Los reyes del mundo, de Laura Mora

LOS OLVIDADOS.

 “A mitad de camino entre ninguna parte y el olvido”.

Frase de Million Dollar Baby

Conocimos el cine de Laura Mora (Medellín, Colombia, 1981), en 2017 con Matar a Jesús, su primer largometraje en el que a partir de un suceso autobiográfico contaba la experiencia de una chica que presencia el asesinato de su padre y comienza una investigación para dar con su asesino, sumergiéndose en los ambientes más sucios, degradados y violentos de la urbe de Medellín. Sin salirse de esa atmósfera asfixiante y violenta, nos encontramos con los cinco chavales que protagonizan Los reyes del mundo. Los Rá, de 19 años de edad, Culebro de 16, Sere de 14, Winny de 12, y Nano de 13, son las cinco almas sin nadie, como los menciona Eduardo Galeano, esos chicos solos, sin más apoyo que ellos mismos, chicos de la calle que se buscan la vida como pueden, chicos sin más, a los que a nadie les importa. La trama es sumamente sencilla y directa, como esa espectacular apertura con la vida y el tumulto de Medellín, donde a toda prisa van los chicos de aquí para allá. 

Dejamos la urbe, porque al contrario que Matar a Jesús, el fabuloso guion que escriben Maria Camila Arias, que coescribió Pájaros de verano (2018), de Ciro Guerra y Cristina Gallego, y la propia directora, no se desarrolla en lo urbano, porque Rá recibe una notificación que las tierras arrebatadas durante el eterno conflicto que afectó a Colombia, les han sido devueltas, y así empezamos un viaje muy físico en un inicio y a medida que avanza se irá imponiendo el sentido más emocional, espiritual y fantasmagórico, que les sacará de la ciudad para cruzar la cordillera hacia el Bajo Cauca en busca de esa tierra para ellos, abandonados y olvidados sin tierra. Con una contundente y mágica cinematografía de un grande como David Gallego, que está detrás de magníficas películas como El abrazo de la serpiente (2015), y la citada Pájaros de verano (2018), del tándem Ciro Guerra y Cristina Gallego, que mezcla esos momentos tan físicos y viscerales con esos otros, tan hacia dentro, donde la película se transforma en un intenso e inmenso viaje hacia nuestro interior, hacia lo invisible, hacia la imaginación, hacia todos esos mundos inexistentes tan reales que hacen que podamos seguir vivos o simplemente nos impiden tener algo de esperanza en un mundo tan devastador y tan mercantilizado. 

Un viaje que nos recuerda aquel que hicieron los Juan en busca de “El Andarín”, en El corazón del bosque (1978), de Manuel Gutiérrez Aragón, y Willard tras el rastro de Kurtz en Apocalypse Now 81979), de Francis Ford Coppola, ambas películas basada en la monumental El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, donde el viaje los adentraba en lo más profundo de su alma en contraposición con esa naturaleza tan violenta y arcaica. Un montaje alucinante y lleno de complejidad firmado por el tándem Sebastián Hernández y Gustavo Vasco, que ya trabajaron con la directora en la serie Frontera verde, que han trabajado con importantes nombres del cine colombiano como Luis Ospina, Rubén Mendoza, entre otros. El espectacular diseño sonoro de Carlos E. García, que también coincidió con Mora en la mencionada Frontera verde, y hemos disfrutado de su talento en Celda 211, Arrugas, Slimane, Blanco en blanco, Eles transportan a Morte, las citadas El abrazo de la serpiente y Pájaros de verano, entre muchas otras. Con una producción que firman la citada Cristina Gallego y Mirlanda Torres Zapata, también en Frontera verde, consiguen un look impresionante para una película con una textura y fuerza maravillosas. 

Un reparto de actores naturales reclutados de la calle que imprimen naturalidad, cercanía y alma a estos cinco chicos ensombrecidos por unas existencias durísimas y sin nada ni nadie: los Rá, Culebro, Sere, Winny y Nano son respectivamente los Carlos Andrés Castañeda, Cristian David Duque, Davison Florez, Cristian Campaña y Brahian Acevedo, que no sólo conocerán la hostilidad y la violencia de algunos, sino también el amor y el cariño de otros, como esos grandes momentos con las prostitutas mayores y el ermitaño anciano que los ayudan y los miran de otra forma.  Unos chavales que no están muy lejos de los Jaibo y compañía que deambulaban por aquel México de Los olvidados (1959), de Luis Buñuel, y de Mónica y demás que veíamos existir en La vendedor de rosas (1998), de Víctor Gaviria, y el Mechas y el resto de Los nadies (2016), de Juan Sebastián Mesa, con ese aire tan pasoliniano, tan cerca de la miseria y de la no vida, de la calle, de la derrota, de la desesperanza, de la violencia cotidiana, y sobre todo, de la invisibilidad, de la sombra, y de la tristeza que encoge el alma. 

Los reyes del mundo no es una película cómoda ni nada esperanzadora, tampoco es una historia triste, porque hay emociones que nos acercan a la esperanza, pero de otro modo, no esa que facilita las cosas y ayuda a levantarse cada día, sino aquella otra que nos ayuda a soñar, a crear otros mundos, otros universo, otras formas de mirar y relacionarse con la vida, en el mundo de los sueños, que siempre es más agradable y bonito de esa realidad durísima y violenta a la que se enfrentan cada día este grupo de cinco almas a la deriva, perdidas y sin nada ni nadie, que los acerca a esos chicos que pululan tantas ciudades de este planeta, que esnifan pegamento, que hacen lo que sea para comer algo, y que sueñan con una vida mejor, o quizás sólo sueñan que ya es mucho debido a sus circunstancias tan adversas. La directora colombiana Laura Mora no solo va mucho más allá en su segundo trabajo, que recibió el primer premio en el último Festival de San Sebastián, el mismo galardón que recibieron primeras películas y pusieron en el panorama internacional nombres de cineastas que hasta entonces eran unos completos desconocidos, como Llueve sobre mi corazón, de Coppola, El espíritu de la colmena, de Erice, Malas tierras, de Malick, Alas de mariposa, de Juanma Bajo Ulloa, entre otras, alumbrando grandes obras y empujando miradas diferentes, incómodas y llenas de inteligencia en un cine actual que también necesita mirar hacia otro lado, mirar hacia diferentes realidades, y sobre todo, dejarnos soñar y mostrarnos sueños, aunque sean de cinco chicos que no son nadie ni tienen nada, sólo a ellos que son una familia, una familia en continuo viaje, una travesía que no solo es lo ven y experimentan, sino también todo aquello que tienen en su interior, todos sus miedos, inseguridades, tristezas y fantasmas que nunca los abandonan, que son parte de sí mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un lugar llamado casa, de Emilie Beck

