No te preocupes, no llegará lejos a pie, de Gus Van Sant

REÍRSE DE UNO MISMO.

John Callahan (1951-2010) era un tipo como otro cualquiera en el Portland post hippie, aunque tenía un serio problema, era alcohólico. Una noche de borrachera,  allá por el verano de 1972, su vida dio un cambio radical, porque en el automóvil que viajaba en plena juerga, se estrelló y acabó parapléjico. A partir de ese instante, Callahan empezó a ir a un centro de rehabilitación y empezó una vida completamente diferente, ya que encontró consuelo y refugio en el humor gráfico, dibujando viñetas en las que se reía de sí mismo, de manera irónica, cínica y a veces, de manera agresiva, de los inválidos habidos y por haber. La última película de Gus Van Sant (Louisville, Kentucky, 1952) vuelve a su territorio natural e íntimo, volver a mirar a esos personajes, muchos de ellos homosexuales,  en su mayoría pueblerinos o urbanitas, pero siempre aislados y periféricos que, no encajan en el lugar donde viven, un espacio muy alejado de la idea turística de EE.UU., son sitios cotidianos y aburridos,  sin mucho que hacer, donde el tiempo parece detenido, y en los que sus personajes tiene unas ansias tremendas por salir de allí y conocer otros lugares.

El cine de Van Sant, en su mayoría, y dejando de lado sus películas mainstream, suelen basarse en historias de jóvenes corrientes de esa América profunda, de esa América perdida, sin objetivos y paupérrima, gentes atrapadas en un destino desolador, aunque siempre encontrarán una vía de escape de salir de esa monotonía y desierto emocional, aunque en su mayoría de ocasiones, no se saldrán con la suya y su destino, muy a su pesar, quedará ligado a esos lugares que odian tan profundamente. John Callahan encaja perfectamente en esa idea de cine que tiene Van Sant, un proyecto que ya tuvo en los noventa, después del éxito de El indomable Will Hunting, y de la mano de Robin Williams, que adquirió los derechos de la autobiografía titulada Will the Real John Callahan Please Stand Up?, para hacer una película, aunque entonces el proyecto naufragó, ha sido ahora, y con el protagonismo de Joaquin Phoenix, inmenso, irreverente y cínico, en un personaje que deberá empezar una nueva vida debido a su minusvalía.

Van Sant (que encuentra el título para la película adoptando el que tiene una de las viñetas más famosas de Callahan) se aleja, como era de esperar, del biopic al uso, o mejor dicho, del biopic al uso estilo Mi nombre es Harvey Milk, que dirigió el propio Van Sant, que dirigió con ese tufillo a premios. Aquí, la película arranca unos instantes antes del fatídico accidente de Callahan, y esa adicción al alcohol que lo llevó a esa vida. La película da saltos en el tiempo, va de un lado a otro, manejando la trama a su antojo, construyendo un drama sin sentimentalismos ni discursos, sino a través de la humanidad de su personajes, que en ocasiones se muestra cercano y en otras, odioso e impertinente, un tipo complejo, ambiguo y difícil de manejar. El cineasta estadounidense muestra todo el proceso, desde su vida postrado en la silla, su rehabilitación física, así como la emocional, en el centro de rehabilitación, donde encontramos a un fantástico Jonah Hill (ataviado en un look especie de hippie trasnochado, rubio platino con coleta e iluminado de alguna religión oriental) que juntamente con los otros alcohólicos le ayudara a desdramatizar su situación y encontrar su camino. También, encontramos a la cantante Beth Ditto, en el rol de una gorda feucha, pero muy humana y ese humor negro tan característico para reírse de sí misma y de todos aquellos que quieran mofarse de su aspecto.

La aparición en la vida de Callahan de Annu (fantástica Rooney Mara, aportando sensibilidad y fuerza al personaje de Phoenix) una de sus terapeutas emocionales cuando se curaba, que se convertirá en su novia, también será un acicate más para comprobar que el sexo puede alcanzar estados igualmente placenteros, pero investigando otras naturalezas. Sin olvidarnos de la presencia estupenda de Jac Black  como el amigo borracho Dexter. Y la parte final, cuando Callahan comienza a dibujar sus tiras cómicas y empezar a ser valorado, aunque también vapuleado por algunos sectores más reaccionarios, y convertirse en alguien que a pesar de sus problemas físicos, puede encontrar su camino en el mundo y sentirse aliviado riéndose de sí mismo, y de toda esa vulgaridad que le rodea, y convertir su ciudad en un lugar feo pero cercano, vacío pero interesante, y sobre todo, un universo convertido en materia prima para desarrollar las ideas para sus tiras cómicas.

Van Sant se siente seguro y capacitado para contarnos el relato de uno de sus coetáneos, de alguien que desafió la vida y quiso mofarse de ella, aunque la vida le dio fuerte y le dejó en una silla de ruedas, aunque el cineasta estadounidense quiere contarnos la experiencia vital de Callahan, tanto a través de su reconocimiento, así como el proceso traumático, rompedor y sangrante que vivió antes de darse cuenta que su vida había volcado para ir por otro lado, mostrándonos las luces y sombras de un tipo cualquiera, de alguien que encontró su arte o su manera de desarrollar su capacidad artística a través del dolor, para luego convertirlo en ironía y sarcasmo, extrayendo toda esa rabia, perdonándose a sí mismo, y luego perdonar a su entorno, pero sobre todo, descojonarse de sus impedimentos físicos y emocionales, y volverse a descojonar de los estúpidos y capullos que podemos ser a veces.

A war (Una guerra), de Tobias Lindholm

LAS CONSECUENCIAS DE LA GUERRA.

La tercera incursión en la dirección del afamado guionista Tobias Lindholm (Naestved, Dinamarca, 1977) colaborador, entre otras, de las últimas tres películas de Thomas Vinterberg (Submarine, La caza y La comuna) y de la serie política Borgen, vuelve a transitar los mismos parámetros de sus anteriores trabajos, tanto como su debut R y A hijacking, se centraban en situaciones complejas en el que su protagonista se veía inmerso en situaciones límite, en espacios cerrados y asfixiantes, en la primera, un nuevo recluso se adaptaba a una prisión, y en la segunda, un cocinero de un barco se veía atrapado en el asalto de unas piratas somalíes. Tramas de pocos escenarios, menos palabras, donde la tensión dramática exploraba los principios morales de sus personajes y todos aquellos que los rodeaban. Ahora, nos sitúa en una provincia de Afganistán, donde el comandante Claus M. Pedersen (grandísima interpretación del actor Pilou Asbaek, que vuelve a trabar con Lindholm, después de R, donde era su protagonista) patrulla junto a sus hombres una zona de conflicto.

Lindholm nos muestra la cotidianidad de estos soldados que cumplen con devolver la “democracia” a estos países, o al menos eso creen ellos, enfrentándose diariamente a peligros desconocidos. El realizador danés coloca su cámara desde los diversos puntos de vista que se mezclan en las situaciones que les ha tocado vivir, pero no queda ahí, va más allá, también, nos muestra la otra cara de la guerra, la de Maria, la mujer de Pedersen, que se ha quedado en Dinamarca cuidando de sus tres hijos pequeños mientras echa de menos a su marido. Y aún habrá otro escenario en la película, la sala de juzgados, espacio que juzgará al comandante por una decisión que tomará durante un fuego cruzado en una aldea en Afganistán, cuando antepone la vida de sus hombres a la de unos civiles afganos. El cineasta danés muestra de forma naturalista y todo lo realista que puede, todos los detalles en liza, situándonos en una posición de observadores, sin caer en ningún moralismo ni tendenciosidad, dejándonos a los espectadores mirar cada detalle y después sacar nuestras propias conclusiones.

La cámara se mezcla de forma inquietante y asombrosa entre los personajes, en una película construida a base de miradas y gestos, de los que quedan grabados en la mente, desatándonos la tensión que se corta entre todos ellos siendo cómplices de lo sucedido y sabiendo que lo que ocurre en la guerra es otra cuestión, un conflicto que no debe juzgarse desde la confortabilidad de un sillón en un despacho. Lindholm pone en cuestión diversos temas: la necesidad o no de llevar soldados a una zona de conflicto por el bien de una “democracia” capitaliza y muy politizada, los principios morales de unos soldados en medio de una zona bélica siendo testigos de la muerte diaria de compañeros, las consecuencia en familiares la ausencia de estos soldados, dejando su vida atrás y su familia, y finalmente, la responsabilidad del estado, tanto de esos soldados, como de las consecuencias que se deriven en esos lugares tan lejanos y tan peligrosos, y cómo este estado juzga las situaciones que tengan lugar.

Cuestiones, de diferente naturaleza y extremadamente muy complejas, que Lindholm trata de manera realista, de frente, donde la cámara sigue los conflictos de manera cotidiana, que a veces da terror, dotando de una seriedad en la planificación y los espacios que filma, mostrando sin juzgar, dejando que el conflicto fluya sin prisas, y contando con todos los puntos de vista diversos, tanto de los soldados que apoyan a su jefe, como de un estado demasiado preocupado en la política y sus consecuencias, en vez de salvaguardar y entender las dificilísimas situaciones de guerra en las que se ven inmersos sus soldados, sin olvidarnos de los traumas psicológicos en los que se ven sometidos unas personas con la muerte tan cercana. Una película que rezuma realidad, que no sólo nos habla de la guerra diaria, y todo aquello que se vive en primera persona, que raras veces vemos en los informativos, sino que también coloca el foco de atención en lo que viene después, en esas heridas tanto físicas como emocionales que ocasiona la guerra como nos mostraban en el clásico Los mejores años de nuestra vida, donde los que volvían eran tratados como héroes al principio, para más tarde convertirse en seres incómodos, en los que la adaptación resultaba muy dolorosa y los convertía en poco menos que apestados.