¡Caigan las rosas blancas!, de Albertina Carri

VIAJE A NINGÚN LUGAR.   

“En el laberinto de mis pensamientos, encuentro la belleza en la oscuridad, la luz en la sombra, la esperanza en el abismo”. 

Alejandra Pizarnik 

El universo de Albertina Carri (Buenos Aires, Argentina, 1973), está construido en base a la constante exploración de las herramientas de lo cinematográfico, es decir, cada trabajo de la cineasta bonaerense nace de dos vías. En la primera, cuenta un relato o algo que se le parezca a esa definición, y en el segundo, somos testigos del proceso de ese no relato, donde la película continuamente muestra sus herramientas al natural, en que el descarte se convierte en materia fílmica y viceversa, en un continuo juego donde la película va cambiando, va yendo hacia lugares desconocidos que la hacen viva, de su tiempo y la convierten en un poderoso viaje lleno de cuestiones y nada convencional. De sus siete largometrajes, el puñado de cortometrajes y serie podemos decir que la mirada de la directora de la fascinante Los rubios (2003) ha navegado por todo tipo de mares: el documental, el archivo, la ficción, en que cada obra suya tiene de todo y se nutre de todo para crear un mundo único, profundo, inteligente y lleno de poesía y política, porque su cine es bello y trágico a la vez. 

En ¡Caigan las rosas blancas!, que podría encajar como díptico junto a Las hijas del fuego (2018), donde exploraba las posibilidades de la representación del porno a partir de un viaje en el que varias mujeres practican sexo poliamoroso y explicito en un hermoso canto feminista sobre la necesidad de compartir en libertad y en paz. En su nueva película, a partir de un guion que firman Agustín Godoy, la propia Carri y Carolina Alamino, la actriz que hace de Viole, la protagonista, en la que cuenta a través de Viole, la directora que, después del éxito de la anterior, es contratada para hacer un porno mainstream que la lleva a una crisis y acaba por renunciar, yéndose con tres amigas que trabajan en la película lanzándose a un viaje sin causa ni efecto. La película nos lleva por una travesía en el que continuamente va mutando en géneros y texturas, con el aroma de La flor (2018), de Mariano Llinás, a modo de episodios en los que transita por la road movie, la comedia disparatada y negra, el musical, el documental, el metacine, el melodrama, la de aventuras, el terror y el thriller y el fantástico, en la que volvamos a encontrarnos con las formas de representación y las diferentes miradas a estructuras, formatos y texturas, en que el video doméstico y el Súper 8 entran en escena, en una película en continua ebullición, a punto de explotar, como sucedía con Las hijas del fuego, donde la experimentación estaba cruzada con lo que se cuenta, en este caso, la crisis tanto profesional como existencial de Viole, la directora que ha perdido la ilusión del cine y de vivir. 

La magnífica cinematografía que firman el dúo Sol Lopatin (que ya estuvo en La rabia (2008), amén de Dúo, de Meritxell Colell y en películas de Daniela Goggi), y la brasileña Wilssa Esser, que ha trabajado con Anna Muylaert, y en la reciente Levante, de Lilah Halla, que contribuye a dar ese aroma de inmediatez que tiene toda la película, de una naturalidad asombrosa y una forma de contar que todo está pensado pero sin parecerlo, como si fuese todo espontáneo. La música de la española Paloma Peñarrubia, que tiene en su filmografía a cineastas como Samu Fuentes, Juan Schnitman y Rocío Mesa, entre otras, ayuda a fusionar el frenético y caótico viaje junto a lo poético y lírico que anidan en el alma de todo lo que sucede. El montaje de lautaro Colace, que ya trabajó con Carri en la serie 23 pares (2012), y cuatreros (2016),  con sus 122 minutos de metraje, que avanzan a muchas velocidades, con ese aire de western crepuscular a lo Monte Hellman, en que el viaje es una mera excusa para contar y contarnos las diferentes crisis tanto de la cineasta como de sus acompañantes, en una travesía que parece enroscarse y sin salida, en ese estado de soledad, pérdida y sin reconocerse a uno mismo, como sucedía en películas como Jauja (2014), de Lisandro Alonso, y Zama (2017), de Lucrecia Martel.  

El magnífico cuarteto protagonista empezando por la mencionada Carolina Alamino, siguiendo por Mijal Katzowicz, Rocío Zuviría y María Eugenia Marcet, que ya deslumbró en Las hijas del fuego, donde daban rienda suelta a sus pasiones y deseos sexuales en un desenfreno alucinante y contestatario. Ahora, también viven un viaje de aúpa donde les ocurre de todo, que recorre lo más rural de la Argentina hasta llevarlas hasta un lugar que mejor no desvelar para disfrute del espectador/a. Las cuatro actrices se atreven con todo, transmitiendo una naturalidad que traspasa la pantalla y nos devuelve a ese cine sin tanta impostura ni artificio. Les acompañan dos grandes como Laura Paredes, una actriz muy “pampera” que era una de las protagonistas de la citada La flor, aquí transformándose en un rol muy alejado de ella pero dándolo todo, una presencia tan brillante como la de Érica Rivas en Las hijas del fuego, en dos personajes en las antípodas. Destacada la presencia de la española Luisa Gavasa, en un rol que es mejor no desvelar, porque adquiere una importancia capital en la trama ya que es uno de esos personajes que no dejan indiferente, y sobre todo, nos habla de la raíz primigenia del cine, ya verán. 

Resulta muy agradable encontrarse con el cine de Albertina Carri y cada nuevo trabajo es una gran alegría para el cine y para su constante mutación, para preguntarse constantemente por qué se hacen películas y porqué se hacen como se hacen, y muchas más cuestiones que hacen del cine una herramienta en constante movimiento y evolución, donde siguen habiendo caminos y lugares por explorar, por indagar y por investigar. ¡Caigan las rosas blancas! es una de esas películas tan originales e irreverentes cargada de belleza, de poesía, de política, de cine, de su tiempo y de cualquier tiempo, que se atreve con aguas de todo tipo, y pasa de sofisticaciones ni de estridencias que tanto se llevan, para crear su propio mundo, tan cercano como extraño, tan natural como diferente, por donde pasa la vida, el erotismo, el sexo, las dudas, las crisis, las de allí y las de allá, en que el espectador sigue muy atento a todo lo que ocurre y cómo ocurre, porque en el cine de Carri nada es esperado y en el fondo, si, porque ella, al igual que le ocurre a Viole, emprende un viaje hacia adelante sin olvidar los orígenes, la propia esencia del cine, lo más básico y artesanal, encontrando la pureza de las cosas, lo primigenio, aquello que con tanto pompa e inmediatez, olvidamos y perdemos y debemos recuperar para seguir viviendo y soñando el cine. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Crossing, de Levan Akin

LOS VIAJES INTERIORES.  

“Quedamos enredados en los destinos de personas que en nuestra familia se perdieron porque fueron olvidadas o excluidas”. 

Bert Hellinger 

Cuando se entrenó entre nosotros la película Solo nos queda bailar (2019), de Levan Akin (Tumba, Botkyrka, Suecia, 1979), nos sorprendió su trabajo en la planificación, la intensidad de sus intérpretes y la fuerza para transmitir un relato sobre la amistad, el amor, el baile y la liberación en un país como Georgia, del que apenas nos llega su cine. Ahora, nos llega el nuevo trabajo del director sueco con padres georgianos, en el que ahora el viaje es tanto físico como emocional, porque recoge el viaje de un grupo de excluidos que van desde Batumi en Georgia hacia Estambul en Turquía cruzando, y de ahí viene su título original, Crossing, el Mar Negro, porque Lia, una maestra jubilada debe encontrar a su sobrina Tekla, una mujer trans que años atrás tuvo que huir porque su familia no la aceptaba. En este viaje le acompaña Achi, un joven georgiano desarraigado y sin futuro que dice conocer su paradero. En la capital turca se cruzarán con Evrim, una chica trans que trabaja como abogada en una ONG. 

Aunque en una primera instancia, la película pudiese someterse al drama duro y sin concesiones, la historia se aleja mucho de esa premisa y construye un relato primoroso e intenso sobre la odisea, ya pensarán ustedes si les parece grande o pequeña, de la insólita pareja protagonista que, aunque patriotas tienen muchas cosas que les alejan, pero ahí reside la propuesta de Crossing, de hablarnos de los vínculos familiares fuera de la familia, a través de desconocidos que se miran de frente, se apoyan e intentan que su entorno más inmediato duela menos. La película es muy física, pateamos las angostas y tumultuosas callejuelas de la urbe sintiendo cada paso, cada esquina y cada espacio, ya sea a pie o en ferry para pasar de un lado a otro. El guion del propio Akin, huye de la sorpresa y de otras piruetas argumentales, para centrarse en sus personajes, sus relaciones y sus emociones, todo contado desde el alma, sin imposturas ni nada que se le parezca, con autenticidad, verdad y una intimidad que sobrecoge. Estamos ante un western urbano, o mejor dicho, un drama de vidas anónimas y cotidianas, donde también hay comedia, mucha música y sobre todo, un viaje donde lo importante es conocerse y reconocerse ante el espejo y sobre todo, ante los demás. 

Un trabajo de estas características necesita un excelente trabajo de cinematografía como el que realiza la sueca Lisa Fridell, que ya hizo lo propio en la mencionada Solo nos queda bailar, porque requería un gran trabajo físico y capturar la inmediatez y la fisicidad que desprenden cada mirada y cada gesto entre los tres personajes. El formidable montaje que firman Emma Lagrelius junto al propio director, que consigue imprimir la fuerza y la pausa necesarias, en una cinta donde lo físico es primordial, pero también las invisibles y pequeñas tragedias personales que viven cada uno del trío protagonista, que tienen en común su soledad, su necesidad de encontrarse y sobre todo, encontrar su lugar en un mundo demasiado egoísta, individualista y vacío. La música también juega un papel importante en la película, porque continuamente estamos escuchando alguna melodía o canto, elemento esencial como sucedía en la citada Solo nos queda bailar, aquí también lo es porque cuando faltan las palabras, el relato se acoge a la música y el silencio de los personajes, donde también conmueve desde lo más cercano, sin ningún tipo de alarde o gesto enfatizado. 

El extraordinario trío protagonista que transmite una naturalidad y transparencia desbordantes compuesto por la veterana Mzia Arabuli, que hizo una película con el gran cineasta georgiano Serguéi Paradzhánov, en el papel de Lia, una mujer derrotada pero en pie, que busca a su sobrina Tekla, en un viaje interior de aúpa, que tendrá sus altibajos durante el metraje, pero que nunca tirará la toalla, porque sabe que necesita el reencuentro. A su lado, el debutante Lucas Kanvaka en la piel de Achi, un joven que huye de la tutela férrea de un hermano mayor sin provenir en un país como Georgia donde no encuentra su lugar, y se agarra a Lia a un destino sin destino, pero con la convicción de encontrar lo que busca. La otra debutante es Deniz Dumanli en el rol de Evrim, la chica trans que ayudará a esta peculiar pareja, que también su lugar, su amor y su reconocimiento como mujer y como abogada. Con Crossing, el cineasta Levan Akin vuelve a deleitarnos con una película grande, llena de pliegues y texturas, intensa, poética y emotiva, sin ser sentimentaloide, de verdad, con personajes de carne y hueso, los nadies que mencionaba Galeano, los invisibles, los excluidos y los desheredados que al igual que todos y todas nosotras desean lo mismo, encontrar ese lugar donde sean bienvenidos y puedan vivir en paz. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Entrevista a Lucija Stojevic

Entrevista a Lucija Stojevic, directora de la película «Pepi Fandango», en la sede de la productora Noon Films en Barcelona, el martes 3 de septiembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lucija Stojevic, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Pepi Fandango, de Lucija Stojevic

MARCADO POR EL DOLOR. 

“Los primos sonidos que marcaron mi vida y que tengo en las entrañas fueron los fandangos a palo seco, de voces infantiles o adultas aislados en el campo de concentración de Rivesaltes: Y claro no recuerdo letras, sólo palabras que se repetían: hambre, enfermo, fiebre. En caló: madre – vata, quiero – camelo, pan – manró, comer – jalar, cagar – jiñar, penas y duquelas. 

Pepi

Conocí el cine de Lucija Stojevic (Zagreb, Croacia, 1980), a través de La Chana (2016), su primera película en la que recuperaba la figura de la famosa bailaora, ahora olvidada, siguiéndola en su quehacer diario mediante una transparencia y naturalidad absorbentes, y recorriendo su vida artística y su memoria con imágenes de archivo. Una película de investigación y humanista que nos devolvía a alguien que el tiempo borró. Con Pepi Fandango, su segundo trabajo, vuelve a rastrear en el pasado y recupera la memoria de Peter Pérez, más conocido como Pepi, un vienés judío de 84 años, que durante niño estuvo preso durante la Segunda Guerra Mundial en el campo de concentración de Rivesaltes, al sur de Francia y su relación con el fandango, otra vez la música como leit motiv, que escuchaba a niños durante su estancia en el citado centro. 

