No hay amor perdido, de Erwan Le Duc

HAY AMORES… Y AMORES. 

“Por si alguna vez haces la tontería de olvidarlo: nunca estoy no pensando en ti”. 

Virginia Woolf

Los casi diez primeros minutos de No hay amor perdido (en el original, “Le fille de son père”), de Erwan Le Duc (Les lIlas, Francia, 1977) (nos explican, de forma breve y concisa, los antecedentes del apasionado y efímero amor de Étienne y Valérie a los 20 años. Un amor del que nació Rosa. Un amor que acabó el día que Valérie desapareció sin dejar rastro. Otro amor empezó con Étienne y Rosa. Padre e hija han vivido juntos 17 años. El relato arranca en verano, cuando Rosa ha sido admitida en Metz para estudiar Bellas Artes y convertirse en la pintora que sueña. Así que estamos ante una película de tránsito, en la que padre e hija deben despedirse, o lo que es lo mismo, deben separarse por primera vez. Un padre que ha olvidado aquel amor de juventud dando todo el amor y la protección del mundo a su hija Rosa, a su trabajo y a su pasión como entrenador de fútbol, y a su amor Hélène. Y la hija, siempre bajo el amparo de su padre. Tanto uno como otra deberán empezar a vivir sus propias vidas, alejados de la persona que más quieren y sobre todo, emprender nuevos retos y una vida diferente. 

Segunda película de Erwan Le Duc, después de la interesante Perdrix (2019), una historia de amor a primera vista con toques de humor protagonizada por Swann Arlaud y Maud Wyler. En No hay amor perdido, el amor vuelve a estar en el centro de la trama, pero en este caso, está el amor entre padre e hija, y ese otro amor, el que pasó y está olvidado. Dos seres vuelven a ser el leit motiv de la historia, si en aquella eran dos solitarios, en esta, la cosa va de un padre muy protector y en el fondo, un hombre que ha dejado el trauma de un lado y se ha centrado en su hija. ¿Qué pasará ahora que la hija se va del nido?. El director francés construye una película ligera y muy cotidiana, tan cercana como naturalista, donde en la ecuación de padre e hija se les añade las figuras de Hélène, la novia del padre, tan dulce, tan enamorada y tan transparente, y Youssef, el novio de la hija, con su amor romántico, con su poema épico y sus tardes anaranjadas. Tiene ese aroma del cine de Rohmer, donde la vida y el amor van pasando, casi sin sobresaltos, pero con cercanía y abordando los grandes misterios de los sentimientos y la naturaleza de nuestras relaciones y cómo nos van definiendo. 

El director francés vuelve a contar con su equipo habitual que ya eran parte del equipo de su ópera prima, como el cinematógrafo Alexis Kavyrchine, que tiene en su haber a cineastas como Olivier Peyon, Cédric Klapisch y Alberto Dupontel, entre otros, que consigue una luz cálida y acogedora, en una película muy exterior, dond prima la luz natural,  que ayuda a indagar en el interior de los diferentes personajes y ese tratamiento tan íntimo como invisible. La música de Julie Roué consigue darle ese toque de complejidad de los diferentes personajes, sobre todo, a medida que avanza la película, después de algo que ocurre que trasbalsa a la pareja protagonista, y finalmente, el montaje de Julie Dupré, de la que hemos visto 2 otoños, 3 inviernos (2013), de Sébastien Betbeder, y Las cartas de amor no existen (2021), de Jérôme Bonnell, entre otras, donde ejerce un buen ritmo y estupenda concisión en sus 91 minutos de metraje, en el que la cosa va in crescendo de forma sencilla, sin darnos cuenta, pero que un impacto lo cambiará todo, o mejor dicho, lo precipita todo, y romperá esa armonía aparente en la que estaban instalados los personajes en cuestión. 

Una película que habla de diferentes tipos de amor, con sensibilidad y tacto, huyendo de la estridencia y de la desmesura, como si nos contase una cuento en susurros, debía tener un reparto tan cercano como natural, con intérpretes que nos sitúen en lo doméstico y lo más tangible. Tenemos a un extraordinario Nahuel Pérez Biscayart, que siempre da un toque humano y cercanísimo a todo lo que compone, metiéndose en la piel de un personaje nada fácil, que siempre se ha guiado por las necesidades de su hija, y dejando que el amor de juventud se vaya evaporando, si eso es posible cuando es tan intenso y sobre todo, tan rompedor. A su lado, la magnífica Céleste Brunnquell, que nos encantó en las estupendas Un verano con Fifí y la reciente Esperando la noche, en el rol de Rosa, la hija querida, la hija que debe seguir su propio camino, la hija que nunca conoce a su madre. Maud Wyler que repite con Le Duce hace de la mencionada Hélène, mostrando dulzura, encanto y belleza, tanto física como emocional. Una actriz que nos fascinó en las películas de Pablo García Canga tanto en La nuit d’avant (2019) y Tu tembleras pour moi (2023), y la presencia del debutante Mohammed Louridi como Youssef, tan amoroso como joven.

Los espectadores que se dejen llevar por las imágenes y las circunstancias de una película como No hay amor perdido van a experimentar muchas emociones y sentimientos contradictorios, quizás se acuerden de aquel amor lejano que creían haber olvidado, o simplemente, dejaron que los años pasasen por encima de lo que sentían, y el tiempo lo ha dejado de lado, y un día, de casualidad, vuelven a verlo y tal vez, todo aquello que pensaban olvidado o más bien superado, no lo es tanto, y sus sentimientos despiertan y les plantean cuestiones, o quizás no, pero si fue un amor de aquellos que no se olvidan, un amor intenso y sobre todo, que se acabó abruptamente, sin que ninguno de los dos participantes pudiera experimentar de verdad ni lo que sintió ni lo que vino después. ¿Qué sucedería si nos reencontramos con ese amor que creíamos olvidado? No lo sabemos, pero les digo una cosa, estén alerta porque de seguro les va a tambalear, o quizás no, quién sabe, o puede ser que sí, que no saben qué hacer y mucho menos decir. La vida tiene estas cosas, que por mucho que sientas que se haya acabado, hay amores que siguen con uno, sin saber el motivo, que van y vienen como los recuerdos que no puedes borrar, aunque no queramos admitirlo a los demás, y menos a nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Desmontando un elefante, de Aitor Echeverría

CUIDARNOS PARA CUIDAR.  

“¿Qué es lo que me ha ocurrido en mi vida que me ha convertido en un inválido en el plano de los sentimientos?.

Frase recogida en “Cuaderno de trabajo”, de Ingmar Bergman

La película se abre con una imagen reveladora donde vemos a Marga, la madre echada en un sofá durmiendo la mona y en la cocina se ha producido un fuego que vemos borroso en segundo plano. En ese instante, irrumpe en la casa Blanca, la hija, que intenta infructuosamente despertar a su madre y se dirige con premura a la habitación de al lado a intentar apagar el fuego. Dos figuras, la madre y la hija, son las que se asienta la primera película de Aitor Echeverría (Barcelona, 1977), al que conocíamos por su faceta como cinematógrafo junto a interesantes cineastas como Nely Reguera, Jo Sol y Cesc Cabot y Pep Garrido. Su ópera prima nace en el cortometraje Morir cada día (2010), en el que vimos los primeros pasos de una familia que debe enfrentar un problema al que todos sus miembros deciden no afrontar por su incapacidad emocional. En Desmontando un elefante, que nos remite a eso mismo, se centra en la familia y en esas dos figuras de madre e hija, de cómo actúan cuando el problema es tan grande que ya no hay manera de esconderlo por más tiempo. 

El cineasta barcelonés firma un guion junto al citado Pep Garrido, en el que nos plantea una película de muy pocos escenarios, en que la magnífica casa familiar con jardín emerge como el epicentro de la trama. Un relato marcadamente frío, elegante y nada empático, porque el director nos propone una mirada muy íntima y para nada sensiblera, sino todo lo contrario, a través de una historia donde vemos como actúa cada miembro de esta familia, tan diferentes y tan esquivos para relacionarse con el problema del alcohol que padece la madre. Habíamos visto muchas películas sobre el tema del alcoholismo, pero pocas, muy pocas, ahora yo no recuerdo ninguna, que nos habla que ocurre después de la desintoxicación, de esos días y meses después de salir del problema, de ese período de adaptación a la vida, al trabajo y a tu entorno. No se busca la empatía con el espectador y sí la reflexión, donde la emoción se resignifique y sea una espiral que nos lleve a hacernos preguntas sobre nuestra inútil forma de relacionarnos ante los problemas de los que nos rodean. De nuestra incapacidad emocional, como citaba Bergman, de todo lo que no somos emocionalmente hablando, de la terrible incomunicación entre los más cercanos, y la estúpida capacidad para centrarnos en temas menos incómodos, menos duros y sobre todo, menos dolorosos. 

Echeverría opta por el cinematógrafo Pau castejón Úbeda, que ya trabajó en el mencionado cortometraje, amén de los hermanos Pastor, Elena Trapé y Alejo Levis, entre otros, en una luz fría y belle a la vez, que usa con inteligencia todos los espacios de la casa, muy cortados y segmentados, para generar todas las barreras físicas y sobre todo, emocionales que separan a los integrantes de esta familia. La ausencia de música original también ayuda a crear esa atmósfera de película polaca, es decir, de construir casi un thriller psicológico, lleno de miradas, silencios y gestos donde la intimidad cotidiana se torna oscura y terrorífica como hacían los Zuwalski, Skolimowski, Polanski y Kieslowski, entre otros. En los mismos términos juega un gran papel el fantástico trabajo del montaje de Sofi Escudé, habitual de Pilar Palomero, Liliana Torres, Mar Coll y Elena Trapé, porque logra ajustar una cinta que se va a los 82 de metraje sólido y sobrio, en el que se mantiene una especie de calma en apariencia que está apunto de estallar. El sonido sutil y nada invasor, pero muy efectivo, obra del tándem Marianne Roussy, que tiene a Costa-Gavras, Ferrara y Chema García Ibarra, entre sus directores, y Philippe Grivel, toda una institución con más de 200 títulos.

En el campo artístico, el director catalán ha escogido muy bien, porque Emma Suárez como Marga es una gran elección en otro de sus grandes interpretaciones, porque casi sin hablar lo dice todo con ese rostro y mirada tan rotos, dando vida a una madre que acaba de salir de la clínica de desintoxicación y debe aprender a vivir sin alcohol, retomando su vida, o lo que queda de ella, su familia, en la que todos deben ayudarse, y su trabajo, evitando todos los juicios de los otros. Frente a Suárez, encontramos a una siempre generosa y estupenda Natalia de Molina es Blanca, la hija que no sabe cómo ayudar a su madre, a la que sobre protege, descuidando su vida y su trabajo con el baile, donde la danza se erige como contraplano para exorcizar todos los elementos interiores que bullen sin encontrar una salida catalizadora. Les acompañan unos formidables Darío Grandinetti como padre, más metido en su trabajo y en el arreglo de la cocina, para de esa manera hacer que como que nada ha cambiado, cuando en realidad, todo ha cambiado. Y por último, la presencia de Alba Guilera, que nos encantó en Un año, una noche (2022), de Isaki Lacuesta, aquí es la hermana mayor que vive en París y acaba de ser madre y opta por una actitud diferente. 

Me ha hecho reflexionar mucho Desmontando un elefante, de Aitor Echeverría, porque dentro de su modestia y de su primera vez, nos habla desde el corazón y el alma, sin caer en una historia demasiado explicativa y sensiblera, sino en todo lo contrario, en un relato que mira de cerca y de verdad a sus personajes, y nos obliga a los espectadores a mirar en ese reflejo que nos devuelve la película, en cómo nos relacionamos con los que tenemos más cerca, en cómo afrontamos los problemas de los otros, y cómo evitamos los conflictos aunque nos pisoteen la vida, en cómo no miramos al elefante, que hace referencia el título, aunque nos esté aplastando nuestra vida. Una película que en cierta manera, tiene el aroma de la magnífica Tots volem el millor per a ella (2013), de Mar Coll, porque la Geni, que ha sufrido un accidente y debe volver a su vida, se parece a la Marga que interpreta Emma Suárez, porque las dos sufren la incapacidad de la familia, porque no saben cómo ayudarla y encima, actúan como si nada hubiese ocurrido, un desmadre que tiene consecuencias fatales. Celebramos la primera vez de Echeverría y su coraje para hablar de temas que nos duelen demasiado, y sobre todo, hacerlo desde la mirada y la emoción que lo hace. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

 

Antes era divertido, de Ally Pankiw

LA FRACTURA DE SAM.

“El trauma afecta a las relaciones, ya que cambia la forma en que percibimos el amor, la confianza y la seguridad”.

Judith Herman 

Hemos visto muchas películas que abordan con inteligencia y profundidad los efectos de los traumas. En Antes era divertido (“I Used to Be Funny”, en el original), también habla de trauma, el de una joven, Sam Cowell, que intenta hacerse un hueco en el difícil mundo de los comediantes stand-up y a la vez, trabaja como niñera de Brooke Renner, una niña de 12 años con problemas de conducta que tiene a su madre enferma y vive con su padre policía. Lo importante de la película es cómo aborda el trauma, alejándose completamente del género negro en el que tantas historias se posicionan. Aquí no hay nada de eso, porque el relato se centra en Sam, en su presente triste, estático y doloroso, y en el pasado, donde asistimos a la reconstrucción de los hechos que llevaron al abuso sexual que le propició el mencionado trauma, todo contado con el tono y la intimidad de una mujer atrapada en su trauma que no ve una salida a su problema. 

La directora Ally Pankiw (Toronto, Canadá, 1986), que ha dirigido la serie Feelgood (2020), y el capítulo Black Mirror: Joan es horrible (2023), hace su puesta de largo con una película que recoge la atmósfera del mejor cine indie estadounidense, el que han practicado películas como Las vírgenes suicidas (1999), de Sofia Coppola, Lady Bird (2017), de Greta Gerwig y Kajillionaire (2020), de Miranda July, entre otras. cine dirigido por mujeres para públicos que les gusten los retratos críticos, con la textura de una comedia dramática, en la que se abordan temas complejos como el amor, los traumas y la insatisfacción crónica de una población cada vez más ausente e invisible ante la velocidad de una sociedad vacía y mercantilizada. Antes era divertido aúna con acierto y sabiduría el drama con la comedia, no de un modo convencional, sino desde la complejidad de la historia que nos cuenta, mezclándolas e incluso, en muchos instantes, no sabiendo descifrar el tono que usa la directora, lo que la hace muchísimo más cercana y profunda que otras películas que vayan por otros derroteros. Uno de sus logros, tiene muchos más, es hablar de un tema durísimo sin caer en caminos trillados ni en estúpidas complacencias, aquí es todo lo contrario, y se agradece y mucho. 

Si la historia funciona bien, la estupenda cinematografía de Nina Djacic, que también debuta en el largometraje, es realmente asombrosa, creando una atmósfera donde la agitada cámara nos cuenta el pasado, para pausarla para contar el presente, generando esa dualidad del relato, así como de las distintas fases del trauma que sufre la citada protagonista, acompañado de un interesante trabajo de esa luz cercana y de interiores, casi siempre mortecina, que ayuda sin exagerar a adentrarse en los diferentes monstruos de Sam. La música de Ames Bessada ayuda a crear ese tono de pausa y tristeza que tiene toda la película, con esos toques de blues. Así como el acertado montaje de Curt Lobb, habitual del director Matt Johnson, donde no enfatiza para nada la historia, y va cimentando un relato muy complejo y nada convencional en sus 106 minutos de metraje. La ciudad de Toronto es otro de los grandes personajes de la película, con esos lugares como la casa que comparte la protagonista, la casa de los Renner y demás, porque nos recuerda a la misma inquietante calma y neutra que tenía la Sacramento de la mencionada Lady Bird, encontrando esos lugares ausentes que tienen todas las grandes cities. 

Otro de los grandes logros de la película, ya he mencionado que tiene muchos, es la magnífica interpretación de Rachel Sennott, que cada vez nos encanta más, haciendo una Sam Cowell maravillosa, mostrando toda la carga emocional y cercana que transmite un personaje divididos en dos. En el pasado es toda valentía y estupenda, y en el presente, es como un fantasma que arrastra sus penas, eso sí, con toda la dignidad y entereza que puede. Le acompañan Olga Petsa como la rebelde y escurridiza Brooke Renner, Sabrina Jalees y Caleb Hearon son sus compañeros de piso y en el stand-up, Ennis Esmer es su novio y finalmente, Jason Jones es Cameron, el papá de Brooke. Si les gustan las historias contadas desde la emoción, Antes era divertido, de Nina Djacic, les gustará mucho, además tiene el sello de la distribuidora Surtsey Films, que en sus años de trayectoria siempre les ha acompañado un amor al cine que aborda desde la complejidad temas nada sencillos. Además, es una película que les hará reflexionar intensamente sobre los temas del trauma y las infinitas formas de gestionarlo y sobre todo, es un gran toque de atención a cómo nos comportamos cuando lidiamos con estos temas, ya sean propios o de nuestro entorno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El teorema de Marguerite, de Anna Novion

LA CONJETURA DE GOLDBACH.  

“Cuando demostraron que la tierra era redonda y no plana, cambió nuestra manera de ver el mundo. Nos permitió marcar un límite entre lo que sabemos y lo que no. Para eso son las matemáticas. Para buscar la verdad”.

La alumna Marguerite Hoffman estudia en la prestigiosa École Normale Supérieure (ENS), especializada en formar a los científicos más talentosos del país. Todo parece marchar bien  en el intenso trabajo para encontrar una solución para la “Conjetura de Golbach”, uno de los problemas más antiguos en matemáticas. Una demostración para ver el trabajo de 3 años, resulta fallida y la joven alumna abrumada por el error, se va de la escuela y empieza otra vida. Con esta premisa aparentemente cercana se cimenta el guion de la propia directora y Mathieu Robin, que ya estuvo en el debut de la directora Les grandes personnes (2008), Marie-Stéphane Imbert y Agnès Feuvre, que coescribió La fractura, de Catherine Corsini, entre otras, donde la cuarta película de Anna Novion (París, Francia, 1979), después de la citada, Rendez.vous à Kiruna (2012), y la serie Le Bureau des Légendes (2015), donde se ha movido por la comedia, el drama y la intriga, no es una historia ajena a lo que había ya planteado, porque encontramos elementos muy próximos, además, se adentra en el mundo de las mujeres científicas, en este caso, en una joven ambiciosa en conseguir descifrar semejante problema. 

Buena parte de la excelencia de la película se la debemos a la magistral interpretación de la actriz Ella Rumpf, que habíamos visto en Crudo, de Julia Ducournau, Tiger Girl y Mayday Club, entre otras, porque su composición de Marguerite es extraordinaria, ya desde su mirada y gesto, su vestuario con esas pantuflas con las que pasea su obsesión y rareza por el campus. Una mujer que debe demostrar que está ahí, que tiene una misión en la que trabajar, enfrentándose a un mundo masculino, y sobre todo, a ella misma. La película está contada a través de ella, a partir de su odisea, desde su interior, con su inteligencia, capacidad, constancias, miedos, inseguridades, inmadurez y todo lo demás, en su particular montaña rusa de emociones, huidas y complejidad. Un personaje muy humano, cercano y transparente, que ayuda a hablar de temas tan difíciles como las matemáticas superiores que, por otra parte, se cuentan desde lo didáctico, sin entrar demasiado en conceptos que podrían marear a los espectadores, no ocurre nada de eso, al contrario, saber mucho o poco de matemáticas no influye en absoluto en el devenir del relato que se centra en aspectos emocionales.

Novion se rodea de algunos de sus cómplices como el músico Pascal Bideau, que consigue una composición extraordinaria con esas melodías que nos sumergen en una historia planteada como un thriller psicológico, la montadora Anne Souriau, que tiene en su carrera grandes nombres como los de Claire Denis, Tsai Ming-liang y Jean-Pierre Améris, en una historia ardua porque se va casi a las dos horas de metraje, en el que hay pocos respiros, y mucha negrura, y sólo un par de personajes, amén del cinematógrafo Jacques Girault, del que hemos visto sus trabajos en Sauvage y Matronas, en un extraordinario empleo de los planos cerrados y oscuros en los que imprimen esa prisión obsesiva y demencial en el que se va metiendo la protagonista. La gran elección de Julien Frison como Lucas, que ha estado en las dos partes de la reciente Los tres mosqueteros, el otro alumno superdotado que rivaliza con Marguerite, que se convertirá en amigo/enemigo, la siempre maravillosa presencia de Jean-Pierre Darrousin, que ha estado en todos los trabajo de la directora, aquí como profesor con una relación complicada con Marguerite, la estupenda actriz Clotilde Courau, curtida en mil batallas, hace de madre de la protagonista, con la que también anda de medio lado, y finalmente, Sonia Bonny, compañera de piso de la prota, la antítesis de ella, porque es pura belleza y bailarina, pero una inútil para las matemáticas. 

Una película sobre la ciencia, y en concreto, sobre las difíciles matemáticas, pero para nada es elitista ni mucho menos, es lo contrario, una sencilla y honesta historia que pone el foco en las mujeres que se dedican a la ciencia, planteamiento que se agradece y mucho, porque hasta la fecha, salvo contadas excepciones, la voz cantante de la ciencia ha sido masculina. Otro gran acierto es presentar las mates como un desafío de altura sólo para unos pocos privilegiados, como si estuviésemos en una película de intriga, presentando los males de la dedicación enfermiza que puede destrozarte y destrozar tu entorno. El teorema de Marguerite, de Anna Novion tiene la gran habilidad de hablar desde la tranquilidad y la transparencia del ámbito interno académico, de las relaciones que allí se producen, y sobre todo, lo hace desde la honestidad y la intimidad, a través de una mujer que se cae una y otra vez pero nunca desiste, siempre continúa avanzando, algunas veces más lentas que otras, pero en definitivo, siempre trabajando y trabajando para demostrar y demostrarse que pueda ser una más, y que los desafíos matemáticos no son sólo un reto, sino una forma de vida y de amar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un sol radiant, de Mònica Cambra Domínguez y Ariadna Fortuny Cardona

MILA Y EL FIN DEL MUNDO. 

“Así es como termina el mundo, no con una explosión, sino con un lamento”

T. S. Eliot

Películas como Les amigues de l’Àgata, Ojos negros, Les dues nits d’ahir y Les perseides tienen en común haber surgido como proyecto de fin de carrera de la especialidad de Comunicación Audiovisual de la UPF. Un grupo a la que se añade Un sol radiant, de Mònica Cambra Domínguez (dirección y montaje), Ariadna Fortuny Cardona (guion y dirección), Clàudia Garcia de Dios (guion y dirección de arte) Lucía Herrera Pérez (sonido y montaje), Mònica Tort Pallarès (ayudante de sonido y música), surgidas de la promoción 2020-21, junto a Belén Puime Bao en producción, alumna de intercambio de la Universidad de Santiago de Compostela. Unas cineastas que han tenido el asesoramiento de profesores como Gonzalo de Lucas, Carla Simón y Roser Aguilar, entre otras, en un proyecto que arrancó como cortometraje y gracias a Atiende Films de Pep Garrido y Xesc Cabot, directores de Sense Sostre, se ha convertido en una película que recoge el naturalismo y la cotidianidad de un verano cualquiera con el añadido de un película a lo Roger Corman sobre el fin del mundo, sobre sus últimos cinco días. 

El relato se mueve entre el intimismo y la transparencia alrededor de la mirada de Mila, una niña de 11 años, que vive ese final junto a su madre Alicia, su hermana Íngrid de 16 y l’Avi en una casa en el bosque alejados de todos y todo, en pleno verano, en el último verano. Las diferentes posiciones de los miembros ante la inevitable catástrofe, será el centro de la incomunicación, alejamiento y conflicto entre los adultos, entre los que Mila, con su afán de hacer una fiesta, se verá sin los puentes necesarios para llevarla a cabo. La niña deambula por el bosque, observándolos y tratando de entender sus posiciones y sus diferentes acciones. Estamos ante un tono de cuento, de ese tipo de fábulas de iniciación y conocimiento de lo ajeno, de ese mundo de los adultos por parte de Mila, con el acompañamiento de la inquietud del final del mundo, pero no está tratado con el efectismo del cine comercial, sino todo lo contrario, llevándonos por esos cincos días de verano, con las cosas propias de la estación: el aburrimiento de alguien como Mila, que se siente diferente y sin conectar con los suyos, y los otros, con actitudes tan alejadas, como la hermana que siente la necesidad de disfrutar al máximo, la madre que parece que quiere que todo continúe igual, y l’avi que está y no está, con esos extraños baños en el río.

La cercana e inquietante luz de la cinematógrafa Júlia La-Roca, que debuta en un largometraje después de estar en el equipo de cámara de Girasoles silvestres, de Rosales, al igual que la excelente música de Guillem Martorell, que ha trabajado en Espejo, espejo, de Marc Creuhet, entre otras, con una banda sonora que recuerda a la de películas de Gus Van Sant como Gerry, y el eficaz montaje reposado y sin piruetas con sus 79 minutos de pura emoción y transparencia, que va generando ese espacio de lirismo junto al aroma de la ciencia-ficción sin efectismos, en un campo espectral que conmueve con muy poco, porque la idea de la película es coger el género para hablar de temas tan humanos como las dificultades para amar y relacionarnos con los que tenemos más cerca, y todos los conflictos que se generan por aislarse y evitar el problema, creando una tensión mayor y muy difícil de solucionar. Tiene la película, dentro su modestia, que no la evita, sino que la potencia, con toda esa atmósfera pausada, profunda y reflexiva de las obras mayores realizadas con lo mínimo, asemejándose a la profundidad de Las vírgenes suicidas, de Sofia Coppola, con esa extrañeza y onirismo, y la perplejidad y lo fantástico de Melancolía, de Lars Von Trier, donde la vida y sus conflictos familiares van sucediendo mientras está ocurriendo el final de todo. 

Dos películas protagonizadas por Kirsten Dunst que, una de sus primeras actuaciones en Entrevista con el vampiro, cuando tenía 12 años, recuerda a la mirada de Laia Artigas, la inolvidable protagonista de Estiu 1993 (2017), de la citada Carla Simón, que encarna a una Mila fascinante, con ese pasear en soledad, mirando a su alrededor, a su familia y entorno y no entendiendo nada de lo que sucede. Una joven actriz que nos gustaría seguir viéndola en otras producciones, porque hace eso tan complejo en el arte cinematográfico como mirar muy bien, y no refiero a la belleza ni nada de eso, sino a la forma de transmitir toda esa desesperanza y esa inquietud que tiene un personaje que necesita a los suyos pero que los otros están por sus cosas. Muy bien acompañada por Núria Prims como la madre, queriendo ser una protectora pero que no acaba de encontrar la cercanía y el amor necesarios, una hermana mayor demasiado mayor para Mila, en ese cambio de mujer en que Mila está a años luz, y la diferencia que se crea entre las dos, bien interpretada por Núria Sales como Íngrid, Jaume Vilalta como l’Avi, alguien que sin hablar mucho está con sus cosas, y finalmente, Mercè Pons como una vecina, alguien que las visita y que intenta disimular normalidad. 

La película Un sol radiant es una ópera prima muy diferente, atípica, porque no parece surgida de unas estudiantes sin experiencia, y digo esto porque se adentra en lugares complejos para una primera película, pero que los resuelve con un arrojo y una sobriedad dignos de elogiar, encontrando todos esos espacios donde la vida no parece vida, y se adentran en lugares comunes del género pero desde otras posiciones y tonos, recurriendo a lo convencional pero trasladándose a una atmósfera donde todo se fusiona con sensibilidad y sin redundancias, creando esa inquietud y perplejidad de unos personajes que quieren continuar como si no pasara nada, contando un final del mundo como el que vivimos durante el tiempo de pandemia, muy alejado de la ficción hollywoodiense, quizás lo que plantea una película como Un sol radiant, me encanta su título, sutil y cautivador, no esté muy alejado de lo que podría ocurrir, y eso es mucho más inquietante que la catástrofes de videojuego que nos tiene acostumbrados el cine comercial, porque el final, si ocurre alguna vez, seguro que es así, casi sin darnos cuenta que todo se acaba y nosotras seguimos a lo nuestro, sin saber cómo vivir y cómo querernos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Amaya Villar Navascués

Entrevista a Amaya Villar Navascués, directora de la película «Contigo, contigo, y sin mi», en el Cafè de l’Òpera en Barcelona, el viernes 10 de noviembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Amaya Villar Navascués, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Unicornios, de Àlex Lora

ISA LO QUIERE TODO. 

“Me doy cuenta de que todo el mundo dice que las redes sociales son un unicornio pero, ¿y si solo es un caballo?”.

Jay Baer

El mundo real o lo que entendemos por realidad, que eso sería otro debate, ha perdido la fisicidad para convertirse en virtual, o quizás, para convertirse en una representación de otra. Porque la realidad, y permítanme que utilice el mismo término, se ha desplazado a las redes sociales. Todo lo que allí existe se interpreta como lo real, o más bien, como la interpretación de una realidad que se evapora a cada milésima de segundo porque es sustituida por otra, igual de vacía, pero segundos más actual. Todo aquel, ya sea autónomo o empresa, debe vivir en las redes, crear contenido y exponer, y exponerse, para conseguir “likes”, y una visibilidad constante que se traduzca en beneficio económico. Isa, la protagonista de Unicornios lo tiene claro. Su vida, su trabajo y su ocio están constantemente expuestos en las redes sociales. Sus posts son su vida y esa realidad virtual en la que vive se traduce en una existencia llena de movimiento, actividad frenética y una pasión arrolladora. Vive el mundo, cada segundo, sin perder nada ni nadie, consume y fabrica contenido, y ama y folla de forma libre y sin complejos. 

El primer largometraje de ficción de Àlex Lora, después de una filmografía dedicada al cine documental donde ha cosechado algunos éxitos como el corto Un agujero en el cielo (2014), los largometrajes codirigidos como Thy Father’s Chair (2015), y El cuarto reino. El reino de los plásticos (2019), siempre con temáticas sociales y contundentes. Con Unicornios arranca en la ficción con una película que mira de frente a la juventud actual, a esa que tiene las redes sociales como su todo, que practica el amor libre, y es inteligente, segura de sí misma y mucho más. Aunque, el director barcelonés se centra en lo que no se ve, en la amargura y el lado más oscuro de toda esa vida de apariencia y exposición, y lo hace desde un guion escrito a cuatro manos en los que ha participado María Mínguez, que tiene en su haber comedias como Vivir dos veces y Amor en polvo, Marta Vivet, con series como Las del Hockey, y películas estimables como Cantando en las azoteas, y Pilar Palomero, directora de Las niñas y La maternal, y el propio director, donde prima la mirada y el cuerpo de Isa, interpretada magistralmente por una formidable Greta Fernández, con esa fuerza arrolladora que transmite y se come la pantalla, una magnífica mezcla de ternura y fuerza. 

Una película de aquí y ahora, pero no cómoda y sentimentaloide, sino todo lo contrario, porque nos habla de frente, sin atajos ni nada que se le parezca, retratando esa realidad cruda, donde hay soledad y tristeza, con ese tono agridulce, amargo y siniestro, en la que se abordan temas tan candentes como las mencionadas redes sociales, las relaciones maternofiliales, y las relaciones humanas, tanto sentimentales, profesionales y con uno mismo, y lo hace desde la sencillez y de frente, sin dejarse nada y mirarlas con crudeza y de verdad, esa verdad que escuece, que golpea y te deja pensando en que mundo vivimos y sobre todo, qué mundo hacemos cada día entre todos y todas. Una imagen de colores fluorescentes, neones y pálidos bañan toda la película, con ese tono tristón, de realidad aparente, en un gran trabajo de cinematografía de Thais Català, que ya firmó el corto Harta, de Júlia de Paz. Un buen trabajo de montaje del propio Lora y Mariona Solé, de la que hemos visto documentos tan interesantes como 918 Gau y El techo amarillo, cortante, poderoso y frenético, pero sin ser incomprensible, en un realto que se va a los 93 minutos de metraje. 

Amén de la mención de la protagonista, nos encontramos con Nora Navas, siempre tan bien y tan comedida, en el rol de madre de la protagonista, con la que tendrá sus más y sus menos, con sus idas y venidas, en una relación que estructura de forma brillante el recorrido de la película. Un actor tan natural como Pablo Molinero, hace del jefe de la prota, un tipo que tiene esa web que quiere más, rodeado de jóvenes talentos como Isa, a los que exprime y agita para sacar sus mejores ideas, la siempre brillante Elena Martín, que nos tiene enamoraos desde Les amigues de l’Agatà, haciendo de una fotógrafa con miles de followers y algo más, que mantendrá una relación interesante con el personaje de Greta Fernández, y otros intérpretes la mar de interesantes, tan naturales y reales, como Alejandro Pau, Sònia Ninyerola y Lídia Casanova, en un nuevo y excelente trabajo de Irene Roqué, que está detrás de éxitos tanto en series como Nit i Dia y Vida perfecta, y cine como Chavalas, Libertad y la citada La maternal. Sin olvidarnos de la producción de Valérie Delpierre, que ya estaba detrás de la mencionada Thy Father’s Chair, y de otras que todos recordamos, y Adán Aliaga, codirector del citado El cuarto reino

Lora se ha salido con la suya, y eso que la empresa presentaba dificultades y riesgo, pero su Unicornios no es una historia que quiera complacer, para nada, sino mostrar una realidad oscura y profunda, en la que su protagonista Isa va y viene, una mujer joven, preparada y lista, que no quiere perderse a nadie y a nada, estar siempre ahí, aunque esa actitud la lleve a cruzar bosques demasiados siniestros y complejos, aunque ella, aún sabiendo o no su riesgo, no quiere dejarse de nada, y vivir la vida con mucha intensidad, quizás demasiada, pero para ella todo vale y todo tiene su qué, y quién no quiera seguirla, ahí tiene la puerta, porque si una cosa tiene clara Isa que las cosas y los momentos pasan y nada ni nada espera a nadie, aunque a veces no sepamos parar, detenernos y mirar a nuestro alrededor por si de caso nos hemos olvidado de lo que nos hace sentir bien y sobre todo, estamos dejando por el camino personas que nos importan y por nuestra ambición desmedida, no nos estamos dando cuenta de nuestro error. Unicornios  no está muy lejos de películas como Ojalá te mueras (2018), de Mihály Schwechtj, en la que una estudiante se veía expuesta en las redes de manera cruel y violenta, y Sweat (2020), de Magnus von Horn, que relataba la cotidianidad de Sylwia Zajca, una motivadora de fitness que era la reina de las redes, pero cuando las apagaba, se sentía la mujer más triste y sola del planeta. Llegar a ese equilibrio y a esa estabilidad emocional es la que también intenta tener Isa, aunque como Sylwia, no siempre se sale con la suya, porque por mucho que queramos correr, el mundo va siempre más rápido. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un novio para mi mujer, de Laura Mañá

QUERERSE O MORIR.

“Querer ser alguien más es malgastar la persona que eres”

Marilyn Monroe

La carrera de Laura Mañá (Barcelona, 1968), como actriz ha tenido a directores tan importantes como Antonio Chavarrías, Bigas Luna, Vicente Aranda, entre otros, hasta que en el año 2000 debutó como directora en el largometraje con la interesantísima Sexo por compasión, a la que siguieron otras tan valiosas como Palabras encadenadas, Morir en San Hilario, Ni Dios, ni patrón, ni marido y La vida empieza hoy. Relatos personales y agridulces sobre personas maduras en las que se profundiza en la muerte y el sexo, con grandes dosis de realismo mágico y esperpento. Un total de diez títulos a los que hay que añadir tres trabajos para televisión en los que aborda las figuras históricas de Clara Campoamor, Concepción Arenal y Federica Montseny, entre medias había rodado Te quiero, imbécil (2020), suerte de comedia actual sobre los devaneos sentimentales con mujeres fuertes y hombres débiles emocionalmente, con la que está muy emparentada Un novio para mi mujer, remake de la homónima argentina de 2008 dirigida por Juan Taratuto, con guion de Pablo Solarz.

La directora barcelonesa escribe junto a Pol Cortecans (del que hemos visto sus guiones para series como Cites, Sé quién eres y Benvinguts a la familia entre otras. Una historia que nos sitúa en la piel de Diego, un tipo que no aguanta a su mujer Lucía, una estúpida, insufrible y peleada con el mundo, peor es incapaz de decirle que se separen. Instigado por los amigos conoce al Cuervo Flores, una especie de mito sobre el amor y sus cosas, que le ayudará conquistando a su mujer y así poder quitársela de encima. La trama funciona a las mil maravillas, tiene chispa, situaciones divertidas y sobre todo, esa mirada agridulce a las relaciones sentimentales actuales, donde todos somos unos perfectos inválidos en las emociones, yendo de aquí para allá como pollos sin cabeza. Mañá conduce con acierto y simpatía una comedia al uso, pero dándole un toque personal, con esa otra Barcelona, que huye de la postal turística, que podría ser cualquier ciudad occidental, y esa comedia que se aleja de la risa fácil y del gag descacharrante y tontín, para profundizar en nuestras relaciones y sobre todo, en como afrontamos lo difícil, en una sociedad cada vez más automatizada y llena de superficialidades.

La cineasta catalana vuelve a contar con algunos de sus cómplices habituales como Sergio Gallardo en la cinematografía, y Paula González en el montaje, dos buenos profesionales que consiguen dotar a la acción de naturalidad y cotidianidad, y también, de ritmo y agilidad, tan importantes en cualquier comedia de libro que se precie. Algunos espectadores se preguntarán que tiene de novedoso una película de la que ya conocíamos su historia, y a parte de mirar su relato desde otro prisma, más cercano y de aquí y ahora, es su sobresaliente reparto. Unos intérpretes maravillosos que se meten con gracia y acierto en los roles de unos individuos al borde del precipicio emocional. Tenemos a una excelente Belén Cuesta en la piel de Lucía, esa mujer odiosa que se odia a sí misma y arremete con todo lo que se menea, resulta esclarecedor su mítica frase en el programa de radio: “La vida es un bajón”. A su lado, un estupendo Diego Martín, que heredó en el negocio de fotos de su padre y se ha quedado anclado en su rutina y tristeza, y se ve incapaz de afrontar sus problemas y lo que es más importante, está muy perdido con su vida, y por último, un desatado Hugo Silva, un hippie trasnochado, alguien perdido en la inmensidad de su nula existencia, alguien que cree saber y en realidad, sabe bien poco, alguien hundido por su propio mito y relegado a un barco como una especie de náufrago sin isla y sin nada.

Tenemos al trío protagonista, y luego, como toda buena comedia que se precie, nos gusta encontrar a ese otro “protagonista”, que nos es otro que los de reparto, tan importante como los primeros. Y ahí nos tropezamos con un interesante ramillete de buenos intérpretes como Enric Masip, Andreu Castro y Ángela Cervantes, y un “calvo” y estúpido tontín que hace un irreconocible Joaquín Reyes, el típico amigo que lo sabe todo, que va que lo sabe todo y es un pobre diablo. Mañá ha construido una comedia divertida y juguetona, que no recurre al chiste fácil ni al disparate infantil para hacer reír al personal, sino que va conformando una serie de situaciones cómicas del día a día, en la que bucea sobre el vacío existencial y la falta de valor para encarar la vida y los sueños que alguna vez fueron lo más importante, porque de eso nos habla esta nueva versión de Un novio para mi mujer, de lo que nos cuesta para enfrentarnos a nuestra propia vida, a esa que hacemos tan poco caso y luego, pagamos una factura demasiado costosa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

París, Distrito 13, de Jacques Audiard

¿QUÉ FUE DEL AMOR?.

“Hemos olvidado el amor, la amistad, los sentimientos, el trabajo bien hecho. Lo que se consume, lo que se compra son solo sedantes morales que tranquilizan tus escrúpulos éticos”

Zygmunt Bauman

De los nueve títulos que componen la filmografía de Jacques Audiard (París, Francia, 1952), muchos están estructurados a partir de la diferencia y opuesto en sus personajes principales. Personas que, por circunstancias propias y ajenas, se ven abocados a relacionarse con otros, y que deben unir fuerzas para enfrentarse a unos terceros, rodeados de un atmósfera ajena a ellos que resulta difícil e inquietante. Recordamos a la secretaria sorda y tímida que conoce al ex convicto y malcarado en Lee mis labios (2001), el vocacional pianista que se niega a seguir la herencia familiar y su profesora china que no entiende una palabra en francés en De latir, mi corazón se ha parado (2005), el joven que ingresa en prisión y acaba haciéndose el capo en un ambiente hostil en Un profeta (2009), el rudo portero de discoteca y la accidentada entrenadora de orcas en De óxido a hueso (2012), los inmigrantes de Sri Lanka en la Francia actual en Dheepan (2015), y los hermanos buscadores de oro en el salvaje oeste de Los hermanos Sisters (2018).

En París, Distrito 13 (“Les Olympiades”, en el original, referido a un rascacielos del centro del barrio del citado distrito), basada en tres novelas gráficas del estadounidense Adrian Tomine, en un magnífico guion que firman el propio director, Léa Mysius, de la que hemos visto Los fantasmas de Ismael, de Desplechin, y La familia Samuni, de Stefano Savona, y Céline Sciamma, la maravillosa directora de grandes títulos como Retrato de mujer en llamas y la reciente, Petite Maman, amén de guiones para Téchine o esa maravilla que es La vida de calabacín. En el relato nos encontramos con cuatro personajes, tan distintos y tan cercanos a la vez. Tenemos a Émilie Wong, una licenciada que se gana la vida con trabajos auxiliares y de pelea con su familia, que conocerá a Camille, un profesor hastiado y cansado de su trabajo, con el que mantendrá una relación sexual muy intensa y efímera. Camille trabajará en una inmobiliaria con Nora, una mujer que ha llegado a París huyendo de una relación sentimental muy tóxica con su tío e intimaran, y aún más, porque Nora conocerá a Amber Sweet, una cam girl que se desnuda y practica sexo a través de internet.

La sombra de Rohmer está en cada encuadre y cada espacio de la película, a través de sus cuentos morales como MI noche con Maud, de la que Audiard se declara como fuente de inspiración, y también, Les rendez-vous de París (1994), estructurada a partir de tres relatos sobre las citas perseguidas o encontradas de unos cuántos individuos por la ciudad francesa. El impacto visual y plástico del blanco y negro, si exceptuamos los momentos de la cam girl que, al ser por ordenador son en color, un color pixelado y rugoso,  que firma el cinematógrafo Paul Gilhaume, dotando esa cadencia y suavidad que impregna cada plano de la película, con ese tono actual y atemporal, como el conciso y soberbio trabajo de montaje de Juliette Welfling, que ha trabajado en toda la filmografía de Audiard, y con otros tótems como Farhadi, Gondry y Schnabel,entre otros, y la excelente música de Rone, y los temas actuales que le dan esa textura de existencias que viven al día, con sus trabajos precarios, su continua incertidumbre tanto en el respirar como en el amor, o esa cosa que llamamos amor en estos tiempos de primero sexo y luego, ya veremos.

La película nos lleva de forma tranquila y sencilla por estos cuatro personajes y sus aventuras sentimentales, sus dificultades para relacionarse y saber que desean y a quién. Sus continuos devaneos en lo sexual, que lo cogen de forma intensa, vertiginosa y más parecido a una droga de la que son adictos, en una forma inútil y desilusionante de encontrar a quién amor o tropezarse de casualidad con el amor o algo que se le parezca. Ya en su magistral prólogo, con Émilie y Camille, desnudos y follando como descosidos, como si no hubiera un mañana, y el salto que da para contarnos como empezó todo, y las continuas elipsis, tan descriptivas y apabullantes que le imprimen agilidad y ritmo en una historia con constantes subidas y bajadas y atajos sexuales y sentimentales de los protagonistas, en la que las pertinentes subtramas que viven los personajes, nos ayudan a conocerlos mejor, a profundizar en sus vidas, y darnos cuenta de sus miedos, (des) ilusiones, pasados, frustraciones y demás aspectos emocionales que evidencian unas vidas en continuo tránsito, unas existencias que no saben ni pueden encontrar una estabilidad económica y emocional.

Un estupendo reparto que consiguen encontrar  esos personajes perdidos, a la deriva, en un perpetuo presente que parece no tener fin. Tenemos a Lucie Zhang, con poca experiencia, pero que transmite una naturalidad y cercanía brutales, dando vida a Émilie, en pleno desenfreno sexual que oculta carencias emocionales graves como no saber romper con una familia demasiada castradora. Makita Samba es Camille, al que vimos en Amante pro un día, de Philippe Garel, es el tipo que va de aquí para allá, sin encontrar su lugar y menos, el amor, aparentemente seguro en sus emociones pero solo una fachada que esconde otros conflictos personales. Noémie Merlant es Nora, la fascinante protagonista de Retrato de mujer en llamas o Curiosa, condenada a la eterna huida siempre escapando de todos y sobre todo, de ella misma, incapaz de mirarse en su interior y descubrir que le da miedo, encontrará en Amber Sweet, que interpreta Jehnny Beth, ese contrapunto, esa otra manera de mirar a los demás, una mujer sin complejos, en apariencia, una mujer que iremos descubriendo a través de Nora.

Audiard ha construido una película de ahora y de siempre, con este grupo de personas que se mueven mucho pero no van a ninguna parte, que disfrutan del sexo pero no del amor, que se pierden en sus vidas, que se autoengañan demasiado, que viven unas vidas que no son las suyas, que malgastan sus existencias por no saber qué hacer ni adónde ir, que deambulan como zombies en laberintos sin salida que ellos mismos se han construido, presos de sus no amores, llenos de miedos, en una sociedad estúpidamente productiva que todo lo valora en metálico, en una excelente radiografía del amor o lo que queda de él, en estos tiempos de sexo por sexo, donde las apps de internet han revolucionado nuestras relaciones sentimentales, haciéndolas más superficiales, pero solo un fiel reflejo de la velocidad y el usar y tirar de nuestra sociedad mercantilista que todo y todos estamos en venta, eso “Tiempos líquidos”, que tan sabiamente nos habla Bauman, con toda esa evaporación en todo, esos amores líquidos, esas relaciones sin consistencia, sin peso, sin solidez, que se mueven en los cuerpos, en la piel, en el sexo, en la nada, porque lo más importante, las emociones, y el pánico a mostrar las emociones, y por ende a mostrarse ante el otro, quedan relegadas al espacio vacío, a la ocultación, a la nada. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

El pacto, de Bille August

LA ESCRITORA Y EL JOVEN POETA.

“Te conoceré no por tu rostro, sino por la máscara que llevas”

Karen Blixen

La película se abre de forma elegante, seductora y oscura, con esa inquietante imagen de Karen Blixen mirándose en un espejo. ¿Quién es realmente la genial escritora? La imagen de alguien que observa en el espejo el paso del tiempo y su vejez, o quizás, es esa otra imagen reflejada en el espejo, una imagen que guarda una alma rota, desesperada y muy oscura. Un maravilloso juego con los espejos que nos iremos encontrando a lo largo de toda la trama. El pacto, que se basa en las memorias del poeta danés Torkild Bjornvig, en las que detalla minuciosamente su tumultuosa y manipuladora relación con la escritora danesa Karen Blixen, nombre real del pseudónimo más conocido de Isak Dinesen, con el que firmó la famosa Memorias de África, entre otras. La película aborda ese período que va del año 1948 a 1955, cuando el joven poeta fue apadrinado por la madura escritora, conduciéndolo por el lado oscurísimo de la condición humana, a partir de acciones y consejos muy discutibles, todos para convertirlo en un gran escritor y poeta.

El cineasta Bille August (Brede, Dinamarca, 1948), lanzado al panorama internacional con Pelle el conquistador (1987), durísimo drama sobre la inmigración sueca de finales del XIX, le siguieron Las mejores intenciones (1992), con guión del grandísimo Bergman, un extraordinario drama familiar, que le valió los grandes reconocimientos del año, de ahí a las producciones internacionales como La casa de los espíritus, Los miserables, entre otras, que compagina con las producciones más íntimas en su Dinamarca natal, con producciones tan notables como Marie Kroyer (2012), y Corazón silencioso (2014), estupendo alegato a favor de la forma de decidir el final de la vida. Con el mismo guionista de esta última, Christian Torpe, se ha puesto manos a la obra para dirigir una obra íntima y muy inquietante, entre dos seres antagónicos, donde se juega a la seducción, tanto a seducir como ser seducido, y a las malas artes que entran en escena como la manipulación, la mentira y la lucha imperiosa por querer ser necesitado.

Una película excelente en su ejecución, tanto en su forma como en su fondo, con una extraordinaria cinematografía del chileno Manuel Alberto Claro, que ha trabajado en muchas de las últimas películas de Lars von Trier, el gran trabajo de edición que firman un viejo conocido del director, Janus Billeskov Jansen, que lleva con él desde Pelle el conquistador, junto a Anne Osterud, que han trabajado juntos en las películas de Thomas Vinterberg, el gran trabajo de diseño de producción de Jette Lehmann, que repite con August, y ha colaborado con von Trier, el exquisito diseño de todo el vestuario de Anne-Dorthe Eskildsen, y la formidable música de Frédéric Vercheval, que sabe conjugar toda esa trama inquietante que cubre toda la película, con todo el entramado de miradas y silencios que llenan toda la acción, con el  Piano Sonata No. 20 in A Major, D. 959 de Franz Schubert, convertido en leit motiv de toda la trama. Todos los detalles de la película brillan por su elegancia y sensibilidad, todos compuestos para materializar una obra que nunca se pierde, y acoge muy bien y con tacto cada uno de los ciento quince minutos del metraje, llevándonos de la mano por una relación que gusta y repele a partes iguales, que parece brillar y en otras ocasiones, se llena de infiernos, esos espacios de los que uno sabe como entra, pero nunca cuando va a salir, y sobre todo, en qué estado.

La casa familiar en Rungstedlund se convierte en el centro de todo, donde todo se cuece, y donde todo sucede, donde la veterana escritora puede manipular a su antojo al joven poeta, que sin medir concienzudamente las consecuencias se lanza al abismo que le brindan en bandeja. Uno de los elementos que más cuida de sus obras el cineasta danés es la interpretación, porque en El pacto, nunca vemos ninguna composición desajustada o falta de credibilidad, al contrario, todos los intérpretes brillan con sensibilidad, creando todo ese universo de silencios, miradas y relaciones, unas más oscuras que otras, y todas que les dejarán una huella imborrable, quizás demasiada. Empecemos por los de reparto, con esas dos mujeres de la vida del joven poeta. Por un lado, su mujer Grete, que hace Nanna Skaarup Voss, madre de su pequeño hijo, una humilde y tranquila bibliotecaria, que se verá absorbida por los acontecimientos, y deberá luchar por su vida y su hogar. En el otro lado, tenemos a Benedicte Jensen, que interpreta Asta Kamma August, la mujer del adinerado, amiga de la escritora, que establece una relación demasiado íntima con Torkild, que los llevará a cuestionarse demasiadas cosas que creían inquebrantables, como la naturaleza de amar y el significado del amor.

Simon Bennebjerg, al que vimos en el reparto de The Guilty (2018), es el joven poeta Bjornvig, un tipo que cambiará y mucho a lo largo de la película, alguien que no sabe en qué jardín se está metiendo, un espacio que parece maravilloso, pero en él que descubrirá sus infiernos, y eso le hará tambalear y de qué manera, su hasta entonces apacible y aburrida vida. Y finalmente, la soberbia composición de Birthe Neumann (una gran actriz danesa que ha brillado en teatro y en cine con von Trier y Vinterberg), entre otros, que se enfunda en la piel arrugada y carácter maligno de Karen Blixen, mostrándonos un rostro o una máscara que desconocíamos en absoluto, muy alejada de esa otra imagen de la mujer que vivió en África, que tuvo que vender su propiedad y soportar el dolor de perder por accidente a su gran amor Denys Finch Hatton, y regresar a su tierra Dinamarca y convertirse en una celebridad y una mentora para jóvenes intelectuales como Torkild. Un buen ejercicio es ver Karen, la película minimalista, evocadora y magnífica, que hizo el año pasado María Pérez Sanz de los años africanos de la escritora, y El pacto, de August, para ver dos rostros muy distintos de una mujer que fue muchas cosas: una extraordinaria escritora, una aventurera, una valiente, y también, una pérfida manipuladora, cuando el dolor, tanto físico como emocional, llenó sus últimos días. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA