Dispararon al pianista, de Fernando Trueba y Javier Mariscal

¿QUÉ FUE DE TENÓRIO JR.?

“Es mejor ser alegre que triste. La alegría es la mejor cosa que existe, es así como la luz en el corazón. Pero para hacer una samba con belleza, es necesario un poco de tristeza”.

Vinicius de Moraes 

De las más de treinta películas que ha dirigido y producido Fernando Trueba (Madrid, 1955), podríamos dividirlas en dos bloques, como ya dejaban claro las dos primeras: Ópera prima (1980), excelente comedia romántica al mejor estilo del Hollywood clásico que cimentó un género con voz propia y rodado en Madrid, y Mientras que el cuerpo aguante (1982), documental muy libre sobre la figura del cantautor y filósofo Chicho Sánchez Ferlosio. La comedia romántica, con algún que otro acercamiento al drama y el melodrama, y el musical, a partir de documentos que rastrean el jazz y sus innumerables vertientes como el jazz latino, la bossa nova, y demás. Hay encontramos grandes títulos como Calle 54 (2000), Blanco y negro (2003), El milagro de Candeal (2004), y Old Man Bebo (2008), donde músicos de la talla de Michel Camilo, Bebo Váldes, Diego “El Cigala”, Carlinhos Brown, Caetano Veloso, entre otros, aportan su música, su testimonio y sobre todo, su pasión. 

Con Dispararon al pianista, Trueba vuelve a acompañarse del ilustrador Javier Mariscal (Valencia, 1950), como ya hicieron en Chico y Rita (2010), en la que también dirigió Tono Errando. Si en aquella nos trasladaban a La Habana de finales de los cuarenta y cincuenta para conocer los amores y desamores de un pianista y una cantante, en una animación  deliciosamente bien contada donde había música y melancolía. La animación vuelve a ser la protagonista, pero ahora nos movemos por las calles de Río de Janeiro, y por los mismos años, pero la ficción deja paso a un documental híbrido, es decir, donde hay género musical, drama, y thriller de investigación, y dos tiempos, aquellos años de explosión de la Bossa Nova en Brasil, y la actualidad de 2010, cuando Jeff Harris, un periodista neoyorquino investiga el género y se topa con el nombre de Tenório Jr., y su vida y su misteriosa desaparición en 1976 con sólo 35 años de edad en la Argentina a punto del golpe de estado, se vuelven obsesivos y se va a Brasil y Argentina a conocer qué fue de uno de los mejores instrumentistas brasileiros en su tiempo. 

La trama se mueve en las idas y venidas entre el ahora y los que quedan, tanto su registro como su persona, y ofrecen su testimonio aquellos que conocieron al pianista, sus mujeres, sus amores, sus hijos e hijas, y los músicos que le acompañaron tocando o escuchando como los Vinicius de Moraes, Tom Jobim, João Gilberto, Caetano Veloso, Milton Nascimento, Gilberto Gil, Paulo Moura, João Donato, Mutinho, Aretha Franklin, que además de poner la banda sonora de la película, vamos conociendo la explosión que supuso la Bossa Nova y el misterioso caso de Tenório Jr. A partir del narrador al que le pone voz Jeff Goldblum, viejo conocido de Trueba con el que hizo la inolvidable El sueño del mono loco (1989). Hay referencias a Godard y Truffaut, de éste último se coge como referencia el título de su segunda película Tirad sobre el pianista (1960), para inspirarse en el título Dispararon al pianista. Un montaje dinámico, lleno de ritmo, con sus 103 minutos que se hacen muy fugaces, al son de la música, entre la fiesta, la circunstancia de un momento único que cambió la música y ofreció un nuevo sonido, pero también hay drama y horror, firmado por Arnau Quiles Pascual, que ya hizo la edición de la mencionada Chico y Rita

Un magnífico thriller donde se mezcla la música, y se hace un recorrido por las dictaduras que se impusieron a partir de mediados de los cincuenta hasta los ochenta por toda centro y sudamérica. Trueba y Mariscal se mueven muy bien por los territorios de la animación, el documento y la música, en una trama caleidoscópica que va al pasado y vuelve al presente indistintamente, peor lo hace de forma sencilla y transparente, sin artilugios ni artificios para impresionar al espectador, sino todo lo contrario, ofrecen una historia bien narrada y mejor explicada, a pesar de todo el misterio que rodea la desaparición del pianista. Pero no olvidemos que, a pesar de la pérdida del músico que cuenta la película, la historia no es triste, ni mucho menos, tiene sus momentos, eso sí, porque Dispararon al pianista es, como hemos dicho un poco más arriba, una gran fiesta y un gran homenaje a la música Bossa Nova y a los músicos que la hicieron posible, y aún más, la película es una forma de homenaje a la música que ha quedado y a los músicos que, en su mayoría, las drogas, los accidentes de tráfico y la vida ya no están con nosotros, recogiendo su testimonio y su gran legado, y dejar constancia en una película que habla de ayer pero desde hoy, de una música que brilló desde Brasil a todo el mundo. 

Hemos disfrutado y llorado con Dispararon al pianista de Fernando Trueba y Javier Mariscal, porque habla de todos los que ya no están, de las huellas que nos dejaron y las que seguimos. Una película inteligente, rítmica y didáctica que sigue esa idea del documento de animación como ya hicieron grandes títulos como Pérsepolis (2007), de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, Valse avec Bachir (2009), de Ari Folman, Un día más con vida (2018), de Raúl de la Fuente y Demian Nenow, Chris the Swiss (2018), de Anja Kofmel, entre otros, en que la sociedad y la política se muestran desde situaciones donde se cuestiona la historia y sus huellas, y además, se hace visible las lagunas en las que nos llega la historia y sus personajes y sus hechos hasta nuestros días. Podemos disfrutar con la música de Tenório Jr., y la película recuerda su existencia, y aún así, a pesar de su desaparición, siempre nos quedará, como les ocurría a Rick e Ilsa, París, Chico y Rita, La Habana,y a nosotros, aquel Brasil de los cincuenta, Beco das Garrafas y la Bossa Nova, porque todo eso, por mucho que se empeñen los uniformes y todos los que les siguen, jamás nos lo podrán arrebatar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

No se admiten perros ni italianos, de Alain Ughetto

LUIGI Y CESIRA, MIS ABUELOS. 

“(…) Mis únicos amigos eran la plastilina, el pegamento, las tijeras y el lápiz. Hoy, siento la magia de esas formas en las manos contando una historia, una historia que viene de lejos, muy lejos. Mi padre contaba que en Italia había un pueblo llamado Ughettera. Allí todos tenían el mismo nombre que nosotros. Ughettera, la tierra de Ughetto. Todo empezó aquí, a la sombra del Monte Viso. Mi abuelo y mi abuela vivían en una casa como esta…”

Durante la presentación de su última novela Volver a dónde, el escritor Antonio Muñoz Molina mencionó la frase: “Todo lo que somos lo debemos a otros”. Una frase que casa totalmente con la película No se admiten perros ni italianos, de Alain Ughetto (Francia, 1950), el cineasta especializado en animación, del que conocíamos títulos como los cortometrajes La fleur (1981), L’échelle (1981), La boule (1984), y el largometraje Jasmine (2013), una historia de amor y revolución en la Francia de finales de los setenta. Con su nuevo largometraje, Ughetto echa la vista atrás y establece un ríquisimo y vital recorrido por la historia de sus abuelos, Luigi y Cesira, que abarca unos cuarenta años de vida. 

Hay muchísimos elementos que hacen de la película una verdadera maravilla, empezando por su visualidad, con estos muñequitos animados con la técnica de stop motion, sus leves movimientos, todos los detalles que llenan cada plano y encuadre, y sobre todo, la mezcla finísima entre historia e intimidad, entre dureza y sensibilidad, entre realidad y magia, entre los que encontramos toques de poesía, belleza y crueldad. También, tiene especial singularidad la forma que nos cuenta el cineasta su película, porque establece un maravilloso diálogo ficticio entre su abuela Cesira (que hace la actriz Ariane Ascaride) y él mismo Alain, un diálogo de todas aquellas lagunas, secretos y olvidos que hay en todas las familias. Un diálogo en el que van interviniendo los demás personajes, y en el que además, existe una interacción mutua en el que se pasan objetos unos a otros, y viceversa. No se admiten perros ni italianos, brillante título para está fábula y vital que recorre los primeros cuarenta años de Italia y Francia y sobre todo, la de la inmigración italiana, con sus durísimos trabajos labrando la tierra, picando piedra para abrir nuevos caminos, torpedeando y escarbando la montaña para abrir túneles y extraer carbón, y demás, las nefastas guerras como la del 1911 de la Italia colonizadora en Libia, pasando por las dos guerras mundiales, el aumento de la familia, y los años que van pasando. 

Un relato escrito por Alexis Galmot (que ha trabajado en películas de Cédric Klapisch y Anne Alix, entre otras), Ane Paschetta (que se ha especializado en documentales tan interesantes como A cielo abierto), y el propio director, donde construyen una película cercana y muy íntima, de las que se clavan en el alma, por su asombrosa sencillez y capacidad de concisión y brevedad para albergar toda una amalgama de historias y personajes y situaciones y circunstancias para una duración de apenas 70 minutos en un grandísimo trabajo de montaje de Denis Leborgne, así como el ejemplar empleo de la cinematografía por parte del dúo consumado en animación del país vecino como Fabien Drouet (que estuvo en el equipo de La vida de calabacín) y Sara Sponga (que hizo las mismas funciones en el film Nieve, entre otros). Toda la belleza y tristeza que contienen las imágenes de la película no se verían de la misma forma sin la excelente y sencilla música de un maestro como Nicola Piovani, cada mirada y gesto de la película, en una película en la que abundan, junto a la música del músico italiano adquiere una sonoridad y majestuosidad sublime, dotando a la historia de una capacidad maravillosa para universalizar un relato íntimo de gentes sencillas y del campo, en uno de los mejores trabajos de composición y ritmo de uno de los grandes de la cinematografía italiana con una trayectoria que abarca más de medio siglo con más de 150 títulos, con los más grandes del cine italiano como Antonioni, Fellini, los Taviani, Bertolucci, Monicelli, Bellocchio, Amelio, Moretti, y muchos más. 

No se admiten perros ni italianos está a la altura de grandes obras sobre la familia y la inmigración como Rocco y sus hermanos, de Visconti, América, América, de Kazan, Los inmigrantes, de Troell, los primeros momentos de El padrino II, de Coppola, Lamerica, de Amelio, entre otras, en las que se habla de las personas como nosotros, personas que recorren medio mundo para encontrar ese lugar que les dé tierra para trabajar, comer y crecer. La película de Ughetto también se puede ver como una película de viajes, porque acompañamos la desventura de Luigi y sus dos hermanos por su Ughettera natal, pasando por tierras francesas como Ubaye, Valais, el valle del Ródano, Ariège y Drôme, etc… Idas y venidas por cuarenta años de vida, de ilusiones, de esperanzas, de tristezas, de trabajo duro, de guerras, de pérdidas, de despedidas, de amores y desamores, de hijos, de partidas y regresos, de fascismo, de nazis y cambios, de un tiempo que pasó, que el director francés de origen italiano recupera en forma de fábula sin huir de la dureza de los tiempos, de los cambios inevitables de la vida, de todo lo que deseamos y todo lo que somos al fin y al cabo. 

Sólo nos queda decir, si ya no están convencidos, que no deberían perderse una película como No se admiten perros ni italianos, porque entra de lleno en el olimpo de las mejores películas de animación y del cine en general y en particular, porque les hará soñar con ese cine que ha hecho grande el cine, que sin dejar de fabular puede ser brillante, rigurosamente visual, y también, contarnos una historia profunda y reflexiva, recorriendo la historia, la que pasa delante de nosotros y la nuestra, aquella que empieza cuando se cierra la puerta del hogar, y tanto como una otra nos afecta, nos interpela, en ambas somos protagonistas y testigos. La película de Alain Uguetto no sólo es una obra sobre la memoria y la melancolía de un tiempo, devolviendo a sus abuelos un protagonismo, una vida que él apenas vivió, y el cine con su magia y su camino de regresar fantasmas, que también lo es, hace posible lo imposible, y volvemos a aquella vida y conocemos a Luigi, sus hermanos y su familia, a Cesira, la francesa, y la familia que forman, todos los lugares que recorren y los hogares que forman, con los hijos que van llegando y otros que van marchando, en fin, la vida, eso que pasa mientras nosotros estamos aquí, porque otros antes lo hicieron posible, no lo olvidemos, recordémoslo, antes que sea demasiado tarde. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Oink Oink, de Mascha Halberstad

BABS Y SU CERDITO KNOR. 

