La llamada, de Javier Ambrossi y Javier Calvo

Y DIOS VINO A CANTARME.

El musical La llamada arrancó de forma sencilla y humilde ocupando el hall del Teatro Lara allá por mayo del 2013. Presentaban un espectáculo pequeño, de espíritu underground, que combinaba éxitos de Whitney Houston, Presuntos Implicados y temas religiosos, ya que esta historia donde una joven María se le aparece Dios se desarrolla en un campamento religioso. El éxito fue brutal y se convirtió en uno de los grandes “sleeper” de los últimos años, un espectáculo que sigue en las tablas, que se ha visto en más de 30 ciudades españolas, mexicanas y Moscú y ha cosechado la friolera de más de 300.000 espectadores. Así que su paso al cine era cuestión de tiempo. La película, recogiendo las buenas sensaciones del teatro y contando con el mismo equipo, desde sus jóvenes directores Javier Ambrossi (Madrid, 1984) y Javier Calvo (Madrid, 1991) curtidos como intérpretes en series como Física o Química o Sin tetas no hay Paraíso, y autores de la serie cómica Paquita Salas, y el mismo elenco, nos envuelve en el campamento religioso de “La Brújula”, en mitad de un bosque en Segovia.

Allí, conocemos a María y Susana, dos jovencitas entusiasmadas por la música que tienen un grupo que se llama “Suma Latina”, cruce de reggaetón y electro latino. Después de sus reiteradas salidas nocturnas, son fuertemente castigadas por Sor Bernarda, la nueva monja jefe del campamento que quiere devolver la alegría con su tema “Viviremos firmes en la fe”, que lleva más de 30 años animando a las jóvenes. Entre la férrea actitud de la monja jefe y las niñas está Sor Milagros, una joven monja que ayuda y quiere a sus niñas, que está sufriendo una crisis de fe y además, dejó una prometedora aventura como cantante. Cuatro personajes en un solo espacio (las demás se han ido de convivencias unos días) pero ahí no queda la cosa. Un día sin más, como otro cualquiera, a eso del alba, a María se le presenta Dios cantándole canciones de Whitney Houston  (en unas escaleras que conducen al cielo, como le ocurría a Frenchie, la peluquera insegura de Grease, pero en su caso era Franke Avalon cantándole “Beauty school Drop-Out”, para encauzar la vida de la desdichada joven). Una aparición que trastoca las emociones de la joven que se esconde en sí misma, intentando descubrir que hay en todo esto. Su amiga del alma, Susana, no entenderá la actitud de María y hará lo imposible para que su amiga vuelva a su lado.

Ambrossi y Calvo toman como referencia musicales como The horror picture show o El fantasma del paraíso, para construir una comedia musical honesta y con carácter, de endiablado ritmo, lleno de energía, amor y ternura, donde se contagian unas inmensas ganas de vivir a pesar de todo lo que nos rodea. Unos números musicales heterogéneos que casan a las mil maravillas desde el rock con el tema “Estoy alegre”, donde las dos monjas se marcan un rockabilly alucinante en el comedor, a los temas religiosos como “Viviremos firmes en la fe”, o un éxito pop de Presuntos Implicados como “Todas las flores” que se marca una Belén Cuesta completamente desatada, pero en su intimidad, recordando aquello que podía haber sido y sigue sin poder olvidar, y cómo no, los tres temazos de la Houston que se marca Dios.

Ambrossi y Calvo ejecutan con entusiasmo la combinación de comedia con leves toques de drama, sin necesidad de grandes alardes téncios ni argumentales, creyendo en su relato, escavando en las diferentes emociones contradictorias que viven sus personajes, en los que no sólo deberán encontrarse a sí mismas, sino que también, deberán relacionarse con las demás para no sentirse tan diferentes y compartir lo que sienten. Una película con la cuidada producción de Enrique López Lavigne, que cambia de registro, después de la terrorífica Verónica, de gran factura técnica que presenta una cálida luz que mezcla con cierto y sensibilidad la luminosidad con los colores apagados, obra de Migue Amodeo (habitual de Paula Ortíz) el preciso y rítmico montaje de Marta Velasco (colaboradora de las últimas de Jonás Trueba) o el acogedor y detallista departamento artístico obra de Roger Bellés (que ya disfrutamos en las obras de Isaki Lacuesta e Isa Cambpo), sin olvidar la excelsa producción musical desde su score obra de Leiva, y la producción de uno de los grandes, Nigel Walker (detrás de músicos como Dylan, Pink Floyd o The Beatles…, casi nada).

Y qué decir de su reparto, desde Macarena García, la maravillosa princesa de este cuento de ser uno mismo, bien acompañada por la arrolladora personalidad de Anna Castillo, las dos protagonistas alocadas que viven con intensidad y son capaces de montar lo que sea, y las dos monjas, la madura Gracia Olayo (de “Las Veneno”, que aquí es una jefa con corazón e intenta lidiar con los sentimientos de una perdida y alucinada María, Richard Collins-Moore, el intérprete inglés afincado en España, dando vida al Dios cantante, y Belén Cuesta, que vuelve a demostrar como hizo en Kiki, el amor se hace, que es una de las grandes actrices de comedia actuales, aunque también tiene su momento emotivo con ese baúl que no sólo guarda recuerdos, sino que además, guarda todo aquello que nos negamos a ser, digamos por miedo o inseguridad, porque al fin y al cabo, de esos temas nos habla la película, de no tener miedo a ser quienes somos, de descubrirnos a nosotros mismos, y dar rienda suelta a lo que sentimos, materializar esos sueños que nos laten en el alma, aunque eso sea trasgredir contra todo aquello que te rodea y romper con lo conocido para aventurarse a aquello que no conocemos, pero inevitablemente, es todo lo que realmente sentimos que tenemos que hacer, y si es cantando y bailando mejor que mejor.


<p><a href=»https://vimeo.com/226428110″>LA LLAMADA TRAILER</a> from <a href=»https://vimeo.com/dypcomunicacion»>DYP COMUNICACION</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Bye Bye Germany, de Sam Garbarski

SOBREVIVIR CON HUMOR.

“Tu amigo está arruinando nuestra buena reputación

¿Desde cuándo tienen una buena reputación los judíos?”

Nos encontramos en el Fráncfort de 1946, en un campo de refugiados judíos que han vuelto a Alemania después de la caída del Tercer Reich. En ese espacio, de idas y venidas, de empezar de nuevo, de volver con los tuyos que quedan, donde reina la incertidumbre, la camaradería y también, la venganza, nos centramos en David Berman, uno de tantos, un tipo que idea junto a seis amigos un negocio de venta de ropa de cama para conseguir el dinero que necesitan para emigrar a EEUU. La tarea no será nada fácil, deberán tirar de ingenio, jeta y muchas dosis de humor para recuperar su dignidad y sobre todo, dejar atrás tantos horrores que desgraciadamente han tenido que vivir. La quinta película de Sam Garbarski (Planegg, Alemania, 1948) nos cuenta un drama, pero con altas dosis de humor, en este caso judío, ese humor tan característico de ellos, que no abofetea, sino acaricia, que utiliza la auto parodia como arma para seguir avanzando en un mundo convulso, y en ocasiones, horrible.

Garbarski centra su filmografía en grupos de personas, en familias como lo hacía en su debut Rashevski’s Tango (2003) en el que la muerte de la abuela Rosa trastocaba todas la identidad de una familia peculiar, en Irina Palm (2007) su mayor éxito hasta la fecha, una señora madura, con el propósito de ayudar económicamente a los suyos acababa trabajando haciendo felaciones, en Barrio lejano (2010) un cuarentón se despertaba una mañana habiendo retrocedido hasta su adolescencia, y en Vijay and I (2013) donde un actor frustrado acaba jugando a ser quién no es y así salir de su cotidianidad aburrida. El cineasta teutón plantea sus dramas a través de la comedia, en situaciones absurdas, simpáticas e incluso negras, muy negras, donde sus personajes se mueven entre la amargura y la sonrisa a partes iguales, a medio camino entre la burla y la crítica de Berlanga o Wilder, en el que todas sus criaturas andan tras lo que buscamos todos, tirar palante en este mundo tan raro y caótico, aunque para ello tengamos que inventar las mil y una, y rara vez consigamos lo que nos proponemos.

Basada en las novelas de Michel Bergmann (que también es guionista junto al director) “Die Teilacher” (en el que se relatan la vida como vendedores ambulantes del padre y tío del escritor) y en “Machloikes” (de otro cariz, pero continuando la primera novela, donde un superviviente judío se ve interrogado por su pasado colaboracionista). Dos historias que se suceden en el mismo tiempo, por un lado el negocio ambulante de venta de ropa de cama, en el que utilizan las argucias más insospechadas para vender, como ofertas de las empresas donde los alemanes trabajan, o ventas ficticias realizadas por alemanas antes de morir, etc…) pero todo cambia, cuando Berman es citado a declarar por su pasado oscuro, para averiguar porque posee dos pasaportes o estuvo en Obersalzberg, el refugio de montaña del Führer. Berman se verá sometido a exhaustivos interrogatorios por parte de Sara Simon, una agente especial judía alemana que ahora trabaja para los EEUU. Garbarski plantea una película tragicómica, con momentos duros, en los que el pasado parece querer adueñarse del futuro con otros, donde el característico humor judío ayuda a estos caraduras simpáticos a salvar su pellejo en más de una ocasión, y empujarles a conseguir su objetivo, y también, la introducción de otro elemento importante en la acción, el amor que va surgiendo entre los habitantes de este microcosmos, rodeado de destrucción, todo a reconstruirse de nuevo, donde las ansias de una vida en otro país que les haga aliviar su dolor se convertirá en el motor de sus existencias.

Garbarski se rodea de un buen grupo de grandes intérpretes que con algunos detalles y gestos alimentan todo el pasado terrible que han vivido y esa cotidianidad, entre amarga y cómica, en la que viven ahora, entre los que destaca la pareja protagonista, Mortiz Bleibtreu (que ya había protagonizado Vijay and I) como David Berman, ese simpático buscavidas, alma mater, de este grupo de desvalidos emocionales que se lanzan a emprender una nueva vida, y Antje Traue, la agente especial de los interrogatorios, que combina la seriedad del ejército con la ternura y la simpatía que le va despertando suavemente Berman, sin olvidar el ramillete de excelentes intérpretes que forman este curioso grupo que en algunos momentos recuerda a Los inútiles, del gran Fellini, en otro contexto y con otras argucias, pero atrapados en ese espíritu de jetas irreductibles. El realizar alemán, criado profesionalmente en Bélgica en la publicidad, nos remueve las conciencias, a través de una cuidada planificación formal, rescatando un episodio poco retratado como la cotidianidad de cientos de miles de judíos que volvieron a su país después de la caída de los nazis, unos seres humanos con profundas heridas pero vivos, como bien recuerda uno de los personajes, vivo a pesar de todo, dotados de un humor muy suyo que les ayuda a derribar los muros tanto físicos como emocionales.

 

 

A war (Una guerra), de Tobias Lindholm

LAS CONSECUENCIAS DE LA GUERRA.

La tercera incursión en la dirección del afamado guionista Tobias Lindholm (Naestved, Dinamarca, 1977) colaborador, entre otras, de las últimas tres películas de Thomas Vinterberg (Submarine, La caza y La comuna) y de la serie política Borgen, vuelve a transitar los mismos parámetros de sus anteriores trabajos, tanto como su debut R y A hijacking, se centraban en situaciones complejas en el que su protagonista se veía inmerso en situaciones límite, en espacios cerrados y asfixiantes, en la primera, un nuevo recluso se adaptaba a una prisión, y en la segunda, un cocinero de un barco se veía atrapado en el asalto de unas piratas somalíes. Tramas de pocos escenarios, menos palabras, donde la tensión dramática exploraba los principios morales de sus personajes y todos aquellos que los rodeaban. Ahora, nos sitúa en una provincia de Afganistán, donde el comandante Claus M. Pedersen (grandísima interpretación del actor Pilou Asbaek, que vuelve a trabar con Lindholm, después de R, donde era su protagonista) patrulla junto a sus hombres una zona de conflicto.

Lindholm nos muestra la cotidianidad de estos soldados que cumplen con devolver la “democracia” a estos países, o al menos eso creen ellos, enfrentándose diariamente a peligros desconocidos. El realizador danés coloca su cámara desde los diversos puntos de vista que se mezclan en las situaciones que les ha tocado vivir, pero no queda ahí, va más allá, también, nos muestra la otra cara de la guerra, la de Maria, la mujer de Pedersen, que se ha quedado en Dinamarca cuidando de sus tres hijos pequeños mientras echa de menos a su marido. Y aún habrá otro escenario en la película, la sala de juzgados, espacio que juzgará al comandante por una decisión que tomará durante un fuego cruzado en una aldea en Afganistán, cuando antepone la vida de sus hombres a la de unos civiles afganos. El cineasta danés muestra de forma naturalista y todo lo realista que puede, todos los detalles en liza, situándonos en una posición de observadores, sin caer en ningún moralismo ni tendenciosidad, dejándonos a los espectadores mirar cada detalle y después sacar nuestras propias conclusiones.

La cámara se mezcla de forma inquietante y asombrosa entre los personajes, en una película construida a base de miradas y gestos, de los que quedan grabados en la mente, desatándonos la tensión que se corta entre todos ellos siendo cómplices de lo sucedido y sabiendo que lo que ocurre en la guerra es otra cuestión, un conflicto que no debe juzgarse desde la confortabilidad de un sillón en un despacho. Lindholm pone en cuestión diversos temas: la necesidad o no de llevar soldados a una zona de conflicto por el bien de una “democracia” capitaliza y muy politizada, los principios morales de unos soldados en medio de una zona bélica siendo testigos de la muerte diaria de compañeros, las consecuencia en familiares la ausencia de estos soldados, dejando su vida atrás y su familia, y finalmente, la responsabilidad del estado, tanto de esos soldados, como de las consecuencias que se deriven en esos lugares tan lejanos y tan peligrosos, y cómo este estado juzga las situaciones que tengan lugar.

Cuestiones, de diferente naturaleza y extremadamente muy complejas, que Lindholm trata de manera realista, de frente, donde la cámara sigue los conflictos de manera cotidiana, que a veces da terror, dotando de una seriedad en la planificación y los espacios que filma, mostrando sin juzgar, dejando que el conflicto fluya sin prisas, y contando con todos los puntos de vista diversos, tanto de los soldados que apoyan a su jefe, como de un estado demasiado preocupado en la política y sus consecuencias, en vez de salvaguardar y entender las dificilísimas situaciones de guerra en las que se ven inmersos sus soldados, sin olvidarnos de los traumas psicológicos en los que se ven sometidos unas personas con la muerte tan cercana. Una película que rezuma realidad, que no sólo nos habla de la guerra diaria, y todo aquello que se vive en primera persona, que raras veces vemos en los informativos, sino que también coloca el foco de atención en lo que viene después, en esas heridas tanto físicas como emocionales que ocasiona la guerra como nos mostraban en el clásico Los mejores años de nuestra vida, donde los que volvían eran tratados como héroes al principio, para más tarde convertirse en seres incómodos, en los que la adaptación resultaba muy dolorosa y los convertía en poco menos que apestados.

La historia del amor, de Radu Mihaileanu

LA MUJER MÁS QUERIDA DEL MUNDO.

Un majestuoso plano secuencia cenital abre la película, mostrándonos un pueblo abandonado, un pueblo donde nos cuentan que tiempo atrás hubo vida, vidas de trabajo, fraternidad y amor, unas vidas arrebatadas por la guerra, pero, antes, antes de la guerra, vivieron, entre otros, Leo Gurski y Alma Nereminski, dos jóvenes que descubrieron el amor y se amaron profundamente, tanto que él, alentado por ella, escribió un libro, una declaración de amor de lo mucho que amaba a Alma, y le prometió amor el resto de su vida. Pero llegó la guerra y sus caminos se separaron. La sexta película de ficción de Radu Mihaileanu (Bucarest, Rumania, 1958) sigue las líneas argumentales y formales que caracterizan su cine, donde el tema judío sigue vigente (el padre del director, Oli, pero de nombre Mordechai Buchman, periodista judío represaliado en un campo de trabajo, tuvo que cambiar su nombre para salvar su vida) y la identidad, y el humor. Un cine humanista, vitalista y lleno de energía y pasión, donde descubrimos historias de amor de verdad, de aquellas de amores apasionados, que luchan contra viento y marea, en algunas ocasiones contra enemigos muy poderosos.

El cineasta rumano construye fábulas tragicómicas donde sus personajes, caracterizados de una vitalidad y humanidad envidiables, ejecutan planes de salvación para seguir con sus vidas a pesar de las terribles dificultades a las que se enfrentan. Ahora, nos sumerge en un relato en el que conviven varias épocas, primero, tenemos la vida en un pequeño pueblo judío en Polonia, en los años 30, donde la naturaleza y la libertad inundan la vida de Alma y Leo, alejados e ignorantes de toda la marabunta que se les viene encima años después, luego, Mihaileanu nos traslada a la actualidad, y nos sitúa en dos espacios muy diferentes de Nueva York, donde conocemos al Leo anciano, que todavía sigue viviendo en el barrio que antes fue judío, luego italiano y ahora es chino, un lugar de ruidos, de diminuto apartamento y donde se vive con muy poco, porque no hay más, y encontramos a su inseparable colega Bruno (con un simpático Elliot Gould), en la que los dos se relacionan en una especie de “El gordo y el flaco”. Y finalmente, en el mismo espacio temporal y en la ciudad que nunca duerme, encontramos a Alma Singer (pizpireta y enérgica Sophie Nélisse) en un ambiente antagónico, de clase burguesa de casas grandes y barrios residenciales tranquilos. Alma es una adolescente alocada, contradictoria y nerviosa, que no sabe que quiere (por otro lado, cosas propias de la edad cambiante que tiene), una adolescente agobiada que desea encontrar un hombre de verdad para su madre, y batalla con un hermano pequeño que se cree uno de los sabios del Mesías y adopta la personalidad de salvador del mundo.

Mihaileanu cimenta una película de cambios temporales y de idas y venidas, donde la ficción y la realidad se emzclan, en el que explora las herencias que dejamos a los que vendrán, donde la trama, basada en el best seller de Nicole Krauss, gira en torno al libro “La historia del amor” que escribió Leo, y que ahora traduce al inglés la madre de la Alma adolescente, un libro que marcó su vida y su amor, y por eso llamó a su hija Alma. La película nos habla sobre la inmigración (como la sufrió tanto el padre del director, como él mismo, cuando en 1980 abandonó la dictadura de Ceaucescu camino a Francia donde ha desarrollado su carrera cinematográfica) provocada por la Segunda Guerra Mundial, y la odisea de Leo, que huyó de los nazis, para refugiarse de incognito en la Unión soviética de Stalin, para finalmente, acabar en EE.UU. y reencontrarse a Alma, una alma diferente que ya poco se parecía a aquella joven que amó en aquel pueblo y en aquel momento. Ahora, seguimos la vida de Leo, que no pudo conocer nunca al hijo que tuvo con Alma (guapísima y brillante Gemma Arterton, que ya vimos con Frears en Tamara Drewe), y que ha vivido una existencia solitaria y humilde, resquebrajado por aquel amor que se interrumpió y los recuerdos de la vida que tuvo, aunque él sigue firme a su voluntad y deseo por una vida mejor y no deja de utilizar el humor como herramienta de enfrentarse al mundo.

El director rumano nos cuenta una tragedia, si, una drama durísimo, pero con humor, ese humor irreverente tan propio de los judíos, donde Leo (maravilloso Derek Jacobi como cascarrabias y simpático anciano que entre otras cosas, posa desnudo en la escuela de arte)  lo ha perdido todo, a Alma, la autoría del libro y sus años de juventud huyendo, aunque la película no es triste, ni mucho menos, la película se erige como una maravillosa lección de amor, de vitalidad y humanismo, donde todos los sufrimientos vividos y luchas amargas que los personajes han tenido que sufrir, se ven recompensadas por unas palabras de aliente y una caricia, porque Mihaileanu vuelve a contar con el músico Armand Amar (su colaborador desde Vete y vive) que realizar una sutil y elegante banda sonora que envuelve a sus personajes tanto en la luz como en la oscuridad, para hablarnos de un amor romántico, puro e inocente, que traspasa el tiempo, guerras y cualquier tragedia, en un mundo demasiado individualista y egoísta, que sólo se mueve por intereses y exigencias, el realizador de Bucarest se planta y aboga por ese amor sincero, de verdad, un amor que no reclame nada, que se adapte a las circunstancias adversas, y que sobre todo, logre que todos los seres humanos dialoguemos entre nosotros y nos aceptemos a pesar de nuestras diferencias, en una cinta que ondea la bandera de la libertad y la fraternidad como bienes humanos ante estados, fronteras y demás divisiones estúpidas inventadas por los poderosos.

Encuentro con Amat Escalante

Encuentro con Amat Escalante, director de «La región salvaje», con motivo de la presentación del ciclo dedicado a su obra en la Filmoteca de la Generalitat de Cataluña, en el marco del D’A Film Festival. El acto tuvo lugar el viernes 28  de abril de 2017 en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Amat Escalante, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, a Ainhoa Pernaute y Sandra Ejarque de Vasaver, y a Esteve Riambau y Octavi Martí, de la Filmoteca, por su organización, generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

Hotel Cambridge, de Eliane Caffé

LA BABEL DE LOS DESHEREDADOS.

“Brasileño, extranjero, todos somos refugiados.

Refugiados porque no tenemos derechos”.

La apertura de la película nos muestra diversas imágenes de edificios abandonados en la ciudad de Sao Paulo, en Brasil. En un instante, se centra en uno de ellos, uno que tiempo atrás albergo un hotel lujoso, y nos introducimos en su interior. El lugar muestra limpieza y orden, y en su entrada, tras un mostrador, unos que salen y entran se apuntan en un control, seguimos a los que acaban de entrar y empezamos a descubrir lo que se cuece en el edificio y conocemos a sus moradores. La directora Eliane Caffé (Sao Paulo, Brasil, 1961) psicóloga de oficio y cineasta de vocación, ha centrado su cine en explorar las zonas de conflicto sociales, tanto en el ámbito rural como en el urbano, construyendo una filmografía muy interesante sobre los conflictos que afectan a los ciudadanos de su país. En Hotel Cambridge vuelve a profundizar sobre los mismos temas enfrentándonos a la cotidianidad de un grupo de desplazados que ocupan un hotel en desuso, organizándose entre todos a nivel cooperativa, donde encontramos a brasileños sin techo, desahuciados, sin recursos, y demás gentes excluidos por un sistema fascista, sangrante y demoledor con los de abajo,  por el otro lado, encontramos refugiados, palestinos, sirios, libios, africanos, colombianos, y demás nacionalidades que han huido de la guerra de sus países de origen para labrarse una vida, y sobre todo, tener un futuro en sus vidas.

