La llorona, de Jayro Bustamante

LA JUSTICIA NEGADA.

“Todos lloraban tu tierra, llorona, tu tierra ensangrentada.

Sollozos de un pueblo herido, llorona, y de su voz silenciada”.

(Extracto de la canción La llorona de los cafetales, de Gaby Moreno)

Cuando apenas han transcurrido un par de meses del estreno de Temblores, de Jayro Bustamante (Ciudad de Guatemala, Guatemala, 1977), nuevamente de la mano de Atera Films, volvemos a encontrarnos con otra película del guatemalteco, La llorona, la cinta que cierra su trilogía sobre el significado de tres nombres ofensivos en su país. “indio”, de la que dio buena cuenta con Ixcanul (2015), en la que colocaba el foco en la situación miserable de las indígenas guatemaltecas, con “hueco”, palabra que hace referencia a los homosexuales, se centró en Temblores (2019), donde seguía la catarsis creada en una familia burguesa y tradicional cuando uno de sus miembros les comunica que es homosexual, y todos los esfuerzos para reconvertirlo con terapias evangélicas.

Ahora llega con la palabra “comunista”, referida a todas aquellas personas que luchan por los derechos humanos y la justicia, con la película La llorona, también de 2019, en la que el propio director firma un guión junto a Lisandro Sánchez, en que pone el foco en Enrique, un anciano militar acusado de genocida durante la dictadura guatemalteca, condenado en el juicio, para inmediatamente después, ser eximido por la ley. Bustamante encauza los dos temas principales de sus anteriores películas en un solo. Por un lado, tenemos a las mujeres indígenas que reclaman justicia ante sus desaparecidos, y por el otro, la descomposición de una familia evangélica, militar y conservadora, que ve como uno de sus miembros es acusado de terribles crímenes contra la humanidad. Dos temas que se funden en un relato opresivo y asfixiante, siguiendo la línea de los anteriores, aunque en esta va más allá, porque nos sumerge en las cuatro paredes de la casa del general, un hombre que deambula como alma en pena, agobiado por los fantasmas de los desaparecidos, como le sucedía a Ebenezer Scrooge en la inmortal Cuento de Navidad, de Dickens.

Al general, perseguido por sus monstruos y frente a sus demonios más inquisidores, le acompaña su familia, Carmen, su mujer, igual de negacionista y leal a su marido, Natalia, la única hija, que irá descubriendo la verdad que encierra el oscuro pasado de su padre, Sara, la hija pequeña de Natalia,  junto al equipo de seguridad, y las dos sirvientas, Valeriana, que lleva toda la vida al servicio de la casa, y Alma, la recién llegada, una figura enigmática que hará temblar los cimientos de la vida familiar. Y luego, los de fuera, toda una cantidad ingente de familiares y amigos de desaparecidos que se han agolpado a la entrada de la casa, reclamando la justicia que la ley les ha negado, acosando con ruido y música al general y su familia. La cinematografía de Nicolás Wong, construida a través de claroscuros, llenando la casa de sombras y sonidos malévolos, como si de una película de género se tratase, consigue crear una atmósfera terrorífica, que también se mueve por el fantástico, creando un espacio físico y espiritual pro el que se mueven los personajes, con la edición de Gustavo Mattheu, que repite después de Temblores, esta vez firmando el trabajo junto al propio Bustamante, escenificar ese mundo pesadillesco, entre una memoria que algunos quieren borrar, y otros recordar.

Mención aparte tienen el sonido y la música de la película, con la excelente música de Pascual Reyes, autor cómplice en la trilogía, que consigue crear ese universo fantasmagórico con su composición, sin olvidarnos la maravillosa versión de “La llorona de los cafetales”, que canta Gaby Moreno, especial para la película, que junto a ese sonido en off que va contaminando toda la casa y el alma de los personajes. El realizador guatemalteco vuelve a rodearse de un plantel que interpreta sus personajes de forma sincera y natural, recuperando a María Mercedes Coroy, protagonista de Ixcanul, dando vida a Alma, un ser misterioso que guarda muchos secretos, Sabrina de la Hoz, que deja a la mantis religiosa que hacía en Temblores, para convertirse en Natalia, la hija que desconoce la verdad del pasado de su padre, Margarita Kénefic es la madre, que habíamos visto en Aro Tolbukhin, codirigida por Villaronga, María Telón como Valeriana, que ha estado en las tres películas, Julio Diaz como Enrique, el general acorralado por sus fantasmas, Ayla-Elea Hurtado como la niña Sara, que también la vimos en Temblores, y finalmente, Juan Pablo Olyslager como guardaespaldas del general, que descubrimos como Pablo en Temblores.

Bustamante vuelve a destacar, no solo en la inteligente composición y ritmo de su relato, que lentamente, va ahogándonos en un espacio doméstico donde pasado y presente se mezclan, en la que la verdad y la justicia, en forma de espectros acosadores van llenando, no solo los espacios físicos de la casa, sino también, los espacios espirituales de cada personaje, los que no pueden dormir, los que tienen miedo, y los que no entienden que ocurre, elementos que van escenificándose y manteniendo la angustia en la historia. Resulta ejemplar la atmósfera malsana que va creándose a medida que avanza el metraje,  creando esa pesadilla donde el pasado viene a reclamar lo suyo, para que los verdugos confiesen sus crímenes y de esa forma, los muertos y sus familiares puedan descansar y encontrar paz en sus existencias, en que “La llorona”, del título hace referencia a tantas víctimas de la dictadura que siguen llorando sin consuelo a los que ya no están, que siguen esperando la justicia que se les niega. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/398176599″>LA_LLORONA_TRAILER_H264 ENG</a> from <a href=”https://vimeo.com/aterafilms”>ATERA FILMS</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

El canto de la selva, de Joâo Salaviza y Renée Nader Messora

LOS MUERTOS Y LOS OTROS.

La película se abre en mitad de la selva, entre el espesor vemos el rostro de un joven indígena de la comunidad Krahô, que se acerca a una cascada. Entra en el agua como inducido por algo que lo llama, es la voz del padre muerto que le explica que el luto ha tocado a su fin y tiene que empezar el proceso del funeral para convertirse en chamán. Todo se desarrolla bajo un manto de sepulcral silencio, como si el tiempo se hubiera detenido, como si todo el mundo terral entrase en otro espacio, en un universo invisible donde habitan almas y espíritus que conviven con nosotros. La cineasta brasileña Renée Nader Messora conoció a la comunidad Krahô en 2009. Desde entonces trabaja con otros cineastas indígenas para reivindicar y conocer la cultura y tradición de esta comunidad del noroeste del estado de Tolcatins en Brasil, una tierra indígena que se extiende a lo largo de 3200 kilómetros cuadrados. Con la codirección del director portugués Joâo Salaviza, que ya había dirigido el largometraje Montaña (2015) sobre el proceso de pérdida de un familiar de un adolescente.

La primera película para Renée Messora, y la segunda para Salaviza, entre el documento y la ficción sobre otro proceso, el que transita Ihjâc, un joven de luto que se niega a aceptar su destino y combate contra él, que no es otro que convertirse en chamán como  lo fueron sus antepasados, en que el libro de la  antropóloga  portuguesa  Manuela Carneiro  da  Cunha  Los muertos  y los  otros, un  análisis del  sistema  funerario  y de  la noción de persona Krahô, se convirtió en fuente para la construcción de la película. Un relato con reminiscencias al Tabú, de Murnau, en su exquisita forma en la que abundan los encuadres ceremoniosos y antropológicos, donde vida y cine se funden creando un espacio en ocasiones, inmaterial y poético, donde todo se mezcla y se erige hacia una forma sincera y honesta de contar una fábula de iniciación donde alguien se muestra resistente intentando evitar su destino familiar y tradicional.

También encontramos el aroma indiscutible del cine de Apichatpong Weerasethakul en su mirada hacia lo divino, a aquello invisible a nuestros ojos, a todos los ausentes que nos habitan y que nos negamos a ver, a esa forma limpia y natural de filmar la selva, capturando todo aquello físico y material que se mueve frente a nosotros en contraposición a todo ese universo oculto e interior que define quiénes somos y hacia dónde nos dirigimos. Messora y Salaviza nos sumergen en un mundo alejado de todo, donde el tiempo se ha detenido, donde las tradiciones y culturas dirigen la vida de esta comunidad indígena, en que todos sus componentes viven en consonancia con la naturaleza, con sus quehaceres diarios y sus difuntos, siguiendo caminando por unas formas de vida que se remontan a sus ancestros. La película convive con muchas formas desde lo antropológico, donde somos testigos de los ritos y fiestas que van celebrando, sus casas y sus conversaciones, desde lo colectivo a lo más íntimo, desde la vida de la comunidad al conflicto que padece Ihjàc, que junto a su mujer e hijo, se enfrentan a aquello que los convierte en guía espiritual de la comunidad, a ser quién no quiere ser, a no aceptar un destino escrito mucho antes de que el naciese.

Encontramos ciertos elementos formales y narrativos en la película el abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra, donde un indígena, último en su especie, se adentraba con un viajero blanco en la búsqueda de una planta milagrosa. La estructura de esta fábula iniciática, profunda y bella, se divide en tres tiempos, el primer tramo, observamos al joven Ihjàc en sus (des) encuentros con su padre ausente y su preparación para convertirse en chamán, y todas las dudas que le asaltan y la necesidad de huir, procedimiento que hará en el segundo tiempo del relato, cuando huye a la ciudad, donde se encuentra con otra forma de vida, alineada y dirigida a producir dinero, tan diferente a su existencia en su comunidad. Allí, Ihjàc se negara a aquello evidente y a no encontrar las herramientas para conseguir esa calma que tanto ansía, como si los espíritus de la selva fuesen tras él, y el tramo final, donde el joven Ihjàc tendrá que decidir su destino y afrontar su futuro.

Messora y Salaviza muestran su película sin juzgar a sus personajes, desde la mirada respetuosa de algo que atrae y produce interés, pero desde una posición observadora, mostrando el relato y los conflictos que se desatan desde el prisma de ver, filmar y sobre todo, dejar ese espacio necesario para que el espectador se envuelva en la belleza del lugar, se contagie de las costumbres y tradiciones de la comunidad Krahô y también, descubra una forma de entender y moverse por la vida muy alejada a la de nosotros, donde vivos y muertos comparten la existencia desde una forma muy diferente donde el peligro constante de la otra vida es real y existe, donde los integrantes de la comunidad los temen y los respetan en el sentido que sus vidas corren peligro. Una película que nos abre nuestros sentidos, donde los personajes, muy arraigados en lo real, son los propios integrantes de la comunidad, hablando su propio idioma indígena, con múltiples variaciones narrativas, donde lo real y lo ficticio se funden para mostrar un relato iniciático de una exquisita belleza formal y natural, donde la selva y todos los espíritus que anidan en ella se convierten en parte fundamental de la película, y sobre todo, como estas almas ausentes provocan y alinean la vida de los otros, los vivos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA