Un hombre libre, de Laura Hojman

EL POETA SILENCIADO. 

“Uno no se rebela por odio, sino por amor”. 

De la novela “El cordero carnívoro”, de Agustín Gómez Arcos

Un desierto rocoso y árido nos da la bienvenida a Un hombre libre, de Laura Hojman (Sevilla, 1981), acompañada del potente sonido de los Derby Motoreta’s Burrito Kachimba. Un lugar y una canción para hablar de la vida y obra de Agustín Gómez Arcos (Enix, Almería, 1933 – París, Francia, 1998), un hombre libre, como reza el título, un tipo diferente que nació en una España que tuvo una cruenta guerra y una feroz y violenta dictadura y expulsó a tantos como él, tantos que creían y luchaban por una España diferente, una España plural, abierta y para todos y todas. Un poeta que lidió contra la ira del fascismo, que tuvo que exiliarse a Francia, y sobre todo, tuvo que vivir con el resentimiento hacía un país que nunca lo quiso, que nunca lo miró y encima, lo silenció y olvidó. Esta es la historia de muchos como Agustín, que la historia los abandonó, aunque también es la historia de los que lucharon contra el olvido y los devolvieron a la vida, a la literatura y a destacarlos y darles su lugar en la historia, su lugar en el mundo que tanto tiempo se le negó. 

De Hojman conocemos tres películas anteriores, todas ellas dedicadas a novelistas andaluces o con Andalucía como telón de fondo: la primera fue Tierras solares (2018), que recogía el periplo del nicaragüense Rubén Darío por la Andalucía de principios del XX, después vimos Antonio Machado. Los días azules (2020), siguiendo la travesía vital del genial escritor andaluz, más tarde hizo A las mujeres de España. María Lejárraga (2022), que, al igual que sucede con Un hombre libre, se propuso dar voz contra el silencio de grandes autores olvidados por la historia o por lo que fuese. La propuesta de la cineasta sevillana se basa en un viaje muy bien documentado en la que se acoge al archivo, ya sea documentado, audiovisual, sonoro y la aportación de expertos y figuras de la literatura que ayudan a contar y reflexionar las posiciones sociales, políticas y culturales de los protagonistas y la época que les tocó vivir y sufrir. También, hay elementos de ficción, pocos eso sí, que le dan la profundidad necesaria. Podríamos decir que sus cuatro películas abordan diferentes personajes a lo largo y ancho del siglo XX de la Historia de España, donde apareció la modernidad, la República, la Guerra, la dictadura, y la oscuridad: la violencia, el exilio, y el silencio.  

En las cuatro obras de Hojman destaca una concisa y sobria imagen y sonido que detallan con inteligencia y profundidad gran cantidad de detalles que abordan con transparencia la complejidad de cada uno de los autores. La cinematografía de Jesús Perujo, que ya estuvo en la mencionada Antonio Machado. Los días azules, amén de Una vez más (2019), de Guillermo Rojas, coproductor de la cine, con que no se embellece lo que se cuenta ni mucho menos se obvian los detalles menos agradables, aquí se habla de verdad, de frente y sin tapujos. La excelente música de la artista Novia pagana, da ese calado de luz y oscuridad que recorre la vida y obra de Gómez Arcos. El montaje de Mer Cantero, que tiene en su haber películas con Antonio Cuadri y documentales, impone un fantástico y sobrio ritmo pasando por las diferentes texturas, conceptos y marcos de una vida agitada, en continuo movimiento y siempre de escape y a la carrera y vertiginosa, como el huido qué era, en sus interesantes y brillantes 88 minutos de metraje, que no dejan indiferentes y además, ayudan a conocer su carácter y su alma de forma apasionante y descubriendo a un tipo que vivió a pesar de los de siempre. 

Ya hemos hablado de las presencias en formas de testimonios que aparecen en las películas de la directora andaluza. En Un hombre libre tenemos a Pedro Almodóvar, Paco Bezerra, Alberto Conejero, Antonio Maestre, Marisa Paredes, a la que está dedicada la película en su memoria, Bob Pop y Eric Vuillard, entre otras personalidades de la cultura y la sociedad que hablan de Agustín Gómez Arcos, de quién fue, de sus poderosos libros, de su homosexualidad, de su infancia en la Almería empobrecida, de sus años de aprendizaje en Barcelona, de su tiempo que no le dejaron hacer teatro en Madrid, de sus experiencias difíciles en Londres, de su exilio en París, la publicación y éxito de sus libros como el citado “carnívoro”, “el niño pan”, “Ana no”, “Escena de caza (furtiva)”, y “María República”, y muchos más que lo convirtieron en un escritor español que escribía en francés con grandes reconocimientos y aplausos en el vecino país, y tantas historias y demás que nos explican y sobre todo, sacan del baúl del olvido a uno de los más grandes autores que han habido en España, con un sello muy personal, que habla de homosexualidad, de exilio, de dolor, de heridas, de tantas heridas, y de la vida que, a veces, la mayoría de las veces, resulta muy cruel con aquellos y aquellas que sienten, piensan y hacen diferente, aunque tanto Cabaret Voltaire que ha publicado en castellano sus novelas como la película de Hojman ayudan a que la vida y obra de Agustín Gómez Arcos sigan latiendo y cada vez más. Así que, como decían en la secuencia más memorable de El ministerio del tiempo, con Lorca: “Hemos ganado”. Ya saben de que les hablo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La sustancia, de Coralie Fargeat

EL MONSTRUO QUE HABITO.  

“Aprendí a reconocer la completa y primitiva dualidad del hombre; Me di cuenta de que, de las dos naturalezas que luchaban en el campo de batalla de mi conciencia, aun cuando podía decirse con razón que yo era cualquiera de las dos, ello se debía únicamente a que era radicalmente ambas”

De la novela El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hide, de Robert Louis Stevenson 

Cineastas como Ana Lily Amirpour con Una chica vuelve a casa sola de noche (2014), Jennifer Kent con The Babadook (2014), Julia Ducournau con Crudo (2016) y Titane (2021), y Carlota Pereda con Cerdita (2022), entre otras, han situado el cine de género en cotas muy altas a partir de historias políticas, muy crudas, nada complacientes y llenas de tensión y sobre todo, mucha reflexión sobre el vacío, la superficialidad y la enfermedad de la sociedad actual. A esta terna de grandes directoras se les añadió Coralie Fargeat (París, Francia, 1976), cuando presentó su impresionante debut Revenge (2017), relato sin aristas y sobrecogedor sobre la venganza de una joven vilipendiada. Unas buenas sensaciones confirmadas con su segundo trabajo La sustancia, una obra que crítica ferozmente la sexualización del cuerpo de la mujer a través de un relato de terror protagonizado por una mujer expulsada del paraíso del body perfect, del que ya rodó un prólogo/precedente en Reality+ (2014), un corto de 22 minutos en el que un chip generaba nuestro otro yo perfecto durante 12 horas. 

Conocemos a Elisabet, una mujer que fue alguien en el mundo de Hollywood pero, ahora, con sus casi sesenta tacos lleva años refugiada en el fitness televisivo, en la que podamos encontrar muchas similitudes a la experiencia de Jane Fonda. Los planes para la reina del aeróbic cambian cuando la cadena decide echarla y contratar a alguien mucho más joven. Es entonces, cuando Elisabet encuentra su gran oportunidad en un nuevo producto basado en la división celular que consigue crear una mejor versión de ti mismo: más joven, más guapa y más de todo. Aunque tiene unas contraindicaciones: sólo dura 7 días y después se vuelve al otro yo. Con esta premisa argumental, nada enrevesada y muy sencilla, la directora francesa convoca al Stevenson de El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hide y al Wilde de El retrato de Dorian Grey para construir un extraordinario guion de apenas tres personajes, la susodicha Elisabet, su otro yo Sue, y el jefe de todo esto, es decir, el de la cadena de televisión, Harvey, en un experimento para la protagonista que en principio, no parece entrañar riesgos, y es ahí, cuando entran en liza la oscuridad y la complejidad de la condición humana porque la cosa empieza a ir mal, no, fatal, porque lo que provoca una lo sufre la otra, porque en realidad, es una misma persona dividida en dos cuerpos independientes y único a la vez.

Con una magnífica cinematografía de Benjamin Kracun, del que hemos visto películas tan potentes como Beast (2017), de Michael Pearce y Una joven prometedora (2020), de Emerald Fennell, con esos grandes angulares y planos abiertos donde vemos la soledad y el aislamiento que siente la protagonista, con ese ático donde queda patente el contraste de estar a la vez en la cima del mundo o subida a un montón de mierda. Una forma que recuerda a David Lynch y sobre todo a su memorable Inland Empire (2006), en la que su desdichada heroína de nombre Susan Blue, también una actriz madura deambulando por una ciudad fantasmal, en la que podríamos incluir esa maravilla que fue The Neon Demon (2016), de Nicolas Winding Refn, con otra actriz, ahora joven, también expuesta a la sordidez y a la artificialidad del show business. La absorbente música electrónica de Raffertie ayuda a crear ese submundo cada vez más inquietante y macabro en el que se convierte la existencia de la protagonista, amén de algunos temas como el “Pump it Up”, de Endor, o el de Hermann extraído de Vértigo, de Hitchcock. El formidable montaje que firma la propia directora junto a Jérôme Eltabet que repite después de Revenge, y Valentin Féron, que tiene experiencia en el cine de género junto a Yann Gozlan y Sébatien Marnier, entre otros, en una trama que va de la la luz cegadora a la oscuridad más tenebrosa, dando innumerables altibajos, para seguir la deriva del personaje, en una película nada fácil de ritmo porque se va a las 2 horas y 20 minutos.

Una pareja protagonista inconmensurable en el cuerpo, sobre todo, en el cuerpo, la piel, el gesto y la mirada de una gran Demi Moore que, siendo un icono de Hollywood, se vio expulsada por la edad y su cuerpo, y se reivindica con un personaje muy a su edad y medida, en un trabajo lleno de complejidad y brutalidad. La otra es Margaret Qualley, la versión joven que, desde Érase una vez en Hollywood nos fascina, y cada vez demuestra sus grandes dotes como hacía en Kind of Kindness, de Lanthimos. Su Sue es un regalazo y su composición está llena de todo. El trío se acaba con un Dennis Quaid, otro intérprete que tuvo su fama y ahora relegado a otros menesteres, que se reivindica como la Moore en el papel del jefe de la cadena, un ser grotesco, hortera, arrogante y asqueroso, que parece salido de una feria de los horrores de L. A. que de seguro hay a montones. No dejen pasar una película como La sustancia, y quédense con el nombre de su directora: Coralie Fargeat, porque su impresionante horror movie, con grandes dosis del cine de David Cronenberg, tanto en su forma, cruda y áspera, y en sus temas que tienen que ver con el cuerpo y sus diferentes agentes invasores y sus múltiples formas aplicadas a la tecnología y demás artilugios. Lo dicho, vean la película y lo que cuenta. Un magnífico retrato de esta sociedad que se hincha y deforma a través de la sexualización de los cuerpos femeninos, que los invade, los estruja y luego los hecha a la basura, en esta dictadura de lo físico, de lo aparente y de lo superficial, donde ya no somos quiénes deseamos sino estamos sometidas a los dictados de un mercado automatizado y sin alma que sólo busca la risa congelada y el show por encima de todo y de todos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Esther Vital García

Entrevista a Esther Vital García, directora de la película «¿Dónde está Heleny?, en el marco de la Mostra Internacional de Films de Dones en Barcelona, en la terraza del Café Librería La Central Raval en Barcelona, el viernes 9 de junio de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Esther Vital García, por su tiempo, sabiduría, generosidad y a Teresa Pascual y Anne Pasek de Comunicación de la Mostra, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Paulina Urrutia

Entrevista a Paulina Urrutia, protagonista de la película «La memoria infinita», de Maite Alberdi, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el martes 9 de enero de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paulina Urrutia, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Lara P. Caminha y Sergio Martínez de BTeam Pictures, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Entrevista a Maria de Medeiros

Entrevista a Maria de Medeiros, directora de la película «Nuestros hijos», en el Hotel Catalonia Eixample en Barcelona, el jueves 11 de mayo de 2023

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Maria de Medeiros, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Argentina, 1985, de Santiago Mitre

DIGNIDAD Y JUSTICIA.

“El miedo seca la boca, moja las manos y mutila. El miedo de saber nos condena a la ignorancia; el miedo de hacer, nos reduce a la impotencia. La dictadura militar, miedo de escuchar, miedo de decir, nos convirtió en sordomudos. Ahora la democracia, que tiene miedo de recordar, nos enferma de amnesia: pero no se necesita ser Sigmund Freud para saber que no hay alfombra que no pueda ocultar la basura de la memoria”.

Eduardo Galeano

Las cuatro películas que he visto de Santiago Mitre (Buenos Aires, Argentina, 1980), giran en torno a la política, al hecho político. Sus personajes están enmarcados en ambientes donde la política decide sus actos y pensamientos, aunque el director argentino no solo se queda en ese marco, sino que va más allá, y usa la política como un pretexto para hablar de algo mucho más profundo, que no es otra cosa de la condición humana, toda su complejidad, contradicción y oscuridad, porque sus individuos, tengan el cargo que tengan a nivel político, están obligados a manejar sus aspectos personales, íntimos y menos públicos.

Mitre profundiza en las almas de sus personajes a partir de las situaciones morales que la política los lleva sin remedio, explorando todos sus actos y como no podría ser de otra manera, la gestión de esas consecuencias, que como suele ocurrir, nunca llegan a ser las más acertadas y las más comprensibles ante los ojos de los otros. Aunque, una cosa si tienen las almas de Mitre, nunca son personas que se dejen avasallar por las circunstancias y siguen remando a contracorriente, siguen creyendo en sus ideas y sobre todo, en su justicia. Con Argentina, 1985, el director Santiago Mitre se enfrenta por primera vez a un caso real, y a un persona como el fiscal Julio Strassera (1933-2015), convertido en el personaje de la película, porque a partir de él se construye todo el entramado. A partir de un guion del propio director y Mariano Llinás, toda una institución del cine más personal y profundo de Argentina, a través de El Pampero Cine, en su cuarto guion junto a Mitre, después de Paulina (2015), La cordillera (2017), y Pequeña flor (2022). La trama cuenta el caso real de Strassera, junto a su asistente Luis Moreno Ocampo y el equipo de jóvenes abogados, que se encargaron de la acusación en la causa contra los nueve mandos del ejército argentino, integrantes de la dictadura cívico-militar que entre el 1976 y 1983, que bajo las órdenes de Videla  sembró de detenciones, torturas, asesinatos y desaparecidos el país.

La película se desarrolla en dos tiempos. En la primera mitad, asistimos a la preparación del juicio, siguiendo las investigaciones y la recavación de información para preparar la acusación. En la segunda mitad, asistimos al juicio, en el que nos muestran las grabaciones reales, tanto de video como de audio que se registraron del juicio, que casa con la imagen de la película, más cuadrada que la estándar, un preciosista e intenso trabajo de Javier Julia, que ya había trabajado con Mitre en La cordillera y Pequeña flor, y qué decir del rítmico y magnífico trabajo de montaje de Andrés P. Estrada, que ha trabajado con gentes tan importantes como Pablo Trapero, Juan Schnitman, y estuvo en el equipo de La cordillera, en una película de ciento cuarenta minutos con un grandioso ritmo, en el que no cesan de suceder cosas, tanto físicas como emocionales. La excelente música de Pedro Osuna ayuda a sumergirnos en el contexto social, económico y cultural de aquella Argentina que quería hacer memoria en una democracia todavía con el olor a muerte y destrucción de la dictadura.

Un grandísimo reparto entre los que destaca un extraordinario Ricardo Darín, que se nos acaban los calificativos de este enorme actor, el bonaerense hace toda una amalgama de registros y detalles que son toda una lección de cómo interpretar y sobre todo, como capturar la esencia de un tipo que, muy a su pesar, tuvo que lidiar con el juicio más importante de la historia de Argentina, en uno de esos personajes con alma, sencillos y tremendamente cotidianos, como los que construía Frank Capra en sus maravillosas películas, gentes de aquí y ahora, de carne y hueso, que están muertos de miedo ante lo que les espera, enfrentarse al poder más oscuro y terrorífico, pero aún así, sacar valentía y ser dignos y hacer lo imposible por reparar las injusticias cometidas, y sobre todo, no rendirse jamás, a pesar del miedo, de las dudas y las amenazas a las que son sometidos por ese poder invisible y asesino. Bien acompañado por su peculiar Sancho Panza, el actor Peter Lanzani, al que habíamos visto en El clan, de Trapero, y El ángel, de Luis Ortega, se mete en la piel del asistente Luis Moreno Ocampo, un tipo sin experiencia que, a pesar de la oposición materna y familiar, con militares como parientes, se enfrenta a ellos y trabaja en lo que considera justo, necesario y digno.

En personajes más de reparto, nos encontramos con un actor que nos encanta, el veterano Norman Briski, que tuvo su idilio con el cine español, en películas de Saura y Gutiérrez Aragón, cuando estalló la dictadura y se exilio por estas tierras. En un personaje entrañable, de frágil salud, mentor de Strassera, con conversaciones de esas que encogen el alma y sirven para que el personaje que hace Darín tenga una voz de la experiencia, una especie de padre y amigo a la vez. Y, también encontramos la presencia de Laura Paredes, una actriz fetiche de “Los Pampero”, en un rol de superviviente de la dictadura. Mitre ha construido una película fabulosa, que tiene de todo, alma y cuerpo, que habla de política, de memoria, de dignidad y de justicia, de unos pocos hombres y mujeres que se enfrentaron a los asesinos militares de su país, y lo hicieron con las armas que tenían, libertad, democracia, reparación y verdad, palabras que deberían ser una realidad, y que suelen costar tanto que se materialicen en las sociedades actuales en las que vivimos. La película no necesita florituras ni aspavientos narrativos ni demás, para convencer al espectador y llevarlo de su mano, porque todo lo cuenta tiene una parte conmovedora y sensible, sin ser sensiblera ni condescendiente, y sumerge al espectador en este viaje de la dignidad y la justicia para los que ya no están y para los que se han quedado, para construir una sociedad un poco mejor cada día, aunque, como vemos en la película, haya que seguir luchando y luchando, y sobre todo, desenterrando muertos y darles la voz que otros le negaron. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Azor, de Andreas Fontana

LOS BANQUEROS Y LOS ASESINOS.

“Los banqueros son como un pozo oscuro; no sabemos si el pozo es muy profundo o simplemente está vacío”

Jonathan Swift

El descriptivo y conciso arranque de la película deja claro la actitud moral del banquero suizo protagonista de la película. Se inicia con una imagen estremecedora. Dos militares cachean y detienen a un par de jóvenes ante la impasividad de todos los presentes, entre ellos, Yvan De Wiel, el banquero mencionado. Esa actitud pasiva, fría y alejada de todo lo que ve, todo lo que escucha y sobre todo, esa determinación de que ha llegado a la Argentina de finales de los ochenta, en plena dictadura, no le perjudica, porque el banquero suizo tiene una misión, convencer a las altas fortunas de que su banco es el mejor para guardar y de paso, ocultar, su dinero. La opera prima de Andreas Fontana Ginebra, Suiza, 1982), nos devuelve el mejor cine político de los setenta, aquel que filmaron los Costa Gavras, los Bertolucci, Rosi, los Petri, etc… Un cine que no solo explicaba las relaciones siniestras y oscuras de los estamentos del poder con la banca, la iglesia, y el ejército que, en muchas casos asumía el poder, sino que ofrecía algo de luz a unos tiempos convulsos y llenos de miserias.

Fontana que ya despertó bastante interés con sus trabajos en el cortometraje, se ha fogueado como asistente con directores de la talla como Jean-Stéphane Bron, Ingrid Wildi, David Maye y Mathias Staub, de los que ha aprendido mucho y se ha labrado una mirada concisa, crítica y profunda sobre las relaciones entre la dictadura y la banca suiza. Azor (que en el argot bancario viene a decir “cuidado con lo que dices”), es un inteligente y soberbio thriller político, excelentemente bien narrado, en un guion que firma el propio director con la colaboración de un grande como Mariano Llinás, que se reserva una breve aparición, y tiene al albaceteño Gabriel Azorín, director de Los mutantes, como consejero de Fontana, en una película en la que brilla su detalladísima y cuidada forma, y un relato que nunca se pierde, sino todo lo contrario, a medida que avanza la historia, más intrigante se torna, y menos claro en las intrigas que han sucedido, como esa inquietante desaparición de Keys, el antecesor de Yvan De Wiel, envuelto en una sombra difícil de descifrar.

Nos movemos de la mano de Yvan, el recién llegado, un tipo a la vieja usanza, falta de carisma, que tendrá su bautismo a prueba de balas, sin tiempo para pensar, sino con muy poco para reaccionar. Acompañado por Ines, su esposa, que continuamente le insta a ser más agresivo en los negocios. Nos moveremos por casas lujosas, piscinas tranquilas, haciendas inmensas, muchos caballos, fiestas de alta alcurnia, clubs exclusivos, restaurantes de relumbrón, y demás lugares, y escucharemos a políticos, arzobispos, herederos, riquísimos y militares, muchos militares, en definitiva, la alta y burguesa sociedad argentina que aupó, apoyó y trabajó para la dictadura militar de Videla. La exquisita y claroscura cinematografía de Gabriel Sandrau, del que vimos ya su gran trabajo en La idea de un lago (2016), de Milagros Mumenthaler, que colabora en la película, con esa luz que habla de aquella época desde cualquier tiempo, rompiendo el esquema de la clásica película historicista para abrazar una película sin tiempo. La gran banda sonora del debutante Paul Courlet, que consigue generar esa atmósfera cotidiana y terrorífica que baña toda la trama, y el cuidadoso trabajo de montaje del chileno Nicolas Desmaison.

Una película que basa buena parte de su entramado en las relaciones que se gestan en el poder, debía tener un reparto muy competente y formidable para generar toda esa ambigüedad y oscuridad que reside en cada gesto y mirada de los señores de negro que pululan por toda la película, y lo hace a través de la palabra, con unos diálogos confidenciales y alejados del mundanal ruido, con esa cámara que detalla y registra, pero siempre a una distancia prudencial, donde cada intérprete está en su sitio, como la espectacular pareja protagonista que forman la francesa Stépahnie Cléau y el belga Fabrizio Rongione, habitual en el cine de los Dardenne, bien acompañados por la poetisa Carmen Iriondo en la piel de una sorprendente Mrs Lacrosteguy, el veterano Juan Trench en el rol del hacendado Augusto-Padel Camon, la fascinante presencia de la uruguaya Eli Medeiros en un doble registro, el enigmático Frydmer interpretado por el francés AlexandreTrocki, el abogado Dekerman que hace Juan Pablo Gerreto, el líder religioso que hace Pablo Torre Nilsson, hijo del gran director argentino LeopoldoTorre Nilsson (1924-1978), y demás intérpretes que consiguen decir mucho con mucha concisión y apoyándose en las miradas.

Azor es una excelente muestra de cine bien hecho y mejor narrado, con una grandiosa y férrea estructura, que mira a los horrores del pasado a través del presente y lo que sucede en la actualidad, creando esa relación deromante de espejos y reflejos, con el mismo aroma que las chilenas Los perros (2017), de Marcela Said, y Araña (2019), de Andrés Wood, en las que se profundiza en las terribles alianzas de la burguesía con los regímenes dictatoriales, y la uruguaya-española El año de la furia (2020), de Rafa Russo, desde una mirada de los artistas censurados y las operaciones militares antes del estallido. Una trama en la que vamos avanzando con su protagonista por estos laberintos y zonas oscuras del poder, de ese lugar de malvados que hacen y deshacen la vida de los que cada día se levantan para trabar para el país, y no lo hace de manera superficial y estridente, sino optando por el cine, por esa forma de contar y mostrar el terror desde lo más cotidiano y humano, desde todo ese universo que extorsiona y asesina con el beneplácito de muchos colaboradores, entre ellos banqueros suizos, que carecen de moral, que carecen de humanidad, porque solo les interesa captar estos “clientes” podridos de dinero, un dinero sucio, manchado de sangre, una forma de ser, de vivir, que no acabó con la dictadura argentina o de cualquier otro país, sino que es una forma de hacer y deshacer en el sistema económico en el que estamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Rafa Russo

Entrevista a Rafa Russo, director de la película «El año de la furia», en la cafetería Santagloria en Barcelona, el martes 2 de junio de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Rafa Russo, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Maria Guisado de La portería de Jorge Juan, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

La llorona, de Jayro Bustamante

LA JUSTICIA NEGADA.

“Todos lloraban tu tierra, llorona, tu tierra ensangrentada.

Sollozos de un pueblo herido, llorona, y de su voz silenciada».

(Extracto de la canción La llorona de los cafetales, de Gaby Moreno)

Cuando apenas han transcurrido un par de meses del estreno de Temblores, de Jayro Bustamante (Ciudad de Guatemala, Guatemala, 1977), nuevamente de la mano de Atera Films, volvemos a encontrarnos con otra película del guatemalteco, La llorona, la cinta que cierra su trilogía sobre el significado de tres nombres ofensivos en su país. “indio”, de la que dio buena cuenta con Ixcanul (2015), en la que colocaba el foco en la situación miserable de las indígenas guatemaltecas, con “hueco”, palabra que hace referencia a los homosexuales, se centró en Temblores (2019), donde seguía la catarsis creada en una familia burguesa y tradicional cuando uno de sus miembros les comunica que es homosexual, y todos los esfuerzos para reconvertirlo con terapias evangélicas.

Ahora llega con la palabra “comunista”, referida a todas aquellas personas que luchan por los derechos humanos y la justicia, con la película La llorona, también de 2019, en la que el propio director firma un guión junto a Lisandro Sánchez, en que pone el foco en Enrique, un anciano militar acusado de genocida durante la dictadura guatemalteca, condenado en el juicio, para inmediatamente después, ser eximido por la ley. Bustamante encauza los dos temas principales de sus anteriores películas en un solo. Por un lado, tenemos a las mujeres indígenas que reclaman justicia ante sus desaparecidos, y por el otro, la descomposición de una familia evangélica, militar y conservadora, que ve como uno de sus miembros es acusado de terribles crímenes contra la humanidad. Dos temas que se funden en un relato opresivo y asfixiante, siguiendo la línea de los anteriores, aunque en esta va más allá, porque nos sumerge en las cuatro paredes de la casa del general, un hombre que deambula como alma en pena, agobiado por los fantasmas de los desaparecidos, como le sucedía a Ebenezer Scrooge en la inmortal Cuento de Navidad, de Dickens.

Al general, perseguido por sus monstruos y frente a sus demonios más inquisidores, le acompaña su familia, Carmen, su mujer, igual de negacionista y leal a su marido, Natalia, la única hija, que irá descubriendo la verdad que encierra el oscuro pasado de su padre, Sara, la hija pequeña de Natalia,  junto al equipo de seguridad, y las dos sirvientas, Valeriana, que lleva toda la vida al servicio de la casa, y Alma, la recién llegada, una figura enigmática que hará temblar los cimientos de la vida familiar. Y luego, los de fuera, toda una cantidad ingente de familiares y amigos de desaparecidos que se han agolpado a la entrada de la casa, reclamando la justicia que la ley les ha negado, acosando con ruido y música al general y su familia. La cinematografía de Nicolás Wong, construida a través de claroscuros, llenando la casa de sombras y sonidos malévolos, como si de una película de género se tratase, consigue crear una atmósfera terrorífica, que también se mueve por el fantástico, creando un espacio físico y espiritual pro el que se mueven los personajes, con la edición de Gustavo Mattheu, que repite después de Temblores, esta vez firmando el trabajo junto al propio Bustamante, escenificar ese mundo pesadillesco, entre una memoria que algunos quieren borrar, y otros recordar.

Mención aparte tienen el sonido y la música de la película, con la excelente música de Pascual Reyes, autor cómplice en la trilogía, que consigue crear ese universo fantasmagórico con su composición, sin olvidarnos la maravillosa versión de “La llorona de los cafetales”, que canta Gaby Moreno, especial para la película, que junto a ese sonido en off que va contaminando toda la casa y el alma de los personajes. El realizador guatemalteco vuelve a rodearse de un plantel que interpreta sus personajes de forma sincera y natural, recuperando a María Mercedes Coroy, protagonista de Ixcanul, dando vida a Alma, un ser misterioso que guarda muchos secretos, Sabrina de la Hoz, que deja a la mantis religiosa que hacía en Temblores, para convertirse en Natalia, la hija que desconoce la verdad del pasado de su padre, Margarita Kénefic es la madre, que habíamos visto en Aro Tolbukhin, codirigida por Villaronga, María Telón como Valeriana, que ha estado en las tres películas, Julio Diaz como Enrique, el general acorralado por sus fantasmas, Ayla-Elea Hurtado como la niña Sara, que también la vimos en Temblores, y finalmente, Juan Pablo Olyslager como guardaespaldas del general, que descubrimos como Pablo en Temblores.

Bustamante vuelve a destacar, no solo en la inteligente composición y ritmo de su relato, que lentamente, va ahogándonos en un espacio doméstico donde pasado y presente se mezclan, en la que la verdad y la justicia, en forma de espectros acosadores van llenando, no solo los espacios físicos de la casa, sino también, los espacios espirituales de cada personaje, los que no pueden dormir, los que tienen miedo, y los que no entienden que ocurre, elementos que van escenificándose y manteniendo la angustia en la historia. Resulta ejemplar la atmósfera malsana que va creándose a medida que avanza el metraje,  creando esa pesadilla donde el pasado viene a reclamar lo suyo, para que los verdugos confiesen sus crímenes y de esa forma, los muertos y sus familiares puedan descansar y encontrar paz en sus existencias, en que “La llorona”, del título hace referencia a tantas víctimas de la dictadura que siguen llorando sin consuelo a los que ya no están, que siguen esperando la justicia que se les niega. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/398176599″>LA_LLORONA_TRAILER_H264 ENG</a> from <a href=»https://vimeo.com/aterafilms»>ATERA FILMS</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

El escritor de un país sin librerías, de Marc Serena

LA GUINEA SILENCIADA.

“Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio”.

Mario Benedetti

Guinea Ecuatorial ha sufrido dos siglos de dominación colonial por parte de Portugal y España. En 1968 con la recién inaugurada independencia y un camino por delante de ilusión y reparación, recuperó una libertad que le fue arrebata en 1979 con el golpe de estado de Teodoro Obiang, que instauró una dictadura que se ha convertido con cuatro décadas en el poder es la más longeva del mundo. Un país que sigue sufriendo, aunque eso no haya sido impedimento para que unos cuántos sigan reclamando derechos y democracia, y sigan creyendo que hay un futuro mejor para su Guinea Ecuatorial. Entre aquellos que siguen en la lucha encontramos a Juan Tomás Ávila Laurel (Annobón, Guinea Ecuatorial, 1966) nacido en plena colonia española, de infancia difícil, pero ahora convertido en escritor reconocido internacionalmente, que vive exiliado en España desde 2011 debido a su manifestante condena al régimen autoritario de Obiang que le llevó a una huelga de hambre. Ahora, volvemos a Guinea de la mano de Juan Tomás Ávila, a través de su experiencia y a través de sus amigos, de aquellos activistas que siguen en la brecha intentando ofrecer ventanas de resistencia, aunque mínimas, mediante la política, la cultura y el activismo social.

El director Marc Serena (Manresa, 1983) autor del largo Tchindas (2015) que ponía el foco en Tchinda Andrade, un transexual de una pequeña isla de Cabo Verde, también codirigió junto a Biel Mauri el documental sobre autismo Peces de agua dulce (en agua salada) y ha escrito varios libros entre ellos ¡Esto no es africano!, un recorrido sobre amores prohibidos en el continente africano. Ahora vuelve a África para presentarnos El escritor de un país sin librerías, significativo título que pone de manifiesto las dificultades que anidan en un país sin libertad, derechos ni cultura. Un viaje de Barcelona a Guinea que hacemos a través de la mirada y la voz de Juan Tomás Ávila, en el cual conoceremos el pasado colonial español, su independencia y la llegada al poder de Obiang, la dictadura y sobre todo, el activismo de conocidos y amigos de Juan Tomás Ávila, que frente a la cámara explican sus actividades, entre las que destaca la función teatral que habla del pasado y presente de Guinea, y escucharemos a ex presos políticos que explican sus experiencias en la política y en la cárcel.

Haremos un repaso por la historia de Juan Tomás Ávila, un niño de una pequeña isla que creció y se convirtió en escritor, su literatura muy crítica contra Obiang y a su familia, a través de imaginativas y coloridas animaciones que dibujan su vida, acompañadas de música autóctona con artistas como Concha Buika o Negro Bey, entre otros. Serena nos cuenta de manera sencilla y honesta la realidad triste y silenciada de Guinea, a través de la mirada de Juan Tomás Ávila, un escritor humilde y reposado que se mueve por Guinea como alguien que sabe que su país ha quedado lejos de su vida, que está sin estar, como le espeta uno de sus amigos, alguien que conoce una realidad amarga y desesperanzadora de su tierra, que la mira con orgullo y pasión, pero se siente triste por la situación que atraviesa, que no tiene signos de mejoría, debido principalmente del apoyo que recibe Obiang de países como España y compañía. El director manresano se centra en las personas, en la actividad resistente de seres humanos que a pesar de la situación política de Guinea, siguen empecinados de mostrar otras realidades más humanitarias que viven, aunque sea medio en la sombra y ocultas en la realidad imperante de un país silenciado y vacío, que rinde culto y pleitesía a su dictador como si fuese una especie de mesías redentor.

La película muestra un activismo real y cercano, lleno de entusiasmo y humanista, y las personas que lo practican, haciéndose eco de una realidad que no llega a los medios internacionales, por falta de veracidad y atada a intereses económicos, recorriendo un país donde la gente vive a pesar de las restricciones, de los conflictos sociales y demás problemas que atraviesa el país. Un obra necesaria y valiente que ayuda a enseñar una realidad silenciada, una realidad oculta, una realidad que existe, que se mueve y sigue luchando, ofreciendo una vida diferente y ajena a la realidad de oropel para unos cuantos privilegiados que vende el régimen autoritario de Obiang, como los fastos pro su cumpleaños o las ristras de hoteles y residencias de la élite del país, una realidad falsa, vacía y superficial que dista mucho de la realidad de la mayoría de ciudadanos que se levantan cada día trabajando por un poco y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


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