Entrevista a Beryl Magoko

Entrevista a Beryl Magoko, directora de la película «Womanhood». El encuentro tuvo lugar el miércoles 4 de septiembre de 2019 en el hall del Hotel Evenia Rosselló en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Beryl Magoko, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, a Mercè Amat, por su fantástica labor como traductora, y a Ot Burgaya y Salima Jirari de El Documental del Mes, por su tiempo, generosidad, paciencia y cariño.

Womanhood, de Beryl Magoko

RECUPERAR LA DIGNIDAD.

“La dignidad de la naturaleza humana requiere que enfrentemos las tormentas de la vida”.

Mahatma Gandhi

Beryl Magoko sufrió a los 10 años la MGF (Mutilación Genital Femenina) en el poblado donde vivía en Kenya. Desde entonces, su vida sexual ha sufrido las consecuencias, así como muchos problemas de salud que arrastra desde aquel fatídico día en que le practicaron la ablación. Ahora, muchos años después, convertida en una cineasta afincada en Alemania, coge su cámara y emprende un viaje-búsqueda para encontrarse con otras mujeres africanas que sufrieron en su infancia la ablación para compartir experiencia, dolor y silencio, y también, para recuperar la dignidad perdida, una dignidad que se convierte en el foco de atención de la película, ya desde su título “Womanhood”, feminidad, donde Magoko emprende su propio viaje personal catártico y a tumba abierta para enfrentarse a su dolor, a su pasado y a su presente, ya que se plantea una operación de reconstrucción en la que volverá a recuperar su dignidad como mujer y su vida. Segundo trabajo de la directora en la que explora la ablación, práctica ancestral que han sufrido más de 200 millones de mujeres y niñas en 30 países del África subsahariana, Oriente Medio y Asia, como hizo en The Cut (2012) que recibió varios elogios internacionales.

Magoko nos sumerge en un viaje emocional y muy profundo, en el que se desnuda en todos los sentidos y niveles, abriéndonos su alma e investigando desde todos los puntos de vista posibles todo lo que visible e invisible de la MGF, escuchando a otras víctimas de la práctica, y explorando nuevos caminos de restitución, en un retrato femenino de gran profundidad, mostrándonos un espejo deformador donde las cosas adquieren un significado poético y sincero donde no caben medias tintas ni ningún tipo de sentimentalismo para convencer al espectador, todo se cuenta desde su crudeza, sus terribles consecuencias, desde lo más profundo del alma, sin cortapisas ni filtros, con toda la verdad y honestidad que desprenden las diferentes mujeres y la propia directora que comparten con nosotros su experiencia, su dolor y su vida, mostrándonos una realidad silenciosa y horrible que padecen tantas mujeres.

La directora kenyana habla de ella misma, de su tierra, de sus orígenes, de sus tradiciones, y lo hace desde una sinceridad apabullante, mirándonos de frente, siendo fiel a sus emociones, a todo lo pasado y todo lo que le pasa, describiendo con minuciosidad todas las emociones contradictorias que experimenta durante la película, como ese instante impagable donde el encuentro con su madre en Kenya en la que las dos mujeres hablan a tumba abierta sobre lo ocurrido, donde existía la presión religiosa, cuando es una práctica de iniciación que nació antes de la llegada de la religión, y la presión social, un diálogo entre madre e hija que resume toda la intención de la película, donde tradición y modernidad se mezclan, se funden y dialogan frente a frente, explicándose las ataduras tanto de una y otra en una sociedad tradicionalista, patriarcal y anclada en viejas y sangrientas tradiciones.

Magoko no juzga a nadie, y mucho menos a su madre, explica de manera detallada y visual un relato verbal de recuperar un pasado atroz, enfrentándose a ese dolor, a esa angustia, a esa culpa que acarrean tantas mujeres, cara a cara con aquello que ha condicionado completamente su feminidad, su sexualidad y su identidad, sin huir del dolor, sin intermediaciones, guerreando con lo que duele, con lo que no deja vivir, con esa condena. El documento se emparenta a otras exploraciones materno filiales como Stories We Tell (2012) de Sarah Polley o Amazona de Clare Weiskopf, en la que hijas inquietas, curiosas y llenas de enigmas acuden al reencuentro con las madres en busca de respuestas, de aclaraciones, de reconstruir un pasado oscuro, callado y lleno de enigmas. Womanhood se erige como un documento imprescindible, necesario, valiente y conmovedor sobre la dignidad de la mujer y las herramientas para reconstruir su vida y aquello que le arrebataron siendo niña, convirtiéndose en un retrato íntimo y profundo lleno de aristas, de búsqueda personal, de (des) encuentros que devolverán la vida y la dignidad a una mujer apaleada y violada cuando era niña, en una película catártica que ayuda a dejar de arrastrar el fatídico yunque y empezar a respirar y recuperar lo arrebatado, tanto su feminidad, su vida y su sexualidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Luis Tosar

Entrevista a Luis Tosar, actor en la película «Quién a hierro mata», de Paco Plaza. El encuentro tuvo lugar el lunes 26 de agosto de 2019 en la terraza del Bar Sideral en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Luis Tosar, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Entrevista a Paco Plaza

Entrevista a Paco Plaza, director de la película «Quién a hierro mata». El encuentro tuvo lugar el lunes 26 de agosto de 2019 en la terraza del Bar Sideral en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paco Plaza, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

El hotel a orillas del río, de Hong Sangsoo

MIENTRAS CAE LA NIEVE.

La inmensa capacidad creativa de Hong Sangsoo (Seúl, Corea del Sur, 1960) con más de la veintena de títulos en 22 años desde que dirigiese en 1996 su debut con El día que un cerdo cayó a la nieve, ya no asombra a nadie, convertida en una de sus señas de identidad como cineasta, emulando a otros colegas como Fassbinder, Woody Allen o Jess Franco, autores que han hecho de su inagotable producción una de las formas más definibles de su universo cinematográfico. Sangsoo se centra en conflictos emocionales, donde los relatos sentimentales serían uno de sus centros de observación, situados en la periferia de las ciudades o en pequeñas poblaciones, donde sus personajes, gentes dedicadas al cine o al arte, a partir de conversaciones cotidianas y triviales, esparcen sus rupturas emocionales y sus incapacidades para encontrar el amor y sobre todo, para mantenerlo. A través de una forma sencilla y ligera, en el que se cuela lo poético de modo suave y sin estridencias, donde los encuadres obedecen siempre al movimiento y al gesto de los personajes, incluso utilizando el zoom como recurso narrativo, en la que el autor surcoreano indaga en los males modernos de una sociedad cada vez más aislada, perdida y enferma.

En El hotel a las orillas del río, Sangsoo nos convoca en una pequeña ciudad, que apenas veremos, en el interior de un hotel cerca de un río, en mitad del invierno, donde somos testigos del frío que padecen sus personajes, implacable metáfora de los estados emocionales en los que se encuentran. Por un lado, tenemos a un viejo poeta que convoca a sus dos hijos, a los que hace tiempo que no ve,  para despedirse de ellos, ya que sueña con su muerte cercana. Por el otro, tenemos a una joven que pasa su luto junto a su amiga del alma, después de que su chico la abandonará. Dos relatos independientes, que llegarán a cruzarse en algún momento del metraje, componen un relato intimista, sincero y veraz sobre las formas de decir adiós cuando uno sabe que su tiempo ha llegado a su fin, y otra, que también necesita decir adiós y cerrar esa etapa de su vida, ese amor que no fue, para seguir adelante con su vida. Sangsoo mira su película de adentro hacia afuera, a través del interior del hotel, un espacio aislado en el que apenas se divisan los cinco personajes en liza y la recepcionista, personaje que hila los dos relatos y pone esos instantes cómicos en los que asalta a sus huéspedes para solicitarles un autógrafo.

Todo sucede en el salón y las habitaciones del hotel, exceptuando tres momentos de un paseo en la nieve, el trayecto hacia el restaurant y la comida en el restaurant. El cineasta surcoreano evidencia una pureza de estilo que encaja a la perfección con el tipo de historias que cuenta, con ese luminoso y triste blanco y negro, en que la luz natural se cuela invadiendo los espacios de la película, que acompaña aún más si cabe la situación emocional de los dos personajes protagonistas, almas en la nieve, a la deriva, situados en mitad de la nada, en un lugar que hiela el alma, los sentimientos y los sentidos, un espacio no lugar, blanco, sin tiempo ni ubicación, vacío y aislado, como si todo el mundo fuese acorde con lo que ellos sienten, esos sentimientos confusos, de pérdida, de dolor, de final del camino, de no hay nada más, de empezar de nuevo o acabar de una vez. La película se interroga constantemente lanzando ideas e hipótesis, interpelando directamente a los espectadores porque bajo ese manto blando y esas conversaciones sin más, existe un poco oscuro y sin fondo de bandazos emocionales donde los personajes se desplazan sin rumbo, sin voluntad, atados a sus emociones rotas, resquebrajadas y vacías.

