El otro lado de la esperanza, de Aki Kaurismäki

LA DIGNIDAD DE LOS INVISIBLES.

Desde que irrumpiera en el panorama cinematográfico a principios de los ochenta, Aki Kaurismäki (Orimattila, Finlandia, 1957) ha construido una de las filmografías más estimulantes, interesantes y humanistas (que sobrepasa la veintena de títulos entre largos de ficción y documentales) un universo que no sólo nos remiten al estado actual de las cosas, sino que nos recuerda a grandes cineastas humanistas que han hecho del cine una herramienta crítica, válida para la reflexión y sobre todo, un vehículo capaz de remover conciencias, y dar voz, y por lo tanto visibilidad, a todos aquellos que el sistema les niega su lugar en el mundo. Su cine se centra en individuos solitarios, aislados, los invisibles del sistema, almas en pena, que viven con muy poco o casi nada, que se mueven por barrios obreros y viven en pisos fríos y vacíos, o visitan bares apartados, donde se bebe mucha cerveza y se fuma mucho, se ganan la vida con trabajos precarios, que bordean o entran de lleno en la esclavitud, en los que aflora el individualismo y la servidumbre. Relatos sobre perdedores, a los que se les engaña, algunos acaban maltrechos o con sus huesos tras los fríos barrotes de una cárcel. Tipos parcos en palabras, más bien de mirar o hacer, aunque, el cineasta finés siempre encuentra un resquicio de luz, algún espacio, por pequeño que parezca, para ofrecer algo de calor a sus personajes en el gélido Helsinki, una ilusión, si, aunque frágil a la que agarrarse, como ocurría en las películas sobre Charlot.

Un cine en el que la música, casi siempre de rock y en vivo, se erige como un elemento primordial en su narrativa, actuando como eje vertebrador de lo que se cuenta, explicando más allá de lo que callan y sienten sus personajes. Otra característica esencial en su cinematografía son sus cómplices en los viajes, desde Timo Salminen, su cameraman desde los inicios, y sus intérpretes, los Kati Outinen, Sakari Kuosmanen, Matti Pellonpää, André Wilms, entre otros, actores y actrices que dan vida a esos errantes de vida negra que luchan para encontrar ese espacio que el estado les niega y acaba expulsando del «aparente» paraíso. Y finalmente, el humor que estructura todas sus películas, un sentido del humor nórdico, inteligente, y muy negro, transgresor e hirreverente, en algunas ocasiones, que compone una sinfonía pícara y de mala uva a todo lo que va ocurriendo, dejando una risa a medio hacer que a veces da calor, y otras, congela. En El otro lado de la esperanza, continúa una especie de trilogía (ya había perpetrado otra, sobre «lo proletario»,  compuesta por Sombras en el paraíso, del 86, siguió, dos años después, con Ariel, y finalizó con La chica de la fábrica de cerillas, en el 90) que Kaurismäki ha llamado “portuaria”, iniciada en el 2011 con Le Havre, en la que recuperaba al personaje de La vida de bohemia (1992), el idealista Marcel Marx, para conducirnos por una historia sobre un niño africano, que llega como polizón y necesita refugio,  era acogido por el protagonista, un viejo limpiabotas, hecho que le hacía enfrentarse ante la ley (siempre injusta y desigual con las clases más desfavorecidas).

Ahora, la terna es diferente, el sujeto en cuestión, o digamos, el iniciador del relato es Wikström, un vendedor de mediana edad de trajes y corbatas que, cansado y desilusionado por su vida, decide dejar a su mujer (magnífica, la secuencia que abre la película, por su sobriedad y concisa) y cambiar de trabajo, comprando un restaurante “La jarra dorada”, en el que parece que no frecuenta mucho personal. Paralelamente, Kaurismäki nos cuenta la llegada a Helsinki de Khaled, un inmigrante sirio, que después de perder a toda su familia, ha vagado por toda Europa con el objetivo de encontrar a su hermana. Pide asilo político, y todo su proceso burocrático que lo condena primero a un centro y luego a una espera, para dilucidar si es aprobada su petición. Un día, o mejor dicho, una noche oscura, Wikström descubre a Khaled, que ha tenido que fugarse, porque lo quieren deportar a Alepo, porque según las autoridades no entraña peligro, cuando está siendo devastada, junto a su basurero y le da trabajo. Kaurismäki, quizás, ha hecho la película más cercana a la actualidad que nos asalta diariamente, aunque el genio finlandés no nos habla del drama de los refugiados como los medios lo hacen cada día, no, la película huye completamente de la visión partidista y superficial, y se aleja de los discursos moralizantes de las élites y la mayoría de los medios imperantes, aquí no hay nada de eso.

Kaurismäki construye una película humanista, extremadamente sencilla, y muy honesta, podríamos decir que incluso inocente, pero no en la expresión de escurrir el bulto, sino todo lo contrario, en el que se aboga por una solución al problema de un modo humanista, mirando a todos aquellos que vienen y escuchando sus problemas, no haciendo oídos sordos al conflicto. La película cimenta en la humanidad y la fraternidad las armas contra el problema de los refugiados, sacando a relucir esos valores humanos que parece que la sociedad capitalista, individualizada y de consumo, nos ha arrebatado, o nosotros hemos olvidado. Soluciones sencillas contra males complejos, quizás algunos les parecerá naif, pero no hay nada de eso, el cine de Kaurismäki es profundo, enorme, y mira a la realidad desde el alma, exponiendo todas las posiciones, retratando a los que ayudan a Khaled, como los que no, explicándonos todo lo que le va ocurriendo al refugiado, que se mueve entre sombras y dolor, en esta odisea en la Europa actual, un continente que sólo sabe mirarse a su ombligo y esconder sus miserias, que las hay y muchas, bajo la alfombra sucia y podrida. Kaurismäki vuelve a mostrarnos una mise en scene minimalista (marca de la casa) fundamentadas en tomas largas, en las que apenas hay movimientos de cámara, y vuelve a adentrarnos en sus memorables espacios (desnudos, en las que apenas se observan muebles u otros objetos, en los que conviven anacronismos con la mayor naturalidad, en el que descubrimos sofisticados aparatos que registran huellas dactilares que conviven con máquinas de escribir, lugares en los que sobresalen los colores fuertes, como verdes o rojos, herencia del maestro Ozu).

Kaurismäki vuelve a emocionarnos y a concienciarnos con su cine, creando un hermoso canto a la vida, al humanismo y fraternidad de cada uno de nosotos, anteponiendo lo humano y los valores ante la barbarie deshumanizada que se ha convertido Europa, en la que sus líderes se empeñan en hablar de pueblos y hermandad, pero que la realidad es otra, donde se niega asilo y se expulsa a aquellos que sufren guerras y hambre provocadas por el imperialismo occidental. El cineasta finlandés recoge el testigo de los Chaplin, Renoir, Rossellini, Kiarostami o Jarmusch, entre otros, para contarnos una fábula de nuestro tiempo, en la que aboga por los valores humanistas frente al dolor o el sufrimiento del otro, extraer lo bueno de cada uno para ayudar a quién lo necesita, y sobre todo, una fraternidad valiente y amiga, en la que los más desfavorecidos se ayudan entre sí, a pesar de las dificultades que atraviesen, porque, como explica la película, es lo único que tenemos, porque el poder hace tiempo que ha dejado de interesarse por los que ya no existen, por todos los invisibles, todos los que se levantan cada día para trabajar por cuatro perras mal dadas y existir en una sociedad cada vez más hipócrita, desigual e injusta, por todos aquellos que Kaurismäki ha convertido en los protagonistas de su cine, en la que el genio finés les da voz, palabra, rock and roll y algo de aliento.

I Am Not Your Negro, de Raoul Peck

EL ACTIVISTA INDOMABLE.

“La ignorancia, aliada con el poder, es el enemigo más feroz que la justicia puede tener”

James Baldwin

La mirada incisiva y compleja de Chris Marker (1921-2012) uno de los cineastas más grandes, o quizás el más grande, en abordar los problemas políticos, sociales y culturales de la sociedad, a través de fascinantes ensayos fílmicos donde se cuestiona la validez de las imágenes, su función y las consecuencias que provocan, se convierte en la figura guiadora de buena parte del cine de Raoul Peck (Puerto Princípe, Haití, 1953) un realizador de raza negra que ha explorado de forma crítica todos los problemas raciales, tanto de su país como de naciones donde el problema negro persiste, con títulos como Lumumba, la muerte de un profeta (1990), documento sobre la figura del líder independentista y primer ministro del Congo independiente, que tuvo su película de ficción en 1990, en Siempre en abril (2005) investigaba el genocidio de Ruanda, y en Moloch tropical (2009) y en Murder in Pacot (2014) se centraba en los conflictos raciales de Haití, entre otros.

En I Am Not Your Negro, estructura su película a través de tres vías que confluyen en solo una: primero, tenemos la figura de James Baldwin (1924-1987) activista negro, intelectual y homosexual, que se posicionó abiertamente, a través de un discurso crítico, reflexivo e inteligente, en el que explica los orígenes del problema racial de EE.UU., sus consecuencias en la sociedad y caminos para solucionar un problema complejo que afecta al conjunto de todos los ciudadanos del país. Después, las distintas reflexiones escritas por Baldwin en un libro nunca publicado, Remember This House, un ensayo que analiza la segregación racial desde múltiples puntos de vista, a través de tres de los activistas negros más influyentes, amigos de Baldwin, que fueron brutalmente asesinados: Medgar Evers, en junio del 63, Malcolm X, en febrero del 65, y Martin Luther King Jr., en abril del 68. Peck, a través de la voz del actor Samuel L. Jackson que va leyendo las partes y fragmentos que escribió Baldwin, y finalmente, pueden ver la luz. Y para terminar, las imágenes de archivo (en un trabajo concienzudo de found footage) en el que Peck nos muestra imágenes que abarcan más de medio siglo de la historia racial de EE.UU., desde películas de los años 30 hasta las últimas movilizaciones producidas en el país, tanto imágenes documentales (de manifestaciones, enfrentamientos de negros con la policía, humillaciones de blancos contra negros, etc…) como extraídas de televisión (en el que vemos a Baldwin explicando sus reflexiones y debatiendo junto a otros…) y cortes de películas de Hollywood, donde se trata el problema racial, de un modo partidista, en el que el negro siempre tiene las de perder.

Peck construye un brutal y magnífico ensayo fílmico, siguiendo la mirada ya mencionada de Marker, a las que podríamos añadir las de Kluge o Godard, en las que analiza de forma precisa y crítica la naturaleza de las imágenes, y los diferentes contextos en las que fueron creadas y cómo han servido para crear una imaginario en el público, unas imágenes que nunca son inocentes, con la firme intención de posicionar a los espectadores en el lado del hombre blanco como ciudadano de primera en EE.UU., dejando fuera a todos aquellos de diferente raza. Las palabras de Baldwin resuenan profundamente en nuestras conciencias, consiguiendo analizar todos los problemas raciales desde aquellos años 60 hasta nuestros días, unos conflictos que perduran en la sociedad, unas reflexiones que asustan debido a su vigencia absoluta, en la que Baldwin construye un discurso que abarca todas las cuestiones dejando sin replica a todos aquellos que intentan rebatirle. Peck, no sólo cuestiona los problemas raciales que siguen viviendo en la actualidad, sino que reivindica la figura de un hombre de oratoria fascinante, un humanista indomable, un activista que siguió manteniéndose en pie a pesar del país que le tocó vivir, de pertenecer a una raza machacada, ignorada e invisible.

El bar, de Alex de la Iglesia

SÁLVESE QUIÉN PUEDA.

Una mañana cualquiera en un bar céntrico de un barrio cualquiera. La parroquia que transita el lugar es muy variopinta: Amparo, la dueña, sesentona, lenguaraz y de mucho carácter, Satur, el segundo de abordo, obediente y callado, un ex policía desconfiado y en estado de alerta, un tipo extraño con pinta de ejecutivo que agarra su maletín como si fuera su única posesión, un hipster eganchao a internet y encerrado en su mundo, El “Israel”, un vagabundo alcohólico que grita proclamas de la biblia y nunca paga en el bar, La Trini, una alcohólica enganchá a la tragaperras, sola y amargada, y finalmente, la última clienta que irrumpe en el bar, Elena, una pija que tiene una cita y se ha quedado sin batería. Todo transcurre como cada mañana a esa misma hora, con alguna mirada, reproche o gesto de más o de menos, según se mire. De repente, uno de los clientes que sale del bar, es alcanzado por un disparo que lo deja seco, el barrendero que sale auxiliarlo, encuentra el mismo destino.

La película número 13 de Alex de la Iglesia (Bilbao, 1965) arranca de manera brutal y acojonante, mostrándonos una serie de personajes que nada tienen que ver entre sí, y acaban todos encerrados, sin poder salir,  de un bar grasiento con olor a rancio. El director vasco hace un recorrido por cada uno de ellos, sacando a relucir todas sus miserias y exponiéndolas ante los demás, sacando el jugo a cada uno de ellos, moviendo a todos ellos de forma ejemplar por un único decorado, en una ágil y enérgica puesta en escena que nos mantiene atentos a la pantalla, consiguiendo que recordemos al mejor Berlanga, en sus magistrales secuencias llenas de gente a las que les pasaba de todo. Después de este arranque más propio de una película de suspense, al mejor estilo de The Twilight zone, con ese aroma de todos son culpables del mejor Hitchcock, la película se adentra en terreno pantanoso, donde cada uno de los personajes desconfía del otro, y más cuando, a fuera, la policía retira los cadáveres y la plaza ha quedado completamente desierta. Todo el ambiente se vuelve cargado, irrespirable, tenso e irrespirable, De la Iglesia combina la comedia negra con el mejor terror, manteniendo un ritmo imparable, que se irá agudizando a medida que vayan pasando las horas y siga creciendo la tensión entre los distintos parroquianos, todo hace dudar y desconfiar, un objeto, una bolsa, todo.

De la Iglesia es un cineasta de mundos absurdos, hostiles y decadentes, sus personajes se mueven por la codicia y la avaricia, mienten y matan, llegados el caso, con el propósito de conseguir sus objetivos, que suelen ser económicos, y en otros casos, son motivados por el ascenso social, unos seres pobres de espíritu, y otros, pobres diablos, que pretenden conseguir aquello que se les niega o simplemente, se les arrebata injustamente, aunque montaran la de Dios, cueste lo que cueste, y se lleven por delante a quién sea, por llegar a sus objetivos, algunos justos, otros miserables, nada más que eso. Esta es una película coral, como lo eran La comunidad (aquellos vecinos que andaban como locos por atrapar el dinero del muerto que casualmente había cogido una que pasaba por allí), 800 balas (un viejo actor de los westerns fingiendo ser lo que no es y huyendo de un pasado familiar tortuoso) Las brujas de Zugarramurdi (donde dos quinquis llegaban al pueblo de las brujas y se metían en la boca del lobo) o Mi gran noche (en el que una eterna fiesta de fin de año acababa en un cruce de mentiras, venganza y algo de amor), y también como ocurre en los títulos de terror claustrofóbico habrán sorpresas inesperadas, y sus inquilinos se irán reduciendo notablemente, debido a las envidias, la tensión y sobre todo, el miedo, esa cosa amarga y poderosa que sale a relucir de forma devastadora en los momentos de crisis.

A medida que avanza la trama, el interés va sufriendo algún altibajo, y más, cuando se nos descubre el pastel, que les ha ocurrido a los que mataron, sobre todo, por algo que también se encuentra en otras películas del director, la acumulación de golpes de efecto en el último tercio que deslucen el ritmo endiablado impuesto), tiene algunos momentos memorable, cuando la película se mueve por ese mundo oscuro, siniestro y demoledor que tanto le gusta a De la Iglesia, como sucedía en sus mejores títulos como El día de la bestia (un cura algo pirado, un excéntrico presentador de televisión y un heavy tirao luchaban ferozmente contra el anticristo) Muertos de risa (dos humoristas que se odian a muerte desde la España franquista de los 70 hasta finales de los 90 con todo ese país en ebullición aparentemente) Crimen ferpecto (un enterao y don juan arribista que encuentra la horma de su zapato) o Balada triste de trompeta (dos payasos en la década de los 70 que rivalizan encarnizadamente por la fama y por una mujer, quizás la película que mejor define el espíritu que atraviesa las películas de De la Iglesia).

El bar contiene lo mejor de su director, ambientes malsanos y deprimentes, poblado de seres miserables, que se mueven en un mundo superficial, sucio y lleno de maldades, donde todo huele a podrido, y nada ni nadie podrá tener algún tipo de esperanza, en el que la violencia acaba siendo el único camino para sobrevivir de uno mismo y de los demás, en el que el buen plantel de intérpretes entre los que destacan algunos de sus habituales, Mario Casas, Terele Pávez, Secun de la Rosa o Jaime Ordoñez, con las grandísimas aportaciones de los siempre perfectos Joaquín Climent y Carmen Machi, y la buenísima aparición de Blanca Suárez. Todos, en mayor o menor media, destacan en sus roles, unos personajes que lentamente irán descendiendo a sus infiernos personales y adentrándose en las cloacas de un mundo que se cae en pedazos en medio de una crisis (es clara la lectura política que construye el cineasta vasco) en una cinta que juega con el thriller oscuro y de pesadilla, con el aroma del mejor esperpento y comedia negra (elementos característicos que estructuran todo el cine de De la Iglesia) de esa que te hace reír, claro está, pero también daña, por lo que cuenta, y sobre todo, por cómo te lo cuentan.


<p><a href=»https://vimeo.com/196462199″>EL BAR – Tr&aacute;iler</a> from <a href=»https://vimeo.com/dypcomunicacion»>DYP COMUNICACION</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Rara, de Pepa San Martín

EL DESPERTAR DE SARA.

La cámara sigue a una niña, a la que no vemos el rostro, mientras camina entre el patio de su colegio, entra en uno de los edificios y después de bajar unas escaleras, se dirige hacia unas voces que escucha, se encuentra a unos compañeros de clase besándose, una niña la llama, pero ella sale corriendo. El primer plano de la película, que parece extraído de una película de los Dardenne, describe minuciosamente el entorno que nos será mostrado a lo largo del metraje, la sutileza y la elegancia narrativa con la que se nos cuenta una historia aparentemente sencilla y cotidiana, pero que explica con detalle y sensibilidad el despertar de una niña a la edad adulta, y todos los cambios de identidad que comporta, cómo se enfrenta a sus deseos, sus pérdidas, sus conflictos internos y demás comportamientos en un ambiente que comienza a resultar extraño, forzado y lleno de incertidumbre, y todo ello, en un entorno familiar diferente, conviviendo con su madre, que ahora tiene una novia, y su hermana pequeña, situación que su padre, de vida acomodada y monótona, no ve con buenos ojos.

La cineasta Pepa San Martín (Curicó, Chile, 1974) empezó de meritoria en varias películas, para luego despuntar con su cortometraje La ducha (2011) que tan buenas críticas obtuvo en la Berlinale. Ahora, en su primer largo, se adentra en la existencia de Sara, una niña de 13 años, en pleno proceso de cambios en su vida, en un período de tránsito, donde dejará de ser esa niña con coletas para convertirse en una mujer. San Martín no ser regodea en el drama, ni estira innecesariamente el conflicto, su mirada es diferente, libre y auténtica, convierte su fábula en un encuentro que constantemente interpela al espectadora, haciéndole partícipe de los conflictos de su protagonista. La película se posa, y con gran acierto, en la mirada de Sara, esa mirada inquieta, curiosa, y que acabará siendo desubicada provocada por ese entorno de prejuicios, de sociedad cerrada, esa Viña del Mar donde se desarrolla la película, aquí muy alejada de esa imagen turística. San Martín construye una oda sobra la diferencia, desde el más absoluto de los respetos, mirando con naturalidad y ternura hacia lo que incomoda a una mayoría conservadora, que se rige por unos principios obtusos y moralistas, que se rebela contra lo que considera antinatural, como representa la figura del padre, en cambio, la madre, que en ocasiones parece demasiado involucrada en su trabajo, parece llevar con respeto y naturalidad su relación y la convivencia con sus hijas.

Sara, excelentemente interpretada por la debutante Julia Lübbert, se siente desplazada y rara, como explica el título, todo su mundo, el que conocía, desaparece, y ahora, está en continuo cambio en su existencia, pero San Martín, en un alarde de síntesis argumental, nos lo cuenta como en un susurro, como si a Sara le diese vergüenza, como si tratase de ocultarlo, como guardarse secretos que antes compartía con su mejor amiga, revelarse ante su madre y querer celebrar el cumpleaños en casa de su padre o sentirse tonta cuando tiene cerca al chico que le gusta, cambios que forman parte del proceso de vivir, de hacerse mayor, dentro de un entorno que pretende y aparenta ser moderno, pero se resiste a seguir modelos familiares de otro tiempo, que hoy día se han quedado caducos y forman parte de un tiempo de represión, desconfianza y retrogrado. San Martín que ha tenido en la escritura del guión la colaboración del director compatriota Roberto Doveris (que hace poco también nos sorprendía con Las plantas, en la que también exploraba el despertar sexual de una niña pero en un entorno social de aislamiento y soledad). Rara se suma a las nuevas miradas del cine latinoamericano, que triunfa en festivales internacionales, que se preocupan del ocaso de la infancia, a través de sutiles e inteligentes propuestas que escarban de manera profunda y bellísima los avatares de ese proceso tan convulso que nos provoca el despertar a la adolescencia, como Juana a los 12, de Martin Shanly o Paula de Eugenio Canevari, entre otras. Propuestas sencillas, que a través de una admirable contundencia formal y sutileza narrativa, se sumergen en terrenos fangosos saliendo airosos de manera brillante.

Hotel Europa, de Danis Tanovic

cartel-hotel-europa-hdEUROPA, AYER, HOY Y SIEMPRE

Nos encontramos en el Hotel Europa (localizado en el Hotel Holiday Inn de Sarajevo inaugurado para las olimpiadas de 1984) el día 28 de junio de 2014. En el hotel reina un estado de ebullición tremendo, se preparan para los fastos del 100º aniversario del asesinato en la ciudad del archiduque Francisco Fernando, heredero del Imperio Austro-húngaro en manos del nacionalista serbio-bosnio Gavrilo Pincip, que desencadenó la Primera Guerra Mundial. La acción se abre en la azotea, cuando una periodista Vedrana entrevista a expertos en la materia sobre el fatídico suceso y su importancia en la Europa de hoy en día. De ahí, pasaremos a diversos espacios del hotel donde los empleados se debaten entre la huelga y los entresijos oscuros del gerente. De esta manera, tan convulsa y guerrera, se abre el nuevo trabajo de Danis Tanovic (Zenica, Bosnia, 1969) el 7º de su carrera, una andadura que arrancó de manera brutal, cuando en 1992, mientras estudiaba, se vio sorprendido por el estadillo de la guerra de los Balcanes, y se unió a un grupo de filmación que acompañó al ejército bosnio.

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La guerra y sus consecuencias en la cotidianidad del ser humano ha estructurado la filmografía de Tanovic desde su primer largometraje, En Tierra de nadie (2001) en la que planteaba un conflicto entre un soldado bosnio y serbio, y cómo actuaban de forma partidista la ONU y los periodistas, que se llevó los premios internacionales más prestigiosos, incluso participó en la película colectiva sobre el 11 de septiembre, en el 2002, en la que homenajeaba a las víctimas bosnias de Srebenica, hizo un paréntesis en el 2005 con L’enfer, en la que abordaba un drama de abusos en el seno de una familia en un guión escrito por Kieslowski, pero en el 2009, volvía con Tiger, en un conflicto bélico, ahora con dos periodistas y la guerra del Kurdistán, en Cirkus Columbia (2010) y en Baggage, un año después, colocaba el foco en los días del inicio de la guerra, en 1991, con la vuelta de un emigrado y sus éxitos, en la primera, y en la segunda, filmaba la vuelta de alguien después de la guerra. En La mujer del chatarrero (2013), galardonada en Berlín, exploraba la falta de cobertura sanitaria en una familia gitana sin recursos, tema que volvió a profundizar en Tigers (2014), pero esta vez en la India, en la que un hombre alzaba su voz contra un medicamento fraudulento.

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En Hotel Europa, y tomando como referencia la obra de Bernard Henry Lévy, nos habla de una serie de personajes que en cierto modo, se mueven bajo sus intereses personales, unos oportunistas que trabajan para sí mismos. Desde la periodista, Vedrana a la caza del testimonio que ayude a subir su programa, el idealista perdido que representa Gavrilo Princip, descendiente de aquel que asesinó al archiduque en 1914, la responsable de recepción Lamija que, obedece sin plantearse nada más que su éxito personal, se verá envuelta en la huelga cuando su madre, que pertenece a esa generación activista rota por la guerra, es nombrada cabecilla de la huelga, el gerente Omer, hombre de poder sin escrúpulos, que abusa de Lamija, y recurrirá al gánster, dueño del striptease en el sótano del hotel, y sus matones, para impedir la rebelión de unos empleados que llevan meses sin cobrar. Ante este panorama de miseria moral y servidumbre, llega el vip francés, el diplomático que ensaya su discurso de conmemoración que, apenas entiende lo que pasa, ni parece interesarse mucho por su alrededor, una metáfora y ejemplo devastador de la idea que tiene la Europa de Bruselas, la del poder económico, sobre Sarajero, Bosnia, y los Balcanes.

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Tanovic describe la situación política europea, pero no sólo la que vivimos diariamente, sino la de siempre, la de ayer, y si no lo remediamos, la del futuro que vendrá con la ascensión de los fascistas. Su discurso político es contundente y demoledor, no deja títere con cabeza, su cámara sigue, a través de tomas largas y en tiempo real, a sus moribundos e inquietantes personajes por los pasillos del hotel (un estilo con el aroma del Renoir de La regla del juego o el universo de Altman, y sus estupendas disecciones sobre la moral de los individuos) entrando en la recepción, en la cocina, la lavandería, el local de striptease, sumergiéndose en las entrañas de un lugar inquietante y sombrío, que tuvo mejores días, alegoría de esa Europa que aparentemente aboga por la unión y la fraternidad de todos sus pueblos, pero que en el fondo, esconde una realidad siniestra y maquiavélica en la que unos mantienen el poder, y otros obedecen sin rechistar, pagando las terribles consecuencias económicas de los que los pisotean.

Dentro del armario, de Sophia Luvarà

poster_castMENTIR PARA SER ACEPTADO.

“Tu padre entró en el armario cuando tú saliste de él”

El universo cinematográfico del genial Yasujiro Ozu investigó y exploró la difícil convivencia y los conflictos internos que se generan entre padres e hijos, entre la tradición y el respecto al pasado que representan los mayores, en contraposición, con la modernidad y los nuevos valores de los jóvenes. La primera película de Sophia Luvarà (Regio de Calabria, Italia, 1982) camina por los mismos parámetros, colocando el foco en la China actual, ese país en plena expansión económica y tecnológica, que en cambio, sigue arraigada en fuertes tradiciones que siguen manteniéndose del pasado, como ciertos valores familiares en el que casarse y tener hijos se entiende como una forma de respeto hacia los padres. Luvarà se cansó de trabajar en un laboratorio y se marchó a Londres para realizar documentales, sus trabajos cortos los dedicó a la mafia calabresa en The great mafia orange squeeze (2011), y en el mismo año, Road to Fueridis, en la que filmaba a un grupo de mujeres musulmanas y judías en su propósito de hacer una película.

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En Dentro del armario, sigue las vidas de Cherry, una lesbiana casada, pero hostigada por sus padres para que tenga descendencia, por la vía de adopción, que destapa una cruda realidad de la miseria que se oculta (vientres de alquiler, niños robados de hospitales, etc…) y la vida de Andy, homosexual, que acaba de salir del armario, pero su padre le obliga a contraer matrimonio y tener hijos. Luvarà los filma en la intimidad, y desde la cercanía, aquí no hay estridencias ni sensiblería, sino todo lo contrario, la crudeza de las situaciones que viven tanto uno como otro, son tratadas de forma sencilla y honesta, capturando esos instantes de cercanía en sus quehaceres cotidianos, sobre todo, mientras preparan la comida o comen, una tradición en la vida asiática: las citas para preparar el posible matrimonio, las visitas a los padres y todo lo que les separa, y esos momentos en la soledad del piso, en el que explican sus sentimientos y miedos. La cineasta calabresa ha construido una película en primera persona, que nos susurra en la oreja, sobre el colectivo gay y las consecuencias que la condición sexual tiene en China, que no la prohíbe, pero en cierto modo la estigmatiza y la desplaza del orden familiar, porque choca fuertemente contra la tradición de unos padres que no acaban de aceptar la condición natural de sus hijos, unos hijos que, debido al respeto que guardan a sus progenitores, tratan de contentarles, aunque eso signifique un sinfín de problemas, tanto emocionales como físicos.

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Cherry y Andy, sólo son las caras visibles de otros millones, dos existencias que explican sin tapujos ni vericuetos sus vidas, y lo hacen de manera abierta, sin pretender ser lo que no son, ni aparentar otra cosa, en cierta manera, el cine hace aquí un función ejemplar y maravillosa, la película de Luvarà actúa como espejo acogedor y amigo, porque filma y escucha a unas personas que en su cotidianidad y sobre todo, frente a sus padres, deben aparentar lo que no son, aquello que va en contra de su decisión, y sobre todo, de sus vidas, unas vidas que ellos han decidido que sean de una manera, y no como la desean otros, por muy padres que sean, resulta especialmente conmovedor el instante en que Andy dialoga con una madre de un asociación que apoya a los padres e hijos de la comunidad gay, en los que se ayuda a aceptar a los hijos, independientemente de su condición sexual, para así construir nuevos caminos de comprensión y respeto para que la convivencia entre padres e hijos sea sincera y abierta, para que los mayores acepten a sus hijos y los hijos sean aceptados.

Las plantas, de Roberto Doveris

las-plantas-posterLA INVASIÓN DE LOS CUERPOS.

“Todo se detiene, el tiempo se paraliza. Es hora de dormir, es tiempo de soñar. Porque nadie puede estar despierto hoy. Nadie puede ser testigo de lo que va a ocurrir aquí. Nada puede detener lo que está predestinado. La fiesta nacional el sueño ha comenzado. Todos duermen en Buenos Aires, menos nosotras, las plantas nocturnas. Llegué un poco tarde a la fiesta. Así que esto era la fiesta nacional del sueño? Todos duermen. Aviones de guerra. Que hacen acá? Nosotros estamos en medio de todo es y juntos somos únicos, somos únicos…”

Florencia tiene 17 años, acude al instituto y es un amante del anime y del baile que ensaya con un par de amigos. Además, visita a su madre hospitalizada y cuida de su hermano vegetativo. La existencia de la adolescente es cotidiana, aburrida y solitaria, las visitas de sus amigos apenas llenan el vacío de una vida no completa, en la que sus familiares ausentes, por un lado, y una casa con jardín, vacía y casi sin vida, por el otro, no acaban de completar la falta que tiene la vida de Florencia.

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El cineasta Roberto Doveris, natural de Chile, aborda en su primer largometraje, un tiempo de transición, un tiempo de cambios, de descubrimiento, en el que Florencia pasará de ser una niña a coger las riendas de su vida y sobre todo, su cuerpo y sexualidad, afrontando los retos de cuidar de un hermano inerte, y de experimentar con sus deseos más íntimos, como vía de escape de esa existencia en el que las horas parecen pesar y los días se mantienen quietos, parados, como si el tiempo hubiera pasado de largo de su vida. Doveris plantea un relato íntimo y cercano, en el que las acciones repetitivas de sus trayectos al instituto, las horas compartidas con sus amigos, o las salidas con éstos, forman parte de algo que no acaba de hacer sentir a Florencia lo que debería. Doveris filma todos estos momentos desde la distancia, con planos y encuadres no frontales, siempre desde una perspectiva en la que los objetos o la poca luz invaden el espacio, como si fuésemos testigos ausentes de esa vida que ya no avanza, que se ha quedado detenida. Florencia descubrirá en internet, y a través de chat calientes, una forma de ser ella misma, de penetrar en un mundo oculto, donde dejarse llevar por sus deseos íntimos, en el que los jóvenes se masturbaran ante ella, a través de un cristal, sin atreverse a abrir la puerta y tocarse, ir más allá, dejarse llevar por un mundo que le atrae, pero también, le produce inquietud.

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El cineasta chileno nos cuenta su cinta de manera pausada, sin sobresaltos ni estridencias, siguiendo a su criatura, el drama, que lo hay, es sutil y preciso, planteando una película que coquetea con lo social, el género fantástico, a través del universo paralelo que se plantea a través del cómic, una aventura en la que las plantas poseen el cuerpo de los humanos, algo así como ocurría en el clásico de serie B, La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956), en que la ficción es capaz de producir lo que la realidad no admite, en el que el estatismo de su vida, de su casa y su hermano, adquieren vida y movimiento. Doveris ha construido una película iniciática, con el aroma de Verano del 42  o No amarás, pero con la salvedad que aquí el objeto de deseo no  es una mujer, sino un hombre, aquí es la niña-mujer (magnífica la interpetación de la joven Violeta Castillo, que a través de su mirada, su rostro y su cuerpo se convierten en el motor del relato) que experimenta su sexualidad, a través de esos encuentros en los que muestra su cuerpo y sus partes sexuales, experimentando un mundo a través del juego de la seducción y la pasión, en el que descubrirá un mundo nuevo, un mundo en el que las cosas pueden ser de otra manera, en el que la realidad no cuesta tanto, en el que su entorno parece con otro color, más vivo, más suave, en la que los sentidos adquieren su protagonismo, apartándose de esa realidad gris y oscura, y demasiado triste.


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Regreso a casa, de Zhang Yimou

489857LAS HERIDAS DE LA TIRANÍA.

La cinematografía de Zhang Yimou (1951, Xi’an, China) se dio a conocer internacionalmente en 1988, en el Festival de Berlín, con la película Sorgo rojo, que obtuvo el Oso de Oro. Protagonizada por Gong Li, nos relataba la durísima experiencia de una joven obligada a casarse con un terrateniente en la China rural de los años treinta. La fructífera relación entre ambos dio 5 títulos más: Ju dou (1990), La linterna roja (1991), Qui Ju, una mujer china (1992), ¡Vivir! (1994) y La joya de Shangai (1995), obras de extraordinaria belleza poética, que se caracterizan por desarrollar historias dramáticas, protagonizada por una mujer fuerte y valiente, que se ve inmersa en situaciones hostiles y muy adversas, teniendo todas ellas un marcado carácter político que crítica con dureza al estado opresor. En 1997, el cine de Yimou, rota su colaboración con Gong Li, empieza otra etapa, marcada por Keep Cool, que se centraba en los cambios sociales y económicos de la China contemporánea, le seguirán tres obras (Ni uno menos, El camino a casa y Happy times) protagonizadas por jóvenes adolescentes en las que vuelve a tocar temas ya expuestos en obras anteriores: las complejas relaciones entre los individuos y las dificultades tanto en entornos rurales como urbanos. En el 2002 con Hero, empieza su etapa menos interesante a nivel cinematográfico que, abarcará hasta el 2009, no obstante, todas ellas siguen disfrutando de la extraordinaria capacidad visual de Yimou y su sabiduría en plasmar relatos románticos con fuerza y energía, aunque sus guiones son menos punzantes y más condescendientes, con películas del género “Wu Xia”, de espadachines y caballeros errantes, muy populares en países asiáticos.

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En 2010 con Amor bajo el espino blanco, el cine de Yimou entra en otro campo, en un intento de recuperar el honor perdido, el cine que le hizo ganarse un espacio en el panorama de la cinematografía internacional, que se materializará con la obra Regreso a casa, décimo octavo título en la carrera de Yimou, que además de recuperar a su actriz fetiche, Gong Li (no obstante ya habían trabajado juntos en La maldición de la flor dorada de 2006, pero en un rol y contextos diferentes) en el personaje de una mujer fuerte (como los que protagonizará antaño) que tiene que tirar hacia adelante acarreando con la detención de su marido en plena Revolución Cultural (1966-1976) y criar a su hija, una excelente bailarina que opta a protagonizar una obra que ensalza las virtudes del líder Mao Zedong. Basada en la novela de Yan Geling (adaptada por realizadores chinos de prestigio como Joan Chen y Chen Kaige, y por el propio Yimou en Las flores de la guerra) y contando con el guionista Zou Jinzhi (que ya había colaborado con Yimou en La búsqueda, en la que un hombre emprende un largo viaje para estar cerca de su hijo gravemente enfermo del que lleva años sin saber nada) se adentra en los años de la tiranía de Mao Zedong, en el que todo aquel que se posicionaba en contra de su régimen inhumano era encarcelado y torturado. Yimou nos introduce en un ambiente íntimo a través de la sutileza de las miradas y gestos de sus personajes, que tienen que lidiar con un ambiente muy hostil, en un escenario de apariencias y mentiras, en el que hay que esconderse por miedo a ser delatado por algún camarada político, en unos años de purgas, desaparecidos y sangre.

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El cineasta chino logra recuperar la magia de su cine de antaño, dotando a sus personajes de una complejidad humana, a través de una sencillez conmovedora, además de lograr con enorme talento y sabiduría fundir la cotidianidad de sus criaturas que sobreviven en un contexto histórico terribles, explorando un pasado oscuro de la historia reciente de su país. A pesar de las penurias en las que viven sus personajes, Yimou logra en apenas un par de espacios y alguna que otra localización accidental, componer una obra de gran belleza, consiguiendo envolvernos en esa madeja tanto histórica como cotidiana en la que se mueven el padre, un opositor que debido a su lucha acaba escondiéndose y detenido en campos de trabajo, una mujer, que debido a las largas ausencias y la angustia sufrida acaba perdiendo la cabeza y sufriendo una enfermedad amnésica, y por último, la hija, la joven que olvida sus raíces y delata a su progenitor por miedo a perder la interpretación de su vida, y luego deberá asimilar su pasado familiar y reconciliarse con los suyos.

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Yimou ha vuelto, regresa a su cine, con esa gran dama del cine que es Gong Li, de extraordinaria belleza interpretativa, dotando de sensibilidad a un personaje que ha olvidado, no recuerda, su marido a través de cartas, fotografías y canciones intentará lo imposible,  con este drama de grandísima altura, filmado con sencillez y honestidad, que nos introduce en un tiempo de sombras, terrorífico, en que el estado eliminaba a todo aquel que pensaba diferente. Una obra sobre la voluntad humana, sobre la infinita paciencia, y capacidad inventiva de los seres humanos, y el trabajo emocional diario para reconstruir a alguien a recordar y ser quién era, una película sobre la identidad, la capacidad de los seres humanos por seguir hacia adelante, a pesar de los horrores que hayan sufrido o les haya tocado vivir. Una película excelente, que nos habla sobre la importancia de la memoria tanto histórica de un país como la personal, de cuidar lo que somos, de dónde venimos, y hacía adónde vamos, de reconstruirnos constantemente, y sobre todo, nunca perder la fe en nosotros mismos, independientemente de las situaciones adversas que tengamos que soportar. Yimou se destapa con una historia de extraordinaria humanidad que, encierra entre sus cimientos una de las historias de amor más bonitas y sensibles del cine de los últimos tiempos, a la altura de aquella que padecieron Lara y el Dr. Zhivago en medio del caos, la desesperanza y el terror, en el relato de Yimou, Lu Yanshi y su esposa, Feng Wanyu, deberán volver hacia atrás para seguir en pie y adelante, recuperar lo olvidado para volver a sentirse personas y seguir creyendo en ellos y en el amor que sienten.

Entrevista a Olivier Ducastel

Entrevista a Olivier Ducastel, codirector de «Théo & Hugo, París 05:59». El encuentro tuvo lugar el viernes 1 de julio de 2016, en la terraza del Instituto Francés de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Olivier Ducastel, por su tiempo, generosidad y simpatía, y a Javier Asenjo de Surtsey Films, por su paciencia, amabilidad y cariño.

Théo & Hugo, París 05:59, de Olivier Ducastel y Jacques Martineau

THEO_HUGO_CARTEL_70X1001EL NACIMIENTO DEL AMOR.

La película arranca de forma sorprendente, que no dejará a nadie indiferente, nos introducen en la atmósfera de un club gay, en el que varios hombres desnudos intercambian caricias, besos, felaciones y coitos, de forma desenfrenada y lujuriosa, capturados de forma explícita (que recuerda a Shortbus), durante cerca de 20 minutos. No hay diálogos, sólo escuchamos los sonidos propios del placer y el deseo sexual, que se mezclan con una música electrónica ambiente que los acompaña. Las miradas invaden un escenario pintado de tonos rojos y oscuros. En un instante, la cámara se detiene en la atracción que sienten un par de jóvenes que se dejan llevar por el deseo sexual. La séptima película del tándem formado por los directores franceses Olivier Ducastel (1962, Lyon) y Jacques Martineau (1963, Montpellier) se centra en dos hombres que después de conocerse a través del sexo, salen a la calle y empiezan a conocerse. El ambiente irreal del club dejará paso a un tono realista de las calles del París nocturno. La película está contada a tiempo real (en un claro guiño a Rivette, el cineasta del tiempo real por antonomasia, y a la película de Agnès Varda, Cleo de 5 a 7), se abre a las 4:27 y se cerrará 92 minutos después, a las 5:59.

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Un relato que nos descubre un París poco conocido, la zona oriental, nocturna, un paisaje nocturno, con el que nos cruzamos con luces difusas, algún viandante y la tranquilidad de la ciudad dormida, interrumpida por algún sonido, y nuestros dos almas que comienzan a enamorarse, dos jóvenes inquietos que la cámara los sigue por su deambular por la noche. Se desata un conflicto entre ellos (que no desvelaré) y la historia gira hacia otros derroteros, el drama se convierte en thriller social y personal, algo se interpone entre ellos, algo que los acercará y alejará a partes iguales. Ducastel y Martineau construyen una película sobre los primeros instantes del amor, de una historia que desconocemos su destino, si saldrá adelante o no, los directores se centran en los conflictos emocionales de dos personas que una noche se conocen y descubren algo especial, instante en el que deberán plantearse varias situaciones que están sintiendo, emociones contradictorias que surgen en ese momento, enfrentarse a ellos mismos y sobre todo, a la persona que tienen delante, entablar diálogo con sus sentimientos y saber que desean y que van hacer con ello. Una película sobre el amor, sobre la capacidad de los seres humanos para sentir amor, asumir un riesgo que no sabemos hacía donde nos llevará, dejarnos ir o no, dar rienda suelta q lo que sentimos o pararnos, y dar media vuelta, recogiendo el aroma de obras notables como El hombre herido (1983, Patrice Chéreau) o la más reciente, Weekend (2011, Andrew Haigh), películas de contenido homosexual para todos los públicos.

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Además, la película propone un conflicto personal que llega de forma completamente accidental, que retuerce aún más si cabe la situación que se ha generado, proponiendo una película en la que interpela directamente a los espectadores sobre las decisiones morales y personales que deben de tomar los personajes. El gran trabajo interpretativo de la pareja protagonista Geoffrey Couët y François Nambot (reclutados en un casting) consigue transmitir la veracidad y humanidad necesarias para sumergirnos en su amor naciente y el conflicto que los ata. Ducastel y Martineau nos cogen desde el primer instante de su película, y no nos sueltan en ningún momento, saben involucrarnos de manera sencilla y humana, escarbando en nuestro más profundo interior, a través de una mise en scene pulcra y honesta, construida con tomas largas que acompañan a sus protagonistas, sin abandonarlos a lo largo del metraje, en la que nos movemos por ese paisaje nocturno, lleno de dudas, incertidumbres y demás conflictos humanos. Una película viva, emocionante y contemporánea que se sumerge en la naturaleza de las relaciones humanas, cómo nos enfrentamos a ellas, y también, todo aquello desconocido y oculto que nos descubre y revela de nosotros mismos.


<p><a href=»https://vimeo.com/172598292″>THEO &amp; HUGO, PARIS 5:59 TRAILER V.O.S.E</a> from <a href=»https://vimeo.com/surtseyfilms»>Surtsey Films</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>