“Si te interesa algo, sea lo que sea, ve a por ello a toda velocidad. Recíbelo con los brazos abiertos, abrázalo, ámalo y, sobre todo, apasiónate por ello. Lo tibio no es bueno. Lo caliente tampoco. Ser incandescente y apasionado es la única opción”.

Roald Dahl 

La directora Mascha Haberstad (Holanda, 1973), fogueada en mil y una batallas en el universo de la animación, menciona como fuente de inspiración al grandísimo escritor Roald Dahl (1916-1990), que dedicó tantas obras para el público infantil con títulos inolvidables como Gremlins, Charlie y la fábrica del chocolate, Fantastic Mr. Fox, Las brujas y Matilda, entre otras. El autor galés siempre creó personajes encantadores con sus lados oscuros, elevando a una categoría superior el libro infantil, convirtiéndolo en obras de culto para todos los públicos, al igual que algún que otro de los personajes que nutren Oink Oink, el primer largometraje de Haberstad, que parte del libro De wraak van Knor, de Tosca Menten, adaptado para la gran pantalla por la guionista Fiona van Heemstra, en la que nos cuenta la peripecia de Babs, una niña de 9 años que va en skate y pasa las horas en su cabaña con su fiel amigo, y vive junto a sus padres muy diferentes. La madre es una obsesiva del veganismo, con su huerto y sus ejercicios, y el padre, reservado y poco carácter que pinta muy poco. 

La película se agita y de qué manera, rompiendo toda esa aparente tranquilidad, volviendo todo del revés a partir de dos inesperadas visitas: la del abuelo, que viene de Estados Unidos y demasiado cowboy, que vuelve a casa con la espinita de su exilio forzado cuando, veinte y cinco años atrás, fue descalificado del gran concurso local de “El rey de la salchicha”, por una pelea con su enemigo acérrimo, el carnicero de la ciudad, y la del cerdito Knor, que se convierte en inseparable para Babs, que podrá quedarse con la condición de ser adiestrado. Estamos ante una película de exquisita belleza plástica y un elaboradísimo diseño de producción basado en la técnica de animación “Stop-motion”, que dota a los personajes de una naturalidad y cercanía maravillosas, en un equipo entre los que destacan la producción de Marleen Slot, el supervisor de efectos visuales Florentijn Bos, la cinematografía de Peter Mansfelt, la música de Rutger Reinders, y el exquisito montaje de la propia directora, en un depurado trabajo en una película brevísima de setenta y dos minutos de duración. 

Estamos delante de una película con el mismo espíritu de aquella maravilla que era Babe, el cerdito valiente (1995), de Chris Noonan, en que el protagonista absoluto de la cinta era un pequeño cerdito que venía a trastocar las leyes naturales de la granja y de la vida, porque su mayor sueño era ser pastor de ovejas, un filme que era deudor de la gran novela Rebelión en la granja, de George Orwell. En la misma línea podríamos añadir otros títulos emblemáticos como James y el melocotón gigante, basada en una novela de Dahl, Chiken Run, evasión en la granja, Wallace y Gromit, la maldición de las verduras, La oveja Shaun, La vida de calabacín, entre otras. Película destinadas al público más pequeño, pero que no olvidan a los adultos que lo acompañan, porque mezclan a las mil maravillas las situaciones divertidas e ingeniosas que harán las delicias de los niños y niñas, y tienen esas partes que nos hablan directamente a los adultos, en las que se habla, como ocurre en el caso de Oink Oink, de ecologismo, de mentiras, de apariencias, de egoísmo y demás oscuridades de la condición humana, y todo contado desde la sencillez y la intimidad, y la humanidad de unos personajes que sienten y padecen como nosotros, rodeados de una apabullante técnica de animación, llena de una imaginación desbordante, una capacidad de fabulación infinita y sobre todo, un amor por la belleza y la plasticidad de la creación de los personajes y los mundos que habitan. 

La cineasta Mascha Halberstad, a la que habrá que seguir la pista, ha construido una delicia para los sentidos, una cuento muy Dahl con muchísima imaginación que tiene de todo: crítica social, comedia desternillante y en algunos tramos, muy negra, drama intimista y familiar, y sobre todo, mucha aventura cotidiana, y ese toque de codicia y manipulación que albergan algunos personajes, en su afán de tener aquello o lo otro aunque tengan que pisar a unos y otros, una crónica social que vemos continuamente en la sociedad superficial y sin valores en la que vivimos diariamente. Su implacable y detallismo en cada secuencia, en cada encuadre, y en cada espacio de la pequeña ciudad y la casa en la que se sucede la película, la hace extraordinaria y una aventura en sí misma, porque está llena de detalles y belleza por toda la acción. Una trama extraordinariamente sencilla pero exquisitamente elaborada, en la que todo encaja a la perfección y todo rezuma vida y sencillez, y todo contado en sus escasos setenta y dos minutos, que aún la hace más estupenda, en una cinematografía actual que tiene al alargue innecesariamente, sometiendo al espectador a series cada vez más exentas, y con escaso contenido, donde se impone el cuánto más mejor, pues no, porque Oink Oink, demuestra todo lo contrario, porque es breve y con un contenido abrumador, que hace pensar, entretiene un montón, y además, usa la reflexión como mejor arma, en que niños y adultos lo pasarán muy bien y encima, se irán a casa reflexionando, unos elementos que no abundan en la mayoría de la producción que se realiza, destinada al más puro entretenimiento y a veces, ni eso.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

My Sunny Maad, de Michaela Pavlátová

LAS MUJERES AFGANAS. 

“No estoy aceptando las cosas que no puedo cambiar, estoy cambiando las cosas que no puedo aceptar”.

Angela Davis

La novela “Frista”, de la corresponsal de guerra y activista humanitaria Petra Procházková, en la que explica su experiencia personal de su matrimonio con un afgano desde un modo realista, crudo, muy profundo y sensible, a través de aquellos viviendo en el Kabul post talibán. La cineasta Michaela Pavlátová (Praga, Chequia, 1961), encontró en la novela de Procházkova la materia perfecta para hablar de una mujer checa en mitad de una sociedad completamente diferente en la que su amor se verá sometido a la voluntad de una sociedad machista. Un guion escrito por Ivan Arsenyev y Yaël Giovanna Lévy, donde nos explican de un modo muy cercano y transparente la vida de Herra, una joven solitaria universitaria que conoce a Nazir del que se enamora, y con él se van a vivir a Kabul en Afganistán, ese país aún militarizado y recogiendo los escombros de años de dictadura talibán. En ese contexto tan extraño para ella, vivirá con la familia de su amado: un abuelo liberal que defiende los derechos de la mujer, una cuñada maltratada por un marido celoso y estúpido, y la llegada de Maad, un niño discapacitado y abandonado que Herra y Nazir acogen como su hijo. 

La película muestra con claridad y solidez el conflicto social que impregna la atmósfera de la historia, con el trabajo en la embajada estadounidense y el choque entre una vida conservadora y patriarcal con otra más moderna y equitativa. El exterior de Kabul queda reflejado al detalle y sin estridencias de ningún tipo, en el interior del hogar, donde se desarrolla la trama de la película, en la que con intimidad e intensidad sorprendentes, vamos conociendo los diferentes roles de las mujeres frente a los hombres, la invisibilidad en la que viven y el sometimiento continuo. La cinta huye del manido film de buenos y malos, para adentrarse en una investigación profunda y magnífica desde la posición de la mujer, pero sin caer nunca en discursos y proclamas panfletarias, todo está muy bien medido y ajustado a la personalidad de cada mujer, de cómo cada una reacciona ante la injusticia y demás situaciones adversas que se producen en el interior de ese hogar afgano. Seguimos la experiencia de Herra en su eterno conflicto de una europea avanzada y capacitada en un rol completamente diferente siendo la esposa de un hombre, aunque veremos su evolución y su resistencia a no ser solo eso, a ser más, a ser ella y tener un trabajo y ser madre de un modo diferente muy alejado a lo convencional. 

La película se detiene en la mirada y el gesto de las mujeres, en sus diálogos y confidencias y apoyo emocional. En ese sentido, la película nos habla como a susurros, sin alzar la voz, ni recurrir a recursos tramposos y condescendientes, sino optando por acercarse a una realidad que, a veces puede ser muy compleja y llena de oscuridades. Con un estilo visual impecable y lleno de concisión, la película trabaja a partir de una animación realista, en la que consigue mostrar y ser explícito cuando la situación lo requiere, donde la animación se convierte en el mejor vehículo para contar todo aquello que está ahí, pero que no vemos sino escarbamos con decisión. La parte técnica es magnífica, porque nos acerca y a la vez, nos sitúa en esa posición de testimonio asistiendo a esa mezcla de dureza, incertidumbre y humor, a partir de la entrada de Maad, el niño discapacitado que aporta madurez, inteligencia y muchas risas, por su forma de enfrentarse al conflicto y la injusticia. Tenemos a los músicos y hermanos Evgueni y Sacha Galperine, que han compuestos bandas sonoras originales para nombres tan importantes como los de Asghar Farhadi, Andrey Zvyagintsev, François Ozon, Kantemir Balagov, Marjane Satrapi, Audrey Diwan, entre otras, que componen una música muy especial que detalla esas partes duras de la historia, así como esos otros instantes donde la armonía y la familiaridad se tornan más evidentes y cercanas. 

Creo que sería una buena noche de cine la sesión doble que compondrían My Sunny Maad, por un lado, y Las golondrinas de Kabul (2019), de Zabou Breitman y Eléa Gobbé-Mévellec, otra joya incontestable de la animación, en la que nos sumergían en la situación de Zunaira y Mohsen, dos jóvenes enamorados, en medio de ese Kabul dominado por los talibanes, que resisten a pesar de todo y todos. Déjense de las fábulas simplistas y las mentiras que les han contado desde los medios internacionales que abogan por la transparencia y el rigor informativo, cuando solo son escaparates de la política internacional interesado y especulativa, que cuentan una versión muy alejada de la realidad y sobre todo, de la intimidad de la vida real y cotidiana de las afganas y demás, en un país que lleva décadas azotado por la cruenta e inútil guerra que ha destrozado anímicamente y físicamente un país lleno de riquezas y no me refiero a las materiales, sino a las emocionales, a las que valen de verdad. My Sunny Maad, de Michaela Pavlátová es uno de esos estrenos que merecen y mucho el coste de la entrada de un cine, porque debemos aplaudir el gesto y el esfuerzo de las distribuidoras Pirámide Films y BarloventoFilms por estrenarla en nuestro país y difundirla, entre tanto estreno superfluo e intrascendente que sólo ocupa un espacio valioso que impide que valiosísimas películas como esta y otras, no dispongan de su espacio para llegar al público que quiere conocer esas vidas anónimas que están ahí y a nadie parece importarles, y son las que mejor explican la situación de las mujeres y también, a nivel político y económico de un país como Afganistán. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Unicorn Wars, de Alberto Vázquez

OSITOS AMOROSOS VS. UNICORNIOS.

“El mal está sólo en tu mente y no en lo externo. La mente pura siempre ve solamente lo bueno en cada cosa, pero la mala se encarga de inventar el mal”.

Goethe

Recuerdo la primera vez que vi Bird Boy (2011), de Pedro Rivero y Alberto Vázquez (A Coruña, 1980), me estalló la cabeza, estuve tiempo flipando con sus imágenes en blanco y negro y muy oscuras e inquietantes, sus personajes infantiles pero con conflictos de adultos y contemporáneos, y la impactante idea de un mundo postapocalíptico, donde la miseria moral y la violencia se han instalado. Cuatro años después, dirigido por el mismo tándem, se estreno el largometraje Psiconautas, los niños olvidados, protagonizaba nuevamente por Bird Boy y Dinki, una pareja de amigos que intentaba sobrevivir ante semejante paisaje dantesco. Vi más trabajos de Vázquez, ahora en solitario, como Decorado (2016) y Homeless Home (2020), y Sangre de unicornio (2013) que, al igual que sucedió con Bird Boy, se ha convertido en un largometraje llamado Unicorn Wars.

El director gallego, ilustrador y dibujante de cómics, sigue explorando la condición humana, sus zonas más oscuras y violentas, y vuelve a construir personajes infantiles pero con almas en conflicto. El centro de la trama está contado a partir de dos personajes, dos hermanos, un Caín y Abel, dos ositos amorosos, dos almas muy diferentes. Uno, Azulín, es un ser abyecto, corroído por la rabia y violento, que se disputa desde niño el amor de su madre con su hermano gemelo Gordi, un osito obeso, torpe y acomplejado, pero lleno de amor. Dos almas contrarias que acaban en el campo Corazón, un campo de entrenamiento militar en el que reza el lema “Honor, dolor y mimos”, en el que se preparan para combatir contra los unicornios, sus enemigos ancestrales en que combaten para apoderarse el Bosque Mágico. El relato explota cuando Azulín, Gordi y un grupo de ositos emprenden una misión al citado bosque para encontrar a un destacamento que ha desaparecido, y la conquista de la sangre de los unicornios, que parece tener efectos inmortales. Vázquez vuelve a enmarcar su historia en un no mundo donde reina el mal, la competitividad, la oscuridad y la violencia gratuita, en una guerra fratricida, que recuerda  aquel cortometraje Carne de cañón (1995), de Katsuhiro Otomo, que muchos recordamos por su inolvidable film Akira (1988), donde en una ciudad futurista se dispara un cañonazo diario contra un enemigo invisible.

A medida que la misión de los ositos amorosos avanza nos encontraremos con un Bosque Mágico que dista mucho del paraíso que los jerarcas militares y el cura, con sus proclamas religiosas, les han inculcado a los soldados. La película construye una dualidad constante, a partir del conflicto entre los que quieren guerra y los que no. Guerra entre hermanos, guerra entre ositos, masculinos, contra unicornios, que son femeninos, al igual que las demás criaturas del bosque, entre civilización contra naturaleza, entre el bien contra el mal. Nos maravillamos con esa profunda y grave del narrador que nos es otro que el excelente actor Ramón Barea. Guerra y diferencias que quedan muy marcadas a nivel cromático y composición musical, donde Vázquez cuenta con cómplices que le han acompañado a lo largo de su filmografía como Iván Miñambres, en tareas de producción, Joseba Hernández en fx, Joseba Beristain en música, y Víctor García, en música adicional, y la aportación de Estanis Bañuelos e Iñigo Gómez en el montaje. La película viaja por diferentes géneros como el drama íntimo y personal, la fantasía y el terror, y una explícita violencia que saca lo peor del alma humana, hay poco espacio para la felicidad y la alegría, elementos que cuestan en un mundo dominado por la guerra, el militarismo y la violencia sin sentido.

Una película como Unicorn Wars es tristemente, una auténtica rareza en el panorama cinematográfico español, por eso deberíamos celebrar con gran entusiasmo que exista y sobre todo, ir a verla en masa, porque no solo abre vías de exploración en el mundo de la animación para adultos, sino que engrosa como una más a los grandes del género como Ralph Bakshi, Gerald Potterton, René Laloux, Katsuhiro Otomo, Hayao Miyazaki, Isao Takahata, Satoshi Kon, y las agradables aportaciones de Wes Anderson, con sus zorros y sus perros, y otros cineastas que usan la animación convencional para romper los códigos, dadles la vuelta y construir relatos que hablen de todo lo que está sucediendo a nuestro alrededor, en un mundo cada vez más triste, más autómata y carente de valores humanos. Unicorn Wars es una película marcadamente antibelicista, atacando a todos aquellos males que someten al ser humano, como la religión dominante que incita a la guerra y la destrucción, y una miseria moral, como la reparte Azulín, un ser que usa la violencia y la mentira para escalar posiciones sociales y aniquilar a sus oponentes cueste lo que cueste.

La cinta no oculta sus referentes como Apocalypse Now y Platoon, con continuas referencias a la religión y a la biblia, mezclando los mitos y las leyendas en un relato sobre la deshumanización de la humanidad, y abocada al individualismo, la competitividad y la maldad como medio de supervivencia imponiendo las ideas de unos contra otros, y sobre todo, destruyendo sin ningún miramiento nuestra entorno, generando un lugar lleno de oscuridad y terror como el llamado Bosque Mágico, trasunto de la sociedad actual en la que vivimos, donde vale más lo que hacemos que lo que somos, en el que todo se consume, se agota y se sacia a ritmo frenético, dejando el mundo como un espacio vacío, siniestro y caduco. Deseamos y esperamos que Alberto Vázquez siga regalándonos historias como las que suele hacer, porque no solo son grandes películas, convertidas en clásicos de culto al instante, sino que resultan películas completamente universales, porque habla de lo hacemos diariamente, y sobre todo, como nos comportamos con la naturaleza, con los otros, y con nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Belle, de Mamoru Hosoda

A TRAVÉS DEL ESPEJO Y LO QUE SUZU ENCONTRÓ ALLÍ. 

“Siempre quiero ver cualquier lado de ti, lo que escondes dentro de tu corazón”

Pudiera parecer a simple vista que Belle, de Mamoru Hosoda (Kamiichi, Prefectura de Tomaya, Japón, 1967), fuese otra versión del clásico cuento de hadas escrito por Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve publicado en 1740. Pero, conociendo la trayectoria del cineasta japonés, la cosa no iba a quedar en una simple traslación en imágenes del imaginario visual que contiene la extraordinaria fábula. Si repasamos la filmografía de Hosoda, en la que después de varias películas cortas, fundó junto a Yuichiro Saito el Studio Chizu con el que nos deslumbró con La chica que saltaba a través del tiempo (2006), en la que abordaba de forma precisa y concisa las consecuencias de manipular el tiempo y sus acontecimientos, en Summer Wars (2009), entraba lleno en las nuevas tecnologías y los conflictos incalculables de las redes sociales, en Los niños lobo (2012), se adentraba en una excelente cuento de niños-lobo y las dificultades de una madre soltera, con El niño y la bestia (2015), nuevamente volvía al tema humano-animal, y todo aquello que nos une y separa, y en Mirai, mi hermana pequeña (2018), un relato de dos hermanos y los viajes en el tiempo como conflicto, que ya había planteado en la citada La chica que saltaba a través del tiempo.

Belle, que se presentó mundialmente en la sección oficial del prestigioso Festival de Cannes, se erige como una película que recoge buena parte de los temas de la filmografía de Hosoda, ya que parece un compendio de sus anteriores trabajos, ya que aparecen dos temas ya tratados como las relaciones de humano con los animales, y las redes sociales, su funcionamiento y las consecuencias que tienen en la vida real. La bella es Suzu, una joven que recuerda a Makoto, la heroína que saltaba en el tiempo, que vive en un pueblo en mitad de unas montañas, junto a su padre, ya que su madre falleció cuando era ella pequeña. Makoto, de vida anodina, triste y vacía, encuentra en “U”, la mayor red virtual del mundo con cinco billones de usuarios. En “U”, Makoto se convertirá en “Belle”, la cantante de moda con sus pegadizas canciones, y con una legión mundial de seguidores. La otra cara de “U”, la encontramos en “La bestia”, una misteriosa criatura que siembra el terror en la red virtual, siendo temida por todos, menos por Belle que, a diferencia de los demás, provocará su fascinación y un misterio que debe resolver.

Vuelven los temas importantes del director nipón como el enfrentamiento de dos mundos en apariencia opuestos: el virtual y el real, y dentro de cada uno de ellos, las diferencias existentes que separan a los personajes, la mezcla de humano y animal, en la que los roles cambian constantemente y las emociones en forma de oscuridades del alma convergen en el tema central de la trama, las dificultades para relacionarse con los demás, las gestiones de la pérdida, y el dolor que están conllevan, y el eterno aprendizaje tanto propio como ajeno, y las relaciones sentimentales como eje para generar movimiento en todo lo que se cuece en el relato. El fondo es complejo y sumamente interesante, pero la forma y la textura de la película no se queda atrás, ya que casan con suma sensibilidad y transparencia con unas imágenes bellísimas y llenas de colorido, formas, sonidos y demás, en un magnífico espectáculo visual que es infinito, apabullante y grandioso, pero no lo hace como algunos otros que se dedican a cuanto más mejor, sino todo lo contrario.

Todo lo que vemos en el cine de Hosoda tiene un porqué, no juega a la complacencia, ni al esteticismo fácil, porque nada está por casualidad, todo tiene su sentido y busca su consecuencia, todo funciona como una armonía serena y constante, como una pieza de orfebrería cuidada al mínimo detalle, donde cada invisible pieza debe funcionar a la perfección para que el conjunto brille en su apariencia y profundidad. Unos profesionales al servicio de la imaginación argumental y visual como los Anri Jôjô y Eric Wong, todo un gran especialista, en el diseño de producción, el montaje de Shigeru Nishiyama, que ha estado presente en todas las producciones de Hosoda, Nobutaka Ike en arte, toda una institución que trabajó en todas las películas del desaparecido Satoshi Kon, y como supervisor de animación, un nombre como el de Takaaki Yamshita, que ha estado en casi toda la filmografía de Hosoda, y nombres tan ilustres como los del mencionado Kon, y Tarantino. La adaptación más sublime y extraordinaria en acción real de La bella y la bestia, la encontramos en la película homónima de Jean Cocteau de 1946, basada en la versión que apareció en 1756 de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont. Una poesía de las imágenes, un encuentro especial y humano, y sobre todo, todo un clásico que ha trascendido su tiempo y ha quedado como uno de las grandes obras del cine.

Por su parte, Belle sería un buen ejemplo de cómo abordar un clásico y trasladarlo a nuestros días, con la presencia de las nuevas tecnologías, con sus bondades y males, y no desmejora en absoluto la película de Cocteau, sino que se enriquecen mutuamente, cada una con su forma, estilo y narrativa, pero las dos son miradas interesantes sobre el mismo imaginario. La película de Hosoda confirma a uno de los cineastas que mejor han recogido el relevo de los Miyazaki y Takahata y han construido su propio sello personal, creando mundos y personajes inolvidables, porque con Belle, podemos afirmar que sería la mejor adaptación en animación del famoso cuento, porque recoge con gran sensibilidad esos mundos enfrentados, y a su vez, enfrentados con ese otro mundo, donde todo reside en las apariencias, y en lo físico y en todo aquello que mostramos y por ende, ocultamos a los demás, donde la imaginación de Hosoda y su equipo resulta admirable, ya que han visto que las redes sociales en forma de mundos virtuales que nos vapulean diariamente, sería un buen espacio para volver a hablar de La bella y la bestia, y sobre todo, lo poco que hemos evolucionado en materias de humanismo y empatía, y lo mal que gestionamos el dolor ante los demás y ante nosotros mismos, aunque el ejemplo de Suzu y la criatura, podría servir como ejemplo para tratar estos temas de forma más cercana, transparente y sencilla. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Flee, de Jonas Poher Rasmussen

LA ODISEA DEL REFUGIADO.

“El exilio sigue siendo exilio aun en la ciudad más bella del mundo”.

“Muerte en la Fenice”, de Donna Leon

En los últimos años muchos cineastas han encontrado en la animación el vehículo perfecto para contar el pasado, a partir de relatos personales y un dispositivo de documental, la animación ha servido para construir los recuerdos y sobre todo, analizarlos desde el presente. Nos acordamos de grandes trabajos como los de Persépolis (2007), de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, Vals con Bashir (2008), de Ari Folman, 30 años de oscuridad (2011), de Manuel H. Martín, El pan de la guerra (2017), de Nora Twomey, El estado contra Mandela y los otros (2018), de Nicolas Champeaux y Gilles Porte, La casa lobo (2018), de Joaquín Cociña y Cristóbal León, Chris el suizo (2018), de Anja Kofmel, entre muchos otros. A este género, que muchos catalogan como “documental animado”, podríamos incluir la película Flee, de Jonas Poher Rasmussen (Kalundborg, Dinamarca, 1981). El director danés-francés ha trabajado en varios medios como la televisión, la radio y el cine en el campo del documental, con títulos tan recordados como los de Searching for Bill (2012), y What He Did (2015), donde se mezcla ficción y documento, igual que hace en Flee, en la que nos cuenta la historia de Amin, un refugiado afgano que nos cuenta su pasado, toda su terrible odisea de vivir en Afganistán y salir del país, vía Rusia, hasta llegar a Dinamarca.

Rasmussen opta por una película sencilla y magistral, donde brilla con fuerza una animación realista y poética, que recuerda a su estilo y forma a la de Josep (2020), de Aurel, en la que nos traslada al país afgano de principios de los ochenta, con Amin, siendo un niño, que se vestía con la ropa de su hermana y escuchaba el “Take on me”, de los A-ha en plena calle, y luego, de forma descarna y crudísima todos los avatares para huir del país hasta llegar a Europa, separarse de su familia, y vivir de forma invisible su condición de homosexual. El cineasta danés sigue el periplo de Amin y los suyos, contándonos ese pasado que tiene indudablemente resonancias en el presente, porque Amin revela a su actual pareja todo lo vivido, todo lo sufrido y los trauman que todavía permanecen en él. Flee no solo nos habla de la dificultad de salir de tu país y llegar a otro, la tragedia de todos los refugiados del ayer, del hoy y del futuro, sino que profundiza en muchos más temas, como el terrible conflicto de construir tu propia identidad cuando todo está en tu contra, la construcción de un hogar lejos del tuyo, y sobre todo, de compartir el dolor y las heridas con la persona que amas para de esa forma cimentar un futuro mejor y lleno de esperanza.

Si tuviéramos que pensar en una película que contase una experiencia personal sobre lo que significa ser un refugiado o exiliado esa no sería otra que América, América (1963), de Elia Kazan, donde el director nacido en Turquía, de padres griegos, relataba de forma realista y humana, todo el proceso doloroso y kafkiano de emprender la tragedia de aventurarse al objetivo de llegar al otro país, y empezar de cero, si eso es posible. Los ochenta y seis minutos de la película nos hablan de alguien que se llama Amin, de alguien que oculta su nombre, de alguien que cuenta su propia historia, que podría ser la historia de tantos otros que han emigrado y emigrarán huyendo de guerras, de hambre, de ideas políticas, de quienes huyen del terror y quieren, como cualquier otro ser humano, vivir en paz independientemente de su condición, sea cual sea. Flee nos habla de libertad, de humanidad, de todo aquello que necesitamos para ser personas, de todo lo que nos construye, y sobre todo, de todo lo que somos, y cómo nos relacionamos con el otro, por muy diferente que sea de nosotros.

Rasmussen nos hace una película sensiblera ni anda que se le parezca, sino una película llena de dolor y terror, sin caer nunca en el tremendismo ni en el adorno ni la condescendencia del drama, porque lo que pretende y consigue el director danés-francés es contarnos una experiencia triste y difícil, pero acercándose a la emoción, a todo lo que se cuece dentro, pero son sensibilidad, dolor y poesía, fusionando de forma sencilla y llena de fuerza tanto la animación, el extraordinario y brillante dibujo, y sobre todo, una película estupendamente bien contada, con un extraordinario guion de Amin y el propio director, que nos convoca a un viaje sin tiempo, a una travesía sobre la memoria y la esperanza, a pesar de todos los males que se cuentan, y un exquisito y ágil montaje de Janus Billeskov Jansen, uno de los grandes editores de la cinematografía danés que tiene en su haber a nombres tan ilustres como los de Bille August y Thomas Vinterberg, con los que ha trabajado muchas veces. Flee es una película que consigue conmovernos y hacernos reflexionar, y lo hace desde la sinceridad, desde la magnífica composición visual de su maravillosa ilustración y animación, y desde el alma, porque nos cuenta la experiencia de Amin, de tantos Amin que le precedieron y tantos que le sucederán en ese itinerario de dejar tu tierra y emprender la incertidumbre de llegar a otro lugar donde se pueda ser persona. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Aurel

Entrevista a Aurel, director de la película «Josep», en el marco de la VIII Setmana del Cineclubisme, en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el viernes 1 de octubre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Aurel, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Tariq Porter de Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

¡Buenos días, mundo!, de Anne-Lise Koehler y Eric Serre

LA AVENTURA DE DESCUBRIR EL MUNDO.

“Este paraje boscoso rodeado de agua puede parecer grande o pequeño. Hay muchos mundos en este mundo. Es una cuestión de perspectiva. Ya seáis enormes o diminutos, nacer significa descubrirse a uno mismo, y a los demás. Venid a verlo. Hay nuevos nacimientos en el mundo.  (…) ¿Qué quién eres? Ya te construirás tú mismo día a día. ¿Y bien, estás listo para descubrir el mundo?”

La animación francesa siempre se ha caracterizado por su sofisticación en el dibujo, la infinita imaginación en la elaboración de la técnica,  la sensibilidad de sus historias, y la capacidad de contarnos cualquier relato para todos los públicos, sin caer en el manierismo y la condescendencia. Hay títulos que han pasado a la historia como El planeta salvaje (1973), de René Laloux, Bienvenidos a Belleville  (2003), de Sylvain Chomet, Persépolis  (2007), de Marjane Satrapi, Vincent Paronnaud, La tortuga roja (2016), de Michael Dudok de Wit,  La vida de calabacín (2016), de Claude Barras, y Josep (2020), de Aurel, entre muchas otras.

La pareja Anne-Lise Koehler y Eric Serre, codirectores de la película, se conocieron en la Escuela de la Imagen Gobelins, y han participado como diseñadores en películas tan prestigiosas como Kirikú y la bruja, Azur y Asmar, ambas de Michel Ocelot, Antartica!, entre otras, y ambos crearon las imágenes de animación del documental Il était une forét, de Luc Jacket. La película es asombrosa en su técnica de animación, ya que su materia prima viene principalmente del papel, las hojas de papel de los libros de la prestigiosa colección La Pléiade, para crear unos 110 títeres y centenares de esculturas para formar las 76 especies de animales, 43 de vegetales y 4 setas. Todo desde la minuciosidad, donde cada pequeño detalle y cada brizna de aire y de agua cobra vida, centrándose en el nacimiento, el crecimiento y la vida de diez animalitos, que cobran vida a través de la técnica de stop-motion. Además, los escuchamos en los que podemos oír sus deseos, esperanzas e ilusiones, y su diálogo con la narradora que interactúa con ellos y con nosotros los espectadores.

Una obra inmensa, brillantísima y conmovedora, a medio camino entre la fotografía, la escultura y el dibujo, que consigue hablarnos de un universo microscópico de forma grandiosa, sumergiéndonos en sus existencias, en sus perspectivas, en mirarlos frente a frente, hipnotizados por sus pequeños mundos, por sus alegrías y adversidades, siempre en tono naturalista, didáctico y humanista, de respeto a todo aquello que nos rodea, porque esa forma de mirar, acercarse y conocer, nos hace mejores personas, y sobre todo, nos hace descubrir el mundo y nuestro mundo, y el que no vemos, con otros ojos, otra forma de mirar, descubriendo y descubriéndonos a través de tantas diminutas vidas que no alcanzamos a ver porque no miramos. El búho chico, el somormujo lavanco, el Martín pescador, la tortuga de estanque, el nóctulo pequeño, la salamandra, el avetoro, el lucio, la libélula emperador y el castor europeo son los diez animalitos que nos acompañan en esta aventura de vivir y crecer en el mundo, en su mundo, con sus peripecias de su existencia, su propio descubrimiento y conocer el espacio que les rodea. Una vida para ser y estar, su crecimiento, el descubrimiento del amor cuando llega la primavera, la amenaza constante de ser comido, y a la inversa, de comer, la interacción con las otras especies, y todo un universo infinito, maravilloso, trágico, e inabarcable, que empieza y finaliza cada día.

¡Buenos días, mundo!, aparte de su asombrosa capacidad visual e imaginativa, su grandísima composición formal, y su extraordinario ritmo de montaje, no solo se queda ahí, en su apabullante estilo de animación, sino que va muchísimo más allá, y construye un relato inmenso y especial, centrándose en todas esas pequeñas criaturas que casi nunca vemos, en esas vidas invisibles para nosotros, en mundos pequeños y microscópicos, cerca de nosotros, a los que apenas prestamos atención, peor están ahí, y la película nos lo muestra con una naturalidad y sensibilidad que no solo entusiasmará a los más pequeños, sino que a los adultos de cualquier edad los dejará cautivados por su belleza plástica, su brillantez en su relato, y sobre todo, en su capacidad en sumergirnos en ese mundo dentro de otro, y hacernos participe de cada situación, por mínima que resulte, profundizando en todos sus huecos y rincones, en todos los detalles, en todo y en nada, sintiéndonos un pequeño ser vivo, volando, nadando y sintiendo como ellos, mirándolos y acompañándolos en sus vidas, en su forma tan peculiar y personal de sentir y descubrir su mundo, que también es el nuestro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ninja a cuadros 2 – Misión Tailandia, de Anders Matthesen y Thorbjorn Christoffersen

ÁLEX Y EL MUÑECO POSEIDO.

“Ser uno mismo en un mundo que constantemente trata de que no lo seas, es el mayor de los logros”

Ralph Waldo Emerson

Para los que no la hayan visto o no la conozcan, Ninja a cuadros (2018), de Anders Matthesen (Copenhague, Dinamarca, 1975), y Thorbjorn Christoffersen (Faaborg, Dinamarca, 1978), es una excelente película de animación para adultos, convertida en todo un fenómeno en Dinamarca, en la que se nos cuenta la vida anodina y gris de Álex, que no soporta al imbécil de su padrastro y al glotón y sucio de su hermanastro Sean, y una madre adicta al mundo vegano. Además, en el colegio, sufre acoso por parte del matón de turno, y aún hay más, Jessica, la chica de la que está enamorado, no le hace ni puto caso. Pero, toda esa serie de conflictos, desaparecen con la irrupción de Taiko Nakamura, el espíritu de un ninja de hace cuatro siglos que posee un muñeco de trapo con traje a cuadros, de ahí el título, que viene con una misión especial. La vida de Álex dará un vuelco de 180 grados y conseguirán llevar ante la justicia a Phillip Eppermint, un empresario que esclaviza a niños en Tailandia.

Ahora, nos llega su secuela Ninja a cuadros 2 – Misión Tailandia, que sigue a Álex, que las cosas le van más o menos, porque Jessica, más mayor que ella, vuelve a pasar de él, más interesada en un chico mayor y malote, aunque en casa las cosas han mejorado algo, y la familia hace un viaje a Tailandia, instigado por Álex, que ha recibido nuevamente la visita del muñeco de trapo, ya que el susodicho Eppermint sale de la cárcel en Tailandia debido a unos chanchullos de su malévolo abogado. El objetivo esta vez es salvar a una niña, testigo clave para implicar a Eppermint. Matthesen y Christoffersen vuelven a dirigir la secuela, con ese ritmo frenético y a contrarreloj de los dos protagonistas, y siguen hablándonos de valores humanos como la identidad, de ser uno mismo, de las difíciles relaciones familiares y personales, de la confianza, de ayudar y dejarse ayudar, y sobre todo, la película es una profunda y sensible alegato sobre la amistad, con sus dimes y diretes, sabiendo gestionar las formas diferentes de pensar, sentir y hacer, y mirar al otro y hacer el esfuerzo de comprendernos, tanto a los demás como a uno mismo.

Matthessen que es toda una celebridad de la comedia stand-up en su país, tanto en vivo como en varios largometrajes, ya había trabajado como guionista en la película de animación Terkel en apuros  (2004), donde codirigía Christoffersen, además de dirigir Sorte Kugler (2009). Por su parte el citado codirector, responsable de la cinematografía de la película que nos ocupa, se ha dedicado al cine de animación para adultos cosechando grandes títulos como el citado film, otras como Viaje a Saturno (2008), y Ronal Barbaren (2011). Títulos que no estarían muy lejos del espíritu de los Studio Ghibli, Pixar y Aardman, y la trilogía de Cómo entrenar a tu dragón, o series como Los Simpson, Beavis and Butt-head, South Park y Padre de familia, entre otras, donde la extraordinaria construcción de los personajes, los cercanos relatos, y la comedia irreverente es la tónica en todas ellas, con el humor negro, inteligente y disparatado para hablarnos de los problemas sociales, personales, económicos y culturales, donde hay sitio para criticarlo absolutamente todo: la política, la familia, el amor, y todos los temas y elementos de las sociedades modernas y capitalistas en las que vivimos.

Anders Matthesen escribe un guion con un ritmo excelente, donde hay cabida para tocar todos los temas, con esa madre obsesionada en la vida sana, ese padrastro estúpido y egoísta, ese hermanastro que solo come y molesta, ese malo que no quiere acabar con el mundo, porque es un malvado real y cercano, que explota a niños del país empobrecido bajo el amparo de las autoridades corruptas, quizás el personaje del tío marinero de oficio, vulgar, borrachín y campechano, se sale completamente de todo, y trata a su sobrino con una afabilidad y comprensión como si fuera un adulto. Kristian Haskjold firma el montaje, un grandísimo trabajo de composición y agitación que constantemente tiene la película, que maneja con brillantez las secuencias de acción, de persecuciones, peleas y demás, con otras donde todo se posa y conocemos en profundidad las relaciones de los diferentes personajes y sus posiciones morales y éticas, así como todo el interior que ocultan y tanto le cuesta al protagonista sacar.

Taiko convertido en muñeco de trapo es un guerrero que en ocasiones actúa con muchísima disciplina, olvidándose del otro, al igual que Álex, más pendiente en otros menesteres basados en agradar a los demás, dejando de ser quién es. Para el chaval, Taiko es como un hermano mayor, su relación es muy íntima, a veces discuten, a veces se quieren, pero lo más importante es que también saben mirarse, escuchar y escucharse y ante todo, se comprenden y van a una.  Ninja a cuadros 2Misión Tailandia es una película magnífica, que no solo gustará a las personas amantes de la animación para adultos, sino que también, a todas a aquellas personas que les gusta ver cine de verdad, que hable de cosas cotidianas, y lo haga desde el respeto, la comprensión y la sensibilidad, porque la película muestra la vida, las relaciones, incluso a veces de forma cruda y triste, pero también, la vida lo es, y eso no la hace mejor ni peor, sino de verdad, de carne y hueso aunque se construya con animación, porque la existencia hay que experimentarla, lucharla, y sobre todo, vivirla, tanto sus cosas amables como las que duelen más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA