Entrevista a Gabriel Azorín

Entrevista a Gabriel Azorín, director de la película «Anoche conquisté Tebas», en el marco del D’A Film Festival, en la imperdible sección de «Un impulso colectivo», en su habitación del Hotel Catalonia Ramblas en Barcelona, el lunes 23 de marzo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Gabriel Azorín, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Henar Ortega de Contarlo Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Anoche conquisté Tebas, de Gabriel Azorín

LAS VIGILIAS EN EL AGUA. 

“La verdadera amistad es como la fosforescencia, resplandece mejor cuando todo se ha oscurecido”

Rabindranath Tagore

Hay muchos Cine Español, tantos como cineastas existen. Hay uno que hace mucho ruido, dicho sea de paso, por la cobertura de medios, instituciones y demás escaparates. Aunque eso no significa que sea el cine que más representa el cine que se hace por estos lares. Es un cine más. Porque no hay duda que lo que llamamos Cine Español no es más que una etiqueta, porque el cine hecho aquí es muy diverso, heterogéneo y sobre todo, tan complejo como la historia de este país. Dicho sea de paso, una película como Anoche conquisté Tebas, de Gabriel Azorín (Hellín, Albacete, 1981), es todo lo que el cine debería ser, y no lo digo de forma categorizante, para nada. Si no que lo digo por su audacia e inteligencia en devolver al Cine, y esto lo digo con “mayúsculas”, el Cine de los orígenes, tan radical, imaginativo y sorprendente, donde la herramienta cinematográfica era un medio de exploración infinita, donde cada encuadre era un viaje en sí mismo, donde aquello que se llama “fantasmagoría” crecía en cada película, resignificando una nueva forma de narrar, de contar, de experimentar y sobre todo, de romper y atreverse con todo. 

A Azorín llevamos tiempo siguiéndole la pista, desde su formación en la ECAM, por ser miembro de lacasinegra, un colectivo que forma junto a Elena López Riera, Carlos Pardo Ros y María Antón Cabot. Un cuarteto de cineastas exploradores de la imagen y todas sus múltiples variedades, conceptos y texturas como demuestran en su largometraje Pas à Geneve (2014), que siguen retroalimentándose en sus respectivas películas. Como director en solitario con Los galgos (2012), El ruido del universo (2022), y Los mutantes (2016). Con Anoche conquisté Tebas hace su puesta de largo en solitario y nos convoca en un lugar fascinante y magnético como las termas romanas de Bande, en Ourense (Galicia), y nos sitúa a través de unos amigos portugueses que las visitan. Un arranque extraordinario con esos citados amigos caminando por unos barros fangosos de difícil tránsito, y luego, esa cámara cenital que los observa y los diminuta mientras juegan por los restos pedregosos de las termas. Una película de descubrimiento, de volver a ver el cine de verdad, de encantarse con cada plano, cada mirada y cada leve gesto, porque la película devuelve al cine a su esencia: a la palabra, al agua y a la amistad. Un cine que se quita el artificio para sólo observar la película, su historia, a sus personajes, a escuchar sus diálogos tan cotidianos como reveladores, con esas conversaciones tan importantes como difíciles, a las que nadie se atreve a penetrar. 

El cineasta manchego ha vuelto a contar con el cinematógrafo Giuseppe Truppi, el italiano afincado en España que tiene en su filmografía a la citada López Riera, con la que ha hecho casi toda su carrera, amén de Léon Siminiani y Guillermo Benet, que colabora en la película. La cámara se posa en la historia, en su relato, en su espacio y los hace míticos, como si el tiempo, la memoria y sus gentes se evaporan en sintonía con el agua, como si todo se detuviera, como si lo que vemos fuese como una sensación entre la razón y el sueño, entre estar despierto y la vigilia, con una hipnotizante atmósfera nocturna que lo inunda todo, donde habita un espacio intermedio repleto de sombras y fantasmas. La falta de música ayuda a construir ese espacio cinematográfico, con el tenue y leve sonido del agua, casi como a hurtadillas, con una constante que varía según los acontecimientos. El magnífico trabajo de arte de Miguel Ángel Rebollo, ayuda a construir ese espacio intermedio entre lo que vemos, lo que imaginamos y lo demás allá, en un lugar que va variando y va dejando pasar como los vapores que no cesan emanando del agua. El montaje corre a cargo de la gran Ariadna Ribas, con unos impresionantes 111 minutos con un ritmo reposado, imperceptible y mágico, donde la única jornada va pasando como a escondidas, dejando el mundo y lo demás fuera, y dejándonos sólos con los personajes y sus conversaciones y sus silencios. 

Entre los intérpretes encontramos a los portugueses Santiago Mateus y António Gouveia, por un lado, y por el otro, a Oussama Asfaraah, y el serbio Pavle Cemerikic, que hemos visto en películas de su país como La carga y La patria perdida, entre otras. Sin olvidar la breve pero estimulante presencia de Lorena Iglesias. Unos actores que se metamorfosean con el ambiente, y sobre todo, con su atmósfera y se convierten en “otros”, en unos hombres que hablan de amistad, de miedos, de guerras, de soledad, y de la vida que nos aleja y de los sueños que tenemos, que ya no tenemos y que nunca tendremos. Un cine que nos retrotrae al cine de los Rossellini, Pasolini y Tarkovski, y demás, donde la palabra y el espacio era el epicentro de la narración. Hay pocas películas que necesitan de su visión como esta, y no lo digo con ánimo de llamarla “necesaria”, que es un término que se usa con demasiada gratuidad. Lo digo como una experiencia alucinante su visionado, porque Azorín consigue algo tan difícil en una sociedad tan mercantilizada y sobreestimulada como la que vivimos, porque nos aleja de todo eso, y nos invita a escuchar las conversaciones de unos hombres jóvenes durante su descanso dentro del agua, y lo hace despojando el cine de todo su maraña artificiosa, y desnudando cada plano y cada mirada, dejándonos solos ante la cotidianidad de un diálogo, entre la vigilia y el sueño, entre la fragilidad y la vulnerabilidad de nuestras existencias, del constante juego de vivir y no vivir, de todo aquello que somos y lo que no, y todo aquello que deseamos y que no se producirá, y todo aquello que nos atrevemos hablar y nunca lo hacemos. Una película que recupera el cine en su esencia, en su primigenia, en su labor de mirarlo y dejarse llevar por lo más sencillo, lo más transparente y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Carlos Pardo Ros

Entrevista a  Carlos Pardo Ros, director de la película «H», en el marco de La Inesperada. Festival de Cine, en el Hotel City74 en Barcelona, el sábado 4 de marzo de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Pardo Ros, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Miquel Martí Freixas  y Núria Giménez Lorang de La Inesperada, y  a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Azor, de Andreas Fontana

LOS BANQUEROS Y LOS ASESINOS.

“Los banqueros son como un pozo oscuro; no sabemos si el pozo es muy profundo o simplemente está vacío”

Jonathan Swift

El descriptivo y conciso arranque de la película deja claro la actitud moral del banquero suizo protagonista de la película. Se inicia con una imagen estremecedora. Dos militares cachean y detienen a un par de jóvenes ante la impasividad de todos los presentes, entre ellos, Yvan De Wiel, el banquero mencionado. Esa actitud pasiva, fría y alejada de todo lo que ve, todo lo que escucha y sobre todo, esa determinación de que ha llegado a la Argentina de finales de los ochenta, en plena dictadura, no le perjudica, porque el banquero suizo tiene una misión, convencer a las altas fortunas de que su banco es el mejor para guardar y de paso, ocultar, su dinero. La opera prima de Andreas Fontana Ginebra, Suiza, 1982), nos devuelve el mejor cine político de los setenta, aquel que filmaron los Costa Gavras, los Bertolucci, Rosi, los Petri, etc… Un cine que no solo explicaba las relaciones siniestras y oscuras de los estamentos del poder con la banca, la iglesia, y el ejército que, en muchas casos asumía el poder, sino que ofrecía algo de luz a unos tiempos convulsos y llenos de miserias.

Fontana que ya despertó bastante interés con sus trabajos en el cortometraje, se ha fogueado como asistente con directores de la talla como Jean-Stéphane Bron, Ingrid Wildi, David Maye y Mathias Staub, de los que ha aprendido mucho y se ha labrado una mirada concisa, crítica y profunda sobre las relaciones entre la dictadura y la banca suiza. Azor (que en el argot bancario viene a decir “cuidado con lo que dices”), es un inteligente y soberbio thriller político, excelentemente bien narrado, en un guion que firma el propio director con la colaboración de un grande como Mariano Llinás, que se reserva una breve aparición, y tiene al albaceteño Gabriel Azorín, director de Los mutantes, como consejero de Fontana, en una película en la que brilla su detalladísima y cuidada forma, y un relato que nunca se pierde, sino todo lo contrario, a medida que avanza la historia, más intrigante se torna, y menos claro en las intrigas que han sucedido, como esa inquietante desaparición de Keys, el antecesor de Yvan De Wiel, envuelto en una sombra difícil de descifrar.

Nos movemos de la mano de Yvan, el recién llegado, un tipo a la vieja usanza, falta de carisma, que tendrá su bautismo a prueba de balas, sin tiempo para pensar, sino con muy poco para reaccionar. Acompañado por Ines, su esposa, que continuamente le insta a ser más agresivo en los negocios. Nos moveremos por casas lujosas, piscinas tranquilas, haciendas inmensas, muchos caballos, fiestas de alta alcurnia, clubs exclusivos, restaurantes de relumbrón, y demás lugares, y escucharemos a políticos, arzobispos, herederos, riquísimos y militares, muchos militares, en definitiva, la alta y burguesa sociedad argentina que aupó, apoyó y trabajó para la dictadura militar de Videla. La exquisita y claroscura cinematografía de Gabriel Sandrau, del que vimos ya su gran trabajo en La idea de un lago (2016), de Milagros Mumenthaler, que colabora en la película, con esa luz que habla de aquella época desde cualquier tiempo, rompiendo el esquema de la clásica película historicista para abrazar una película sin tiempo. La gran banda sonora del debutante Paul Courlet, que consigue generar esa atmósfera cotidiana y terrorífica que baña toda la trama, y el cuidadoso trabajo de montaje del chileno Nicolas Desmaison.

Una película que basa buena parte de su entramado en las relaciones que se gestan en el poder, debía tener un reparto muy competente y formidable para generar toda esa ambigüedad y oscuridad que reside en cada gesto y mirada de los señores de negro que pululan por toda la película, y lo hace a través de la palabra, con unos diálogos confidenciales y alejados del mundanal ruido, con esa cámara que detalla y registra, pero siempre a una distancia prudencial, donde cada intérprete está en su sitio, como la espectacular pareja protagonista que forman la francesa Stépahnie Cléau y el belga Fabrizio Rongione, habitual en el cine de los Dardenne, bien acompañados por la poetisa Carmen Iriondo en la piel de una sorprendente Mrs Lacrosteguy, el veterano Juan Trench en el rol del hacendado Augusto-Padel Camon, la fascinante presencia de la uruguaya Eli Medeiros en un doble registro, el enigmático Frydmer interpretado por el francés AlexandreTrocki, el abogado Dekerman que hace Juan Pablo Gerreto, el líder religioso que hace Pablo Torre Nilsson, hijo del gran director argentino LeopoldoTorre Nilsson (1924-1978), y demás intérpretes que consiguen decir mucho con mucha concisión y apoyándose en las miradas.

Azor es una excelente muestra de cine bien hecho y mejor narrado, con una grandiosa y férrea estructura, que mira a los horrores del pasado a través del presente y lo que sucede en la actualidad, creando esa relación deromante de espejos y reflejos, con el mismo aroma que las chilenas Los perros (2017), de Marcela Said, y Araña (2019), de Andrés Wood, en las que se profundiza en las terribles alianzas de la burguesía con los regímenes dictatoriales, y la uruguaya-española El año de la furia (2020), de Rafa Russo, desde una mirada de los artistas censurados y las operaciones militares antes del estallido. Una trama en la que vamos avanzando con su protagonista por estos laberintos y zonas oscuras del poder, de ese lugar de malvados que hacen y deshacen la vida de los que cada día se levantan para trabar para el país, y no lo hace de manera superficial y estridente, sino optando por el cine, por esa forma de contar y mostrar el terror desde lo más cotidiano y humano, desde todo ese universo que extorsiona y asesina con el beneplácito de muchos colaboradores, entre ellos banqueros suizos, que carecen de moral, que carecen de humanidad, porque solo les interesa captar estos “clientes” podridos de dinero, un dinero sucio, manchado de sangre, una forma de ser, de vivir, que no acabó con la dictadura argentina o de cualquier otro país, sino que es una forma de hacer y deshacer en el sistema económico en el que estamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA