El pacto, de David Victori

EL INFIERNO QUE LLEVAMOS DENTRO.

“Un día descubrirás que la muerte no es morir, sino que muera alguien que amas”.

Miquel Martí i Pol

La melena rojiza oscura que luce Mónica, interpretada por Belén Rueda, se convierte en una muestra significativa en la película, ya que nos encontramos en una película de terror diferente, donde la actriz cambia de registro, alejándose de sus personajes-víctimas de melena rubia que ha protagonizado en algunas películas del género dirigidas por Bayona, Morales o Paulo. Ahora, se convierte en una madre coraje que hará todo lo posible para salvar la vida de su hija Clara. La trama arranca de una manera clásica, siguiendo algunos de los patrones del terror, donde Clara, afectada de diabetes, desaparece durante un día entero. Cuando es localizada, se encuentra en muy mal estado, entre la vida y la muerte, las circunstancias llevan a Mónica hacia un vieja fábrica abandonada donde encuentra un extraño viejo que le ofrece ayuda para salvar a su hija. Mónica accede y será en ese instante donde la película se convertirá en una pesadilla, un brutal descenso a los infiernos donde tanto Mónica, Clara y Álex, ex marido de Mónica y padre de Clara, se verán envueltos en una espiral de violencia y extraños sucesos.

El director David Victori (Manresa, Barcelona, 1982) tiene una trayectoria muy variada: ha sido ayudante de Bigas Luna, ha dirigido unos cuántos cortos, uno de ellos, La culpa, que le permitió ganar un concurso internacional de youtube, llevándolo a dirigir un cortometraje para Ridley Scott y dirigir la serie Pulsaciones, una experiencia muy heterogénea y preparatoria para enfrentarse a su opera prima, un cuento de terror cotidiano, ambientado en nuestros días, en el que una familia se convertirá en el centro del conflicto, en que el pasado y las decisiones que tomamos guiarán los pasos hacia aquello oscuro que anida en nuestro interior. Victori consigue someternos en una historia sencilla, directa, alejada de esa Barcelona conocida, y apoyándose en el extrarradio, en esos espacios industriales envejecidos y oscuros para ambientar su trama, en un gran trabajo del cinematógrafo Elías M. Félix, donde todo gira en torno a una familia, en el que conviven conflictos entre ellos, conflictos que pasarán a un segundo plano, ya que la enfermedad de su hija los alertará y los llevará a mantenerse unidos, o al menos, más cerca.

Victori acude a algunas reglas del género para sostener una trama convincente y bien desarrollada, sin caer en la tentación de liar una trama con situaciones inverosímiles y demás, la película nada en aguas conocidas, se muestra cercana y transparente, contándonos un relato donde aquello oscuro y maligno que ocultamos en nuestro interior, se desatará sin remedio, con el fin de ayudar al ser que más amamos, aunque las consecuencias sean terribles, y el maligno, tarde o temprano, quiera cobrarnos la deuda contraída. Sí, estamos ante una película con diablo de por medio, donde captamos algunas huellas reconocibles como la literatura de Stephen King (con los universos de El resplandor, Misery, La zona muerta, Carrie o el cementerio viviente, con la que tendría más de una parte hermanada) o los ambientes del novelista británico Ramsey Campbell (del que se han adaptado títulos como Los sin nombre o El segundo nombre) con esas localizaciones urbanas y cotidianas de esa Inglaterra de cielo nublado en el que encontraríamos ejemplos en El rapto de Bunny Lake, de Preminger o Frenesí, de Hitchcock.

La dirección de David Victori nos guía por este laberinto de sombras e infiernos cotidianos, donde los personajes se enfrentarán a sus propios miedos e inseguridades, exponiendo sus límites constantemente, asfixiados por los acontecimientos emocionales, dejándose llevar, muy a su pesar, por esos caminos oscuros donde sus vidas están expuestas a los más oscuros designios del maligno. El enérgico y valiente montaje de Guillermo de la Cal (colaborador de Balagueró) ayuda a mantener la tensión e incertidumbre, creando situaciones verdaderamente terribles, donde todo pende de un hilo, aunque la película abusa en ocasiones de una música demasiado estridente que rasga en demasiado algunos momentos de la cinta, sin devaluar el contenido de la película, que acaba sumergiéndonos en una trama sencilla y bien estructurada, donde nos hablan de los límites de la maternidad, de que somos capaces para salvar a los nuestros, aunque sea introducirse por caminos muy oscuros y malvados.

El buen trabajo de una magnífica Belén Rueda, convertida en una de las actrices más capacitadas para el drama y el primer plano, convirtiendo a su Mónica en un personaje de carácter, capaz de enfrentarse a quién sea por amor a su hija, bien acompañada por la sobriedad de Darío Grandinetti, como el ex marido y padre, policía de oficio, con su conflicto a cuestas, y la revelación de Mireia Oriol, que debuta con esta película, interpretando a esa hija enferma, mezclando esa fragilidad física con esa mirada inquieta y perturbadora, y finalmente, la presencia de algunos secundarios de altura como Josean Bengoetxea o antonio Durán “Morris”, convincentes y resolutivos. Victori sale airoso con su primer largo, tanto en su forma como en el fondo, si exceptuamos algunos tics propios de los primeros trabajos del género, elementos que dejarán paso al talento para la atmósfera, los personajes y las situaciones de un cineasta a tener muy en cuenta en el panorama del terror de aquí, que tan buenas sensaciones deja cada temporada.

A estación violenta, de Anxos Fazáns

BELLOS Y MALDITOS.  

La película se abre con la espalda de Claudia. Nos encontramos en una playa al amanecer, Claudia se mueve ensimismada, dejándose llevar por ese momento, que intuimos agradable y feliz. De repente, cuatro amigos entran en el encuadre, al mismo tiempo que la música apacible, deja paso a un guitarreo. El grupo avanza hasta la playa, desvistiéndose y bañándose entre risas y júbilo, alejados de todo, disfrutando de ese instante, que con el tiempo les parecerá imposible, como si perteneciese a un sueño lejano, como si lo hubiese soñado otro. Una apertura con un significado muy especial al desarrollo de la misma, ya que ese momento que acabamos de presenciar nos habla de tiempo, de amistad, de un tiempo pasado, un tiempo que ya jamás volverá, un tiempo al que sus personajes, en cierta manera, han quedado atrapados, absortos en esa melancolía profunda, sin posibilidad de mirar más allá, como si el futuro de sus vidas hubiese quedado detenido en aquel tiempo, en ese instante de la juventud, en ese tiempo fugaz, donde el mañana no existía y todo se movía a ritmo frenético, sin descanso. La cineasta Anxos Fazáns (Pontevedra, 1992) después de varios trabajos como script, varios cortometrajes, y su trabajo en el equipo de dirección de Las altas presiones (2013) de Ángel Santos, uno de los coguionistas de la película, junto al productor Daniel Froiz, Xacobe Casas, y la propia directora, un relato libremente inspirado en la novela homónima del pontevedrés  Manuel Jabois.

Fazáns nos habla de un reencuentro, o también, podríamos decir de un (des) encuentro entre Manuel, un escritor que ya no escribe, alguien que deambula, como un fantasma, por las calles de su juventud, se mueve por un espacio que ya no reconoce, que le resulta extraño, que ya ha dejado de pertenecer, y se topará con su pasado, con sus amigos de antes, con Claudia, una ex yonqui, y David, su novio y músico. A partir de ese instante, los tres se juntaran, compartir una casa en la playa, y saldrán de fiesta, escucharán música y se moverán juntos, como si fuese un tiempo de recuerdo, un verano para sentir aquello que ya no sienten, un verano de solitud interior, de estados de ánimo tristes, vacíos, anulados, como si aquel tiempo los hubiera consumido para el resto de su vida. Hablarán poco, quizás las palabras ya no salen, o no saben que decirse, porque se les acabaron las ideas, o cualquier cosa que digan les parece de más, o les puede llevar a situaciones incómodas, situaciones para que las que no están preparados, y a recordar momentos a los que no quieren volver, porque el pasado pesa, hace daño, porque ahora, ese tiempo es diferente, oscuro y muy terrible.

Fazáns maneja su película con valentía y aplomo, mueve a sus tres personajes, o lo que queda de ellos, vagando como almas espectrales a la espera de algo o alguien, que saben de antemano que no reencontrarán o se fue para no volver jamás, estructurando esta película sobre el tiempo, sobre lo que fuimos y ya nos seremos, a través de la música, una score de bandas gallegas (incluso la propia directora se pare un tema) en la que escuchamos rock urbano, o el tema de “El huerfanito” (cantada por una increíble Nerea Barros) canción que va como anillo a estos tres huérfanos y náufragos de su propia vida, almas en tránsito a no se sabe a qué limbo o qué dimensión. El trío protagonista encabeza por una inconmensurable Nerea Barros (que ya habíamos tomado medida de su talento como esa mujer rota, sevillana y rural de los setenta que hacía en La isla mínima) se convierte en esa Claudia dolorida, ausente y triste, que se nos muestra cansada y abatida, como buscando un refugio imposible de hallar, en una búsqueda fraudulenta por encontrar algo de paz en su vida, le acompaña Alberto Rolán como Manuel, el viajero sin viaje, el sonámbulo perdido y sin ilusión, el escritor que recuerda que escribía, el vivo-muerto, con ese pelo alborotado, esa barba salvaje y esos polvos de auxilio, y completando el trío tenemos a Xosé Barato, otra alma en pena, otro más, otro que se mueve por inercia, sin apenas ilusión, alejado de lo que fue, de aquel joven que se iba a comer el mundo, aquel joven del que ya no se acuerda nadie, ni él mismo, y la inquietante y oscura presencia del siempre magistral Antonio Durán “Morris” como Dante (una especie de “Madre superiora”, el personaje que interpretaba Peter Mullan en Trainspotting).

El formato 16 mm impone esa intimidad en el interior de los personajes, junto a esa luz rota y dormida, de ese tiempo detenido, sin tiempo y sin vida, obra del cinematógrafo Alberte Branco (autor de la luz de Las altas presiones y Os fenómenos) y su duración, apenas 73 minutos, condensan ese tiempo de espera o de nada, ese tiempo que se va o ya se ha acabado, donde el pasado pesa y daña, el futuro no llegará, y el presente se ha transformado en un día eterno sin más, en una jornada interminable, donde las cosas suceden de forma invisible, casi imperceptible, como si sus vidas, aquellas que antaño estaban llenas de vida, juventud, pero también, de desfase y muchas drogas, como si nada existiera, ni ellos mismos siquiera, hubiese consumido sus almas, las hubiera vaciado, y ahora sólo tienen esos restos del naufragio, restos sin más, cuerpos desnudos y llenos de cicatrices físicas e interiores, que se alimentan de tristeza y dolor, en una marejada ingobernable de recuerdos, de sonrisas tristes, de melancolía, de amigos que se quedaron en el camino, y momentos, sólo momentos amontonados sin capacidad para descifrarlos, para retenerlos de alguna manera, para revivirlos.

Entrevista a Andrés Goteira

Entrevista a Andrés Goteira, director de la película “Dhogs”, en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el martes 1 de mayo de 2018 en el hall del Teatre CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Andrés Goteira, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, al equipo del D’A Film Festival, y a Laura Doval, productora de la película, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Dhogs, de Andrés Goteira

ANIMALES SALVAJES.

“Cielo y Tierra no tienen sentimientos:
tratan todas las cosas como perros de paja. El Sabio no tiene sentimientos: trata a toda su gente como perros de paja”

Tao Te Ching. Lao Tse

Un taxista silencioso conduce por una ciudad cualquiera por la noche, sube a un ejecutivo que dejará en un hotel, mientras que el taxista seguirá conduciendo sin rumbo aparente. En el hotel, el ejecutivo conocerá a Alex, una mujer solitaria y muy atractiva. Aunque todo parece obedecer a una convencionalidad aparentes, a partir de ese instante, la vida de Alex entrará muy a su pesar, en una tremenda espiral de violencia sin sentido donde una serie de personajes, a cuál más rudo y salvaje, se interpondrán en su camino, y donde Alex tendrá que sacar fuerzas de su interior para sobrevivir. La puesta de largo de Andrés Goteira (Meira, Lugo, 1983) es un thriller angustioso y febril, con una personalidad propia que agarra al espectador y no lo suelta en ningún instante, ya desde su título que deja las cosas claras por donde nos llevará su trama, ya que proviene de la fusión anglosajona entre dogs (perros) y hogs (cerdos) que nos viene a decir ese lado animal de los seres humanos, entre la fiereza y la sumisión, entre amos y esclavos, entre los poderosos y los desfavorecidos.

La apuesta de Goteira, tanto por su forma y contenido, podría parecernos a primera instancia, un refrito de grandes títulos de los setenta estadounidenses, pero lo que hace el cineasta lucense es agarrar los referentes para llevarlos hacia otro lugar, hacia su propio terreno, consiguiendo una trama, en la que apenas hay diálogos, y apoyándose en las sutiles y sobrias interpretaciones de su elenco, y construyendo unos espacios cinematográficos con un carácter diferente y sucio, que nos atrapa dejándonos sin aliento. La trama está contada a través de tres relatos, que unos dejarán paso a otro, en el que encontramos dos espacios, lo urbano y lo rural, pero sin grandes diferencias en la miseria humana, entre los perversos y las víctimas de esa perversión, en la que todos se mueven bajo instintos animales, donde no existe empatía, sino seres movidos por su sed sexual o violenta, sin tiempo para la reflexión o el pensamiento. Aquí, todos se mueven por aquello que sienten, por aquello oscuro y profundo de su ser, dando rienda suelta a aquello oculto y cruel, utilizando la violencia si es necesario, mostrando las diversas capas del carácter y conducta humanos.

Pero, Goteira aún retuerce más su espacio y su trama, dando paso al público, a nosotros, a esa cuarta pared que hablan en el teatro, mostrándonos al respetable, a los que se sientan cómodamente para presenciar el espectáculo, envueltos en la penumbra, casi en la invisibilidad, sin individualizarlos, creando una masa que vive grupalmente, y permanece inerte en sus asientos de manera colectiva, a los que intervienen o no en lo que están viendo, a ese grupo de espectadores que el cineasta gallego muestra como pasivo, sumiso y sin intervención alguno, sólo agradecido por el show, dejándose llevar como un espectador privilegiado, sin ningún tipo de intervención o protesta, ante tanta crueldad y violencia desatada, dispositivo que nos trae a la memoria el inicio de Opening Night, de Cassavetes, cuando nos mostraba la acción del teatro desde la mirada del público, para luego pasar a ese interior de lo que no ve el espectador, en el mismo juego de espejos vampírico que ocurría también en el comienzo de Holy Motors, de Carax, en que un público dormido o muerto era testigo de aquello que íbamos a presenciar.

Goteira nos envuelve en una atmósfera fascinante, con esa luz tenebrosa y asfixiante de Lucía C. Pan, tanto la urbana, con esa no realidad de la noche como aliada para los sedientos de sangre, y lo rural, con esas carreteras solitarias rodeadas de montañas, y esas gasolineras, donde todo lo perverso puede estallar en cualquier instante, o el espléndido trabajo de arte de Noelia Vilaboa, con esas casas lúgubres y casi abandonadas, donde hay pieles secándose, perros enfermos, hombres rudos y callados con la escopeta siempre a punto, donde reina el silencio, sólo roto por los graznidos de algún cuervo, sin olvidarnos de esa música rasgada e inquietante que acompaña de forma oscura todo lo que vamos viendo. El excelente reparto de la película que consigue incomodarnos, gracias a unas interpretaciones sencillas y muy sobrias, sin ningún aspaviento, ni nada que le parezca, bien sujetos a ese ambiente malsano y cruel que necesita la película, interpretando a almas solitarias y perversas, con los inmensos y sobrios Antonio Durán “Morris” y Miguel de Lira, muy bien acompañados por Carlos Blanco, y los sorprendentes María Costas, Iván Marcos y Suso López (uno de los productores, que además se reserva un breve papel) y la maravillosa Melania Cruz, que consigue transmitir tanto la dulzura y la rabia.

Goteira ha construido una magnífica e impactante película que se sumerge en la oscuridad de los humanos, en el que ha conseguido un excelente y crudísimo retrato sobre los males del ser humano, esa animalidad y violencia que anida en nuestro interior, que sale en el momento inesperado y haciendo daño aquel o aquella que se cruza en nuestro camino, consiguiendo transmitir esa maldad intrínseca y ese ambiente sucio y maloliente que nos rodea, sin olvidarse de sus referentes, como Peckinpah, Hellman o los tratamientos sobre la violencia de thrillers rurales como Defensa, de Boorman, o Furtivos, de Borau, y el cine de terror malsano y sucio de La matanza de Texas o Las colinas tienen ojos, donde la tranquilidad y la paz de la naturaleza no siempre son sinónimos de buena virtud y benevolencia, sino todo lo contrario, donde las peores pesadillas pueden hacerse realidad y no tener fin.  Y añadiendo a los espectadores, la sumisión y complicidad de toda esa violencia y crueldad que anida en nuestra sociedad, con ese grado de manipulación en el que vivimos diariamente, en un mundo perverso completamente deshumanizado, donde unos y otros, amos o esclavos según la circunstancia, nos movemos como alimañas hambrientas a la espera de atacar o ser atacadas.