El hilo invisible, de Paul Thomas Anderson

 MY SWEET ALMA.

“Convertir el amor en un sueño febril”

Reynolds Woodcock es un hombre maduro, de extraordinario talento para el diseño de vestidos para mujeres, profesión en la que ha volcado su existencia, dónde se muestra metódico, exigente y perfeccionista. “The House of Woodcock”, que lleva junto a su hermana Cyril, se ha convertido en la casa de modas más importantes del Londres de los años 50, por donde desfilan reinas, condesas, herederas, estrellas de cine y grandes damas, que llegan para tener el vestido más elegante y exclusivo de todos. Reynolds lleva su empresa como si se tratase de un regimiento militar, donde hay múltiples reglas que hay que cumplir a rajatabla, normas y más normas de un diseñador que se muestra quisquilloso, egocéntrico e irascible con todos y todo. Aunque todo ese aparente orden se viene abajo con la aparición de Alma, un joven inmigrante venida del este que Reynolds conoce una mañana. Alma entrará a trabajar con él, y sin quererlo, se convertirá en el centro de todas las cosas. El octavo trabajo de Paul Thomas Anderson (Studio City, California, 1970) sigue la línea de sus últimos films, si bien es verdad que su cine arrancó con dramas corales como Sydney, Boggie Nights o Magnolia, poco a poco, si exceptuamos su anterior filme Puro Vicio (donde había drama coral salpicado de comedia surrealista) sus otras películas han derivado en retratos íntimos, con pocos personajes, donde la trama pivotaba en uno de ellos, que suelen tratarse de tipos solitarios y a la deriva, que les cuesta encajar en la sociedad, como ocurría en Punch-Druck Love, The Master o en Pozos de ambición, en el que el magnate fascista del petróleo no tenía nunca suficiente a pesar de amasar una desorbitada fortuna. Los personajes de Anderson suelen ser tipos sin fortuna, por lo general, o existosos en su trabajo, pero no en el amor, tipos perdidos, llenos de traumas y dolor, que se mueven por inercia, sin saber dónde ir, en el que les cuesta entender la sociedad y su entorno más íntimo.

Reynolds Woodcock es un hombre que se ha refugiado en su profesión – personaje inspirado en el célebre modisto español Cristóbal Balenciaga (1895-1972) – y ha construido un reino sin fisuras y brillante, que, en realidad, esconde el trauma de la muerte de su madre (la persona que le hizo quién es y le enseño el oficio) dolor que le ha encerrado en sí mismo, rodeado de criados-empleadas, en un mundo femenino, que le siguen sin rechistar, incluida su hermana, a la que, sin embargo, hay una línea oculta que saben que ninguno de los dos nunca traspasará. La llegada de Alma a su vida cambiará todos sus esquemas, y resquebrajará su reino de cristal, y lo convertirá en alguien humano, un tipo débil y vulnerable, con sus miedos e inseguridades. El cineasta californiano apenas nos deja ver el Londres de posguerra, donde todavía la tragedia de la guerra seguía presente y había pocas distracciones. La película se muestra siguiendo el patrón del modisto, siempre entre cuatro paredes, como el mundo que se construye, en los salones de su casa de trabajo, en la mecanización de sus talleres cosiendo los vestidos, en restaurantes rodeados de gentes y comida, y en su refugio en el campo, donde cómo no, sigue obsesionado con su último diseño. Anderson, que también es el responsable de su fotografía (filmada en 35 mm) construye una luz brillante y esplendorosa en la casa-trabajo de Woodcock, y por el contrario, la ensombrece y la vela en los otros espacios, donde el personaje se muestra diferente, más débil, ataviado con sus gafas, su inseparable cuaderno y lapicero, un tipo que nunca descansa, siempre trabaja y trabaja. La llegada de Alma lo trastocará, lo que en principio parece la caza de una nueva musa, lentamente, se convertirá en algo más, debido al carácter de la joven, una mujer que protesta las continuas órdenes y reglas del modisto, que no quiere ser una más entre todas, que desea convertirse en alguien especial para Woodcock, y no dudará en traspasar todos los límites para desenmascarar al modisto, y convertirlo en alguien real, en alguien cercano y humano.

Anderson filma a sus personajes de manera íntima, en que el escenario lo define, como si pudiéramos tocarlos o caminar entre ellos, a través de una elegante mise en scene, que nos evoca a los grandes dramas victorianos con esas casas señoriales en los que todo sigue el orden previsto, donde la vida y las emociones parecen prediseñadas, como si alguien las hubiera pensado con anterioridad. La película nos hace recordar algunos relatos de Hitchcock, como Rebeca o Vértigo, donde los señores se empeñan en resucitar a los que no están, en un viaje obsesivo y demencial que les conduce a romper la línea temporal y dar vida a aquellos que ya se fueron (como Woodcock en su obsesión de que cada vestido resucite la imagen de su madre muerta) a través de los recién llegados, que se muestran sometidos y encerrados, en la línea de la novela de Frankenstein, aunque la película de Anderson no deriva al terror puro, y si al melodrama romántico, lleno de sofisticación y sobriedad, con el aroma del mejor Wyler con La heredera o a David Lean con sus películas donde sus enamorados se veían en las derivas de dejar lo acomodado para dar rienda suelta a sus emociones, como Breve encuentro, Amigos apasionados o Locuras de verano, por citar algunas, o Doctor Zhivago, con la que guardaría algunas similitudes como la irrupción de una mujer en la vida del protagonista que lo cambiará profundamente, arrastrándolo hasta las profundidades del amor más apasionado.

El formidable elenco de la película ayuda a contar este duro, violento y romántico melodrama, lleno de brillo y oscuridad, donde el amor se muestra obsesivo, fantasmal y competitivo, con unos intérpretes en estado de gracia que componen unos personajes llenos de humanidad y complejidad, como Reynolds Woodcock al que da vida Daniel Day-Lewis, que repite con Anderson, en otro personaje difícil y en ocasiones, muy extremo, en el que el actor británico mantiene su extraordinaria capacidad interpretativa, a través de la contención y las miradas, expresándolo todo a través de lo más íntimo y sencillo, Lesley Manville haciendo de Cyril, esa hermana doliente que sabe cuando callar y cuando replicar, que maneja un personaje que se mueve con rectitud y apoya su personaje en las miradas, y sus breves movimientos (como hacía la enorme Lola Gaos en Tristana) y finalmente, Vicky Krieps, interpretando a Alma, en un brutal y extraordinario tour de force con Day-Lewis, tarea nada fácil que la actriz sabe despachar con increíble fuerza y brillantez. Anderson ha construido un magnífico y elaborado melodrama romántico, donde el amor arrastra a sus personajes, mostrando sus debilidades ocultas y aquello que jamás dejan mostrar, y lo hace a través de una ambientación llena de sutileza y detalles, a través de unos personajes bien definidos y complejos, los cuales nos llevan casi sin quererlo, por un mundo de elegancia, lleno de colores y brillos, en el que aquello que no se puede ver ni tocar, nos hace más vivos y libres.

The Florida Project, de Sean Baker

SOÑANDO EN LA PERIFERIA.

Moone, de 6 años, y sus dos amigos, Jancey y Scottie, pasan el verano soportando el infernal calor como pueden, y metiéndose en mil líos, travesuras propias de la edad o tal vez no, como escupir en el capo de los coches, pedirles dinero a la gente para comprar helados, espiar a una madura mientras hace topless en la piscina del motel donde viven, dejar sin luz a la comunidad, y demás fechorías, que hacen enfadar a Bobby, el paciente gerente y casi padre adoptivo de estos niños de madres solteras sin apenas recursos o con pocas posibilidades de salir hacia delante. La película nos sitúa en el estado de Florida, pero no en su epicentro, sino al otro lado, en esas hileras de minúsculos apartamentos que hace años servían a los turistas que venían a ver Disneyworld, y ahora, se han convertido en los únicos hogares para muchos que no tienen adónde ir, los desplazados e invisibles de un sistema inapelable y destructivo con los más vulnerables. Sean Baker (Summit, New Yersey, 1971) continúa en su sexto trabajo con las mismas directrices que bullían en sus anteriores películas, colocando el centro de atención en la periferia, en todas aquellas personas que transitan por los márgenes, sus personajes retratados son inmigrantes ilegales que no tienen dinero o malviven vendiendo ropa ilegal en los lugares más oscuros de la Gran Manzana, o jóvenes confundidas que establecen lazos con abuelas solitarias, o como oscurría en Tangerine (2015) filmada con un iPhone, donde seguía a una prostituta transgénero ex convicta que ayudaba a sus amiga con sus sentimientos.

Ahora, sigue las (des) aventuras de Moone y sus amiguitos, por esos lugares que no se ven, o no queremos ver, donde los turistas nunca irían, ni siquiera por equivocación, espacios donde las cosas funcionan y se sienten de manera diferente, donde unos niños, con todo el verano por delante y nada que hacer, se mueven de un lugar a otro, intentando divertirse, aunque en ocasiones, su diversión sea irritar a los adultos. Unos niños casi siempre solos, en una situación de casi abandono, sin un adulto a su cuidado, que sobreviven sin ningún control, que van y vienen por lugares expuestos a peligros y conflictos. Baker describe tanto los ambientes como sus personajes de forma sobria y colorista, alejándose de cualquier atisbo de miserabilismo o condescendencia, su mirada es diferente, es una mirada cercana, muy próxima, en el que la intimidad que presenciamos se muestra utilizando luz y colores, sin ahondar más en la suciedad física y moral que vemos, sino en retratar unos personajes que se mueven en ambientes difíciles y complejos, siempre desde el marco del respeto y la prudencia, sin aleccionar o transmitir esa pobreza complaciente que desgraciadamente hacen gala tantos, donde se insiste en un retrato superficial, dejando de lado las complejidades y problemas a los que se enfrentan.

Baker construye este reino de la periferia, con sus príncipes y sus aventuras infantiles, que algunas se pasan de la raya, pero lo hace desde la proximidad, dejando su cámara a la altura de las miradas de estos niños, y sobre todo, focalizando la trama y sus consecuencias a través de sus miradas, si exceptuamos las interacciones con Bobby. Una película sencilla y honesta, que filma sin tapujos y de forma naturalista, muchas realidades que conforman el universo de la periferia, de esos no lugares, donde muchas personas malviven con lo poco que tienen, personas que provienen de cientos de poblaciones, a los que las circunstancias les han llevado a transitar por la cara oscura y amarga del mal llamado sueño americano, ese slogan de las barras y estrellas enblema de los parques temáticos de fantasía y sueños, esos lugares del capitalismo que nos venden, alejados de la realidad más cercana, los que no salen en las guías turistas, que el turista con sus móviles de última generación nunca conoce, y además, no quiere conocer, creyéndose que su realidad ociosa llena de oropel y falsedades, se relaciona más con ese viaje turístico que se ha inventado con selfies junto a Mickey Mouse.

Baker se ha convertido en uno de los mejores cronistas de esa América oscura, desconocida y pobre, y lo ha hecho a través de cuentos donde no hay buenos ni malos, solo individuos intentando sobrevivir en la miseria, en esos ambientes donde pululan los que malviven, esos que andan perdidos, sin saber donde se encuentran, ni que hacer, y mucho menos dónde ir. El cineasta estadounidense ha fabricado un hermoso y duro poema sobre los invisibles, a través de la mirada de una niña y sus amigos, pero no sólo se fija en estos niños capitaneados por la rebelde e inquieta Moone, sino que también deja espacio para los adultos, esas madres solteras, llenas de tatuajes que sobreviven de mil maneras, las hay que viven de camareras en restaurantes de fast food donde sirven comida grasienta y la amabilidad pasa de largo, algunas ilegales y otras no tanto, y las que hacen algunas cosas “outlaw” y otras no tanto, como Halley, madre de Moone, que revende bisutería y lo que pilla, a pudientes idiotas del hotel de lujo de al lado, o se prostituye, mientras consume su existencia, a base de marihuana y polvos en cualquier rincón oscuro, y los sueños que le quedan, si es que le queda alguno a pesar de su edad, y mantiene una despreocupación por el devenir y la integridad de su única hija, del que no sabemos nada de su padre.

Baker compone un reparto de caras desconocidas, con la excepción de la sutilidad y aplomo de un pedazo de intérprete como Willem Dafoe, curtido en mil batallas, que ofrece un gerente, que se las sabe todas, y mantiene una actitud de ogro bueno con respecto a los niños. Bria Vinaite da vida a Halley, la madre de Moone, con sinceridad y descaro, aunque la alma mater de la película no es otra que Brooklyn Kimberley Prince, dando vida a la pequeña Moone (como ocurría con Laia Artigas y su Frida en la reciente Estiu 1993). Niñas que llevan el peso de la película, de manera sorprendente, destilando personalidad, con una enorme naturalidad, y dotadas de una mirada que divierte y sobrecoge, dando un intensísimo recial de gestos y detalles que nos atrapan, convirtiéndose en las reinas de la función.  El director americano nos propone una fábula moderna, donde hay princesas y ogros buenos, donde hay madres que parecen la bruja mala, en la que nos habla de manera brillante, intensa y conmovedora de la dificultad de ser niño en ambientes hostiles, de la responsabilidad de los padres, de las familias desestructuras, y de lo difícil que es vivir cuando se tiene tan poco o nada, en una película que nos hace emocionarnos ahondando  de manera precisa y seria, en todo aquello que no se ve, pero que ahí está.

Call Me by Your Name, de Luca Guadagnino

EL VERANO DEL PRIMER AMOR.

“El amor, al no entender de geografía, no conoce fronteras”

Truman Capote

Una mañana de verano de 1983, en una villa familiar del siglo XVII, cerca del pueblo de Crema, en la región de la Lombardía italiana. Cuando todo parece tranquilo, sin más ruido que la música de la naturaleza, llega, como cada año, el nuevo alumno del profesor Sr. Perlman, en este caso se trata de Oliver, un joven norteamericano de 24 años que realiza su doctorado sobre cultura grecorromana. Elio, el hijo del profesor, que pasa el tiempo reescribiendo música junto a su piano, se lanza escaleras abajo, a saludar al nuevo invitado que pasará 6 semanas de verano estudiando, conociendo y descubriendo el bucólico, apasionante y bellísimo paisaje del lugar. El quinto trabajo de Luca Guadagnino (Palermo, Italia, 1971) en palabras del propio director, cierra una trilogía sobre el descubrimiento del deseo, que se iniciaría con Yo soy el amor (2009) en el que una familia burguesa de la Lombarda más tradicional se veía trastocada por el amor de dos de sus empleados, a la que seguiría Cegados por el sol (2015) en el que exploraba las turbulentas relaciones de dos parejas durante unas vacaciones en una villa, que bebía libremente de la película La piscina, de Jacques Deray. Si en aquellas el deseo y las relaciones eran apasionadas, aunque de cariz turbulento, doloroso y enfermizo, en Call me by your name, el deseo estaría en el otro lado del espejo, en el que se explora la naturaleza apasionada del deseo, del primer amor, del descubrimiento de nuestros sentimientos y sobre todo, de nosotros mismos, la primera vez que experimentamos unas sensaciones agradables y apasionantes hacia alguien, al que deseamos y amamos.

Basándose en la novela de André Aciman, y con un guión del reputado y veterano cineasta James Ivory, que también actúa como coproductor, autor de celebres obras como Las bostonianas, Una habitación con vistas, Regreso a Howards End o Lo que queda del día, entre muchas otras, y Maurice (1987) la historia del primer amor entre dos chicos en la moralista Inglaterra de primeros del siglo XX, una película en la línea de la de Guadagnino. El cineasta italiano parece emular a sus dioses cinematográficos como Renoir, Rivette, Rohmer o Bertolucci, y nos introduce de forma tranquila, como una brisa de verano, casi sin tocarnos, como un caricia,  en una película que nos habla de muchas cosas, como el arte y su historia, y su importancia en la actualidad (como ese impagable momento en el lago cuando “resucita” de las profundidades una obra perdida, que interpela directamente a sus protagonistas, como ocurría en el descubrimiento de los amantes calcinados en Pompeya en Viaggio in Italia), o esas largas conversaciones con amigos mientras degustan un vino tinto, o los paseos en bicicletas recorriendo caminos entre naturaleza salvaje (como otro instante bellísimo, cuando los dos jóvenes piden agua a una señora que parece sacada de Novecento o El árbol de los zuecos), tradición y modernidad, pasado y presente, se mezclan en un relato sobre el amor, nuestras emociones y nuestras relaciones, donde el amor se cuece a fuego lento, como casi sin querer, quizás la verdadera naturaleza del amor, ese sentimiento invisible que sin ser conscientes de ello, se va apoderando de nosotros mismos, de lo que somos, de nuestra voluntad, arrastrados a esa persona desconocida que lentamente se va convirtiendo en el protagonista de nuestros sueños y deseos.

La sencilla y naturalista fotografía de Sayombu Mukdeeprom (hatual del cine de Apichatpong Weerasethakul) construye el marco ideal para el desarrollo de esa vida del amor y el deseo, acompañado del arte de Violante Visconti (sobrino de Visconti) donde descubrimos obras de arte, mapas históricos, muebles tradicionales e infinidad de libros, consiguiendo el hogar ideal donde historia y personajes se mezclan con detalle, y el audaz y ligero montaje de Walter Fasano (habitual de Guadagnino), que consiguen ese ambiente ideal, donde el amor nace y se reproduce, en el que el impecable trabajo de los intérpretes hace el resto, como la fresca y natural composición de Timothée Chalamet dando vida a Elio, Armie Hammer como Oliver, con la madurez y el cuerpo del joven estadounidense, que llega a la villa como una luz cegadora dispuesto a enamorar a propios y extraños, la ingenuidad y belleza de Marzia, la joven enamorada de Elio, interpretada por Esther Garrel (de familia cineasta) y los padres de Elio, interpretados por los siempre convincentes Michael Stuhlbarg y Amira Casar.

Guadagnino ha hecho una película bellísima, llena de sensualidad y amor, donde su ligereza y complejidad se mezclan de manera sencilla y sobresaliente, un retrato sobre el amor y sus consecuencias, sus dudas y tormentos, en el que sus más de dos horas de metraje se pasan como una brizna de aire, ese viento que acaricia nuestros sentidos, mientras nos quedamos absortos mirando como el sol se pone frente a nosotros, mientras baña de un caleidoscopio de colores en un nuevo día que se nos va, en el que nos trasporta a ese verano de estudio, de sol y frutas (como el melocotón que hace descubrir nuevas cosas del joven Leilo) de visitas a ruinas, de paseos en bicicleta que acaban en lagos solitarios donde dar rienda suelta a lo que sentimos, sin preocuparnos de lo que dirán, o esas fiestas nocturnas de borracheras y besos entre sombras, o ese deseo sexual inconsciente del primer polvo entre Leilo y Marzia, y sobre todo, el descubrimiento de lo desconocido, del primer instante que sentimos algo diferente por alguien, en el que el adolescente Leilo siente por Oliver, ese amor puro, de amistad, y sexual que sienten los dos jóvenes, sin más verdad que la que sienten, y sin más tiempo que el que tienen en ese instante, en el que hay noches eternas, donde es imposible dormir, abrazados para la eternidad en el verano del amor, en el verano de bañarse al amanecer o sentir que el mundo y el tiempo se han detenido, y sólo hay tiempo para el amor, para amarse y descubrir a la otra persona, su interior y a nosotros mismos, en un eterno balanceo de amor y sexo, de sentimientos que deseamos eternos, pero quizás la única eternidad es el instante que vivimos con intensidad.

A war (Una guerra), de Tobias Lindholm

LAS CONSECUENCIAS DE LA GUERRA.

La tercera incursión en la dirección del afamado guionista Tobias Lindholm (Naestved, Dinamarca, 1977) colaborador, entre otras, de las últimas tres películas de Thomas Vinterberg (Submarine, La caza y La comuna) y de la serie política Borgen, vuelve a transitar los mismos parámetros de sus anteriores trabajos, tanto como su debut R y A hijacking, se centraban en situaciones complejas en el que su protagonista se veía inmerso en situaciones límite, en espacios cerrados y asfixiantes, en la primera, un nuevo recluso se adaptaba a una prisión, y en la segunda, un cocinero de un barco se veía atrapado en el asalto de unas piratas somalíes. Tramas de pocos escenarios, menos palabras, donde la tensión dramática exploraba los principios morales de sus personajes y todos aquellos que los rodeaban. Ahora, nos sitúa en una provincia de Afganistán, donde el comandante Claus M. Pedersen (grandísima interpretación del actor Pilou Asbaek, que vuelve a trabar con Lindholm, después de R, donde era su protagonista) patrulla junto a sus hombres una zona de conflicto.

Lindholm nos muestra la cotidianidad de estos soldados que cumplen con devolver la “democracia” a estos países, o al menos eso creen ellos, enfrentándose diariamente a peligros desconocidos. El realizador danés coloca su cámara desde los diversos puntos de vista que se mezclan en las situaciones que les ha tocado vivir, pero no queda ahí, va más allá, también, nos muestra la otra cara de la guerra, la de Maria, la mujer de Pedersen, que se ha quedado en Dinamarca cuidando de sus tres hijos pequeños mientras echa de menos a su marido. Y aún habrá otro escenario en la película, la sala de juzgados, espacio que juzgará al comandante por una decisión que tomará durante un fuego cruzado en una aldea en Afganistán, cuando antepone la vida de sus hombres a la de unos civiles afganos. El cineasta danés muestra de forma naturalista y todo lo realista que puede, todos los detalles en liza, situándonos en una posición de observadores, sin caer en ningún moralismo ni tendenciosidad, dejándonos a los espectadores mirar cada detalle y después sacar nuestras propias conclusiones.

La cámara se mezcla de forma inquietante y asombrosa entre los personajes, en una película construida a base de miradas y gestos, de los que quedan grabados en la mente, desatándonos la tensión que se corta entre todos ellos siendo cómplices de lo sucedido y sabiendo que lo que ocurre en la guerra es otra cuestión, un conflicto que no debe juzgarse desde la confortabilidad de un sillón en un despacho. Lindholm pone en cuestión diversos temas: la necesidad o no de llevar soldados a una zona de conflicto por el bien de una “democracia” capitaliza y muy politizada, los principios morales de unos soldados en medio de una zona bélica siendo testigos de la muerte diaria de compañeros, las consecuencia en familiares la ausencia de estos soldados, dejando su vida atrás y su familia, y finalmente, la responsabilidad del estado, tanto de esos soldados, como de las consecuencias que se deriven en esos lugares tan lejanos y tan peligrosos, y cómo este estado juzga las situaciones que tengan lugar.

Cuestiones, de diferente naturaleza y extremadamente muy complejas, que Lindholm trata de manera realista, de frente, donde la cámara sigue los conflictos de manera cotidiana, que a veces da terror, dotando de una seriedad en la planificación y los espacios que filma, mostrando sin juzgar, dejando que el conflicto fluya sin prisas, y contando con todos los puntos de vista diversos, tanto de los soldados que apoyan a su jefe, como de un estado demasiado preocupado en la política y sus consecuencias, en vez de salvaguardar y entender las dificilísimas situaciones de guerra en las que se ven inmersos sus soldados, sin olvidarnos de los traumas psicológicos en los que se ven sometidos unas personas con la muerte tan cercana. Una película que rezuma realidad, que no sólo nos habla de la guerra diaria, y todo aquello que se vive en primera persona, que raras veces vemos en los informativos, sino que también coloca el foco de atención en lo que viene después, en esas heridas tanto físicas como emocionales que ocasiona la guerra como nos mostraban en el clásico Los mejores años de nuestra vida, donde los que volvían eran tratados como héroes al principio, para más tarde convertirse en seres incómodos, en los que la adaptación resultaba muy dolorosa y los convertía en poco menos que apestados.

I Am Not Your Negro, de Raoul Peck

EL ACTIVISTA INDOMABLE.

“La ignorancia, aliada con el poder, es el enemigo más feroz que la justicia puede tener”

James Baldwin

La mirada incisiva y compleja de Chris Marker (1921-2012) uno de los cineastas más grandes, o quizás el más grande, en abordar los problemas políticos, sociales y culturales de la sociedad, a través de fascinantes ensayos fílmicos donde se cuestiona la validez de las imágenes, su función y las consecuencias que provocan, se convierte en la figura guiadora de buena parte del cine de Raoul Peck (Puerto Princípe, Haití, 1953) un realizador de raza negra que ha explorado de forma crítica todos los problemas raciales, tanto de su país como de naciones donde el problema negro persiste, con títulos como Lumumba, la muerte de un profeta (1990), documento sobre la figura del líder independentista y primer ministro del Congo independiente, que tuvo su película de ficción en 1990, en Siempre en abril (2005) investigaba el genocidio de Ruanda, y en Moloch tropical (2009) y en Murder in Pacot (2014) se centraba en los conflictos raciales de Haití, entre otros.

En I Am Not Your Negro, estructura su película a través de tres vías que confluyen en solo una: primero, tenemos la figura de James Baldwin (1924-1987) activista negro, intelectual y homosexual, que se posicionó abiertamente, a través de un discurso crítico, reflexivo e inteligente, en el que explica los orígenes del problema racial de EE.UU., sus consecuencias en la sociedad y caminos para solucionar un problema complejo que afecta al conjunto de todos los ciudadanos del país. Después, las distintas reflexiones escritas por Baldwin en un libro nunca publicado, Remember This House, un ensayo que analiza la segregación racial desde múltiples puntos de vista, a través de tres de los activistas negros más influyentes, amigos de Baldwin, que fueron brutalmente asesinados: Medgar Evers, en junio del 63, Malcolm X, en febrero del 65, y Martin Luther King Jr., en abril del 68. Peck, a través de la voz del actor Samuel L. Jackson que va leyendo las partes y fragmentos que escribió Baldwin, y finalmente, pueden ver la luz. Y para terminar, las imágenes de archivo (en un trabajo concienzudo de found footage) en el que Peck nos muestra imágenes que abarcan más de medio siglo de la historia racial de EE.UU., desde películas de los años 30 hasta las últimas movilizaciones producidas en el país, tanto imágenes documentales (de manifestaciones, enfrentamientos de negros con la policía, humillaciones de blancos contra negros, etc…) como extraídas de televisión (en el que vemos a Baldwin explicando sus reflexiones y debatiendo junto a otros…) y cortes de películas de Hollywood, donde se trata el problema racial, de un modo partidista, en el que el negro siempre tiene las de perder.

Peck construye un brutal y magnífico ensayo fílmico, siguiendo la mirada ya mencionada de Marker, a las que podríamos añadir las de Kluge o Godard, en las que analiza de forma precisa y crítica la naturaleza de las imágenes, y los diferentes contextos en las que fueron creadas y cómo han servido para crear una imaginario en el público, unas imágenes que nunca son inocentes, con la firme intención de posicionar a los espectadores en el lado del hombre blanco como ciudadano de primera en EE.UU., dejando fuera a todos aquellos de diferente raza. Las palabras de Baldwin resuenan profundamente en nuestras conciencias, consiguiendo analizar todos los problemas raciales desde aquellos años 60 hasta nuestros días, unos conflictos que perduran en la sociedad, unas reflexiones que asustan debido a su vigencia absoluta, en la que Baldwin construye un discurso que abarca todas las cuestiones dejando sin replica a todos aquellos que intentan rebatirle. Peck, no sólo cuestiona los problemas raciales que siguen viviendo en la actualidad, sino que reivindica la figura de un hombre de oratoria fascinante, un humanista indomable, un activista que siguió manteniéndose en pie a pesar del país que le tocó vivir, de pertenecer a una raza machacada, ignorada e invisible.

Mandarinas, de Zaza Urushadze

image_evento_final_14347_2015-04-21_13_33_04RESQUICIO DE LUZ 

La desaparición de los países de Yugoslavia y la URSS abrió la veda para que las regiones sometidas al yugo, despertasen y se autoproclamasen independientes, pidiendo su legitimación como naciones. En la mayoría de casos provocaron y provocan conflictos bélicos de difícil desenlace. Zaza Urushadze (Tbilisi, 1965) en su quinto título como director de su carrera, se enfrenta y explora uno de estas contiendas armadas. Nos encontramos a principios de los 90 en Georgia, las regiones secesionistas Osetia del Sur y Abjasia reclaman su soberanía, la cual Rusia apoya, aunque Georgia reclama esos territorios como suyos y ahí estalla la guerra. El realizador georgiano nos sitúa en un pueblo desierto, apenas viven dos individuos, Ivo y su amigo Argus, que pertenecen a la minoría estonia. Ellos, a pesar de la guerra, siguen a lo suyo, intentan recolectar, por todos los medios posibles, la cosecha de mandarinas, Ivo fabricando cajas de madera, y Margus recolectándolas. Una tarea nada fácil, si esto fuera poco, una mañana, se produce una refriega en frente de casa de Ivo, y resultan heridos dos soldados de bandos opuestos, un georgiano y un mercenario checheno. Ivo decide acogerlos en su hogar y cuidarlos.

Urushadze construye una fábula antibelicista, un drama íntimo y sencillo, parece que estemos delante de un western crepuscular e Ivo actúa como un trasunto de William Holden en Grupo Salvaje o Gregory Peck en Yo vigilo el camino, aquellos viejos pistoleros desplazados y solitarios que no encuentran su lugar y se ven inmersos en conflictos de los que intentan huir. Un relato pequeño de enorme grandeza humana, donde la fraternidad entre las gentes, a pesar de sus diferencias etnias, religiosas e ideológicas, se convierte en la razón de ser, donde hay un hombre, de oscuro pasado familiar, que rema a contracorriente para que a pesar de la guerra y el entorno tan hostil, en su casa se respire una armonía de paz y tranquilidad, de entendimiento y diálogo. Un cuento moral, una agradable y sentida historia donde no hay buenos ni malos, sino hombres azotados por el sinsentido de la guerra y de unos políticos suicidas que con sus decisiones y órdenes provocan infinidad de cadáveres anónimos y olvidados en las cunetas. Una cinta que estuvo nominada entre las cinco candidatas al Oscar de mejor película extranjera, primera vez en la historia del cine georgiano, que finalmente se llevó Ida. Una muestra de un cine sincero, sin alardes técnicos, de estructura clásica y enormes dosis de contención y sobriedad, una fábula que nos habla, casi susurrándonos, que a pesar de que algunos agoreros piensen que este mundo está abocado a la autodestrucción y el materialismo, todavía quedan personas como Ivo, que demuestran que están equivocados.

Omar, de Hany Abu-Assad

1010863_fr_omar_1378206363758Amor a pesar de la barbarie

Hany Abu-Assad, palestino de nacimiento pero holandés de adopción, lleva desde los años 90 produciendo y dirigiendo películas con un alto contenido político, y situadas en el difícil conflicto que mantienen palestinos e israelís desde principios del siglo XX. Su saltó a la fama mundial se produjo con Paradise now (2005),  brillante e intenso retrato del último día en la vida de dos suicidas palestinos. La película obtuvo un gran reconocimiento internacional que vino acompañado de una nominación a los Oscar, el Globo de Oro y sendos premios en la Berlinale. Ahora, vuelve a mostrarnos otro retrato ambientado en los territorios ocupados de la franja de Cisjordania, un lugar situado entre dos mundos, el que separa el muro que divide una tierra marcada por la sangre y la tragedia. Siguiendo la línea que vertebra buena parte de su filmografía, la trama se centra en la figura de Omar, un joven palestino de oficio panadero, que salta el muro de la vergüenza cada vez que visita a  su novia, Nadia, con la mantiene una relación secreta. La joven,  hermana de Tarek, que con Amjad, -que también ama a Nadia-, y el propio Omar, a parte de ser amigos desde la infancia, pertenecen a un grupo de resistencia, que realizan actividades armadas clandestinas contra el ejército israelí. En uno de los ataques asesinan a un soldado judío, hecho que provocará la detención y encarcelamiento de Omar. La cámara de Abu Assad sigue sin descanso a unas criaturas que viven bajo la amenaza constante del yugo terrorífico del estado de Israel. El realizador palestino filma con pulso firme, conoce los mecanismos cinematográficos a la perfección y sabe dotar a cada situación de la intensidad dramática que requiere en ese momento. Tragedia de tintes shakesperianos en el que la mirada de Abu-Assad nos confina en situaciones complejas en que nos mira de frente y nos cuestiona elementos humanos como son la amistad, la traición, la venganza, la lealtad, la lucha armada como única vía a la ocupación… Remitiéndonos a un cine político de primera magnitud con nombres como los de Bertolucci, Costa-Gavras, Petri y otros tantos que se interesaron por los conflictos políticos que asolaron buena parte de la segunda mitad del siglo XX. Magnífica película con una impecable composición Adam Bakri, que interpreta al desdichado Omar, dotándole de una mirada y una fuerza que llegan a sobrecoger. El filme se alzó con el Premio del Jurado en el Festival de Cannes, y fue nominada a los Oscar. El realizador palestino nos habla del amor como una vía posible para soportar la barbarie cotidiana en la que se ha convertido la vida de muchos palestinos que sobreviven en los territorios ocupados. Aunque la lucha constante y diaria por la supervivencia acaba minando a todos los personajes, conduciéndolos a una encrucijada donde ya nadie sabe en quién puede confiar, y sobre todo, a enfrentarse, no solamente a los demás y a su propio entorno, sino a uno mismo, que es quizás, el peor de los conflictos.