La película se estructura a través de una película de carretera, o lo que es lo mismo, un western, donde el citado protagonista, con la compañía de su fiel amigo y músico Alfred, salen de Viena, pasan por Barcelona y llegan a Paterna de Rivera, al sur de Cádiz, donde se reencuentran con amigos y antiguos cantaores de fandango. Un trayecto físico y vital en el que vamos conociendo el dolor y el trauma que siempre han estado ahí, en el que Pepi ha luchado y convivido, en el que la música ha ayudado a vivir, revivir y sobrevivir, donde la película lo aborda con la poesía, sin entrar frontalmente ni ser evidente a la hora de explicar lo que sucede, si que lo hace proponiendo un interesante ejercicio de memoria, donde los recuerdos, las experiencias y el pasado se mezclan generando imágenes inconexas y complejas, con el magnífico uso del found footage, con las que se van reconstruyendo aquellos días en el campo de concentración y todo el trauma que arrastra el protagonista. El relato va sobre la vida, sobre cómo vivimos con los traumas, y lo hace desde el respeto y la honestidad sin tratar los temas de forma superficial ni nada que se le parezca, al contrario, su sensibilidad es digna de elogiar porque nos sumerge en el viaje físico de Pepi y su colega y también, en ese viaje emocional donde la psique y el alma se imponen en la historia. 

La segunda película de Lucija Stojevic tiene un gran trabajo técnico y arduo para estructurar una historia donde presente y pasado tienen mucho que ver y se debían contar a la par, donde todo encaja con la participación del respetable. Para la cinematografía, Stojevic vuelve a contar con Samuel Navarrete como hiciese en La Chana, en otro reto porque ahora la cosa iba de contar un diario-viaje en el presente y una abstracción en el pasado, y la mezcla funciona y logra, con la implicación del espectador, una simbiosis que casa de forma muy personal y emocional. Grandísimo trabajo de sonido de Diego Pedragosa, que ha trabajado con cineastas como Pau faus y Ventura Durall, entre otros, tanto en el documental como en ficción, y Laura Tomás Cascallo, en sonido adicional, y Andrés Bartos Amory en el diseño de sonido y también coproductor, junto a la directora, de la cinta, y el estupendo montaje de Mariona Solé, que tiene en su haber películas como El techo amarillo, de Isabel Coixet y Unicornios, de Àlex Lora, que maneja muy bien el tempo consiguiendo esa fusión entre realidad, sueño, trauma y pasado, en sus reposados 80 minutos de metraje. 

Una historia de estas características, en la que profundiza sobre el dolor y el trauma, era necesario algo de humor, una vis cómica que va saliendo a través de la peculiar relación de la pareja protagonista, Pepi y Alfred, una especie de Don Quijote y Sancho Panza, unos roles que se van intercambiando, eso sí, con ese aire vienés, tanto en su carácter como en su idioma, una especie de caballeros errantes o cowboys de aquel western crepuscular, donde los viajes siempre son de vuelta o quizás, son para que los monstruos dejen de molestar como es el caso de Pepi. Sólo les pido una última cosa, no vean Pepi Fandango como una película dura, que lo es, pero también es una película que habla de las cosas que hay que hablar, es decir, es sumamente liberador hablar de lo que nos duele, de los traumas que arrastramos, de aquel pasado que la vida se detuvo y todo lo que tenía sentido dejó de tenerlo, donde conocimos la maldad humana y estuvimos en el más absoluta de las oscuridades, solos y desamparados. Porque quizás recordar y enfrentar el dolor no sirva para que deje de atormentarnos, pero lo que es seguro es que dejaremos de sentirnos tan solos y al borde del abismo. Compartir nos ayudará a seguir. Por eso y cómo se muestra la enfermedad mental, gracias a Lucija y a todo su equipo por rescatar y contar la historia de Pepi. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Dolores Fonzi

Entrevista a Dolores Fonzi, actriz y directora de la película «Blondi» en la terraza del Hotel Catalonia Barcelona 505 en Barcelona, el jueves 4 de julio de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Dolores Fonzi, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos con tanta belleza, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ibon Cormenzana y Pablo Scapigliati

Entrevista a Ibon Cormenzana y Pablo Scapigliati, directo/productor y actor de la película «El bus de la vida» en la Sala 1 de los Cines Verdi en Barcelona, el martes 2 de julio de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ibon Cormenzana y Pablo Scapigliati, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Sandra Ejarque de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Samsara, de Lois Patiño

CERRAR LOS OJOS. 

“Un sentimiento que a él le gustaría llamar la sensación de la “eternidad”, un sentimiento de algo ilimitado, infinito, por así decir “oceánico”.

Sigmund Freud

En un momento fascinante y revelador de ese prodigio que es la película Las vacaciones del cineasta (1974), de Johan van der Keuken, el propio cineasta menciona la grandiosidad del aparato cinematográfico cuando revela que: “El cine es el único arte que tiene la capacidad de mostrar la vida y la muerte en un solo plano”. En Samsara, el tercer largometraje de Lois Patiño (Vigo, 1983), la idea no es solo mostrar la vida y la muerte, y la fragilidad que las separa, sino en materializar ese tránsito entre esos dos estados. Filmar lo invisible, aquello que no es perceptible para nuestros sentidos, y lo que nos propone es una experiencia radical, sí, pero también, una experiencia diferente, la de cerrar los ojos literalmente, y que las imágenes que nos vemos se posen en nuestros párpados y se conviertan en esa pantalla oculta. Una pantalla que nos irá guiando por esos sensitivos 15 minutos, convertidos en un interludio que devuelve el cine su magia, su parte espectral, donde las cosas que no vemos son tan o más importantes que las que vemos, o lo que es lo mismo, las imágenes que vemos y las que no, sobre todo, estás últimas, son el vehículo que nos ayuda a ver lo que no vemos. 

Los que conocemos la trayectoria de Patiño no nos sorprende en absoluto ese nuevo capítulo en su filmografía, porque desde que vi Montaña en sombra (2012), una pieza de 12 minutos donde el paisaje de montaña nevado mientras veíamos a unos diminutos esquiadores, ya nos daba cuenta de la mirada de un cineasta que profundiza en la relación de humanos y el paisaje, donde en plano muy general, las cosas formaban figuras extrañas en que la experiencia sensorial y visual era toda una revelación. En Costa da Morte (2013), su ópera prima, nos mostraba ese lugar mítico desde otra perspectiva, a plano general, también, donde veíamos a mariscadoras en su tarea, mientras escuchábamos sus diálogos como si estuvieran a nuestro lado. Una experiencia inmersiva desde la lejanía que nos situaba en una zona de experiencia intuitiva y fascinante. En Lúa Vermella (2020), su cine entraba en otro estado, y nunca mejor dicho, y se planteaba la relación entre los marineros muertos en los naufragios que volvían en forma de espectros con los vivos, creando una nueva realidad donde conviven unos y otros en un espectáculo visual y sonoro magnífico. 

Samsara coescrita por Gabiñe Ortega, coproductora de la cinta junto a Leire Apellaniz y Claudia Salcedo, y el propio Patiño, sigue la línea, o podríamos decir, que sigue en sintonía a lo que revelaba Lúa Vermella, pero ahora deja su tierra galega para viajar lejos o cerca, y llevarnos a dos tiempos, dos estados y dos formas de relacionarse con la vida y sobre todo, con la muerte, con esa interesante idea que todo formamos de un todo. Primero, estamos en Laos, siguiendo la experiencia del joven Amid, que lee a una anciana moribunda el Bardo Thodol o Libro Tibetano de los Muertos, y hace amistad con un joven novicio budista que llevará por el río Mekong junto a otros novicios hacia una gran cascada. Cuando muere la anciana, la película se adentrará en el “Bardo”, la realidad intermedia de la que habla el mencionado libro (experimentando esos 15 minutos que nos invitan a cerrar los ojos y a meditar), donde el cuerpo transita hasta la segunda parada del viaje, las playas de Tanzania, en que la nueva existencia se hará realidad en el cuerpo de una cabrita Neema, que significa “Bendición”, bajo la tutela de una niña que se llama Juwairiya. La película traza un magnífico espectáculo lumínico y sonoro, donde el tiempo se detiene, en que el relato se cuenta y se toma su tiempo para entrar en un estado diferente, en que nos detenemos y miramos la película.

La película nos propone un camino sinuoso, peor también relajado, más allá de nosotros y lo que conocemos, porque Samsara es una película para mirarla y contemplarla, porque sus imágenes contienen belleza y poesía, en que lo mítico y lo espiritual abordan cada mirada, cada gesto y cada instante, con una cinematografía doblada, ya que para Laos se encarga el gran Mauro Herce, y para Tanzania, Jessica Sarah Rinland, la directora de A imagen y semejanza (2019), con los destellos intermitentes de color estroboscópico que se posan en nuestros ojos cerrados, y filmada en 16mm con ese grano y textura, que consuma esa idea de atemporalidad y otro tiempo y ningún tiempo, en que la película no muestra una realidad, sino muchas, múltiples, y ninguna conocida, todas las posibles e infinitas no realidades de otros mundos, o mejor dicho, que pertenecen al mundo de los sueños, a lo inexplicable, a lo sublime, a lo otro. El vasco Xabier Erkizia se encarga del diseño de sonido y la música, esenciales en una película en la que estos dos elementos se convierten en lo que vemos o en las guías fundamentales para que nuestras mentes vean lo que no vemos. El formidable montaje que lleva la firma del propio director, es un virtuoso trabajo lleno de detalle, de ese ritmo pausado que no pesado, donde cada plano y cada encuadre vive y muere. 

Patiño ha construido una película que va más allá de la propia experiencia cinematográfica, porque usa el cine para vehicular una experiencia elevadora que nos remite a los orígenes, cuando el cine era capaz de filmar lo invisible, materializar lo oculto, donde el universo de los vivos y los muertos se mezclaba y no éramos capaces de discernir entre uno y el otro. Samsara, de Lois Patiño es una alucinante película que fusiona lo doble, desde la convivencia de diferentes religiones como el budismo y el islamismo, dos universos, dos paisajes, dos formas de vida, dos pensamientos, la vida y la muerte en eterna convivencia, y ese otro estado, el llamado “Bardo”, y filma lo invisible, lo que no se ve, y para eso, mientras lo hace, nos invita a no ver, a ver más allá, a una relación íntima y sensorial y visual porque percibimos esos mencionados destellos. Una película que es más que una película, porque se sumerge en un estado emocional muy profundo, y lo hace con una herramienta infinita como el cine, dotándola un valor que muchos han olvidado o quizás, no saben que posee, porque Patiño no sólo ha mirado a eso que desconocemos: el tránsito entre los vivos y los muertos, sino que ha mirado mucho más allá, y se ha sumergido en aquello que no ve, aquello que siente o intuye, aquello que está y que sólo cerrando los ojos, como nos acuciaba Erice en su última película, estrenada apenas tres meses, porque hay cosas demasiado importantes que sólo podemos ver con los ojos cerrados. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las cícladas. Escapada de amigas, de Marc Fitoussi

BLANDINE SE REENCUENTRA CON MAGALIE. 

“Solo nos separamos para reencontrarnos”.

John Gay

Cuenta la no vida de Blandine, una mujer de cuarenta y tantos, como cantaba Sabina, a la que su marido dejó hace dos años por una mujer tan joven como su hijo de 20 años. Blandine va del trabajo a su vida rutinaria y aburrida hogareña, tan cuadrado como previsible, sin más qué hacer y sometida a su pena y compasión, apática y triste. Su hijo, preocupado por su madre, provoca una cita con Magalie, una amiga íntima del instituto treinta años atrás. Magalie es el otro lado del espejo de Blandine, es ruidosa, vive al día, de aquí para allá, libre en el amor y despreocupada en todo. La cita no acaba de funcionar, una está en la vida y disfrutar, y la otra, está en sufrir y encerrarse. Pero la cosa no va acabar ahí, porque el hijo, otra vez, empecinado en la felicidad de su madre, provocará otro encuentro, empujando a compartir viaje a Grecia y visitar la famosa isla Amorgos, donde se rodó su película favorita de entonces, Le Grand Bleu (1988), de Luc Besson. 

Como es de esperar, el viaje estará plagado de imprevistos, desencuentros y mucho más. Si echamos un vistazo a la filmografía de Marc Fitoussi (Francia, 1976), a los ocho títulos que la componen, está repleta de heroínas femeninas, o mejor dicho, de antiheroínas femeninas, de todas las edades y condiciones sociales. Mujeres envueltas en encrucijadas emocionales que deben lidiar con problemas de todo tipo, pero sobre todo, con ellas mismas. En Las cícladas. Escapadas con amigas, (que hace referencia al archipiélago griego donde se desarrolla la película), no iba a ser menos, pero esta vez, reúne a dos mujeres en las antípodas, tan diferentes como extrañas que, en su día, fueron íntimas pero ahora son dos desconocidas. Como ocurre en sus anteriores trabajos, mezcla con sutileza y acierto, el drama íntimo y personal con la comedia más loca y desprejuiciada, en las dos figuras protagonistas. Una, Blandine, es alta y delgada, una especie de patito feo que ni se quiere ni lo intenta, y enfadada con el mundo, pero más con ella misma, una especie de día nublado en bucle. Frente a ella, Magalie, que está en el otro extremo, totalmente despreocupada en todos los sentidos, fascinada por la dance music, liberada en el sexo y en las relaciones, y sobre todo, una mujer que vive la vida sin pensar en el mañana. 

El director francés estructura su película a través de una road movie al uso, visitando las diferentes islas, es decir, Santorini, la primera escala, luego Kerinos, donde conocen surfistas y cabras, y esperan, Miconos, donde pasan una gran noche con bijou y Dimitris, una pareja excéntrica, y finalmente Amorgos, el destino final o no. Unas islas que las circunstancias van llevando a las protagonistas, donde cada isla-visita se convierte en los diferentes estados de ánimo por los que van pasando las actrices principales y en sus (des) encuentros, que tienen muchos momentos agridulces y altibajos. Con una cuidada y detallada luz mediterránea que combina sus claroscuros propios de la historia que nos cuenta, que firma Antoine Roch, en su segunda película con Fitoussi después de Las apariencias, hace tres años, en una interesante incursión en el thriller psicológico. el exquisito y agitado montaje de Catherine Schwartz, que ya trabajó con Fitoussi en la serie Call My Agent (2015), entre otras, en una película con muchas experiencias y situaciones que se va a los 110 minutos de metraje. 

Aunque la verdadera fortaleza de la película reside sin dudarlo en su grandísimo reparto con una desatada y exuberante y genial Lauren Calamy como Magalie, en su segundo trabajo con el director después de la citada Call My Agent, y que hemos visto mucho últimamente en títulos tan diferentes como el drama íntimo y social A tiempo completo, y el thriller rural Sólo las bestias. Junto a ella, y en ocasiones, algo más alejada, jejejeje, un impresionante y Señorita Rottenmeier triste y rígida como Olivia Cóte, que nos encantó como la secretaria de Catherine Frot en Entre rosas,  en su primera vez con Fitoussi, dos actrices que ya coincidieron en la comedia alocada y divertidísima Vacaciones contigo… y tu mujer (2020), de Caroline Vignal, y para rizar el rizo, a esta pareja cómica y tan diferente, se les une una estupenda Kristin Scott Thomas, que le da ese toque desatado que va mucho con el personaje de Magalie, las dos tan locas y divertidas. Una actriz a la que nos hemos acostumbrado demasiado a verla en roles dramáticos cuando es una gran comedianta como demuestra con su Bijou y la relación libre que tiene con su griego, o sea, con Dimitri, el pintor rico que no entiende ni papa de francés. 

Fitoussi nos regala y nunca mejor dicho, una comedia para divertirse y pasar el rato, pero con algo más, como suele pasar en la cinematografía francesa, tan cuidadosos con ese cine comercial con algo más, porque Las cícladas. Escapada con amigas, no sólo nos hace pasar un buen rato riéndonos con las ocurrencias de Magalie y las reacciones de Blandine, sino que también explora temas tan universales y humanistas como la amistad, la bondad, la fraternidad, la empatía, el amor y la reconciliación y cómo lidiar con las personas que queremos y son tan diferentes a nosotros, y sobre todo, es también un relato que nos habla a susurros y a gritos de cómo aceptar la derrota, el abandono y encontrar las herramientas para seguir, para conocernos y conocer a los otros, a que la tristeza puede ser un gran vehículo para dejar y dejarnos de leches y descubrir y descubrirnos porque el mundo está ahí fuera y nunca espera a nadie, sigue girando con más o menos personas, es así, y Blandine lo debe de aceptar y mirarlo de frente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Laura Mora

Entrevista a Laura Mora, directora de la película «Los reyes del mundo», en Casa Amèrica Catalunya en Barcelona, el martes 14 de marzo de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura Mora, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sergio Martínez de BTeam Pictures, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Iberia, naturaleza infinita, de Arturo Menor

EL MARAVILLOSO UNIVERSO DE LA FAUNA IBÉRICA SALVAJE. 

“Cada planta, cada animal, incluso cada complejo minero, cada paisaje, tiene su razón de ser. No están a nuestro alcance por puro azar o capricho, sino que forma parte de nosotros mismos. El hombre no es un ovni venido de una lejana galaxia; el hombre es un poema tejido con la niebla del amanecer, con el color de las flores, con el canto de los pájaros, con el aullido del lobo o el rugido del león»

Félix Rodríguez de la Fuente

El trabajo cinematográfico del biólogo y naturalista Arturo Menor (Talavera de la Reina, Toledo, 1970), siempre ha estado enfocado a mostrar, experimentar y descubrirnos la belleza y los secretos de la fauna ibérica salvaje, dirigiendo casi veinte cortometrajes, y dos largometrajes como Wildmed, el último bosque meditérráneo (2014), sobre los bosques de Sierra Morena, Barbacana, la huella del lobo (2018), siguiendo el rastro del lobo en su hábitat natural, y ahora nos llega su tercer trabajo con Iberia, naturaleza infinita, en la que siguiendo con la mirada y premisas anteriores, seguimos el viaje de un águila real que ha perdido a su pareja y desterrada de su espacio, emprende un viaje de norte a sur, buscando su nuevo lugar. 

La película se va deteniendo en cada rincón minúsculo, en cada espacio por mínimo que sea y a modo de detective meticuloso, nos va descubriendo y mostrando los diferentes ecosistemas y la fauna que lo habita, desde el pájaro más diminuto a la nutria que vive en sus pequeños riachuelos, incluso los osos y sus crías, y demás vidas que se mueven, que pueblan con sus existencias la gran riqueza y diversidad de nuestros bosques y dehesas. La película se toma su tiempo, no tiene prisa, porque quiere que veamos la naturaleza y sus pobladores de forma diferente, deteniéndose en aquello que parece invisible, en aquello que se nos escapa, en todo lo que hay, en todo lo que está y no vemos. El espectacular trabajo técnico es uno de los elementos del cine de Arturo Menor, en el que se rodea de un equipo humano magnífico, empezando por el montaje de José M. G. Moyano, que conocemos por sus trabajos con Alberto Rodríguez y Santi Amodeo, en un preciso y conciso trabajo, lleno de detalles e intensidad y reposo, en un estupendo ejercicio de pausa y de ritmo para verlo todo y no encantarse para condensar sus increíbles setenta y cinco minutos de metraje. 

Un especial y delicado trabajo de sonido por uno de los maestros en este tipo de documentales de naturaleza como es Carlos de Hita, que es el responsable de las últimas películas sobre el tema producidas en España al lado de Gerardo Olivares, Joaquín Gutiérrez Acha y Andoni Candela, entre otros. La mezcla de sonido lo hace un gran profesional como Jorge Marín, Juan Ventura es el responsable del color y los efectos visuales, Iván Merino es el piloto FPV y Juan Luis Malpartida es el zoólogo, y el narrador Jesús Olmedo, con su voz profunda que no solo nos explica aquello que no escapa, sino que se convierte en un narrador que nos explica un cuento, una fábula de un animal que busca su lugar en el mundo, y se va encontrando con infinidad de conflictos y demás en su itinerario de huida. La película reivindica la belleza de nuestra naturaleza y su fauna salvaje, y también, la mano del humano que los ha transformado para su beneficio, también habla de la riqueza y la belleza de la diversidad de tantos animales, ya sean aves, osos, nutrias, lince ibérico, y demás vidas ocultas e invisibles para nosotros, que habitan en nuestros bosques, en esos espacios recónditos y en las dehesas, tan alejados de nosotros que parecen seres de otro mundo. 

Iberia, naturaleza infinita quiere contarnos un cuento, el que protagoniza la águila real con un viaje que sirve como excusa para ver todo lo que encuentra, lo que vemos a partir de ella, lo que sentimos y experimentamos, todo aquello que nos conecta con la naturaleza, del lugar de donde venimos y pertenecemos, aunque no queramos reconocerlo, todo aquello que fuimos y donde empezaron nuestros ancestros. Quizás la película peca a veces, en contadas ocasiones, de contarnos ese cuento del águila real, con algunas imágenes sobreimpresionadas, pero no la desmerecen en absoluto, porque todo lo que muestra y sobre todo, como lo muestra, es de una belleza, riqueza e inteligencia fuera de la norma, con un inmenso trabajo técnico y humano, donde no solo lo vemos todo, sino que también lo vemos con nitidez, con pausa y con todo lujo de detalle, haciendo un recorrido espectacular de norte a sur, pasando por mil lugares y situaciones, desde a ras del suelo a las altas cumbres donde anidan las aves, desde diversos puntos de vista, y desde miradas de todas las situaciones y circunstancias. 

Volvemos a aplaudir el magnífico trabajo de Arturo Menor y su equipo, porque con Wildmed, el último bosque mediterráneo y Barbacana, la huella del lobo, y la actual Iberia, naturaleza infinita, queremos creer que es una especie de trilogía no concebida así en un principio, pero viéndola y disfrutándola queremos imaginar que es así, ha construido una película para los sentidos y para el alma, conformando una de las más bellas, intensas, cautivadoras y sensibles aproximaciones a nuestros ecosistemas ibéricos y toda la fauna que lo habita, con el espíritu y aroma inconfundible del maestro Félix Rodríguez de la Fuente, el hombre que miró a la naturaleza y sus animales, desde una mirada humanista, una mirada que traspasa la vida y criticaba los intereses económicos del humano, o mejor dicho, del sapiens, en sus ansías y codicia de sacar provecho de todo, sin importarle nada ni nadie, destruyendo y eliminando la vida vegetal y animal. La película de Arturo Menor nos obliga a mirar diferente, desde el reposo, desde la humanidad que parece que perdimos, en un ejercicio de reconectarnos con la naturaleza y sus seres, de ese lugar de donde venimos, de ese lugar que somos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA