Jurado Nº 2, de Clint Eastwood

UN DILEMA MORAL. 

“La moral y la ética cambian con el tiempo, pero siempre deben ser guiadas por la búsqueda de la verdad y la justicia”. 

Noah Chomsky

Desconocemos en qué momento la carrera como director Clint Eastwood (San Francisco, EE.UU. 1930), empezó a ser reconocida, como ya lo era su trabajo como actor que, a día de hoy tiene más de 120 títulos. Quizás podríamos situar ese reconocimiento a finales de los ochenta y principios de los noventa cuando filmó la extraordinaria fábula sobre periféricos veteranos que fue Sin perdón (1992), que revitalizó el olvidado género del western, acompañado de grandes críticas, gran respaldo de público, y numerosos premios. Después vinieron otros magníficos títulos como Los puentes de Madison (1995), Medianoche en el jardín del bien y el mal y Poder absoluto, ambas de 1997, Ejecución inminente (1998), y ya en el siglo XXI, siguió la estela con maravillosas películas como Mystic River (2003), Million Dollar Baby (2004), su díptico sobre la Segunda Guerra Mundial con Banderas de nuestros padre, desde el lado estadounidense y Cartas desde Iwo Jima, el lado japonés, producidas en 2006, y otras hasta llegar a los 40 trabajos, de las que ha compuesto la música en 7 de ellas, siempre a partir de guiones de otros como Boaz Yakin, John Lee Hancock, William Goldman, Paul Haggis hasta Jonathan Abrams, que firma Juror#2, el original de Jurado Nº 2

Su película número 40 nos sitúa en Savannah, en Georgia, una de esas pequeñas ciudades de la costa este estadounidense, donde conocemos a Justin Kemp, un miembro del jurado, el número 2, que debe decidir si James Sythe mató a su novia Kendall Carter en un juicio muy mediático. La cosa empieza a ennegrecerse cuando Justin tiene una implicación en el caso, ya que la noche del suceso, tropezó con algo mientras conducía. Con los hechos encima de la mesa, Eastwood, como tan bien sabe, echa mano al gran cine clásico, a los Preminger, Lumet, y demás, y a sus grandes thrillers judiciales para generar una atmósfera tensa y agobiante en un lugar muy tranquilo y donde parece no ocurrir grandes acontecimientos. Nos quedamos en la mirada y el gesto del protagonista, además, arrastra un pasado algo turbio mientras espera su primer hijo junto a su joven mujer. La trama transcurre sin sobresaltos, con ese tempo tan medido y a la vez, tan pausado, donde vamos conociendo no sólo las circunstancias del juicio, al que, aparentemente, parece tener claro su resolución, aunque Justin, sometido a un dilema moral de aúpa, irá inclinando el veredicto hacia otro lado, en continua lucha interna y externa frente a los hechos que lo inquietan.

La natural y cercana cinematografía del canadiense Yves Bélanger, que transmite toda esa intimidad y la vez negrura e invisibilidad que hay entre el protagonista y los otros, que ha trabajado con sus paisanos como Xavier Dolan y Jean-Marc Vallée, entre otros, en su tercer trabajo con Eastwood, después de Mula (2028) y Richard Jewell (2019), no juega al misterio, sino a la relación con unos hechos y qué hacer ante ellos. Lo mismo que la música de Marck Mancina, que ha trabajado mucho en el cine comercial y en estupendos policíacos como Training Day (2001), de Facqua, amén de hacer la soundtrack de Cry Macho (2018), que no juega a anticipar la trama, ni mucho menos, sino que acompaña a las imágenes, a los rostros y gestos tanto del citado protagonista como los otros intérpretes que ayudan a crear la asfixiante duda que experimenta Justin. El gran trabajo de montaje de Joel Cox, que lleva junto a Eastwood 33 películas desde Ruta suicida (1977), y David S. Cox, que componen una película con un in crescendo alucinante, que te coge desde el primer minuto y no te suelta hasta su gran final, y dejémoslo ahí, generando ese ambiente de duda e inquietud que tiene toda la trama, con esa marca de la casa de Eastwood de situar a un protagonista frente a todos, con sus conflictos y dilemas morales. 

Resulta ejemplar el talento y trabajo de Eastwood para confeccionar sus repartos, nada está al azar, todo está muy supervisado, como vemos en Jurado Nº 2, con la presencia de Nicolas Holt, que empezó de niño su carrera y ha pasado por películas de Bryan Singer, George Miller, Yorgos Lanthimos, y muchos más, siendo el actor perfecto para encarnar las dudas, los dilemas y la angustia que sufre Justin Kemp, intentan huir de su pasado y construyendo, o al menos eso desea, una vida mejor, tranquilo con su mujer y su futuro hijo, aunque la vida, como siempre ocurre, tiene otros planes. Le acompañan Toni Collete que encarna a la fiscal, rol fundamental porque ella también pasará por sus dilemas morales que tienen que ver con la verdad y su carrera política. Y luego, están los intérpretes de reparto, que son más cortos pero no por eso menos interesantes, como J. K. Simmons, curtido en mil batallas, otro miembro del jurado que también debe callar, y otros como Kiefer Sutherland, una especie de guía del protagonista, Joey Deutch, la esposa que está ahí, Chris Messina como abogado defensor, y otros miembros del jurado como Leslie Bibb como la portavoz, y Cedric Yarbrough, que tiene clara la culpabilidad del acusado. 

Desconocemos en absoluto si Jurado Nº 2 es la última película de Clint Eastwood, cuando se estrenó Cry Macho en 2021 si que se pronunció explicando que era su retiro. Por eso, guardamos prudencia y dejamos en el aire la decisión del maduro cineasta, cumplió 94 castañas el pasado 31 de mayo, aunque si nos preguntará a nosotros no tendríamos ninguna duda, le rogaríamos que seguiría haciendo cine, porque directores como Eastwood son los que continúan diciéndonos que el cine, a pesar de tanta tecnología que provoca alucinantes y vacíos impactos visuales, siempre quedan los maestros que capturan con la cámara las cuestiones de la condición humana, a través de la preocupación de un rostro, en una noche aciaga de tormenta donde todo puede cambiar, y nos van situando en el interior del personaje principal, y mostrando los diferentes puntos de vista, tanto emocionales como morales, que van construyendo los diferentes dilemas que se van produciendo. Es es gran cine, es el gran cine que hicieron tantos cineastas y han sido referentes para los otros y otras que han venido después, creyendo en la herramienta cinematográfica para ver todo lo que vemos de los demás y lo que no. Larga vida al cine y al cine de Clint Eastwood, al que ha hecho y al que quizás haga. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La guitarra flamenca de Yerai Cortés, de Antón Álvarez

UNA PENA Y SU MÚSICA. 

“El flamenco siempre es una pena, el amor es una pena también. En el fondo, todo es una pena y una alegría”. 

Camarón de la Isla 

Las primeras imágenes de la película La guitarra flamenca de Yerai Cortés, de Antón Álvarez (Madrid, 1990), definen lo que va a ser su camino. La cosa arranca con una guitarra que toca el citado Yerai. Una actuación que se corta abruptamente para pasar al propio director, sentado en una taberna flamenca, que nos introduce, a modo de prólogo, en la historia contándonos su relación con el protagonista y el lugar y las circunstancias cuando lo conoció. La cámara se le va acercando lentamente, sin prisas, a través de un encuadre muy cuidado, con esa textura que remite al pasado, en la que nos introduce una historia que será muy íntima, muy profunda y oculta un secreto, y su pena. Estamos ante la ópera prima de C. Tangana, el nombre con el que conocíamos al mencionado Antón Álvarez, uno de los músicos más arrolladores y exitosos del actual panorama musical del país, tocando en diversos géneros y estilos como el rap, el trap y pop latino, nuevo flamenco y reguetón.

Una película en la que asistimos a magníficas actuaciones musicales del propio Yerai Cortés, con su gran guitarreo y profundidad en cada nota y lamento, junto a otros músicos y cantaoras de la talla de Remedios Amaya y cantaores como Israel Fernández, o bailaroes como Farruquito, entre muchos otros y otras. Unas interpretaciones en las que se entrelazan la historia personal del protagonista, incluyendo la historia íntima que hay detrás de cada canción, juntamente con los testimonios de sus padres, sus parejas y amigos y familiares, casi siempre con diálogos entre ellos, o con el propio director, y además, el secreto que está ahí, una pena que arrastra Yerai, una pena que es la piedra filosofal del disco con las canciones que vamos escuchando. Una película en la que Álvarez demuestra una solidez descarada, en la que fusiona todos los caminos que abre la película, tanto lo personal como lo público, lo más profundo con lo que no puede contar porque duele demasiado. Las extraordinarias secuencias de las canciones que beben mucho de las Sevillanas (1992) y Flamenco (1995) de Carlos Saura, donde la fuerza de las canciones y sus intérpretes, amén de los bailes, se mezclaba con una gama excelente de texturas y colores que desprendía una fuerza arrebatadora y sublime. 

El director madrileño ha cuidado con detalle y precisión cada secuencia y cada momento musical en una película-viaje con muchos lugares y muchas sensibilidades, y varios tiempos, que ha contado con cinco cinematógrafos como Oriol Barcelona (que ha trabajado con Iba Abad y Oriol Rovira), Nauzet Gaspar, Álvar Riu (con el director Jaime Puertas Castillo), Diego Trenas (en Una noche con Adela, de Hugo Ruiz), y Arnau Valls Colomer (con más de 40 títulos con directores de la talla de Pedro Aguilera, Javier Ruiz Caldera, kike Maillo, Pedro Rivero, amén de varios videoclips con C. Tangana). Para la edición ha contado con un dúo de altura formado por Cristóbal Fernández (con más de 30 títulos en su haber con cineastas tan importantes como Oliver Laxe, Christophe Farnarier y Jaione Camborda, entre otros), y Marcos Flórez (que estuvo en Canto Cósmico. Niño de Elche, y en películas de Margarita Ledo, entre otras), Un gran trabajo que en sus 91 intensos minutos de metraje fusiona con gran naturalidad las actuaciones musicales llenas de alegría y tristeza y la historia y pasado de cada canción y los conflictos familiares y artísticos, a través de conversaciones muy cercanas donde se habla de todo, y de todo aquello que cuesta hablar, a tumba abierta. 

Como no podía ser de otra manera, Antón Álvarez ha puesto el alma y mucho más en su primera película de título tan significativo y revelador La guitarra flamenca de Yerai Cortés que cuenta una pena, una pena de la que no se puede hablar, pero sí cantar y de qué manera. Una película que es un canto a la libertad, a la música sin prejuicios ni imposiciones, y sobre todo, un viaje hacia las entrañas de los durísimos procesos artísticos que ocultan todas las obras, o quizás, las que más nos llegan al alma. Una obra en la que se habla de las cosas importantes, por ende, de todas esas cosas que tanto cuesta hablar porque se callan para que el tiempo y la desmemoria las borré, pero nunca es así, porque nada ni nadie las borra y es crucial hablarlas para seguir sin penas ni tristezas que se arrastran. La cinta de Álvarez nos habla de flamenco, de familia, de penas, pero también, de formas de encarar la pena, ya sea con la música, con enfrentarlas y sobre todo, con abrirse en canal, en un profundo ejercicio de búsqueda interior, de mirarse en tantos espejos como hagan falta y no apartar la mirada siendo totalmente sinceros y darse cuenta de todo, de ese pasado que nos ha llevado hasta hoy, y todas las personas presentes y ausentes que nos han acompañado para que nuestra música suene y transmita como queremos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Pobres criaturas, de Yorgos Lanthimos

LA CRIATURA. 

“Qué mutables son nuestros pensamientos y que extraño es ese amor aferrado que tenemos a la vida incluso en el exceso de miseria”. 

Frase de la novela “Frankenstein”, de Mary Shelley

Erase una vez en la Inglaterra victoriana a finales del XIX, en una de esas casas barrocas que se edificaron en tiempos de bonanza y derroche. En una de esas viviendas vive el brillante y poco ortodoxo científico Dr. Godwin Baxter con su servicio y su legión de animales domésticos mutantes, que no están muy lejos de aquellos que creaba el Dr. Moreau en la novela de H. G. Wells. En ese universo cerrado a cal y canto, también vive Bella, una criatura creada por el doctor, emulando a su colega de Frankenstein, de Mary Shelley. Bella se desplaza como una autómata por cada espacio de la casa, y arde en deseos de salir y conocer al exterior, del que apenas conoce nada. Todo ese deseo se abre con la entrada de la casa de Max McCandles, un aventajado alumno de Baxter que le ayudará en sus secretos experimentos. Aunque será la llegada de otro hombre a la existencia de Bella que le empujará a descubrir el mundo y no es otro del vividor y aparentemente mujeriego abogado Duncan Weddeburn. 

El octavo largometraje de Yorgos Lanthimos (Pangrati, Atenas, Grecia, 1973), vuelve a contar con el guionista Tony McNamara como ya hiciese en La favorita (2018), que adapta la novela homónima del escocés Alasdair Gray (1934-2019), aunque mantiene el espíritu que le han llevado a ser uno de los creadores más interesantes del panorama actual, el mismo espíritu que cosechó junto al guionista Efthymis Filippou en obras de tal calibre como Canino (2009), Alps (2011), Lobster (2015), El sacrificio del ciervo sagrado (2017). Cuatro títulos que mantenían espacios muy comunes como un conjunto “familiar” que se mantenía aislada del resto de los mortales, donde se creaban una serie de reglas que se seguían a rajatabla, muchas de ellas nada convencionales y ambiguas moralmente, y la aparición de alguien de fuera, joven, que resquebraja esa especie de tranquilidad y la convertía en un viaje profundo a lo más oscuro del alma, donde se cuestionaba todo y a todos. Pobres criaturas (Poor Things, en el original), sigue muy presente la mirada griega, porque tenemos a una criatura inocente que descubre sus deseos más carnales y se lanza a descubrirlos y sobre todo, a gozarlos, podríamos situar la trama en todo aquello que sería la continuación de La novia de Frankenstein (1935), de James Whale, donde descubrimos a la criatura conociendo el mundo, a través de una sociedad sometida a los convencionales en todos los sentidos. 

Bella rompe con tanta “normalidad”, porque su normalidad es muy diferente, alimentada por un sexo frenético, una forma de expresarse libremente, a su manera, desde su forma de bailar, de hablar, de caminar, y de comer, convirtiéndola en un ser nada contaminado por las reglas moralistas de una sociedad demasiado ensimismada en las normas sociales, que atentan contra la libertad del individuo y sus deseos más oscuros. La trama es lineal, narrada como el cuento de hadas que es, a modo episódico, con los espacios como intertítulos, tenemos London, Lisboa, el barco y París, siguiendo los pasos y el itinerario de Bella, descubriendo la vida, el sexo y sobre todo, descubriéndose y aprendiendo la hipocresía, el materialismo y la miseria de los demás, y los espacios para generar más justicia en la sociedad como leer a Marx, protestar ante el machismo en su trabajo, y vivir un amor libre de ataduras. Estamo seguros que el trato de Bella no es el más apropiado, pero no le falta razón, ella vive su vida sin importarle los demás, o los deseos oscuros de los demás, es alguien transparente, que expresa sin ningún moralismo sus ideas, deseos y emociones más salvajes y nada convencionales, cosa que la hace un ser revolucionario, humano y libre. 

Una película de exquisita pulcritud técnica con el barroco, gótico y onírico diseño de producción de Shona Heath y James Price, que nos remite a novelas como Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, y películas como El sanatorio de Clepsidra (1973), de Wojciech Has, y Las aventuras del Barón Münchausen (1988), de Terry Guilliam, bañado por esa luz, tanto en color como en blanco y negro, velada y artificial que da ese toque de sueño expresionista con esos encuadres imposibles filmados en 35mm que firma el cinematógrafo Robbie Ryan, que ya se encargó de la imagen de la citada La favorita, que ha trabajado para cineastas tan importantes como Andrea Arnol, Ken Loach, Sally Potter, Stephen Frears y Noah Baumbach, entre otros. La excelente música de Jerskin Fendrix, que alimenta esa desventura y no viaje al interior y a los deseos oscuros de la protagonista, que nos retrotrae a los cuentos y las fábulas de donde la película se inspira. El gran trabajo de montaje de Yorgos Mavropsaridis, que ha editado las ocho películas de Lanthimos, en una historia nada fácil que abarca 141 minutos de metraje, que aglutina con serenidad e inquietud la aventura de Bella, en la que vamos descubriendo con ella todo lo que siente y reflexiona junto a ella y el resto que la va encontrando en su viaje. 

Un reparto muy interesante como suelen ocurrir en las películas del cineasta griego, que descubrimos facetas ocultas de sus intérpretes por la complejidad de sus personajes. Un elenco que debe construir unos personajes arquetipos de cuentos de hadas, pero en esa sociedad puritana y moralista y tan victoriana, encabezado por una maravillosa Emma Stone, que también ejerce como coproductora, en su segunda película con Lanthimos. La actriz estadounidense ha dejado a Abigail, la sirvienta real para convertirse en una criatura nada convencional, llena de deseos vitales, sexuales y emocionales, que pondrá patas arriba su alrededor y una sociedad tan anticuada. Su Bella es un personaje de esos que la hacen mejor actriz, en un reto mayúsculo que la actriz no sólo compone con entereza y carácter, sino que nos enamoramos de una joven inocente que no es tan inocente, y una joven que actúa según siente, sin cortarse en absoluto, y sobre todo, a su manera, sin importarle los demás. Una actitud que todos deberíamos aprender tanto. Le acompañan un magnífico Willem Dafoe siendo ese Mad Doctor, lleno de cicatrices ya que fue objeto de experimentos, un ser solitario pero lleno de ciencia, siendo ese padre sin hijos que tiene en Bella toda su vida. 

Después tenemos a los otros, a los individuos de fuera, los que entran en la existencia de Bella. Tenemos a un Mark Ruffalo, algo así como el príncipe del lado oscuro, un donjuanesco y déspota y libertino, que sufrirá en Bella el reflejo de sus miserias, o quizás, de todo aquello que nunca se atrevía a reconocer y ahora, se ha enfrentado a ello. Ramy Youssef es otro hombre de ciencia, acomodado y convencional, que será el bueno o quizás el demasiado perfecto y tremendamente aburrido para un ser con tantas ansías de vida y aventura como Bella, Suzy Bemba es la amiga francesa de Bella, una mujer que vive su vida y sus ideas tan alejadas de lo aceptable. También, vemos a Hanna Schygulla, una presencia siempre estupenda. Vayan a ver Pobres criaturas sin prejuicios, sin convencionalismos, dejándose contaminar por la actitud y el carácter de Bella, que en algunos momentos les chocará, pero no se asusten, ella sólo se deja llevar por lo que siente, sin razonar lo que hace, como hacemos la mayoría, ella agarra la vida y sus consecuencias, mientras el resto piensa que es lo mejor, y la vida mientras tanto va y viene, y muchos siguen en eso, viendo la vida, no viviéndola. Así que, por favor, vivan y disfruten, porque los placeres de la vida están dentro de cada uno de nosotros y nosotras, y lo de fuera es sólo un escaparate, nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mariposas negras, de David Baute

LAS OLVIDADAS DEL CLIMA.  

“Los inmigrantes no pueden escapar de su historia más de lo que uno puede escapar de su sombra”.

Zadie Smith

Hasta hace pocos años, las causas por las que sucedía la inmigración eran de sobra conocidas: falta de trabajo y de futuro, guerras, condición sexual y política, entre otras. En los últimos tiempos con el fenómeno del cambio climático existe una nueva causa para emigrar, ya que las personas han de dejar su vida, su trabajo y todo, porque los huracanes, tifones y riadas dejan inútiles su forma de vida. Un conflicto que ha sido tratado muy poco, o muy por encima. La aparición de un documental de animación como Mariposas negras, de David Baute (Garachico, Santa Cruz de Tenerife, 1974), viene a paliar semejante problema. que ya tuvo su película de imagen real llamada Éxodo climático (2020), del propio Baute, premiada en la Seminci, protagonizada por tres mujeres Tanit, Valeria y Shaila que, deben dejar sus vidas por las terribles consecuencias meteorológicas. De aquella experiencia ha nacido una película de animación coescrita por Yaiza Berrocal y el propio director que registra las experiencias de las tres mujeres citadas. 

Baute ha desarrollado durante más de dos décadas una filmografía siempre comprometida y de denuncia con lo humano más necesitado y vulnerable como Los hijos de la nube (2004), Rosario Miranda  (2002), con la memoria histórica canaria y la inmigración en títulos como Semillas que arrastra el mar (2007), y Ella(s) (2010), entre otras. Un cine para hablar de lo invisible, de lo político y sobre todo, de la humanidad en su entorno más cotidiano, íntimo y de verdad. Con Mariposas negras pone el foco en tres mujeres y sus vidas: Tanit vive en Turkana, entre la frontera entre Kenia y Uganda y se desplaza hasta los suburbios de Nairobi en Kenia, Valeria en las Antillas Menores y emigra hasta París (Francia), y finalmente, Shaila vive en Bengala Occidental, entre India y Bangladesh, en una zona rural y huye a la ciudad. Tres tragedias medioambientales que copan las noticias de todo el mundo, y se olvidan de las tragedias personales que hay detrás de todo esto. La película pone cara y ojos a estas tres mujeres y sus no vidas que deben reconstruirse después de la tragedia, desde cero y sin nada, y afrontando situaciones muy oscuras, olvidadas por todos y todo. La película aborda la tragedia desde lo profundo y la reflexión, sin caer en la sensiblería ni la condescendencia, recogiendo el aroma que tenía aquella maravilla de Las golondrinas de Kabul (2019), de Zabou Breitman y Elèa Gobbé-Mévellec, tanto en su dibujo, animación y denuncia. 

Baute se ha acompañado de un equipo excepcional empezando por su productor Edmon Roch que a través de Iriku Films, a parte de sus películas “reales”, ha producido algunos de los títulos de animación más exitosos como la trilogía de Tadeo Jones y Atrapa la bandera, la cinematógrafo María Pulido, el diseño de producción y director de Animación Pepe Sánchez, que ya estuvo en uno de los mencionados Tadeos, la música de Diego Navarro, que trabajó en la citada Atrapa la bandera, y es habitual de la cineasta Mar Targarona, el sonido de un grande como Oriol Tarragó y el montaje de Clara Martínez Malagelada. Un equipo de alto nivel que ha conseguido una gran película, muy grande en todos los sentidos, con una espectacular ilustración, animación e historia, que capta con naturalidad y precisión cada detalle del relato, aproximándose con inteligencia y sensibilidad a un tema hasta ahora muy desconocido. La historia mezcla con sabiduría la denuncia con un guion que cuenta con fuerza, imaginación y transparencia las tres realidades tan diferentes y tan cercanas a la vez, donde vemos la cotidianidad de tantos desplazados y refugiados climáticos a los que las autoridades no reconocen como tal, pero existen y tienen nombres y catastróficas circunstancias. 

No sabemos si esta película ayudará a que los gobiernos reconozcan esta realidad y ayuden a las personas que sufren el cambio climático. Lo que sí sabemos es que Mariposas negras, de David Baute, ayudará a concienciar a todos y todas, en los que me incluyo, a descubrir una realidad que, la inmediatez y la ansiedad informativa apenas hace eco, y mirar una realidad y una verdad que está ahí, y la película hace visible, y grita con fuerza para que podamos ver la información desde todos las miradas y ángulos, desde la profundidad de cada persona y su caso concreto. Las recientes riadas en la provincia de Valencia han dejado al descubierto un sistema económico en el que prevalece el beneficio a la vida. Por eso estamos vendidos al capital y a su codicia sin fin, y por eso, debemos ayudarnos entre todos y todas y empezar a cambiar nuestra forma de vida y de trabajo, y de todo, siendo mucho menos invasivos en la naturaleza, moviéndonos menos y usar materiales que no dañen al planeta, quizás todavía estamos a tiempo de cambiar las cosas, aunque me temo que todo esto será desde lo individual y lo cotidiano, porque la mayoría seguirá gastando por gastar, ensuciando y contaminando el planeta y sobre todo, limpiando su conciencia en las fechas señaladas y poco más, olvidando a mujeres como Tanit, Valeria y Shaila que son las cabeza visibles ahora, en un futuro no muy lejano, seguramente, estaremos en su situación. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Anselm, de Wim Wenders

ANSELM SOBRE KIEFER. 

“Ruinas, para mí, son el principio. Con los escombros, se pueden construir nuevas ideas. Son símbolos de un principio”. 

Anselm Kiefer 

Del más de medio siglo que Wim Wenders (Düsseldorf, Alemania, 1945), ha dedicado a su gran pasión del cine nos ha regalado grandes obras de ficción como Alicia en las ciudades (1974), El amigo americano (1977), París, Texas (1984), El cielo sobre Berlín (1987), Tierra de abundancia (2004), hasta llegar a su última maravilla Perfect Days (2023). En el campo del documental tampoco se ha quedado corto en su brillantez como lo atestiguan magníficas películas como Tokio-Ga (1985), sobre las huellas de Yasujiro Ozo en la ciudad de sus películas, Buena Vista Club Social (1999), que describe unos ancianos músicos cubanos y su relación con Ry Cooder, en Pina (2011), filmaba en 3D un homenaje a la gran coreógrafa a partir de un espectáculo y el testimonio de sus colaboradores, y en La sal de la tierra (2014), codirige una aproximación a la figura del fotógrafo Sebastiâo Salgado. Con Anselm vuelve al retrato fílmico construyendo una bellísima y profunda película sobre uno de los artistas más transgresores y brillantes del último medio siglo. 

Resulta revelador el arranque de la película con Kiefer subido a una bicicleta mientras pasea por los pasillos y espacios de su gran taller-almacén donde trabaja y deposita sus grandes obras: pinturas, esculturas y toda clase de objetos se amontonan en un orden preciso y muy detallado donde vemos las herramientas de trabajo e infinidad de objetos-materia prima y demás piezas de todo tipo, tamaño, textura y demás. El director alemán no se nutre esta vez de testimonios, todo lo contrario, aquí escuchamos a hablar al artista, en los que repasa sus comienzos, sus trabajos, sus almacenes y el impacto o no de sus obras, relacionándolas entre sí, contextualizando cada una de ellas, acompañadas de calculadas imágenes de archivo que ayudan a ilustrar todo el relato. La película se adapta al personaje, y no lo hace para embellecerlo sin más, sino que hay un recorrido de verdad, es decir, de forma muy íntima, alejada de los focos, y capturando lo humano por encima de todo, sin caer en la sensiblería ni en la película del fan. Wenders es el primer admirador de Kiefer, y acoge su cámara a la mirada del observador que está fascinado por una obra capital, una obra gigantesca en todos los sentidos, una obra política que ha querido ser testigo de su tiempo y también de ese oscuro pasado nazi del país en el que ha crecido. 

Para ello, se ha relacionado con cómplices como el cinematógrafo Franz Lustig, que ya hecho cinco películas con el cineasta alemán, que ha vuelto a rodar en 3D (aunque la versión que vi es la 2D), imprimiendo esa cámara que no sólo registra, sino que se convierte en un espectador inquieto, altamente curioso y reflexivo. La música de Leonard KüBner capta con atención y detalle toda la singular obra de Kiefer, así como sus tiempos, sus texturas, sus complejidades y sus posicionamientos políticos y sociales. El sonido de Régis Muller, que ya estuvo en la citada La sal de la tierra, ejemplar y fundamental para adentrarse en la obra de Kiefer y captar toda la fusión que existe en su trabajo. El montaje de Maxine Goedicke, también en La sal de la tierra, en sus intensos 93 minutos de metraje, y anda fáciles, por el hecho de recorrer toda la vida y obra de un artista tremendamente inquieto y consumado trabajador que ha tocado tantos palos no sólo la pintura, la escultura, la ilustración y las visuales, añadía una dificultad grande porque había que contar muchas cosas y hacerlo de forma singular, nada aburrida y encima generar interés a todos aquellos espectadores que no conocían la obra del artista (como es mi caso), y han construido una cinta espectacular, tanto en su forma como en su relato, sin embellecer ni adular en absoluto. 

Menudo año de Wenders  en el que se ha despachado con dos grandes obras como la mencionada Perfect Days, en el campo de la ficción, y con Anselm, no iba a ser menos en el terreno del documental. Dos bellísimas obras sobre la capacidad del ser humano de encontrar su lugar en el mundo siendo lo que quiere ser, es decir, siendo fiel así mismo, sin importar lo que el resto quiera o opine. Dos obras que nos hablan sobre la libertad, y el derecho que tenemos todos los seres humanos, eso sí, cuando nos dejan las leyes estúpidas y convencionalismos, de ser libres, de encontrar ese lugar en el mundo e instante en la existencia de estar bien con tu entorno y contigo mismo. Anselm nos devuelve al mejor Wenders, en un viaje extraordinario que retrata de forma íntima y profunda al hombre y al artista y a su obra, y sus circunstancias, en una película que se ve con muchísimo interés independiente que el espectador tenga o no interés en el trabajo de Kiefer, porque la película a modo de investigación y análisis propone un increíble viaje al alma de un hombre y artista haciendo un recorrido exhaustivo y nada convencional, con múltiples saltos en el tiempo y en la historia. No se la pierdan y podrán ver todo lo que les digo y no lo hagan con prisas, porque la película quiere que seamos observadores inquietos y muy curiosos, pero con pausa y en silencio. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Rock Bottom, de María Trénor

EL AMOR DE BOB Y ALIF.  

“Pareces diferente cada vez. Vienes de la salmuera con cresta de espuma. Es tu piel brillando suavemente bajo la luz de la luna. En parte pez, en parte marsopa, en parte cachalote. ¿Soy tuyo? ¿Eres mía para jugar? Bromas aparte (…)”

Letra de “Sea Song”, de Robert Wyatt

Este año se ha cumplido medio siglo de la aparición del disco “Rock Bottom”, mítico disco de Robert Wyatt (Bristol, Reino Unido, 1945), obra capital de la música psicodélica y rock progresivo, con la ayuda de Nick Mason, batería de Pink Floyd, Brian Eno, Fred Frith y Mike Oldfield. Ahora también es el título del primer largometraje de María Trénor (Valencia, 1970) que, después de varios cortometrajes, entre los que destaca ¿Dónde estabas tú? (2019), emerge con una película inspirada en la vida del citado músico y la letrista y artista visual Alfreda Benge y el amor tortuoso, desesperado y fou que vivieron el verano de 1972 en Deià, Mallorca. La directora nos presenta a Bob y Alif que, envueltos en ese amor negruzco y muy apasionado, envueltos en alcohol, drogas, la omnipresente música de Wyatt como leit motiv narrativo y formal, baños en el mar, desesperación, salidas y demás pasatiempos para matar un tiempo que parece detenido, ausente y sin futuro. Un tiempo en que el músico estaba componiendo y soñando en el disco que sacaría un par de años después, tras recuperarse del accidente de 1973. 

La cineasta valenciana, que siempre se ha movido en el campo de la animación, compone un guion junto a Joaquín Ojeda, que firma el montaje y ya estaba en el cortometraje citado más arriba, que tiene películas junto a Marc Recha y Sigfrid Monleón, donde se aleja del biopic al uso, y construye unas imágenes que se integran de forma natural y profunda con la vorágine que se vivía en una época de agitación política y búsqueda espiritual, tanto en Mallorca como New York, un ambiente de post hippies, como refleja el arranque de la película con esa fiesta en el piso de la citada ciudad estadounidense. Un relato que se descompone en dos atmósferas diferentes e iguales a la vez, dónde la realidad y lo onírico se van fusionando para construir un mundo de cotidianidad y ensoñación donde el efecto del alcohol, las drogas y ese amor tan fuerte como frágil, van generando unos ambientes límbicos en el que los espectadores nos vamos sumergiendo en esos universos artificiales y reales por los que transita la magnífica película, donde asistimos al nacimiento del futuro álbum, sus primeros compases, las alegrías y tristezas y demás conflictos que se van originando en esa fusión de vida, desesperación, felicidad y tristeza por el que se mueven sus personajes.

La animación se convierte en el vehículo esencial para sumergirnos en la existencia de Bob y Alif, rodeados de mundos imposibles, de cotidianidades diversas, táctiles y nada convencionales. Estamos frente a una película que mezcla con acierto y tremenda sabiduría la ficción que nace de vidas reales e imaginadas, el documental nada convencional para explicar situaciones que serían difíciles con la imagen real, y el retrato de una generación de músicos vitales para la música que sentaron las bases en un tiempo irrepetible, eso sí, contando sus talentos, su trabajo, y también, sus miserias, adicciones y demás pozos oscuros. Si tuviéramos que encontrar películas inspiradoras de Rock Bottom nos viene a la cabeza el cine de René Leloux y su extraordinaria El planeta salvaje (1973), y aquella maravilla que fue Heavy Metal (1981), de Gerald Potterton, junto a la delicia de Vals con Bashir (2008), de Ari Folman, en que las posibilidades del cine animado llegó a cotas realmente sorprendentes sentando las estructuras por donde andar a los futuros cineastas, porque consiguen de forma clara y concisa introducirnos en universos cercanos, íntimos y alucinantes.  

Estamos ante una película convertida de culto instantáneamente, y no exagero cuando les escribo estas palabras, y si no al tiempo, o más aún, cuando la vean, verán que Rock Bottom, de María Trénor, es una obra mayor y no sólo de la animación, sino del cine y de cualquier cine, porque nos adentra en un tiempo donde la música y las drogas y el alcohol siempre iban de la mano, retratando a la, quizás, mejor generación de músicos de la historia, y el retrato de unos años que más parecen pertenecer al mundo de los sueños, de la alucinación, de la libertad y del compromiso con la música como vehículo y motor de cambio, de reflexión y de agitación política, cultural y social. También podemos ver la película como una historia de amor fou, como mencionaba Buñuel, donde los amantes se aman y también se dañan, se desean y se matan, se quieren y se odian, donde no hay límites ni nada esperado, todo es extremo, todo es indiferente y todo es profundo. Una love story de las de verdad, alejada de los convencionalismos y sensiblería de otras producciones, aquí todo se vive de forma intensa, íntima y sin mirar atrás, y si no compruebenlo por ustedes mismos, y verán y sobre todo, sentirán esos otros mundos que rodeaban a Bob y Alif, cuando están juntos o separados, es lo mismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La parra, de Alberto Gracia

LA CIUDAD ERRANTE. 

“Toda vida es inexplicable, me repetía. Por muchos hechos que cuenten; por muchos datos que se demuestren, lo esencial se resiste a ser contado”. 

Paul Auster

Después de tres largos y algún que otro corto, podemos decir que el cine de Alberto Gracia (Ferrol, 1978), se sustenta en dos pilares fundamentales: los lugares y cómo sus personajes lo habitan. El director gallego construye un universo altamente atmosférico y sensorial, donde la realidad, o supuestamente lo que llamamos realidad, se va diluyendo y se instala en un estado de duermevela, de limbo entre la realidad, la existencia y la ensoñación, algo así como un espacio perpetuo en el que sus individuos parecen detenidos en una nada muy real y onírica a la vez, porque en el cine de Gracia las certezas desaparecen y los misterios aumentan, no uno, sino varios, incluso el de la propia película, convertida así en un misterio indescifrable, en un artefacto que transita por infinidad de paisajes, texturas, formas y géneros, dejando pinceladas o incluso meras sombras, que están ahí y qué podemos ver, pero no más allá. Es un cine de fantasmas, de espectros, de personajes vivos o muertos, de sensaciones y sobre todo, un cine real e impenetrable. 

Estamos ante su tercer largometraje, después de O quinto evanxeo de Gaspar Hauser (2013), y La estrella errante (2018) y Tengan cuidado ahí fuera (2021), de título muy cotidiano La parra, que hace referencia a una mítica pensión de Ferrol, donde llega Damián, una especie de Robinson Crusoe a la deriva vital y existencial, con una vida en Madrid, con más negrura que otra cosa, y después de la muerte de su padre, regresa a su ciudad natal, o a lo que queda de ella, porque ese Ferrol que describe la película, parece más un estado de ánimo que una ciudad en sí misma, con gente y con vida, pero no sabemos si real o no. Es una vuelta a los tiempos, como la que hacía “A”, interpretado por Keitel en La mirada de Ulises (1995), de Theo Angelopoulos, donde se reencuentra con su pasado, muy duro por los restos que va encontrando, y con un paisaje inhabitable, lleno de personajes en tránsito, como evidencian todos los moradores de la mencionada pensión, aunque Damián es el más perplejo de todos, porque no sabemos hacia dónde va, ni mucho menos, donde va a quedarse, si es que se queda en algún lugar. Su vida o más bien su huida, porque parece estar huyendo de algo o quizás, de sí mismo, es una no vida, de prestado, de llegar tarde a todo o nada, de ir y volver, de volver a Ferrol o lo que queda de una ciudad siempre en perpetuo estado de naufragio. 

Gracia parece continuar en La parra todo aquello que ya se veía en La estrella errante, no como una segunda parte, ni mucho menos, sino en una mirada a la nada, o aq aquello que creemos que es la nada, en un náufrago infinito que habita sin habitar un paisaje ajeno, invisible y misterioso. Para ello es crucial la cinematografía de Ion de Sosa, que ya hizo la del citado Tengan cuidado ahí fuera, porque le da la textura y el tacto del cine setentero y principios de los ochenta, lleno de vacíos, de seres invisibles, donde el cielo plomizo y nocturno se van apoderando del alma de los personajes. Al igual que la música de Jonay Armas, del que conocemos su trabajo en películas como Europa, Blanco en blanco, Un cielo impasible y la reciente La hojarasca, creando esa idea de laberinto existencial y a la vez, en un tono real o digamos, cotidiano. El certero y conciso montaje de Velasco Broca y el propio Gracia, ahonda en sus 88 minutos de metraje, en esa continua metamorfosis que no llega a su fin en que Damián va de aquí para allá, envuelto en un aura de insatisfacción, de búsqueda o no, perdido en una ciudad demasiado cercana y a la vez, desconocida, sumergida en un no tiempo que, no parece desaparecer, todo lo contrario, revelándose más misteriosa y ausente. 

Como ya hiciese con Rober Perdut, el protagonista de La estrella errante, los personajes de Gracia son seres vapuleados por la vida, como aquellos que tanto gustaban a Peckinpah, individuos con mucho pasado y sin anda de futuro, perdidos en su limbo y en el limbo, si es que existe. El Damián de La parra lo interpreta Alfonso Mínguez, con un rostro y cuerpo que no pasan desapercibidos, con tanto pasado como dureza, donde se puede leer una biografía maleante y llena de oscuros. Un actor que compone un personaje de pocas palabras, pero que transmite toda esa desazón y perplejidad en la que habita. Le acompañan Lorena Iglesias, en un personaje convertida en un mueble más de la pensión, sin más suerte que la de encontrar un estímulo como puede ser la presencia de Damián. Pilar Soto es la dueña de la pensión y Emilio Buale es otro inquilino de la pensión a la caza de un billete o de algo que le ayude a paliar ese limbo en el que se encuentra. El propio Gracia se reserva el personaje que abre la película guiando a cinco invidentes, que luego volverán a aparecer, en una apertura que ya deja muchas evidencias del misterio la trama de la película y la propia película. 

No vean La parra, de Alberto Gracia intentando descifrar que esconde o dejándose guiar por las estructuras convencionales del cine telegrafiado. Aquí no hay nada de eso, porque sus imágenes convocan a otros menesteres: al cine negro de atmósfera y cotidiano, a la realidad social de la desindustrialización que asoló el norte del país a principios de los ochenta, el costumbrismo español del cine de los cincuenta y sesenta, al documental propiamente dicho, donde las imágenes de archivo dialogan con el tiempo presente, a la ciencia-ficción que remueve los tiempos, las texturas y los formatos, a la ficción y sus múltiples estructuras donde bifurcan temas y elementos antagónicos y demás. Todo esto y más existe en La parra, una de esas películas llenas de misterio, donde el misterio de lo que vemos es infinito, pero también la propia película, como explica muy bien Carlos Losilla, devolviendo al cine su esencia original, aquella que filmaba todos los fantasmas y espectros que nos rodean, los visibles e invisibles, porque, entre otras cosas, una de las funciones del cine es construir imágenes y sonidos que nos lleven a otras imágenes y sonidos, y La parra, de Gracia lo hace, incluso su material, tan cotidiano y a la vez, tan impenetrable, hace que su propuesta sea tan bella como radical, tan profunda como doméstica, y tan magnífica que la verías en bucle, convirtiéndote en otro personaje de la película, porque su relato fascinante, enigmático e íntimo se va apoderando de ti y no te suelta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Here, de Robert Zemeckis

UN LUGAR, UNA LARGA HISTORIA. 

“El presente no existe, es un punto entre la ilusión y la añoranza”. 

Llorenç Vilallonga

La carrera de Robert Zemeckis (Chicago, EE.UU., 1952), desde que debutó con I Wanna Hold Your Hand (1978), que recogía la aventura de unos jóvenes que querían ver un concierto de The Beatles, ha pasado por muchos trabajos tan diferentes como las comedias auspiciadas por Spielberg, entre las que se encuentra la novedosa ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988), la exitosa trilogía de Regreso al futuro (1985, 89, 90), su confirmación en Forrest Gump (1994), que le valió el preciado Óscar, películas de corte comercial como Contact (1997), Lo que la verdad esconde y Náufrago (1998), films de animación como Polar Express (2004), Beowulf (2007) y Cuento de Navidad (2009), y más films convencionales como El vuelo (2021), Aliados (2016), y Bienvenidos a Marwen (2018), entre otras, hasta llegar a la cifra de 22 largometrajes y un buen puñado de capítulos para series. Un cineasta que ha sabido generar una filmografía muy variada en la difícil y competitiva industria hollywoodense mezclando títulos más o menos interesantes siempre con vocación taquillera.  

Con Here, que resume adecuadamente su línea como cineasta, hacer una película con hechuras y bien contada que convoque al público. a partir de la novela gráfica homónima de Richard Mcguire, que ya tenía el dispositivo del único lugar mirado desde un único punto de vista fija e inalterable que repasa la historia de un lugar y de paso todos sus habitantes haciendo hincapié en el siglo XX y en particular a una familia: la que forman Al y Rose y la posterior de uno de sus hijos, Richard y su historia de amor con Margaret. Un tableau vivant que nos remite a los orígenes del cinematógrafo y a las películas de Roy Andersson y La crónica francesa, de Wes Anderson donde a modo de teatralización la secuencia ocurre ante nosotros y el movimiento en el interior del espacio resulta fundamental para contarnos todo lo que vemos y lo que no. Zemeckis plantea una película que es, ante todo, una revisión de la historia estadounidense, su antes, cuando no existía y su después, pasando por los momentos históricos, siempre de forma cotidiana y anónima de tantos personajes protagonistas de ella. Aunque pueda parecer un dispositivo poco atrayente, en mi caso, no me lo ha parecido en absoluto, porque el interesante manejo del montaje que firma Jesse Goldsmith (3 películas con Zemeckis, las tres últimas), es decir, la correlación de las diferentes escenas consiguen una cinta donde acabamos viendo un caleidoscopio de tantos que nos precedieron y el implacable paso del tiempo y de las personas y los momentos que van desapareciendo con él. 

El magnífico trabajo de cinematografía de Don Burgess (10 películas con Zemeckis desde la citada Forrest Gump), de arte y de efectos digitales, consiguen atraparnos desde el primer minuto, viendo las diferentes escenas que se van sucediendo sin descanso delante de nuestra mirada en sus 104 minutos de una película coescrita por el gran Eric Roth (con más de medio siglo de carrera al lado de grandes cineastas como Mulligan, Mann, Spielberg, Fincher, Scorsese y Villeneuve, entre otros) y el propio Zemeckis, en la que la historia de amor entre los mencionados Richard y Margaret se convierte en el epicentro del relato. Una historia de verdad, con sus altibajos, sus alegrías y tristezas, sus ilusiones y desesperanzas, con todo lo que tienen y lo que perdieron, donde la vida va y nosotros parece que estamos presentes y ausentes a la vez. La tranquila y conmovedora música de Alan Silvestri (20 películas junto a Zemeckis y más de 135 en su extensísima filmografía), ayuda a participar como uno más en la historia de este lugar, que no resulta un sitio protagonista de la historia en mayúsculas, sino un lugar como otro cualquiera, donde habitaron y habitan personas como nosotros, con sus cosas y sus miserias. 

Una película de este calibre necesitaba un reparto de altura o al menos, un reparto bien conocido y amigo para el cineasta de Illinois como son Tom Hanks y Robin Wright, la inolvidable pareja que formaron Forrest y Jenny en la exitosa película, donde también curiosamente repasan la más de cuatro décadas de la historia estadounidense desde los años posteriores de la Segunda Guerra Mundial, pasando por los convulsos sesenta con el Vietnam y los problemas raciales y demás, hasta llegar a los ochenta con el SIDA. Vemos a los dos intérpretes rejuvenecidos y envejecidos gracias a los extraordinarios efectos digitales, y componiendo unos personajes atrapados por la vida acomodada y monótona donde sus sueños siempre se van a dormir antes de tiempo, siendo testigos de su historia, de su amor, de sus años de convivencia y de ese lugar, que como se decía en Campanadas de medianoche, de Welles, “¡Cuantas cosas hemos visto!”, y tantas cosas que no veremos… Les acompañan unos estupendos Paul Bettany y Kelly Reilly como los padres del mencionado Richard, entre otros, que consiguen transmitir la felicidad de los años de juventud, la insatisfacción de la edad adulta y la decadencia de la vejez.

Me ha gustado Here, de Robert Zemeckis, porque tiene muchos aciertos como el citado dispositivo, porque consigue reunir la vida, la muerte y todo lo demás, en un sólo escenario, construyendo un espacio que emula la vida como acto de ficción, como mentira a la que nos agarramos para encontrar alguna verdad, si es que esta existe, y lo hace sin esa sensiblería ni embellecimiento de nada ni nada, mirando la vida en su profundidad, con sus cosas buenas y no tan buenas, y la grandísima ayuda de una cámara fija e inamovible que actúa como privilegiada testigo, sin juzgar ni endulzar ningún hecho ni nada que se le parezca, y es, en ese sentido, donde la película se eleva enormemente, porque vemos a unos personajes, sobre todo, el personaje de Richard, un hombre que define esa maldita idea del “American Dream”, que tanto daño ha hecho a tanta gente, porque la sociedad mercantilista y todo lo que experimentamos en ella, siempre estará sujeta a lo que se espera de nosotros ante los ojos de los demás, y no por el contrario, a lo que queremos hacer de verdad, a aquello que nos bulle el alma. El conflicto eterno de la condición humana. Entre quiénes somos y el valor de ejercer esa identidad que es sólo nuestra y de nadie más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una Navidad para todos, de Ken Wardrop

EN ALGÚN LUGAR DE IRLANDA…

“La esperanza es como el sol, que si bien se pone al final de cada día, vuelve a salir cada mañana”. 

Charles Dickens

Érase un pueblo de Irlanda. Uno de esos pueblos que para nosotros no tendrá nombre. Uno de esos pueblos en los que conoceremos a cinco personas: un viudo con dos hijos pequeños, una madre soltera con tres hijos, una mujer sola que imagina una vida que no tiene, un obrero que vive sólo junto a su perro y una señora que está sola en su casa y con sus recuerdos. La película se llama Una Navidad para todos (“So This is Christmas”, en el original) de Ken Wardrop (Portarlingron, Irlanda, 1973) y nos cuenta la vida de unas personas tan cercanas como nosotros. Cinco miradas a la soledad. Cinco individuos que, a pesar de los palos vitales, siguen cada día tirando del carro. La acción arranca a finales de noviembre, un mes vista del día de Navidad, donde el bullicio de las calles, el trasiego de gente preparando y comprando la comida y los consabidos regalos hacen de la pequeña ciudad un hervidero de entusiasmo y alegría. La película no va en contra de la Navidad ni mucho menos, si no que nos explica las cotidianidades de estas cinco almas en las que la vida se ha vuelto difícil, algo amarga y llena de ausencias.

El cine de Wardrop se construye a partir de las complejidades de las relaciones humanas, de todo aquello que somos y lo que no, y cómo nos relacionamos con los otros. En su cine ha hablado de temas como los hombres que han pasado por las vidas de un grupo de mujeres en His & Hers (2009), de la masculinidad y la relación con sus madres en Mom and Me (2015), Making the Grade (2017), sobre la educación. Historias que rescatan la sencillez y la naturalidad de las personas anónimas y las vicisitudes de sus vidas. En Una Navidad para todos, no relega el humor, todo lo contrario, la película está impregnada de humor para contarnos vidas muy duras, llenas de presencias y sobre todo, de ausencias, de personas perdidas en una especie de limbo entre la vida y la muerte, que deben seguir viviendo a pesar de los pesares, a pesar de los que ya no están, a pesar de ellos mismos. Tiene el aroma de la mejor literatura dickensiana y el gran cine humanista británico, del que hacen hecho Loach, Leigh, Frears, Sheridan y Andrea Arnold,  entre otros, donde encontramos miradas a esos barrios obreros ingleses en los que la realidad se palpa en cada espacio, habitados por personas que se levantan cada día intentando que sus existencias sean mejores, o al menos no vayan a peor. 

La magnífica cinematografía de Narayan Van Maele, a través del 35mm que ayuda a crear ese efecto atemporal que ayuda a no revelar el lugar concreto donde ocurre la trama, y sobre todo, esa cercanía e intimidad que tanto busca la historia, en que las personas/personajes están al lado nuestro, con esa cámara que es uno más, un observador que mira sin molestar, que entra en sus vidas, en sus casas con precisión y detalle. El montaje de John O’Connor construye en sus reposados 86 minutos de metraje, un relato sin prisas y con mucha pausa cada retrato en el retrato de la Navidad, lo que no vemos ante tantas luces y destellos y fluorescentes parpadeantes, la realidad que se oculta de los demás, las tantas vidas que van de aquí para allá. El cineasta irlandés quiere que nos detengamos, y las miremos y no las juzguemos, la cinta no lo hace, sino que las trata con honestidad y humanidad. La cinta es un retrato de cinco personajes en situaciones muy duras y emocionalmente difíciles de digerir, pero la película no cae en el tremendismo ni mucho menos en la sensiblería, sino que opta por desenterrar la esperanza de cada uno de ellos, desde lo sincero y la transparencia.  

Resulta muy acertado estrenar una película como Una Navidad para todos en este período, y no lo digo porque sea contraria a la Navidad, ni mucho menos, eso sí, nos habla de los valores de este período, como se menciona en el maravilloso arranque de la película con los niños y el párroco y la sorprendente llamada telefónica. Unos valores como la esperanza y la tristeza y soledades compartidas, muy alejados de los valores mercantilistas y de consumo estúpido en los que se ha envuelto la Navidad, un período de derroche inútil donde prevalece la apariencia y el materialismo y el individualismo y la desigualdad más imperantes de la débil y torpe condición humana. La película de Wardrop es un toque de atención, es una llamada al orden humano, a dejar de seguir girando en esta rueda vacía de gastos y más gastos y prisas y egos sin sentido, y volver, si alguna vez hemos estado, a esa idea de fraternidad y hermandad, aunque sólo sea por unos días, quizás un tiempo, donde no nos miremos tanto al ombligo ni al éxito, que vaya usted a saber qué diantres es, y seamos más humanos, pero de verdad, un poco más, y que no se nos olvide, que el mundo y la sociedad de la formamos parte seguro que nos lo agradece y sobre todo, nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Por donde pasa el silencio, de Sandra Romero

ENTRE DOS AGUAS. 

“La soledad se descubre a menudo en la necesidad de un abrazo”. 

De la novela “La voz dormida”, de Dulce Chacón 

Esta es la historia de Antonio, un ecijano que encontró en Madrid su porvenir o quizás, su manera de huir del pueblo que lo vio nacer. Como cada Semana Santa, Antonio vuelve a Écija para reencontrarse con los suyos: sus padres, su hermana María y Javier, su hermano mellizo, que padece una discapacidad y necesita su ayuda y por qué no, un abrazo. El revelador título de Por donde pasa el silencio es la ópera prima de Sandra Romero (Écija, Sevilla, 1993), autora también del guion, que hace más largo el cortometraje homónimo de 2020. La película nos cuenta la difícil relación de dos hermanos, pero también, es la historia de los Araque, una familia a medias, casi como todas, donde apenas se explican las cosas importantes, moviéndose entre pequeñas islas que cada uno de ellos ha ido construyendo para aislarse y sobre todo, protegerse de los demás y de todas esas cosas que cuestan tanto hablar. Estamos ante un relato complejo, de donde emergen todas esas aristas que crecen sin cesar en el seno de las familias, a partir de dos hermanos que se quieren y odian a su manera, donde hay reproches, malas palabras y poco cariño, por no decir ninguno. 

Aunque los tres protagonistas sean hermanos reales, y Antonio Araque sea el actor en los cuatro cortometrajes de la directora, la película se mueve en los mismos contornos que se movía ese monumento al cine que es Entre dos aguas (2018), de Isaki Lacuesta, porque partiendo de unos personajes reales, la cinta construye una ficción que juega a contar una verdad que nada tiene que ver con la realidad existente. Una película que se pregunta a sí misma por los límites del documento y la ficción, con la misma premisa que construían las películas los neorrealistas italianos en que la realidad se elaboraba y se origina una ficción que relata una verdad o alguna de ellas. Romero sitúa su mirada en mitad de esta familia, en mitad de los dos hermanos, en su relación, en su deconstrucción, entre dos seres alejados y cercanos, entre esos abrazos que no se dan, entre tantos reproches y huidas constantes. Dos personajes contradictorios llenos de cercanía y de distancia, de un quiero y no puedo constante, de tan parecidos que no se aguantan, de tanto amor que no sé qué siento. Dos almas en perpetua pelea con ellos mismos y contra los demás, en una feroz batalla que quieren finalizar pero no saben cómo hacerlo. Una película que habla de eso que no se habla, pero que está ahí, y que nos mata a diario. 

La directora sevillana ha tenido mucha cura al apartado técnico, que se aleja de lo convencional en consonancia con su propuesta donde prevalece la naturalidad, la cercanía y todas esas emociones que bullen sin ser reconocidas ni mucho menos compartidas, por ese motivo compone un relato ejemplar sobre las complicadas relaciones familiares y lo que nos cuesta hablar de lo que sentimos, y lo hace a partir de una cinematografía muy elaborada y precisa, donde el azar tiene su protagonismo, en un gran trabajo de Angelo Facci, con esa cámara libre y ligera que se mueve entre ellos, junto a ellos y convirtiéndose en un personaje más. El magnífico montaje de Cristóbal Fernández, que huye de lo convencional para adentrarse en esos espacios llenos de matices y pliegues ocultos, con unos 99 minutos de metraje in crescendo en el que la tensión y el silencio se vuelven insoportables. La música de Paloma Peñarrubia, que tiene en su haber películas como Destello bravío (2021), de Ainhoa Rodríguez y Secaderos (2022), de Rocío Mesa, dos muestras que al igual que la película de Romero, son dos miradas a lo rural, a las gentes que lo habitan y a sus trabajos.

Si el dispositivo creado para la película funciona con precisión y libremente, se debe a su magnífico trío protagonista: Antonio, Javier y María Araque, que componen unos personajes de verdad, llenos de contradicciones, torpes en lo emocional, como somos todos, que se mueven entre las oscuridades de sus cotidianidades y del problema de Javier, el hermano discapacitado que necesita ayuda pero le cuesta manejarse con su problema. A Antonio, del que ya hemos citado que es, de momento, el actor fetiche de la directora, que vimos en esa pequeña maravilla que es Notas sobre un verano (2023), de Diego Llorente, y los hermanos debutantes Javier y María. Y las estupendas presencias de Mona Martínez como la madre, creando con muy poco todo lo que arrastra una mujer que sufre por su hijo, y que en su silencio lleva su pena y su dolor, y Tamara Casellas como la pareja de Javier, una actriz muy dotada para reflejar toda esa carga y esa dureza que la vida y las relaciones han hecho en ella. Nicolás Montoya es el padre, un hombre que acepta los embates de un hijo dolido consigo mismo y con todos. Y finalmente, la presencia de Emmanuel Medina que participó en el corto homónimo.

Me encantaría que fuesen a ver una película como Por donde pasa el silencio, de Sandra Romero, porque a parte de todas las cualidades que he intentado expresar en este texto, es una película de corazón, es decir, que habla de personajes de carne y hueso, con vidas y trabajos normales y de mierda, que se levantan cada día a intentar ser mejores personas aunque raras veces lo consiguen, pero eso sí, no cesarán de intentarlo el día siguiente y los próximos. Personajes que cuesta ver en el cine de este país, personas como nosotros, con sus vidas en precario, tanto en lo económico como en lo emocional, con esos deseos de huir de los lugares que los vieron nacer y de ellos mismos, sobre todo, de ellos mismos. Una película que, al igual que la mencionada Entre dos aguas se seguirá hablando pasados los años, y si no recuerden estas palabras, porque lo que cuenta Por donde pasa el silencio, además de ser verdad, está muy bien contado, desde lo más profundo del alma, desde ese lugar donde no hay mentira ni impostura, sino una mirada sencilla y muy honesta. No olviden el nombre de Sandra Romero, a la que deseamos suerte para poder seguir contando las historias que desee y que vuelva a emocionarnos y hacernos reflexionar como su ejemplar debut. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA