Entrevista a María Barea, directora de la película «Antuca», en el marco de la Mostra Internacional de Films de Dones de Barcelona, en el Parc de la Ciutadella en Barcelona, el martes 21 de mayo de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a María Barea, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan excelente, y a Anne Pasek y Teresa Pascual de Good Movies, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Raymond Depardon y Claudine Nougaret, cineastas y premios de Honor DocsBarcelona, en el marco del DocsBarcelona en el hall del Teatre CCCB en en Barcelona, el viernes 3 mayo de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Raymond Depardon y Claudine Nougaret, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Joana Artigas, por su gran labor como intérprete, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Nicolás Herzog, director de la película «Elda y los monstruos», en el marco del D’A Film Festival, en los Jardins de Mercè Vilaret en Barcelona, el miércoles 10 de abril de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nicolás Herzog, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y al equipo del D’A Film Festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Albertina Carri, directora de la película «¡Caigan las rosas blancas!», en el marco de la retrospectiva que le dedica la Filmoteca de Catalunya, en la Sala Laya de la citada institución, el jueves 10 de abril de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Albertina Carri, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Sandra López Jiménez de Nueve Cartas Comunicación, y a Jordi Martínez de Comunicación de Filmoteca, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“En el laberinto de mis pensamientos, encuentro la belleza en la oscuridad, la luz en la sombra, la esperanza en el abismo”.
Alejandra Pizarnik
El universo de Albertina Carri (Buenos Aires, Argentina, 1973), está construido en base a la constante exploración de las herramientas de lo cinematográfico, es decir, cada trabajo de la cineasta bonaerense nace de dos vías. En la primera, cuenta un relato o algo que se le parezca a esa definición, y en el segundo, somos testigos del proceso de ese no relato, donde la película continuamente muestra sus herramientas al natural, en que el descarte se convierte en materia fílmica y viceversa, en un continuo juego donde la película va cambiando, va yendo hacia lugares desconocidos que la hacen viva, de su tiempo y la convierten en un poderoso viaje lleno de cuestiones y nada convencional. De sus siete largometrajes, el puñado de cortometrajes y serie podemos decir que la mirada de la directora de la fascinante Los rubios (2003) ha navegado por todo tipo de mares: el documental, el archivo, la ficción, en que cada obra suya tiene de todo y se nutre de todo para crear un mundo único, profundo, inteligente y lleno de poesía y política, porque su cine es bello y trágico a la vez.
En ¡Caigan las rosas blancas!, que podría encajar como díptico junto a Las hijas del fuego (2018), donde exploraba las posibilidades de la representación del porno a partir de un viaje en el que varias mujeres practican sexo poliamoroso y explicito en un hermoso canto feminista sobre la necesidad de compartir en libertad y en paz. En su nueva película, a partir de un guion que firman Agustín Godoy, la propia Carri y Carolina Alamino, la actriz que hace de Viole, la protagonista, en la que cuenta a través de Viole, la directora que, después del éxito de la anterior, es contratada para hacer un porno mainstream que la lleva a una crisis y acaba por renunciar, yéndose con tres amigas que trabajan en la película lanzándose a un viaje sin causa ni efecto. La película nos lleva por una travesía en el que continuamente va mutando en géneros y texturas, con el aroma de La flor (2018), de Mariano Llinás, a modo de episodios en los que transita por la road movie, la comedia disparatada y negra, el musical, el documental, el metacine, el melodrama, la de aventuras, el terror y el thriller y el fantástico, en la que volvamos a encontrarnos con las formas de representación y las diferentes miradas a estructuras, formatos y texturas, en que el video doméstico y el Súper 8 entran en escena, en una película en continua ebullición, a punto de explotar, como sucedía con Las hijas del fuego, donde la experimentación estaba cruzada con lo que se cuenta, en este caso, la crisis tanto profesional como existencial de Viole, la directora que ha perdido la ilusión del cine y de vivir.
La magnífica cinematografía que firman el dúo Sol Lopatin (que ya estuvo en La rabia (2008), amén de Dúo, de Meritxell Colell y en películas de Daniela Goggi), y la brasileña Wilssa Esser, que ha trabajado con Anna Muylaert, y en la reciente Levante, de Lilah Halla, que contribuye a dar ese aroma de inmediatez que tiene toda la película, de una naturalidad asombrosa y una forma de contar que todo está pensado pero sin parecerlo, como si fuese todo espontáneo. La música de la española Paloma Peñarrubia, que tiene en su filmografía a cineastas como Samu Fuentes, Juan Schnitman y Rocío Mesa, entre otras, ayuda a fusionar el frenético y caótico viaje junto a lo poético y lírico que anidan en el alma de todo lo que sucede. El montaje de lautaro Colace, que ya trabajó con Carri en la serie 23 pares (2012), y cuatreros (2016), con sus 122 minutos de metraje, que avanzan a muchas velocidades, con ese aire de western crepuscular a lo Monte Hellman, en que el viaje es una mera excusa para contar y contarnos las diferentes crisis tanto de la cineasta como de sus acompañantes, en una travesía que parece enroscarse y sin salida, en ese estado de soledad, pérdida y sin reconocerse a uno mismo, como sucedía en películas como Jauja (2014), de Lisandro Alonso, y Zama (2017), de Lucrecia Martel.
El magnífico cuarteto protagonista empezando por la mencionada Carolina Alamino, siguiendo por Mijal Katzowicz, Rocío Zuviría y María Eugenia Marcet, que ya deslumbró en Las hijas del fuego, donde daban rienda suelta a sus pasiones y deseos sexuales en un desenfreno alucinante y contestatario. Ahora, también viven un viaje de aúpa donde les ocurre de todo, que recorre lo más rural de la Argentina hasta llevarlas hasta un lugar que mejor no desvelar para disfrute del espectador/a. Las cuatro actrices se atreven con todo, transmitiendo una naturalidad que traspasa la pantalla y nos devuelve a ese cine sin tanta impostura ni artificio. Les acompañan dos grandes como Laura Paredes, una actriz muy “pampera” que era una de las protagonistas de la citada La flor, aquí transformándose en un rol muy alejado de ella pero dándolo todo, una presencia tan brillante como la de Érica Rivas en Las hijas del fuego, en dos personajes en las antípodas. Destacada la presencia de la española Luisa Gavasa, en un rol que es mejor no desvelar, porque adquiere una importancia capital en la trama ya que es uno de esos personajes que no dejan indiferente, y sobre todo, nos habla de la raíz primigenia del cine, ya verán.
Resulta muy agradable encontrarse con el cine de Albertina Carri y cada nuevo trabajo es una gran alegría para el cine y para su constante mutación, para preguntarse constantemente por qué se hacen películas y porqué se hacen como se hacen, y muchas más cuestiones que hacen del cine una herramienta en constante movimiento y evolución, donde siguen habiendo caminos y lugares por explorar, por indagar y por investigar. ¡Caigan las rosas blancas! es una de esas películas tan originales e irreverentes cargada de belleza, de poesía, de política, de cine, de su tiempo y de cualquier tiempo, que se atreve con aguas de todo tipo, y pasa de sofisticaciones ni de estridencias que tanto se llevan, para crear su propio mundo, tan cercano como extraño, tan natural como diferente, por donde pasa la vida, el erotismo, el sexo, las dudas, las crisis, las de allí y las de allá, en que el espectador sigue muy atento a todo lo que ocurre y cómo ocurre, porque en el cine de Carri nada es esperado y en el fondo, si, porque ella, al igual que le ocurre a Viole, emprende un viaje hacia adelante sin olvidar los orígenes, la propia esencia del cine, lo más básico y artesanal, encontrando la pureza de las cosas, lo primigenio, aquello que con tanto pompa e inmediatez, olvidamos y perdemos y debemos recuperar para seguir viviendo y soñando el cine. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real”.
Jorge Luis Borges
Descubrí el mundo de Quentin Dupieux (París, Francia, 1974), con la película Mandíbulas (2020), la extraña aventura de dos fumaos que encuentran a una araña gigante y deciden adiestrarla para ganarse la vida con ella. Una comedia diferente, alocada y tremendamente absurda que me sacó varias carcajadas, momentos llenos de ternura y sobre todo, una radiografía irreverente y nada complaciente del estado actual de las cosas y de la estupidez de la sociedad en la que vivimos. El entusiasmo por su cine me llevó a recuperar un par de títulos que encontré en la imperdible Filmin. Au poste¡ (2018) y Le Daim(2019), sendos policíacos disparatados en los que se burlaba de esos aparentemente sofisticados y pulcros thriller estadounidenses tan elegantes como vacíos de contenido. De los 12 títulos hasta la fecha del director francés, desde su debut con Steak (2007), la cosa va de comedias muy absurdas donde nada ni nadie hace algo con sentido, en las que se lanzan críticas para reírse de todo y de todos, siempre usando un tono punzante y directo.
Sus tres últimas películas son Daaaaaalí¡ (2023), en la que una reportera intenta inútilmente hacer una entrevista al pintor que se va desdoblando en múltiples clones que escenifican las diferentes etapas de su vida. Le siguió Yannick (2023), en la que un actor detenía la obra que estaba haciendo para retomar el control. Y la que nos ocupa El segundo acto (“Le deuxieme acte”, en el original), con sus 80 minutos de duración, acogiéndose a esa duración de hora y cuarto que tienen sus films. Tres obras en las que Dupieux da un paso hacía adelante en su carrera, es decir, introduce el elemento de la representación, a eso que llamamos realidad y ficción, los contradice, los contrapone y sobre todo, inventa y fabula en un interesante ejercicio de farsa o no, de realidad o no, y de ficción o no, dividido en tres actos bien diferenciados, de ahí su toque onírico con el título, donde dos parejas: la que forman dos amigos David y Willy que hablan en plano secuencia panorámico ya que David quiere que seduzca a Florence, la mujer con la que sale y que no le gusta. El diálogo velocísimo y descacharrante habla de esos temas tan en boga en la actualidad de la corrección política y de tolerar todo y a todos y caer en repetidas contradicciones y estupideces varias. En la segunda secuencia, rodada igual que la anterior, encontramos a Florence, la chica de la que David quiere deshacerse hablando con su padre. En la última, ya en el restaurante y los cuatro intérpretes se tropiezan con el camarero, en su debut como figurante, muerto de nervioso que no da una.
Tres instantes en los que la película rompe constantemente la cuarta pared de modo directo y frontal, donde se representa y nos representamos, en un continuo cruce de miradas, gestos e interpretaciones de aquello que llamamos realidad y ficción. Dupieux que se encarga de la cinematografía y el montaje, brilla de modo inteligente en su retrato al mundo superficial y falso del cine y sus personajes, como el padre, que pierde el culo ya que le ha llamado un famoso director de Hollywood, también se ríe del modelo de calco de cierto cine de autor tan manido como efectista, vacío en la forma y en su fondo, y todavía hay más, reírse de el significado de tanto cine y tan dramático como estúpido, y si alguien se daba por aludido, arremete contra los efectos de tolerar tantas extrañezas que finalmente habra que condenar al que no lo es. El director profundiza en cómo la sociedad ha entrado en una deriva de tontería sin fin, donde lo anormal es cada vez lo imperante, y sobre todo, atiza contra lo políticamente incorrecto que ya parece más correcto que lo correcto. Vuelve a retratar a una sociedad occidental a la deriva, llena de prejuicios y vanidades, donde lo importante es venderse y mercantilizar todo, en una carrera sin sentido donde todo vale para coronarse.
Destacar el magnífico reparto de la película, como suele ser marca de la casa en el cine del cineasta francés, donde encontramos a intérpretes de primer nivel de la cinematografía francesa. Tenemos a los dos amigos: Louis Garrel como David, que debuta en el universo de Dupieux, junto a Willy que hace Raphaël Quenard, en su tercera colaboración después de Mandíbulas y el protagonista en Yannick. Y el padre y la hija: Vincent Lindon y Léa Seidoux, ambos debutantes, y Manuel Guillot, el nervioso extra que tiembla como un flan. No desvelaremos el toque final que nos reserva bajo la manga el talento de Dupieux, que con El segundo acto se ha metido a jugar en una liga superior, porque sin dejar su humor grotesco, alocado y muy absurdo, se ha sumergido en la esencia del cine mismo, en sus innumerables cuestiones de sus diferentes formas de representación y en la investigación que existe en cada plano, encuadre, mirada y demás, eso sí, lanzando pullas por doquier, porque que sería la crítica siendo condescendiente con todos, por el contrario, si una se pone a tirar piedras, que sea a todo lo establecido, y más en el mundo del cine, donde hay muchos edificios inamovibles y donde todo acaba siendo tan efectivo como grotesco y las buenas intenciones siempre dan grima. Chapeau, Quentin! Pasen y disfruten. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La profunda soledad del samurái sólo es comparable a la de un tigre en la selva”.
De “El libro del samurái”, de Bushidó
El universo cinematográfico de Pablo Hernando (Vitoria-Gasteiz, 1986), se compone de dos elementos muy característicos. Por un lado, tenemos una cotidianidad aplastante, llena de rutina y vacío, y por el otro, el género, un policíaco que estructura y sobre todo, da algo de vida a los insatisfechos personajes. En Berserker (2015), como en Esa sensación (2016), película episódica que compartía la dirección junto a Juan Cavestany y Julián Génisson, seguían esas premisas. A partir de Salió con prisa hacía la montaña (2017), y El ruido solar (2020), sendos cortometrajes donde añadió la ciencia-ficción, la misma línea que continúa con Una ballena, un interesantísimo cruce de noir con gánsteres, donde el género sirve para contar las zonas oscuras e invisibles de la sociedad, la ciencia-ficción setentera que nos advertía de las terribles consecuencias que tendría la tecnología en manos equivocadas y una cuidadísima atmósfera que recoge todo el gris plomizo y la llovizna tan característica del País Vasco.
El relato es sumamente sencillo y claro, tenemos a Ingrid, una asesina a sueldo que trabaja a lo Yojimbo (1961), de Kurosawa, es decir, al mejor postor, y recibe el encargo de eliminar a un jefe veterano del contrabando del puerto, pero el contraplano es que el contrincante le encarga que también maté al otro. En esa vicisitud se encuentra una mujer solitaria y silenciosa que está sufriendo una serie de mutaciones en su cuerpo. El director vasco menciona Le samurái (1967), de Jean-Pierre Melville como fuente de inspiración y no la oculta, todo lo contrario, la muestra y la lleva a su entorno, a sus espacios y a su realidad. Jeff Costello que hacía un gigantesco Alain Delon se convierte aquí en Ingrid, una extranjera en un lugar extranjero, o lo que es lo mismo, una foránea en mitad de un mundo en descomposición, o simplemente, cambiante, donde lo nuevo lucha encarnizadamente con lo viejo, como ocurría en muchos de los grandes westerns que todos recordamos. Hernando dosifica muy bien la información y las relaciones que se van tejiendo en la trama, donde todos los personajes hablan tanto como callan, como si fuese una partida de cartas en que los jugadores ocultan sus estrategias y sus disparos.
La citada atmósfera es una de las claves de Una ballena, en la que la excelente cinematografía Sara Gallego, de la que hemos estupendos trabajos en El año del descubrimiento, Matar cangrejos, Las chicas están bien y la reciente Sumario 3/94, entre otras. Cada encuadre y luz está medido y tiene esa sensación de inquietud y terror que desprende cada instante de una película reposada y fría. La música de la debutante Izaskun González adquiere una importancia crucial porque no era nada fácil componer una música que no resultase un mero acompañamiento a unas imágenes que sobrecogen, pero el buen hacer de la compositora consigue crear el ambiente idóneo para que lo que vemos adquiere una profundidad muy interesante. El sobrio y conciso montaje del propio director va in crescendo ya que el relato no tiene prisa para contarnos todo lo que sucede y va desmenuzando con naturalidad y reposo todos los tejemanejes que se van generando y una mirada íntima y profunda a las complejas y oscuras relaciones que mantienen unos personajes que están obligados a relacionarse pero siempre con grandes cautelas y siempre en un estado de alerta donde hasta las sombras pueden asaltarte, en sus intensos 108 minutos de metraje.
Una película de estas hechuras necesitaba un reparto acorde a tantos silencios y miradas y gestos y Hernando lo consigue desde la honestidad de plantar la cámara y contarnos lo que sucede. Ustedes ya me entienden. Unos pocos personajes de los que dos son de auténtico lujo como la magnífica Ingrid García-Jonsson, cómplice del director en anteriores trabajos, en la piel y nunca mejor dicho, de Ingrid, la asesina a sueldo, tan diferente, tan hermética y de grandes silencios, en uno de sus mejores roles hasta la fecha, en el que transmite todo ese mundo interior y oculto con apenas detalles y gestos. Le acompaña un inconmensurable Ramón Barea, que tiene de sobrenombre “Melville” hay todo queda dicho en referencia al director francés citado más arriba. Qué decir del genio del veterano actor vasco que debutó en La fuga de segovia (1981), de Uribe y acarrea más de 140 títulos, ahí es nada. Con esa mirada de cowboy cansado, una voz inconfundible y la forma que tiene de caminar, de mirar y sobre todo, de callar. Otros componentes son Asier Tartás y Kepa y Kepa Errasti, intérpretes vascos que dan profundidad en sendos personajes vitales para la historia.
No deberían dejar escapar una película como Una ballena, de Pablo Hernando, y les diré porque, si todavía no se sienten seducidos. Porque es una obra que cogiendo el género, el noir francés de los sesenta, sabe llevarlo a un espacio cotidiano y a la vez oscuro como los contrabandistas de los puertos y las oscuras relaciones que allí acontecen, e introduce la ciencia-ficción, como por ejemplo hacían Jonathan Glazer con Under the Skin (2013), yAmat Escalante con La región salvaje (2016), ambas extraordinarias, pero de forma como se hacía en los setenta, donde era un espejo-reflejo de la sociedad, donde el género era un vehículo idóneo para contar el terror de lo que no veíamos y las consecuencias que nos esperaban ante tanto desalmado con poder. Podemos verla como una rara avis dentro del panorama actual del cine que se hace en España, pero no quiero atribuirle esa rareza, porque sería situar la película en un lugar extraño y no quiero que sea así, ya que estamos ante una magnífica cinta que cuenta una historia diferente, eso sí, pero muy profunda y tremendamente sensible, ya que los personajes de Ingrid y Melville, con sus razones y deseos, ambos pertenecen a otros mundos, a otros universos que, seguramente, no están en este, y si están, no somos capaces de verlos y mucho menos de saber como son. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Presentación del 15 D’A Film Festival Barcelona, con la presencia de Carlos R. Ríos, director del certamen, acompañado de su equipo y representantes de instituciones colaboradoras, en el Auditori CCCB en Barcelona, el miércoles 5 de marzo de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: al equipo de comunicación del festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Un día voy a escribir todo lo que siento. Y vas a leerlo y a preguntarte si se trata de ti. Y probablemente si. Y posiblemente ya no”.
Mario Benedetti
La coherencia y la búsqueda son dos elementos que encontramos en el cine de Jaime Rosales (Barcelona, 1970). Un cine que desafía y cuestiona su propio cine, revelándose en cada película como un nuevo comienzo, un nuevo camino y sobre todo, encontrar una nueva forma de mirar cada historia. Una filmografía compuesta por ocho títulos, con una primera mitad donde la ejecución se regía en espacios de experimentación y de incesante búsqueda de miradas trabajando con texturas y formatos y cuadros diferentes en cada una de las películas. Su deslumbrante debut con Las horas del día (2003), le siguieron la incómoda La soledad (2007), que lo aupó a un reconocimiento fuera de los circuitos independientes. Con Tiro en la cabeza (2008), levanta prejuicios y sensibilidades acercándose al terreno de ETA. Con Sueño y silencio (2012), cierra una etapa donde lo exterior en forma de accidente sobrecoge a sus personajes. Con Hermosa juventud (2014) abre una segunda etapa donde la intención es llegar a un público más amplio, sin renunciar a las cuestiones que provoca cada nuevo trabajo, adentrándose en una mirada sobre una juventud perdida, precaria y vacía. En Petra (2018), y Girasoles silvestre (2022), los jóvenes eran objeto de estudio desde perspectivas profundas e interesantes.
