La piel fría, de Xavier Gens

LA CRIATURA DE OTRO MUNDO. 

“Nunca estamos lo suficientemente lejos de aquellos a los que odiamos Por la misma razón, nunca estaremos muy cerca de quiénes amamos”

Un barco llega a una isla perdida alejada de todo situada en el Atlántico Sur. Su misión es dejar en ese trozo de tierra a un joven que permanecerá un año realizando mediciones meteorológicas. Una isla sin más habitantes que un farero de mediana edad, huraño y de carácter indolente. Nos encontramos en los albores de 1914. Allí, en la isla, después de unas noches donde el joven científico es fuertemente atacado por unas extrañas criaturas feroces que provienen del mar, y que dejan inhabitable su casa, es recogido por el farero a cambio de víveres y ayuda para luchar encarnizadamente contra esas bestias anfibias que parecen proceder de otros mundos misteriosos y extraños. Basada en la novela homónima de Albert Sánchez Piñol, de espectacular éxito de crítica y público y traducida a más de 30 idiomas, la adaptación, con las inevitables licencias cinematográficas, mantiene el espíritu de las grandes obras de aventuras, envolviéndonos en el universo de Conrad o Stevenson (curiosamente, algunos de los autores que lee el joven meteorólogo, como el “Infierno” de Dante, extraño anticipo que irá descubriendo a lo largo de su estancia en la isla).

Xavier Gens (Dunkerke, Francia, 1975) director especializado en el género de terror, arrancó con Frontière(s) en el 2007, thriller terrorífico donde unos atracadores aprovechan la confusión social para asaltar un hotel aislado regentados por unos nazis asesinos, y siguió, entre otras, con Aislados (The divide), en el 2011, donde unos supervivientes intentan con grandes penurias sobrevivir a un aterrador apocalipsis, y alguna que otra serie siempre dentro del género del suspense y el terror psicológico. Aquí, aborda el género de aventuras clásico, mezclado con el suspense y sobre todo, el terror de zombies, y el psicológico, en una trama sencilla que cuenta con sólo tres personajes, el joven del que poco sabemos, solamente que huye de algo o alguien, el farero solitario y amargado que arrastra un pasado de abandono y complejo, y la criatura que ha sido adoptado como animal de compañía y concubina sexual por el farero.

Tres almas perdidas y solitarias que deberán convivir por circunstancias en un lugar inhóspito y extraño que oculta un misterio atroz, donde las noches se convierten en un infierno de supervivencia, porque deben enfrentarse a esas criaturas del mar que les atacan sin tregua. La película consigue construir una atmósfera envolvente e inquietante, manejando con audacia los tempos cinematográficos, y consiguiendo algunas secuencias de gran mérito, como los ataques de las criaturas, y sobre todo, los paisajes de Lanzarote que sirven de escenario en esa isla, fría, oscura y alejada de todo mundo civilizado. Dos hombres en las antípodas que tienen que convivir por su supervivencia, que van descubriendo su razón de ser en ese mundo de inquieta paz por el día, y una guerra salvaje y sangrienta por las noches. La película logra introducirnos en esa atmósfera extraña y agobiante en el que se ven sometidos los personajes, quizás demasiado, porque la parte psicológica de los personajes queda algo traslucida por el aparato formal de la cinta, donde se echa en falta toda la parte personal y profunda de la historia que tienen el joven científico y la criatura.

Aunque, bien es cierto, que aunque su ritmo funciona de manera desigual, el tramo final de la película remonta y nos ofrece un cierre sincero, trepidante y emocionante. El buen hacer del intérprete británico Ray Stevenson (visto en innumerables películas de acción en EE.UU., dando vida al malhumorado Grunner, ese farero anclado en la rabia de su pasado y sin más existencia que la muerte de esas criaturas de otro mundo, bien acompañado por su paisano David Oakes, que compone un joven serio y frío que deberá aprender demasiadas cosas y a gran velocidad para convivir con el farero, y por último, una «monstruosa» e irreconocible Aura Garrido, embutida en el maquillaje espectacular de la criatura, que esconde una alma dócil y tranquila dentro de la máscara salvaje que parece haberla condenado Grunner. Gens consigue el aspecto formal de la película, tomando como inspiración a los maestros clásicos antes mencionados, sin olvidarnos de otros autores de corte fantástico como Lovecraft, donde lo cotidiano se mezcla con lo fantástico, en una trama donde lo humano adquiere otro tipo de connotaciones, en las que se confunde y a veces, cuesta saber donde se encuentra y de qué manera.

Creative Control, de Benjamin Dickinson

Y SIN EMBARGO… INFELICES.

En la novela “13’99 euros”, de Frédéric Beigbeder, el autor explicaba de manera autobiográfica todos los males habidos y por haber del superficial mundo de la publicidad, con todos sus excesos de drogas, sexo y falsedad laboral y vital. Temas y elementos que podemos encontrar en Creative Control, la segunda película de Benjamin Dickinson, después de su prometedor debut First Winter (2012) donde daba buena cuenta de las complejas y deterioradas relaciones de un grupo de neoyorkinos que acaban atrapados en un cabaña debido a un gran temporal hibernal. Ahora, se plantado en pleno Brooklyn, rodeado de empresas creativas de publicidad, moda y tecnología, en interminables rascacielos acristalados de último diseño, un entorno en el que todo respira a imaginación, creatividad y jóvenes genios de la informática que se han convertido en los nuevos gurús del poder y el dinero. Dickinson aparte de dirigir, coescribe junto a Nicah Bloomerg y además, protagoniza la trama dando vida a David, el nuevo creativo al que se le ha encomendado la nueva misión de un nuevo producto de realidad aumentada mediante unas gafas. Todo parece fantástico, aunque más lejos de la realidad.

David vive junto a su novia, Juliette, una profesora de yoga, metida en mundos espirituales, aunque eso no les impide tener una relación vacía y aislada. El mejor amigo de David, Wim es un fotógrafo de moda, con bigote, y aires de conquistador que se lía con una de sus modelos, aunque también mantiene una relación no comprometida con su chica, Sophie, una joven diseñadora de la que David se siente fuertemente atraído. Y así son las cosas, vidas aparentemente deseadas y felices, pero que no logran serlo, aparentan serlo, David mantiene su entereza con antidepresivos, noches de alcohol, e intentos de rollo sin sentido, mientras fantasea con la vida que le gustaría llevar en ese mundo virtual que se hace a medida. Jóvenes triunfadores en un montaña llena de mierda, de soledad y vacío existencial en unas vidas computarizadas en las que se ven rodeados de una tecnología que crean para ocupar las vidas de otros de vidas tan absurdas y vacías como las de ellos, en un universo cada vez más individualista y menos emocional, donde la verdad acaba encerrada en un móvil o en una realidad falsa tecnológica.

El cineasta californiano nos presenta una película rodada en primoroso blanco y negro de la mano de Adam Newport-Berra, que vuelve a colaborar con Dickinson, una luz con algún momento de color (para afianzar ese otro mundo falso que desean en silencio, y las imágenes ralentizadas que ayudan a crear esa sensación de irrealidad) que recuerda a la trilogía de la incomunicación de Antonioni, dónde sus personajes deambulan por una sociedad cambiante que a pesar de sus bienes materiales no les satisfacía, películas de anclaje de inspiración al igual que el Manhattan, de Woody Allen, en la también retrataba a esos pseudo burgueses hipócritas, con graves problemas existenciales que no eran capaces de ser felices. Una película que nos habla de los deseos reprimidos, de las construcciones falsas en las que apoyamos nuestras vidas, y de todo aquello que hemos construido pero que en realidad no deseamos, en ese mundo de abstracciones, de noches extraños y universos absurdos en los que no existimos cada día, pero aunque podemos apreciar el drama vital de sus protagonistas, que constantemente juegan a ser otros en otros mundos, aunque sean virtuales, pero son los que realmente desean.

Una película de jóvenes exitosos que juegan a ser quiénes no desean, pero se sienten atrapados en ese bucle maléfico e infernal en el que se han protegido de un mundo real que los mata por dentro y les produce ansiedad, pero que tampoco se muestran capaces de abandonarlo, de vivir sus vidas alejados de todo, sin adicciones y siendo honestos y sinceros, primero con ellos y luego con los que les rodean. Desde la banda sonora que mezcla canciones tecno modernas, con clásicos como Vivaldi y Bach, cuando parece que todo funciona, para adentrarse en terrenos más oscuros y siniestros con temas de Schubert o Handel, en clara referencia al universo Barry Lindon, de Kubrick.  Dickinson nos regala una película burlesca, satírica, que se mofa de todos ellos y de ese mundo de oropel y repleto de idiotas, fabricando productos que no necesitamos y haciendo todo lo posible con fuertes campañas de publicidad y marketing para que esas “cosas” materiales se conviertan en indispensables en nuestras vidas, y sobre todo, nos creamos que esos productos que acabamos de adquirir, nos hagan nuestras vidas mejores y a nosotros muchísimo más felices.

Una mujer fantástica, de Sebatián Lelio

MI NOMBRE ES MARINA VIDAL.

En un instante de la película, vemos a la protagonista caminar con extrema dificultad debido al vendaval que se ha levantado en mitad de una calle desierta. Esta secuencia alegórica encierra el tema principal de la cinta, en la que observamos a una mujer enfrentada a los elementos sociales y culturales muy hostiles que la impiden ser ella misma y expresar sus sentimientos. La cuarta película de Sebastián Lelio (Mendoza, Argentina, 1974) nacido en Argentina pero chileno de adopción, vuleve a contar con la ayuda de Gonzalo Maza, su guionista de referencia, en la que mezcla varios géneros como lo romántico, lo social, y el drama, en una propuesta que nos habla de seres humanos, en este caso una mujer trans que, aparte de lidiar con lo que siente, tiene que enfrentarse a aquellos que la rechazan y la menosprecian por su condición sexual. Una mujer que no anda muy alejada de Gloria (2013), la anterior heroína que retrataba Lelio en la película homónima, en la que ahondaba en los sentimientos de una madura que había dejado su vida establecida para enfrentarse sola a sus sentimientos y encontrar el amor.

Marina Vidal sale con Orlando, a pesar de los veinte años de diferencia, los dos han vencido sus prejuicios y viven una relación de amor libre, sana y completa, además de imaginar un futuro juntos. Pero, una noche todo se trunca y Orlando fallece. A partir de ese momento, Marina se verá acosada por la familia de él, una ex mujer, enferma de celos y rabia, se muestra intolerante y prejuiciosa frente a la mujer que ha amado su ex marido, el hijo de Orlando, más de lo mismo, actuando violentamente contra Marina y exigiéndole que abandone el apartamento que la pareja compartía, sólo encuentra un poco de aliento en el hermano de él, que se muestra algo conciliador. Además, Marina tiene que soportar las dudas policiales sobre la muerte de Orlando, en una actitud muy hostil, que no cesan de acosarla y desnudarla, tanto física como emocionalmente. Lelio encuadra a su personaje mostrando su vulnerabilidad y fuerza, una mujer enfrentado a ese mundo hostil e hipócrita que rechaza y violenta todo aquello que no pertenece a lo establecido y moralmente aceptado, una sociedad pobre de humanidad y carente de un sentido de solidaridad y comprensión.

Pero Lelio no se queda en la caricatura, va mucho más allá, componiendo un retrato crítico y complejo, empezando por su personaje, Marina, una camarera sencilla y transparente que intenta, como hacemos todos, encontrar su lugar en el mundo, y vivir plenamente con sus sentimientos, derribando todos los muros que se va encontrando y resistiendo ante las adversidades que se cruzan en su camino. Tampoco se queda corto con los otros, la familia de Orlando, ese núcleo que menosprecia a Marina no sólo como la mujer que amó a Orlando, sino por su identidad, un género que no entienden y tampoco se toman la molestia de hacerlo, solo lo rechazan y lo que es peor, lo violentan para expulsar de su paraíso superficial e inhumano. El cineasta argentino-chileno se sumerge en el alma de Marina, y compone un retrato íntimo y desgarrado del deambular de su criatura por ese peculiar descenso a los infiernos que la vida le ha colocado en su existencia, y lo construye desde su rostro, a través de la mirada de Marina, en el que los espejos y su reflejo nos cuentan aquello que sentimos instalado en lo más profundo del alma, ese espacio en el que Marina en su intimidad nos muestra todos sus lados, despojándose de su fisicidad para dejarnos penetrar en sus miedos, inseguridades, fuerza y coraje.

Un retrato de gran energía y fuerza, de poderosa intimidad, y de gran extrema vitalidad, que recuerda en cierta manera a otras dos transexuales como la Elvira de Un año con trece lunas, de Fassbinder o la Tina de La ley del deseo, de Almodóvar, dos certeras y vivísimas exploraciones de dos personas que reclaman su derecho a vivir como ellas quieren y ser reconocidos por los otros. Lelio ha hecho una película magnífica, vida y fascinante, de una complejidad y sinceridad apabullantes, con una asombrosa y extraordinaria Daniela Vega, un personaje lleno de matices y detalles (bien secundada por los otros intérpretes) construyendo un personaje maravilloso que deja un calado humano difícil de olvidar, dando vida a una mujer imbatible y firme en su vida, en una película que se alza como un grito de rabia y de guerra de una mujer diferente, compleja, extraña y de gran fuerza, que quiere ser reconocida como ella siente, sin necesidad de sentirse hostigada, vapuleada y golpeada, tener su espacio en el mundo y vivir su propia vida, a pesar de todos aquellos que no la reconocen, la invisibilizan y lo que es más malvado, la golpean creyendo que de esa manera cruel y repugnante desaparecerá de sus vidas, pero Marina no está dispuesta a dejarse pisotear y luchará por ser ella misma, independientemente de que les guste o no.

Abrir puertas y ventanas, de Milagros Mumenthaler

AFRONTAR LA AUSENCIA.

Nos encontramos en el exterior de una calle cualquiera, justo detrás de la puerta principal enrejada de una casa, un chico joven abre la verja y entra, la cámara lo sigue muy sutilmente. En el interior de la casa, en una habitación, tres chicas jóvenes, entre edades de final de la adolescencia y primera juventud, se hallan en ese espacio ensimismadas en sus cosas. Una de ellas, la más mayor, advierte a otra, la mediana, que viene un chico al que no quiere ver. La receptora del mensaje sale y despacha al joven, que antes de irse, observa, a través de una ventana, a la joven que quería ver y se cruzan las miradas. Nos quedamos junto a las tres chicas, y a partir de ese instante, las seguiremos en sus días, sus vidas, sus quehaceres, sus interiores, y demás. Hace unos meses, en la que vimos La idea de un lago, la segunda película de Milagros Mumenthaler (La falda, Argentina, 1977), donde nos contaba un relato acerca de la memoria, en el que la pérdida del padre desparecido, se convertía en un interesante ejercicio sobre la ausencia, donde su hija se trasladaba a aquellos espacios que compartieron y rescataba sus sensaciones interiores, atmósfera y situaciones que ya apuntaba en su cortometraje El patio.

Ahora, volvemos a su opera prima, Abrir puertas y ventanas, hermosísimo título que nos adentra en un casa habitada por tres hermanas que conviven cada una de ellas en su mundo, con sus complejidades y miedos, afrontando la pérdida de su abuela Alicia, la mujer que las vio crecer y compartieron su infancia. La casa como espacio familiar, llena de recuerdos de la vida que ya no tienen, que esconde otra ausencia, la de sus padres. Tres maneras y visiones diferentes de mirar esa pérdida y relacionarse con ella, Marina, la mayor, se refugia en sus estudios y los trabajos de la casa, Sofía, la mediana, se esconde en su ser, su figura y complementos, y la menor, Violeta, se pasea aburrida y tediosa, mientras recibe visitas de un amante mayor. Mumenthaler rescata parte de su biografía y la de muchos hijos de desaparecidos de Argentina, cuando tuvieron que pasar largas temporadas con los abuelos, debido a la ausencia paterna, pero no lo hace desde la melancolía y la condescendencia, sino desde lo íntimo de cada una de las mujeres, desde la particularidad de sus movimientos y sus quehaceres cotidianos, cada una desde sus espacios domésticos, desde sus soledades y sus amarguras, sin dialogar entre ellas, desde ese espacio ingobernable en el que nos refugiamos para entender tanto lo de fuera como lo de nuestro interior.

La cineasta argentina construye una película de climas y sensaciones, algunas amargas y otras, no tanto, centrándose en el espacio del hogar, tanto exterior como interior de la casa, y además, lo ubica en un tiempo de entretiempo, cuando el final del verano se instala en esos días donde todavía el calor parece no querer alejarse, mezclado con los primeros momentos de frío, donde las tres mujeres y hermanas, no muy alejadas de las tres hermanas de Chéjov, se mueven por esos espacios de la abuela, porque esa ausencia las condiciona y guía por esa casa en la que cada una de ellas se relaciona íntimamente con sus recuerdos y con la mujer que ahora añoran. Mumenthaler cuenta su drama íntimo y doméstico con sólo tres personajes, amén del chico al que tienen alquilado un espacio, tres miradas interiores y una exterior, a través de un ejercicio formalista, en la que apenas la cámara adquiere movimiento, sólo observamos el tedio, la falta de diálogo, y esas conversaciones vacías en las que se habla mucho y no se dice nada, gracias en buena parte al buen hacer del gran plantel de actrices que escenifan con ternura y carácter las emociones de las tres hermanas.

Recuerda a los primeros filmes de Lucrecia Martel, cuando penetraba en esa intimidad familiar sujetada por hilos muy frágiles donde todo está a punto de explotar y destapar las posiciones más extremas. La realizadora argentina nos introduce en ese espacio doméstico y en el pasado de manera sencilla y cálida, en la que cada una de las hermanas parece adoptar la identidad de la otra y viceversa, escuchando los viejos discos, probándose la ropa de la otra, o guardando celosamente objetos de la abuela, manteniendo una cotidianidad aparente, como se cada una de ellas huyera de lo que sienten respecto a la memoria de su abuelo, y utilizan la cotidianidad para ocultarse de las otras sin explicarles su dolor y lo que sienten. Una película tierna y honesta, pero oscura y perturbadora, que abre las costuras de la fragilidad, en este caso femenina, para dejar ver las herramientas emocionales que utilizan para sobrellevar la pérdida y la ausencia de su abuela, y como afrontarlas con respecto a su relación con sus hermanas, y sobre todo, con el espacio que comparten, esa casa que en su interior guarda todos los secretos que estructuran su memoria familiar y su propia identidad.

El jardín de Jeannette, de Stéphane Brizé

LA DESILUSIÓN DE VIVIR.

“Aquí he venido a refugiarme de un mal de amores que parece matarme. Un mundo plácido lleno de calidez, virtud, fuerza y poder. No es más que mi niñez. Débil, inmadura y sin capacidad de poder percibir nuestra divinidad. Cuando la primavera lleva con toda su virilidad la tierra queda yerma la intenta en vano amar. ¿Para qué tantas flores que luego no dan fruto? ¿Para qué tanto trigo de grano diminuto? Cada cosa tiene su fin. Todo un porqué tiene. El destino así lo quiere. Y así el mundo fue creado bajo fatales ordenanzas. La naturaleza la creó Dios a su imagen y semejanza”

En la Normandía de 1819 vivía Jeanne, una joven baronesa de 20 años de pureza infinita, llena de ilusión y extrema confianza hacia los demás. Rodeada de un edén ideal y acogida con unos padres sencillos pasan el tiempo entre los cuidados a sus innumerables granjas, los frutos y hortalizas del huerto, los paseos alegres por el campo, la visión de las olas rompiendo en la playa y las largas conversaciones junto a la chimenea. Días con mucha luz, amor y divinidad por todo aquello que Dios les ofrece cada día. Un día, llega Julien de Lamare, un vizconde local que enamorará a Jeanne y juntos emprenderán una nueva vida alejada del paraíso de la infancia. Pero las cosas no son lo que parecen, la armonía y la paz que reinaba en la existencia de Jeanne se ven truncadas por las mentiras, la hipocresía del mundo de los adultos. Su bondad se ve perjudicada y su vida comienza a teñirse de un color muy oscuro.

La segunda adaptación en la carrera de Stépahne Brizé (Rennes, Francia, 1966) después de Mademoiselle Chambon, donde adaptaba a Enric Holder, se trata de Guy de Maupassant, uno de los novelistas más adaptados en la historia del cine por nombres tan ilustres como Stenberg, Rohmer, Ford, etc… Aquí adapta “Un vie” (Una vida) pero lo hace, como mandan las buenas adaptaciones, traicionando el texto original y extrayendo todo aquel espíritu que ronda en el imaginario del célebre escritor. La película de Brizé se centra en un único punto de vista, el de la joven Jeanne a la que seguiremos durante 27 años, y lo haremos a través de un formato singular, el 1:33, donde el plano se torna cuadrado, muy alejado de la forma habitual para mostrar la belleza de formas y colores que encierran la luminosidad de las películas de época. Brizé se centra en su anti heroína de una forma muy cercana, filmando su intimidad, en su encarcelamiento vital y emocional, su poderosa luz del inicio y la oscuridad que va rodeando toda su existencia, en ese mundo que no logra entender, y sobre todo, no encuentra su lugar, siendo rechazada y vilipendiada por aquellos que los rodean con sus sucias mentiras.

Si en la anterior película de Brizé, La ley del mercado, nos describía hasta donde llegaba moralmente un trabajador para conservar su empleo, ahora, también nos envuelve en la mirada de una idealista, alguien que confía en los suyos pero estos la traicionan una y otra vez. El cineasta francés evoca a todos aquellas personas que sufren y mueren en un mundo donde todo es pura apariencia, en el que las cosas se mueven por intereses viles y canallas, y la bondad y la humanidad, muy propias de nuestro ser han sido desterradas y olvidadas para dejar paso a comportamientos inmorales y egoístas que dañan y hacen sufrir a los demás. La trama se nos muestra desestructurada, hay continuos cambios en el tiempo, tanto atrás como adelante, dejándonos llevar por los continuos devaneos emocionales de la protagonista, en el que el amor y la muerte centran su existencia, la cual muestra su confianza al resto, pero continuamente es contaminada y violada. Un mundo donde la paz y tranquilidad de la naturaleza no contagia los comportamientos de los personajes, que engañan y mienten siguiendo sus más bajos instintos, en un mundo de juegos, risas y palabras amables que se torna en engaños e hipocresía cuando se sienten libres de los demás.

Brizé toma como inspiración a grandes autores como Chabrol o los Taviani, y otros que se han sumado a la larga tradición de recuperar ese contexto histórico del XIX,  en la que nos plantea una cinta de cuidadísima planificación formal, donde cada detalle de la naturaleza y el tiempo es captado de forma sencilla e íntima, donde escuchamos el rumor del campo, y todo aquello que se mueve a nuestro alrededor, haciendo muy visibles el inevitable paso del tiempo, desde los días largos del verano con su maravillosa luz a los días lentos y oscuros del frío invierno, acompañados por un plantel de intérpretes entre los que destaca Judith Chemla como la desdichada y engañada Jeanne, en una interpretación llena de belleza y matices, junto a sus padres, los encantadores y vitales Yolande Moreau y Jean-Pierre Darroussin. Brizé nos adentra de manera naturalista y austera a ese mundo en el que parece que todo sigue una armonía social aparente, pero más lejos de la realidad, todo resulta pura fachada, donde se tejen mentiras por doquier, donde la virtud y la inocencia de una joven se verán continuamente engañadas y sometidas al yugo de un universo oscuro, falso y puramente hipócrita.

La promesa, de Karin Steinberg y Marcus Vetter

LOCURAS POR AMOR.

“El amor es una forma de meditación y el arma definitiva contra tus padres”.

Corría el otoño de 1984, cuando dos jóvenes, Elizabeth Haysom, 20 años, de clase alta, atractiva e inteligente, con un pasado oscuro, lleno de abusos y adicciones, y Jens Soering, 18 años, hijo de diplomático alemán, superdotado, tímido y de gafas gruesas, se conocen en la Universidad de Virginia, y se enamoran. Una relación salpicada por el carácter dominante de ella y su innata capacidad para mentir. El último fin de semana del mes de marzo de 1985, concretamente, el 30, los padres de ella, Derek y Nancy Haysom fueron encontrados salvajemente asesinados en su domicilio. Elizabeth y Jens, los principales sospechosos huyeron hacía Inglaterra sobreviviendo con cheques sin fondos hasta que son arrestados y repatriados a EE.UU. Comienza el proceso, primero contra ella, que es condenada a 90 años de prisión, y luego, contra él, que se convertirá en el primer juicio televisado en la historia de la televisión, que acaba con una condena de cadena perpetua.

El tercer trabajo en conjunto de Karin Steinberg y Marcus Vetter, después de Hunger (2009) y El visionario, de hace tres cursos, donde daban buena cuenta de Martin Armstrong, un consultor de finanzas que ideó un sistema de predicción que se rifaban los grandes bancos, además de predecir la crisis del 2015. Ahora, la pareja profesional alemana nos ofrece un análisis certero y serio sobre el primer caso mediático en la historia judicial en EE.UU. La película arranca en la actualidad, en la investigación que llevan a cabo la abogada y el investigador que intentan encontrar pruebas que permitan la libertad de Jens Soering, debido a unas pruebas surgidas en el 2009 que ayudan a la inocencia del joven. Arrancamos con la versión de los hechos de Jens Soering desde la cárcel, cuando relata con minuciosidad y tranquilidad todo el caso desde que conoció a Elizabeth, mientras vemos las grabaciones de los juicios, y escuchamos los testimonios de las personas que participaron en los hechos, desde los policías encargados de la investigación, y los testigos y familiares de los acusados.

Steinberg y Vetter se ponen el traje de faena y nos introducen en un trabajo que recuerda a los mejores dramas judiciales clásicos como Anatomía de un asesinato, de Preminger, Doce hombres sin piedad o Veredicto final, ambos de Lumet, exponiendo todos los hechos sobre los que giran en torno a un caso de amor juvenil desaforado que lleva a sus protagonistas a cometer un asesinato atroz que los condenará de por vida. La película reflexiona sobre la viabilidad de una justicia que suele equivocarse, y no repara sus errores, o simplemente una ley poco transparente anclada en apariencias donde el estatus social acaba inclinando la balanza. Un fino y serio análisis sobre la América blanca y esos lugares oscuros que no vemos pero se desarrollan en el interior de sus hogares, o esos hijos, que encuentran en las mentiras, las drogas y el sexo desenfrenado una manera de escapar de una realidad deprimente de niño rico, y así encontrar una salida a un mundo demasiado superficial y lleno de inmundicia como también describía Capturing the friedmans, documento que nos contaba un caso de pedofilia en una pequeña comunidad estadounidense.

La promesa nos habla de esas declaraciones y posiciones a ultranza, de declararse culpable de algo que no has cometido, en este caso de condena, donde alguien decide salvar al ser que ama, aunque eso signifique arruinar su vida, y como el tiempo acaba pasándonos factura por aquellos actos descerebrados, pasionales e infantiles que cometemos cuando somos jóvenes sin pensar en las terribles consecuencias que acarrearan en nuestras vidas. Un documento sincero y magnífico que coloca el foco de atención en el abusivo y terrorífico uso de los medios del dolor y el voyeurismo ajeno, de una justicia racana y trasnochada, anclada en el conservadurismo más rancio, que no ayuda a la convivencia y sobre todo, a la mejora de los casos en el que pueden implicar y condenar a aquel que es inocente, sin constatar las diversas pruebas incriminatorias, o llevar a cabo investigaciones fraudulentas. Un joven que después de más de media vida en la cárcel clama por su inocencia, y que sólo admite su culpabilidad de haberse enamorado, o al menos eso creía el entonces, de una joven manipuladora y trastornada que no le convenía en absoluto.

Madre!, de Darren Aronofsky

EL PARAÍSO INVADIDO.

paraíso.

¿cabe un sonido más ominoso que una llamada imprevista a la puerta?

Una mujer joven, del que nunca se nos desvelará su nombre, se levanta una mañana y recorre su casa, no hay nadie, parece estar buscando a alguien, nerviosa y algo angustiada, abre la puerta, y recorre con su mirada el exterior, no hay rastro de nada ni nadie. De repente, una voz le asusta, es su compañero, del que tampoco conoceremos su nombre. La séptima película de Darren Aronofsky (Brooklyn, Nueva York, 1969) arranca y se desarrolla como un thriller psicológico, donde una joven pareja se ha aislado del mundo habitando una casa, alejada de todo, en mitad de un bosque. Ella se afana por mantener el orden y la confortabilidad del hogar, mientras, él, en plena crisis artística, se muestra incapaz en escribir su nueva novela. La aparente calma y paz se verán interrumpidas por la aparición de una pareja que pasan los cincuenta y que, sin quererlo, y con la amabilidad de él, se instalan en su casa, a pesar de la oposición de ella. Y desde ese instante, ya nada volverá a ser igual.

Aronofsky nos tiene acostumbrados desde que debutase hace casi dos décadas con Pi, una película underground en blanco y negro que seguía la obsesión de un matemático por enocntrar una fórmula secreta que acababa siendo objeto de deseo de malvados gansters, le siguió Réquiem por un sueño (2000) retrato desolador sobre unos jovenes obsesionados con el dinero, las drogas y el sexo,  con La fuente de la vida (2006), Aronofsky se exploró uno de sus elementos caraterísticos, las tramas con resonancias biblicas, donde lo sobrenatural y lo religioso se funden, en una trama sobre viajes en el tiempo y el sentido de la existencia, en El Luchador (2008) se dejó de grandes cuestiones ya abordó las dificultades de un ex luchador que se mantiene a duras penas y quiere recuperar a sus hija, con un grandísima interpretación de un resucitado Mickey Rourke, en Cisne negro (2010) se adentró en el obsesivo y demencial mundo de la danza para describir a una joven luchando en varios frentes que terminaba con una gran confusión mental, y finalmente, Noé, de hace tres años, donde volvía a uno de sus temas predilectos, lo religioso y la espiritualidad, creando un trabajo que mezcla la grandiclocuencia con lo íntimo.

Ahora, nos encierra en cuatro paredes, y nos focaliza la atención en ella, la joven obsesionada con el orden y la limpieza que ansía ser madre. Descubrimos la película junto a este personaje, que da todo a su hombre, al que ayuda en cada momento, y en cierta manera, existe sólo para su felicidad. La aparición de los intrusos la inquieta y la aparta de su lugar, sometiéndola a una voluntad ajena que la lleva a sufrir alucinaciones y sumergirse en un infierno oscuro y horrible, en una espiral de miedos, dolor, locura e invisibilidad. En palabras del propio Aronofsky construyó su película después de cinco interminables días febriles, a partir de una premisa sencilla, la devastación imparable de la naturaleza y la enfermiza obsesión por destrozar lo natural y construir artificialmente, en un mundo cada vez más psicótico donde lo económico ha contaminado nuestras vidas. Si bien la idea está bien identificada, en una alegoría ecologista denunciado los males del hombre, la película, tanto en su forma como en su estructura, puede sugerir a otras interpretaciones, tantas como espectadores se acerquen a sus imágenes, en ese descenso a los infiernos, donde la contención del inicio pasa a una desmesura siniestra donde todo el paraíso se ve sometido a un amor desmedido y obsesivo, que acaba destrozándolo todo.

La atmósfera que se respira en la trama (obra del cinematógrafo Matthew Libatique, colaborador del director) entre una etérea luz que duele y forma ese sensación de irrespirabilida instalada en cada espacio de esa casa) acompañada de la sordidez y las obsesiones mentales de la joven nos acercan al primer cine de Polanski, quedemonos en Repulsión, donde una joven repudiaba de los hombres hasta tal extremo que acababa sufriendo graves alteraciones mentales, siguiendo con Cul-de-sac, donde una joven pareja, pusilánime, él, y ninfómana, ella, se veían secuestrados en su propia casa por un par de bandidos, y finalmente, La semilla del diablo, donde la tierna e inocente Rosemary se veía sometida a una espiral de terror cuando su marido, amigos y vecinos, la utilizaban como madre de belcebú. Aronofsky se inspira en el paestro polaco para guiarnos por ese submundo de obsesiones, alucinaciones y terror, en una película que nos habla sobre la soberbida y el engreimiento de un artista vacío que ataca y utiliza a su mujer para su beneficio, en un grandísima interpretación de Javier Bardem, y no menos inquietantes las presencias de Ed Harris y una maléfica Michelle Pfeiffer, que se apoderan de la inocencia, belleza y ternura de una Jennifer Lawrence en un estado de plenitud interpretativa de órdago, componiendo un personaje central maravilloso, con infinidad de matices, que se mueve por su casa que cada vez reconoce menos, y acaba sucumbiendo a unos acontecimientos de auténtica locura enfermiza y psicosis colectiva, donde imperan el sexo, la violencia y el terror desmesurados, algo así como una orgía de devastación contra la sensibilidad y la ternura de todo aquello amenazado.

 

Converso, de David Arratibel

MI FAMILIA CATÓLICA Y YO.

“Madre, qué lejos estoy de todo”

Kaspar Hauser

En su primera película Oírse (2013) David Arratibel (Pamplona, 1974) investigaba la cotidianidad de personas con problemas de audición, mostrándonos los incesantes zumbidos que padecen esos enfermos. Ahora, y también dentro del formato documental-ensayo, vuelve a sumergirse, pero esta vez, hacia dentro, hacia su interior, mirando a su familia, convertida al catolicismo, en la que el cine utilizado como terapia, en una herramienta de aproximación y localizar aquellos sentimientos comunes y compartidos, emprender un diálogo con aquello desconocido (como ocurría en su primer trabajo) aquello que nos violenta, y aquello que nos convierte en el otro, cuando todos los demás integrantes familiares han encontrado otro camino, el de Dios, que nosotros no logramos entender, y menos sentir.

Arratibel construye una película modesta y sincera, en el que nos muestra el dispositivo cinematográfico de forma natural, en el que él, tanto como persona integrante de esa familia a la que retrata, y cómo cineasta, se adentran en ese mundo completamente extraño con el que tienen que convivir, y se adentra en ese espacio extranjero a través de la palabra, a través de encuentros-diálogos, donde parte desde ese primer instante primigenio donde cada uno de sus familiares va explicando su primera vez, ese instante de revelación espiritual donde descubrieron la existencia de Dios, donde lo físico y emocional se conjugaron en lo sobrenatural, experimentando una serie de sentimientos que les han transformado la vida. Arratibel dialoga con toda su familia, desde la cercanía y la proximidad, tendiendo ese puente afectivo, creando espacios de intimidad, arrancado esta aventura-investigación con su cuñado Raúl, organista y el primero que anduvo el camino de la fe católica, el primero que se convirtió, para luego dar paso a su hermana María, quizás con la persona que más enfrentamientos y contradicciones tuvo, luego, entra en escena su madre, para finalizar con Paula, la hermana pequeña, su ojito derecho, todos ellos hablan de ese instante revelador de Dios, experiencia imposible de explicar con palabras, pero motor para abrir un diálogo honesto y de frente junto a David, que los escucha desde la extrañeza, evocando aquel pasado de silencios y distancia, encontrando aquellos lugares comunes de diálogo, respetando las diferentes posiciones, entre la fe y el más absoluto agnosticismo.

Un retrato familiar contundente e inspirador, también terapéutico y demoledor sobre todo aquello que somos, nuestras creencias, y como nos enfrentamos a nosotros mismos y a los demás, cómo rompe nuestro entorno, y las eternas dificultades para hablarlo entre nosotros, poniendo sobre la mesa todo aquello que nos inquieta de los demás, aquello que nos separa, y sólo a través del diálogo y las mirada podamos vencer ese miedo que nos detiene para preguntar lo que queremos mirándonos de cara y ofreciendo lo que somos. El cineasta navarro toma como referencia El desencanto, de Jaime Chávarri, quizás el documental más terrorífico y oscuro sobre una familia burguesa que representaba todo aquello de la apariencia franquista, y tras la muerte paterna, se encendía la mecha donde se exteriorizaban todos los infiernos particulares. Arratibel también viaja sobre esos márgenes y demonios familiares, todo aquello que nos inquieta y preferimos callarnos, no darles la voz que se merecen, y esta película materializa todos esos momentos, todos los instantes que nos mantuvimos en silencio para no confrontar nuestras opiniones por miedo a encender el conflicto que nos mataba en nuestro interior.

Una película que además de terapia psicológica para su director y todos los omponenetes de la familia, nos muestra la materialización de muchas conversaciones pendientes, como la imposibilidad de hablar con el padre ausente o la distancia con la tía, o incluso, la incapacidad de filmar el Espíritu Santo. Diálogos y encuentros que por fin se manifiestan con la excusa de contar la conversión al catolicismo de la familia, en la que nos cuenta algo que parece del pasado, donde la religión estaba tan presente en la sociedad, pero que también sucede en este mundo moderno tan vacío, donde la fe sufre una crisis existencial. El realizador navarro nos acerca un mundo desconocido para él, desde la emoción y la palabra, sin necesidad de explicaciones y disyuntivas filosóficas, desde el diálogo amable, cordial y sincero, desde la desnudez de nuestros sentimientos más profundos, sin pudor a mostrar lo que nos distancia d elos demás, y de todos aquellos temas que nos unen y compartimos, aunque tengamos creencias y opiniones totalmente diferentes.


<p><a href=»https://vimeo.com/205906753″>CONVERSO [Trailer]</a> from <a href=»https://vimeo.com/filmotive»>filmotive</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

La llamada, de Javier Ambrossi y Javier Calvo

Y DIOS VINO A CANTARME.

El musical La llamada arrancó de forma sencilla y humilde ocupando el hall del Teatro Lara allá por mayo del 2013. Presentaban un espectáculo pequeño, de espíritu underground, que combinaba éxitos de Whitney Houston, Presuntos Implicados y temas religiosos, ya que esta historia donde una joven María se le aparece Dios se desarrolla en un campamento religioso. El éxito fue brutal y se convirtió en uno de los grandes “sleeper” de los últimos años, un espectáculo que sigue en las tablas, que se ha visto en más de 30 ciudades españolas, mexicanas y Moscú y ha cosechado la friolera de más de 300.000 espectadores. Así que su paso al cine era cuestión de tiempo. La película, recogiendo las buenas sensaciones del teatro y contando con el mismo equipo, desde sus jóvenes directores Javier Ambrossi (Madrid, 1984) y Javier Calvo (Madrid, 1991) curtidos como intérpretes en series como Física o Química o Sin tetas no hay Paraíso, y autores de la serie cómica Paquita Salas, y el mismo elenco, nos envuelve en el campamento religioso de “La Brújula”, en mitad de un bosque en Segovia.

Allí, conocemos a María y Susana, dos jovencitas entusiasmadas por la música que tienen un grupo que se llama “Suma Latina”, cruce de reggaetón y electro latino. Después de sus reiteradas salidas nocturnas, son fuertemente castigadas por Sor Bernarda, la nueva monja jefe del campamento que quiere devolver la alegría con su tema “Viviremos firmes en la fe”, que lleva más de 30 años animando a las jóvenes. Entre la férrea actitud de la monja jefe y las niñas está Sor Milagros, una joven monja que ayuda y quiere a sus niñas, que está sufriendo una crisis de fe y además, dejó una prometedora aventura como cantante. Cuatro personajes en un solo espacio (las demás se han ido de convivencias unos días) pero ahí no queda la cosa. Un día sin más, como otro cualquiera, a eso del alba, a María se le presenta Dios cantándole canciones de Whitney Houston  (en unas escaleras que conducen al cielo, como le ocurría a Frenchie, la peluquera insegura de Grease, pero en su caso era Franke Avalon cantándole “Beauty school Drop-Out”, para encauzar la vida de la desdichada joven). Una aparición que trastoca las emociones de la joven que se esconde en sí misma, intentando descubrir que hay en todo esto. Su amiga del alma, Susana, no entenderá la actitud de María y hará lo imposible para que su amiga vuelva a su lado.

Ambrossi y Calvo toman como referencia musicales como The horror picture show o El fantasma del paraíso, para construir una comedia musical honesta y con carácter, de endiablado ritmo, lleno de energía, amor y ternura, donde se contagian unas inmensas ganas de vivir a pesar de todo lo que nos rodea. Unos números musicales heterogéneos que casan a las mil maravillas desde el rock con el tema “Estoy alegre”, donde las dos monjas se marcan un rockabilly alucinante en el comedor, a los temas religiosos como “Viviremos firmes en la fe”, o un éxito pop de Presuntos Implicados como “Todas las flores” que se marca una Belén Cuesta completamente desatada, pero en su intimidad, recordando aquello que podía haber sido y sigue sin poder olvidar, y cómo no, los tres temazos de la Houston que se marca Dios.

Ambrossi y Calvo ejecutan con entusiasmo la combinación de comedia con leves toques de drama, sin necesidad de grandes alardes téncios ni argumentales, creyendo en su relato, escavando en las diferentes emociones contradictorias que viven sus personajes, en los que no sólo deberán encontrarse a sí mismas, sino que también, deberán relacionarse con las demás para no sentirse tan diferentes y compartir lo que sienten. Una película con la cuidada producción de Enrique López Lavigne, que cambia de registro, después de la terrorífica Verónica, de gran factura técnica que presenta una cálida luz que mezcla con cierto y sensibilidad la luminosidad con los colores apagados, obra de Migue Amodeo (habitual de Paula Ortíz) el preciso y rítmico montaje de Marta Velasco (colaboradora de las últimas de Jonás Trueba) o el acogedor y detallista departamento artístico obra de Roger Bellés (que ya disfrutamos en las obras de Isaki Lacuesta e Isa Cambpo), sin olvidar la excelsa producción musical desde su score obra de Leiva, y la producción de uno de los grandes, Nigel Walker (detrás de músicos como Dylan, Pink Floyd o The Beatles…, casi nada).

Y qué decir de su reparto, desde Macarena García, la maravillosa princesa de este cuento de ser uno mismo, bien acompañada por la arrolladora personalidad de Anna Castillo, las dos protagonistas alocadas que viven con intensidad y son capaces de montar lo que sea, y las dos monjas, la madura Gracia Olayo (de “Las Veneno”, que aquí es una jefa con corazón e intenta lidiar con los sentimientos de una perdida y alucinada María, Richard Collins-Moore, el intérprete inglés afincado en España, dando vida al Dios cantante, y Belén Cuesta, que vuelve a demostrar como hizo en Kiki, el amor se hace, que es una de las grandes actrices de comedia actuales, aunque también tiene su momento emotivo con ese baúl que no sólo guarda recuerdos, sino que además, guarda todo aquello que nos negamos a ser, digamos por miedo o inseguridad, porque al fin y al cabo, de esos temas nos habla la película, de no tener miedo a ser quienes somos, de descubrirnos a nosotros mismos, y dar rienda suelta a lo que sentimos, materializar esos sueños que nos laten en el alma, aunque eso sea trasgredir contra todo aquello que te rodea y romper con lo conocido para aventurarse a aquello que no conocemos, pero inevitablemente, es todo lo que realmente sentimos que tenemos que hacer, y si es cantando y bailando mejor que mejor.


<p><a href=»https://vimeo.com/226428110″>LA LLAMADA TRAILER</a> from <a href=»https://vimeo.com/dypcomunicacion»>DYP COMUNICACION</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Bye Bye Germany, de Sam Garbarski

SOBREVIVIR CON HUMOR.

“Tu amigo está arruinando nuestra buena reputación

¿Desde cuándo tienen una buena reputación los judíos?”

Nos encontramos en el Fráncfort de 1946, en un campo de refugiados judíos que han vuelto a Alemania después de la caída del Tercer Reich. En ese espacio, de idas y venidas, de empezar de nuevo, de volver con los tuyos que quedan, donde reina la incertidumbre, la camaradería y también, la venganza, nos centramos en David Berman, uno de tantos, un tipo que idea junto a seis amigos un negocio de venta de ropa de cama para conseguir el dinero que necesitan para emigrar a EEUU. La tarea no será nada fácil, deberán tirar de ingenio, jeta y muchas dosis de humor para recuperar su dignidad y sobre todo, dejar atrás tantos horrores que desgraciadamente han tenido que vivir. La quinta película de Sam Garbarski (Planegg, Alemania, 1948) nos cuenta un drama, pero con altas dosis de humor, en este caso judío, ese humor tan característico de ellos, que no abofetea, sino acaricia, que utiliza la auto parodia como arma para seguir avanzando en un mundo convulso, y en ocasiones, horrible.

Garbarski centra su filmografía en grupos de personas, en familias como lo hacía en su debut Rashevski’s Tango (2003) en el que la muerte de la abuela Rosa trastocaba todas la identidad de una familia peculiar, en Irina Palm (2007) su mayor éxito hasta la fecha, una señora madura, con el propósito de ayudar económicamente a los suyos acababa trabajando haciendo felaciones, en Barrio lejano (2010) un cuarentón se despertaba una mañana habiendo retrocedido hasta su adolescencia, y en Vijay and I (2013) donde un actor frustrado acaba jugando a ser quién no es y así salir de su cotidianidad aburrida. El cineasta teutón plantea sus dramas a través de la comedia, en situaciones absurdas, simpáticas e incluso negras, muy negras, donde sus personajes se mueven entre la amargura y la sonrisa a partes iguales, a medio camino entre la burla y la crítica de Berlanga o Wilder, en el que todas sus criaturas andan tras lo que buscamos todos, tirar palante en este mundo tan raro y caótico, aunque para ello tengamos que inventar las mil y una, y rara vez consigamos lo que nos proponemos.

Basada en las novelas de Michel Bergmann (que también es guionista junto al director) “Die Teilacher” (en el que se relatan la vida como vendedores ambulantes del padre y tío del escritor) y en “Machloikes” (de otro cariz, pero continuando la primera novela, donde un superviviente judío se ve interrogado por su pasado colaboracionista). Dos historias que se suceden en el mismo tiempo, por un lado el negocio ambulante de venta de ropa de cama, en el que utilizan las argucias más insospechadas para vender, como ofertas de las empresas donde los alemanes trabajan, o ventas ficticias realizadas por alemanas antes de morir, etc…) pero todo cambia, cuando Berman es citado a declarar por su pasado oscuro, para averiguar porque posee dos pasaportes o estuvo en Obersalzberg, el refugio de montaña del Führer. Berman se verá sometido a exhaustivos interrogatorios por parte de Sara Simon, una agente especial judía alemana que ahora trabaja para los EEUU. Garbarski plantea una película tragicómica, con momentos duros, en los que el pasado parece querer adueñarse del futuro con otros, donde el característico humor judío ayuda a estos caraduras simpáticos a salvar su pellejo en más de una ocasión, y empujarles a conseguir su objetivo, y también, la introducción de otro elemento importante en la acción, el amor que va surgiendo entre los habitantes de este microcosmos, rodeado de destrucción, todo a reconstruirse de nuevo, donde las ansias de una vida en otro país que les haga aliviar su dolor se convertirá en el motor de sus existencias.

Garbarski se rodea de un buen grupo de grandes intérpretes que con algunos detalles y gestos alimentan todo el pasado terrible que han vivido y esa cotidianidad, entre amarga y cómica, en la que viven ahora, entre los que destaca la pareja protagonista, Mortiz Bleibtreu (que ya había protagonizado Vijay and I) como David Berman, ese simpático buscavidas, alma mater, de este grupo de desvalidos emocionales que se lanzan a emprender una nueva vida, y Antje Traue, la agente especial de los interrogatorios, que combina la seriedad del ejército con la ternura y la simpatía que le va despertando suavemente Berman, sin olvidar el ramillete de excelentes intérpretes que forman este curioso grupo que en algunos momentos recuerda a Los inútiles, del gran Fellini, en otro contexto y con otras argucias, pero atrapados en ese espíritu de jetas irreductibles. El realizar alemán, criado profesionalmente en Bélgica en la publicidad, nos remueve las conciencias, a través de una cuidada planificación formal, rescatando un episodio poco retratado como la cotidianidad de cientos de miles de judíos que volvieron a su país después de la caída de los nazis, unos seres humanos con profundas heridas pero vivos, como bien recuerda uno de los personajes, vivo a pesar de todo, dotados de un humor muy suyo que les ayuda a derribar los muros tanto físicos como emocionales.