La luz, de Fernando Franco

YO CONFIESO.  

“No confieses tu pecado al que no tiene conciencia del pecado”

Ramón Llull

En El club (2015), de Pablo Larraín, una película que se centra en los abusos a menores dentro de la iglesia, desde la mirada del abusador, en el que cuatro sacerdotes eran recluidos en una casa por sus oscuros pasados y obligados a hacer penitencia para hacer examen de conciencia por sus hechos. Como si fuese un cuento de terror, la aparente reclusión se ve alterada por la llegada de un quinto sacerdote que destapa la caja de los truenos y les obligará a enfrentarse a su pasado. La quinta película como director del magnífico montador Fernando Franco (Sevilla, 1976), también se construye a través del abusador, el de Manuel, un cura de un pequeño pueblo del norte muy querido por su comunidad que, después de solicitar su salida de la iglesia, salen a la luz unos años donde abusó de tres niños. Al igual que sucede en El club, el cineasta sevillano plantea una película a partir del rostro y la mirada del cura que, atrapado en su siniestro pasado, decide confesar sus pecados y desafiar a la institución que lo protege. 

Las historias de Franco se desarrollan en pocos espacios, pocos personajes, entornos cerrados y fríos, y un dilema que atrapa y cuestiona la vida y las actitudes de sus individuos. Todo enmarcado en planos y encuadres cerrados, donde el rostro y la mirada se anteponen, en una especie de diario continuo y revelador en el que los acontecimientos van deformando los aspectos humanos de los diferentes personajes implicados en la trama. Son dramas duros, sin concesiones y muy incómodos que hablan de temas muy fuertes como los problemas mentales, la muerte, la discapacidad, los accidentes y los abusos. Elementos tratados en un marco de thriller psicológico, en impecables y sensibles cuentos de terror donde se impone un ritmo pausado, nada artificioso, y mucho menos los típicos giros argumentales tramposos, aquí no hay nada de eso, sino contexto y tratamiento como los films de Hitchcock y Melville, donde el personaje lo es todo, y las circunstancias un provocador y generador de situaciones que los sitúan al bordo de sus propios abismos y creencias, como le sucede al protagonista de La luz, título muy adecuado para el particular vía crucis por el que transita un sacerdote que al contar lo suyo se enfrenta al poder eclesiástico.

Como sucede en las anteriores películas, el marco y el tono de la historia está sumamente cuidado como evidencia la excelente cinematografía de un grande como Santiago Racaj, en una película con muchas caras, porque se desarrolla con el cielo plomizo típico del norte y esa luz, nunca cegadora, del sur, por el viaje emocional y físico que realiza el mencionado cura. La precisa y envolvente música de Maite Arroitajauregui, en la cuarta película con el director después de Morir (2017), La consagración de la primavera (2022), y Subsuelo (2025), que consigue cimentar ese universo íntimo y secreto por el que se mueve el protagonista, en una primera mitad donde todo parece obedecer a un orden cotidiano sin sobresaltos, y en una segunda parte, en que todo se entorna oscuro y emerge la pelea a modo de combate de boxeo entre el curo confesor y la iglesia que se mantiene en su lado más conciliador, y a la vez, acusador con el susodicho y silenciador con los otros casos. El montaje corre a cargo de Miguel Doblado, con medio centenar de trabajos,  que ha editado las cuatro películas de Franco menos La herida (2013), en un ejercicio difícil pero lleno de matices y oscuridades, siguiendo incansablemente el rostro de un protagonista, acusado por todos y vilipendiado por el resto, en su afán de contar su verdad que es la de muchos casos en las pausadas pero tensas dos horas de metraje. 

En las películas hechas hasta la fecha de Fernando Franco, sus intérpretes siempre están muy bien. Recordada es la composición de Marián Álvarez en la citada La herida, la de Andrés Gertrudix en Morir, así como las de Valèria Sorolla y Telmo Irureta en La consagración de la primavera. La interpretación de Alberto San Juan como Manuel es absolutamente una delicia, llena de miradas desencajadas, gestos torpes y actitudes de puro terror. Uno de los grandes de nuestra cinematografía que puede pasar del maître minucioso Genaro Palazón de la fantástica La cena, a un sacerdote abusador que no se esconde y alza la voz contra sus pecados y los del resto. Le acompañan una retahíla de excelentes cómicos, como se decía antes, encabezados por Pedro Casablanc, Miguel Rellán, Ramón Barea, Luis Calleja, y Maria Galiana como su madre. La luz es una película que nos juzga como sociedad, la de estamentos como la jefatura eclesiástica, tan importante como oculta y cerrada, porque la valentía de Manuel choca frontalmente con una institución que sigue mirando para otro lado y según le conviene, hace y deshace por el bien de Dios, la fe y cómo no, sus propios intereses económicos, sociales y políticos. Como reza el dicho: “Con la iglesia hemos topado”, que se le va hacer, y así nos va. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.