“El sexo sigue siendo la mejor manera de hacer el amor”
El universo cinematográfico de Paco León (1974, Sevilla) del que ya conocíamos su labor de cómico y actor, arrancó en el 2012 con Carmina o revienta, en la que nos contaba a modo de híbrido entre la ficción y el documental, las alegrías y tragedias cotidianas de su madre y hermana, debido a su enorme éxito, dos años después, nos llegó la segunda entrega, Carmina o amén. Dos películas en las que ejercía de director, guionista y productor, y se sustentaban a través de comedias frescas, divertidas e inteligentes.
Ahora nos llega su tercer trabajo como director, en una película que nace de un encargo, la adaptación de la cinta australiana Little death. León nos sitúa en un calentito verano, en Madrid, y nos convoca a seguir a diversos personajes, de índole social y cultural diferentes. Cinco historias independientes que se desarrollan a través de las filias sexuales de las parejas en el asunto. Tenemos a Natalia y Alex, enamoradísimos y felices, a ella le ponen las plantas por herencia, pero ha descubierto que los atracos la excitan sobremanera, su novio hará lo indecible para conseguir excitarla. Luego, en pleno barrio de Lavapiés, conocemos a Paco y Ana, en plena crisis sexual después de ocho años de vida en común, la terapia les propone descubrir nuevos horizontes. Aunque, la llegada de Belén, amiga de Paco, en pleno desengaño amoroso, les llevará por derroteros inesperados. También están María Candelaria y Antonio, feriantes y casados, pero por mucho que lo intenten no se quedan embarazados, deberán recurrir a sus pasiones más ocultas para encontrarse a sí mismos. Nos trasladamos a un ambiente de lujo donde se desarrolla el siguiente conflicto, José Luis, un cirujano plástico que es rechazado por su mujer después de que esta última haya sufrido un accidente que la ha dejado minusválida. Pero, el hombre encontrará en la noche su mejor aliada para dar rienda suelta a sus pasiones más oscuras. Y por último, Sandra, neurótica y sorda, le pirran los tejidos suaves, y no consigue encontrar el amor, pero será a través de su trabajo, que podrá experimentar aquello que no consigue.
León nos introduce en una comedia fresca, ligera, costumbrista, y muy divertida, en el que se habla mucho de sexo, pero mucho, y también se practica, pero también nos habla de amor, de parejas, de deseo, de pasiones, y sobre todo, de lo que nos pone, de la búsqueda del placer, de los deseos ocultos, de eso que nos cuesta tanto hablar, pero que en el fondo forma parte de nosotros mismos y de lo que somos. León ha construido una película ligera, suave y muy cálida, mucha culpa tiene de ello la luz de Kiko de la Rica, que nos penetra y nos lleva con elegancia y cercanía de un lugar a otro. Lugares muy alejados entre sí, pero en realidad tan cercanos que se tocan y se huelen. Secuencias en las que pasamos del humor más irreverente al drama más sólido y oscuro, aunque todo mezclado y sin dejar de reírse de todo y todos. El realizador sevillano es un excelente director de situaciones cómicas que trata con ironía y erotismo, si, estamos ante una comedia erótico-festiva (como nos anuncia el afiche de la cinta) pero inteligente y divertida, nada soez y chabacana, todo lo contrario, llena de gags estupendos, como los de la sala de sexo o la de la fruta y los juegos divertidos en topless de la nueva amiga.
León demuestra que el cine es un vehículo extraordinario para hablar de sexo, de bajas pasiones, de orgasmos, de felaciones, y demás juegos sexuales, sin que eso conlleve la filmación de esos momentos. León nos lo cuenta desde el antes, y todos los elementos y situaciones eróticas que convergen para materializar el sexo. Se rodea de un equipo de excelentes intérpretes que juegan con sus filias sexuales de manera juguetona y agradable, entre los que destaca el personaje de Belén que interpreta Belén Cuesta (que no para en comedias como Ocho apellidos catalanes o El pregón). Aquí, se desata en un personaje de sevillana divertido y enamoradizo, que nos recuerda a la Candela de Mujeres al borde de un ataque de nervios, de Almodóvar. Un joven sevillana que llega para inundar de sexo, erotismo y amor a la pareja en crisis sexual. Una comedia llena de gozo y sabiduría, que nos penetra en nuestro interior, en todo eso que bulle y que cuesta tanto hablar y compartir.
Nos encontramos en una aldea del sur de Irán alrededor de 1955. Conocemos a una familia numerosa, 12 hijos, entre ellos, nos presentarán a Hibat Tabib, el hilo conductor de la historia que a continuación nos contarán. Un salto en el tiempo, nos traslada hacía 1972, Hibat se ha convertido en un opositor al régimen dictatorial del Sha de Persia, es detenido y encarcelado. Cuando es liberado, estalla la revolución, pero todo se tuerce, el Ayatolá Jomeini y sus radicales islamistas llegan al poder e instauran un régimen autoritario. Hibat conoce a Fereshteh, y se enamoran, y siguen en la lucha política.
La opera prima de Kheiron, alias del nombre Nouchi Tabib, cómico de gran éxito en Francia en el El club de la comedia, y antiguo educador social, nos cuenta la historia de sus padres, y de todos aquellos resistentes que lucharon contra la injusticia en Irán, y tuvieron que exiliarse a Europa y seguir desde el exterior la lucha por la libertad de su pueblo. Kheiron adopta la tragicomedia para contar la existencia de sus progenitores, una vida llena de dificultades con años de cárcel, vida clandestina, y el penoso viaje por las montañas cruzando la frontera hasta Turquía, y más tarde, una nueva vida desde cero en Francia. El cineasta iraní sigue directrices y propuestas similares de Persépolis (2007), en la que Marjane Satrapi, junto a Vincent Paronnaud, a través de la animación y en clave de tragicomedia, contaba su vida en Irán durante el régimen de Jomeini, desde el punto de vista de la mujer, la principal perjudicada de la falta de libertad. Kheiron construye una fábula como las de antaño, sin olvidarse de los momentos durísimos de la vida en Irán, y los difíciles comienzos en Francia. El director cuenta su película en francés, en la que vivimos una historia de amor sensible y delicada, en el que reinan la tolerancia y el compromiso por un mundo mejor. Su película es imaginativa, divertida, y humana, pero también, terrorífica y trágica, eso sin perder en ningún momento el punto de vista de la comedia, arrancando sonrisas e ilusión en todos los momentos, incluso también en los duros.
No es una película panfletaria, ni bienintencionada, explica la resistencia con muchísimo humor de alguien que creía en un mundo diferente, y allá donde estuvo, siempre siguió con esa premisa para los suyos y él mismo. Tampoco es una película política, aunque está muy presente durante todo el metraje, Kheiron la tiene en cuenta, pero su mirada se encamina hacía su familia, como siguieron unidos y todos fueron a una, a pesar de las dificultades por las que tuvieron que pasar. La incursión de la actriz Leïla Bekhti, con ese carácter y temperamento (como todas las mujeres que se describen en la película) aporta las dosis necesarias que necesita el personaje del padre para tocar de pies a tierra, y centrarse en su familia. Una luz en la que priman los rostros y las miradas, y los tonos oscuros, cuando el film se endurece y áspera, acompañada de una divertida y mágica banda sonora que sigue a los protagonistas a ritmo de pop y música tradicional. Una película sobre la familia, pero a partir de un concepto humano y realista, alejándose de esa idea anglosajona de la familia como idea central del desarrollo del individuo, aquí, la idea se sustenta en algo totalmente diferente, se cimenta en que el grupo familiar como soporte para realizarse como persona, y los otros miembros apoyarán y construirán una vida a pesar de las diferencias y el entorno hostil en el que vivan. Kheiron recoge el testigo de los grandes como Chaplin, Keaton, Hermanos Marx, etc… que nos explicaron que por muy duras y terribles que sean las experiencias que vivamos, siempre hay que ofrecerles una sonrisa, tratarlas con humor, para reírse de ellas y sobre todo, reírse de uno mismo, porque quizás la comedia es lo único humano que nos queda.
Brigitte y Xavier son un matrimonio maduro que se dedican a la cría y venta de ganadería bovina charolesa en Normandía. Él, tranquilo y hogareño, vive por y para su trabajo, ella, en cambio, se ha dedicado a ser esposa y madre, y ha aparcado sus sueños e inquietudes en pos al buen devenir de su vida marital y familiar. Pero ahora, después de la marcha de los hijos, la rutina y el acomodamiento a la cotidianidad del matrimonio y los quehaceres diarios, los ha convertido en una pareja monótona y aburrida. Después de un accidental encuentro con alguien más joven, Brigitte necesita salir a respirar y replantearse ciertas cosas de su vida.
El cineasta francés Marc Fitoussi, continúa en su cuarto título por los mismos devaneos de los anteriores, aunque esta vez el retrato adquiere más intimidad y deja aparcada la comedia romántica para adentrarse en un terreno más emocional y agridulce. La mirada de la vida rural que realiza Fitoussi no tiene un tono realista, si bien guarda el marco preciso donde se desarrolla parte de la acción, y describe con precisión ciertos momentos que allí se suceden, su idea reside en la vida de la pareja y cómo el paso de los años y el trabajo conjunto en el campo, los ha llevado a la falta de pasión, la comodidad y han dejado de lado los roles de amantes. Un mundo rural moderno, en el que tienen internet, escuchan jazz, y albergan un gusto exquisito. Son abiertos y simpáticos, se alejan mucho de la idea de antaño como personas rudas y de una pieza. El realizador francés combina la comedia con el drama, sin caer en la tragedia, su equilibrio para manejar las emociones de sus personajes resulta brillante, y su buen hacer en envolvernos en esa madeja de sentimientos que se van generando a lo largo de la historia. La fortaleza emocional aparente del inicio va dejando paso a una fragilidad que se va apoderando de cada uno de ellos. Contado de forma sensible, a través de una forma ligera, las cosas van sucediendo tomándose su tiempo, sin prisas, no hay exaltaciones ni gritos, todo va cayendo sobre su propio peso, casi sin llamar la atención.
La estupenda composición de la luz que realiza la cinematógrafa Agnès Varda (habitual de Claire Denis) captura la sutileza de los colores del campo y la gama diversa de luces de la gran urbe, incrementando los encuadres de los rostros de los personajes, verdaderos protagonistas del relato. Unos excelentes intérpretes que realizan trabajos marcados por la sutileza, asentados en miradas que explican todo sin decir nada. Por un lado, Isabelle Huppert (que ya había colaborado con el director en Copacabana, del 2010, en la que realizaba un personaje excéntrico que debe cambiar de rumbo para agradar a una hija que no la acepta) aquí, aunque guarda algunos rasgos con el personaje mencionado, es una mujer cansada de su matrimonio, que necesita un poco de acción, divertirse y volver a sentirse a sí misma, y recuperar ciertas emociones apagadas que pedían a gritos un nuevo aire. Por otro lado, Jea-Pierre Darroussin (habitual del cine de Robert Guédiguian) se enfrenta a una situación nueva, siente que puede perder a su mujer y se lanza en su búsqueda, aunque también deberá aceptar algunos sacrificios si quiere seguir manteniendo su relación. Una película cercana e íntima, sobre el amor, la pareja, la vida en común y sobre nosotros mismos, las ilusiones, anhelos y sueños que dejamos aparcados en favor del otro, y sobre todo, una cinta sobre los sentimientos y lo que sentimos, toda esa aparente tranquilidad que dejamos que contamine nuestras relaciones, y cómo algo nos despierta y nos pone en acción para saber verdaderamente quiénes somos y a quien amamos.
“Després de traïr al seu millor amic per trenta monedes de plata, Judes va voler tornar la recompensa i entregar-se enlloc de Jesús. Els clergues i els liders no ho van permetre. Llavors va fugir , i es va penjar”
(Mateu, 27:3-5)
Al amanecer, en una playa con el mar violento y amenazador, camina derrotado y a golpes, un joven que mira hacia el mar con rabia y frustración, se arrodilla y recoge treinta monedas de plata esparcidas por la arena. Se levanta con dificultad y emprende su camino, sin rumbo fijo, moviéndose entre penumbras, como el deambular de un fantasma. La primera película de Gemma Ferraté (1983, Barcelona) – que, despuntó con la obra colectiva Puzzled Love (2011), presentada en el Festival de San Sebastián, y la pieza Limón y chocolate (2013), trabajo de final de carrera en la ESCAC- es una obra arriesgada, sumamente libre y profunda, nacida de su empeño personal y el riesgo del colectivo Niu d’Indi (los responsables de la fascinante y brutal El llarg camí per tornar a casa, de Sergi Pérez) que, gracias a la colaboración de todo el equipo y mediante el crowfunding, consiguieron levantar una producción modesta y sencilla, pero de planteamientos artísticos personales y ambiciosos.