Con Morlaix sigue indagando en la juventud y nos lleva a un pequeño pueblo costero y norteño de la Bretaña francesa. Allí, en un lugar donde nunca pasa nada, encontramos a Gwen, una joven en su último año de instituto y acaba de perder a su madre, y mantiene una relación sentimental poco satisfactoria, y donde llegará el parisino Jean-Luc, un tipo carismático, diferente y extraño. Rosales usa este encuentro para hablarnos del amor y los vacíos existenciales cuando eres joven, cuando todavía hay tanto por vivir y por hacer, o quizás no. A partir de un sobresaliente guion firmado a cuatro manos por Fany Burdino y Samuel Doux, que tienen en sus carreras nombres tan reconocidos como los de Joachim Lafosse, Cédric Khan, Laurent Cantet y Louis. Julien Petit, entre otros, la directora Delphine Gleize autora de filmes como los de Carnages y La permission de minuit, entre otras, y el propio director, donde logran una película sensible, transparente, muy dialogada y llena de matices y grises, donde los jóvenes hablan sobre la vida, el amor, el vacío y demás cuestiones esenciales y vitales donde vna exponiendo diferentes posiciones y conflictos.
A través de un cuadro en 35mm para el blanco y negro y el 16mm para el color, por el que deambula tanto en los dos formatos y texturas, de forma bellísima y nada artificial, en un gran trabajo de Javier Ruiz Gómez, del que conocemos sus trabajos para Max Lemcke, en El cuadro, de Andrés Sanz y para el francés Jean-Christophe Meurisse, etc… y debutante con Rosales, en un extraordinario ejercicio de plasticidad y cercanía que convierte al espectador en un personaje más, convirtiéndose en testigo privilegiado. La excelente música de Leonor Rosales March ayuda a acompañar esos vacíos, miradas y gestos que informan igual que las palabras las vicisitudes y extrañezas que acompañan a los protagonistas. El magnífico montaje de Mariona Solé Altamira, que tiene trabajos con Gerard Oms, Unicornios, de Àlex Lora, y los documentales El techo amarillo, de Coixet y Pepi Fandango, de Lucija Stojevic, entre otros, consigue una composición que nos acerca de forma reposada a la historia y sus personajes en sus intensos 124 minutos de metraje que para nada resulta pesado y reiterativo, sino lleno de reovecos y laberintos, en los que el artefacto del cine pasa a ser un reflejo de sus vidas y viceversa, porque sus historias se convierten en ficción y realidad a la vez, en otro profundo y sincero juego de metacine que nos deslumbra.
Los repartos de las películas del director barcelonés nunca resultan baladí y son muy estudiados ejerciendo una personalidad sólida a sus historias, y en Morlaix sigue la misma senda que tan buenos resultados interpretativos le ha dado. La magnífica debutante Aminthe Audiard encarna a la mencionada Gwen, que no está muy lejos de las heroínas de Rohmer, con un estado de ánimo nada claro e insatisfactorio que no cesa de preguntarse por la vida, el amor y la muerte, en un incesante juego de miradas, gestos y silencios que sobrecogen. El otro lado del espejo lo compone Jean-Luc, el forastero, que hace un increíble Samuel Kircher, al que vimos en El último verano, de Catherine Breillat, donde captura toda esa indecisión vital y esa forma de amar tan pasional que no tiene término medio. Los adultos los hacen Mélanie Thierry, con casi 40 títulos entre los que destacan películas con Tavernier, Techiné, Guilliam, León de Aranoa, Arcand, Spike Lee y muchos más, en un personaje muy importante del que no desvelaremos nada más. Àlex Brendemühl, el único actor que está presente en muchas de las películas de Rosales tiene otro rol, igual de interesante.
Las referencias de la película que inteligentemente no esconde sino que las realza por el bien de la historia que quiere transmitir. Empezamos por las muchas cercanías que comparte con La reconquista (2016), de Jonás Trueba, tanto en su forma de mirar la adolescencia, sus vacíos e inquietudes, y el amor que tienen y cómo lo experimentan, y después en la adultez, en el cuestionamiento de las decisiones tomadas y todas esas proyecciones al futuro que sólo quedaron en meros pensamientos y posibilidades teóricas. Los “cuentos” del citado Rohmer están presentes en la trama, y no sólo por el idioma francés, sino y sobre todo, por cómo los personajes hablan de la vida y el amor, cuestionando sus decisiones y tomando conciencia de la importancia de cada decisión no sólo ahora en la juventud sino en su significado futuro. La sombra de Bresson también está presente en la trascendencia de lo que sucede y cómo se cuenta, usando la tranquilidad y la reflexión, en una película muy hablada, pero para nada aburrida, sino todo lo contrario, donde cada palabra contradice la anterior y así sucesivamente, en un certero caleidoscópico de opiniones, reflexiones y demás. Nos hemos vuelto a emocionar con el cine de Rosales y sus Gwen y Jean-Luc, tan bellos, tan perdidos, tan enamorados y sobre todo, tan ellos y tan solos, recordándonos la fragilidad y la vulnerabilidad de nuestras existencias y sentimientos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Los primeros instantes de Tierra baja, de Miguel Santesmases (Madrid, 1961), están concebidos para situarnos en el contexto de su protagonista, Carmen, una mujer que ha huido de Madrid, agobiada por un trabajo, el de guionista, que no la llenaba, o quizás, huyó por otras razón. Todavía no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que ella se ha recluido en el mas de su familia, ubicado en uno de sus pueblos de la provincia de Teruel, en el Bajo Aragón. Un lugar apartado de todos y todo, exceptuando algún encuentro fortuito con sus allegados: Damián, el hombre que le ayuda al mantenimiento, María Rosa, una prima, que le insta a volver a escribir. Entre quehaceres cotidianos y ratos de mirar y otros, en una búsqueda profesional, porque los olivos, antaño muy productivos, ahora no hay negocio. Así encontramos al comienzo del relato a Carmen, que no sabe por dónde tirar, más en un tiempo de espera a su pesar. Un día recibe una postal de un tal Eduardo, un hombre que en el pasado significó algo para ella. Un algo que todavía no sabemos. En poco tiempo, la película se presenta llena de incógnitas, secretos que se irán desvelando o no.
Del cineasta madrileño que tuvo su momento en la industria con La fuente amarilla (1999), Amor, curiosidad, prozak y dudas (2001), y Días azules (20016), escritas junto a Antón y Martín Casariego, y Lucía Etxebarría, que se movían entre el thriller y el drama sobre jóvenes. En 2016 hace Madrid, Avobe The Moon, cine de guerrilla que construye una comedia romántica nada convencional. Ahora nos llega Tierra baja, que coescribe junto a Ángeles González-Sinde, amén de dirigir tres largos, ha escrito para cineastas tan importantes como Ricardo Franco, Manuel Gutiérrez Aragón y Gerardo Herrero, entre otros. Mantiene el mismo espíritu que la anterior, donde un buen guion y estupendos intérpretes hacen el resto. Aquí se añade el impresionante paisaje que escenifica la realidad interior de la protagonista y las consecuencias de lo que se llama como la España vaciada, donde las formas de trabajo mutan y los jóvenes huyen a las grandes urbes. La historia se mueve por varias travesías. Por un lado, tenemos a la mujer que vuelve a su pueblo con la idea de instalarse, están las nuevas formas de subsistencia ante los cambios en la agricultura, bien condimentado con el drama personal, lo romántico como leit motiv, pero muy alejado de los estándares convencionales, y por último, la ficción como espacio para imaginar la realidad o simplemente, como un lugar para refugiarse para abordar las dificultades de lo que se llama realidad.
Tiene la película de Santesmases esa atmósfera ligera y transparente de las películas de Alexander Payne, pero muy profundas en sus planteamientos emocionales, donde convergen unos personajes con ideas que chocan con los demás, pero firmes en sus decisiones quijotescas. Una película cuidada en el aspecto técnico con una cinematografía que firma Alberto Pareja, del que hemos visto la semana pasada Miocardio, de José Manuel Carrasco, y ya estaba en la citada Madrid, Avobe The Moon, en el que prima la luz natural y captar la grandiosidad del paisaje pero sin embellecerlo. La música de Alejandro Román, habitual del cineasta balear Toni Bestard, y películas como Estándar y La pasajera, consigue con un pocos temas sumergirnos en una historia muy sutil y con pocos personajes, que atrapa con muy poco. El montaje que firman Germán Roda, autor de una extensa filmografía de documentales como Marcelino, el mejor payaso del mundo y Vila y sus dobles, y el propio director, maneja con soltura y ritmo los 96 minutos de un metraje que se ve con interés y no recurre a los lugares comunes, sino que al igual que la película sobre Madrid que hemos mencionado, busca en el paisaje y su forma de encuadrarlo una mirada más personal e íntima.
Una película como esta tan llena de matices, detalles y mucha alma necesitaba una actriz tan extraordinaria como Aitana Sánchez-Gijón, que se guarda mucho sus sentimientos y cómo los expresa cuando es totalmente imprescindible. Una intérprete con sus miradas y sutilezas alimenta de misterio y belleza un personaje como Carmen, tan cercana como esquiva, tan seria como vulnerable, que parece una versión femenina de Crusoe en su pequeña isla, unos días a la deriva y otros, no se sabe dónde y por qué. A su lado, otro tótem como Pere Arquillué, una bestia en el teatro que no se prodiga tanto en el cine como me gustaría. Su personaje Eduardo Llanos es un productor de cine algo cansado y desencantado de su oficio, o quizás, por eso, llega al reino desterrado de Carmen en busca de engancharse a la vida, o al menos, reencontrar algo que recordó que había perdido. La presencia de Itziar Miranda, un personaje clave en la trama y ahí lo dejamos. Los autóctonos como Javier Gúzman que hace de Damián, el chico para todo, Lydia Vera es María Rosa la prima que está y Sonia Bel Faci como Cristina, la otra amiga que lleva el bar, y otras almas del pueblo, dan la profundidad necesaria para no quedarse sólo en la anécdota.
Me ha convencido la propuesta de Tierra baja, de Miguel Santesmases, por su sencillez y honestidad, por contarnos una película que habla sobre el cine o sobre los que hacen el cine, sobre los oscuros y difíciles mecanismos de la creación y la tortura y complejidad de un oficio tan enriquecedor como masoquista, que mencionaba Truman Capote, como el de la escritura, y en este caso, el de guionista. Su absorbente naturalidad y calidez que desprende la hace tan cercana que los espectadores nos vemos moviéndonos como un personaje más, donde se juega mucho en los límites de lo que entendemos como realidad y ficción. Una película que invita a aventurarnos en los espacios de la creación y la fabulación, tan necesarios en un planeta cada vez más superficial e inmediato, que olvida muy a menudo la calma y la serenidad para adentrarse en esos otros aspectos de nuestro interior, escarbando en nuestras emociones, en nuestros miedos, en los que nos hace fuertes y vulnerables, en lo que somos realmente cuando se acaba el ruido. Tierra baja es una película sobre el hecho de escucharse, rodeado de silencio, de paz y tranquilidad, espacios tan importantes para la existencia, huyendo del ruido ensordecedor de las grandes ciudades, lugares destinados para la prisa y el estrés. Quédense un rato en las imágenes que propone Santesmases y comprobarán que necesitan otra vida y porque no, algo de ficción nunca está de más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA