La hojarasca, de Macu Machín

TRES HERMANAS. 

“El arte es un medio para trascender la realidad y conectar con lo eterno”. 

Andréi Tarkovski

La apertura de una película es de capital importancia, porque deja constancia de los próximos compases del viaje que estamos a punto de iniciar. En La hojarasca, de Macu Machín (Las Palmas de Gran Canaria, 1975), arranca con Carmen recogiendo hojarasca/broza en uno de sus huertos, en silencio y con la cámara a una relativa distancia, observando pero sin ser invasiva, documentando un instante. Inmediatamente después, las otras dos hermanas, Elsa y Maura, vienen a lo lejos del camino entre el espesor de la bruma y la neblina, aproximándose a la cámara/nosotros, mientras en off escuchamos el cuento/encuentro trascendental de un antepasado de las mujeres con un cochino que les dejó unas tierras. Después de eso, aparece el título de la película. En muy pocos minutos, la película ha dejado clara sus líneas de exploración: estamos ante la historia de tres hermanas, muy diferentes entre sí, su reencuentro y sobre todo, el conflicto de las tierras y la herencia dichosa, y aún más, el relato se aposenta a través de los silencios y el entorno de la Isla de La Palma.

La ópera prima de la cineasta canaria, después de varios cortometrajes como Geometría del invierno (2006), El mar inmóvil (2017) o Quemar las naves (2018), entre otros, donde ha variado entre la observación y el metraje encontrado con la búsqueda de filmar lo real y lo trascendente en sus historias. En La hojarasca sigue esa línea marcada, donde la realidad y lo fantasmal se juntan en una cotidianidad natural y huyendo de lo arquetipo, componiendo una íntima sinfonía que se mueve a través de la cotidianidad de los quehaceres laborales, como recoger broza y almendras, y demás labores propias de la huerta, a través de las tres hermanas: Carmen, la que se ha quedado en las tierras familiares, Elsa, la hermana mayor que viene con Maura, que padece una enfermedad degenerativa. Tres mujeres, muy diferentes entre sí, que pasarán unos días juntas, donde se hablará, muy poco eso sí, porque no son personas de palabras, sino de miradas y gestos, los años del campo las han endurecido y las ha hecho muy hacia dentro. Tres almas compartiendo su pasado, los que estuvieron antes que ellas, el presente más inmediato y los días y las noches como actos repetitivos de la existencia más terrenal, en que el paisaje las rodea y describe sus huellas, las suyas y las de los que ya no están, donde el tiempo se desvanece y el paisaje va marcando el suyo. 

La película se nutre de una excelente factura visual con un equipo formado de extraordinarios profesionales como la pareja que forma la cinematografía como José Alayón, que tiene en su haber películas como La ciudad oculta, Blanco en Blanco y Eles transportan la morte, que también ha coproducido, y la búlgara Zhana Yordanova, en el que se erigen encuadres estáticos donde la vida y la muerte, lo real y lo trascendental se van mezclando de forma sutil, sin que nos demos cuenta, donde el documento, el western, el terror y lo social van emanando de forma pausada y concisa. La brutal música de Jonay Armas, que ya nos fijamos en su talento en sus trabajos con Alberto García, es un personaje más, con esos acordes que nos remiten al citado western y al género de lo sobrenatural en otros compases. El extraordinario sonido de un grande como Joaquín Pachón, con una filmografía de más de 60 títulos con cineastas como Isaki Lacuesta, Carla Subirana, Eloy Enciso y Rocío Mesa, entre otros, toma el pulso de todo la atmósfera entre lo cotidiano y lo inquietante por el que transita la historia, y el estupendo montaje del trío Emma Tusell, Manuel Muñoz Rivas y Ariadna Ribas, que consiguen en sólo 72 minutos de metraje un relato complejo, nada complaciente y lleno de miradas y gestos y más allá, donde todo parece envuelto en una espesa bruma sin tiempo ni lugar. 

Reivindicamos una productora como El Viaje Films, coproductora junto a la directora de la película, formada por el mencionado José Alayón y Marina Alberti, que sigue abanderando un cine de verdad, es decir, un cine que explore y profundice en las grietas del lenguaje y la forma, construyendo un imaginario diverso y encantador que es muy reconocido a nivel internacional, como han hecho con La hojarasca, el bellísimo y extraordinario debut de Macu Machín, una cineasta que ha sabido construir un universo que trasciende el tiempo, la memoria, el documento y el género mediante lo más cercano y natural, a partir de tres almas que se mueven entre lo terrenal y lo fantasmal, en las miradas, gestos y cuerpos de sus tías: Carmen y Elsa Machín y Maura Pérez, tres mujeres moviéndose en un presente que remite a otros tiempos y a esté, entre las brumas y las grietas del tiempo de los que antes nos precedieron con su legado y su memoria, y los que estamos aquí, con su legado y sus lugares que ahora pisamos y gestionamos nosotros. Una película sin tiempo ni lugar, como ya he comentado, de esas que hacían en el este allá por los sesenta y setenta, donde el paisaje iba formando la historia y las personas, como ocurría en películas como La mitad del cielo (1986), de Manuel Gutiérrez Aragón y O que arde (2019), de Oliver Laxe, películas que tienen muchos lazos con la película de Machín, donde lo femenino es crucial, en esa eterna dicotomía entre el humano y entorno, memoria y presente, entre vida y muerte, donde real y lo trascendental es uno, con infinitas variaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Susi Sánchez

Entrevista a Susi Sánchez, actriz de la película «Reinas», de Klaudia Reynicke, en la cafetería de los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el lunes 2 de septiembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Susi Sánchez, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Lara Pérez Camiña y Sergio Martínez de BTeam Pictures, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Reinas, de Klaudia Reynicke

ÉRASE UNA VEZ EN… PERÚ. 

“Podéis arrancar al hombre de su país, pero no podéis arrancar el país del corazón del hombre”. 

John Dos Passos

La familia es parte muy importante del universo cinematográfico de Klaudia Reynicke (Lima, Perú, 1978), en sus tres películas y miniserie que ha dirigido hasta la fecha. La última es Reinas, coescrita junto a su compatriota el cineasta Diego Vega (que conocemos por ser uno de los creadores de la serie Matar al padre (2018), de Mar Coll), en la que a modo de fábula recoge parte de sus vivencias personales cuando en la Lima del Perú de principios de los 90, ante la gravedad de la situación política dejó el país siendo adolescente junto a su familia 30 años atrás y ha regresado cinematográficamente para contar su visión de aquel tiempo. Por eso, su relato está situado en la mirada de las dos niñas, Lucía y la adolescente Aurora, que si bien están dispuestas a emigrar a Estados Unidos con su madre, después de la aparición de Carlos, su padre que ha estado ausente mucho tiempo. La aparición del padre genera un revuelo en las dos niñas e instan a su madre a quedarse en el país y olvidarse del exilio.

La historia mezcla con inteligencia e intimidad los quehaceres cotidianos de la familia compuesta por las dos niñas, su madre y la abuela, y la situación política tan convulsa y agitada del país, donde lo personal y lo social se exploran de forma sencilla y nada complaciente, entre ese interior de la casa donde vienen familiares y se desarrolla buena parte de la película, y el exterior, de día como un día más, y la noche, muy amenazante y con toque de queda. La habilidad del guion en situarnos con muy poco en los conflictos y tensiones personales debido a la situación del país, y en hacerlo en presente, indagando de forma sutil y nada superficial en ese pasado que no hemos visto pero acabamos conociendo muy bien, tanto la década violenta de los ochenta y, sobre todo, la personalidad de ese padre, tan imaginativo, tan charlatán y tan alejado, que ahora quiere recuperar el amor de sus hijas ante las dudas de Elena, su ex y madre de las niñas, y la abuela, que lo conoce demasiado y por eso lo aleja todo lo que puede. Resulta interesante como la película capta la infancia y la adolescencia a través de las niñas, y ese mundo de los adultos tan preocupado por el país y el miedo a qué pasará. 

La excelente cinematografía de Diego Romero, que ya había hecho con Reynicke las mencionadas Love Me Tender y La vie devant, tiene en su filmografía trabajos con cineastas como Roberto Minervini e Ignacio Vilar, y La bronca (2019), dirigida por el citado coguionista Diego Vega y su hermano Daniel, consigue esa luz tan característica de la época, donde se manifiesta esa intimidad que mencionaba, donde la calidez de lo doméstico contrasta con la luz de afuera, más intensa y ruidosa, donde la agitación del país se nota en cada mirada y cada gesto de los personajes. El magnífico trabajo de montaje que firma el dúo Francesco de Matteis con más de 40 títulos a sus espaldas, y Paola Freddy, que ya había estado a las órdenes de la cineasta peruana, con una amplia experiencia al lado de nombres tan importantes como los de Krzysztof Zanussi, Andrea Pallaoro y Piero Messina, donde todo se mezcla con naturalidad y con buen ritmo, pausado y nada ajetreado, en la que se cuenta la difícil gestión ante los graves acontecimientos en sus 104 minutos de metraje que pasan de forma interesante y nada repetitivos. Sin olvidar algunos temas pop muy del momento como el de Hombres G que bailan en la fiesta. 

Mención especial tiene el extraordinario trabajo del equipo interpretativo con unas grandes actuaciones llenas de transparencia y cercanía, empezando por las dos niñas debutantes que son Abril Gjurinovic como Lucía, la pequeña de la casa y también rebelde, y Luana Vega es Aurora, en plena efervescencia adolescente, con los amores intensos y las amigas para toda la vida. Los adultos son los intérpretes peruanos Gonzalo Molina como Carlos, esa especie de soñador eterno, de aventurero de pacotilla pero parece ser que con gran corazón y con ganas de querer un poco a sus hijas, mientras que Jimena Lindo es Elena, la madre que ha tirado palante a pesar de las dificultades y que está moviendo mar y aire para conseguir la documentación necesaria, venciendo mil y un obstáculo burocrático, para salir del país y empezar de nuevo muy lejos de allí, antes que la situación se ponga peor. La gran Susi Sánchez hace de abuela, una matriarca observadora y acompañante que sabe muy bien de qué pie calza el susodicho padre de las niñas, una mujer que ha vivido demasiado para saber y conocer a los demás. Y finalmente, una retahíla de actores y actrices peruanos que interpretan de forma sencilla y natural.

La película Reinas se ha producido gracias al esfuerzo y el trabajo de tres países como Perú, Suiza, ciudad de exilio de la directora, y España, a través de Inicia Films de Valérie Delpierre, siempre tan atenta al talento como ha demostrado con Carla Simón, Pilar Palomero, David Ilundaín, Estibaliz Urresola, Àlex Lora y Enric Ribes, entre otros. La cinta de Reynicke no está muy lejos de cineastas como Lucrecia Martel y su inolvidable La ciénaga (2001), peliculón paradigma que ha abierto muchas puertas y ha ayudado a otro cine como el de Albertina Carri, Milagros Mumenthaler, Julia Solomonoff, Mariana Rondón, Tatiana Huezo, Dominga Sotomayor, entre otras, que han explorado la familia, la política y demás asuntos tan arraigados a su continente. No dejen escapar una película como Reinas, de Klaudia Reynicke, porque conocerán aquellos años convulsos del Perú de principios de los 90 y además, verán cómo los gestiona una familia desde sus diferentes miradas, de la infancia, la adolescencia, la adultez y la vejez, en su lucha por seguir viviendo con dignidad, aunque sea dejando su tierra para empezar de nuevo en otro país, en otro idioma y demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Silver Haze, de Sacha Polak

LA JOVEN DE FUEGO. 

“A medida que lo alimentaba, el fuego crecía y no dejaba nada a su paso. Cuando hubo quemado todo lo que encontró a su paso, sólo le quedaba una cosa por hacer. Con el tiempo, acabaría por consumirse a sí mismo”.

De la novela El enigma del cuadro (2004), de Ian Caldwell

Después de Hemel (2012) y Zurich (2015), dos dramas producidos en Holanda, la filmografía de Sacha Polak (Amsterdam, Países Bajos, 1982), dio un vuelco considerable con Dirty God (2019), un drama ambientado en el extrarradio de Londres sobre la existencia de Jade, una joven madre que sufre un ataque de ácido de su ex pareja que la deja desfigurada, interpretada por la actriz no profesional Vicky Knight. La película con el mejor aroma del cine social británico de Loach, Leigh y Frears, mostraba una realidad dura, de jóvenes atrapados en un ambiente sin futuro, donde la libertad se relaciona a las noches de fiesta, baile, drogas y sexo. En Silver Haze (que hace referencia a una variedad del cannabis, que fuman las protagonistas), la directora neerlandesa sigue explorando los barrios de Dirty God y la vida real y ficticia de Vicky Knight, ahora convertida en Franky, una joven enfermera que sufrió graves quemaduras al incendiarse el hospital donde dormía.

La película, con guion de la propia directora, se instala en la obsesión de la protagonista por vengarse de su padre y la amante de éste, a los que acusa del incendio ocurrido 15 años atrás. Mientras, la vida de la joven sigue siendo dura, con una madre alcohólica, un tío sin trabajo y una hermana pequeña demasiado perdida. Su vida cambia cuando se enamora de una paciente, Florence, que ha intentado suicidarse, con la que empieza una relación muy intensa y pasional llena de altibajos y conflictos. El relato es muy duro y sin piedad, pero en ningún momento hay regodeo, ni porno miseria, que acuñaba Luis Ospina, porque entre los pliegues de tanta desazón y problemas y rabia contenida, hay esperanza, o al menos, algo de ella, porque entre tanta basura emocional, los personajes intentan ser felices o al menos intentar estar un poco mejor. Son individuos que luchan con lo que pueden y tienen a su alcance para avanzar aunque sea a trompicones fuertes. Quieren una vida como la de todos, una vida donde haya algo de amor, o cariño, donde las cosas no se vean tan negras, en que el personaje que interpreta Vicky Knight ejemplifica esa idea que transita la historia donde siente la enfermiza venganza que la come por dentro y también, lo contrario, el amor que siente por Florence, en ese mar de contradicciones en los que nos movemos los seres humanos. 

Como sucedía en Dirty God, la película tiene un tono y una atmósfera muy acorde con lo que experimentan sus personajes, van de la mano, con un excelente trabajo de cinematografía de Tibor Dingelstad, con una cámara inquieta y curiosa que vuelve a meterse en las vidas, emociones y tristezas de los personajes, donde ficción y realidad se dan la mano, muy cerca de ellas, atrapándolas en esas míseras casas llenas de trastos, con ese cielo plomizo y esas ganas de huir constantes. La estupenda música del dúo Ella van der Woude y Joris Oonk, en el que sin subrayar consiguen transmitirnos toda esa maraña de emociones que viven en el interior de los personajes, y sobre todo, sin teledirigir emocionalmente a los espectadores. el gran trabajo de edición de Lot Rossmark, en una película compleja como esta, que se va a los 102 minutos de metraje, donde hay muchas montañas rusas en los personajes, algunas evidentes como esa parte de la noria que vemos como espejo-reflejo de las complejidades de unos personajes que sólo buscan un lugar donde haya paz o al menos, algo de comprensión, y dejen atrás las pequeñas islas a la deriva en que se han convertido sus tristes y ensombrecidas existencias. 

Como ya hemos mencionado en este texto, volvernos a encontrar con Vicky Knight metida en otro personaje de rompe y rasga, muy diferente al que hizo en Dirty God, donde vivía con miedo, escondida y con la idea fija de recuperar la imagen que tenía antes de las quemaduras. En Silver Haze, su Jade quiere un poco de paz, encontrar un hogar tranquilo, donde todos se miren y se entiendan a pesar de todo, porque en su familia biológica no lo consigue y todos son historias. Con Florence consigue algo de ese cariño, pero también resulta difícil porque ella está mal y es narcisista. La interpretación de Vicky Knight es asombrosa, llena de carisma y naturalidad, donde muestra su cuerpo sin pudor y sin miedo, un cuerpo lleno de cicatrices por las quemaduras, un cuerpo lleno de vida y esperanza. A su lado, Esmé Creed-Miles que ya estuvo con Polak en la serie Hannah, en el papel de la mencionada Florence, una mujer que huye de una realidad dura, siendo egoísta y muy perdida. La sensible interpretación de Angela Bruce, en uno de esos personajes llenos de dulzura y vida. Y luego una retahíla de intérpretes no profesionales como Charlotte Knight, la hermana real de Vicky, que hace de Leah, tan perdida como equivocada. Archie Brigden es Jack, hermano de Florence, en su peculiar mundo, y TerriAnn Cousins como la madre de Vicky. 

No les voy a engañar, Silver Haze  es una película muy dura, tiene momentos muy heavys, de esos que encogen el alma y nos golpean fuertemente al estómago, pero la vida para muchos es así, y no por eso, no se va a mostrar esa crudeza y la tristeza en la que viven. Lo interesante de la película es que ante esa realidad cruda y maloliente, no se regodea en ningún momento ante tanta desazón, sino en que se centra en unos personajes, en sus bondades y maldades, en esa idea fija que tienen de mejorar, de ver cada día de otra manera, huyendo de esa idea manida de la superación ni de tontadas de esas, sino de creer en nosotros mismos a pesar de la mierda que nos rodea, en sentir y en levantarse cada vez que la vida nos golpea duro, en creer cuando dejamos de creer, en respirar cuando nos falta el aire, en no dejar de seguir como se pueda, como hacen los distintos personajes, en una película que habla de amor, de familia, de relaciones y sobre todo, de cómo gestionamos todo eso, las diferencias, sus peculiaridades y todo lo no normativo. Gracias a Sacha Polak por mostrar tantas realidades, porque ante tanto oscuridad podemos encontrar un resquicio de luz, por pequeño que sea, ya es mucho. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Deep Sea. Viaje a las profundidades, de Tian Xiaopeng

SHENXIU EN EL PAÍS BAJO EL MAR. 

“De modo que ella, sentada con los ojos cerrados, casi se creía en el país de las maravillas, aunque sabía que sólo tenía que abrirlos para que todo se transformara en obtusa realidad”

Del libro Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll

Cuando se habla de cine de animación es inevitable hablar de una de las parejas más grandes Hayao Miyazaki e Isao Takahata que, a través de su Studio Ghibli, se han encargado de construir un imaginario propio, cercano y fantástico, en el que se adentran en las emociones de las niñas que pueblan su ríquisimo imaginario. Shenxiu, la protagonista de Deep Sea, no estaría muy lejos de aquellas de Satsuki y Mei de Mi vecino Totoro (1988), o de Chihiro en El viaje de Chihiro (2001), sólo por citar un par de ejemplos. Niñas enfrentadas al dolor, la tristeza y la ausencia que, con su inmensa imaginación, el mejor refugio contra los males, recrean un espíritu del bosque o de una tierra imaginaria donde nada es lo que parece. En el caso de Shenxiu, su dolor se centra en la ausencia de una madre que la abandonó, una pérdida que la sumido en una fuerte soledad y aislamiento, a pesar que, su padre ha creado una nueva familia, de la que ella no se siente parte de ella. 

La película Deep Sea. Viaje a las profundidades (Shen Hai, del original, que vendría a traducirse como “Dios” o “Ser divino”, y “Dos”), supone el segundo trabajo de Tian Xiaopeng (Pekín, China, 1975), después de su debut en el largometraje con Monkey King: Hero is Back (2015), una historia que mezclaba fantástico, aventuras, monstruos, mitología y Wuxia (el subgénero de fantasía que mezcla artes marciales con tintes de melodrama), en un memorable trabajo técnico en 3D. Con Deep Sea, vuelve a apabullar con la exquisita y detallada de la animación en 3D, en el que fusiona el maltrecho estado de ánimo de la joven protagonista con un viaje a las profundidades del mar, a un mundo de fantasía a bordo de un submarino enorme convertido en un restaurante que se llama “Deep Sea”, que capitanea un atribulado, torpe y mago Nan He, y su especial tripulación formada por morsas que cocinan y tejones como camareros, en un universo que parece no tener fin, en el que una enigmática sopa hace las delicias de unos clientes que son peces de diferente tamaño y forma, en el que no faltan las dificultades y peligros como el del fantasma rojo, una extraña criatura en forma de sombra gaseosa que navega por las profundidades. 

La película es un derroche de fantasía, aventuras y de imaginación desbordante, en el que cada detalle cuenta y se muestra su increíble importancia. Todos los aspectos técnicos brillan en la película, desde la parte visual de la que hemos dado buena cuenta, su rítmico, intenso y enérgico montaje en una película que se casa a las dos horas de metraje, y su excelente banda sonora que firma Dou Peng, que no se limita a acompañar sus imágenes espectaculares, sino que va muchísimo más allá, creando todo el entramado emocional de la protagonista, y generando todo ese mundo tanto el físico como el espiritual, y el onírico, donde la fábula y el relato se usan para construir y deconstruir la historia, lo que vemos y lo que no, en una aventura en la que la no cesan de ocurrir cosas, pero que, además, nunca se desvía del asunto central: la historia de una niña solitaria que no ha pasado página y sigue anclada en un pasado donde su madre la quería, y este viaje por el mar, o por las profundidades del mar, a bordo de este peculiar y fantástico vehículo y formando parte de su extraña y mágica tripulación, aprenderá a ser ella misma, a aceptar la ausencia y sobre todo, a imaginar y comenzar a vivir un mundo en que su madre ya no está. 

La aventura íntima de Shenxiu tiene un referente claro: el de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll. Una historia donde la supuesta realidad, o esa parte que produce dolor y tristeza, se convierte en un mundo lleno de fantasía donde los animales se humanizan, donde las cosas adquieren otro significado y sobre todo, otro valor, más íntimo, más profundo y más de verdad, como ocurrían en las fábulas clásicas, en las que los animales adquirían emociones y valores humanos, pero no aquellos interesados y volubles, sino otros que no dañan y si lo hacen se afanaban en hablarlo y perdonar, en relacionarse de manera sencilla y humilde, y no en rivalizar ni competir, sino en compartir de forma equitativa y humana, y sobre todo, en restar importancia en tantos prejuicios y miedos impuestos por la locura consumista y clasista de una sociedad que no construye personas sino adictos a lo material y al derroche. La película Deep Sea ha significado un gran descubrimiento para el que suscribe, por su apabullante técnica visual y sonora, y también, por su forma de fusionar la tristeza y el dolor de una niña frente a un universo fantástico y real a la vez, donde ese mundo invisible y subterráneo no es más que infinitos reflejos de su propia realidad, de esa realidad vacía y oscura de la que quiere escapar, pero no para de encontrarse, porque así son las situaciones, cuando queremos dejar atrás algo que no deseamos, la vida y las circunstancias se empeñan en enfrentarnos a ellas, ya se de otras formas, colores, y demás aspectos, que nosotros creamos muy diferentes de lo que huimos, pero nada que ver, siempre estaremos delante de aquello que nos duele, y es así, porque huimos e intentamos alejarnos por miedo, pero volverá y nos seguirá allá donde vayamos, y eso será así hasta que lo enfrentamos y vivamos con ello, aceptando su naturaleza y lo que nos duele y de esa forma podremos vivir sin miedo y dolor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La bestia en la jungla, de Patric Chiha

JOHN ESPERA JUNTO A MAY.  

“El misterio es la esencia de toda belleza verdadera”.

Henry James 

Existen muchas probabilidades a la hora de adaptar una obra. Se puede ser fiel a la novela o por el contrario, se puede ser fiel sin serlo, es decir, adaptar la novela y llevársela a su tiempo. Es el caso de la adaptación de La bestia en la jungla, que ha dirigido Patric Chiha (Viena, Austria, 1975), traslada la época victoriana del cuento de Henry James (1843-1916), a una etapa en concreto, la que va de 1979 a 2004, con un extraño y festivo prólogo que acontece diez años antes, en 1969. También, ha escogido un espacio diferente, la discoteca donde acontecerá esta sensible, diferente y romántica historia. El espíritu de James impregna el relato con un tipo como John, solitario y tímido, alguien alejado de todos y todo, incluso de él mismo, obsesionado con un misterio desconocido, un misterio que cambiará su vida por completo, desconoce cómo se producirá, pero sabe que le sacudirá y debe esperarlo, como esa bestia al acecho que en algún momento, se abalanzará sobre él. En este cometido, le seguirá May, una joven completamente diferente a John, porque ella es extrovertida y social, que le acompañará esperando ese suceso. 

A partir de una adaptación que firman Jihane Chouai, el cineasta Axelle Ropert (que tiene en su haber películas con Serge Bozon), y el propio cineasta que, en su quinto largometraje, nos sumerge en una discoteca sin nombre y en todos los sábados por la noche que los dos protagonistas se reencuentran. En esa atmósfera donde se juega con la vida, la muerte, el sueño y la fantasía, donde lo romántico que impregnaba la literatura de James, está muy presente, donde las formas y los límites se disipan, en un constante juego de espera mientras la vida va sucediendo, con la evolución de la música disco hasta la techno, y los diferentes bailes, que van desde el “agarrao” hasta el más frenético individualismo con formas abstractas y alucinógenas. Una atmósfera extraña, onírica y fantástica, donde John mira y May se mueve, en el que John observa y espera y May parece hipnotizada con él, porque a pesar de su rareza, siempre vuelve y espera con él. La extraordinaria y magnética cinematografía de Céline Bozon (que ha trabajado con el citado Bozon, Tony Gatlif y Valérie Donzelli, entre otros), ayuda a construir ese universo donde todo es posible, ajeno a la realidad, al día, a todo lo demás, y sumergiéndonos en esas vidas de sábado, con el baile, las amistades y el tiempo detenido. 

La música del dúo Émilie Hanak y Dino Spiluttini ofrecen un tremendo abanico de propuestas que recogen toda la evolución que va marcando el cuarto de siglo por el que transcurre la película. El estupendo montaje de la pareja Julien Lacheray (que tiene en su filmografía a cineastas tan importantes como Claire Denis, Céline Sciamma, Rebecca Zlotowski y Alice Winocour…), y la austriaca Karina Ressler, la cómplice de una gran cineasta como Jessica Hausner, llenan de ritmo y pausa el relato, fusionando cona cierto lo físico con lo psicológico, donde el baile y las conversaciones profundas y los silencios van conformando una historia diferente y llena de misterios que nos atrapa por su cotidianidad y su fantasía en un relato que se va a los 103 minutos de metraje. Aunque donde la película coge vuelo es en su magnífica pareja protagonista, tan diferentes como cercanos. Con un estupendo Tom Mercier en el rol de John, que ya nos encantó en Sinónimos (2019), de Nadav Lapid, dándolo todo con un personaje difícil, que no se abre, tan tímido como misterioso, aislado, casi como un extraterrestre, o quizás, alguien tan raro que no parece real, o tal vez, su misión en la vida sea mirar a los demás y esperar, una espera que comparte con una maravillosa Anaïs Demoustier, una actriz que nos encanta, porque siempre está tan bien, tan natural y tan cercana, en el papel de May, una joven tan alejada de John que sigue con su vida, con su amor y sus sueños, y también, se siente atrapada al joven, porque le atrae esa decisión, tan diferente a su entorno y su vida. 

Una pareja tan íntima y fantástica como esta, necesita estar rodeada de unos intérpretes que doten de profundidad a unos personajes muy estáticos y en continua espera. Béatrice Dalle, que ya trabajó con Chiha en su ópera prima Domaine (2009), en un personaje sin tiempo como el de la encargada de quién entra a la discoteca, su fisonomista es maravillosa, ataviada como una especie de hechicera que todo lo ve y lo sabe. Una delicia para la historia, como el personaje de el encargado del aseo, todo un ser quijotesco, tan suyo como de nadie. Después tenemos a ellos dos. Por un lado, está Pierre que hace Martin Vischer como el novio de May, tan enamorado como incrédulo a la decisión de May, y Céline, la encargada del guardarropa, todo un clásico de las discotecas de antes, que tiene en la actriz Mara Taquin su figura, que se enamora de John, un amor o no. Debemos agradecer la decisión de Chiha de hacer una película como La bestia en la jungla, que bajo un tono fantástico e irreal, que tiene mucho que ver con todo lo que sucedía esos sábados por la noche en las discotecas, donde el mundo de fuera desaparecía y todo se sobredimensiona en el interior oscuro y musical que allí se generaba. 

Tiene la película el tono de películas mudas como las de Pabst y las expresionistas, u otras como la Jennie (1948), de William Dieterle, donde nada es lo que parece y donde los personajes no parecen de este mundo y lo que sucede es fantástico y pertenece al mundo de los sueños y las pesadillas, de todo aquello que no podemos explicar con palabras. Un cine como era antaño, donde los espectadores tenían experiencias psicológicas y emocionales muy importante, en que el cine usaba elementos fantasmagóricos para sumergirnos en un universo diferente y cercano a la vez, donde los personajes sentían y sufrían como nosotros, donde la imagen se inventaba y en el que nos adentramos en otros mundos, otras sensaciones y otros conceptos, en un cine que ya parece que no volverá, un cine que ha perdido su inocencia, la inocencia de las imágenes, de la ilusión, donde todo era más placentero y más profundo, como hace La bestia en la jungla, porque mientras su pareja protagonista espera, la vida y todo lo que sucede a su alrededor continúa y cambia, y ellos ahí, como dos personajes de otro tiempo, otro mundo, otra emoción y otro misterio. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Not a Pretty Picture, de Martha Coolidge

FUI VIOLADA A LOS 16 AÑOS POR UN COMPAÑERO DE CLASE.   

“Esta película está basada en incidentes de la vida de la directora. La actriz que interpreta a Martha también fue violada cuando estaba en el instituto. Se han cambiado nombres y lugares”.

El cine tiene una inmensa capacidad para inventar con el propósito de enfrentarse a las historias que quiere contar para transmitir a los futuros espectadores. Cada historia necesita su propia mirada y sobre todo, su propia forma. Dicho esto, cuando la cineasta Martha Coolidge (New Haven, Connecticut, EE.UU., 1946), contaba con tan sólo 16 años y estudiaba secundaria fue violada por un joven de 21 años. A la hora de afrontar su primera película, Coolidge tenía la necesidad de hacer una película sobre el hecho traumático que supuso la violación 12 años atrás. La directora se aleja de la ficción convencional y construye un dispositivo magnífico, que consiste en un relato que tiene secuencias ficcionadas, que ocurren en el instituto y sobre todo, en el interior de un coche, camino a la fiesta donde se producirá la mencionada violación. A estas ficciones, les acompaña unas extraordinarias secuencias documentales, situadas en un destartalado loft en New York, en las que escenifican el momento de la violación, así como indicaciones y diálogos que mantienen la propia directora con amigos alumnos de la Universidad de la citada ciudad que interpretan a los personajes. 

De Martha Coolidge conocíamos sus películas posteriores a ésta, como La chica del valle (1983), Escuela de genios (1985), El precio de la ambición (1991), Angie (1994), y series de televisión como Sexo en New York (1998), C.S.I. Las Vegas (2000), y Cult (2013), entre otras. Una extensa carrera que abarca casi medio siglo de vida y más de 40 títulos. La pregunta es: ¿Por qué no conocíamos una película como Not a Pretty Picture?. Ya conocemos la respuesta. Por eso, por lo que cuenta y cómo lo aborda. Hasta ahora, porque gracias a la iniciativa de la restauración y el acierto de Atalante Cinema de distribuirla por estos lares, podemos verla y sobre todo, reflexionar en su fondo y forma. Lo que más sorprende de una película de esta naturaleza es la valentía y la mirada de su directora, Martha Coolidge de afrontar su propio dolor y el de muchas adolescentes que también fueron víctimas de la cultura de la violación tan naturalizada en los institutos. Estamos ante una película que es muchísimas cosas: desde el documento, de rememorar unos recuerdos dolores y difíciles de expresar, desde el ensayo, donde hay espacio para dialogar sobre lo que se está filmando y la forma de hacerlo, la ficción, como vehículo para desmembrar con más profundidad la complejidad de la realidad, y los componentes que la rodean. y desde lo humano y lo político, porque es tan importante lo que se muestra y el cómo se hace, donde en ese sentido.

La película es todo un ejemplo, ya lo era en su momento, en los pases que tuvo, porque no tuvo una carrera en cines comerciales, y lo es ahora, porque el problema sigue tan vigente como lo era entonces, donde el abuso y la violación siguen tan actuales, por desgracia. Not a Pretty Picture tiene el espíritu de los cineastas independientes de New York, los que se acogen en el Anthology Film Archives, como los Jonas Mekas y Peter Kubelka, entre otros, las películas de John Cassavetes, porque con una cámara de 16mm se acercan a las realidades más inmediatas pasadas por la ficción del cine y sus elementos más naturales y transparentes. Coolidge que tenía 28 años cuando hizo Not a Pretty Picture, se desdobla en dos miradas, la de la cineasta y la persona que mira su película y vuelve a aquel día fatídico donde fue violada, haciendo y haciéndose las preguntas y entablando diálogos con sus personas/personajes, donde su protagonista Michele Manenti, que hace de ella misma, también fue violada en el instituto, y las aportaciones de Jim Carrington, que es el violador, que habla desde el personaje y de él mismo, como los demás intérpretes, y la presencia de Anne Mundstuk, que fue compañera de la directora, interpretándose a sí misma.  

Una película denuncia y política, porque no sólo se queda en los hechos sino que va más allá, interpelando a esa cultura del abuso tan arraigada en los institutos y en los adolescentes que la ven como algo normal y consentido, cuando es al contrario. Desde su aparente sencillez, el aparato cinematográfico que cimenta Coolidge es, ante todo, una película que aborda un tema durísimo, pero sin ningún atisbo de revancha ni nada que se le parezca, sino desde la profundidad y la reflexión para comprender porque el abuso y la violación están tan naturalizados por los hombres y porqué se producen con tanta impunidad, creando el espacio para la conversación y el diálogo compartiendo experiencias, pensamientos y miradas. Por favor, hagan lo imposible por ver la película Not a Pretty Picture, de Martha Coolidge porque es toda una lección magnífica de cómo abordar un tema como la violación, el abuso, la intimidación y sobre todo, el miedo que rodea a la víctima ante un hecho tan doloroso, la dificultad de compartirlo con los demás y el asqueroso sentimiento de culpa que tienen las mujeres que han pasado por un trance tan horrible como este. Estamos ante una película de obligada visión por todos y todas, con sus maravillosos 83 minutos de metraje. 

Quiero agradecer enormemente a la directora estadounidense Martha Coolidge que hiciese esta película, por su audacia, por su talento y su forma de hacerla con ese espíritu indomable de la independencia y de la amistad, de compartir con los demás su violación y su dolor, y ser tan sencilla y tan transparente en su forma de mirar y reflexionar, en una película infinita, es decir, que usa las herramientas del cine para encarar el tema, y lo hace desde la profundidad más libre, natural y transparente, sin caer en tremendismos ni posiciones de un lado u otro, sino desde lo humano, desde lo político, pero en el sentido de reflexionar sobre el problema del abuso a las mujeres desde múltiples puntos de vista para mostrarlo sin edulcorantes ni nada de esa índole, sino desde la “verdad”, desde esa verdad de mirarnos de frente, sin tapujos ni sombras, sino con toda la claridad y transparencia posibles, y la directora lo consigue, porque habla desde lo personal y lo sencillo. Una película extraordinaria, abrumadora y sorprendente por lo que cuenta y cómo lo hace, tan moderna que no tiene tiempo ni está sujeta a nada ni nadie, sino al problema que retrata. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sala de profesores, de Ilker Çatak

CARLA NOWAK Y EL COLEGIO. 

“Idealismo es la capacidad de ver a las personas como podrían ser si no fueran como son”

Kurt Goetz

Érase una vez una maestra llamada Carla Nowak que lleva un semestre en su nuevo destino: un colegio en el que imparte matemáticas y gimnasia. El colegio lleva un tiempo sufriendo unos misteriosos robos que ocurren en la sala de profesores. A partir de una idea que, aparentemente, es brillante, Carla descubrirá quién comete esos robos, aunque cuando lo denuncia, el colegio se sumergirá en una serie en cadena de conflictos cada vez más violentos que tienen en liza a unos alumnos solidarizados que atentan contra la maestra, un colegio sometido a su lema de “tolerancia cero”, tomando decisiones erróneas e injustas, y unos compañeros de trabajo cada vez más indignados y en su contra. La joven maestra deberá lidiar con una situación tensa in crescendo que nadie puede detener. Una situación que destapa la frágil moral y la gran diferencia entre la teoría y la práctica para resolver conflictos de compleja solución, así como la rivalidad, la incapacidad y la confusión de unos docentes que se supone capaces para encarar con dignidad y humanismo los problemas que surgen en un centro de enseñanza. 

El director Ilker Çatak (Berlín, Alemania, 1984), con su cuarto largometraje, a partir de un guion escrito junto a Johannes Duncker, con el que lleva colaborando desde sus cortometrajes y ya trabajaron en I Was, I Am, I Will Be (2019), en el que construyen un magnífico thriller situado entre las cuatro paredes de un colegio cualquiera de Alemania, a partir de un hecho que no parece de difícil resolución, pero que desembocará en una guerra interna entre la maestra, sus alumnos y la dirección del colegio. Ayuda mucho el formato 4:3 que contribuye a esa sensación de asfixia y prisión en la que va derivando la trama, en un gran trabajo de la cinematógrafa Judith Kaufmann, con casi cuarenta películas, de la que hemos visto por aquí de nacionalidad alemana como Cuatro minutos, Dos vidas, Entre mundos, 13 minutos para matar a Hitler, El orden divino y La emperatriz rebelde, entre otras, al igual que el estupendo montaje de Gesa Jäger, habitual del cineasta teutón Jakob Lass, a partir de pequeños planos secuencias cortantes que imprime agilidad, cercanía y la tensión que nos coge del pescuezo y no nos suelta en sus agobiantes 99 minutos de metraje. 

La afilada y rasgante música de Marvin Miller, en su tercera colaboración con Çatak, contribuye a la idea de lo íntimo y lo colectivo, por el que tanto se mueve la historia, donde el personaje principal se desdobla entre la firmeza y la vulnerabilidad que la hace caer con esos momentos de puro terror donde sale el grito mudo. Aunque nada de esto funcionaria sin la inmensa interpretación de Leonie Benesch, que la conocimos en La cinta blanca (2009), de Haneke, o en El profesor de persa, y otros trabajos para Thomas Berger, Uli Edel, etc… Su Carla Nowak no es un personaje, es el personaje, y lo digo así, porque su composición es digna de estudio, con un personaje que parece muy firme y directo en sus convicciones personales y profesionales, y debido a las circunstancias que se van produciendo, va limitándose y enfrentada a sí misma, a los demás, al colegio y a sus alumnos, en un alucha encarnizada en la que va perdiendo inexorablemente. Viviendo situaciones nuevas para ella, que la superan y que, además, no encuentra la forma de darles solución. Un personaje cotidiano, cercanísimo y humano, con sus ideas, sus miedos e inseguridades y sus equivocaciones, como cualquier docente que ahora mismo está en la función de su empleo. 

Le acompañan Eva Löbau, la secretaria del colegio que hemos visto en películas de Maren Ade y Quentin Tarantino, y muchos más, Michael Klammer y Rafael Stachoviak como maestros mediadores de conflictos, una confusa directora de colegio Anne-Kathrin Gummich, una compañera solidaria como Kathrin Wehlisch, y otra compañera, más crítica como Sara Bauerett, el niño Leonard Stettnisch, y los demás chavales, que hacen creíbles unos personajes que asumen una actitud de solidaridad al acusado del conflicto (madre de uno de ellos) y mucha hostilidad al colegio. Sala de profesores es una película que evidencia la importancia de los festivales de cine, en su caso, se presentó en la Berlinale del año pasado, en la sección Panorama, y a partir de ahí, sigue con un recorrido espectacular de certámenes que le ha llevado a encumbrar cotas tan impresionantes como infinidad de premios y estar entre las cinco candidatas en los Premios Oscar en la categoría de película internacional. Todo un logro para una película sencilla, sobria y social, que cogiendo un espacio tan cotidiano y cercano, construye de forma transparente, y alejada de artificios y estridencias argumentales, un excelente retrato sobre la condición humana, sobre nuestros claros y oscuridades, sobre aquello que idealizamos, el trato que damos a los demás, y sobre todo, es una cinta que habla de nosotros mismos, de cómo somos como seres humanos, y las relaciones que tenemos, cómo resolvemos nuestros conflictos y lo frágiles y vulnerables que somos ante los otros y ante nosotros mismos, ante esos espejos que nos miramos y nos juzgamos, de todo aquello que hacemos diariamente, todo aquello que somos y deseamos, que raras veces acabamos consiguiendo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Maite Alberdi

Entrevista a Maite Alberdi, directora de la película «La memoria infinita», en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el viernes 15 de diciembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Maite Alberdi, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Lara P. Caminha y Sergio Martínez de BTeam Pictures, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Entrevista a Paulina Urrutia

Entrevista a Paulina Urrutia, protagonista de la película «La memoria infinita», de Maite Alberdi, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el martes 9 de enero de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paulina Urrutia, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Lara P. Caminha y Sergio Martínez de BTeam Pictures, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.