La mina (The Night Watchman), de Miguel Ángel Jiménez

ClvM-9iWAAAV8CUEL ESTIGMA DEL PERDEDOR.

Películas como El sabor de la venganza, de Joaquín Romero Marchent, La sabina, de José Luis Borau,  Angustia, de Bigas Luna, Los otros, de Alejandro Amenábar, Bosque de sombras, de Koldo Serra, entre muchas otras, son algunos ejemplos de cine español, rodado en España y en inglés, con equipo técnico y artístico con representación internacional. La mina, en su versión española, y The night watchman, en su versión inglesa, es la última producción con este tipo de características. La película nace de la cabeza del guionista Luis Moya, que ya había trabajado anteriormente con el director Miguel Ángel Jiménez (1979, Madrid) en las interesantes y premiadas Ori, que nos trasladaba a una devastada Georgia después de la guerra y cómo sobrevivían unos seres castigados y dolientes, en Chaika, la podredumbre de Kazajistán servía como telón de fondo para contarnos un durísimo relato de unas mujeres obligadas a prostituirse. Ahora, nos lleva a Kentucky, en un ambiente podrido, desolado y asfixiante de la América profunda (en realidad filmado en los bosques de Artikutza, en Oiartzun, en el País Vasco) y cómo epicentro de la trama una mina abandonada (localizada en Monsacro, en Asturias).

mina

El relato arranca con la llegada de Jack, un joven treintañero que vuelve a casa (una especie de Ulises y su Ítaca soñada) después de cumplir condena en la cárcel por su pasado con las drogas, allí se reencuentra a su todavía esposa Alma, y su hijo sordomudo Raymond de 8 años, los acompaña y acoge su hermano mayor Mike, metido a predicador del pueblo. Jack empieza a trabajar como vigilante nocturno en la mina para evitar los saqueos que se producen, la relación distante y tensa con su mujer y su hermano marcan la vida de Jack, que además debe lidiar contra su pasado, de alcohol y drogas, y una extraña aparición en la mina. Jiménez nos adentra en una película densa y siniestra, con una agobiante e inquietante atmósfera, en un paisaje que ahoga y mata lentamente, un lugar perdido, alejado del mundo, y habitado por seres perdidos, en constante espera, y ajados de ilusiones y vida, en el que las apariencias y lo oculto priman sobre la sinceridad y el cariño. La película mantiene la tensión latente durante todo su metraje, sumergiéndonos suavemente en el terror irrespirable que acecha en el pueblo, y sobre todo, en las paredes y galerías olvidadas de la mina.

0_DSF4816

El director madrileño crea a partir de la figura del desdichado Jack un relato oscuro y macabro en que el pasado terrorífico de su familia, y los consecuentes traumas del joven juegan una parte importante en el trasfondo psicológico de los personajes. Una cinta sincera y honesta que contiene el inmenso trabajo de luz de Gorka Gómez Andreu, otro habitual de Jiménez, y el preciso montaje de Iván Aledo (fetiche del cine de Medem) y una excelente producción de los veteranos José Luis Olaizola y Edmundo Gil, que nos recupera los ambientes opresivos y con lectura política del cine setentero estadounidense como Yo vigilo el camino, de Frankenheimer, Defensa, de Boorman o Perros de paja, de Pekinpah, un cine que se agarraba en lo más profundo del alma, y exploraba con inteligencia las amarguras y soledades de unos seres atrapados en sus miserables pueblos, donde imperaba el fascismo y el terror inhumano hacía el otro, un cine recuperado por cineastas como Sayles, con el que comparte ciertos elementos, Jeff Nichols y sus excelentes Take Shelter y Mud, o la fascinante Winter’s bone, de Debra Granik. El trabajo interpretativo con unos enormes Matt Horan (que toca a la guitarra un par de temas), como el “losser” que huye de sí mismo, Kimberley Tell, la atractiva y atrapada esposa y madre, Jimmy Shaw, el enviado de Dios con múltiples caras, y Denis Rafter encarnando al viejo minero Stan. Un cine de gran factura que mezcla con sabiduría géneros como el drama social, el western, y el terror psicológico, con buenas dosis de suspense. Cine interesante y entretenido contado con tranquilidad y dosificando inteligentemente la información para atraparnos lentamente en su oscura madeja, expectantes ante todos los hechos  que acontecerán.

Entrevista a Olivier Ducastel

Entrevista a Olivier Ducastel, codirector de “Théo & Hugo, París 05:59”. El encuentro tuvo lugar el viernes 1 de julio de 2016, en la terraza del Instituto Francés de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Olivier Ducastel, por su tiempo, generosidad y simpatía, y a Javier Asenjo de Surtsey Films, por su paciencia, amabilidad y cariño.

Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia), de Alejandro González Iñárritu

birdmanEL HOMBRE-PÁJARO AL RESCATE

Después de su aventura barcelonesa con Biutiful (2010), -primera película sin su guionista Guillermo Arriaga, que había escrito sus tres primeras cintas- la cual dejó un sabor agridulce, donde Bardem era un enfermo terminal a punto de ser desahuciado, Alejandro González Iñárritu (México D. F., 1963) vuelve a rodar en inglés y una historia situada en Nueva York, en las tablas de la farándula de Broadway. En este caso, el realizador mexicano, gira hacía otro rumbo en su carrera, y se aleja de los personajes que habían caracterizado hasta ahora su filmografía, esta vez no hay seres desvalidos y excluidos sociales que se mueven en el abismo diariamente, ahora se ha centrado en el mundo de los actores, y en concreto, en uno de ellos, en alguien sumamente peculiar, que si bien su vida pende de un hilo, en algunos momentos, su ser está acostumbrado a lidiar con otro tipo de problemas, que tienen que ver más con la existencia y la espiritualidad. El personaje en cuestión recibe el nombre de Riggan Thomson, -pletórico Michael Keaton, en un rol que tiene muchos apuntes de su vida real- un actor cincuentón venido a menos, que en los años 90 cosechó fama internacional por protagonizar la saga de Birdman, el súper-héroe de turno enfundado en mallas que salvaba el mundo de malhechores y ataques terroristas. Ahora que su carrera, tanto interpretativa como personal, se encuentra en un callejón sin salida, se enfrenta a un reto personal: adaptar, dirigir e interpretar la obra “De qué hablamos cuando hablamos de amor” basada en un relato de Raymond Carver. Para ello se ha rodeado de un grupo de colaboradores, entre ellos su actual pareja y amigos, para levantar el montaje en pleno corazón de la gran manzana. Iñárritu nos coloca en un par de días previos al estreno, en las funciones de los preestrenos. En ese caos vital y mental por el que se mueve este hombre, aparecen una serie de personajes que le ayudan o lo desestabilizan aún más si cabe: su asistente, que intenta que el tinglado no naufrague antes de arribar a puerto, su hija, Sam, -una Emma Stone cándida y perversa- que hace de su asistente, y le reprocha  y le juzga por aquellos años que mientras se enfundaba en la piel de Birdman, ella no tenía su cariño; su novia, actriz en la obra, que le recrimina su falta de atención, su compañero, Mike Shiner, -Edward Norton en plan desfase y muy desatado- un actor de gran talento, pero también falto de profesionalidad y con tendencias psicóticas, y por fin, su alter-ego enmascarado, que actúa recordándole sus miedos, sus complejidades y su falta de personalidad, entre otras cosas. Este mejunje circense y caótico entre bambalinas que se ha parido Iñárritu en su quinto largo, explora los mecanismos oscuros del alma humana, hincando el puñal en los rostros de unos personajes que no encuentran su lugar, que deambulan como monstruos heridos en un paraíso absurdo donde ya nada parece tener forma y que los sueños se materializan en miedos y frustraciones. El cineasta mexicano funde toda esta amalgama de seres atrapados en su propia vorágine encerrados en apenas tres jornadas, filmado en un plano-secuencia, ayudado por puntos oscuros -operación similar a la llevada a cabo por Hitchcock en La soga- donde destaca la cinematografía de Emmanuel Lubezki –habitual de Cuarón y las últimas películas de Malick- pero aparte de la filigrana y virtuosidad técnica, la película se desata en una locura enfermiza sobre los egos, la fragilidad de las relaciones humanas, la percepción de uno mismo, la importancia de aceptarse, y sobre todo, la in-capacidad humana de sentirse bien con uno mismo y con los que les rodean.

 

Jersey Boys, de Clint Eastwood

jersey_boys-cartel-5676Ascenso y caída del sueño americano

Clint Eastwood, el octogenario y brillante cineasta, con más de 50 títulos a sus espaldas, dónde ha desempeñado las funciones de actor, director, guionista, productor y músico, vuelve a la carga. Ahora se plantea revisar la música popular de los años 50, sus años mozos, cuando sólo era un joven atractivo y desconocido, que se ganaba la vida como actor de reparto en la serie Rawhide (1959-1966) -algunas de sus imágenes se cuelan durante un breve instante en la película, cuando uno de los protagonistas está viendo la televisión-. La película arranca en una pequeña localidad de New Jersey, en el año 1951, cuando un pipiolo Francis Stephen Castelluccio, que más tarde se convertirá en Frankie Vallie, y su fiel amigo, Tomy deVito, acompañdos de Nicky, se dedican algunas noches a actuar y otras, a robar para el capo del lugar, Gyp DeCarlo. Jóvenes sin futuro y delincuentes en ciernes, como aquellos que retrató Nicholas Ray en Rebelde sin causa (1955). Todo cambiará para ellos con la aparición del compositor Bob Gaudio,  que gracias a su enorme talento, regalará maravillosas canciones para la angelical voz de Frankie, en ese momento nacerán Frankie Vallie & The Four Seasons. Los éxitos no tardan en llegar, acompañados de fama, dinero y mujeres, y en poco tiempo se convierten en el grupo de moda, pero las distensiones en el grupo, debido a los problemas económicos de DeVito con la mafia, provocan el final de la banda. Eastwood pone el dedo en la llaga mostrando los problemas personales y familiares de Valli, enseñándonos la cara perversa del éxito, y los inevitables sacrificios que conlleva tener dos familias: la artística y la personal. Eastwood, compositor y pianista (que curiosamente grabó un disco a finales de los 50), y autor de algunas bandas sonoras de sus películas, Mystic River (2003) y Million dollar baby (2004), entre otras, vuelve con esta cinta a dar rienda suelta a su otra gran pasión, la música, a la que ya había tratado en El aventurero de medianoche  (1982), en la que un cantante de country alcohólico malvivía durante los años 30 de la Gran depresión, en Bird (1988), dónde daba buena cuenta de la vida de Charlie Parker, el famoso saxofonista de jazz y los años 40, y también, en  Piano Blues (2003), capítulo de la serie documental que produjo Scorsese sobre la música norteamericana. Una buena película, que bebe de los grandes, no obstante, la primera intención de su director era filmar un remake de Ha nacido una estrella (1937), de su admirado William A. Wellmann. Relato contado a través de los cuatro componentes del grupo, cuatro miradas diferentes que van relatando los éxitos y fracasos de unos jóvenes de barrio que se lanzaron a conquistar los corazones de un país sumido en el American way of life, a través de canciones que ya forman parte de la cultura popular como, Big girls don’t cry, Grease, Sherry, Can’t take my eyes off you… El talento del cineasta californiano queda patente en la ambientación, los encuadres, esa luz apagada y la estructura, así como la elección de los intérpretes, todo está rodeado del clasicismo habitual que caracteriza el cine de Eastwood. Quizás no se convertirá en uno de sus grandes títulos, porque aunque sea correcta y está bien contada, le falta alma, más emoción, no termina de entusiasmar cómo debería. Un biopic al uso, – cómo lo era la anterior de Eastwood,  J. Edgar (2011) – dónde los espectadores se encontrarán una adaptación basada en el musical homónimo que ha triunfado en Broadway, un relato lleno de luces y sombras, de claroscuros, de loosers, vapuleados por la vida, muy habituales en el cine del maestro, seres luchadores que la fama acaba venciendo y sobretodo, olvidando en lugares sin corazón, con la única compañía de la barra de un bar a medianoche, y un whisky lleno de nostalgia y amargura.