lestegas, todas ellas actrices desconocidas para el que suscribe, que se cruzarán por el camino de María, convertidas en cómplices y amigas que se ayudarán y se acercarán unas a otras para pasar al otro lado, aquel que la vida se convierte en una continua huida y desesperación. Nos detenemos en la breve pero intensa presencia de un magnífico actor como Diego Anido, del que nos deslumbró tanto en Trote, de Xacio Baño y As bestas, de Rodrigo Sorogoyen. 

No me gusta hablar de premios, pero ahora tengo que hacerlo porque O corno, de Jaione Camborda se ha alzado con el primer premio del reciente Festival San Sebastián finalizado hace unos días. La primera vez que la Concha de Oro recae en una directora de aquí, y deseamos que continúe, y nos alegramos por la película y por su equipo, en el que encontramos a las productoras Andrea Vázquez, que ha producido O que arde, del mencionado Laxe y la reciente sica, de Carla Subirana, y María Zamora, que vaya carrerón está construyendo, esencial en producir a directoras como Carla Simón, Nely Reguera, Clara Roquet, Liliana Torres y Elena Martín, amén de directorescomo León Siminiani, Carlos Marques-Marcet y Álvaro Gago. Celebramos el premio y deseamos que sea el primero de otros reconocimientos al cine de aquí, un cine que habla sobre lo oculto, sobre tiempos atroces que las mujeres tuvieron que sufrir y sobrevivir, que encontraron la mirada cómplice para resistir, donde la película aboga por la fraternidad, ese valor humano que parece muy en desuso en estos tiempos, que nos retrotrae al cine de Rossellini, Kiarostami y Kaurismäki, entre otros, un cine que habla de nosotros, y todos los demás, los que nos miran y tienden una mano para levantarnos y seguir caminando. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA