La mano invisible, de David Macián

LAS MISERIAS DEL TRABAJO.

“Me parecía que había nacido para esperar, para recibir y ejecutar órdenes; que toda la vida no había hecho más que esto, que nunca haría nada más”

Simone Weil

¿Qué es el trabajo? ¿Para qué sirve? ¿Cómo el individuo se relaciona en ese ambiente? ¿En qué circunstancias trabajamos? ¿El trabajo dignifica a la persona o en cambio lo denigra? Esta serie de cuestiones y muchas más nos plantea una película que radiografía el sistema de trabajo de nuestros días. Una cinta que interpela directamente a los espectadores, a nuestra forma de ganarnos la vida en esta sociedad, y lo hace desde la sobriedad y la sencillez, sin discursos moralizantes ni algarabías disonantes, con un planteamiento desnudo, en el que su análisis sobre el trabajo y las miserias que lo estructuran resulta de una clarividencia brutal, en el que expone el sentido del trabajo en sí mismo, las relaciones laborales, y sobre todo, la oscuridad que encierra el ambiente laboral y su naturaleza, con ese patrón invisible (al que inevitablemente alude el título de la película) ese “Gran hermano” al que no vemos pero que todo lo ve.

La puesta de largo de David Macián (Cartagena, 1980) curtido cortometrajista que ha ganado premios tanto aquí como fuera, toma su inspiración en la novela homónima de Isaac Rosa (Sevilla, 1974) escritor arraigado en la convulsa realidad que disecciona con maestría explorando los años oscuros del franquismo, la transición y los tiempos actuales en títulos como El vano ayer, que tuvo su continuación en ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!, El país del miedo (llevada al cine por Francisco Espada) o La habitación oscura, obras que nos remiten al estado emocional de un país que derrocha apariencia y buenos modales, pero que en el fondo está asumido en un letargo de miedo, incertidumbre y desilusión sobre sí mismo y todo lo que le rodea. Macián que ha levantado el proyecto a base de crowfunding y en régimen cooperativista, plantea una película muy Brechtiana, es decir, desnuda, tanto en forma como contenido, en el que asistimos, como mencionan en la publicidad de la película, al “Espectáculo del trabajo”, es decir, 10 trabajadores realizan su actividad en un espacio escénico (de una gran nave industrial) mientras un público los observa, un personal que participará en la obra, primero abucheando o vitoreando, según le plazca, y más adelante, de una forma más activa.

Un lugar que recuerda al planteado por Lars Von Trier en Dogville, donde la ausencia de paredes y techos, convertían al espectador en un voyeur de todo lo que sucedía. Aquí, sucede algo parecido, observamos a los trabajadores desempeñar su labor, un trabajo que consiste en repetir hasta la saciedad (en este caso lo que dura la jornada laboral) su actividad: el albañil levanta una pared de ladrillos para luego derribarla, y vuelta a empezar, el carnicero despieza los animales y luego los lanza a la basura, la costurera hace piezas que vuelve a deshilachar, la operario de montaje igual, el mozo de almacén traslada constantemente las mismas cajas de un lugar a otro, la teleoperadora llama a futuros clientes, el mecánico desmonta el automóvil para luego volver a montarlo, la limpiadora limpia lo que todo el mundo ensucia, y el camarero sirve al público asistente, y finalmente, el informático teclea sin parar datos y más datos. Sin olvidarnos, del segurata que mantiene el orden establecido por los jefes. Macián nos cuenta su película despacio, primero, observamos, en el que todos y todo parece construir una especie de armonía tranquila, pero poco a poco, cuando los días van pasando (que nos van anunciando y de paso, nos presentan a cada uno de los empleados) se van resquebrajando las relaciones entre ellos, cuando la empresa va aumentando los ritmos de producción y poniendo a prueba la resistencia, tanto moral como física, de cada uno de los implicados, perdón, de los trabajadores.

Una película demoledora, incisiva y catártica, que no sólo representa la sociedad del trabajo, sino a todos nosotros, de la inutilidad de la mayoría de trabajos, y de la falta de humanidad en los centros de trabajo, en el que la competitividad, el individualismo y lo egocentrismo se han apoderado de todos nosotros, con el único fin de rendir al máximo y tener al jefe contento, no vaya a ser que me despida y deje de ganar la miseria que me paga, que por otra parte, no me ayuda a vivir con dignidad. El ajustado y magnífico reparto ayudan a que el conjunto respire tensión, emociones, y sobre todo, que entre ellos nazcan las inevitables disferencias y disputas (como también quedan escenificadas en las reuniones que tienen en las que descubrimos los intereses y posiciones de cada uno de ellos). Macián y su equipo exploran las costuras miserables del capitalismo, un orden establecido aparente que si escarbas descubres lo oscuro y la perversidad que encierra una estructura laboral construida sólo para el beneficio económico, aunque el trabajo y quién lo desempeñe, no sirvan de gran utilidad, si da dinero, ya vale, sólo eso, y nosotros, en medio de todo esto, creyéndonos el cuento, una fábula de que trabajando prosperaremos y todo eso, sin caer en la cuenta que valemos menos de un real y que nuestra vida se va en un trabajo vacío, que nos amilana como personas y nos convierte en seres deshumanizados que matamos por un trozo de pan o menos.

Dancing Beethoven, de Arantxa Aguirre

LAS FORMAS DE LA MÚSICA.

“Oh Providencia! Haz aparecer una sola vez ante mis ojos un día de alegría”.

Ludwig Van Beethoven

En un momento de la película, cuando la narradora e hilo conductor Mayla Roman habla con Zubin Mehta, el director de la orquesta, reflexiona sobre si el espectáculo de danza sobre la novena sinfonía de Beethoven podrían ser las formas de la música, aquellas que el genio podría haber imaginado, ya que cuando compuso la obra estaba completamente sordo. Mehta le responde que no lo había pensado, pero que podría ser. La cineasta Arantxa Aguirre (Madrid, 1965) fogueada en equipos de dirección de nombres tan importantes como Berlanga, Patino, Saura, Almodóvar o Camus, y directora de una filmografía dedicada a las artes, entre las que destacan películas sobre el teatro, la música, el cine, y la danza, disciplina esta última que, después de un cortometraje, arrancó con El esfuerzo y el ánimo (2009) en la que reflexionaba sobre el legado de Maurice Béjart (1927 – 2007) sobre su compañía, unos meses después de su muerte, colaboración que se extendió a varios proyectos hasta finalmente la película Dancing Beethoven.

La película abarca todo el proceso creativo de un proyecto inmenso que aglutina dos grandes compañías, la compañía de Maurice Béjart y la compañía de Ballet de Tokyo, acompañados por la Orquesta Filarmoníca de Israel dirigidos por el prestigioso director Zubin Mehta, y la participación de un gran número de extras africanos, un espectáculo sobre la alegría, la esperanza y la fraternidad entre los pueblos, en el que encontramos la esencia y el espíritu de Béjart, bailarín y coreógrafo de gran prestigio, convirtiéndose en un auténtico revolucionario de la danza en el siglo XX, en el que resaltaban propuestas eclécticas, vanguardistas y la utilización de música contemporánea, creando una de las compañías de danza más prestigiosas del mundo compuesta por bailarines de múltiples razas en las que todos convergían en proyectos heterogéneos llenos de diversidad, humanismo y espectacularidad.

Aguirre utiliza un narrador en la figura de la actriz Mayla Roman (que es a la vez testigo desde fuera, y también, desde dentro, ya que sus padres fueron bailarines para Béjart, y ahora coreógrafos en su compañía) para mostrarnos todos los entresijos del espectáculo y sus procesos creativos desde la intimidad, a flor de piel, dejándonos llevar por los cuerpos en movimiento y la música que  acaparan el protagonismo de su película, aunque no se queda sólo ahí, el filme va más allá, y rebusca e interioriza en el alma de cada uno de sus principales participantes, manteniendo diálogos con ellos, en los que se reflexiona sobre la música de Beethoven, sobre su poder, alegría y belleza, y también sobre las ideas de humanidad y fraternidad del trabajo de Béjart,  sobre la capacidad del arte para combatir un mundo siniestro, vacío y horrible, y las vidas personales de sus integrantes, como influyen en su trabajo y en los conflictos interiores a los que tienen que enfrentarse en un trabajo tan exigente, pero tan gratificante a nivel humano.

Una película de estructura circular, como la propia idiosincrasia del espectáculo (arrancando en invierno en Lausana, sede de la Compañía de Béjart, siguiendo en primavera en Tokio y así sucesivamente hasta completar el ciclo estacional y vital, finalizando con su estreno)  que se suma a otras propuestas vivas y espectaculares, que también nos invitaron a viajar por los entresijos de los procesos creativos de la danza como La danza, de Frederick Wiseman, sobre el Ballet de la Ópera de París, o Pina, de Wim Wenders, en la que a través de un espectáculo (filmado en 3D) se reflexionaba sobre el legado de la gran Pina Bausch, entre otras. Aguirre ha construido una película sobria y contenida, de exquisita fotografía y encuadres llenos de pasión y belleza, que emana creatividad y esfuerzo, que es un canto, no sólo a la danza y a la música, sino también a la vida, a la energía de los seres humanos para vivir y superarse, a la fuerza de cada uno de nosotros para vivir la vida con todas sus alegría y tristezas, a aquello profundo de nuestra alma, a la inmensa capacidad de creación de todos nosotros, a la energía desbordante que tenemos, y sobre todo, a la inmensa alegría por la vida, el arte y las pequeñas cosas que nos hacen desear seguir hacia adelante a pesar del mundo en el que nos ha tocado vivir.


<p><a href=»https://vimeo.com/201832687″>DANCING BEETHOVEN Trailer Espa&ntilde;ol</a> from <a href=»https://vimeo.com/margenescine»>M&aacute;rgenes</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Amar, de Esteban Crespo

MI CORAZÓN ES TUYO.

La película se inicia con una luz cegadora que nos deja entrever a un chico y una chica, con sus cabezas pegadas, mientras escuchamos, entre susurros, todo aquello que se dicen: palabras llenas de amor, de un amor fuerte, intenso, pasional, loco, todo el amor que cabe en la primera vez, en ese primer sentimiento arrebatador, en el que ya no somos nosotros, somos otro, somos ese que tenemos delante, ese que nos ha robado el alma. A continuación, la pareja practica sexo anal, introduciéndole ella un pene de plástico a él, filmado de manera naturalista, huyendo de lo explícito, pero sumergiéndonos en esa maraña de excitación, piel y sexo. Esteban Crespo (Madrid, 1971) debuta en el largo, después de una larga trayectoria en televisión realizando documentales, amén de un filmografía en el cortometraje que culminó con Aquel no era yo (2012) una pieza sobre niños soldado en África que le valió números galardones, encumbrándolo con una nominación a los Oscar. Crespo nos habla de Laura y Carlos, una pareja de jóvenes que se ama, un amor desaforado, muy intenso, en el que se demuestran su amor constantemente, viven el uno para el otro, quizás demasiado, ese amor que se vive sin medida, sin pensar en el mañana, es el aquí y el ahora, no hay nada más.

Un amor que choca con la actitud paternal (que Crespo retrata aturdida y llena de mentiras, y falsedades, unos, los de ella, y otros, los de él, regidos por las formas) ella, 17 años, todavía en el instituto, de padres separados, vive con su madre y su nueva pareja, ya no están tan unidas como lo estaban en el pueblo, ahora parecen dos desconocidas y se sienten muy alejadas. Él, de familia tradicional, ha empezado derecho, aunque quiere hacer Bellas Artes, pero anda perdido, sin muy bien qué hacer. Crespo coge a sus dos criaturas en una época de tránsito, en ese tiempo en el que dejan la infancia, el tiempo acomodadizo, y entran en otro, desconocido y lleno de incertidumbre, en el que deberán hacerse adultos, tomar sus propias decisiones y caminar por si solos, esa transición, llena de posibilidades, pero también de oscuridad, un tiempo en el que la adolescencia se vive al límite, donde la eternidad dura un suspiro, donde ir al insti, salir con los amigos, beber, fumar, o los primeros contactos sexuales definen el tiempo que vivimos, ese tiempo nuestro, donde todavía brilla el sol, donde todavía no nos hemos convertido en adultos, en las que las vidas rutinarias y vacías han llenado nuestra existencias.

Crespo nos sitúa en Valencia, en sus barrios, en sus polígonos de fiesta, en espacios urbanos cerrados, angostos, casi sin aire, como el amor intenso y brutal que viven sus protagonistas, filmándolos desde la intimidad, con la cámara encima de ellos, casi sin dejarles respirar, siguiéndolos a todas partes, descubriéndonos cada aliento que emanan, cada poro de sus pieles, cada susurro, cada gota de sudor, envolviéndonos en ese maremágnum de pasiones, de locura, con esas emociones y sentimientos desbocados, sin control, a velocidad de crucero, a tumba abierta, un viaje al vértigo del amor, cuando todavía somos inocentes, cuando todavía los intereses económicos y la sociedad no nos ha contaminado del todo, cuando todavía creemos en el amor romántico, sincero y pasional. Quizás ese amor vivido sin mesura, en el que nada ni nadie existe, los lleva a separarse, a distanciarse, a agobiarse de lo que sienten, a no entender que el amor que viven los está llevando demasiado lejos a no saben adónde, a un lugar en el que todavía nos están preparados, porque todavía les falta tiempo para vivir, tiempo para saber quiénes son, sobre todo, tiempo para amar.

Crespo disecciona su película en dos mitades, en la primera, asistimos al amor, al enamoramiento, lleno de pasión, en el que el sexo, que se vive a escondidas (sutil y concisos los planos a través del ascensor que sube y baja, metáfora de las propias pulsiones emocionales que vive la pareja) está retratado de forma natural, abriendo cada pliegue de la piel, de la sensualidad de los cuerpos en movimiento, filmado desde la sobriedad, en el que el amor y el sexo forman uno, mezclándose en una simbiosis perfecta. En la segunda mitad, Crespo nos remite al desamor, esa intensidad al límite los separa, viven sus no vidas separados, echándose de menos, intentando probar otras pieles, otros sexos, pero quizás lo que sienten es muy fuerte, muy profundo, y es en ese tiempo en el que deberán conocerse más a sí mismos y descubrir sus verdaderos sentimientos. María Pedraza (de vocación bailarina e instagramer) y Pol Monen (en pequeños papeles hasta la fecha), debutan en el protagonismo cinematográfico componiendo la maravillosa pareja protagonista (amén de las grandes aportaciones de la brillante Greta Fernández, y los adultos, con Natalia Tena y demás) una pareja llena de naturalidad, alegría, vitalidad y pasión ayuda a componer un retrato sincero y honesto sobre el (des)amor adolescente, y esa sensación indescriptible de la primera vez, de experimentar sentimientos honestos, pero también frágiles, que nos invaden y nos convierten en otros, en alguien que jamás habríamos imaginado que pudiese existir.

El otro lado de la esperanza, de Aki Kaurismäki

LA DIGNIDAD DE LOS INVISIBLES.

Desde que irrumpiera en el panorama cinematográfico a principios de los ochenta, Aki Kaurismäki (Orimattila, Finlandia, 1957) ha construido una de las filmografías más estimulantes, interesantes y humanistas (que sobrepasa la veintena de títulos entre largos de ficción y documentales) un universo que no sólo nos remiten al estado actual de las cosas, sino que nos recuerda a grandes cineastas humanistas que han hecho del cine una herramienta crítica, válida para la reflexión y sobre todo, un vehículo capaz de remover conciencias, y dar voz, y por lo tanto visibilidad, a todos aquellos que el sistema les niega su lugar en el mundo. Su cine se centra en individuos solitarios, aislados, los invisibles del sistema, almas en pena, que viven con muy poco o casi nada, que se mueven por barrios obreros y viven en pisos fríos y vacíos, o visitan bares apartados, donde se bebe mucha cerveza y se fuma mucho, se ganan la vida con trabajos precarios, que bordean o entran de lleno en la esclavitud, en los que aflora el individualismo y la servidumbre. Relatos sobre perdedores, a los que se les engaña, algunos acaban maltrechos o con sus huesos tras los fríos barrotes de una cárcel. Tipos parcos en palabras, más bien de mirar o hacer, aunque, el cineasta finés siempre encuentra un resquicio de luz, algún espacio, por pequeño que parezca, para ofrecer algo de calor a sus personajes en el gélido Helsinki, una ilusión, si, aunque frágil a la que agarrarse, como ocurría en las películas sobre Charlot.

Un cine en el que la música, casi siempre de rock y en vivo, se erige como un elemento primordial en su narrativa, actuando como eje vertebrador de lo que se cuenta, explicando más allá de lo que callan y sienten sus personajes. Otra característica esencial en su cinematografía son sus cómplices en los viajes, desde Timo Salminen, su cameraman desde los inicios, y sus intérpretes, los Kati Outinen, Sakari Kuosmanen, Matti Pellonpää, André Wilms, entre otros, actores y actrices que dan vida a esos errantes de vida negra que luchan para encontrar ese espacio que el estado les niega y acaba expulsando del «aparente» paraíso. Y finalmente, el humor que estructura todas sus películas, un sentido del humor nórdico, inteligente, y muy negro, transgresor e hirreverente, en algunas ocasiones, que compone una sinfonía pícara y de mala uva a todo lo que va ocurriendo, dejando una risa a medio hacer que a veces da calor, y otras, congela. En El otro lado de la esperanza, continúa una especie de trilogía (ya había perpetrado otra, sobre «lo proletario»,  compuesta por Sombras en el paraíso, del 86, siguió, dos años después, con Ariel, y finalizó con La chica de la fábrica de cerillas, en el 90) que Kaurismäki ha llamado “portuaria”, iniciada en el 2011 con Le Havre, en la que recuperaba al personaje de La vida de bohemia (1992), el idealista Marcel Marx, para conducirnos por una historia sobre un niño africano, que llega como polizón y necesita refugio,  era acogido por el protagonista, un viejo limpiabotas, hecho que le hacía enfrentarse ante la ley (siempre injusta y desigual con las clases más desfavorecidas).

Ahora, la terna es diferente, el sujeto en cuestión, o digamos, el iniciador del relato es Wikström, un vendedor de mediana edad de trajes y corbatas que, cansado y desilusionado por su vida, decide dejar a su mujer (magnífica, la secuencia que abre la película, por su sobriedad y concisa) y cambiar de trabajo, comprando un restaurante “La jarra dorada”, en el que parece que no frecuenta mucho personal. Paralelamente, Kaurismäki nos cuenta la llegada a Helsinki de Khaled, un inmigrante sirio, que después de perder a toda su familia, ha vagado por toda Europa con el objetivo de encontrar a su hermana. Pide asilo político, y todo su proceso burocrático que lo condena primero a un centro y luego a una espera, para dilucidar si es aprobada su petición. Un día, o mejor dicho, una noche oscura, Wikström descubre a Khaled, que ha tenido que fugarse, porque lo quieren deportar a Alepo, porque según las autoridades no entraña peligro, cuando está siendo devastada, junto a su basurero y le da trabajo. Kaurismäki, quizás, ha hecho la película más cercana a la actualidad que nos asalta diariamente, aunque el genio finlandés no nos habla del drama de los refugiados como los medios lo hacen cada día, no, la película huye completamente de la visión partidista y superficial, y se aleja de los discursos moralizantes de las élites y la mayoría de los medios imperantes, aquí no hay nada de eso.

Kaurismäki construye una película humanista, extremadamente sencilla, y muy honesta, podríamos decir que incluso inocente, pero no en la expresión de escurrir el bulto, sino todo lo contrario, en el que se aboga por una solución al problema de un modo humanista, mirando a todos aquellos que vienen y escuchando sus problemas, no haciendo oídos sordos al conflicto. La película cimenta en la humanidad y la fraternidad las armas contra el problema de los refugiados, sacando a relucir esos valores humanos que parece que la sociedad capitalista, individualizada y de consumo, nos ha arrebatado, o nosotros hemos olvidado. Soluciones sencillas contra males complejos, quizás algunos les parecerá naif, pero no hay nada de eso, el cine de Kaurismäki es profundo, enorme, y mira a la realidad desde el alma, exponiendo todas las posiciones, retratando a los que ayudan a Khaled, como los que no, explicándonos todo lo que le va ocurriendo al refugiado, que se mueve entre sombras y dolor, en esta odisea en la Europa actual, un continente que sólo sabe mirarse a su ombligo y esconder sus miserias, que las hay y muchas, bajo la alfombra sucia y podrida. Kaurismäki vuelve a mostrarnos una mise en scene minimalista (marca de la casa) fundamentadas en tomas largas, en las que apenas hay movimientos de cámara, y vuelve a adentrarnos en sus memorables espacios (desnudos, en las que apenas se observan muebles u otros objetos, en los que conviven anacronismos con la mayor naturalidad, en el que descubrimos sofisticados aparatos que registran huellas dactilares que conviven con máquinas de escribir, lugares en los que sobresalen los colores fuertes, como verdes o rojos, herencia del maestro Ozu).

Kaurismäki vuelve a emocionarnos y a concienciarnos con su cine, creando un hermoso canto a la vida, al humanismo y fraternidad de cada uno de nosotos, anteponiendo lo humano y los valores ante la barbarie deshumanizada que se ha convertido Europa, en la que sus líderes se empeñan en hablar de pueblos y hermandad, pero que la realidad es otra, donde se niega asilo y se expulsa a aquellos que sufren guerras y hambre provocadas por el imperialismo occidental. El cineasta finlandés recoge el testigo de los Chaplin, Renoir, Rossellini, Kiarostami o Jarmusch, entre otros, para contarnos una fábula de nuestro tiempo, en la que aboga por los valores humanistas frente al dolor o el sufrimiento del otro, extraer lo bueno de cada uno para ayudar a quién lo necesita, y sobre todo, una fraternidad valiente y amiga, en la que los más desfavorecidos se ayudan entre sí, a pesar de las dificultades que atraviesen, porque, como explica la película, es lo único que tenemos, porque el poder hace tiempo que ha dejado de interesarse por los que ya no existen, por todos los invisibles, todos los que se levantan cada día para trabajar por cuatro perras mal dadas y existir en una sociedad cada vez más hipócrita, desigual e injusta, por todos aquellos que Kaurismäki ha convertido en los protagonistas de su cine, en la que el genio finés les da voz, palabra, rock and roll y algo de aliento.

Rosalie Blum, de Julien Rappeneau

QUIÉN SIGUE A QUIÉN.

“Sácame de aquí, que me estoy muriendo.
Toca una canción con la que pueda liberarme.
Nadie las compone ya como se hacían antes.
Puede que sea entonces cosa mía.
Aquí sólo, tras unas cuantas horas.
Aquí sólo, en el autobús.
Piensa en ello.
Podrías tener éxito, o ser como nosotros.
Con nuestras sonrisas ganadoras.
Con nuestras melodías y letras pegadizas.
Somos fotogénicos, ¿sabes?
No tenemos otra opción”

Había una vez en una ciudad de provincias un treintañero llamado Vincent Machot. Su vida era rutinaria y programada, en la que siempre, siempre ocurría lo mismo, como siguiendo un guión establecido. Se levantaba y se iba a trabajar de peluquero en el negocio familiar heredado hasta las 5 de la tarde, cerraba el negocio, compraba un poco y volvía a su piso a mirar la tele junto a su gato, aparte de sentirse atrapado por una madre dominanta que vivía en el piso de abajo, y salir, alguna vez, más tarde que pronto, con el ligón de su primo. Pero, un día todo cambiará, de casualidad, mientras compra en un mercado, observa a alguien, cree reconocerla, pero no sabe de qué, y comienza a seguirla. La sigue a todas partes, en su trabajo, por la calle, en un pub donde escuchan música en directo.

El arranque de la primer película de Julien Rappeneau, prolífico guionista para películas importantes de Régis Wargnier, Christophe Barratier o de su padre, Jean-Paul Rappeneau, para el que escribió Bon Voyage y Grandes familias, parece una descripción de la vida mundana y tranquila de la vida de la provincia francesa, eso sí, sólo en un primer instante, para en un momento dado, adentrarse en el terreno del misterio o suspense, más propio del género detectivesco, en el que Vincent sigue a Rosalie Blum, una mujer entrados los 50 que se debate entre regentar su frutería, algunas copas por la noche mientras escucha música en un pub, y llevar una vida completamente aislada, muy alejada de la familia. Aunque la película, de guión muy elaborado, con abundantes giros que van cambiando la perspectiva de la trama y encauzando a los personajes a derivas emocionales, introduce un tercer personaje, a Aude, la sobrina de Rosalie, una nini en toda regla, una joven perdida y desilusionada a la que la acompañan dos amigas, una pizpireta y la otra rarita. Rosalie encarga a Aude que siga a Vincent, ese chico que la sigue sin saber por qué.

Rappeneau que ha encontrado su inspiración en la aclamada novela gráfica homónima de Camile Jourdy, nos conduce por esta comedia romántica, muy alejada de los convencionalismos del cine de Hollywood, aquí, todo es una sorpresa, desconocemos por completo el destino de unos personajes solitarios, con pocas o ninguna perspectiva de futuro, en el que en cierta manera, viven atrapados por sus familias, Vincent tiene una madre posesiva que lo maneja y se muestra incapaz de romper con ella, Rosalie vive alejada de su familia y pronto descubriremos el motivo, y Aude, a la que no vemos a su familia, encuentra en su tía una forma de encontrar un espacio en el que se sienta que pertenece a algo o a alguien. Rappeneau se erige como un gran observador de la vida provinciana, y sobre todo, de un magnífico retrato de personajes, unos seres bien definidos que aunque lo desconocen, encuentran en esta suerte de misterio, comedia romántica y social, su anclaje emocional con una vida que parece haberles pasado por encima, y ellos, han aceptado indolentes un destino frustrante y vacío.

La película recuerda al cine de Truffaut, a las fábulas sensibles y maravillosas protagonizadas por su personaje fetiche Antoine Doinel, en sus años mozos, como Besos robados, Domicilio conyugal o El amor en fuga, donde el joven torpe en el amor y en los diferentes azares de la vida, se pierde en su intento de buscar su lugar en el mundo y se mueve sin saber muy bien hacia dónde va ni que es lo que realmente busca. Vincent, Rosalie y Aude, estupendamente bien interpretados por los Kyan Khojandi, Noémie Lvovsky y alice Isaaz, respectivamente, se buscan sin conocerse, como si sus vidas les diese una oportunidad de despertar y hacerse con sus riendas antes de que sea demasiado tarde, porque ellos mismos no son muy conscientes de lo que acaban de encontrar o mejor dicho, con quién se acaban de tropezar, como bien define la canción de Belle & Sebastian, Get me away from here I am dying, que en cierto momento escuchamos en la película, algo así como una llamarada de aliento antes de que me extinga.

Lo tuyo y tú, de Hong Sangsoo

AHORA SÍ, AHORA NO.

“El amor lo es todo. Sin él nada existe”

En una de las secuencias iníciales de la película, observamos a una mujer joven sola sentada en un bar tomando cerveza, se le acerca un joven y cree reconocerla, ella no, él joven insiste e intenta relacionar algunos lugares que hayan podido frecuentar, pero la joven no recuerda. En un instante, la joven le explica que puede tratarse de su hermana gemela y que a menudo la confunden con ella. El joven se queda extrañado. La película número 19 de Hong Sangsoo (Seúl, Corea del Sur, 1960) podría sintetizarse a través de esta secuencia, en la que el cineasta coreano nos está sumergiendo en las claves por donde pivotará su relato, donde conoceremos o no, a una joven que no sabremos quién es realmente, alguien al que confundiremos constantemente su identidad, porque unas veces creeremos que es quién dice ser y otras, no, y ahí andaremos, aunque la película de Hong Sangsoo es mucho más que eso, un film de factura bellísimo, de imágenes que seducen por su capacidad de transmisión de la futilidad de la vida y las emociones que nos acechan, en la que nos habla de la fragilidad del amor, o de los devaneos sentimentales de una pareja que discute una noche, porque a Youngsoo, un amigo le ha comentado que ha visto a su novia, Minjung, flirteando con otro en el Golden Bear, el bar-epicentro de las “conquistas de Minjung”, una situación que no habremos visto, la conoceremos por un testimonio, y entonces nos preguntamos si realmente ha ocurrido, si simplemente Hong Sangsoo introduce este elemento real o no, para construir una película que tanto la forma como en el fondo, están contaminadas por la verdad o la mentira, lo que sucede o lo que no, y cómo esas circunstancias afectan a los personajes en sus decisiones.

El cineasta coreano ya había experimentado las endebles fronteras de la identidad en su anterior película Ahora sí, antes no (2015) en la que nos explicaba cómo se habría dado una historia de amor si se hubiera dado en otras circunstancias, y aún hay más, en En otro país (2012) protagonizada por Isabelle Huppert, desdoblaba a la actriz francesa en tres situaciones distintas. Formas distintas de afrontar quiénes somos y como nos ven los demás, que la emparentan con lugares comunes de Ese oscuro objeto del deseo, en la que el genio de Buñuel desdoblaba el personaje femenino en dos mujeres protagonizadas por dos actrices diferentes, en un juego macabro e irónico, en el que jugaba con el placer sexual y la frustración del rechazo. Hong Sangsoo ha construido un estilo muy definido en sus 20 títulos (en 21 años de carrera) que conforman una filmografía personalísima, en la que encontramos rasgos abundantes y significativos que con sólo una mirada a uno de sus encuadres nos basta para reconocerlo. Una forma de edificar relatos que viene ya dada desde los títulos de sus filmes, como el que nos ocupa, Lo tuyo y tú, en la que nos viene decir algo así como no nos fiemos mucho en lo que nos cuentan o veamos, porque los dos pueden mentir  o no, siempre nos acechará la duda y nunca lo llegaremos a saber con exactitud.

El cineasta surcoreano nos sitúa en ciudades de provincias, en las que la vida va y viene, sin más, donde observamos a unos personajes, en su mayoría artistas (pintores, directores de cine, guionistas, escritores…) como hacen la compra, beben cerveza en bares (como los personajes de Kaurismaki) y sobre todo, dialogan entre ellos, hablan muchísimo, filmados a través de tomas largas fijas que vienen precedidas de planos generales en la que nos muestra una parte del exterior mientras suena una melodía leit motiv que nos acompañará a lo largo del metraje. Un estilo naturalista, muy cercano, que lo acerca a directores como Rivette y Rohmer, maestros en el arte de la observación del alma humana y sobre todo, de las confusiones e incertidumbres de los sentimientos, que nos conducen a donde no queremos y nos sitúan en lugares que nos cuesta reconocer, y que nos atrapan llevándonos a lugares oscuros de nuestro interior que nosotros mismos no reconocemos. Hong Sangsoo se erige como uno de los cineastas más observadores de las relaciones humanas, un magistral seductor de las palabras, dotado de una mirada llena de honestidad, construyendo una película delicada y sensible, de apariencia ligera, pero de contenido enigmático, profundo y poético, en la que nos adentramos en los laberinticos caminos de los sentimientos, en el que deberemos enfrentarnos a lo que sentimos, aunque eso nos cueste reconocer que somos esclavos de unas emociones que creíamos que no nos sucederían, pobrecitos de nosotros, cuanto creemos saber y que poco sabemos, ya no sólo de los demás, sino de nosotros mismos.

La idea de un lago, de Milagros Mumenthaler

PAISAJES DE LA AUSENCIA.

Hay directores que por muchas películas que realicen, nunca dejan en la memoria de los espectadores alguna imagen que trascienda la propia película, convirtiéndose en una especie de icono que, en ese preciso instante, se asociará indiscutiblemente con el espíritu de la obra. En La idea de un lago, hay una de esas imágenes reveladoras de las que estamos hablando, en un día de sol espléndido de verano, vemos un Renault 4 verde (mítico vehículo que acompaña la infancia de muchos de nosotros) flotando en el agua del lago mientras Inés, una niña, lo observa con gesto de felicidad. El plano que funde lo fantástico con lo cotidiano en una suerte de tiempo atemporal y emocional, en el que las cosas adquieren otra naturaleza, y la memoria se vuelve nítida y cercana. El segundo largo de Milagros Mumenthaler (Córdoba, Argentina, 1977) después de su interesante debut con Abrir puertas y ventanas (2011) que nos contaba, a través de tres hermanas, sus convivencia con la abuela, la persona que las crió Una carrera que ya había generado expectación entre la cinefília especializada debido a sus cortometrajes, entre los que destaca El patio (2004), en la que dos hermanas esperaban la llamada de su madre que reside en el extranjero.

Mumenthaler nos habla de la memoria, de un tiempo perdido y lejano, y sobre todo, de la ausencia y la pérdida que se origina (elementos característicos que encontramos en su punzante y maravillosa filmografía) sus personajes evocan el pasado desde el presente, los recuerdos se amontonan y se transmutan, en un ejercicio complejo y extraño en el que sus criaturas intentan entenderse a sí mismas, y el tiempo actual que les rodea, a partir de esos espejos rotos ambivalentes de su memoria. La cineasta argentina toma como punto de partida Pozo de aire, de Guadalupe Gaona (libro de fotografías y poemas donde la autora construye una obra autobiográfica a partir de la desaparición de su padre en marzo de 1976 durante la dictadura cívico-militar de Argentina) para edificar un relato centrado en  Inés y sus recuerdos, en distintos tiempos, desde la actualidad donde la joven se encuentra en un estado emocional complicado, en el que está en avazando estado de gestación, y además, se acaba de separar del padre de su hijo, y para colmo de males, mantiene un relación tensa con su madre debido al tema del padre ausente, y está enfrascada en un trabajo memorístico con textos y fotografías sobre la desaparición de su padre y cómo esa ausencia ha definido su vida.

Mumenthaler nos hace viajar en el tiempo, en el que Inés de niña recuerda sus veraneos en Villa La Angustura junto al lago, en una maravillosa y portentosa elipsis (en la que a partir de una fotografía, único testigo de la memoria paterna, en la que vemos a su padre apoyado en el mencionado R4, en un instante, el padre y el automóvil desaparecen de la imagen, como borrados, el plano toma movimiento, en el que entrará una ráfaga de viento, para luego, en el mismo plano, situarnos en el pasado con Inés). Inés construye su memoria a partir de sus recuerdos, los pocos que compartió con su padre, en el que también hay pactos de sangre con su hermano, baños en el lago o juegos infantiles en el bosque nocturno con linternas (otra de las imágenes del filme). Un progenitor que ahora se ha convertido en un espectro incómodo que tensa la relación con su madre, porque no sólo se trata de un desaparecido, sino de alguien que remueve cosas del pasado que quizás es mejor dejarlas estar. Mumenthaler no sólo hace una cinta sobre la memoria histórica de un país sacudido por una dictadura atroz, sino que coloca su atención en la memoria personal e íntima de una generación que no vivió la dictadura, pero que necesita saber y concoer, alguien que siente su pasado como un álbum al que no sólo le faltan fotografías, sino que algunas se encuentran rotas y borrosas, como si ese tiempo no hubiera existido o la memoria quisiera borrarlo porque es incómodo y molesta, un cine que lo relaciona directamente con la mirada de Carlos Saura y su etapa setentera junto a Azcona en películas como La prima Angélica o Cría cuervos. .

La realizadora argentina construye un relato no convencional, en el que la película se convierte en un rompecabezas que sacude las raíces de la memoria, en el que cada pieza conecta con otra en una narrativa construida a través de las emociones y los sentimientos, en el que lo físico deja espacio para confrontarnos con ese paisaje vacío que la memoria intenta construir con los elementos frágiles que tiene a su alrededor y sobre todo, en su interior. Unas imágenes deslumbrantes, sencillas y muy conmovedoras, cocidas desde la honestidad, sin caer en ningún momento en lo maniqueo, sino todo lo contrario, cimentando un relato sobre la ausencia y la memoria personal, en el que asistimos a momentos deslumbrantes, en el que la mise en scene se construye a través del espacio vacío, ese paisaje desolado, al que le falta alguien, una sombra indefinida que ya no está, se esfumó, convirtiéndose en una memoria rota, en pedazos, en que la película lo evoca desde lo íntimo, a través de las edades de Inés, erigiéndose en un ejercicio fascinante y a la vez, doloroso, sobre la identidad y la memoria íntima de cada uno de nosotros, y todo aquello que somos y sobre todo, todo lo que hemos perdido o dejado por el camino.

Your name, de Makoto Shinkai

LOS MUNDOS QUE NOS HABITAN.

“No importa dónde estés, iré a buscarte y te encontraré”

Mitsuha es una adolescente que vive en un pueblo remoto de la campiña japonesa rodeado de un enorme lago, vive con su abuela y su hermana pequeña, y con su padre, alcalde del pueblo, al que nunca ve. A Mitsuha le irritan la paz y tranquilidad, además de las costumbres ancestrales de su pueblo, y además echa en falta espacios como una cafetería, o demás alicientes para pasar el rato con sus amigos cuando salen del instituto. Fantasea con ser un chico guapo en la gran urbe de Tokio. Por su parte, Taki, es un chaval de Tokio, que rehúye de su familia, y que además de ir al instituto, trabaja como camarero en un restaurant. En su caso, odia la híper velocidad de la gran ciudad y le encantaría con ser una chica guapa viviendo en la tranquilidad de un pueblo. Una noche, mientras duermen, sueñan con que sus vidas se intercambian y se convierten en el otro. Bajo la premisa de convertirse en otra persona y llevar una vida deseada, completamente diferente a la que se tiene.

El cineasta Makoto Shinkai (Prefectura de Nagano, Japón, 1973) construye una película romántica sobre el paso del tiempo y los deseos que anhelamos cada uno de nosotros. El universo de Shinkai está poblado de adolescentes vacíos y solitarios que no encuentran alicientes en la sociedad moderna que nos rodea, y acaban convirtiendo sus vidas en fantasías huidizas para soportar la soledad de sus vidas, dentro de un marco romántico, en el que el tiempo es sólo una percepción extraña que se puede manipular y cambiar.  En 5 centímetros por segundo (2007) dos adolescentes alejados desde que dejaron la primaria, se buscan para volver a reencontrarse ya que no han podido olvidarse, en Viaje a Agartha (2011), una joven con una extraña misión acerca de extrañas melodías entra en contacto con un joven que vive en una dimensión paralela, y en El jardín de las palabras (2013), un dibujante de zapatos se encuentra en un parque a una mujer mayor y ambos volverán a reencontrarse. En Your Name, Shinkai ha contado con dos ilustres colaboraciones, con Masashi Ando en la dirección de animación, figura capital del emblemático Studio Ghibli, y la aportación de Masayoshi Tanaka, en el diseño de personajes, otro nombre importante en el anime japonés.

Shinkai ha construido una película bellísima, de grandísima virtuosidad plástica, donde lo visual, un elemento característico de su filmografía, se convierte en una apabullante gama de colores y formas, donde lo cotidiano y lo fantástico se mezclan y funden de manera tan natural que asombra por su sencillez, dotando al relato de múltiples ventanas narrativas que profundizan en el sentimiento de los personajes. Otro de los elementos importantes de la película, lo encontramos en el guión, y sobre todo su estructura, Shinkai nos envuelve de forma enigmática haciéndonos viajar a ese universo que no existe, en un purgatorio de los sueños, donde los jóvenes protagonistas viven otras vidas, las que desean, las que la realidad no hace posible, pero que los sueños, sí. Aunque, Shinkai no sólo se queda así, estos mundos de pura ensoñación, se terminan, y entonces, los dos jóvenes implicados se lanzan a la realidad, o dicho de otra manera, quieren conocerse en el mundo real, que aunque no sea el deseado, es el que les ha tocado vivir.

Y es en ese sentido, donde la película de Shinkai adquiere su maravillosa poética, en el que un cometa que pasa cada mil años cerca de la tierra, las ceremonias ancestrales patrimonio del pueblo (donde Mitsuha tiente un importante protagonismo) y una bellísima creación de personajes, además de unos secundarios que ahondan en la potencia narrativa y argumental de la cinta. El director japonés nos sumerge en un mundo onírico, extraño, de pura fantasía, algo así como el reverso de los sueños que han vivido sus criaturas, una realidad paralela, soñada por ellos mismos,  en la que tendrán que viajar hacía lo más profundo de su ser, desafiando los límites de su propia existencia, incluso al espacio temporal en el que viven, introduciéndose en un marco de no tiempo, en el que las cosas adquieren formas imposibles, para aceptar su propia condición y de esta manera detener el tiempo, para así estar con esa persona que no conocen, que jamás han visto, y tampoco han  escuchado, pero no pueden sacarse de la cabeza, e inician una búsqueda interior, tanto física como emocional para encontrarla. Your Name  es una película encantadora, de poderío visual, y guión de hierro,  que le asemeja al Unvierso Ghibli y a Miyazaki, en el que sus personajes huyen de este mundo soñando universos imposibles y paralelos para soportar la crudeza y soledad de sus vidas.


<p><a href=»https://vimeo.com/200959137″>your name. (Trailer VOSE)</a> from <a href=»https://vimeo.com/selectavision»>SelectaVisi&oacute;n</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Amateurs en el espacio, de Max Kestner

PER ASPERA AD ASTRA(A través de las dificultades a las estrellas)

“Hoy en día, la gente sale a los 25 años y le dan una pensión. Con 25 años se preocupan de lo que harán cuando tengan 65. Los bancos nos dicen que pensemos en cosas así. Incluso hay funerales prepagados, para no tener problemas cuando llegue la hora. Pero, ¿qué mundo es este, en el que no nos dejamos vivir mientras estamos vivos? Ser conscientes de que la vida tiene un final y que no sabemos cuándo es puede ser muy motivador para vivir. Para disfrutar de cada segundo de vida. Disfrutar de cada segundo que tenemos para contar historias y disfrutar de los demás en este planeta tan bonito y maravilloso. Creo que es muy importante recordar que no vivimos para siempre, y gastar el tiempo, el poco tiempo que nos queda, de la mejor manera posible”

Desde que en 1961, el astronauta soviético Yuri Gagarin se convirtió en el primer hombre en viajar al espacio exterior, muchos han sido los viajes que han llegado más allá de nuestro planeta. El cineasta Max Kestner ( Copenhague, Dinamarca, 1969) curtido en el ámbito documental a través de una amplia experiencia en ese terreno, nos cuenta el relato de dos ingenieros daneses, de orígenes y personalidades completamente diferentes, pero con un sueño común, construir una aeronave con materiales domésticos que alcance el espacio exterior. Uno de ellos, Kristian, con experiencia en la NASA, se muestra reflexivo y tranquilo, se encarga de la parte estructural de la nave, el otro, Mark, pura dinamita, pura emoción, es el que hará funcionar la nave.

Kestner nos cuenta todo el proceso desde su primera piedra, las ideas con las que cada uno de ellos entra en el proyecto, que también recibe la ayuda de otros entusiastas de la aeronáutica, los primeros días de conseguir financiación, los trabajos primerizos y más tarde, cuando el proyecto es presentado, convirtiéndose en algo real, en algo físico, las diferentes pruebas que llevan a cabo para hacerlo funcionar y que alcance su objetivo soñado. Kestner filma su historia de un modo naturalista, aproximándose a sus personajes, capturando sus conversaciones, y sobre todo, sus conflictos, la manera tan diferente que tienen para trabajar, y las distintas visiones que manifiestan con la mirada de los otros colaboradores, que no tardarán en tomar partido en los continuos combates emocionales en los que se embarcan Kristian y Mark. El director danés también, tiene tiempo para hacer un recorrido histórico de los diferentes lanzamientos de aeronaves al espacio, en los que Mark nos va explicando los detalles minuciosamente. También, el realizador danés filma a sus retratados mientras estos explican sus circunstancias personales, y las relaciones que se van generando a medida que avanza el proyecto que abarca más de dos años.

Kestner ha construido una película sencilla, que nos habla también de la capacidad y tenacidad de los seres humanos para convertir sus sueños en realidad, por muy descabellados que parezcan. Kristian y Mark parecen dos seres del renacimiento, aquellos que pretendían volar o construir objetos que chocaban contra el pensamiento cerrado del tiempo que les tocó vivir, o el Fitzcarraldo, de Herzog, en su afán de llevar la ópera a la selva, empresa temeraria que le lleva a arrastrar un inmenso barco a través de una montaña, y otros tantos que desafiaron lo establecido para llevar a cabo unos sueños que en principio parecen una locura o simplemente irrealizables. Kestner nos habla también de la frustración, su película no retrata a unos hombres que acaban consiguiendo sus objetivos, sino todo lo contrario, nos cuenta el relato de unos hombres que fracasaron en su intento, aunque como decía el poeta, estos hombres no cesaron en su empeño, y continúan fracasando mejor en sus objetivos de llegar al espacio exterior, porque sólo se fracasa o se pierde cuando se abandona, y estos no tienen pinta de dejar las cosas que empiezan, aunque para ello deban rema por otro río.

 

Ghost in the shell, de Rupert Sanders

SUEÑAN LOS ANDROIDES.

En 1989 apareció el manga Ghost in the shell, de Masamune Shirow, que pronto se convirtió en un fenómeno de público. Seis años después, se produjo la película basada en el manga, dirigida por Mamoru Oshii, auténtica obra de arte del género de la animación, siguiendo la estela de Akira (1988), de Katsuhiro Otomo, su potencia visual, acompañada de una exquisita banda sonora, que devenía en una compleja estructura narrativa en la que se profundizaba sobre la contaminación tecnológica, la sobreexplotación de la información y el ciberterrorismo, catapultando al estrellato la película convirtiéndola en un icono del llamado “cyberpunk”. Le siguió una secuela e incluso una serie, y otras sagas como Matrix, que le deben muchísimo. Más de dos décadas después, la maquinaria hollywoodiense se ha puesto manos a la obra para adaptar el manga a imagen real, en el camino se cayeron varios proyectos que nunca llegaron a ver la luz. El director elegido es Rupert Sanders (Westmister, Reino Unido, 1971) de amplia trayectoria en el mundo publicitario y director de Blancanieves y la leyenda del cazador (2012) una adaptación oscura del clásico, con multitud de efectos, estética visual y muchísima acción.

Ghost in the shell  nos sitúa en un futuro distópico, en el que las grandes corporaciones acaparan un mercado mundial dominado por las últimas tecnologías, la información tiene un valor incalculable, y tanto como los gobiernos como los delincuentes trafican con ella, a través de hackear cuentas y vender esa información. La película se centra en la Sección 9, una división antiterrorista compuesta de soldados de élite que luchan encarnizadamente con las mafias del robo de información. Su mejor arma es “La Mayor” (mitad humana, mitad robot) una cyborg perfecta, una fembot diseñada y construida para matar, y el resto de su equipo, todos ellos con alguna parte de su cuerpo robotizado. El conflicto que se plantea es el siguiente: un cyborg está hackeando cuentas y eliminando a todos aquellos que pertenecen a la Kanka Corporation (empresa que construye los cyborg). Sanders construye una primera mitad interesante, donde, a través de las señas de identidad inspiradas del manga japonés, como la fantástica estética visual, una atmósfera inquietante y muy oscura, y además, una intriga que atrapa y logra atraparnos en la madeja argumental.

En la segunda mitad, ya es otra cosa, la acción se apodera del espectáculo, pero no consigue levantarnos del asiento, se deja atrás la parte más importante de la trama, la reflexión política y el uso desmedido de la tecnología en pro del avance económico, dejando atrás colmenas de gentes que viven aislados o simplemente no existen, en la parte filosófica la película se pierde y no consigue emocionarnos. Un thriller que arranca con fuerza, pero a medida que avanza, va cayendo en lo convencional, hasta la parte final, donde se destapa el pastel, que ya se bien intuyendo, dicho sea de paso, y asistimos al duelo final. Una cinta a la que le influyen demasiado sus referencias, como la novela de ciencia ficción de los 50 y 60, como Yo robot o Fundación, ambas de Asimov, Dune, de Frank Herbert, o ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick, hitos de la literatura robótica que algunas de ellas fueron adaptadas consiguiendo grandes títulos como Blade Runner, clave en el género que con el tiempo se ha convertido en auténtica piedra angular sobre cómo la tecnología afecta a nuestras vidas, y la idea de un futuro decadente, vacío y deshumanizado, dentro de una estética visual asombrosa, una estructura apabullante y una poética magnífica.

Ghost in the shell es una película oscura y entretenida, muy lejos de su antecesora, que si bien mantenía una estructura compleja (muy propia de la animación japonesa) conseguía una película enérgica, que apabullaba a través de sus imágenes y su tremenda análisis sobre una sociedad perdida y narcotizada de tecnología. Un reparto de altura que manejan con brío y corrección sus personajes, encabezados por Scarlett Johanson (muy criticada su elección), Juliette Binoche como la Doctora creadora de la fembot, Michael Pitt en un rol siniestro y fantasmal, del reverso del hijo prodigo, y “Beat” Takeshi Kitano, con alguna secuencia que recuerda a sus magníficos thrillers, componen un reparto heterogéneo, como suelen ser las grandes superproducciones made in Hollywood. Una película que se deja ver, con escenas de acción, persecuciones, intriga de manual, y algo de reflexión filosófica sobre quiénes somos y sobre todo, hacía donde vamos y de dónde venimos.