El hilo invisible, de Paul Thomas Anderson

 MY SWEET ALMA.

“Convertir el amor en un sueño febril”

Reynolds Woodcock es un hombre maduro, de extraordinario talento para el diseño de vestidos para mujeres, profesión en la que ha volcado su existencia, dónde se muestra metódico, exigente y perfeccionista. “The House of Woodcock”, que lleva junto a su hermana Cyril, se ha convertido en la casa de modas más importantes del Londres de los años 50, por donde desfilan reinas, condesas, herederas, estrellas de cine y grandes damas, que llegan para tener el vestido más elegante y exclusivo de todos. Reynolds lleva su empresa como si se tratase de un regimiento militar, donde hay múltiples reglas que hay que cumplir a rajatabla, normas y más normas de un diseñador que se muestra quisquilloso, egocéntrico e irascible con todos y todo. Aunque todo ese aparente orden se viene abajo con la aparición de Alma, un joven inmigrante venida del este que Reynolds conoce una mañana. Alma entrará a trabajar con él, y sin quererlo, se convertirá en el centro de todas las cosas. El octavo trabajo de Paul Thomas Anderson (Studio City, California, 1970) sigue la línea de sus últimos films, si bien es verdad que su cine arrancó con dramas corales como Sydney, Boggie Nights o Magnolia, poco a poco, si exceptuamos su anterior filme Puro Vicio (donde había drama coral salpicado de comedia surrealista) sus otras películas han derivado en retratos íntimos, con pocos personajes, donde la trama pivotaba en uno de ellos, que suelen tratarse de tipos solitarios y a la deriva, que les cuesta encajar en la sociedad, como ocurría en Punch-Druck Love, The Master o en Pozos de ambición, en el que el magnate fascista del petróleo no tenía nunca suficiente a pesar de amasar una desorbitada fortuna. Los personajes de Anderson suelen ser tipos sin fortuna, por lo general, o existosos en su trabajo, pero no en el amor, tipos perdidos, llenos de traumas y dolor, que se mueven por inercia, sin saber dónde ir, en el que les cuesta entender la sociedad y su entorno más íntimo.

Reynolds Woodcock es un hombre que se ha refugiado en su profesión – personaje inspirado en el célebre modisto español Cristóbal Balenciaga (1895-1972) – y ha construido un reino sin fisuras y brillante, que, en realidad, esconde el trauma de la muerte de su madre (la persona que le hizo quién es y le enseño el oficio) dolor que le ha encerrado en sí mismo, rodeado de criados-empleadas, en un mundo femenino, que le siguen sin rechistar, incluida su hermana, a la que, sin embargo, hay una línea oculta que saben que ninguno de los dos nunca traspasará. La llegada de Alma a su vida cambiará todos sus esquemas, y resquebrajará su reino de cristal, y lo convertirá en alguien humano, un tipo débil y vulnerable, con sus miedos e inseguridades. El cineasta californiano apenas nos deja ver el Londres de posguerra, donde todavía la tragedia de la guerra seguía presente y había pocas distracciones. La película se muestra siguiendo el patrón del modisto, siempre entre cuatro paredes, como el mundo que se construye, en los salones de su casa de trabajo, en la mecanización de sus talleres cosiendo los vestidos, en restaurantes rodeados de gentes y comida, y en su refugio en el campo, donde cómo no, sigue obsesionado con su último diseño. Anderson, que también es el responsable de su fotografía (filmada en 35 mm) construye una luz brillante y esplendorosa en la casa-trabajo de Woodcock, y por el contrario, la ensombrece y la vela en los otros espacios, donde el personaje se muestra diferente, más débil, ataviado con sus gafas, su inseparable cuaderno y lapicero, un tipo que nunca descansa, siempre trabaja y trabaja. La llegada de Alma lo trastocará, lo que en principio parece la caza de una nueva musa, lentamente, se convertirá en algo más, debido al carácter de la joven, una mujer que protesta las continuas órdenes y reglas del modisto, que no quiere ser una más entre todas, que desea convertirse en alguien especial para Woodcock, y no dudará en traspasar todos los límites para desenmascarar al modisto, y convertirlo en alguien real, en alguien cercano y humano.

Anderson filma a sus personajes de manera íntima, en que el escenario lo define, como si pudiéramos tocarlos o caminar entre ellos, a través de una elegante mise en scene, que nos evoca a los grandes dramas victorianos con esas casas señoriales en los que todo sigue el orden previsto, donde la vida y las emociones parecen prediseñadas, como si alguien las hubiera pensado con anterioridad. La película nos hace recordar algunos relatos de Hitchcock, como Rebeca o Vértigo, donde los señores se empeñan en resucitar a los que no están, en un viaje obsesivo y demencial que les conduce a romper la línea temporal y dar vida a aquellos que ya se fueron (como Woodcock en su obsesión de que cada vestido resucite la imagen de su madre muerta) a través de los recién llegados, que se muestran sometidos y encerrados, en la línea de la novela de Frankenstein, aunque la película de Anderson no deriva al terror puro, y si al melodrama romántico, lleno de sofisticación y sobriedad, con el aroma del mejor Wyler con La heredera o a David Lean con sus películas donde sus enamorados se veían en las derivas de dejar lo acomodado para dar rienda suelta a sus emociones, como Breve encuentro, Amigos apasionados o Locuras de verano, por citar algunas, o Doctor Zhivago, con la que guardaría algunas similitudes como la irrupción de una mujer en la vida del protagonista que lo cambiará profundamente, arrastrándolo hasta las profundidades del amor más apasionado.

El formidable elenco de la película ayuda a contar este duro, violento y romántico melodrama, lleno de brillo y oscuridad, donde el amor se muestra obsesivo, fantasmal y competitivo, con unos intérpretes en estado de gracia que componen unos personajes llenos de humanidad y complejidad, como Reynolds Woodcock al que da vida Daniel Day-Lewis, que repite con Anderson, en otro personaje difícil y en ocasiones, muy extremo, en el que el actor británico mantiene su extraordinaria capacidad interpretativa, a través de la contención y las miradas, expresándolo todo a través de lo más íntimo y sencillo, Lesley Manville haciendo de Cyril, esa hermana doliente que sabe cuando callar y cuando replicar, que maneja un personaje que se mueve con rectitud y apoya su personaje en las miradas, y sus breves movimientos (como hacía la enorme Lola Gaos en Tristana) y finalmente, Vicky Krieps, interpretando a Alma, en un brutal y extraordinario tour de force con Day-Lewis, tarea nada fácil que la actriz sabe despachar con increíble fuerza y brillantez. Anderson ha construido un magnífico y elaborado melodrama romántico, donde el amor arrastra a sus personajes, mostrando sus debilidades ocultas y aquello que jamás dejan mostrar, y lo hace a través de una ambientación llena de sutileza y detalles, a través de unos personajes bien definidos y complejos, los cuales nos llevan casi sin quererlo, por un mundo de elegancia, lleno de colores y brillos, en el que aquello que no se puede ver ni tocar, nos hace más vivos y libres.

Creative Control, de Benjamin Dickinson

Y SIN EMBARGO… INFELICES.

En la novela “13’99 euros”, de Frédéric Beigbeder, el autor explicaba de manera autobiográfica todos los males habidos y por haber del superficial mundo de la publicidad, con todos sus excesos de drogas, sexo y falsedad laboral y vital. Temas y elementos que podemos encontrar en Creative Control, la segunda película de Benjamin Dickinson, después de su prometedor debut First Winter (2012) donde daba buena cuenta de las complejas y deterioradas relaciones de un grupo de neoyorkinos que acaban atrapados en un cabaña debido a un gran temporal hibernal. Ahora, se plantado en pleno Brooklyn, rodeado de empresas creativas de publicidad, moda y tecnología, en interminables rascacielos acristalados de último diseño, un entorno en el que todo respira a imaginación, creatividad y jóvenes genios de la informática que se han convertido en los nuevos gurús del poder y el dinero. Dickinson aparte de dirigir, coescribe junto a Nicah Bloomerg y además, protagoniza la trama dando vida a David, el nuevo creativo al que se le ha encomendado la nueva misión de un nuevo producto de realidad aumentada mediante unas gafas. Todo parece fantástico, aunque más lejos de la realidad.

David vive junto a su novia, Juliette, una profesora de yoga, metida en mundos espirituales, aunque eso no les impide tener una relación vacía y aislada. El mejor amigo de David, Wim es un fotógrafo de moda, con bigote, y aires de conquistador que se lía con una de sus modelos, aunque también mantiene una relación no comprometida con su chica, Sophie, una joven diseñadora de la que David se siente fuertemente atraído. Y así son las cosas, vidas aparentemente deseadas y felices, pero que no logran serlo, aparentan serlo, David mantiene su entereza con antidepresivos, noches de alcohol, e intentos de rollo sin sentido, mientras fantasea con la vida que le gustaría llevar en ese mundo virtual que se hace a medida. Jóvenes triunfadores en un montaña llena de mierda, de soledad y vacío existencial en unas vidas computarizadas en las que se ven rodeados de una tecnología que crean para ocupar las vidas de otros de vidas tan absurdas y vacías como las de ellos, en un universo cada vez más individualista y menos emocional, donde la verdad acaba encerrada en un móvil o en una realidad falsa tecnológica.

El cineasta californiano nos presenta una película rodada en primoroso blanco y negro de la mano de Adam Newport-Berra, que vuelve a colaborar con Dickinson, una luz con algún momento de color (para afianzar ese otro mundo falso que desean en silencio, y las imágenes ralentizadas que ayudan a crear esa sensación de irrealidad) que recuerda a la trilogía de la incomunicación de Antonioni, dónde sus personajes deambulan por una sociedad cambiante que a pesar de sus bienes materiales no les satisfacía, películas de anclaje de inspiración al igual que el Manhattan, de Woody Allen, en la también retrataba a esos pseudo burgueses hipócritas, con graves problemas existenciales que no eran capaces de ser felices. Una película que nos habla de los deseos reprimidos, de las construcciones falsas en las que apoyamos nuestras vidas, y de todo aquello que hemos construido pero que en realidad no deseamos, en ese mundo de abstracciones, de noches extraños y universos absurdos en los que no existimos cada día, pero aunque podemos apreciar el drama vital de sus protagonistas, que constantemente juegan a ser otros en otros mundos, aunque sean virtuales, pero son los que realmente desean.

Una película de jóvenes exitosos que juegan a ser quiénes no desean, pero se sienten atrapados en ese bucle maléfico e infernal en el que se han protegido de un mundo real que los mata por dentro y les produce ansiedad, pero que tampoco se muestran capaces de abandonarlo, de vivir sus vidas alejados de todo, sin adicciones y siendo honestos y sinceros, primero con ellos y luego con los que les rodean. Desde la banda sonora que mezcla canciones tecno modernas, con clásicos como Vivaldi y Bach, cuando parece que todo funciona, para adentrarse en terrenos más oscuros y siniestros con temas de Schubert o Handel, en clara referencia al universo Barry Lindon, de Kubrick.  Dickinson nos regala una película burlesca, satírica, que se mofa de todos ellos y de ese mundo de oropel y repleto de idiotas, fabricando productos que no necesitamos y haciendo todo lo posible con fuertes campañas de publicidad y marketing para que esas “cosas” materiales se conviertan en indispensables en nuestras vidas, y sobre todo, nos creamos que esos productos que acabamos de adquirir, nos hagan nuestras vidas mejores y a nosotros muchísimo más felices.