Entrevista a Salvador Calvo

Entrevista a Salvador Calvo, director de la película “Adú”, en el hall del Hotel Exe Mitre en Barcelona, el jueves 30 de enero de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Salvador Calvo, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute y Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Adú, de Salvador Calvo

RETRATOS DE ÁFRICA.

“La cosa más oscura sobre África ha sido siempre nuestra ignorancia sobre ella”

George Kimble

Después de toda una vida dedicado al medio televisivo, Salvador Calvo (Madrid, 1970) debutó como director con 1898: Los últimos de Filipinas (2016) diario histórico del último destacamento militar que siguió defendiendo la colonia después que España la perdiera. Una película donde se incidía en las miradas personales, la resistencia, y sobre todo, el drama humano de unos hombres dejados de la mano de Dios, donde brillaban un capitán obstinado en la piel de Luis Tosar, o un joven soldado idealista que hacía Álvaro Cervantes. Dos actores que vuelven a repetir en Adú, el segundo trabajo de Calvo, más personal y arriesgado, donde nos sitúa en el corazón de África a través de tres relatos que irán cruzando sus destinos. El segmento más potente y brutal sigue a dos hermanos, Adú, de solo seis años y su hermana mayor Alika, que después de presenciar un terrible crimen tienen que huir de su poblado en Camerún, y emprenderán un peligroso viaje con destino a España, un periplo en el que cobrará la presencia de Massar, un chaval que también desea llegar a la península, donde vivirán las tramas oscuras de tratas de personas, la prostitución como medio de subsistencia, los arriesgados viajes en bajos de vehículos y demás situaciones de riesgo, pero también conocerán la amistad, la fraternidad y el amor de tenerse el uno al otro.

El segundo relato, la película se instala en el viaje a la inversa, el que hace Sandra, una hija rebelde y con problemas de drogas, para encontrarse con su padre, Gonzalo un activista medioambiental de difícil carácter que protege a los elefantes peor mantiene una relación distante con sus colegas africanos. Una relación paterno-filial de idas y venidas, y muchos desencuentros que deberán lidiar y sobre todo, hacer lo posible para entenderse sin juzgarse, una tarea que no les resulta nada fácil a dos personas acostumbradas a hacer la suya. La tercera historia que nos cuenta la película, al igual que la de Adú, está atada a la realidad más triste y oscura, la de los subsaharianos que masivamente asaltan la valla fronteriza de Melilla para entrar en España, y se encuentran a los guardias civiles que la custodian. Un desgraciado accidente mortal en una de esos asaltos, convierte en el centro de la acción a Mateo, un guardia civil que se debate entre la ley del cuerpo o la conciencia personal, con ese cuerpo a cuerpo con Miquel Fernández, dos caras tan diferentes de la misma realidad vivida.

Calvo rescata algunos de sus colaboradores de su anterior película como Alejandro Hernández en tareas de escritura, Roque Baños en la música, y Jaime Colis en el montaje, y recluta a Sergi Vilanova en la cinematografía (que ha trabajado en thrillers como Plan de fuga o El aviso, o en Diecisiete, la última de Sánchez Arévalo) para realizar una cinta que se adentra en la realidad y la complejidad africana, esa que aparece en forma de cifras en los medios occidentales, una realidad con rostro y piel, la de Adú, su hermana o su compañero de viaje, una realidad menor, desprotegida y sola, que vive miles de calamidades como el hambre, la inseguridad y el abandono para llegar a Europa, esa Europa, que al igual que una zona pudiente, alza sus vallas para impedirles la entrada, una realidad triste que contrasta con esa otra realidad de Gonzalo y su hija Sandra, donde los problemas devienen, no de la falta y la carencia, sino de todo lo contrario, el abuso y la despreocupación de tenerlo todo y no saber adónde ir, bien acompañada por esa otra realidad del guardia civil como representante de una ley que no obedece al humanismo sino a la condena y la persecución del inmigrante hambriento que busca un futuro mejor como haría cualquiera en su situación.

