El amante doble, de François Ozon

LOS DESEOS OCULTOS.

La apertura de la película es muy significativa y no deja lugar a dudas a una constante narrativa en el cine de Ozon. Una vagina se adueña de la pantalla y se funde con el ojo de Chloé, la protagonista del relato, que se encuentra tendida en la consulta de un hospital. Dos elementos como el sexo y la mirada, que trascienden nuestro deseo convirtiéndonos en esclavos de nuestras pasiones más íntimas y bajas. La película número 17 de François Ozon (París, 1967) después de Frantz, una película de corte clásico en la forma que también experimentaba con la identidad y el amor como motor de enfrentarse al dolor. Ahora, cambia totalmente de registro, centrándose en Chloé (una nueva chica perdida en su viaje de búsqueda interior, un elemento habitual en el cine de Ozon) empleada de museo, un lugar donde observa y mira a los demás, sin moverse, sólo mirándolos, rodeada de obras de arte. Chloé (la inolvidable Isabelle de Joven y bonita, del propio Ozon) deja su mirada inocente y perversa que lucía con agrado encarnando a la joven prostituta, para introducirse en el mundo de una joven neurótica, con graves problemas depresivos que acude a terapia. Allí, conoce a Paul, su psiquiatra, se enamoran y se van a vivir juntos. Aunque, las sospechas de Chloé sobre la identidad de Paul comienzan a florecer y descubre que tiene un hermano gemelo, Louis, con el que da rienda suelta a sus deseos más ocultos, aquellos que es incapaz de mostrar a Paul.

Ozon siempre interesado en las historias cotidianas que trasgreden los límites de cada uno de nosotros, mezclando con audacia géneros antagónicos, en los que el thriller y el suspense tienen un espacio reconocible, donde reformula los espacios de realidad y fantasía, que logra confundir y crear una nueva dimensión, en la que salen a flote el interior de cada uno de nosotros, esas emociones oscuras, perversas, y sobre todo, sinceras, aquellas que ocultamos a los demás. El director parisino se inspira en una novela corta “Vidas gemelas” de la escritora estadounidense Joyce Carol Oates, para dar rienda suelta a nuestros deseos sexuales más íntimos, componiendo una trama erótica, muy sexual, en el que hay espacio para uno de los temas favoritos del director francés, la identidad, haciéndose las preguntas que tanto nos obsesionan a los seres humanos, ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Preguntas que se hace Chloé, la depresiva crónica, la mujer de apariencia débil, pero que encierra una boma sexual en su interior, aquella que oculta a Paul, el reservado y silencioso, que parece guardar algún que otro misterio, pero encuentra la horma de su zapato en Louis, el hermano gemelo, que es pura pasión, energía, y radia sexo por todos sus poros. Dos almas iguales físicamente, pero completamente diferentes en su interior, que describen a Chloé, una mujer atrapada en su sexo, en lo que siente, arrastrada a una pasión sexual oscura y terrible.

Ozon construye una mise en scene elegante y sofisticada, llena de contrastes y perversiones, incluso en los objetos, como esos gatos disecados, o la calidez que desprende la consulta de Paul, frente a la frialdad que destila la de Louis,  o las obras que cuelgan del museo, que si al principio ofrecen esteticismo, lentamente, y a medida que la neurosis de Chloé va en aumento, vemos obras más orgánicas y rompedoras, situándonos en un ambiente urbano vacío, de calles sin personalidad, y pisos modernos pero carentes de vida, automatismo y predecibilidad, para una vida insulsa, solo rota por los juegos sexuales de Chloé y el otro. Un thriller erótico de fuerza expresiva e intensidad narrativa, que se ve con pausa y que va perforando nuestra psicología adentrándose en terrenos privados donde cada uno se muestra tal y como es, sin prejuicios, amabilidad y respeto, sólo dejándonos llevar por lo que sentimos, por aquello que nos excita y se apodera sexualmente de nosotros.

Ozon se inspira en los maestros como Hitchcock, un cineasta que también supo explorar los espacios oscuros y perversos de los seres humanos a través de inquietantes y terroríficas tramas, o su discípulo más aventajado, Brian de Palma, que recogió su testigo y cosecho buenos thrillers con la firma del maestro, o Cronenberg, en sus relatos psicoanalíticos, donde sus personajes se mueven entre lo real, lo fantástico y sus miedos, donde su Inseparables, protagonizada por Jeremy Irons, sería un espejo transformador y malvado dónde las criaturas de Ozon podrían mirarse, aunque el reflejo que le respondería no sería de su agrado. Marine Vacht compone una Chloé fascinante y muy sexual, una mujer adicta a sus pasiones como vía para escapar de su neurosis, y de esa manera entender lo que no logra con la terapia, aunque en ocasiones no hay nada que comprender, sino dejarse llevar, aunque el viaje sea doloroso, frente a ella, Jérémie Renier (el actor fetiche de los Dardenne, que hemos visto crecer en el cine) juega un doble papel, encarnando a los dos hermanos, diferentes entre sí, pero los dos igual de misteriosos y peligrosos. En un papel breve pero también sumamente interesante encontramos a Jacqueline Bisset, con su madurez que aparece en la vida de Chloé de manera inquietante y para descubrirle aún más el pasado oculto de Paul. Ozon ha vuelto a sumergirnos en un relato complejo y muy oscuro, donde el psicoanálisis ejecuta los elementos en juego, dotando a cada personaje de varias identidades, aquella que vemos, aquello que ocultan, y sobre todo, aquella otra que ni ellos mismos conocen.

Foxfire, de Laurent Cantet

foxfireRebeldía ante el sistema

Hace 6 años, Laurent Cantet deslumbró al mundo cinematográfico con  La clase, un retrato sincero y emotivo que reflejaba de manera brillante y eficaz los problemas que un profesor de literatura se enfrentaba a diario con sus alumnos en el transcurso de un año escolar en un instituto de la Francia laica y republicana. La película cosechó excelentes críticas y se alzó con la Palma de Oro del Festival de Cannes. Ahora, apoyado nuevamente en las dificultades que se enfrentan los adolescentes, presenta un relato ambientado en 1953, en una pequeña ciudad obrera estadounidense, sobre un grupo de chicas que se rebela contra el machismo y la servidumbre imperante que las someten los hombres. Lo que empieza como unos actos de protesta más cercanos a una aventura, derivará en un grupo femenino que aboga por la cooperativa, rechazando cualquier mercantilismo y propiedad capitalista. Su medio para ganarse la vida lo encontrará en desvalijar a los hombres maduros que previamente han seducido mediante sus dotes femeninas – como hacia el grupo de jóvenes de La carnaza (1995), de Bertrand Tavernier -. Lo que en un principio es un grupo homogéneo en el que todas van a una y creen a pies juntillas en la causa organizada y frente común, degenerará en las habituales tensiones y conflictos normales que se van originando debido a las dificultades domésticas y personales en las que se van encontrando. Cantet es un cineasta interesado en los temas sociales que afectan a los ciudadanos en su vida diaria y cómo estos,  les impiden realizarse como personas en la sociedad actual. Es la primera vez que sitúa una de sus historias fuera de la actualidad, y rueda en otro idioma (inglés), aunque sigue fiel a su estilo, continúa retratando individuos que protestan y se rebelan contra lo establecido y proponen nuevas fórmulas para combatir un sistema capitalista cegado por los números y no por las personas. El realizador francés propone un cine humanista, un cine que reflexione firmemente  sobre los problemas de las sociedades modernas, y que además no sea un mero vehículo de entretenimiento, un cine que profundice sobre los temas observándolos de manera inteligente y madura. Cantet vuelve a inspirarse en una novela, como ya hiciera en La clase, en esta ocasión dirige su mirada hacía el texto Puro fuego,  de Joyce Carol Oates – ya llevado al cine en 1996 con el título de Jóvenes incomprendidas, con Angelina Jolie -. El protagonismo del relato se reserva a Legs y Maddy, figuras gérmenes y líderes del grupo, para centrarse en el verdadero sentido de la amistad, el paso a la madurez, la lucha que deriva en violencia, y de unos ideales basados en la libertad y en el colectivo, en contraposición  con el American Way of Life, que había llevado a la sociedad a un ensimismamiento por lo material. Estructurada a través de un prólogo y epílogo, donde el personaje de Maddy, ya adulta e  instalada en el convencionalismo de los años 60, nos cuenta a modo de recuerdo y en off, aquella aventura que vivió en su adolescencia.  Relato naturalista, modesto y sincero, su principal virtud se basa en desentrañar ciertos valores, que desgraciadamente andan muy caducos en la sociedad actual. Podríamos ver la película como una forma de homenaje a las ideas que llenaron de  ilusión y esperanzas a una generación que soñó con un futuro mejor – el personaje del viejo socialista sería ilustrativo – pero que finalmente no llegaron a reflejarse en la sociedad, y el tiempo las fue olvidando.