Pastoris, de Pablo Moreno

UN LUGAR AL QUE VOLVER.  

“Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz sino haciendo consciente la oscuridad… lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino”

Carl Jung 

En El regreso de Martin Guerre (1982), de Daniel Vigne, un soldado, después de varias guerras, regresa a su pueblo natal donde nadie lo reconoce. Algo parecido le sucede a Domingo, un pastor que, después de la Guerra de la Independencia con los franceses de principios del siglo XIX, vuelve a su casa cansado, perdido y sin reconocerse, y se encuentra con un entorno extraño, donde es un desconocido para su mujer y su hijo. Alguien que ya no pertenece a ese lugar, alguien con heridas interiores, alguien que ni él mismo se reconoce. El terrateniente del lugar, instado por su mujer, le propone un viaje con su rebaño de ovejas desde su pequeño pueblo en el suroeste de Salamanca a través de las antiguas cañadas reales hasta los pastos de invierno de Extremadura. Un viaje difícil, muy peligroso y extraño en el que existen multitud de enemigos como el lobo, los hombres y las circunstancias que marcarán su destino. 

El director Pablo Moreno (Ciudad Rodrigo, Salamanca, 1983) lleva desde hace 18 años en la que ha construido una interesante filmografía con 16 títulos, entre ficción y documental, en las que produce y dirige películas que recogen historias reales desconocidas, a partir de un gran rigor histórico, de carácter humanista y muy inspiradores. Con Pastoris se adentra en un período de reconstrucción después de la guerra, tanto a nivel físico como emocional, con aires de western crepuscular,  acompañando a Domingo, un pastor que está desorientado y sin su lugar, porque él que tenía se ha ido o simplemente, ha sido expulsado. Seguimos la travesía de este pastor a través de una época donde impera una atmósfera de supervivencia, el hombre contra la naturaleza y sobre todo, el hombre contra el hombre, porque somos testigos de la bondad y la maldad humana. Un viaje físico y emocional recorriendo pueblos, lugares solitarios, y gente de toda índole, a través de un paisaje bello y salvaje, de grandes texturas agrestes en el que cada paso es una experiencia desconocida. También está el camino interior del personaje principal, un pastor que ha sido soldado, que arrastra los demonios de los horrores de la guerra, y sigue paso a paso intentando convertirse no ya en la persona que fue, sino en otra persona sin miedo. 

El cineasta salmantino se ha vuelto a rodear de un equipo magnífico y cómplice que le ha acompañado en muchas de sus películas como el cinematógrafo Rubén D. Ortega, con 13 títulos compartidos, en un gran trabajo de cinematografía donde recoge con precisión y detalle cada espacio natural y sigue con audacia y solidez la andadura del pastor en el que vemos al hombre con y contra la naturaleza. La magnífica música de Óscar M. Leanizbarrutia, 9 películas con Moreno que, impregna de tiempo, memoria e historia cada acorde, consiguiendo una composición que recuerda a las de Milladoiro para La mitad del cielo (1986), de Manuel Gutiérrez Aragón, y la de Trevor Jones para El último mohicano (1992), de Michael Mann. El sonido corre a cargo de un grande como Juan Borrell, con más de 128 títulos en su extensa filmografía, otro colaborador del realizador de Salamanca,  donde la pantalla se llena de cada leve ruido sumergiéndonos en toda su extensión. El montaje lo firma María Esparcia, 10 películas junto al director, amén de coproducir también en compañía, construyendo un ritmo reposado y en calma, en que se explica con atención cada gesto, mirada y silencio en sus 108 minutos de metraje. 

Con el reparto sucede lo mismo que con el equipo técnico, porque está lleno de colaboradores de Moreno como Sergio Cardoso que compone un inolvidable protagonista Domingo, que también compone la música de los créditos. Un personaje que cala en lo más hondo, por su conflicto personal, por su pérdida, su soledad, su desgracia, su habilidad y su inmensa capacidad para seguir caminando a pesar de los pesares, y su profunda y sensible armonía con la naturaleza y su entereza para afrontar los peligros de la existencia. A su lado, otro de esos personajes que se clavan en el alma, como el que hace Laura Contreras, una mujer solitaria, valiente e inteligente, nada convencional que se tropezará con el protagonista dejando algo en su interior. Marian Arahuetes es la esposa de Domingo, una mujer que espera y hace lo imposible para mantener la casa y el sustento. Pablo Viña hace de padre del pastor, tan enfermo como terco como desagradable, Joaquín Reyes es el cacique de turno, esos que, pase lo que pase, siempre ganan, y la breve pero arrolladora presencia de Assumpta Serna que protagonizó la interesante Red de libertad, de Moreno. 

No quisiera despedirme sin hacer mención especial a los excelentes trabajos que han salido de los departamentos de arte, vestuario y ambientación, porque no solo nos trasladan al rural, natural y salvaje siglo XIX, sino que construyen una atmósfera absorbente que nos va sumergiendo en las diferentes estaciones, la película se rodó durante un año en lugares reales, acompañadas de sus correspondientes jornadas donde asistimos a una experiencia muy física y también, muy emocional. Si están buscando una película diferente, y muy alejada de lo convencional, no se pierdan una historia como la que nos cuenta Pastoris, filmada en la zona del rebollar, que recupera la parla del Rebollar, una variante del asturleonés, que se encuentra en peligro de desaparición, que aún dota a la película de una veracidad y honestidad muy importantes. Una película como Pastoris, de Pablo Moreno, nos remite a cierto cine español que ya no se practica, donde se recogen historias rurales con un gran rigor histórico que ayudan a conocer cómo vivíamos, que hacíamos y sobre todo, observan con atención, profundidad y sensibilidad nuestra identidad como pueblo eminentemente rural, en contacto con la naturaleza, los animales y sus peligros como los que hicieron Ana Mariscal, el citado Manuel Gutiérrez Aragón, Mario Camus, Víctor Erice, Montxo Armendaríz… JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ana Serret Ituarte, Isabelle Stoffel y Violeta Rodríguez

Entrevista a Ana Serret Ituarte, Isabelle Stoffel y Violeta Rodríguez, directora y actrices de la película «Apuntes para una ficción consentida», en el marco del D’A Film Festival, en su habitación del Hotel Catalonia Ramblas en Barcelona, el lunes 23 de marzo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Serret Ituarte, Isabelle Stoffel y Violeta Rodríguez, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Henar Ortega de Contarlo Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Here, de Robert Zemeckis

UN LUGAR, UNA LARGA HISTORIA. 

“El presente no existe, es un punto entre la ilusión y la añoranza”. 

Llorenç Vilallonga

La carrera de Robert Zemeckis (Chicago, EE.UU., 1952), desde que debutó con I Wanna Hold Your Hand (1978), que recogía la aventura de unos jóvenes que querían ver un concierto de The Beatles, ha pasado por muchos trabajos tan diferentes como las comedias auspiciadas por Spielberg, entre las que se encuentra la novedosa ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988), la exitosa trilogía de Regreso al futuro (1985, 89, 90), su confirmación en Forrest Gump (1994), que le valió el preciado Óscar, películas de corte comercial como Contact (1997), Lo que la verdad esconde y Náufrago (1998), films de animación como Polar Express (2004), Beowulf (2007) y Cuento de Navidad (2009), y más films convencionales como El vuelo (2021), Aliados (2016), y Bienvenidos a Marwen (2018), entre otras, hasta llegar a la cifra de 22 largometrajes y un buen puñado de capítulos para series. Un cineasta que ha sabido generar una filmografía muy variada en la difícil y competitiva industria hollywoodense mezclando títulos más o menos interesantes siempre con vocación taquillera.  

Con Here, que resume adecuadamente su línea como cineasta, hacer una película con hechuras y bien contada que convoque al público. a partir de la novela gráfica homónima de Richard Mcguire, que ya tenía el dispositivo del único lugar mirado desde un único punto de vista fija e inalterable que repasa la historia de un lugar y de paso todos sus habitantes haciendo hincapié en el siglo XX y en particular a una familia: la que forman Al y Rose y la posterior de uno de sus hijos, Richard y su historia de amor con Margaret. Un tableau vivant que nos remite a los orígenes del cinematógrafo y a las películas de Roy Andersson y La crónica francesa, de Wes Anderson donde a modo de teatralización la secuencia ocurre ante nosotros y el movimiento en el interior del espacio resulta fundamental para contarnos todo lo que vemos y lo que no. Zemeckis plantea una película que es, ante todo, una revisión de la historia estadounidense, su antes, cuando no existía y su después, pasando por los momentos históricos, siempre de forma cotidiana y anónima de tantos personajes protagonistas de ella. Aunque pueda parecer un dispositivo poco atrayente, en mi caso, no me lo ha parecido en absoluto, porque el interesante manejo del montaje que firma Jesse Goldsmith (3 películas con Zemeckis, las tres últimas), es decir, la correlación de las diferentes escenas consiguen una cinta donde acabamos viendo un caleidoscopio de tantos que nos precedieron y el implacable paso del tiempo y de las personas y los momentos que van desapareciendo con él. 

El magnífico trabajo de cinematografía de Don Burgess (10 películas con Zemeckis desde la citada Forrest Gump), de arte y de efectos digitales, consiguen atraparnos desde el primer minuto, viendo las diferentes escenas que se van sucediendo sin descanso delante de nuestra mirada en sus 104 minutos de una película coescrita por el gran Eric Roth (con más de medio siglo de carrera al lado de grandes cineastas como Mulligan, Mann, Spielberg, Fincher, Scorsese y Villeneuve, entre otros) y el propio Zemeckis, en la que la historia de amor entre los mencionados Richard y Margaret se convierte en el epicentro del relato. Una historia de verdad, con sus altibajos, sus alegrías y tristezas, sus ilusiones y desesperanzas, con todo lo que tienen y lo que perdieron, donde la vida va y nosotros parece que estamos presentes y ausentes a la vez. La tranquila y conmovedora música de Alan Silvestri (20 películas junto a Zemeckis y más de 135 en su extensísima filmografía), ayuda a participar como uno más en la historia de este lugar, que no resulta un sitio protagonista de la historia en mayúsculas, sino un lugar como otro cualquiera, donde habitaron y habitan personas como nosotros, con sus cosas y sus miserias. 

Una película de este calibre necesitaba un reparto de altura o al menos, un reparto bien conocido y amigo para el cineasta de Illinois como son Tom Hanks y Robin Wright, la inolvidable pareja que formaron Forrest y Jenny en la exitosa película, donde también curiosamente repasan la más de cuatro décadas de la historia estadounidense desde los años posteriores de la Segunda Guerra Mundial, pasando por los convulsos sesenta con el Vietnam y los problemas raciales y demás, hasta llegar a los ochenta con el SIDA. Vemos a los dos intérpretes rejuvenecidos y envejecidos gracias a los extraordinarios efectos digitales, y componiendo unos personajes atrapados por la vida acomodada y monótona donde sus sueños siempre se van a dormir antes de tiempo, siendo testigos de su historia, de su amor, de sus años de convivencia y de ese lugar, que como se decía en Campanadas de medianoche, de Welles, “¡Cuantas cosas hemos visto!”, y tantas cosas que no veremos… Les acompañan unos estupendos Paul Bettany y Kelly Reilly como los padres del mencionado Richard, entre otros, que consiguen transmitir la felicidad de los años de juventud, la insatisfacción de la edad adulta y la decadencia de la vejez.

Me ha gustado Here, de Robert Zemeckis, porque tiene muchos aciertos como el citado dispositivo, porque consigue reunir la vida, la muerte y todo lo demás, en un sólo escenario, construyendo un espacio que emula la vida como acto de ficción, como mentira a la que nos agarramos para encontrar alguna verdad, si es que esta existe, y lo hace sin esa sensiblería ni embellecimiento de nada ni nada, mirando la vida en su profundidad, con sus cosas buenas y no tan buenas, y la grandísima ayuda de una cámara fija e inamovible que actúa como privilegiada testigo, sin juzgar ni endulzar ningún hecho ni nada que se le parezca, y es, en ese sentido, donde la película se eleva enormemente, porque vemos a unos personajes, sobre todo, el personaje de Richard, un hombre que define esa maldita idea del “American Dream”, que tanto daño ha hecho a tanta gente, porque la sociedad mercantilista y todo lo que experimentamos en ella, siempre estará sujeta a lo que se espera de nosotros ante los ojos de los demás, y no por el contrario, a lo que queremos hacer de verdad, a aquello que nos bulle el alma. El conflicto eterno de la condición humana. Entre quiénes somos y el valor de ejercer esa identidad que es sólo nuestra y de nadie más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dios sabe, de Silvia Rey

CF8FYUkUEAEV2wTLA MEMORIA DE UN LUGAR

“Lo nuevo se cae y lo viejo se mantiene”

“Fueron dos terremotos. A las 5:05 y a las 6:47 de la tarde del 11 de mayo. El epicentro se situó 6 km del sudoeste de Lorca, en la Sierra de Tercia. Desde allí, recorrieron este camino en unos segundos hasta romper en el centro histórico de la ciudad con una potencia igual a la de 200 toneladas de TNT”. Mientras recorremos, en plano secuencia, el itinerario que siguió el seísmo, escuchamos la voz de la directora Silvia Rey que nos introduce en su película dándonos la bienvenida, a modo de prólogo, situándonos de esta forma tan descriptiva y sencilla del antes, de lo que ocurrió ese 11 de mayo en la localidad murciana de Lorca.

La debutante Silvia Rey (Lorca, 1977) licenciada en Comunicación Audiovisual, pero curtida en el máster de documental de la UPF (curso que se ha revelado como uno de los más prestigiosos del país en cantera de futuros cineastas de lo real), sigue un recorrido vital breve y conciso (64 minutos de metraje) volviendo a sus orígenes, al lugar que la vio nacer, a ese espacio familiar que ahora se ha convertido en escenario de conocimiento y observación. Su película se abre y se cierra con unas máquinas devorando el paisaje urbano, en plena demolición de dos edificios, en una metáfora sutil y elegante de lo efímero de las cosas y todo lo material que nos rodea, como más adelante recordará el párroco en una misa que tiene lugar en un local a oscuras, ya que la iglesia también ha sufrido la catástrofe quedando reducida a la ruina. Rey no se detiene en las consecuencias del siniestro, va más allá, huye de la noticia para centrarse en el sentimiento humano, en las personas que han sufrido los daños materiales, porque afortunadamente, el terremoto no provocó pérdidas personales. Unas gentes que son retratados por la cámara de Rey en primera persona, la directora les cede la palabra, y los sitúa en el centro del cuadro, siempre mirando en off, el fuera de campo lo reserva para los edificios e inmuebles dañados, sólo lo rompe en algunos planos, cuando penetra en una iglesia derruida, y en las habitaciones contiguas, donde guardan las imágenes santorales a buen recaudo, y finalmente, en el domicilio familiar. Escuchamos a los lorquinos explicarnos como vivieron lo ocurrido, dialogando entre ellos, ninguno de ellos mira a cámara, Rey huye del reportaje periodístico al uso, no le interesa lo que sucedió, sino a quiénes sucedió y las consecuencias que están sufriendo, provocando así la cercanía con el espectador, en una suerte de demiurgo que provoca el encuentro entre los lorquinos y los espectadores.

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Rey también cede tiempo y espacio a los obreros, algunos lorquinos y otros inmigrantes, que trabajan en la reconstrucción de la ciudad. Trabajadores que se cuentan entre ellos, todos los desastres naturales que ha sufrido la región, así como los orígenes ancestrales que se remontan a la prehistoria de la región que pisan. Un planteamiento interesante y fluido para conocer más el lugar y la memoria que lo envuelve. Un discurso parecido como el gestionado por Abbas Kiarostami en su película Y la vida continúa, donde en medio de la destrucción ocasionada por los terremotos en la región de Guillán, hacía un viaje con el propósito de localizar a los jóvenes protagonistas de su anterior film. Si bien la sombra del genial cineasta iraní es reconocible, hay otras, quizás por afinidad y formación creativa, la película de Rey podría mirarse como un cruce entre En construcción, de José Luis Guerín y El cielo gira, de Mercedes Alvárez, dos excelentes muestras de cómo acercarse a los orígenes de los lugares a través del paisaje del presente y las relaciones que se establece entre sus habitantes y el espacio que los rodea. La cineasta murciana ha parido una obra reflexiva y muy del tiempo que nos envuelve y asfixia, una película que nos da ese espacio y tiempo para mirar, que nos envuelve en un escenario pausado en el que las personas y las cosas de nuestro alrededor nos acercan no sólo a lo que estamos siendo testigos, sino a valorar nuestro entorno y sobre todo, a nosotros mismos.

<p><a href=»https://vimeo.com/51214336″>Fragmento largometraje Dios Sabe</a> from <a href=»https://vimeo.com/user7744502″>Silvia Rey Canudo</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

– Aquí va la película integra para todo aquel que quiera acercarse a ella:

<p><a href=»https://vimeo.com/73327074″>Dios Sabe sub ingles</a> from <a href=»https://vimeo.com/user7744502″>Silvia Rey Canudo</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>