Calvo ha construido una película complejo, una historia de detalle, miradas y rostros, donde sufrimos y reflexionamos sobre África y sus infinitas realidades, cotidianidades y contextos, un continente sacudido por siglos de colonización que además, debe subsistir con las migajas que les dejan las grandes multinacionales neoliberales que siguen vaciándoles sus recursos naturales. Una realidad difícil de tratar y de atajar, ya que los estados blancos permiten esa ignominia, y por otro lado, lanzan campañas de concienciación sobre África, esas dos caras cínicas que también muestra la película. Amén de las interesantes y profundas interpretaciones de Luis Tosar, impecable en su registro ambivalente como profesional y padre, bien una Anna Castillo como su hija, una joven desatada y desafiante que todavía anda buscando su lugar en la tierra, o la mirada de Álvaro Cervantes como guardia civil entre la espada y la pared, y las breves pero agradables presencias de actrices de la talla de Nora Navas y Ana Wagener.

Donde la película vuela y se muestra más poderosa es en la fuerza y la intensidad que demuestran los intérpretes africanos debutantes como Moustapha Oumarou como el niño Adú, Zayidiyya Dissou como Alika, y Adam Nourou como Massar, reclutados en un intenso casting, convertidos en el alma de la película y en la esencia que queda en el recuerdo de los espectadores, llevando a cabo unos roles muy difíciles y complejos, en los que se apoya la película en un buen tramo, mezclando con acierto y sobriedad los tres relatos que irán reencontrándose de forma emocional y física por cinco países africanos, mostrándonos de forma directa y personal las diferentes realidades y retratos de un continente vasto, profundo, bello y triste a la vez, donde todo se mezcla, todo se vive de forma intensísima y sobre todo, todo pende de un hilo, en que la vida se abre camino a duras penas, donde toda existencia está a punto de desparecer, donde la realidad que se vive y experimenta obedece a códigos muy distantes de los occidentales, quizás esa sea la mayor tragedia que sufren los africanos, el desconocimiento por parte de Europa de su realidad, su historia y sobre todo, de ese pasado oscuro y violento del que todos somos responsables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Intemperie, de Benito Zambrano

EL NIÑO Y EL PASTOR.

“Tienes toda una vida por delante, no la malgastes odiando”

En La balada de Cable Hogue, quizás el western más crepuscular y desolador de los que filmó Sam Peckinpah, encontrábamos a un hombre dejado de la mano de Dios, que contra viento y marea, intentaba levantar un negocio a partir del descubrimiento de agua en mitad de la nada. Un hombre sin ataduras y libre que verá que todos le dan la espalda y le colocan miles de obstáculos por la sencilla razón de creer en algo diferente al resto. El personaje llamado “El Moro”, ese pastor que vive en los márgenes, podría ser un pariente lejano de Hogue, tanto por su forma de vida como su actitud ante las adversidades y las injusticias, alguien abocado a una vida dura, solitaria y enfrentado al poder. Intemperie, el extraordinario debut literario de Jesús Carrasco (Olivenza, Badajoz, 1972) tanto de crítica y público, es llevado a la pantalla de la mano de Benito Zambrano (Lebrija, Sevilla, 1965) en una película que casa con su universo, aquel en el que sus personajes luchan por sobrevivir y se alzan contra la injusticia, tejiendo una tragedia protagonizada por un par de seres que huyen de la ignominia de la sociedad española del 46, una sociedad llena de pobreza, miseria e injusticias, donde el poder ejercido por unos pocos privilegiados es cruel, inmoral y violento.

Zambrano se aupó en el 1999 con Solas, un durísimo drama familiar en que una mujer y su madre debían lidiar con los últimos días de un padre machista y violento. En Padre coraje (2002) una miniserie de gran carga emocional en la que un padre se introducía en los bajos fondos para esclarecer el asesinato de su hijo. En Habana Blues (2005) un par de músicos cubanos precarios querían labrarse un futuro con su música. En La voz dormida (2011) también basada en una novela, en este caso la de la desparecida Dulce Chacón, se centraba en un grupo de mujeres que ayudaban a sus hombres en plena posguerra española. Ahora nos llega Intemperie, situada en la posguerra también, en algún lugar de la meseta, localizada en un desierto árido y seco, con un sol de justicia, y donde escasean el agua y la comida. En ese entorno devastador nos encontraremos con un niño que ha huido de casa del capataz, un ser abominable que ejerce su poder de manera deshumanizada, que junto a sus hombres emprenderá una persecución incansable con el fin de capturar al niño. El niño, de familia pobre, quiere dejar su aldea y esas condiciones de abuso y miseria y llegar a la ciudad. En su camino se encontrará con un pastor de cabras, un tipo humilde y sabio en su sencillez y hombre vivido, que luchó en las guerras de Marruecos y luego, en la Guerra Civil, alguien que en su día, también decidió lanzarse al desierto y huir de la civilización.

 

Niño y pastor caminarán por el desierto, ayudándose, y sorteando a los hombres del capataz, y sobre todo, convirtiéndose en una sola persona, en alguien que entiende el problema del otro, que sabe que esas tierras están llenas de analfabetismo, pobreza a raudales y una miseria desgarradora, donde hay señoritos que se van perpetuando en el poder, un poder ejercido dentro de la injustica y la violencia. Zambrano mantiene un pulso firme y pausado para contarnos una historia de perdedores, de aquellos hombres que encontrarán su lugar alejado de todos y todo, seres cuya nobleza resulta incómoda para los poderosos, personas que se levantan contra la injusticia, y contra un mundo donde unos pocos privilegiados viven a costa del trabajo esclavizado del resto. El pastor encarna a esa clase de personas, que viven de manera humilde, que solo desean paz y tranquilidad, tipos que la vida ya les ha enseñado lo suficiente para darse cuenta que en los pueblos y las ciudades no se vive, se existe y mal. Un hombre de gran sabiduría y aplomo, defensor de las causas perdidas, que se enfrentará al capataz y sus hombres porque se niega a aceptar la injusticia y menos contra un niño.

El cineasta sevillano sigue fiel a su estilo y su forma, creando relatos donde prevalecen la historia y sus personajes, en una película exterior en su totalidad, en un terreno en que no hay de nada, y a través de esta road movie a pie o burro, humanista y desesperanzada, el pastor y el niño, uno con dirección a las montañas y el otro, con destino a la ciudad, se irán tropezando con lugares abandonados o dejados a su suerte, como el del tullido, solo y enloquecido, que representa buena parte del estado anímico del país, que sueña con abandonar esas tierras de miseria, donde la sequia y la escasez han acabado de matarlas. Un reparto admirable y conciso, como suele pasar en el cine de Zambrano, donde destacan Luis Tosar como el pastor, con su barba poblada, castigado por la vida y los hombres,  arrastrando sus atuendos, humildes y escasos, que se acerca más a un franciscano, quizás al Fray Guillermo de Baskerville, que encarnó admirablemente Sean Connery en El nombre de la rosa, que a un hombre corriente, con su misticismo y humanismo, un náufrago con su isla a cuestas, a contracorriente de ese mundo violento y cruel.

Junto a Tosar, brilla con soltura Jaime López, el niño que debuta en el cine, consiguiendo un personaje cercano, a pesar de su terror a los adultos, fiel reflejo de la vida angustiosa que ha tenido, Luis Callejo como el capataz violento, esos tipos sin escrúpulos y malvados que chantajean y empobrecen aún más si cabe a los más desfavorecidos, representando ese caciquismo que tantos siglos se instaló en España. Y sus hombres, Vicente Romero y Kandido Uranga, dos actores que llenan una película con su sola presencia, por su aplomo y sus voces. Y Manolo Caro como el tullido que espera una oportunidad que parece llegar tarde. Pau Esteve Birba en la cinematografía logrando capturar ese ambiente seco y agobiante, con su sudor, su voz muerta por el agua y las ganas de huir que tanto declama la película, o el excelente montaje de Nacho Ruiz Capillas, que sabe reposar o aumentar el ritmo del relato según convenga, en una película de tono pausado y lento desenlace.

Zambrano firma el guión junto a los hermanos Pablo y Daniel Remón (guionistas del director Max Lemcke) en un relato sobre la condición humana, convertido en un western sobre “loosers”, donde los personajes no tienen nombre, con un tono plausible e íntimo, que sabe sumergirnos en esa atmósfera apabullante y asfixiante de western seco y violento que tanto les gustaba a Leone, Corbucci, Romero Marchent o Peckinpach, entre otros, con tipos nobles y humildes enfrentados a la injusticia y la maldad de los hombres como el John MacReedy de Conspiración de silencio, el Will Kane de Sólo ante el peligro, o el Joe Frail de El árbol del ahorcado, todos hombres dignos, cansados de tanta violencia sin sentido, y puestos en pie para defender a los que más lo necesitan, obviando su condición y situación. El director lebrijano ha hecho una película extraordinaria y llena de tensión, humanista y concisa en su narración y forma, dejando a los espectadores la labor de de presenciar un trocito de nuestra historia más negra, aquello que algunos niegan y falsean para seguir ejerciendo sus poderes y privilegios, la misma tragedia de siempre, los mismos perros con distintos collares como diría la sabiduría popular. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Luis Tosar

Entrevista a Luis Tosar, actor en la película “Quién a hierro mata”, de Paco Plaza. El encuentro tuvo lugar el lunes 26 de agosto de 2019 en la terraza del Bar Sideral en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Luis Tosar, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Entrevista a Paco Plaza

Entrevista a Paco Plaza, director de la película “Quién a hierro mata”. El encuentro tuvo lugar el lunes 26 de agosto de 2019 en la terraza del Bar Sideral en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paco Plaza, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Quién a hierro mata, de Paco Plaza

VENGAR LAS HERIDAS.         

Los primeros minutos de la película evidencian tanto una forma como un fondo de exquisita sobriedad en la que sobresale una imagen estilizada, de planos cortos y elegantes, y de una autenticidad sobrecogedora, en la que la dosificación de la información marcará la película en cada detalle, objeto y mirada de sus personajes y los hechos que nos contarán. El séptimo trabajo de Paco Plaza (Valencia, 1973) se desvía algo de su rumbo trazado porque deja el terror puro y clásico que había formado su carrera con títulos tan renombrados como El segundo nombre, con el que debutó en el 2002, la tetralogía de REC, en la que codirigió con Balagueró algunos títulos, y otros en solitario, y la más reciente Verónica, de hace un par de años, donde ahondaba en el terror de posesiones en el interior de una familia de barrio. Ahora, con A quién hierro mata, basándose en una historia de Juan Galiñanes (editor de Dhogs, ente otras) en un guión escrito por el propio Galiñanes y un tótem como Jorge Guerricaechevarría en un relato muy noir ambientada en la costa gallega, donde conoceremos a Mario, un tipo ejemplar, humilde y excelente profesional como enfermero, que espera junto a Julia, su mujer, su primer hijo. Todo parece andar como de costumbre, cuando Antonio Padín, un famoso narco aquejado de una enfermedad degenerativa ingresa en la residencia donde trabaja Mario.

A partir de ese instante, todo cambiará, y la vida de Mario virará en 180 grados, donde el antiguo capo se convertirá en la diana de sus heridas del pasado. Entre tanto, Toño y Kike, los hijos del narco urden un plan de narcotráfico en el que necesitan la ayuda del padre residente que los rehúye. Plaza toma prestado el paisaje nublado e hierático de las Rias Baixas para situarnos en lo más profundo de una venganza, urdida desde lo invisible por alguien cotidiano, alguien que creía haber resuelto su pasado, alguien que creía vivir en paz, pero con la entrada en su vida del narco, todo su empeño se dirige a vengar su pasado, desde su profesión, desde la oscuridad, sin que nadie se percate, de alguien que se debate entre lo correcto y sus deseos internos y enfermizos de llevar a cabo su plan, una ambigüedad en la que se posa la película y convierte al personaje de Mario en un ser atrayente por su vida, personalidad y trabajo, pero a la vez, alguien que es capaz de algo horrible, la misma ambigüedad en la que se interna el relato en la que la vida y la muerte siempre rondan a los personajes, unos individuos en que constantemente se debaten entre esos dos estados, entre esas dos decisiones, entre el bien y el mal, y en bastantes ocasiones, confunden los dos términos y convierten sus vidas en una lucha interna y constante entre aquello que está bien y aquello otro que desean hacer, donde su moral siempre está en juego y dividida.

El director valenciano se acompaña de este viaje noir a lo más oscuro y profundo del alma humana con algunos de sus cómplices habituales como Pablo Rosso en la cinematografía, Pablo Gallart en el montaje, Gabriel Gutiérrez en el sonido y una colaboradora inédita como Maika Makovski en la música, con esos toques de percusión suave y golpeada, muy tono de duelo, de lucha fratricida muy del western, muy de esa espera tensa y agobiante que se vivía en Sólo ante el peligro o El último tren de Gun Hill, en un thriller tensísimo, sobrio y reflexivo a través de esa complejidad emocional muy de los personajes de Lumet en Serpico o Tarde de perros, o las huellas del hombre traicionado de A quemarropa, de Boorman, o el hombre tranquilo que usa la violencia para defenderse en Perros de paja, de Peckinpah. Plaza ha construido un durísimo y descarnado relato oscuro y lleno de fantasmas que a base de golpes secos y abruptos va llevando a sus personajes a esas zonas que ya no tienen vuelta atrás, lugares a los que es mejor no entrar, quedarse en la puerta.

Otro de los grandes logros de la película es su plantel extraordinario de intérpretes entre los que destaca la inagotable capacidad camaleónica de un grandísimo Luis Tosar, en uno de sus personajes más complejos y difíciles, consiguiendo atraparnos a través de esas miradas y gestos estudiados y detallados, como esa brutal mirada cuando mira por primera vez a Padín en la residencia, bien acompañado por el desaparecido Xan Cejudo (a quién está dedicada la película) mentor de Tosar, que realiza una soberbia interpretación del narco Padín, ese patriarca severo, insensible y bestial, sus dos hijos interpretados por Ismael Martínez como Toño, ese heredero que no está a la altura, y el hermano pequeño Kike, que hace Enric Auquer, puro nervio, inmaduro y salvaje, los dos hijos que nunca desearía un narco como Padín. Y María Vázquez, que después de Trote, vuelve a demostrar que menos es más cuando se interpreta. Los 108 minutos de la película nos envuelven en una montaña rusa emocional de consecuencias imprevisibles para todos sus personajes, en una tragedia familiar, donde padres, hermanos e hijos se envuelven en un halo de destrucción y venganza sin fin, donde alguien sin más, un hombre bueno se mete en la boca del lobo aunque sepa que quizás nunca debería haber entrado en un universo donde nadie sale indemne. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Toro, de Kike Maíllo

CARTEL-TOROTHRILLER A LA ANTIGUA USANZA.

Desde tiempos inmemoriales, el buen cine se ha revelado como un fiel reflejo de la situación social, política y económica del país en cuestión, erigiéndose como metáfora en la que se reflejaban todos los males de una sociedad enferma, perdida y corrupta. Después de la interesante e hipnótica Eva (2011) con la que debutó en el largo Kike Maíllo (1975, Barcelona), su nuevo trabajo supone una vuelta de tuerca en relación a la citada película. Si en Eva, componía un relato a medio camino entre la literatura de ciencia-ficción clásica, la búsqueda interior y una “love story” interrumpida, bajo una imagen estética de gran belleza, en la que se imponía una historia a la que le faltaba algo más de emoción. En Toro, se ha decantado por dos guionistas de gran calado y experiencia como Fernando Navarro (Anacleto, agente secreto) y Rafael Cobos (habitual de Alberto Rodríguez), en la que no falta de nada: ese sur, el de Marbella, Torremolinos…, de fuertes costumbres y tradiciones, la arquitectura vacacional de edificios con aliento espectral que desafían los límites arquitectónicos y estéticos, el mundo oscuro de los bajos fondos, persecuciones rodadas con gran nervio y sentido del espectáculo, y un buen puñado de personajes con enjundia emocional, apoyados por una fuerte estilización de la imagen que impregna la historia de ese aroma de pérdida, desilusiones y mugre que contamina todo el ambiente y a los personajes.

toro3

El film se sumerge en una trama frenética y sangrienta, nos mete de lleno en 48 horas, en las que un pardillo e inmaduro tipejo que se hace llamar López, ha robado al capo, a Don Rafael Romano, éste envía a sus matones para cobrar, y López acojonado, pide ayuda a su hermano pequeño, Toro, que dejó ese mundo de mafiosos y gentuza, y está a punto de pasar al tercer grado de una condena de cinco años. Toro ha cambiado de vida, conduce un aerotaxi y vive con su novia. Pero todo cambia, y para peor, Toro, López, y la hija de este se sumergen en un huida a toda hostia, en la que deberán esconderse como alimañas perseguidas por Don Rafael y sus secuaces. La quemada y abstracta luz que impone Arnau Valls (responsable de la imagen de Eva, Anacleto o Naufragio, de Pedro Aguilera) actúa de forma impecable para llenar de contrastes y desazón todo lo que sienten unos personajes al límite y llenos de malasangre. Un montaje punzante y eléctrico obra de Elena Ruiz (las últimas de Coixet, entre otras) que mezcla con sabiduría los momentos que van a toda velocidad con los de apaciguamiento, llenan una película valiente, honesta y rabiosa, que se ve con mucho interés y atrapa desde el primer instante (con ese sublime arranque de luz tenebrosa en la que Don Rafael se encuentra con la echadora de cartas, en la que el destino toma la palabra y las emociones se disparan).

toro

Una cinta de buenos personajes, desde los matones a sueldo que limpian la mierda del jefe, destacando a Ginés, su hombre fiel, un tipo que obedece a un diablo con apariencia paternal, López (contenido y fantástico Tosar) en un personaje miserable, cobarde y vilipendiado, que no hace más que meter en líos a sus hermano, y vagar como un pobre diablo, Don Rafael Romano (como aquel Pepe, figura del macho en La Casa de Bernarda Alba, de Lorca, que además de citar a los clásicos, suelta perlas del tipo: “España es un país de malos hermanos” ó “La mala memoria, otros males de este puñetero país”), interpretando magistralmente por José Sacristán (convertido en icono y figura esencial en el cine español actual) que realiza toda una inacabable gama de recursos interpretativos, desde su forma de mirar, hablar y moverse. Sacristán es el capo del dinero sucio, la figura paternal para ellos, de los que saca toda la sangre y la vida, lo mejor de cada uno de ellos para su beneficio, un señor elegante, señorito andaluz, de la vieja escuela, vestido de los pies a la cabeza, sin escrúpulos, cofrade mayor, y que se maneja como Dios en ese inframundo de gentuza sin escrúpulos que mata sólo con oler el dinero.

toro-luis-tosar

Y para finalizar, Toro (con un Mario Casas en plena forma física y emocional, que defiende un personaje fuerte pero sensible) representa a ese joven que ha dejado el mundo de Don Rafael, pero inevitablemente tiene que volver a él, y peor aún, enfrentarse a su figura. Toro es esos chicos de infancia perdida, de sinsabores y huidas constantes, que han sido amamantados por seres infectos e inmorales, que los han utilizado y exprimido para su beneficio económico y emocional, que no han conocido otra vida. Toro no puede dejar su pasado atrás, lucha contra fuerzas superiores que no puede vencer, su camino es ingrato y lleno de miseria y podredumbre, está condenado a un destino que lo persigue y lo ahoga sin remedio, sin posibilidad de escape, como los Cagney, Bogart, etc…, que también describía el cine clásico de los 30 y 40. La película no esconce sus referencias, los clásicos setenteros de Peckinpah, Lumet, Siegel, Pakula, Boorman o Pollack, por citar algunos, o el Spaghetti western de los Leone, Corbucci, etc… están muy presente, o los más cercanos en el tiempo y estructura, los thrillers asiáticos, o los trabajos de Díaz Yanes (Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto ó Sólo quiero caminar), Urbizu (La caja 507 ó No habrá paz para los malvados) ó Rodríguez (Grupo 7 ó La isla mínima), películas que demuestran el buen pulso del género patrio, y que convierten a Toro, en una buena muestra de ese cine, en el que se mezclan las raíces más intrínsecas de lo nuestro, patria, religión, sangre y familia, con la mentira, extorsión y el retrato de un país amoral, lleno de sinvergüenzas que mienten, roban, y llegados al caso, asesinan y te borran del mapa.