Entrevista a Ana Serret Ituarte, Isabelle Stoffel y Violeta Rodríguez

Entrevista a Ana Serret Ituarte, Isabelle Stoffel y Violeta Rodríguez, directora y actrices de la película «Apuntes para una ficción consentida», en el marco del D’A Film Festival, en su habitación del Hotel Catalonia Ramblas en Barcelona, el lunes 23 de marzo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Serret Ituarte, Isabelle Stoffel y Violeta Rodríguez, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Henar Ortega de Contarlo Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Apuntes para una ficción consentida, de Ana Serret Ituarte

UNA ACTRIZ SUIZA EN MADRID.   

“Me llamo Violeta Miraballes Llanera. Soy actriz y comparto esta casa con una actriz suiza, Lea Grand. Pero, qué hace un actriz suiza en Madrid. Me dijo que se había enamorado de nuestra lengua y que el acento no era ni lengua, ni texto ni teatro. Además, iba a fulminarlo en cualquier caso. Estaba en ello”. 

Hay comienzos y comienzos en el cine. Por eso, viendo la apertura de la película de bellísimo y revelador título Apuntes para una ficción consentida, nos quedamos hipnotizados desde ese primer cuadro en el que observamos un balcón. De repente, una mujer abre la ventana y se posa delante de nosotros, mirándonos sin pestañear. Un personaje que se presenta y actúa como narrador no de su propia vida, sino que nos cuenta la existencia y cotidianidad de Lea Grand, una actriz suiza en Madrid, y sus pormenores de intentar ser actriz en una profesión extremadamente difícil, y más aún cuando no saben ubicarte. El relato se decanta por lo sencillo e íntimo, explicándonos de frente y a hurtadillas una historia particular y muy personal sobre una mujer extranjera en todos los sitios, incluso de sí misma, que no encuentra su lugar, o quizás, está llamando en los lugares equivocados.

La directora Ana Serret Ituarte (Madrid, 1970) se fogueó como asistente y directora de segunda unidad junto a directores como Mario Camus, Fernando Colomo, Gerardo Vera y Mariano Barroso. Ha dirigido un par de documentales La fiesta de otros (2015) y El señor Liberto y los pequeños placeres (2017), y desde hace once años colabora en el imperdible proyecto Cinema en Curs. Lea tiene mucho de Delphine, la mujer que no encontraba a nadie para viajar y lo hace sola en la magnífica El rayo verde (1986), de Éric Rohmer, y no lo digo porque vivan experiencias parecidas, sino por la actitud ante los problemas, ya que ambas resisten ante la adversidad, y lo hacen desde la serenidad y la reflexión, sin hacer aspavientos ni lamiéndose las heridas, sino continuando firmes a pesar de los pesares, firmes en su camino aunque la mochila lleven dudas, miedos y demás. El relato sigue a Lea, que va de aquí para allá con su inseparable bicicleta para conseguir su lugar como actriz, incluso viaja a su país natal, Suiza, para un proyecto. Lea vivirá sus experiencias a modo de capítulos, los apuntes del mencionado título, encontrándose con personajes como su ex, que la sigue dirigiendo en teatro, una joven actriz y compañera de piso, la narradora que hemos citado, un pianista que apenas habla, y un enfermero especialista en murciélagos. 

La cinematografía exquisita y cercana, con ese cielo mortecino que acompaña toda la película, que le otorga un aroma romántico y de verdad a la historia, con una Lea metida en una vida en el que continuamente su reflejo la lleva a cuestionarse y lanzarse en libertad. Una luz bien ejecutada que transmite el desasosiego y alegría que siente la protagonista que firma Almudena Sánchez, que tiene en su haber a cineastas como Pablo Llorca, Chus Gutiérrez y documentales tan interesantes como a media voz y Viaje a alguna parte, entre otros. La banda sonora de la película es otro de los elementos rompedores y nada convencionales, porque se usan composiciones clásicas que firman Brahms, Beethoven, Chopin y Bach, interpretados por el músico Javier Porro, que le dan esa dicotomía en la que transita la suiza-madrileña. El montaje lo firma una grande como Marta Velasco, sobran presentaciones, con una larga trayectoria muy reconocida que le ha llevado a trabajar con grandes cineastas, en una elaborada y cuidada edición que nos lleva despacio y sin prisas por este deambular de la citada Lea, en su aventura cotidiana que tiene mucho de antiheroína que no se detiene, y cuando lo hace es para coger impulso y volver a lanzarse y vuelta a empezar, en sus 81 minutos de metraje que pasan volando, donde hay tiempo para charlar, reencuentros y demás sorpresas. 

Una película de estas características, tan íntima y tranquila, debía tener una gran actriz como Isabelle Stoffel, habitual del cine de Jonás Trueba, con el que la película tiene cierta fraternidad, componiendo un personaje de verdad, con algún toque de su propia realidad, metido en una trama de cómo ser actriz y no morir en el intento. Le acompañan Violeta Rodríguez como joven y aspirante a actriz, la estimulante presencia de Álex Brendemühl como el ex, y los intérpretes suizos Manfred Liecht y Mona Petri, Francesca Piñon como vecina, y la aparición en un par de secuencias del director Sigrid Monleón. Resulta muy agradable el estreno de una película como Apuntes para una ficción consentida, de Ana Serret Ituarte que debuta en la ficción con toques de realidad, o mejor dicho, ese cine que vive de lo cotidiano, de la verdad de sus entornos, personajes y demás accidentes vitales, porque el cine puede ser muchas cosas, y también, una excelente herramienta para mirarnos, para que nos miren, y sobre todo, aprender de los demás y de nosotros mismos, lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos, o quizás, lo que pretendemos ser, entre sueños y realidades, entre lo que somos y lo que imaginamos, entre nuestros deseos y las malditas realidades que se interponen en nuestro camino. Todos esos palos toca la película, con su aroma de fábula de tantos actores y actrices que, por azares o destinos o cómo vds. deseen, aterrizan en un país tan ajeno que acaban de ser de allí aunque los demás crean lo contrario y eso provoque una eterna extranjería allá donde vaya y haga lo haga y sienta lo que sienta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jonás Trueba

Entrevista a Jonás Trueba, director de la película «Los ilusos 13+13», en la sala 3 de los Cinemes Girona en Barcelona, el miércoles 3 de junio de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonás Trueba, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Anabel Mateo de Relabel Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los ilusos 13+13, de Jonás Trueba

LOS AMIGOS QUE AMAN EL CINE. 

“El cine es más bello que la vida, no hay atascos ni tiempos muertos. Avanza como un tren atravesando la noche. Hemos nacido para ser felices con nuestro trabajo, haciendo cine”… haciendo cine para que otros sean felices, viéndolo”

El director de cine interpretado por François Truffaut en La noche americana (1973)

Las primeras veces suelen ser especiales, cuando son especiales, tienen algo de mágico, de ilusión, de imaginar que estás experimentando con algo desconocido, hasta ese día, y ahora, se torna tangible, algo real, o si lo quieren, algo más cercano, más íntimo, más tuyo, como si desde instante la cosa fuese tuya, como una posesión muy preciada. El tiempo, siempre el tiempo, decidirá si fue así o no. algo parecido me sucedió en el Festival D’A de Barcelona de hace 13 años cuando se estrenó Los ilusos, la segunda película, o película cero como dice el propio director Jonás Trueba (Madrid, 1981). Las imágenes en blanco y negro pintaban a unos amigos haciendo cine, haciendo cine cuando no se hace cine. Una película-esbozo, llena de apuntes para futuras películas, recorriendo unos lugares solos o acompañados, viviendo la vida filmada por el cine o el cine filmado por la vida. 

Ahora, 13 años después, la película vuelve a los cines con otra cara, la más significativa es su peculiar uso del blanco y negro que convive con el color de forma aleatoria e instintiva, el formato 16 mm ahora más depurado y elegante, y el sonido, más limpio y preciso. Esta no ha sido mi segunda vez, a finales de febrero de 2014 la volví a ver en la Filmoteca de Cataluña para entrevistar a Jonás por primera vez. Han pasado 13 años y siete entrevistas más, contando la del pasado miércoles. Reconozco que he crecido junto a Los ilusos, y las deficiencias de entonces pasaron inadvertidas por el que suscribe, porque la primera vez su historia quedó en mi, me convertí en una especie de explorador de sus imágenes, de sus detalles, de sus (des) encuentros y de toda la gente que aparecía por sus espacios, donde vemos librerías, cines, calles vacías y nocturnas, encuentros de amigos con luz, sin luz, en barras de bares, al anochecer, al amanecer, y a cualquier hora por un Madrid diurno y noctámbulo, muy alejado de la postal y de los lugares comunes. Charlas interminables sobre la vida, la muerte, sobre los genios o enamorados, sobre todo y nada, y sobre todo, el cine, el cine como espejismo, como eje vital y como un todo o una nada inmensa. La vida como reflejo de algo o de nada, y el cine, siempre presente, a través de una cámara, con amigos y con ese deseo complejo y neurótico de filmar y hacer cine o simplemente vivir en el cine, imaginándolo, pensándolo, sintiéndolo y amándolo y odiándolo o que sé yo. 

En aquel rodaje estaban el mencionado Jonás, acompañado del equipo técnico: Javier Lafuente, Santiago Racaj, Marta Velasco, Miguel Ángel Rebollo, Laura Pernau, Víctor Puertas y Eduardo G. Castro, y los intérpretes Francesco Carril, Vito Sanz, Isabelle Stoffel, Aura Garrido, Mikele Urroz y Luis Miguel Madrid, el entrañable y metemano Perucho, fallecido, al que está dedicada 13+13, y muchos más. Una comunidad de amigos de entonces y de ahora, a otros que se han sumado como Itsaso Arana, Irene Escolar y demás, que película tras película se han convertido en la troupe ilusoria, o lo que es lo mismo, un grupo de amigos que hace cine, y mientras, entre tiempos y memorias, piensan el cine, lo sienten y demás. La película tiene unos cuantos episodios, y dos partes, con la memorable actuación de “Cabalgar”, interpretada por El Hijo, como ruptura entre las dos mitades. En la primera la cosa de un rodaje sobre una película, una especie de “La nuit américaine”, donde vemos sus dos mitades, lo que se rueda y quién rueda, mostrando “la cuarta pared del cine”. En la segunda, la cosa sigue, al impertérrito León y su proceso de pensar en una película mientras conoce a Sofía y quedan, hablan, comen y follan, y se relaciona con sus amigos como Bruno, donde la película se torna más cómica o al menos así lo parece, porque en la película conviven diferentes géneros y texturas, mezcladas y por libre. 

Trece años después volver a ver Los ilusos es cómo reencontrarse con un viejo amigo o un viejo amor, el cual sigue, no igual, sino diferente, pero con la misma esencia, como si el tiempo se hubiera detenido, para las películas sí que se detiene, o quizás no, porque los espectadores cambiamos y las películas, lo que cuentan y cómo se transmite también, y ya no la vemos igual, o si, porque entre todas las cosas misteriosas que hay alrededor del cine, en el hecho de ver una película y la misma película a través de los años, y siempre nos recorre la misma sensación, como si la película cumpliera años como nosotros, porque la vemos diferente, es esa ilusión con la que nos relacionamos con el cine. En todo caso, Los ilusos es una película sin tiempo, viva, soñadora y capital para una forma de hacer cine cuando no se hace cine, una contradicción que define tanto la película como la materia cinematográfica del propio cine, en ese eterno dilema del cine soñado y del cine que queda, porque la película es una cosa y también, es todas las películas soñadas, las que no se van hacer pero también impregnan cada fotograma, cada encuadre, cada pensamiento y cada sonrisa. 

Los espectadores de hace trece años tienen una cita ineludible estos días con Los ilusos para volver a verla, o quizás ya la han visto en este intervalo, pero no cómo “los ilusos” la han vestido, igual pero de otra manera, donde conviven los colores y los blancos y negros, los sonidos, los encuadres, y las diferentes películas que genera la propia película, con sus personajes y personas, con su rodaje y la película, con esos momentos que son inolvidables, como los de Vito con su no relación con Javier Rebollo, el peculiar Perucho y su amor por las películas de VHS, y todos los momentos en bares, comiendo, riendo, intentando pagar o no, y demás maravillosas escenas de una película-rodaje o quizás, un trozo de cine de un grupo de amigos que hacen cine o al menos, sueñan con el cine mientras van filmando y filmándose. No me olvido de los espectadores que van a ver por primera vez la película y descubrir, palabra ilusoria por antonomasia, y también, van a soñar en el cine, en hacer cine, en futuras películas, futuras tramas, en instantes futuros, y sobre todo, van a seguir confiando en el cine como refugio, como sueño, como alternativa, como revolución y como no, el cine como herramienta para mirar la vida y las vidas, las de de los demás y las nuestras. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Karen, de María Pérez Sanz

LA VIDA DESPUÉS DE TODO.

“No hay nada más extraño en una tierra extraña que el extraño que viene a visitarla”

Todos, absolutamente todos, somos muchas personas, quizás demasiadas, o no, muchas almas anidan en nuestro interior, la que somos, la que fuimos, la que queríamos ser, la que soñábamos con ser, y todas aquellas que imaginábamos y finalmente no fuimos. La escritora Karen Blixen (1885-1962), también fue muchas mujeres, con muchos nombres, como los de Tania, Tanne, Isak Dinesen, pseudónimo con el que firmó grandes novelas como la famosa “Memorias de África”, que Sydney Pollack adaptó en 1985 haciendo una bellísima película. Hacer una película sobre su vida entraña muchos desafíos, aunque María Pérez Sanz (Plasencia, Cáceres, 1984), ya sabía lo que era cuando un extranjero visita una tierra extraña y se hace con ella en un sentido emocional, como ya contó con el artista alemán Wolff Vostell en su ópera prima Malpartida Fluxus Village (2015).

En Karen, con un guion que firma junto a Carlos Egea, opta por el otro lado del espejo, más bien por su reflejo, porque filma todo lo que queda de una vida, todo aquello que no se relata, todo aquello que queda suspendido en el aire, todo lo irrelevante, o tal vez no, porque la película nos sitúa en África, en el particular paraíso de Karen en Kenia, en la que ya no hay lugar para las grandes aventuras, los amores apasionados, ni nada de épica ni heroísmo, solo la persona, con sus quehaceres cotidianos, como esos maravillosos encuadres con los que arranca la película, y ese caminar pausado y sin rumbo de Karen y su criado-escudero que es Farah Aden, el musulmán somalí, que no solo actúa como su sombra, sino como su confesor, su interlocutor, su guía, su guardián y sobre todo, como su hermano al que consultar cada aspecto de su vida o lo que queda de ella. La cineasta extremeña hace una pieza de cámara, como las que le encantaban a Brecht, construida a partir de silencios, de esa cadencia rítmica, en la no pasa nada y está pasando todo.

En Karen no escuchamos música, apenas un tema al inicio, y otro, que acompaña a los títulos finales, el resto es el sonido de la vida, el de la sábana africana, aquí imaginada en la dehesa extremeña cerca de Trujillo, licencia que se permite la película, como el idioma castellano de los personajes, licencias que casan con asombrosa naturalidad en el relato, acompañando la vida y la cotidianidad de estos personajes, mientras descansan y sueñan con todas esas vidas que no vivieron, rodeados de ausencias, de fantasmas y de la calidez, el desasosiego y la tranquilidad de unos días, que seguramente serán los últimos, aquellos que despiden África y por consiguiente la vida. La desmitificación que hace del personaje convirtiéndola en la persona, con ese aroma que tienen los mejores anti westerns de Hellman y Peckinpah, los experimentos de Albert Serra y Lisandro Alonso, en la que toda la grandeza de los personajes queda reducida a las cuatro paredes de la vida doméstica, a aquello que pasa desapercibido, a la vida cuando no hay vida, a las emociones cuando las que creíamos verdaderas ya no nos ilusionan, a la vida en sus pliegues, en sus contornos, en sus márgenes, como deja demostrado ese momento cuando la célebre escritora desayuna comiéndose un huevo y masticando una tostada acompañada de café.

Sus largos paseos por sus tierras, sus silencios como sus conversaciones aparentemente intrascendentes entre Karen y Farah, o mejor dicho entre una mujer herida y cansada, Sabu, término que utiliza el criado para dirigirse a Karen, en las que hablan de las estrellas perdidas como ellos bajo la luna africana, o el instante en que ella come un melocotón y Farah le insiste que ha vuelto un hombre al que debe dinero, o esa otra, cuando reparten los sueldos a los aparceros Kikuyu, o los continuos rezos de Farah, o los paseos nocturnos de Karen, solo interrumpidos por una escena en que Amelia, una amiga de Karen, le visita y le cuenta una historia muy personal, el resto son la mujer y su criado, una relación que sin ruido y con mucha parsimonia los va acercando más de lo que imaginan, mucho más de lo que aparentemente se podría pensar, igualándolos, haciéndolos una unidad de destino como menciona Karen. El aspecto técnico de la película es prodigioso con el magnífico 16mm de Ion de Sosa en la cinematografía, que consiguen darle esa piel y textura a la atmósfera cargada e íntima, y sobre todo, ese otro aspecto espiritual que recorre cada fotograma de la película, y el laborioso montaje que firman Sergio Jiménez (que había editado El año del descubrimiento) y Carlos Egea, componiendo una película que vive de lo que captura con una sencillez y sensibilidad abrumadora, y aquello que no se ve, con esas elipsis y esos instantes donde la vida va a través del tiempo detenido.

Una pareja protagonista maravilloso, que brilla con luz propia en una película que tiene la misma importancia cuando callan y se miran, que cuando dialogan y comparten la vida y el más allá. Por un lado, tenemos a Christina Rosenvinge, más dedicada a su faceta musical, que no veíamos en cine desde Todo es mentira y La pistola de mi hermano, allá por los noventa. Aquí, deslumbra en su persona de Karen, haciéndola humana, pequeña y real, con esa intimidad que traspasa su piel y su cuerpo, con ese gesto y mirada de perdida, de vida mirada, de tiempos pasado, de vidas vividas y aceptadas. Frente a ella, Alito Rodegers Jr. Como Farah, que lo hemos visto en muchos papeles en televisión y en cine, a las órdenes de nombres tan importantes como Olea, Almodóvar y Chus Gutiérrez, entre otros, da vida a ese criado, y la presencia estimulante de Isabelle Stoffell, que habíamos visto en las películas de Jonás Trueba. Farah es mucho más que un sirviente para Karen, un hermano, un guía, su sombra y su reflejo en sus últimos días en África donde los recuerdos se acumulan, donde la vida se mira desde la distancia, donde las cosas adquieren un valor espiritual. Pérez Sanz no ha hecho un biopic al uso, ni ha cogido nada de ese género tan grandilocuente y vacío, sino todo lo contrario, porque la directora extremeña ha construido el anti biopic, la no biografía, o mejor dicho, la biografía sin más, todos aquellos instantes de la vida, y del vivir, que parece que a las grandes historias no les interesa, o podríamos decir, que las historias pasan de estos aspectos vitales de la vida, que si los miramos con detenimiento y pausa, acaban siendo los más importantes, los que cuentan más de nosotros, de quiénes somos y cómo sentimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jonás Trueba e Itsaso Arana

Entrevista a Jonás Trueba y Itsaso Arana, director y actriz de la película «La virgen de agosto», en el Soho House en Barcelona, el miércoles 3 de julio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonás Trueba e Itsaso Arana, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.