Un plantel de intérpretes en estado de gracia donde destacan las presencias de Kim Minhee, musa del director, que vuelve a componer ese personaje ajado, roto  y fantasmal que se mueve por inercia, y cuando lo hace, porque la mayoría del tiempo está tumbado, dormido y sin fuerzas, roto en todos los sentidos, intentando avanzar y a cada paso que da parece dar dos para atrás, y Ki Joobong, ese poeta cansado y triste, que ya no escribe, que anda por un hotel vacío y perdido en el tiempo, invitado por un desconocido, alguien casual en un lugar en el que nada tiene que hacer, quizás sí, quizás tiene que despedirse de los suyos por eso los convoca, o quizás, siente que su vida ya alcanzado su tiempo, y ya nada más tiene que decir ni hacer. Sangsoo vuelve a alimentar nuestra alma con su cine sencillo y honesto, con su capacidad asombrosa e inagotable para seguir sumergiéndose en la psique humana y todas sus contradicciones y demás, a través de aquello más cotidiano y superficial, como compartir una comida, mientras sus personajes conversan de grafología, del tiempo pasado, de la amistad como pilar fundamental en las relaciones humanas, y sobre todo, la incapacidad emocional, como mencionaba Ingmar Bergman en su cine, mal de todos los tiempos, donde los seres humanos no somos capaces de encontrar aquello que nos hace estar bien, y cuando lo encontramos, somos incapaces de valorarlo, de expresarlo a los demás y compartir lo que sentimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Quién a hierro mata, de Paco Plaza

VENGAR LAS HERIDAS.         

Los primeros minutos de la película evidencian tanto una forma como un fondo de exquisita sobriedad en la que sobresale una imagen estilizada, de planos cortos y elegantes, y de una autenticidad sobrecogedora, en la que la dosificación de la información marcará la película en cada detalle, objeto y mirada de sus personajes y los hechos que nos contarán. El séptimo trabajo de Paco Plaza (Valencia, 1973) se desvía algo de su rumbo trazado porque deja el terror puro y clásico que había formado su carrera con títulos tan renombrados como El segundo nombre, con el que debutó en el 2002, la tetralogía de REC, en la que codirigió con Balagueró algunos títulos, y otros en solitario, y la más reciente Verónica, de hace un par de años, donde ahondaba en el terror de posesiones en el interior de una familia de barrio. Ahora, con A quién hierro mata, basándose en una historia de Juan Galiñanes (editor de Dhogs, ente otras) en un guión escrito por el propio Galiñanes y un tótem como Jorge Guerricaechevarría en un relato muy noir ambientada en la costa gallega, donde conoceremos a Mario, un tipo ejemplar, humilde y excelente profesional como enfermero, que espera junto a Julia, su mujer, su primer hijo. Todo parece andar como de costumbre, cuando Antonio Padín, un famoso narco aquejado de una enfermedad degenerativa ingresa en la residencia donde trabaja Mario.

A partir de ese instante, todo cambiará, y la vida de Mario virará en 180 grados, donde el antiguo capo se convertirá en la diana de sus heridas del pasado. Entre tanto, Toño y Kike, los hijos del narco urden un plan de narcotráfico en el que necesitan la ayuda del padre residente que los rehúye. Plaza toma prestado el paisaje nublado e hierático de las Rias Baixas para situarnos en lo más profundo de una venganza, urdida desde lo invisible por alguien cotidiano, alguien que creía haber resuelto su pasado, alguien que creía vivir en paz, pero con la entrada en su vida del narco, todo su empeño se dirige a vengar su pasado, desde su profesión, desde la oscuridad, sin que nadie se percate, de alguien que se debate entre lo correcto y sus deseos internos y enfermizos de llevar a cabo su plan, una ambigüedad en la que se posa la película y convierte al personaje de Mario en un ser atrayente por su vida, personalidad y trabajo, pero a la vez, alguien que es capaz de algo horrible, la misma ambigüedad en la que se interna el relato en la que la vida y la muerte siempre rondan a los personajes, unos individuos en que constantemente se debaten entre esos dos estados, entre esas dos decisiones, entre el bien y el mal, y en bastantes ocasiones, confunden los dos términos y convierten sus vidas en una lucha interna y constante entre aquello que está bien y aquello otro que desean hacer, donde su moral siempre está en juego y dividida.

El director valenciano se acompaña de este viaje noir a lo más oscuro y profundo del alma humana con algunos de sus cómplices habituales como Pablo Rosso en la cinematografía, Pablo Gallart en el montaje, Gabriel Gutiérrez en el sonido y una colaboradora inédita como Maika Makovski en la música, con esos toques de percusión suave y golpeada, muy tono de duelo, de lucha fratricida muy del western, muy de esa espera tensa y agobiante que se vivía en Sólo ante el peligro o El último tren de Gun Hill, en un thriller tensísimo, sobrio y reflexivo a través de esa complejidad emocional muy de los personajes de Lumet en Serpico o Tarde de perros, o las huellas del hombre traicionado de A quemarropa, de Boorman, o el hombre tranquilo que usa la violencia para defenderse en Perros de paja, de Peckinpah. Plaza ha construido un durísimo y descarnado relato oscuro y lleno de fantasmas que a base de golpes secos y abruptos va llevando a sus personajes a esas zonas que ya no tienen vuelta atrás, lugares a los que es mejor no entrar, quedarse en la puerta.

Otro de los grandes logros de la película es su plantel extraordinario de intérpretes entre los que destaca la inagotable capacidad camaleónica de un grandísimo Luis Tosar, en uno de sus personajes más complejos y difíciles, consiguiendo atraparnos a través de esas miradas y gestos estudiados y detallados, como esa brutal mirada cuando mira por primera vez a Padín en la residencia, bien acompañado por el desaparecido Xan Cejudo (a quién está dedicada la película) mentor de Tosar, que realiza una soberbia interpretación del narco Padín, ese patriarca severo, insensible y bestial, sus dos hijos interpretados por Ismael Martínez como Toño, ese heredero que no está a la altura, y el hermano pequeño Kike, que hace Enric Auquer, puro nervio, inmaduro y salvaje, los dos hijos que nunca desearía un narco como Padín. Y María Vázquez, que después de Trote, vuelve a demostrar que menos es más cuando se interpreta. Los 108 minutos de la película nos envuelven en una montaña rusa emocional de consecuencias imprevisibles para todos sus personajes, en una tragedia familiar, donde padres, hermanos e hijos se envuelven en un halo de destrucción y venganza sin fin, donde alguien sin más, un hombre bueno se mete en la boca del lobo aunque sepa que quizás nunca debería haber entrado en un universo donde nadie sale indemne. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marlén Viñayo

Entrevista a Marlén Viñayo, directora de “Cachada”, en el marco del DocsBarcelona. El encuentro tuvo lugar el miércoles 22 de mayo de 2019 en el hall del Teatre CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marlén Viñayo, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y al equipo de prensa de DocsBarcelona, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Una íntima convicción, de Antoine Raimbault

LA OBSESIÓN POR LA VERDAD.

“Conocemos la verdad no solo por la razón, sino por el corazón”.

Blaise Pascal

«La justicia es un error milenario que quiere que atribuyamos a una administración el nombre de una virtud”

Tolosano Alain Furbury

En la película El juez, el magistrado interpretado por Fabrice Luchini, arrancaba el juicio con la siguiente aseveración: “Nos encontramos aquí no para conocer la verdad de los hechos, sino para aplicar la ley a través de las siguientes pruebas presentadas”. Semejante afirmación constituye en el fondo una tarea harto complicado para aquellos profesionales de la “justicia”, hombres y mujeres que se visten con toga y dirimen entre aquellos que defienden y acusan al acusado o acusado, trabajando para encontrar aquellas posiciones que lo declaren inocente o culpable de los hechos por el que es juzgado o juzgada. La llamada “justicia” siempre se mueve entre conjeturas, hipótesis y en sus verdades que convenzan al juez o jueza de turno o al jurado popular, en la que la maestría de unos y otros decantará la balanza para un lado u el otro.

El director francés Antoine Raimbault que tiene experiencia como montador y coguionista con Karim Dridi, con él que firma el guión de la película, conoció al letrado Eric Dupond-Moretti y se interesó por el caso de Jacques Viguier, amén de estudiar los juicios a través de su creciente interés en los tribunales de su país. Raimbault ha hecho una película basado en hechos reales, ciñéndose a los hechos acaecidos sobre el famoso caso, en el que un hombre es acusado del asesinato de su mujer desaparecida, absuelto una primera vez, el relato cinematográfico se centra en el segundo juicio que se celebró nuevamente después del recurso presentado. Pero, el cineasta francés opta por un punto de vista ficticio inventándose el personaje de Nora, el único rol de ficción de la película. Nora, cocinera de profesión y madre de un hijo, y amiga íntima de la hija del acusado emprende su propia cruzada personal trabajando en la contra-investigación contratando a un abogado defensor Dupond y proveyéndole de datos y hechos que ayuden en la defensa de Viguier, como las interminables escuchas de los implicados en el caso, haciendo hincapié en el amante de la mujer.

Raimbault debuta en la gran pantalla a lo grande, con un thriller judicial de primera categoría, una de esas historias inteligentes, magníficas y llenas de complejidad, recovecos argumentales y personajes llenos de intuición, humanos y difíciles, siguiendo a Nora, una mujer en busca de la verdad, en busca de un imposible, abducida por una obsesión que la lleva a desafiar sus propias creencias y su propia vida, poniendo en peligro todo aquello que forma parte de su vida. En frente, el letrado Dupond, un hombre justo y honorable, con una amplísima experiencia en los tribunales, batallando a brazo partido por devolver su vida a sus defendidos, como clamará el acusado Jacques Viguier, después de más de diez años con el caso. La cinta no se dirige a un solo camino, se mueve en muchas y variadas direcciones, donde en su primera mitad se mueve entre la pausa y la racionalidad, para más tarde, el reposo y la pausa del inicio dejan paso al ritmo trepidante y fragmentado del exquisito montaje obra de Jean-Baptiste Beaudoin.

La película se mueve entre aquello que sentimos, donde la verdad se convierte en algo secundario, donde las fuerzas del juicio van a la par, donde ya no se trabaja para conocer la verdad sino simplemente en salvar al acusado de un homicidio en primer grado, en que la historia de la heroína en pos de la verdad y la justicia deja paso a alguien que conoce las limitaciones propias del sistema judicial y también, de ella misma, de alguien que cambia de estrategia y trabaja en igualdad de fuerzas para conseguir sus objetivos. Raimbault nos habla del poder de la convicción sobre la razón, de ese proceso que vive Nora, una mujer como cualquiera de nosotros que emprende una búsqueda invisible y desconocida hacia algún objeto o hecho al que agarrarse para fortalecer la inocencia en la que cree, como sus enemigos, aquellos que acusan, que también se mueven en hipótesis y conjeturas para acusar, valiéndose del informe oficial policial que acusa sin pruebas constituyentes. Con una excelente y maravillosa pareja protagonista con la imponente interpretación de Marina Foïs bien acompañado del siempre convincente Olivier Gourmet.

El realizador francés cuestiona el sistema judicial desde dentro, desde lo más profundo de sus entrañas, mostrándonos toda la falta de veracidad y justicia que impera en los casos, donde ambas partes trabajan para acusar o defender sin pruebas reales, siguiendo unos el modelo oficial, en este caso dar fuerza y solidez al informe policial, aunque éste lleno de agujeros, y los otros, aquellos que defienden la inocencia, basándose en certezas inventadas o ficticios en las que apoyar su defensa y convencer al tribunal y al jurado de la inocencia de su defendido. Una íntima convicción nos devuelve el aroma de los grandes dramas judiciales que tan buenos títulos ha dado el cine estadounidense como el acusado humanista que se defendía de los nazis en Esta tierra es mía, o el recto juez que era manipulado en Testigo de cargo, o el audaz letrado defensor en Anatomía de un asesinato, o el inteligente abogado antirracista en Matar a un ruiseñor, o el decadente abogado que quemaba su última bala en pos de la inocencia en Veredicto final, o por afinidad argumental sobre el acusado el thriller judicial de El misterio Von Bülow. Títulos encomiables y magníficos a los que se le añade desde ya la película de Raimbault, por su identidad, por su poderosa trama, por unos personajes inolvidables y tenaces, humanos por su coraje y debilidades, y por un relato que nos convierte en testigos, defensores, acusadores y jueces del devenir de Jacques Viguier. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Infierno bajo el agua, de Alexandre Aja

PESADILLA ACUÁTICA.

Haley es una joven nadadora que no logra batir a su compañera de equipo, por mucho que se esfuerce, que nade con todas sus ganas, le resulta imposible imponerse y ser la primera nadadora del equipo. Su padre Dave, su entrenador desde que era una niña, le hizo quién es, pero quizás no la hizo lo suficientemente confiada para conseguir sus objetivos. Un conflicto que todavía mantienen padre e hija y que les ha llevado a una relación compleja desde que sus padres se separaron. Después de un entrenamiento, Haley intenta localizar a su padre que lleva tiempo sin saber nada de él. La joven, desoyendo las indicaciones de las autoridades que han evacuado la zona pantanosa de Florida, ya que se avecina un huracán 5 de consecuencias devastadoras, acude a la casa de su padre, anclada junto al río de caimanes. El director Alexandre Aja (París, Francia, 1978) sitúa sus relatos en el ámbito del terror, un terror de atmósfera, donde sus personajes se enfrentan a una amenaza en forma de maníaco o desconocida, en zonas alejadas de todo, como demostró en Alta tensión (2003) producido en Francia que lo lanzó al cine estadounidense con un cuento de terror donde Marie, una joven se enfrentaba a un psicópata en mitad de unos campos de maíz, parecida estructura a la odisea de Haley y su padre Dave.

En EE.UU. la carrera de Aja se ha debatido entre remakes como Las colinas tienen ojos, el clásico de Wes Craven del 77, Reflejos o Piraña 3D, aprovechando la nueva tecnología para revitalizar el género de Tiburón, donde humanos luchan contra una bestia desatada, tema que recupera en Infierno bajo el agua. Aja se poya en la producción de Sam Raimi, uno de los cineastas iconos  del terror con su clásica trilogía que arrancó con Posesión infiernal o Darkman, y desde años metido en labores de producción, y el guión de los hermanos Michael y Shawn Rasmussen (directores entre otras de sendas historias de terror como Dark Feed y The inhabitants) para contarnos un relato lleno de angustia, tensión y pesadillesca, que cuenta la relación tempestuosa entre una hija y un padre, y esa familia rota, como ese instante con la hermana que define en pocos minutos la relación entre todos y ese pasado oscuro que los ha llevado hasta ese momento. Además de esa relación familiar, la película nos cuenta un fenómeno físico como el huracán catastrófico que provocará que la casa de Dave se convierta en una piscina natural a la que entran voraces caimanes dispuestos a engullir carne fresca.

El relato tiene un ritmo trepidante, no cesan de ocurrir cosas, y los momentos de calma preceden a situaciones cada vez más agobiantes y angustiosas, donde la crecida del agua y el aislamientos que sufren Haley y su padre, sin más ayuda que sus fuerzas y su inteligencia para vencer a una amenaza demoníaca, fuerte e incansable. El hogar, espacio de confort y de paz, se convierte en la película en todo lo contrario, en una isla catastrófica donde cada rincón puede convertirse en un respiro o no donde los caimanes se van multiplicando y las esperanzas de salvación van aminorando. El octavo trabajo de Aja es fiel a su cuaderno de estilo, donde volvemos a encontrarnos la lucha encarnizada entre el humano amenazado por esa criatura venida del más allá, por culpa de la catástrofe ambiental, que usurpan el espacio de la tranquilidad familiar y lo que venía a ser una visita entre una hija preocupada y su padre herido, se convertirá en una pesadilla de consecuencias terribles en que las diferencias deberán dejarse de lado para combatir mano a mano contra esa amenaza implacable que no descansará hasta saciarse.

Eso sí, la película se reserva esos instantes para fans del género donde se desvían de la trama para remarcar esos momentos marca de la casa de las historias de terror donde aumenta la espectacularidad y también, la convencionalidad. No obstante, Infierno bajo el agua (que tiene ese peculiar título original Crawl, que se traduciría como “gatear”) resulta un vehículo acertado y bien contado, con una pareja protagonista que defiende con gracia y tensión sus personajes, con Kaya Scodelario como Haley, esa desdichada heroína a su pesar en la que deberá poner, muy a su pesar, sus dotes no solo como superviviente, sino como hija y nadadora consumada, aguantando bien la tensión y el nerviosismo y luchando a brazo partido por su vida, al igual que Barry Pepper que interpreta a Dave, su padre, un hombre quebrado que no ha superado un matrimonio roto, y se compenetra con su hija para luchar contra esas bestias inesperadas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jonás Trueba e Itsaso Arana

Entrevista a Jonás Trueba y Itsaso Arana, director y actriz de la película «La virgen de agosto», en el Soho House en Barcelona, el miércoles 3 de julio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonás Trueba e Itsaso Arana, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.