Vidas de seres sin hogar y sin vida, organizados a través de asambleas donde deciden la convivencia, que a veces se muestra difícil y conflictiva, debido al choque de culturas, religiones y diversas maneras de vivir y afrontar los problemas cotidianos. Entre todos ellos, emerge la figura de Carmen Silva, una cincuentona brasileña que se ha convertido en la líder de la comunidad, ordena la convivencia y los diversos quehaceres, siempre desde el diálogo y la armonía, que en ocasiones cuesta de mantener. También, encontramos a Hassam, un refugiado palestino poeta que ayuda a otros árabes haciéndolos pasar por familiares, y vive angustiado por la difícil situación que atraviesa su pueblo, Ngandu, que viene del Congo, vive entre los problemas familiares que ha dejado en su país, y los conflictos que se crean en su nueva existencia en el extranjero, con una incipiente historia de amor. Apolo, brasileño y actor en paro, se refugia en sus actividades de teatro y sus obras “vivientes”, con una actividad frenética y excitante. Gilda, una anciana retirada artista circense, participa con alegría a pesar de sus lagunas de memoria, Krak, es un africano “arregla todo” que se encarga del mantenimiento del edificio, por citar a aquellos que la cámara les ofrece más protagonismo.

Caffé cimenta su película contando un relato de ficción que arranca con la amenaza de desahucio, a través de secuencias extraídas de las propias vidas de sus personajes, unas personas que conviven con la fecha del desahucio en el horizonte, unos individuos que se organizan para rescatar muebles antiguos, encontrar nuevos inmuebles que ocupar y vidas que conviven entre los diversos conflictos, preocupaciones, y esperanzas, y con el amor y la amistad que se desarrollan entre ellos, una vida en la incertidumbre constante, entre internet y skype, con una mirada hacia su país que dejaron y el país de acogida que presenta las dificultades con las que tienen que lidiar. La cineasta brasileña se inspira en el Toni, de Renoir, en la captura de lo real a través de la ficción, utilizando todos los elementos naturales, y sin adornos técnicos, para de esa manera crear un relato que funciona como documento antropológico de una realidad durísima y demasiado cotidiano en este mundo globalizado y deshumanizado, y también, como una ficción con su estructura dramática, con el conflicto del desahucio como elemento principal. Características formales y de fondo que también encontramos en El árbol de los zuecos, de Ermanno Olmi, en el que contando con campesinos desarrollaba las duras condiciones de la vida rural de finales del XIX, y más reciente, en En construcción, donde José Luis Guerin, utilizaba la transformación arquitectónica del barrio chino para explorar como afecta a la vida cotidiana de sus vecinos.

Caffé ha logrado una película de imágenes vivas, poderosas, serias y apabullantes, donde logra una autenticidad brutal, dentro de un entramado sencillo y muy elaborado, a la vez, contándonos las diferentes e innumerables existencias que se mueven en ese edificio sin fin,  donde se respira realidad digna de admiración, alejada de lo establecido, creando focos de debate, donde otro mundo, aunque sea difícil, es posible (como lo demuestra el FLM, el movimiento de lucha social por la vivienda, creado en Brasil) donde sus imágenes se agarran en nuestro interior, mostrándonos todo aquello que los poderosos nos niegan, imágenes que penetran en nuestra conciencia, muy alejadas del tratamiento banal de los informativos occidentales, donde la criminalización que hacen de estos colectivos que ocupan edificios es una constante de la “información” promovida y financiada por los grandes capitales. Un relato que nos atrapa desde el primer instante, sin caer en ningún sentimentalismo facilón, porque en la película de Caffé hay espacio para el diálogo, el conflicto, la lucha y sobre todo, la fuerza de unos seres, desgraciadamente invisibles, que pelean por sus derechos y por ser reconocidos, a través de su movimiento social, en un mundo egoísta y carente de humanidad y solo preocupado en amasar dinero a costa de los más desfavorecidos.

La región salvaje, de Amat Escalante

LA BESTIA DEL PLACER.

¿Mi hermano estuvo con él? Si.

¿Regresarías? Si.

¿Eso fue lo que lo lastimó?

No. Solo da placer. Nunca ha lastimado a nadie.

La nueva hornada de grandes cineastas mexicanos surgida en el nuevo siglo que componen nombres como Carlos Reygadas, Rodrigo Plá, Fernando Eimbcke, Michel Franco, entre otros, han conseguido a través de un cine de gran profundidad crítica, abordar los problemas sociales de su país, además, de verse altamente reconocido por los festivales internacionales más prestigiosos, ha supuesto un aire renovador en la cinematografía autoral del país centroamericano. Uno de los que pertenece a esa nueva ola es Amat Escalante (Barcelona, 1979) nacido en España, pero criado en Guanajato, espacio esencial en su cine, ya que todas sus historias se desarrollan en ese estado. Un paisaje fuertemente condicionado por la religión, donde la moral y el conservadurismo más estricto se han adueñado de una población deseosa de libertad interior. El cuarto título de Escalante (si exceptuamos el segmento que dirigió para la película colectiva Revolución de 2010) significa un leve pero interesante giro en su carrera, porque si bien sigue ejecutando sus obras en los cauces del realismo social más crudo, ahora añade dos vertientes de índole fantástica, como el misterio y la ciencia ficción.

Su opera prima Sangre (2005), producida por el cineasta Carlos Reygadas se centraba en una pareja de cotidianidad aburrida y sucia, donde la aparición de un tercer personaje, la hija adolescente de él, perturbaba una paz miserable y terrorífica, le siguió Los bastardos (2008) donde ahondaba el tema de la inmigración ilegal de mexicanos en un ambiente opresivo donde una clase pudiente les obligaba a delinquir, y Heidi (2013) donde la crudeza de la violencia del narcotráfico convertía en miseria la vida de los asustadizos habitantes. Cine polémico, perturbador, de violencia seca y durísima, en el que Escalante construye obras contando con actores no profesionales, donde mezcla con gran audacia y crudeza los grandes males de su país, en el que la realidad asfixiante y violenta corrompe las vidas y el paisaje de todo aquello que devora. En La región salvaje, nos sitúa en las vidas de cuatro personajes, tenemos a Alejandra, insatisfecha sexualmente que, además, recibe malos tratos de su marido, Ángel (de clase acomodada, bendecido por sus padres, que desprecian a su mujer) violento y homofóbico, que en cambio, mantiene una relación sexual con Fabián, hermano de su mujer, y Verónica, el cuarto personaje (algo así como un alma en pena que no consigue zafarse de su adicción) amante de la criatura, que aparece en sus vidas para ofrecerles aquello que reprimen, pero a la vez, les atemoriza. Y en la cúspide de todo este ambiente desolador y tenebroso, esta la criatura, un ser primitivo y básico (como lo describe uno de los personajes, una especie de guardián) un alienígena tentacular que produce un placer sexual infinito, algo fuera de lo común, que provoca una adicción placentera y destructora a la vez.

Escalante utiliza la metáfora de la bestia como alegoría de una sociedad represora y moralista que practica sin piedad la violencia machista, la misoginia y la homofobia sin ningún pudor, para mantener ante la comunidad todo aquello que esperan de ellos, para mantener unas formas falsas, de pura apariencia, aunque eso sí, en la intimidad de lo oscuro, cuando nadie los ve, adoptan una personalidad diferente, como si fueran otras personas, donde dan rienda suelta a sus verdaderos deseos, aquellos que reprimen, los que socialmente están prescritos y desterrados. El cineasta mexicano logra construir un paisaje cotidiano, donde todo sucede dentro de un naturalismo sucio y miserable (muy cercano al cine de Pasolini) en el que sus personajes les cuesta enfrentarse a sus sentimientos y encuentran puertas que los llevan a lugares liberadores, pero perturbadores a la vez, en una extraña mezcla de atracción sanadora y maléfica, que los convierte en seres adictos y ausentes de sí mismos.

El director, criado en Guanajato, rinde una especie de homenaje a Andrzej Zulawski (al que dedica la película) y en especial a la película La posesión (1981) donde una jovencísima Isabelle Adjani caía en las fauces de una bestia que la dominaba y la convertía en su concubina. También, encontramos rasgos del cine de Claire Denis, con esa mezcla interesante entre lo real y lo fantástico, y como no, el cine de Cronenberg, donde lo terrorífico y lo cotidiano se fusionaban creando una nueva especie de seres en el que convivían los placeres más profundos y terroríficos. Escalante ha construido una película de grandes hechuras, donde todo se cuenta de forma elegante, con una gran planificación formal, donde se mueven, casi por inercia, unos personajes que huyen de sí mismos, y de una vida asfixiante y vacía, en el que la bestia, esa criatura de otro mundo, viene a convertirse en aquello oscuro, prohibido, que los libera y los convierte en adictos de un placer sexual que los lleva a experimentar sensaciones maravillosas e infinitas, que actúan como espejo transformador de esa realidad violenta, clasista, cruel, hipócrita y conservadora en la que les ha tocado sobrevivir.

El amante doble, de François Ozon

LOS DESEOS OCULTOS.

La apertura de la película es muy significativa y no deja lugar a dudas a una constante narrativa en el cine de Ozon. Una vagina se adueña de la pantalla y se funde con el ojo de Chloé, la protagonista del relato, que se encuentra tendida en la consulta de un hospital. Dos elementos como el sexo y la mirada, que trascienden nuestro deseo convirtiéndonos en esclavos de nuestras pasiones más íntimas y bajas. La película número 17 de François Ozon (París, 1967) después de Frantz, una película de corte clásico en la forma que también experimentaba con la identidad y el amor como motor de enfrentarse al dolor. Ahora, cambia totalmente de registro, centrándose en Chloé (una nueva chica perdida en su viaje de búsqueda interior, un elemento habitual en el cine de Ozon) empleada de museo, un lugar donde observa y mira a los demás, sin moverse, sólo mirándolos, rodeada de obras de arte. Chloé (la inolvidable Isabelle de Joven y bonita, del propio Ozon) deja su mirada inocente y perversa que lucía con agrado encarnando a la joven prostituta, para introducirse en el mundo de una joven neurótica, con graves problemas depresivos que acude a terapia. Allí, conoce a Paul, su psiquiatra, se enamoran y se van a vivir juntos. Aunque, las sospechas de Chloé sobre la identidad de Paul comienzan a florecer y descubre que tiene un hermano gemelo, Louis, con el que da rienda suelta a sus deseos más ocultos, aquellos que es incapaz de mostrar a Paul.

Ozon siempre interesado en las historias cotidianas que trasgreden los límites de cada uno de nosotros, mezclando con audacia géneros antagónicos, en los que el thriller y el suspense tienen un espacio reconocible, donde reformula los espacios de realidad y fantasía, que logra confundir y crear una nueva dimensión, en la que salen a flote el interior de cada uno de nosotros, esas emociones oscuras, perversas, y sobre todo, sinceras, aquellas que ocultamos a los demás. El director parisino se inspira en una novela corta “Vidas gemelas” de la escritora estadounidense Joyce Carol Oates, para dar rienda suelta a nuestros deseos sexuales más íntimos, componiendo una trama erótica, muy sexual, en el que hay espacio para uno de los temas favoritos del director francés, la identidad, haciéndose las preguntas que tanto nos obsesionan a los seres humanos, ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Preguntas que se hace Chloé, la depresiva crónica, la mujer de apariencia débil, pero que encierra una boma sexual en su interior, aquella que oculta a Paul, el reservado y silencioso, que parece guardar algún que otro misterio, pero encuentra la horma de su zapato en Louis, el hermano gemelo, que es pura pasión, energía, y radia sexo por todos sus poros. Dos almas iguales físicamente, pero completamente diferentes en su interior, que describen a Chloé, una mujer atrapada en su sexo, en lo que siente, arrastrada a una pasión sexual oscura y terrible.

Ozon construye una mise en scene elegante y sofisticada, llena de contrastes y perversiones, incluso en los objetos, como esos gatos disecados, o la calidez que desprende la consulta de Paul, frente a la frialdad que destila la de Louis,  o las obras que cuelgan del museo, que si al principio ofrecen esteticismo, lentamente, y a medida que la neurosis de Chloé va en aumento, vemos obras más orgánicas y rompedoras, situándonos en un ambiente urbano vacío, de calles sin personalidad, y pisos modernos pero carentes de vida, automatismo y predecibilidad, para una vida insulsa, solo rota por los juegos sexuales de Chloé y el otro. Un thriller erótico de fuerza expresiva e intensidad narrativa, que se ve con pausa y que va perforando nuestra psicología adentrándose en terrenos privados donde cada uno se muestra tal y como es, sin prejuicios, amabilidad y respeto, sólo dejándonos llevar por lo que sentimos, por aquello que nos excita y se apodera sexualmente de nosotros.

Ozon se inspira en los maestros como Hitchcock, un cineasta que también supo explorar los espacios oscuros y perversos de los seres humanos a través de inquietantes y terroríficas tramas, o su discípulo más aventajado, Brian de Palma, que recogió su testigo y cosecho buenos thrillers con la firma del maestro, o Cronenberg, en sus relatos psicoanalíticos, donde sus personajes se mueven entre lo real, lo fantástico y sus miedos, donde su Inseparables, protagonizada por Jeremy Irons, sería un espejo transformador y malvado dónde las criaturas de Ozon podrían mirarse, aunque el reflejo que le respondería no sería de su agrado. Marine Vacht compone una Chloé fascinante y muy sexual, una mujer adicta a sus pasiones como vía para escapar de su neurosis, y de esa manera entender lo que no logra con la terapia, aunque en ocasiones no hay nada que comprender, sino dejarse llevar, aunque el viaje sea doloroso, frente a ella, Jérémie Renier (el actor fetiche de los Dardenne, que hemos visto crecer en el cine) juega un doble papel, encarnando a los dos hermanos, diferentes entre sí, pero los dos igual de misteriosos y peligrosos. En un papel breve pero también sumamente interesante encontramos a Jacqueline Bisset, con su madurez que aparece en la vida de Chloé de manera inquietante y para descubrirle aún más el pasado oculto de Paul. Ozon ha vuelto a sumergirnos en un relato complejo y muy oscuro, donde el psicoanálisis ejecuta los elementos en juego, dotando a cada personaje de varias identidades, aquella que vemos, aquello que ocultan, y sobre todo, aquella otra que ni ellos mismos conocen.

El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela

LA MUJER QUE SABÍA VOLAR.

“Me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo, un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportar una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias, pero eso sí, y en esto soy irreductible, no les permito, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar, pierden el tiempo conmigo.”

Oliveiro vive en Buenos Aires y dice ser poeta, aunque apenas ha publicado un libro que nadie compra, y no escribe versos, sobrevive haciendo trabajos esporádicos en publicidad, cosa que odia, y también, gana unos cuántos pesos recitando poemas a los transeúntes. En medio de esa existencia bohemia (que recuerda al Marcel Marx de Kaurismaki) que pasa del abatimiento más oscuro al optimismo más arrebatado, anda tras esa mujer que sepa volar, aunque aparte de amantes efímeras y algún que otro escarceo, digamos amoroso, no logra tropezarse con esa mujer que tanto ansía. Oliveiro, mientras, se relaciona con un artista plástico obsesionado con el sexo y la muerte, y un americano enamorado del sentir argentino. Y por si fuera poco, recibe la visita de “La muerte”, que es una mujer, faltaría más, que le insta a dejar esa vida vacía, inmadura e infantil, y hacerse un hombre de provecho, cosa que Oliveiro odia y huye como de la peste. Pero, todo cambiará, cuando por razones laborales Oliveiro acaba en Montevideo, y una noche se deja caer por un cabaret donde conoce a María, una bella prostituta independiente que provocará en el poeta quizás ese deseo que anda buscando.

El quinto título en la carrera de Eliseo Subiela (1944 – 2006) insigne realizador bonaerense, creador de un particular universo que nace desde lo más profundo del alma, convirtiéndose en uno de los cineastas argentinos más deslumbrantes desde sus inicios a finales de los 60, aunque no volvería a realizar un largo hasta el 81, pero fue en 1986 con Hombre mirando al sudeste, cuando su carrera despegó y tuvo la continuidad deseada. Subiela habla de los grandes temas de la existencia humana, la vida y la muerte, y todo aquello que preocupa al homo sapiens, pero lo hace desde lo poético, construyendo relatos actuales, donde sus personajes deambulan por los lugares más oscuros y precarios de la ciudad, debatiéndose entre unas existencias aburridas y vacías, pero Subiela, no construye tramas sociales, sino que va más allá, dotando a sus historias de carácter, en el que mezcla géneros antagónicos, como el surrealismo, la fantasía, envolviéndolo todo en espacios cotidianos, sucios, absurdos y decadentes. Los personajes de Subiela suelen ser poetas frustrados, hombres perdidos y solitarios, mujeres solas sin lugar donde cobijarse, y tipos y fulanas, vapuleados por la vida, que andan en busca de esa oportunidad que quizás jamás llegué. Su repentina muerte en el 2006, que lo sorprendió en plena producción de una película y una obra de teatro, segó una de las carreras cinematográficas más interesantes y personales que ha dado el cine latinoamericano de las últimas décadas.

La recuperación de El lado oscuro del corazón (que tuvo casi una década después, una secuela filmada en Barcelona donde Oliveiro seguía las huellas de Ana) quizás su película más emblemática, que lo convirtió en uno de los directores más internacionales, es una obra contundente, intensa, liberadora y audaz. Filmada en 1992, nos conduce por la vida de Oliveiro, el poeta en busca de la ilusión, el que quiere ser todas las vidas soñadas y ninguna, aquel que no quiere crecer (como le ocurría a Peter Pan) aquel que mira a las mujeres, únicos motores en su vida, en esa búsqueda imposible, nostálgica, de aquellos amores que no tuvo y aquellas mujeres que nunca conoció. Un hombre de otro tiempo, quizá de otro planeta, que todavía cree en el alma, en la poesía, como herramienta crucial para entender las preocupaciones y temores del alma. Un poeta que recita a Mario Benedetti (1920 – 2009) que se reserva un breve papel como marino en el cabaret que recita en alemán, también a Juan Gelmán (1930 – 2014) y Oliveiro Girondo (1891 – 1967) poesía para entender un mundo que Oliveiro se resiste a pertenecer, como aquellas pistoleros que huían de lo establecido, un mundo demasiado insustancial o superficial donde el poeta se mueve casi por inercia, escapando de todo aquello que no logra entender, como esas mujeres que no saben volar, tantas mujeres que se recuestan con él para hacer el amor, o desearse unos instantes, porque a Oliveiro solo lo veremos copular con Ana, esa bella sirena anclada en ese cabaret de puerto, como las heroínas invisibles, a las que nadie hacía caso de las películas de Carné con Gabin en los años 30.

Subiela conduce con maestría una película que a veces rezuma lirismo, otras ensoñación, como llevándonos hacía un lugar de pura fantasía, donde hay momentos para el humor más cínico, o el surrealismo más salvaje con esa vaca pastando que es su madre que le reprocha su vida triste, o las diferentes personalidades que se le aparecen a Oliveiro y le molestan con sus lloriqueos y pataletas, o esa muerte, una mujer y completamente de negro, que parece la madrastra buena que viene a reconducir la vida opaca de Oliveiro sin éxito, porque como bien le insta el propio poeta que idea tiene de la vida. Una película generosa y llena de detalles, desde la envolvente música, esencial en la trama, para transportarnos a ese mundo personal de Subiela, donde escuchamos temas clásicos de Mozart, Straus o Vivaldi, acompañados de boleros como “Algo contigo” o “Verdad amarga”, dentro de la score mágica y sutil de Osvaldo Montes, creando esa melodía vital, melancólica, triste y nostálgica que ayuda a los pasos del poeta por tugurios de asado en la capital, o por cabarets de Montevideo donde encontrar algo de vida o razones para vivir y creer en los sueños, o en los poetas, o cuartuchos de idas y venidas, de amantes sinceros o mentirosos, de amantes sin alma, y otros amantes que no saben donde perder una vida que ni si quiera les pertenece o al menos eso creen.

La sublime interpretación de Darío Grandinetti como el poeta herido, ayuda a este viaje al alma, al interior de cada uno de nosotros, a los que Subiela nos invita con los ojos cerrados, aquellos que sólo son capaces de ver (como nos recordaba Saint-Exupéry) los sueños del alma, aquellos que son capaces de amar a lo prohibido, a una prostituta herida, sin vida como Ana, maravillosamente encarnada por Sandra Ballesteros, con esa sensualidad y temor ante tantas vidas prometidas tiradas al río, y finalmente, “La muerte”, esa mujer de negro que viene a trastocar la conciencia del poeta, con esas conversaciones filosóficas sobre nosotros, elegantemente interpretada por la cantante y actriz Nacha Guevara. Subiela nos hace viajar, soñar, sentir, enamorarnos, en un amor fou, amores imposibles, pero que nos llenan de vida y nos arrebatan el alma, conocer unas vidas que deambulan sin destino, sin vida, con maletas hechas de improviso, que solo sirven para llevar cuatro cosas que sirven para poco o nada, en un viaje sin fin, entre mares, barcos que van y vienen, y amores que matan, aunque no queramos admitirlos, porque los que más nos hacen latir el corazón, quizás sean aquellos que logran penetrar en lo más profundo de nuestra alma.


<p><a href=»https://vimeo.com/231906196″>EL LADO OSCURO DEL CORAZ&Oacute;N – TRAILER</a> from <a href=»https://vimeo.com/filmburo»>Film Bur&oacute;</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>


<p><a href=»https://vimeo.com/232066122″>EL LADO OSCURO DEL CORAZ&Oacute;N – TRAILER 2</a> from <a href=»https://vimeo.com/filmburo»>Film Bur&oacute;</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>