La realizadora imagina los tres días siguientes de un personaje icónico de la historia de la humanidad, Judas Escariote, después de traicionar a Jesús. Tres jornadas en las que la culpa lo avasallará sin medida, en el que se moverá por inercia, sin humanidad, sin consuelo, corrompido por la acción que ha hecho, herido en el alma, sin escapatoria de sí mismo, encerrado en la inmensidad de un bosque frondoso que lo atrapa como a un condenado. Ferraté ha planteado una película honesta y visual, sobre el alma de su personaje moribundo azotado por el dolor y la culpa, lo que hierve en su interior, como arrastra una acción que le produce un dolor sangrante difícil de asumir y superar. Un animal herido y perdido que viaja hacia el abismo. En su itinerario se cruzará con otro joven que lo acompañará, alguien en quien reflejarse, alguien con quien arrastrar y compartir su pena, alguien que le escuche o pueda sentir su aliento, o que simplemente camine a su lado. La cámara los sigue imperturbable, los escruta sin descanso, agobiándoles, sintiéndolos, y siendo su sombra, esa oscuridad que los atraviesa y los juzga sin tregua, muy al estilo de Béla Tarr, Gus Van Sant, y el Tropical malady, de Weerasethakul.
El bosque actúa como un paisaje encerrado, sin escapatoria, un espacio en el que no vemos lo de fuera, nos atrapa, y nos envuelve en su madeja de locura y culpa. Ferraté nos sumerge en un espacio onírico, de sueño, donde seguimos el caminar de esta alma perdida, sin consuelo, acercándonos de modo significativo a su alma arrepentida, que grita desesperanzada un aliento de redención y salvación. Escuchamos la naturaleza, el crujir de las plantas, el deslizamiento de la hierba, el sonido del agua (bellísima y catalizadora la secuencia del baño, donde la comunión entre naturaleza y hombre, emerge manifestando el amor y la amistad que acaba fundiéndose en uno sólo, en unos encuadres de profunda plasticidad y montaje enérgico). Una obra de ínfimos diálogos, construida a través de los silencios y las miradas que llenan toda la pantalla. Una obra breve y concisa (70 minutos), llena de aristas emocionales, de este descenso a los infernos, en las que la culpa y el dolor se mostrarán en toda su negrura y oscuridad, en la que seremos testigos de una alma perdida y rota, sin más consuelo que su sombra desdibujada y corrupta, que clama al cielo redimirse de su mortal error.
<p><a href=»https://vimeo.com/62424476″>Tots els camins de Déu [All the ways of God] – Film Trailer</a> from <a href=»https://vimeo.com/niudindi»>Niu d’Indi</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>
Durante sus sobrios títulos de crédito, se nos anuncia que la película que vamos a ver no intenta contar la vida de un poeta, nos explican que el cineasta ha intentado recrear su mundo interior, sus estados de ánimo, sus pasiones y tormentos, en el que se ha utilizado ampliamente los simbolismos y las alegorías, propias de la tradición de los poetas-trovadores de la Armenia Medieval (Asough). El cineasta armenio Serguei Paradjanov (1924-1990), que se diplomó teniendo al cineasta ucraniano Alexandre Dovjenko, entre uno de sus maestros, alcanzó su gran éxito, obteniendo premios internacionales, con el noveno título de una carrera que sobrepasó la decena de trabajos, Los corceles de fuego (1964), una película poética en la que se narraba la historia de amor de dos jóvenes que pertenecían a familias enfrentadas, una cinta con la que abandonaba el realismo soviético oficial. Su siguiente trabajo fue Sayat Nova, filmada durante 1967-1968, y con un presupuesto ajustadísimo, una película basada en la vida del poeta armenio del siglo XVIII (1712-1795), figura mayor del arte del ashik (trovador) que escribía sus poemas y los cantaba acompañado de un laúd o de un kamanche, y empleó las tres lenguas del Cáucaso (georgiano, armenio y azerí), además de ser un símbolo de libertad y hermandad entre los pueblos.
La película tuvo infinidad de problemas con la censura soviética, – el propio Paradjanov acabó internado en campos de trabajo en más de una ocasión – una vez finalizada la película, el Goskino (comité cinematográfico del estado) la juzgó de ser una obra oscura y formalista, demasiado alegórica, que no reflejaba la vida del poeta, y optaron por cambiarle el título, El color de la granada (cómo se conoció internacionalmente) y remontarla sin contar con Paradjanov. La actual restauración hace justicia a una película que debió tener el reconocimiento internacional que merecía. Paradjanov hizo una película diferente, que no se parece a ninguna otra, una obra sumamente poética, de una audacia formal exquisita, carente de realismo, y alejada de herramientas narrativas que nos sirvan de guía para identificar lo que se nos cuenta. El cine de Paradjanov no viaja por caminos conocidos, su campo cinematográfico es otro, una obra extremadamente poética, artística y visionaria. Una obra muy personal, arriesgada y profundamente bella. Nos cuenta la biografía del poeta Sayat Nova, donde podemos identificar sus diferentes etapas vitales, la infancia, la etapa adulta en la corte del Rey de Georgia, y finalmente, su vejez, recluida en un monasterio del Cáucaso, y posterior muerte, durante el saqueo de Tbilisi. La película crea una historia sin tiempo y espacio, sin orden cronológico, sólo de sensaciones y experiencias más propias del espíritu y el alma. Paradjanov no recurre a ningún síntoma narrativo convencional, huye de esa forma, su universo lo constituyen el surrealismo y la experimentación con la imagen y el sonido. Cimenta su película a través de Tableaux vivants (cuadros vivientes) donde nos va explicando escenas de la vida del poeta, un itinerario en el que utiliza un lenguaje sumamente críptico y oscuro, acompañado de los versos del poeta, mediante una voz en off o intertítulos, y algunos movimientos perpetrados con la técnica de stop motion.
El cineasta armenio como hiciera en otros filmes, nos cuenta una historia de amor, a la que el poeta se ve obligado a renunciar y acabar sus días recluido sin poder olvidar a su amada. La música es otro de los elementos fundamentales, como lo era en la obra de Sayat Nova, en muchos instantes observamos como los “cuadros”, con marcada iconografía eclesiástica, se convierten en números musicales, donde la libertad de movimiento y coreografías inundan la pantalla. Paradjanov edifica una obra de grandísima belleza pictórica, donde su virtuosismo contamina la imagen levándola hacía lo divino y transcendental. Una película que mantiene la eterna lucha entre lo divino y lo terrenal, la luz y la oscuridad, entre la carne (simbolizado en el color rojo, amor, sexo, danza) y lo espiritual (colores grises y oscuros, reclusión monasterial, las lecturas bíblicas y el culto religioso), con la introducción de elementos dionisiacos (las uvas y las granadas) que dejan paso al misticismo religioso. Una obra de fuerte carga lírica que, en ciertos momentos se acerca a otra cumbre del cine-poesía como La casa es negra (1963), de Forug Farrokhzad, en la que la poeta-cineasta iraní realizaba una obra de gran profundidad a través de sus versos y la cotidianidad de una leprosería. Paradjanov inunda su película de imágenes imperecederas, bellas, pero también oscuras y siniestras, imágenes que forman un elaborado y formalista mosaico de las escenas de la vida de un poeta perseguido, rechazado y desterrado. Una obra cumbre que no solo rescata a un cineasta poco reconocido, sino que nos sumerge en una película que ensalza las virtudes de la poesía y sobre todo, en una emocionante lección de cine para nuestros sentidos, en la que se deja lo narrativo de lado, para abrazar una experiencia visual y sensorial que nos conduce hacía lugares no identificados que nacen y mueren en el espíritu.
“Sus ojos se encontraron en el mismo instante, cuando Therese levantó la vista de la caja que estaba abriendo y la mujer volvió la cabeza, mirando directamente hacia Therese. Era alta y rubia, y su esbelta y grácil figura iba envuelta en un amplio abrigo de piel que mantenía abierto con una mano puesta en la cintura. Tenía los ojos grises, incoloros pero dominantes como la luz o el fuego. Atrapada por aquellos ojos, Therese no podía apartar la mirada. Oyó que el cliente que tenía enfrente le repetía una pregunta, pero ella siguió muda. La mujer también miraba a Therese, con expresión preocupada. Parecía que una parte de su mente estuviera pensando en lo que iba a comprar allí, y aunque hubiera muchas otras empleadas, Therese sabía que se dirigía a ella. Luego la vio avanzar lentamente hacia el mostrador y el corazón le dio un vuelco recuperando el ritmo. Sintió como le ardía la cara mientras la mujer se acercaba más y más”.
(Extracto del libro “El precio de la sal”, de Patricia Highsmith).
Los primeros cinco minutos de una película son suficientes para conocer el espíritu de la misma y hacía donde nos pretenden llevar. El arranque de Carol es sublime e hipnotizador. En un fondo negro escuchamos el sonido del tren, luego entra la música de Burwell y sobre una especie de rejilla comienzan a aparecer los títulos de crédito. La cámara avanza, sale de la estación e irrumpe en plena calle, automóviles y personas de arriba abajo, absorbidos por la vorágine de la gran ciudad. Es viernes por la tarde, nos encontramos en Nueva York, en 1950. La cámara continúa hasta entrar en un restaurante, allí descubrimos el punto de vista que hemos estado siguiendo, un joven que, tras saludar al barman detrás de la barra, mira a su alrededor y observamos en panorámica el interior del local. La cámara se detiene en dos mujeres que comparten una mesa, el joven reconoce a la más joven y se acerca. El joven las interrumpe (situación similar a la planteada en Breve encuentro), todavía no las conocemos y menos de que estaban hablando, lo sabremos más tarde. La sexta película de Todd Haynes (1961, Los Ángeles) está contada a modo de flashback, iremos descubriendo suavemente el relato que nos cuentan, una película arrolladora, ejecutada desde lo más íntimo, contada con una elegancia que abruma, una mise en scène sublime y elegante, dominada por los colores cromáticos y esa luz velada e invernal, y de comienzos de primavera tenue que inunda de melancolía y tonalidades oscuras la pantalla, en la que los personajes están dispuestos y dirigen su mirada a través de cristales (como ocurría en la reciente La academia de las musas, de Guerín), unos encuadres que te dejan sin palabras, que enamoran en cada plano, que no deja indiferente, que captura con lo más sencillo, como una brizna de hierba, que recitaba Lorca.
Haynes nos sitúa en la década de los 50, en aquel Nueva York después de la segunda guerra mundial, en aquel país que comenzaba a despertar después de la pesadilla, en un país que debía enfrentarse a sus miedos y sobre todo, a su moralidad, enfrentada a esa modernidad que traía nuevas costumbres y que avanzaba sin detenerse. Nos cuenta la historia de amor entre dos mujeres, tenemos a Therese Belivet, una joven de 20 años que trabaja como dependienta en unos grandes almacenes, pero su gran sueño es dedicarse a la fotografía, sale con Richard, un joven que aspira a convertirse en su marido y vivir felices en una casa rodeados de hijos. La otra mujer, Carol Aird, es una mujer madura y elegante, con una hija y en proceso de divorcio de su marido Harge, que le ofrece una vida burguesa pero carente de amor y vida. La película cuestiona y de qué manera el American way of life, como hacía el novelista Richard Yates (1926-1992) en su obra (Revolutionary Road, Once maneras de sentirse sólo, entre otras), esas vidas atrapadas y succionadas por el American dream, esas vidas enloquecidas por el éxito personal, donde la cotidianidad se consume con amigos idiotas, que se pavonean de su riqueza y de su país, donde hay meriendas en el jardín, trabajos para la comunidad, fiestas nocturnas en mansiones, y esa idea del matrimonio perfecto con hijos rubios y bellos, existencias vacías y solitarias que claman por una vida más plena y sencilla, más acorde con lo que sienten. Basada en la novela de Patricia Highsmith (1921-1995), publicada en 1952 con el título El precio de la sal y seudónimo de Clarice Morgan, sería el segundo libro de la autora después de Extraños en un tren. Una adaptación eficiente y maravillosa que ha hecho Phyllis Nagy (que ya había adaptado a la Hihgsmith de El talento de Mr. Ripley en teatro, y realizado con éxito para televisión Mrs. Harris, una tragedia que escribió y dirigió, en la que una mujer asesinaba a su marido del que se había separado). Haynes que subió a los altares del melodrama con Lejos del cielo (2002), una historia protagonizada por Julianne Moore situada en los 50, donde se criticaba duramente la sociedad puritana que rechazaba lo diferente, y Mildred Pierce (2011), la miniserie de 3 episodios que protagonizó Kate Winslet, en la que durante la época de la gran depresión, una madre soltera lucha para que no le quiten a su hija. En Carol, se manejan los mismos derroteros, la (in)feliz ama de casa y la madre soltera tienen mucho que ver con el personaje de Carol, aunque ésta lleva su pasión más allá poniendo en peligro la custodia de su hija, la cual le quieren arrebatar por su conducta inmoral.
Haynes propone un relato de ritmo cadencioso, de manera íntima y acercándose con encanto y sigilo a sus criaturas, una mujeres que tienen que enfrentarse a lo que sienten, y luego a esa sociedad fascista y burguesa que rechaza de forma salvaje lo que se sale de la norma, lo que no entienden ni tampoco quieren entender. El cineasta estadounidense que ya deslumbró con I’m not here (2007), en la que nos contaba la vida del músico Bob Dylan, a través de varios intérpretes que lo encarnaban desde su juventud hasta su madurez, con una increíble Cate Blanchett que asumía de forma admirable el rol del carismático músico. Aquí, vuelve a encandilarnos con este melodrama sobrio y maravilloso, como los de antes, como los que hicieron los maestros Douglas Sirk (Sólo el cielo lo sabe, Escrito sobre el viento, Imitación a la vida, entre otros) o John M. Stahl (Sublime obsesión, Débil es la carne, Que el cielo la juzgue, etc…), historias de pasión devoradora, de amor en su infinita locura, amores difíciles, arrebatadores, complejos, rodeados de esa sociedad estadounidense que pretende ser ejemplo y acaba siendo castradora y perversa. Haynes nos sumerge en una love story, en una historia de amor de verdad, de ese amor que se siente profundamente, que te atrapa y domina, del que no puedes escapar, del que te abruma y te pierde, dejándote sin aliento. Un amor donde la pasión y el deseo se materializan de modo natural y sin poder detenerlos, (la secuencia de sexo, que viene precedida de ese viaje en automóvil, entre las dos mujeres, filmada con un romanticismo y candidez contundente, ejemplifica sus sentimientos más profundos y ese espacio de libertad que no disfrutan en su realidad), una voluntad por encima de la razón, por encima de todo, y de uno mismo. Dos mujeres que se aman, que se desean, que descubren que su relación las completa, les llena ese vacío que inunda sus vidas, un amor sincero e inolvidable, aunque frente a ellas, está esa sociedad americana puritana y conservadora, que las rechaza, las juzga y las castra, que aniquila y extermina cualquier modo de vida o pensamiento que no sea el suyo, el inmovilizado, el de familia feliz con hijos.
Haynes nos devuelve ese cine clásico, pero con una mirada actualizada y revisada, como hizo Fassbinder en 1974, en otro tono, con Todos nos llamamos Alí. En el que devolvía y colocaba en el lugar que se merecía Sólo el cielo lo sabe (1955), de Sirk, explorando aquellos temas que Sirk no pudo ejecutar en libertad, valiéndose de una viuda que se casaba con un inmigrante marroquí y veía como era criticada y juzgada. El realizador estadounidense nos entrega una obra sobre la mirada, el oficio de mirar, sobre el deseo y la pasión, un ejercicio memorable y brutal, de una contundencia que sobrecoge, filmada en estado de gracia, donde vuelve a contar con algunos de sus más íntimos colaboradores, como Ed Lachman, su cinematógrafo en buena parte de su filmografía, y dos colaboradores que estuvieron en Mildred pierce, el montador Affonso Gonçalves, y el músico Carter Burwell (habitual de los hermanos Coen), que nos regala una composición sutil y conmovedora que registra de forma audaz y mágica todas las miradas, gestos y silencios que se dedican las dos excelentes actrices, una Cate Blanchett que, domina todos los registros interpretativos, componiéndonos una señora valiente y fuerte que deberá, no sólo enfrentarse a sí misma, sino a una sociedad que la juzga y la condena, y la presencia de Rooney Mara «un ángel caído del cielo», como la define Carol (muy alejada de la hacker tatuada de las adaptaciones de las novelas de Larsson) aquí nos encandila con esa mirada inquieta y nerviosa (en ocasiones recuerda a la Audrey Hepburn de Desauyno con diamantes o Dos en la carretera), encarnando a esa luz apagada que no siente ilusión por la vida, que camina perdida y sin esperanza, hasta que se encuentra con Carol Aird, y entonces, para la joven There Velivet, todo cambia, y cambiará para siempre… como nos canta en un momento la gran Billie Holyday en su Easy living:
Encuentro con José Luis Guerín, director de «La academia de las musas», con motivo de la proyección de clausura de l’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona. El evento tuvo lugar el domingo 22 de noviembre de 2015, en la Filmoteca de Cataluña.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a José Luis Guerín, por su tiempo, conocimiento y generosidad, al equipo de l’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, por su trabajo, resistencia y cariño, y a Octaví Martí y Pilar García de Comunicación de la Filmoteca, por su paciencia y amabilidad.
La mayor parte de la potente e interesante cinematografía iraní que llega a nuestras pantallas, se ha especializado en retratar las dificultades sociales, económicas, políticas y culturales que padecen sus habitantes en un estado regido por leyes extremadamente tradicionales y patriarcales. Muchos de esos cineastas han focalizado sus películas en retratar a las mujeres, las más perjudicadas por las imposiciones estatales. Desde Kiarostami en Ten (2002) o Shirin (2008), Panahi en El espejo (1997) o Offside (2005), Samira Makhmalbaf en La manzana (1998) o A las cinco de la tarde (2003), o Asghar Fahardi en A propósito de Elly (2009) o Nader y Simin, una separación (2011), han sabido extraer la parte sociológica y emocional de estas mujeres que se ven inmersas en situaciones dolorosas y terribles por reivindicar su feminidad e independencia.
La debutante Ida Panahandeh (1979, Teherán, Irán) – que lleva desde el 2005 realizando cortometrajes, documentales y tv movies, retratando a las mujeres y sus dificultades vitales y cotidianas – coge el testigo de sus otros colegas iranís para sumergirse en Nahid, una mujer que vive al norte de Irán, y se enamora por primera vez de Masoud, un apuesto maduro que regenta un hotel a las orillas del Mar Caspio. La intención de la pareja es contraer matrimonio, pero Nahid, cuando se divorció de Ahmad, una bala perdida que le hace la vida imposible, acordó mantener la custodia de su hijo si no volvía a casarse. Ante este difícil conflicto, la pareja opta por un matrimonio temporal, que aunque no está prohibido por la ley, lleva a Nahid a un laberinto sin salida donde deberá enfrentarse a su entorno familiar que rechaza su decisión. Panahandeh, con la ayuda de su coguionista, Arsalan Amiri, construye una película fría y gris, filmada durante el otoño, en una ciudad pequeña y austera, sumergiendo a sus personajes en existencias tristes y solitarias, donde emerge la mirada de Nahid, plagada de detalles y gestos, dotada de una profundidad que inquieta y conmueve. El conflicto kafkiano en el que se verá sometida diariamente hará mella en su interior, los problemas injustos e inhumanos que, no sólo la somete el estado, sino también su familia, la dejará en un callejón oscuro de difícil salida. Panahandeh huye del drama panfletario y paternalista, se interesa por el drama humano en el que se ven esclavizadas muchas mujeres iraníes que no les dejan llevar una vida en libertad e independiente.
Un relato social, pero también profundo y humanista, que nos descubre a una mujer valiente y fuerte que deberá luchar para ser ella misma, en una sociedad represiva y dictatorial, y en continua amenaza, como ese mar violento que mira cuando se ve con su amante a escondidas. Nahid es una mujer joven, que además de tener que lidiar con un hijo rebelde y difícil, tiene que soportar a su ex, un adicto al juego de vida oscura, y además, enfrentarse al rechazo de una familia que la juzga y la encierra. Su única ilusión es mantener la custodia de su hijo y comenzar una nueva vida con Masoud, el hombre que la escucha y trata como una mujer y, sobre todo, como una persona libre, independiente y feliz. Queda patente el esfuerzo de Panahandeh en encauzar todos sus elementos narrativos, y construir una trama que va in crescendo, con planos cortos y cerrados en su mayoría, donde imprime esa angustia y vacío que siente su protagonista, que Sareh Bayat interpreta llena de matices creando una composición maravillosa y entregada (que muchos recordarán por su personaje de Razié en Nader y Simin, papel que desencadenaba el conflicto y le valió el reconocimiento en el Festival de Berlín) componiendo un personaje cimentado a través de sus miradas y silencios, convirtiéndose en uno de los grandes aciertos de este drama emocional, de vocación realista, donde un mujer de hoy tiene que enfrentarse a todos y todo, por su maternidad, y el amor que siente por el hombre que la ama.
Encuentro con la cineasta Isabel Coixet, con motivo de la programación en la Filmoteca de Catalunya de la retrospectiva íntegra de su obra, y el ciclo Dones (Bastant) perdudes, elegido por ella. El evento tuvo lugar el lunes 11 de enero de 2016, en la cafetería de la Filmoteca de Cataluña.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Isabel Coixet, por su tiempo, conocimiento y sabiduría, y a Pilar García de Comunicación de la Filmoteca, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su paciencia, amabilidad y cariño.
Entrevista a José Luis Guerín, director de «La academia de las musas». El encuentro tuvo lugar el lunes 28 de diciembre de 2015, en la vivienda del director en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a José Luis Guerín, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su paciencia, amabilidad y cariño, y al colega de El Punt Avui, que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.