QUIERO SABER QUIÉN SOY.  

“Mi nombre real es Priyangika Samanthie, pero cuando me adoptaron me pusieron Kine Samanthie. Mientras otros soñaban con tener el carnet de conducir a los 18, yo solo quería volver a llamarme Priyangika”.

Esta es una historia que se remonta hasta el año 1992 en Sri Lanka, cuando nació Priyangika, hija de una madre soltera de pocos recursos que se vio forzada a dar su hija en adopción. Los afortunados fueron un matrimonio noruego que ya tenía otro niño del mismo país. Con solo siete semanas de vida, la vida de Priyangika dio un vuelco en todos los sentidos, porque se convirtió en otra persona, con otro nombre, viviendo en otro país, con otros padres y otra familia. Pero pasaron los años y Priyangika volvió a Sri Lanka con la intención de reencontrarse con su madre, su familia biológica y sobre todo, investigar las causas de su proceso de adopción. la directora Emilie Beck (Fredrikstad, Noruega, 1991), formada tanto en documental como ficción, se ha labrado una filmografía centrada en los problemas sociales, políticos y culturales y en favor de los derechos de las mujeres, como hizo en When the Wind Turned (2018), una película codirigida sobre una pareja que quiere vivir alejada de todo y todos y encuentra en el viento su fuente de energía. 

La historia sigue el periplo de Priyangika en su camino de volver a la tierra que la vio nacer, de reencontrarse con su identidad, con los suyos, con su madre, su tía, y sobre todo, investigar profundamente las características de su adopción, que está envuelta, como muchas de aquella época en enormes irregularidades y de un sistema que beneficiaba a los países enriquecidos a costa del empobrecimiento de los países asiáticos como Sri Lanka. Un viaje íntimo y sincero en el que la joven descubrirá su pasado, su país y sus gentes, y además, destapa un sistema completamente corrupto, tanto el de Sri Lanka como Noruega y muchos más otros, que se beneficiarán de la necesidad de unos y el deseo de otros. La cineasta noruega va al grano, su película es todo un estupendo ejercicio de síntesis y concisión, porque tiene una duración muy breve, apenas llega a los sesenta y siete minutos de metraje, en el que lo cuenta todo, o podríamos decir, que cuenta todo lo que necesita, cuenta un proceso muy personal de alguien que no sabe quién es, y sobre todo, se descubre a sí misma en este viaje, que es a su vez físico y emocional, un viaje que necesita para saber, para conocer y conocerse y también, para reflejarse en el país que apenas conoce, en los suyos, y las circunstancias que llevaron a su madre a entregarla en adopción.

Estamos ante una película con momentos duros, de esos que encogen el alma, como el conmovedor testimonio de su madre y la intensa conversación que mantienen frente al mar, y no menos, aquella otra que la protagonista tiene con su tía, donde se dice tan poco y se explica muchísimo, porque casi siempre las palabras explican cosas, pero las importantes, las que se sienten en el alma, no, donde hay que explicar sentimientos profundos, ocultos y difíciles de compartir. Un lugar llamado casa (No Place Like Home, en el original), es una historia que combina el dolor y la tristeza con la alegría y la esperanza, porque la historia de Priyangika Samanthie no es solo su historia, sino que es la historia de decenas de miles de niños y niñas que fueron adoptados de forma ilegal durante tantos años, sometidos a una relaciones entre el país enriquecido que necesita hijos e hijas, y el país empobrecido que necesita dinero y sobre todo, darles otra vida, mejor y más segura, para unos niños y niñas nacidos de la miseria, la injusticia y la explotación, en el fondo, otra forma de colonialismo subyacente que se sigue alimentando porque a los blancos les sigue interesando. En fin, la misma cosa de siempre, donde unos se aprovechan de otros, donde la justicia social es un espejismo, donde la democracia la impone quién tiene más y sobre todo, tiene más porque lo ha ganado de forma ilícita. 

Priyangika Samanthie conocerá su identidad, podrá compartir con los suyos y se topará con muchos enigmas, con mucha burocracia enmarañada y pasotismo por parte de las autoridades de Sri Lanka, pero dejará de sentirse en ese limbo donde no pertenecía a un país ni al otro, ahora sabe quién es, de dónde viene y algo de su adopción que ya es mucho, porque la mayoría de personas que han vivido un proceso de adopción de aquellos años, nunca sabrá nada porque la documentación existente es falsa. Resulta muy interesante y revelador la conversación que la protagonista tiene con sus padres adoptivos, donde ellos se sienten libres de cualquier responsabilidad y se aprovecharon de unas circunstancias que les favorecían. Un lugar llamado casa no habla del espacio físico, sino de la importancia capital de lo emocional, de sentir, de ser y de estar bien con quién eres, de tu procedencia, de dejar el rencor, el miedo y el dolor y abrazar la vida, la madre, los parientes y estar en paz consigo misma, porque hay cosas en la vida que no dependen de uno o una, pero lo que depende de uno, esas, las que más nos importan y nos hacen estar bien con nosotros mismos, esas son las que debemos buscarlas y reencontrarnos con ellas  y tenerlas en paz. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Meritxell Colell

Entrevista a Meritxell Colell, directora de la película «Dúo», en la Plaza de la Virreina en Barcelona, el Lunes 5 de septiembre 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Meritxell Colell, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo y excelente fotógrafo Óscar Fernández Orengo, que ha tenido la amabilidad y generosidad de retratarnos, y a Katia Casariego de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dúo, de Meritxell Colell

LOS ESCOMBROS DEL AMOR.

“¿Has dicho nuestro mirto, el árbol nuestro? En un idéntico bis que se desenvuelve hasta la trémula frase final, ¿Nosotros dos?”

Delirio (2004), de Laura Restrepo

El personaje de Mónica, una bailarina que volvía a construir lazos rotos con su familia y reencontrarse consigo mismo en sus raíces, que habíamos conocido en la película Con el viento (2018), ópera prima de Meritxell Colell (Barcelona, 1983), vuelve a cruzarse en nuestras vidas, ahora siguiendo el itinerario del mismo personaje en su vuelta a Argentina: Un reencuentro con ella, en otro viaje, ahora junto a Colate, su pareja artística y sentimental con el que lleva veinticinco años de relación. Como ocurría en su primera película, lo rural vuelve a ser el escenario del viaje por el norte del país, atravesando la cordillera de los Andes, mostrando su pequeño espectáculo de danza, textos y música. Su dúo se ha alejado de todos y todo, mostrando su arte a las pequeñas comunidades andinas con las que se van cruzando, desde el final del verano hasta el frío invierno. Desde la primera secuencia, íntima y reveladora, donde somos un espectador más del espectáculo itinerante de la pareja, asistimos a un amor en penuria, envuelto en lo que ya no es. Dos almas que se (des) encuentran, se tropiezan, se callan y sobre todo, se han dejado de mirar y sentir el uno con el otro.

La cámara de Sol Lopatin, magnífica cinematógrafa que ha trabajado con gente tan ilustre como Albertina Carri y Eliseo Subiela, entre otros, se convierte en una espectadora activa e invasora porque se mete entre ellos, como una piel más, pegada a ellos, una más de su entorno e interior cambiante y en silencio, con esa forma de desubicación que tenemos durante toda la película, donde todo lo que vemos se nos presenta fragmentado como una especie de puzle donde las piezas no encajan o están perdidas. El relato se desdobla constantemente, ya desde su título Dúo, como en su forma, donde la ficción y el documento se fusionan y se mezclan de forma admirable, con una naturalidad asombrosa y sin darnos cuenta, creando un espacio único en el que todo sucede de forma transparente y muy íntima. Una forma que se apoya en lo digital y el Super8mm, en el que uno sigue ese amor roto, la no historia de ellos, y su encuentro con los lugareños, y otra, el celuloide, actúa como diario intimo de Mónica, con el mismo aroma con el que se construían muchas de las piezas audiovisuales de Transoceánicas (2020), la película de misivas entre Lucia Vassallo y la propia directora. Un diario filmado por Colell junto a Julián Elizalde, cinematógrafo de Con el viento, en el que la protagonista reflexiona sobre sus orígenes, su madre, sobre su actual realidad, sobre el amor, sobre lo que queda de él, y por encima de todo, en el que hay tiempo para pensar en sus emociones, en su trabajo y en aquello que sintió y ya no.

En este sentido, el extraordinario trabajo de sonido que firma Verónica Font, que ha estado presente en todos los trabajos de la directora catalana, resulta crucial para crear esa atmósfera de diferentes sonidos, generando esa doblez que marca toda la película, de dentro a afuera y viceversa, donde todo se muestra y todo tiene su reflejo. Dúo sufrió los embates de la pandemia y dejó su rodaje a la mitad, hecho que provocó reinventar la película, por eso el preciso y brillante trabajo de montaje que firman la propia directora junto a Ana Pfaff (que poco hay que decir de una editora que ha trabajado en películas tan importantes como Alcarràs, Libertad, Espíritu sagrado, Ainhoa, yo no soy esa y Trinta Lumes, entre otras), que vuelve al cine de Colell, resulta un trabajo arduo, donde se encaja con sabiduría los ciento siete minutos que abarca la película, lleno de aciertos, detalles y compuesto por esa dualidad que atraviesa todo el relato, donde todo está envuelto en una suerte de viaje muy físico, donde sentimos y escuchamos cada piedra, cada diálogo y cada obstáculo, y muy interior, donde el silencio y el susurro se apoderan de todo, en un continuo contrapunto entre lo que se dice y lo que no, lo que se siente y no.

Dos poderosos intérpretes, dos almas a la deriva, náufragas de ese amor derrotado, de ese amor que se aleja sin remedio. Dos cuerpos que se abrazan pero ya no como antes, dos sentimientos tan cercanos como opuestos. Una Mónica García en la piel y el alma de Mónica, que después de su retiro de un año en su pueblo burgalés, vuelve, pero ya transformada y en constante cambio, caminando por esa delicada línea entre lo terrenal y lo emocional, en la incertidumbre de estar y no, con su especial intimidad con las mujeres del altiplano, donde se ve, se reconoce y se reconforta ante tanta soledad y tristeza.  Frente a ella, que no junto a ella, Colate en la piel de un inmenso Gonzalo Cunill, un actor de raza, carácter, de aspecto marcado y salvaje, una especie de Vincent Cassel, al que hemos visto en películas tan estupendas como Stella Cadente, La silla, Occidente, Arnugán, entre otras. Aquí dando vida al otro, al hombre, al que fue el guía, el compañero y todo para Mónica, ahora perdido en esa inmensidad que les separa, en ese adiós que tanto cuesta, en todas esas cosas que han vivido juntos y ya no viven, estando sin estar.

Una película que tiene el aroma de los silencios y las soledades que tanto capturaban Bresson, y Antonioni en sus almas perdidas de La aventura, El eclipse y El desierto rojo, en que el personaje de la Vitti no estaría muy lejos del de Mónica, o los solitarios y callados individuos que no formaban la pareja de Viaggio in Italia, de Rossellini, o esa no pareja, también de viaje, que se perdía por Copia certificada, de Kiarostami. No nos cansamos de sumergirnos en el cine de Meritxell Colell, al contrario, cada vez nos fascina muchísimo más, porque construye películas muy íntimas, muy cercanas, llenas de inteligencia y sobriedad, donde todo se cuenta desde el alma, desde la profundidad, sintiendo cada plano, cada encuadre, cada silencio, cada mirada, donde el viaje es visible e invisible, en el que se nos habla de memoria, de dónde venimos, hacia donde vamos, qué somos, y sobre todo, dónde estamos, que hemos dejado atrás, hacía donde nos movemos y sobre todo, que sentimos y que no. En fin, toda la incertidumbre de la vida y la existencia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Memoria, de Apichatpong Weerasethakul

EL VIAJE SONORO DE JESSICA.

“El presente no es otra cosa que una partícula fugaz del pasado. Estamos hecho de olvido”.

Jorge Luis Borges

Si hay algún elemento que caracteriza el universo cinematográfico de Apichatpong Weerasethakul (Bangkok, Tailandia, 1970), es la capacidad para generar inquietud desde el primer instante que arranca su película como ocurre en Memoria, con esa forma que tiene de abrir el relato. Una pantalla totalmente fundida en negro. De repente, en la quietud del silencio, irrumpe un fuerte sonido que sobresalta al espectador más concentrado. De la misma forma que sucedió con el cinematógrafo cuando apareció a finales del XIX, irrumpiendo en el mundo de la nada, desde el silencio, sin saber su procedencia ni hacia donde iba. Un sonido que llena todo el encuadre. Un sonido que no seremos capaces de borrarnos de nuestra memoria. Un sonido que irá repitiéndose a medida que avanza el metraje. Un sonido convertido en macguffin del relato. Un sonido que se volverá elemento circunstancial y fundamental en la existencia de Jessica, una botánica británica afincada en Colombia. La inquietud se apodera de la vida de Jessica y por ende, de toda la película, porque el director tailandés sabe jugar con maestría con todos los elementos del cine, y sabe que cualquier sonido nuevo o parecido al que ha abierto la película, generará ese espacio inquietante que tanto busca en sus historias.

El cineasta asiático tiene en su haber más de medio centenar de obras, desde que empezará allá por el 1993. En su filmografía encontramos de todo: cortometrajes, cine de no ficción, y ficción, que hacen un total de nueve largometrajes si contamos Memoria. Un cine filmado casi en su totalidad en su país natal, un cine que tiene en la naturaleza su espacio predilecto, y tiene en la cotidianidad y en el misterio que la rodea su base principal, llena de personajes presentes y pasados, es decir, individuos que viven un presente-pasado o quizás un futuro-pasado, nunca llegamos a adivinar todas las ideas y elementos que pululan en el cine de Weerasethakul, porque sus fuentes son inagotables, desde las tradiciones de su país, ya sean culturales, religiosas y sociales, siempre en un territorio ambiguo, que en muchos instantes, no pertenecen a este mundo, porque el director tailandés no quiere contarnos un relato aristotélico al uso, sino ir más allá, abriendo las vidas de sus personajes en todos los sentidos y fusionando tiempos, texturas y demás aspectos en toda su plenitud, invitándonos a dejarnos llevar a través de ese ínfimo conflicto que servirá como excusa para dejar lo racional y adentrarse en otros ámbitos de la espiritualidad y las emociones más ocultas y olvidadas, en las que entran en liza aspectos propios del cine fantástico.

Las películas del cineasta tailandés se centran en aspectos más propios de la irrealidad que nos envuelve, y en muchos momentos no sabemos qué significado poseen, pero eso, al fin y al cabo, es lo de menos, porque el objetivo de la película se ha conseguido con creces, y no es otro que despojarnos de lo tangible y material y adentrarnos en la naturaleza, en todo aquello salvaje, libre y lleno de misterios, objetos ocultos, tiempos indefinidos y porque no decirlo, espectros que no son de este lugar, fantasmas que habitan en las sombras, en los espacios que nos transportan a otros mundos, otras emociones, otros seres y otros yo. Con Memoria, Apichatpong Weerasethakul se adentra al igual que sus personajes, en otro mundo. La primera vez que rueda un largometraje fuera de su país, en Colombia, y lo hace en inglés y castellano, y con una actriz como Tilda Swinton en la piel de Jessica, que vive en la urbe. Un personaje al que acompañaremos por su viaje sonoro, un viaje en el que busca obsesivamente el origen de un sonido que le viene a la cabeza cada cierto tiempo. Un viaje que profundiza en lo íntimo para sumergirse en lo social, a través de la memoria individual a la colectiva, enfrentándose a todas las heridas y víctimas de décadas de violencia. En una primera mitad, la veremos encontrar una justificación racional, en el estudio con un ingeniero de sonido intentando emular el sonido misterioso, dejándose llevar por otros sonidos que contrarresten el escuchado.

En un segundo tramo, el personaje, perdido y a la deriva, deambulando como un espectro, irá trasladándose hacia la naturaleza, con un médico que cree que el sonido tiene que ver con su salud mental, con esa ambigüedad que mencionábamos anteriormente, en que el relato todavía no se ha despojado de su faceta más terrenal, porque el transito todavía está en proceso. Y finalmente, en la selva, junto a un río, encontrará a alguien, un tipo que limpia pescado, alguien tan misterioso e inquietante como el relato de la película, un individuo que dice albergar toda la memoria del lugar, toda la memoria de las personas, de los objetos, de las piedras, de las hierbas, etc… El exilio cinematográfico de Weerasethakul no ha sido en solitario, porque le acompañan dos de sus colabores más férreos en muchos de sus largometrajes como son Sayombhu Mukdeeprom (que también ha rodado con nombres tan prestigiosos como los de Miguel Gomes y Luca Guadagnino), en la cinematografía, en un película rodada en 35mm, con el peso, la densidad y la tensión que caracteriza el cine del tailandés, que ayuda a potenciar esa idea del cine de los orígenes que persigue la película, con el sonido como arma principal, donde cada encuadre está muy pensado, con esa idea de estatismo que respira cada fotograma de la película, con unos planos fijos y largas secuencia, en consonancia a lo que está experimentando la protagonista, donde todo está envuelto en un aura de misticismo y espiritualidad, una especie de letargo extraño en que el sonido, ese inquietante sonido, se apodera del personaje hasta convertirlo en un mero espectro sin vida, sin tiempo ni lugar.

Otro compañero de viaje que acompaña al director es Lee Chatametikool en el montaje (que tiene en su haber películas tan importantes como Hasta siempre, hijo mío, de Xiaoshuai Wang), pieza capital en la filmografía del director asiático, porque es en el tiempo de duración de los diferentes encuadres y planos que se va creando toda la fuerza de su narrativa, donde prima más como se cuenta que lo se cuenta en sí, en los que ciento treinta y nueve minutos de la película nos llevan a través de una profunda ensoñación, en un viaje sensorial, espiritual y fantasmal, donde ya no somos, y si somos, somos ya otra cosa que somos incapaces de definir. Un reparto en el que brillan un tótem como el mexicano Daniel Giménez Cacho, fraguado en mil batallas, que tuvo en Zama, de Lucrecia Martel y El diablo entre las piernas, de Arturo Ripstein, unos de sus últimos grandes trabajos. Le acompañan la actriz francesa Jeanne Balibar, que muchos recordamos por sus grandes interpretaciones con Raoul Ruiz, Olivier Assayas, Mathieu Amalric, Jacques Rivette, Pedro Costa, entre otros, en un breve rol pero muy interesante. El colombiano Elkin Díaz en un inquietante personaje, una de esas composiciones tan cotidianas y a la vez, tan misteriosas.

 Y finalmente, Tilda Swinton, que decir de una actriz tan camaleónica, capaz de hacer cualquier personaje, y no solo eso, sino dotarle humanidad y ligereza, por muy extravagante, extraño y ambiguo que resulte. Su Jessica es una mujer que deambula, acechada por ese extraño sonido que la empuja hacia el abismo, a un lugar lejos de donde está y sobre todo, lejos de ella. Un actriz que tiene una capacidad inmensa para transmitirlo todo a través de su mirada y sus gestos, siempre comedidos y concisos, nada estridentes. Es una actriz fuera de serie, con un rostro inolvidable, que no solo tiene al personaje en su piel sino también en su interior, que es mucho más difícil. Su Jessica es la mejor compañía que pudiese tener Memoria. El nuevo largometraje de Apichatpong Weerasethakul es una invitación a su universo despojado de embellecimientos y demás accesorios, un mundo y unos mundos que no pertenecen a este, un espacio en el que todo confluye, donde recuerdos y objetos se enlazan, donde la memoria recuerda o cree recordar, donde el pasado, el presente y el futuro convergen en un solo tiempo o tiempos infinitos, donde nada es lo que parece, donde todo adquiere un significado nuevo y diferente, donde Jessica seguirá enfrentándose a todo lo que fue, a todo lo que es y todo lo que será. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Compartimento nº 6, de Juho Kuosmanen

LOS VIAJES EN TREN…

“Voyage, voyage” / plus loin que nuit et le jour / (voyage, voyage) / dans l’espace inouï de l’amour / Voyage, voyage / sur l’eau sacrée d’un fleuve indien / (voyage, voyage) / et jamais me reviens”

Letra de la canción  “Voyage, voyage”, de Desireless

Los que viajamos en tren, ya sea en cercanías o larga distancia, podríamos contar las mil y una que nos han pasado en esos viajes. Viajes con un destino fijado, viajes con billete de ida y vuelta, viajes donde muchas veces era más intenso el propio viaje que el destino final. Recuerdo especialmente uno de ellos, uno que sin saberlo entonces, iba a cambiarme la vida en todos los sentidos. Un viaje en cercanías, un viaje en el que conocí a alguien, a alguien muy diferente a mí, a alguien que formaría un tiempo parte de mi vida. Un tiempo que me iba a cambiar para siempre, y todo empezó en un viaje en tren. Una experiencia similar es la que les ocurre a Laura y Ljoha, los dos protagonistas de Compartimento nº 6, la segunda película de Juho Kuosmanen (Kokkola, Finlandia, 1979), después de la interesantísima El día más feliz en la vida de Olli Mäki (2016), donde retrataba el año 1962 en un melancólico blanco y negro, la vida de un boxeador vulnerable, atrapado a sus circunstancias y muy enamorado.

El director finés ha escrito un guion junto a Livia Ulman y Andris Feldmans, basado en la novela homónima de Rosa Liksom, en el que vuelve a los ambientes cotidianos que poblaban su primer trabajo, a esos personajes perdidos, atrapados en su existencias anodinas, en una especie de huida no se sabe dónde, metidos o encerrados en un minúsculo compartimento que deberán compartir dos personajes opuestos, o quizás no lo son tanto, porque, entre otras cosas, ambos viajan desde Moscú en el transiberiano con destino al puerto ártico de Murmansk en la Siberia. Ella, finlandesa, huye de una relación insatisfecha, y desea ver unos petroglifos, unas pinturas rupestres. Él, ruso, viaja para trabajar en la mina. La película nos abre una ventana para conocer a estos dos individuos, en una relación distante y llena de altibajos, porque deben compartir cuando no quieren, pero a medida que avance el viaje los iremos conociendo más profundamente, les iremos viendo sus virtudes y defectos, sus inquietudes, sus ilusiones, y demás oscuridades y alegrías.

La trama se sitúa en un tiempo indeterminado de los años noventa, cuando todavía las nuevas tecnologías no habían convertido la sociedad en un mero espejo artificial donde la individualidad prima sobre el otro, y la película aboga por eso mismo. Por mirar al otro, aceptarlo por muy diferente que aparentemente sea de nosotros, por ofrecerlos la oportunidad y la experiencia de entablar un diálogo, y quizás una conexión, nunca se sabe, y la empatía, ese valor tan desuso en los tiempos de ahora, donde cada uno se obceca en ser él, sin importarle el resto, y sobre todo, lo que sienten los demás. Estamos hablando de un viaje de más de 1900 kilómetros, de sur a norte, que recorre toda la parte oeste de Rusia, que en los años noventa aúna duraba mucho más que ahora, con sus días y noches, sus paradas nocturnas, el vagón comedor, y los parones para echar un cigarro o estirar las piernas. Unos viajes que se convertían en una auténtica odisea. Un viaje que requería mucho tiempo para llevarlos a cabo. El tiempo, sumamente importante en la película, porque nos obliga a mirar a los personajes, a estar con ellos y a compartir. Todo lo contrario que en la actualidad, donde el tiempo se ha convertido en un enemigo implacable, un elemento que hemos perdido en la actualidad, donde todo se hace con prisas y no hay tiempo para nada.

La excelente cinematografía, naturalista e íntima, donde sentimos el frío y la cercanía de los personas, los objetos y sus sonidos, que firma J-P Passi, como lo hizo en la primera película de Kuosmanen, y el inmenso trabajo de montaje de Jussi Rautamieni, que también estuvo en la opera prima del director finés, que encaja con oficio e inteligencia los ciento siete minutos de la película, dotándola de ritmo y tensión, en apenas un par de espacios reducidos del tren. La maravillosa pareja protagonista de la película, tan ajenos y tan cercanos, que son el alma mater de una historia en la que buena parte de su metraje ocurre en un compartimento muy estrecho, donde se respira casi al unísono, y todo está demasiado cerca. Seidi Haarla, muy popular en Finlandia, por trabajos en la televisión en series como Force of Habit, da vida a Laura, la aspirante arqueóloga, que todavía no sabe que hará después de los petroglifos, porque quiere alargarlo todo lo posible por miedo a no saber dónde ir después. Una mujer que se encuentra de viaje, porque detenerse es reflexionar y mirarse hacia dentro y descubrir que las cosas no andan bien y hay que cambiarlas, y ese miedo todavía no tiene fuerzas para afrontarlo. Frente a ella, el actor ruso Yuriy Borisov, que hemos visto en Elena (2011), de Andrey Zvyagintsev, entre otras muchas películas rusas, interpreta al arrogante y vulgar Ljoha, un tipo que viaja para incorporarse a la industria minera, alguien que oculta muchas buenas cosas en su interior, pero va de duro y distante con Laura, pero entre los dos, y los kilómetros de viaje y tren, todo irá cambiando.

Kuosmanen ha construido una película que habla de muchas cosas, de la vida, de quiénes somos y cómo vemos a los demás, de amor o no, que tiene a la canción “Voyage, Voyage”, de Desireless, que pegó muchísimo en toda Europa a finales de los ochenta y principios de la nueva década, que actúa como leti motiv de la película, donde miramos la vida pasar, desde la ventanilla del compartimento nº 6 de un tren que nos lleva a Murmansk, a ese espacio del ártico, donde hace un frío que pela en pleno invierno, donde Laura y Ljoha van a parar. Y recuerden, siempre es un buen momento hacer un viaje en tren. Así que, estacionen su vehículo, compren un billete, da igual el destino, y déjense llevar por el viaje, sin expectativas, disfrutando de cada instante, tanto de ustedes como de los otros, alrededor de desconocidos que quizás se conviertan en muy cercanos, eso sí, apaguen el móvil, como antes, cuando el dichoso aparatito no existía y dejaba libertad para mirar nuestro entorno, para mirarnos a los ojos, para hablar con el otro, porque nunca un viaje en tren los dejará indiferentes, y quizás, ese viaje les cambie la vida, igual que me ocurrió a mí… JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Encuentro con Werner Herzog

Encuentro con el cineasta Werner Herzog, con la presencia de Marc Vila y Liliana Díaz, Coordinadores Acceleradora de Cinema – La Selva. Ecosistema Creatiu, y Javier Fuentes Feo, Director Muestra de Cine de Lanzarote, en el Hall del CCCB en Barcelona, el miércoles 20 de octubre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Werner Herzog, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a la gran labor de la intérprete Marta Altimira, y a Núria Costa de Trafalgar Comunicació, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

 

Nora, de Lara Izagirre

REENCONTRÁNDOSE EN EL CAMINO.

“A veces, hay que hacer lo que hay que hacer”.

De la cineasta Lara Izagirre (Amorebieta-Echano, Vizcaya, 1985), conocíamos su interesante y audaz opera prima Un otoño sin Berlín (2015), protagonizada por unos excelentes Irene Escolar y Tamar Novas que daban vida a los desdichados June y Diego. Una película íntima, muy de interior, encerrados en un piso de la ciudad, con pocos personajes, que nos hablaba de las dificultades de encontrar nuestro lugar y reencontrarnos con aquellos que creíamos olvidados. A través de su productora Gariza Films ha ayudado a levantar películas tan interesantes y de diversos géneros y tonos como Errementari (2017), Vitoria, 3 de marzo (2018), y Una ventana al mar (2020), entre otros. Con Nora vuelve a ponerse tras las cámaras, pero virando hacia un nuevo lugar y tiempo. Vuelve a centrarse en una mujer, la Nora del título, y con más o menos la edad que tenía June, y en un estado vital parecido, pero las circunstancias han cambiado. Nora vive con su abuelo “aitite” Nicolás en Bilbao, un abuelo entrañable que está delicado de salud. Cuando este muere, Nora necesita cambiar, irse y perderse unos días. Así que, coge el viejo Citroën Dyan 6 azul del abuelo, y se lanza a la carretera sin saber adónde ir, solo hacer kilómetros y dibujar lo que ve y sobre todo, lo que siente.

La directora vizcaína cimenta toda su película a través de su personaje, un personaje que siente más que habla, que se busca más que busca, y que anda rastreando las huellas de su abuelo. Un relato humanista y sencillo que nos habla susurrándonos a la oreja, hablándonos de conflictos emocionales que ya padecían sus anteriores protagonistas de Un otoño sin Berlín, pero con otro tono, más vitalista, menos pesado, más ligero, a través de un verano por el norte, saliendo de Bilbao y va perdiéndose por esos pueblos de mar, llenos de encanto, tranquilos, donde todo sucede a un menor ritmo que la ciudad que ha dejado Nora. La joven necesita eso, paz, soledad, dibujar y olvidarse de quién era para descubrirse, reconocerse y encontrar su camino en continuo movimiento. Tiene la película de Izagirre ese tono y ese marco de las películas de Rohmer, con el dos caballos, esos pueblos de la costa francesa, y esas amistades y relaciones que van y vienen sin un punto al que agarrarse. Nora  no estaría muy lejos de la Eva de La virgen de agosto (2019), de Jonás Trueba, pero en vez de perderse por la ciudad, perderse por los caminos de la costa.

Tiene el aspecto de una road movie, aunque una anti-road movie, más cerca del marco que propone la estadounidense Kelly Reichardt, donde los personajes van acumulando kilómetros sin saber muy bien que hacen ni a qué lugar se dirigen, eso sí, cruzándose con otras personas, descubriéndolas y descubriéndose a través de ellas, en un choque constante con ese reflejo que nos va empujando constantemente, en que el viaje físico es simplemente un adorno para adentrarse en el interior más complejo y en constante ebullición del personaje de Nora. Una película donde la parte técnica resulta brillante y acogedora, ya desde esa limpieza y naturalidad visual en un enorme trabajo de cinematografía de Gaizka Bourgeaud, y la exquisita y rítmica edición de Ibai Elortza, que ambos repiten después de la experiencia de Un otoño sin Berlín. El estupendo trabajo de sonido que firma uno de los grandes como Alejandro Castillo, y la excelente música que nos va sumergiendo y guiándonos de forma natural y sin ataduras, que han compuesto la joven Paula Olaz y un grande como Pascal Gaigne.

La brillantísima interpretación de Ane Pikaza, que habíamos visto en pequeños papeles en Vitoria, 3 de marzo  y Ane, autora también de las maravillosas ilustraciones que le van acompañando en su viaje, en un personaje que le va como anillo al dedo, con esa mezcla de dulzura, enfado consigo misma, y ganas de todo y de nada, con el contraste de ir perdida y a la vez, tener claro que al sitio que más quiere ir es cualquier lugar para estar consigo misma, y mirarse al espejo para saber quién es y quitarse gilipolleces de encima. Le acompaña un monstruo de la interpretación como el veterano Héctor Alterio como el abuelo Nicolás, y otros grandes intérpretes vascos como Ramón Barea y Klara Badiola que hacen de sus padres y una breve, pero intensa intervención de una formidable Itziar Ituño. Nora es una película vitalista, ligera y libre, que habla de ese momento que no sabemos qué hacer con nuestra vida, que debemos recuperarnos por una pérdida, en este caso la del abuelo, y que nos vamos a ir encontrando con otras personas por el camino, unas que nos enseñarán y mostrarán sus vidas, y otras, a las que seremos nosotros que ayudaremos.

Izagirre construye un relato sobre la vida, sobre las emociones, plasmando una mirada sensible e intimista, capturando la vida y las pequeñas cosas que suceden en ella, casi imperceptibles si no nos detenemos y miramos a nuestro alrededor, siguiendo esa idea de la vida como un camino donde hay obstáculos, pero también alegrías, eso sí, más breves, pero muy intensas, porque al igual que le sucede emocionalmente a Nora, todos en algún lugar de nuestras vidas nos hemos sentido así, como Robinson Crusoe perdidos no en una isla, sino perdidos del todo, aunque también sabemos que todo eso pasará, y que mientras tanto, tenemos la obligación de no detenernos, de continuar en movimiento, ya sea en un viejo Citroën, haciendo carretera aunque no sepamos muy bien conducir, conociendo personas que nos agradarán, otras no, y sobre todo, sabiendo que la vida es y será una experiencia, una experiencia que tiene mucho  más que ver con lo que nos pasa por dentro que por fuera. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La viajante, de Miguel Mejías

LA HUIDA IMPOSIBLE.

“Percibir la eternidad en el rumor de un insecto”

Paul Éluard

La película se abre con un plano extraño e inquietante, una cámara de cine sobre un trípode, en lo que parece un lugar aislado, un desierto. Pero, la cámara no nos mira, sino que está hacia abajo. Luego, en el interior de un bote tapado, un escarabajo boca abajo se retuerce intentando infructuosamente salir, situación que se repetirá más adelante con una ligera variación, pero el mismo efecto de quietud, vacío y laberinto que siente la protagonista. Dos instantes que tienen mucho entre sí, dos momentos que definen enormemente el proceso emocional en el que se encuentra Ángela, un personaje que lo conoceremos en tres episodios. En el primero, que recibe el título de “La ciudad, La madre”, donde los recuerdos y la memoria juegan un papel importante en la relación de Ángela y su madre. En el segundo, “Tierras sin nombre”, la joven abandona la ciudad a bordo de su automóvil  para adentrarse en zonas aisladas como el desierto, y otras zonas boscosas y aisladas, donde recogerá a Miquel, un hombre cansado y misterioso que vuelve a su casa. El episodio que cierra la película, “Ansia de infinitud”, la relación entre Ángela y el hombre se hace más intensa emocionalmente hablando.

El director Miguel Mejías (Tenerife, 1991), había dado que hablar por sus interesantes cortometrajes como Icelands (2016) y Nocturnos (2017), entre otros, emprende en su opera prima, coescrita junta a Amanda Lobo, una película sumamente singular y seductora, conduciéndonos por una historia intimista, donde apenas hay diálogos, y filmada mediante un intenso y magnífica trabajo de cuadro y cinematografía que firma Pablo G. Gallego, donde imperan las luces mortecinas, neblinas y demás texturas, con otras, más nocturnas, con luces de neón y demás, que recuerda a los universos de Kar-Wai y los de Winding Refn de The Neon Demon, el magnífico trabajo de montaje del propio director, Oscar Santamaría (que había hecho el de Julie, de Alba González Molina), y Sergio Jiménez (editor de gente tan interesante como Luis López Carrasco, Ion de Sosa, y la reciente Karen, de María Pérez Sanz), donde el tiempo se pausa o se alarga según el momento, creando esa idea de fábula entre la realidad y el sueño. El excelso trabajo de sonido de Ángel Fragua y en mezclas, Raúl Capote, para diseñar todo ese mundo que vemos y sobre todo, oímos, convirtiendo el sonido en un espacio orgánico donde todo tiene vida y muestra emociones complejas y de verdad, como la música que firma Eduardo Paynter y Alberto Cobián, que junto a los temas que escuchamos, imprimen a la película esa sensación única y absorbente en el que nunca sabemos dónde estamos ni para qué, en una especie de infinito bucle en que todo el espacio y todo su entorno se mueve entre la realidad abstracta, el sueño y las formas difíciles e indefinibles.

Los insectos que se va encontrando Ángela, esos animales que parecen ser el motivo del viaje de Ángela, acaban siendo reflejo del alma complicada de la protagonista, como el citado escarabajo, la mariposa como símbolo de esa libertad difícil de definir, o ese gusano que se mantiene encima de la frágil rama sin saber su destino. La viajante es una película que quiere volar libre, creando esa imagen y sonidos envolventes, para construir su especial y sugerente universo por el que transita el relato, aunque podríamos acercarla a los anti westerns que tanto le gustaban a Hellman, como El tiroteo o esa cult movie como Carretera asfalta en dos direcciones, donde encontramos individuos como Ángela o Miquel, personas huyendo de algo o alguien, sin rumbo, sin vida, solo viajando, o los personajes propios de Antonioni, vacíos, sin alma, en continuo movimiento físico y sobre todo, emocional, como la Vitti de La aventura y El desierto rojo, y qué decir de aquellos que recorrían el desierto en El reportero, intentando encontrar un destino a sus existencias, y los tipos que caminan sin destino y solitarios que tanto le gusta filmar a Gus Van Sant.

Dos grandiosos intérpretes que dicen mucho hablando tan poco, que ya los pudimos ver compartiendo película en Diamond Flash (2011), de Carlos Vermut. Una Ángela Boix, con esa mirada y aspectos que traspasan la pantalla, convertida en actriz fetiche de Mejías, vuelve al universo del canario, encarnando a esa antiheroína que se quiere escapar de todo y sobre todo, de sí misma, de sus recueros, de su vida vacía, como esos encuentros fugaces del inicio de la película, de un vacío y de un todo que la ahoga. Junto a ella, Miquel Insua, uno de esos actores con un rostro de tiempo y vida, que nos recuerda a uno de esos vaqueros llenos de polvo y alcohólicos que solo querían descansar y nada más, hace de ese profesor cansado y amargado, que nada quiere, nada necesita y regresa a casa sin más. Mejías que filma y nos filma con esa cámara de cine de Súper 8 que filma los diferentes lugares, a ellos, a los insectos, que irá capturando la vida o la vida que se escapa y no volverá jamás, donde el cine, que juega un rol fundamental en la película, como metáfora de ese tiempo que se nos escapa imposible de retener.

Los espectaculares lugares que recorremos, en este viaje emocional y muy físico, encantados con su belleza y fantasmagoría, perdidos en el tiempo, de otros mundos, espacios sin vida, por las mañanas, donde Ángela y Miquel mantienen esas conversaciones sobre de dónde vienen y hacia donde se supone que van, y por las noches, la necesidad de aislamiento y soledad la comparten en bares y clubs de carretera donde el sonido y la música se imponen a los diálogos, porque la idea de el director tinerfeño es hacer su película muy visual y sonora, donde las imágenes y el sonido nos expliquen todo lo que encierran estos dos personajes, que huyen o regresan, al fin y al cabo es lo mismo, olvidarse de todos, y estar con uno mismo, existiendo en soledad, con ese vacío que tanto nos sigue o persigue, imposible de aislarlo, porque cuando todo desaparece, solo quedamos lo que somos, todo ese enjambre de vidas no vividas, recuerdos, personas ausentes, lugares extraños y sobre todo, el sueño de huir de nosotros mismos, aunque en la realidad, o en la realidad que nos vamos creando, eso no sea posible, quizás solo en nuestra imaginación, en aquello que vemos y tenemos la necesidad de filmar, de capturar para la eternidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA