Alanis, de Anahí Berneri

RETRATO DE UNA TRABAJADORA SEXUAL.

La película se abre de un modo brillante y demoledor, a través de un plano fijo (asfixiante, sin espacio para respirar) observamos a una mujer de unos 25 años mientras se asea en el lavabo, se desnuda y entra en la ducha, la vemos apenas reflejada en un espejo, por partes (constante que se repetirá a lo largo del metraje, creando esa mirada de vidas a trozos que tienen que recomponerse). Corte a la bañera, donde agachada se frota fuertemente y se vierte agua. Inmediatamente después, descubrimos que tiene un hijo, Dante de año y medio, y comparte piso con Gisela, donde reciben a los clientes. Alanis es trabajadora sexual. La siguiente secuencia es la policía, que pasándose por clientes, irrumpen en la vivienda y las sacan a patadas, llevándose detenida a Gisela acusada de trata. Alanis con su hijo a cuestas se va a vivir con su tía temporalmente. La directora Anahí Berneri (Buenos Aires, Argentina, 1975) afronta en su quinto trabajo, el marco de sus anteriores películas, retratos duros, y en primera persona, de seres en continuo conflicto por encontrar su lugar en la sociedad, y en el mundo. En su debut, Un año sin amor (2005) mostraba la lucha encarnizada de un escritor homosexual enfermo de sida, en su siguiente trabajo, Encarnación (2007) describía la vuelta a su pueblo natal de una ex actriz madura que tuvo su fama en películas de serie B, en Por tu culpa (2010) el conflicto de una mujer divorciada y madre de dos hijos, y en Aire libre (2014) el tedio de una pareja que acaba viviendo separada.

En su nuevo trabajo, continua con sus temas preferidos abordando las cuestiones de género desde una mirada intimista y realista, en la que captura con  su cámara las 72 horas de una mujer joven que se dedica a la prostitución por decisión propia, en una manera de subsistir, de tirar hacia delante. Alanis es despojada de su hogar, de su lugar de trabajo, se ve sacada a golpes de su vida, peor con su carácter de superviviente nata, encuentra lugares para ejercer su trabajo, como en el interior de un coche en las vías muertas de una estación, o por las calles nocturnas, en las que las prostitutas dominicanas ejercen su posición y la echan a patadas. Berneri huye de cualquier posicionamiento moral o subrayados sentimentales, su película es un retrato de una trabajadora sexual, de su personalidad, en continuo movimiento, en su búsqueda de trabajo y de salir de su situación temporal, mientras sigue amamantando a su hijo, y encontrando, por todos los medios a su alcance, el camino a seguir, mostrando una dignidad fuera de lo común.

Alanis es una película de cine directo, cine de guerrilla, de militancia, donde pone en cuestión el trato a las mujeres que ejercen la prostitución por voluntad propia, en el que abre el eterno debate sobre la hipocresía moral de una sociedad que acepta trabajos precarios como legales, mientras, por el contrario, ejerce una mirada ambivalente sobre el trabajo sexual, que sin prohibirlo a nivel gubernamental, lo persigue y lo condena. Alanis está filmada con contundencia, dando golpes en la mesa, con esos planos fijos, algunos muy cortantes, y otros, despiadados y brutales, sin música añadida, apoyando la naturalidad y el realismo que persigue la cineasta, como la inmensa interpretación de Sofía Gala Castiglione, llena de crudeza, realismo y sangre, consiguen emocionarnos y sumergirnos, no solamente a un nivel físico, sino en todos los niveles, penetrando en su cuerpo, su piel, sus pechos, y su sexualidad, como la tremenda escena sexual (la única que veremos en toda la película) donde la violencia ya no es física, sino verbal.

Berneri, con la ayuda de su socio, el guionista Javier Van de Couter (que repite después de Aire libre) realiza un crónica de sucesos, alejada de los informativos moralistas, con toda su crudeza punzando, explorando los pliegues de ese mundo de calle y realista que se nos escapa, que apenas vemos y late en los rincones más oscuros y sucios de nuestras ciudades. En sus apenas 82 minutos, una película-retrato sobre una mujer, su maternidad, su trabajo y sus quehaceres cotidianos haciendo frente a una sociedad moralista y a ese Buenos Aires oscuro, inmigrante y marginal, donde las vidas frágiles y de urgencia, se mueven dando palos aquí y más allá, levantándose del suelo después de recibir todo tipo de golpes, tanto físicos como emocionales, pero siguiendo por el camino elegido, en busca de clientes, y cogiendo unos pesos de la caja si hacen falta, caminando a la vera de una mujer, en este caso trabajadora sexual, a través de su desnudez, su sexualidad, que comete errores y es compleja, como todos nosotros, pero seguirá en pie enfrentándose a todo y todos, en su forma de trabajo, en su manera de afrontar la vida, a ella misma, en su maternidad, y en su trabajo sexual.

Alanis es una película inmensa, llena de honestidad y sinceridad, sin complejos ni añadidos, que rezuma carácter y humanismo por los cuatro costados, de ese cine que corta el alma, pero profundamente necesario y valiente, como aquel cine enmarcado en la más profunda realidad directa que profundizaba en los temas cotidianos, en los más cercanos y en los que tenían que ver con las circunstancias personales, como el que ejercían Renoir, Rossellini, los cineastas del Free Cinema, los de los Nuevos Cines, y tantos otros, en su afán de crear un naturalismo callejero, del aquí y ahora, creyendo en el cine como herramienta social y política de reflexión y conocimiento, en un medio eficaz y de resistencia para retratar a personas, las que el moralismo viejuno y estúpido, que invisibiliza y expulsa a la periferia, criminalizándolos, en muchos casos, solamente por llevar vidas completamente diferentes a los que el orden social burgués ha impuesto como correcto. Vidas que sobreviven a diario, a duras penas, llenas de obstáculos, esas vidas que nos cruzamos cada día por la calle mientras vamos en dirección a nuestras cosas.

Entrevista a Gustavo Salmerón

Entrevista a Gustavo Salmerón, director de “Muchos hijos, un mono y un castillo”. El encuentro tuvo lugar el martes 12 de diciembre de 2017 en la cafetería de los cines Renoir Floridablanca en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Gustavo Salmerón,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Natalia Álvarez de XL Project, y a Nadia López y Ainhoa Pernaute de Caramel Films, por su tiempo, generosidad y amabilidad y cariño.

El autor, de Manuel Martín Cuenca

TODO POR UN SUEÑO.

Pablo López era el tipo que se obsesionaba con la adolescente en La flaqueza del bolchevique. Mikel era el ex presidiario que buscaba a un antiguo compinche para ajustar cuentas. Óscar era el segurata que quería olvidar el pasado y a su hermana en La mitad de Óscar. Carlos era el sastre respetable que comía mujeres en Caníbal. Todos ellos tipos solitarios, amargados, frustrados y obsesivos, encerrados en unas existencias sombrías y oscuras, movidos por la codicia humana, y sobre todo, manipuladores contra todos aquellos que, en algún momento les interese, para materializar sus objetivos insanos y malvados. A esta terna de canallas de nuestro tiempo se une Álvaro, un pobre tipo que se gana la vida como escribiente en una notaría en Sevilla, aunque su sueño es escribir una gran novela, pero a pesar de la pasta gastada en innumerables talleres y cursos de escritura, se muestra incapaz de escribir algo que merezca la pena, y paradojas de la vida, su mujer, Amanda, sin pretenderlo, se ha convertido en una escritora de best seller, y en todo aquello que él solo sueña. Después de perderlo todo, se muda a un apartamento del centro, y guiado por su profesor, se dispone a escribir esa novela personal e intransferible, que rezuma y sangre verdad.

El quinto trabajo de Manuel Martín Cuenca (Almería, 1964) basado en la novela primeriza “El móvil”, de Javier Cercas, se instala en la existencia de Álvaro y su obsesión, pero como no es una persona creativa, ni imaginativa, ni tampoco inteligente, no hace otra cosa que espiar a sus vecinos, como L. B. Jefferies, el personaje que interpretaba James Stewart en La ventana indiscreta. Pero en el caso de Álvaro, su modus operandi va mucho más allá, porque comienza a intervenir en sus vecinos en pos a su novela, interactuando con ellos, manipulando sus vidas y sus realidades para llevarlas a su terreno con el único objetivo de escribir su novela. En este viaje al sinsentido novelístico, a los traumas y frustraciones de una vida que, muy a su pesar, se vuelve obsesiva y vil contra todos aquellos que le rodean y se erigen en su materia de estudio y trabajo. Unos personajes anónimos, terriblemente cotidianos que, arrastran sus conflictos, tanto interiores como exteriores, arrancando con la portera, infeliz en un matrimonio, chismosa y metomentodo, encuentra en el nuevo inquilino un desfogue tanto sexual como de cariño, ya que en su casa hace mucho tiempo que desapareció, luego está el del quinto, el Sr. Montero, militar retirado, fascista de convicción, muy solitario, algo huraño y un hidalgo de capa y espada, que le entusiasma el ajedrez, y además guarda un botín en las paredes de su piso, y finalmente, los vecinos de al lado, un matrimonio de mexicanos y sus hijos (que nunca veremos) y los problemas económicos que atraviesan.

Ese microcosmos cotidiano que podría ser de cualquier comunidad de vecinos, le sirve a Martín Cuenca para crear esa atmósfera de luces y sombras, como las que decoran el piso del protagonista, todo blanco, sin apenas muebles, sólo caracterizado por esa mesa, el ordenador y la impresora, todo a punto para escribir. Y su contrapunto, las oscuras vidas de sus vecinos, empezando con esas figuras humanas en sombras proyectadas en la pared, y las conversaciones que escuchamos, agazapados y en la oscuridad, como hace Álvaro. La realidad, y su posterior manipulación, se convierten en materia de su novela, ejerciendo una influencia terrorífica en las vidas de sus vecinos, moviéndose entre las zonas oscuras del edificio para introducirse en sus vidas y manipularlas a su antojo. Después del mundo sórdido y angustioso de Caníbal, el director almeriense abre las ventanas y deja entrar esa sutil ironía, y deja aparecer la comedia negra en su relato, convirtiendo su historia en una comedia que hace reír, eso sí, pero introduciendo esa amargura que a veces nos hiela la risa, porque a veces no sabremos si nos estamos riendo de Álvaro, de su vida, su novela en ciernes, del ambiente deprimente que lo rodea, o de nosotros mismos, en una trama valiente, sincera y bestial, que nos habla de los procesos creativos, de eso que llamamos talento, y nuestras obsesiones perosnales, sobre a que estamos dispuestos en nuestra vida para conseguir materializar nuestros sueños, y sobre todo, hasta donde estamos dispuestos a llegar.

Un guión (coescrito con Alejandro Hernández, socio y colaborador de toda la filmografía de Martín Cuenca) preciso y sutil que, avanza in crescendo, en una espiral de cada vez un poco más, en este descenso a los infiernos sin tregua ni salvación, en el que todos sus personajes entran, algunos sin saberlo, en la mente enfermiza y salvaje del protagonista, y se convierten en sus almas manipulables de su novela. Un reparto fantástico y heterogéneo que ayuda a la credibilidad de la historia, el fantástico Javier Gutiérrez que, convoca a todos los fantasmas habidos y por haber para conseguir un un tipo mentiroso y enfermizo, de apariencia amable y simpática, los brillantes María León como su mujer, imagen de todo aquello que el protagonista nunca será, y Antonio de la Torre, en un registro diferente a los habituales, la maravillosa Adelfa Calvo como la reportera, un gran descubrimiento, por su fisicidad y mala uva, el matrimonio de mexicanos, encarnados por Tenoch Huerta, y la estupenda Adriana Paz, él, sentido y acompañante de su esposa, y ella, con su atractivo y confianza que, intentará acercarse en todos los sentidos a Álvaro, y finalmente, Rafael Téllez como el Sr. Montero, un señor de los pies a la cabeza y de antigua nobleza. El montaje de Ángel Hernández Zoido (editor de todas las obras de Martín Cuenca) y la fotografía de Pau Esteve (que repite después de Caníbal) convierten la película en un viaje a las obsesiones de la mente, a la capacidad inherente de los seres humanas de materializar nuestros deseos y voluntad, cueste lo que cueste, en pos a nuestro objetivo, sea o no bueno para nuestras vidas. Una obra magnífica y valiente, un relato lleno de personajes vivísimos y humanos, convertidos en títeres de esa alma enfermiza, que lo pierde todo, trabajo, moral, dignidad, que se desnuda en cuerpo y alma para conseguir aquello que lo obsesiona hasta límites insospechados.


<p><a href=”https://vimeo.com/233891432″>ElAutor_TRL_ES-XX_H264_24ips_MixLtRt_1080_20170728</a&gt; from <a href=”https://vimeo.com/iconicafilms”>Iconica Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

El tercer asesinato, de Hirokazu Kore-eda

NADIE DICE LA VERDAD.

En la primera secuencia de la película, bajo el manto oscuro de la noche, nos sitúan cerca de un río, en el que vemos a dos hombres caminando uno tras el otro, en un momento, el de atrás, asesta un golpe al otro, que cae al suelo, inmediatamente después, el hombre en pie, se agacha y remata al otro propinándole más golpes que acaban con su vida. Seguidamente, rocía el cuerpo con gasolina y le prende fuego. Somos testigos de unos hechos, si, pero la nueva película de Hirokazu Kore-eda (Tokio, 1962) la número 11 en su filmografía, se centra en las pesquisas de un reconocido abogado Shigemori para esclarecer las causas que han llevado a su defendido Misumi, a cometer semejante crimen, la cosa no resultará nada sencilla ya que el acusado asume su culpa. El cineasta japonés deja de lado sus dramas familiares basados en experiencias muy personales, para adentrarse en otro marco, en el cine de género, el thriller judicial de investigación.

La película se centra en las pesquisas del abogado y su equipo para esclarecer la verdad de los hechos, empresa compleja, por no decir imposible, en un entramado de personajes, La mujer e hija del asesinado, y algún que otro trabajador de la empresa de alimentación de la que era dueño también el muerto. Aunque entre esta tela de personas que callan más que hablan, ocultando una verdad que jamás sabremos con exactitud, y que como es sabido el juicio tampoco la buscará, ya que el proceso judicial de nuestras sociedades existe para dirimir los intereses particulares de las partes implicadas en el proceso, sin ningún atisbo de buscar esa verdad que, por un lado, sería el primer mandato de cualquier proceso judicial, y por otro, nos haría entender el porqué de muchas cosas que ocurren. Kore-eda enmarca su película, como es habitual en su cine, en una trama de pocos personajes, si bien, la película se sitúa en el marco judicial, hay rasgos significativos que anidan en su mirada hacía las familias, centro de análisis de buena parte de su filmografía, aquí, volvemos a encontrarnos con familias desestructuradas, rasgadas por separaciones, odios, mentiras y enormes faltas de cariño entre ellos.

La película avanza en dos direcciones, los careos entre abogado y acusado, en los milimétricos y apabullantes encuentros filmados en la cárcel, donde descubrimos algo más de lo que se cuece en el interior de estos dos personajes, uno intentando levantar aire y mar para desempolvar la verdad de los hechos, que curiosamente, defiende a un hombre que treinta años atrás también, y con su padre de juez, fue condenado por doble asesinato. Y frente a él, al acusado, un hombre solo, contradictorio, que está alejado de su única hija, y parece asumir su destino o no. Kore-eda nos lanza infinidad de cuestiones al aire, sin inmiscuirse en la moral de sus personajes, dejándolos ir y venir, con sus consecuencias, por la película, eso sí, dejándonos a nosotros, sus espectadores, encontrar la verdad o no, a partir de todos los argumentos de unos y otros, y no sólo sus necesidades vitales, económicas y demás, sino aquellas que ocultan, aquellas que mantienen en secreto, que a la postre, son las verdaderas razones que les han llevado a obrar de una manera u otra.

Dejando la fotografía naturalista que nos tenía acostumbrados en sus películas familiares, Kore-eda opta por una luz artificial, obra de Mikiya Takimoto, muy propia de los clásicos americanos, en la que la cámara filma a sus personajes muy cerca, creando esa atmósfera inquieta, plaga de claroscuros que también viste en estas películas, que tanto en argumento como forma nos recuerda a El infierno del odio o Anatomía de un asesinato. Una película de ritmo cadencioso, suave, como susurrándonos al oído, sin esas incomodas sorpresas sacadas de la nada, aquí, no hay nada de eso, Kore-eda nos propone un intenso y emocionante thriller judicial, un apabullante tour de force entre sus dos intérpretes, Masaharu Fukuyama y Koji Yakusho, abogada y acusado, tanto monta, monta tanto, dos personajes atrapados en este entramado de apariencia y mentiras, a través de unos personajes complejos que se mueven entre las tinieblas de una sociedad demasiado agarrotada en sus falsas mentiras, en un mundo de trajes oscuros, pero de doble moral, que contribuye a un mundo cada vez más legal con el sistema e ilegal con las personas, donde convertirse en adulto es comenzar a mentir como mencionaba Pessoa, reflexión que nos debería empezar a replantearnos qué tipo de sociedad estamos creando y para quién demonios sirve.

Encuentro con David Arratibel

Encuentro con David Arratibel, director de “Converso”, junto a Carlos Losilla, en el marco del D’A Film Festival. El acto tuvo lugar el jueves 4 de mayo de 2017 en Sala Raval del CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Arratibel, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, a Eva Calleja de Prismaideas y Pablo Caballero de Márgenes Distribución, por su organización, generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

Entrevista a David Arratibel

Entrevista a David Arratibel, director de “Converso”. El encuentro tuvo lugar el viernes 5 de mayo de 2017 en los Jardins Rubió i Lluc del Raval en el marco del D’A Film Festival en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Arratibel,  por su tiempo, generosidad y cariño, a Eva Calleja de Prisamaideas y Pablo Caballero de Margenes, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

Madre!, de Darren Aronofsky

EL PARAÍSO INVADIDO.

paraíso.

¿cabe un sonido más ominoso que una llamada imprevista a la puerta?

Una mujer joven, del que nunca se nos desvelará su nombre, se levanta una mañana y recorre su casa, no hay nadie, parece estar buscando a alguien, nerviosa y algo angustiada, abre la puerta, y recorre con su mirada el exterior, no hay rastro de nada ni nadie. De repente, una voz le asusta, es su compañero, del que tampoco conoceremos su nombre. La séptima película de Darren Aronofsky (Brooklyn, Nueva York, 1969) arranca y se desarrolla como un thriller psicológico, donde una joven pareja se ha aislado del mundo habitando una casa, alejada de todo, en mitad de un bosque. Ella se afana por mantener el orden y la confortabilidad del hogar, mientras, él, en plena crisis artística, se muestra incapaz en escribir su nueva novela. La aparente calma y paz se verán interrumpidas por la aparición de una pareja que pasan los cincuenta y que, sin quererlo, y con la amabilidad de él, se instalan en su casa, a pesar de la oposición de ella. Y desde ese instante, ya nada volverá a ser igual.

Aronofsky nos tiene acostumbrados desde que debutase hace casi dos décadas con Pi, una película underground en blanco y negro que seguía la obsesión de un matemático por enocntrar una fórmula secreta que acababa siendo objeto de deseo de malvados gansters, le siguió Réquiem por un sueño (2000) retrato desolador sobre unos jovenes obsesionados con el dinero, las drogas y el sexo,  con La fuente de la vida (2006), Aronofsky se exploró uno de sus elementos caraterísticos, las tramas con resonancias biblicas, donde lo sobrenatural y lo religioso se funden, en una trama sobre viajes en el tiempo y el sentido de la existencia, en El Luchador (2008) se dejó de grandes cuestiones ya abordó las dificultades de un ex luchador que se mantiene a duras penas y quiere recuperar a sus hija, con un grandísima interpretación de un resucitado Mickey Rourke, en Cisne negro (2010) se adentró en el obsesivo y demencial mundo de la danza para describir a una joven luchando en varios frentes que terminaba con una gran confusión mental, y finalmente, Noé, de hace tres años, donde volvía a uno de sus temas predilectos, lo religioso y la espiritualidad, creando un trabajo que mezcla la grandiclocuencia con lo íntimo.

Ahora, nos encierra en cuatro paredes, y nos focaliza la atención en ella, la joven obsesionada con el orden y la limpieza que ansía ser madre. Descubrimos la película junto a este personaje, que da todo a su hombre, al que ayuda en cada momento, y en cierta manera, existe sólo para su felicidad. La aparición de los intrusos la inquieta y la aparta de su lugar, sometiéndola a una voluntad ajena que la lleva a sufrir alucinaciones y sumergirse en un infierno oscuro y horrible, en una espiral de miedos, dolor, locura e invisibilidad. En palabras del propio Aronofsky construyó su película después de cinco interminables días febriles, a partir de una premisa sencilla, la devastación imparable de la naturaleza y la enfermiza obsesión por destrozar lo natural y construir artificialmente, en un mundo cada vez más psicótico donde lo económico ha contaminado nuestras vidas. Si bien la idea está bien identificada, en una alegoría ecologista denunciado los males del hombre, la película, tanto en su forma como en su estructura, puede sugerir a otras interpretaciones, tantas como espectadores se acerquen a sus imágenes, en ese descenso a los infiernos, donde la contención del inicio pasa a una desmesura siniestra donde todo el paraíso se ve sometido a un amor desmedido y obsesivo, que acaba destrozándolo todo.

La atmósfera que se respira en la trama (obra del cinematógrafo Matthew Libatique, colaborador del director) entre una etérea luz que duele y forma ese sensación de irrespirabilida instalada en cada espacio de esa casa) acompañada de la sordidez y las obsesiones mentales de la joven nos acercan al primer cine de Polanski, quedemonos en Repulsión, donde una joven repudiaba de los hombres hasta tal extremo que acababa sufriendo graves alteraciones mentales, siguiendo con Cul-de-sac, donde una joven pareja, pusilánime, él, y ninfómana, ella, se veían secuestrados en su propia casa por un par de bandidos, y finalmente, La semilla del diablo, donde la tierna e inocente Rosemary se veía sometida a una espiral de terror cuando su marido, amigos y vecinos, la utilizaban como madre de belcebú. Aronofsky se inspira en el paestro polaco para guiarnos por ese submundo de obsesiones, alucinaciones y terror, en una película que nos habla sobre la soberbida y el engreimiento de un artista vacío que ataca y utiliza a su mujer para su beneficio, en un grandísima interpretación de Javier Bardem, y no menos inquietantes las presencias de Ed Harris y una maléfica Michelle Pfeiffer, que se apoderan de la inocencia, belleza y ternura de una Jennifer Lawrence en un estado de plenitud interpretativa de órdago, componiendo un personaje central maravilloso, con infinidad de matices, que se mueve por su casa que cada vez reconoce menos, y acaba sucumbiendo a unos acontecimientos de auténtica locura enfermiza y psicosis colectiva, donde imperan el sexo, la violencia y el terror desmesurados, algo así como una orgía de devastación contra la sensibilidad y la ternura de todo aquello amenazado.