Te estoy amando locamente, de Alejandro Marín

YO SOLO QUIERO AMOR. 

“(…) Tengo ganas de no explicar por qué Yo te quiero querer sin miedo a que puedan volver Tengo ganas de saltar a tus pies, levantar el parquet. Contarle a Dios, quién quiero ser”.

Fragmento de “Yo solo quiero amor”, de Rigoberta Bandini 

Erase una vez… Miguel, un joven sevillano por aquel verano de 1977. Su madre Reme está orgullosa de su hijo porque estudiará Derecho, aunque Miguel tiene otros planes para su vida, él quiere ser artista e ir a la tele a demostrarlo. Miguel también oculta su condición homosexual a su madre, un mundo oculto y perseguido entonces, ya que hasta 1988 era delito. En ese incipiente colectivo LGTBI andaluz encontrará a Mili, Lole, Dani y Paquito, personas que se ayudarán para visibilizarse y luchar por sus derechos en un país todavía anclado en la oscuridad del franquismo. Te estoy amando locamente, que coge prestado el título de la famosa canción del dúo rumbero “Las Grecas”, que lo petó en 1974, para contarnos la intrahistoria de este país, de tantas luchas clandestinas, tantos derechos reivindicados y sobre todo, pone rostro y voz a tantas personas ocultas tantos años y un día dejaron de esconderse y salieron a las calles a reivindicar, luchar y ser ellas mismas sin miedo. 

A su director Alejandro Marín, lo conocíamos por haber pasado por la Escac, que coproduce la cinta junto a Zeta Cinema, haber dirigido cortometrajes como Nacho no conduce (2018), sobre la condición gay oculta de su protagonista, el largometraje colectivo La filla d’algú (2019), la serie Maricón perdido (2021), y ahora con Te estoy amando locamente, su debut en solitario en el largometraje, escrita por Carmen Garrido, que fue delegada de producción en la reciente Los buenos modales, y el propio director, en el que construyen un sensible e intenso drama que aúna de forma admirable lo doméstico, la relación complicada entre Miguel y su madre Reme, y lo social, el movimiento LGTBI andaluz, en una historia con un tono humano y social, con un ritmo bestial, dond hay tiempo para todo. Contada desde la visión de Miguel, de su conflicto personal, el suyo propio, y entre lo quiere y lo que su madre desea, y su descubrimiento de “Los otros”,  que son como él, y su soledad y aislamiento, acompañada por su inseparable amiga Maca, se ve ampliado por personas que son y sienten como él, y todo bajo el auspicio de la iglesia, ya que el cura, comunista y liberal, les deja una sala del centro parroquial. 

Una película de aquí y ahora, pero hablando de hace 46 años, donde se habla de amistad, de amor, de mirar al otro, de acompañarlo, de acompañarse y sobre todo, de cuidar y de empatía, de ser uno pero sobre todo, ser nosotros. Marín vuelve a contar con algunos cómplices que le han ido acompañando en su filmografía como el cinematógrafo Andreu Otroll, que realiza un gran trabajo, captando ese abanico de colores oscuros y vivos, que capta con detalle la transición que sufría el país, y el personaje de Miguel. Otro habitual es el montador Javier Gil Alonso, que lo conocemos de sus trabajos con Miguel Ángel Blanca y la serie Veneno, y el músico Nico Casal, que escuchamos en películas de Nely Reguera y Ramón Salazar, y el gran fichaje de Eva Leira y Yolanda Serrano en la confección del pedazo reparto de la película, lleno de rostros conocidos como una impresionante Ana Wagener, nunca está mal esta mujer, en el papel de Reme, la madre que deberá adaptarse a los tiempos de cambio que está experimentando su hijo y por ende, la sociedad. Manuel Morón, otro que nunca está mal, ahora en el rol de abogado con dinero, aquellos adscritos al antiguo régimen que todavía conservan su estatus. Alba Flores como Lole, que magia y que luz tiene esta actriz, capaz de cualquier personaje, de moldearlo a su manera y hacerlo muy suya. Jesús Carroza, que hemos visto en muchas de Alberto Rodríguez, está genial como cura de barrio, un tipo cercano, que sabe que al fascismo se le discute y se le lucha desde dentro y la palabra de Dios es para ellos que son perseguidos. 

Luego, tenemos a los intérpretes menos conocidos pero igual de interesantes, que aportan esa veracidad, frescura y humanidad que necesita la película. Un gran protagonista como Omar Banana como Miguel, que hemos visto en series como Paquita Salas, Sky Rojo y el inolvidable Manolito de Veneno, ahora en su puesta de largo en el cine con un personaje maravilloso, con una humanidad desbordante, una alegría de vivir y conociendo la verdad del mundo, lo oscuro y lo amargo de un país que todavía se resiste a cambiar para todos y todas. Le acompañan el músico La Dani haciendo de Dani, que ya estuvo en el especial para televisión Una Navidad con Samantha Hudson (2021), que digirió Marín, con un personaje que ha vivido la cárcel y su violencia por su condición, toda una diva que canta copla de la Piquer en el local clandestino que tiene el movimiento LGTBI, que le acompañan Alex de la Croix como Mili, que salía en Rainbow y la serie La que se avecina,  y la debutante Lola Buzón como Paquito, que ha salido en  la citada Maca que hace Carmen Orellana, que hemos visto en Veneno, y comedias como Operación Camarón y El mundo es vuestro, y Pepa Gracia como Raquel, una abogada que defiende las causas perdidas, con más de 20 trabajos entre cine y televisión. 

Aplaudimos y celebramos una película como Te estoy amando locamente, de Alejandro Marín, porque es una reivindicación de ser uno mismo, del amor y de la vida, y no solo mira al pasado de forma directa y de verdad, sino que lo hace deteniéndose en las personas, en todo lo que son y en todo lo que sienten, y de paso, no se olvida de lo social, del contexto histórico que se palpaba en aquella España/Sevilla del 77, cuando todo estaba por hacerse después de tantos años de oscuridad y violencia franquista, porque el país estaba en pañales en derechos y libertades para todos y todas, y en eso, la película es admirable, en su tono ligero y cercano, porque aunque hay maldad y persecución, también hay alegría y amistad, y es ejemplar en el sentido de la transición por el que pasan cada uno de los personajes, al alimón de la que se vivía en el país, y por añadidura, esos impagables temas musicales como “El garrotín”, de los Smash, que nos da la bienvenida a la película, y a ese microcosmos con ese patio rodeado por las diferentes viviendas, toda una metáfora de la situación que se experimentaba en el país. Un país que ha avanzado mucho, pero todavía hay mucho por hacer en derechos LGTBIQ+, porque todo lo que se ha ganado y se ganará, con aquel espíritu del 77 y 78, puede verse muy amenazado por los malos y por los fascistas de siempre. No lo conseguirán porque ahora somos muchas y muchas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El primer día de mi vida, de Paolo Genovese

UNA SEMANA MÁS. 

“El suicidio no acaba con las posibilidades de que la vida empeore, el sucidio elimina la posibilidad de que mejore”.

Kat Calhoun  

No me digan que no recuerdan a George Bailey, el esposo y padre de familia, de la pequeña localidad de Bedford Falls que, agobiado por las deudas, una noche decide acabar con su vida. Pero, cuando lo va a hacer, se le aparece un ángel y todo cambia. ¿Ya saben de quién les hablo?. Sí, correcto, la película es ¡Qué bello es vivir? (1946), de Frank Capra. Algo parecido les sucede a los protagonistas de El primer día de mi vida, de Paolo Genovese (Roma, Italia, 1966), porque un ángel también los recoge en coche una noche de lluvia intensa. Tenemos a Napoleone, casado y empleo bien remunerado, pero desconoce el motivo de tanta infelicidad. Arianna, policía y divorciada, no soporta vivir después que su hija muriese. Emilia, la eterna segundona en gimnasia, no quiere vivir en su silla de ruedas después de un grave accidente. Y, finalmente está Daniele, un niño que odia ser youtuber y comer tanto, pero sus padres no lo escuchan. Cuatro almas que han dejado de vivir. Cuatro almas que tendrán una semana más, siete días para ver sus vidas, o lo que fueron, y sus no vidas, la huella que han dejado en los otros. 

De más de la decena de películas de Genovese, comedias entre lo romántico y el drama, siempre con temas actuales, como hizo en Una famiglia perfetta  (2012), Tutta colpa di Freud (2014), The Place (2017), Una historia de amor italiana (2021), y Perfectos desconocidos (2016), su gran éxito, que ha sido exportado a muchos países en forma de remake, como el que hizo Álex de la Iglesia en 2017. Con Il primo giorno della mia vita, en su título original, con un guión escrito a cuatro manos por el propio director junto a sus cómplices Rolando Ravello, con más de 40 títulos, entre los que destaca trabajos con Scola y Sorrentino, Paolo Castella e Isabella Aguilar, en la que construyen un relato íntimo y profundo, recogido y tranquilo, en la que hablan de forma madura y concisa de un tema tan difícil como el suicidio, pero haciéndolo desde su complejidad, huyendo de lo simplista y los manidos mensajes de positividad y  demás aspectos tan machacados en la actualidad, porque la película mira de frente, sin estridencia ni piruetas argumentales, construyendo una trama lineal, convencional, con personajes diferentes y cercanos, donde cada uno expone sus razones y sus circunstancias. 

La película es una película sobre la escucha, sobre mirarnos, sobre no tratar de entender sino escuchar, quedarse cerca del otro y escucharlo, eso que nunca hacemos. Una película sobre problemas y sobre cómo afrontarlos, aunque a veces las soluciones no se vean o tarden en verse, y quizás, no sean de nuestro agrado, porque la felicidad nunca está asegurada y en ocasiones, no sabemos qué nos ocurre, y debemos seguir así, intentando mejorar y mejorarnos, porque es la única forma de hacer las cosas. Al igual que en el apartado guion, en la parte técnica, el director italiano también opta por viejos conocidos como el cinematógrafo Fabrizio Lucci, con esa luz nocturna y de interior, con pocos exteriores de día, con ese hotel anclado en el tiempo y espacio, que nos recuerda a las viejas películas en blanco y negro, la editora Cosnuelo Catucci, en un buen trabajo de montaje, en una historia que va a las dos horas de metraje, en un relato que apenas hay movimiento y poco diálogo, y finalmente, la música de Maurizio Filardo, que añade lo que no se dice y lo que callan los personajes, apoyándose en el silencio y en las diferentes composiciones. 

Un gran reparto, bien conjuntado y diferente, que logra un buen empaque con personajes de edades desde la infancia a la adultez, y variadas posiciones sociales y culturales. Encabezados por el gran Toni Servillo, que descubrimos con la maravillosa composición de Titta Di Girolamo en Le conseguenze dell’amore (2004), de Paolo Sorrentino, y con el paso de los años, se ha convertido en uno de las grandes figuras de la interpretación europea. Su ángel, sobrio y comedido, es todo un arte de la composición de personaje y de mirar, porque Servillo no sólo mira, sino traspasa. Le acompañan Valerio Mastanorea como Napoleone, que ya había trabajado con Genovese en The Place, y también, con Virzì, Ferrara, Winterbottom y Bellocchio, entre otros, en un personaje muy cerrado, el más parecido al que hace Servillo, ya lo descubrirán, la estupenda Margherita Buy es Arianna, una de las actrices de la última época de Nanni Moretti, amén de Ozpetek, Veronesi y Tornatore, y muchos más, que como Servillo y los grandes, mira muy bien, es decir, que explica sin decir nada, y entendemos muchas aspectos de un personaje que sufre mucho. Sara Serraiocco hace de Emilia, la joven machacada que no encuentra su ilusión después de no poder hacer lo que más le gusta. Una actriz que hemos visto junto a los citados Salvatores, Virzì y Cavani. El niño Gabriele Cristini, con más de 30 títulos en su intensa filmografía, se queda con el personaje de Daniele, el niño sometido por su padre por los beneficios de youtube. 

La película de Genovese tiene muchas historias dentro de ella, algunas más alegres que otras, y otras, agridulces como la vida misma, podemos verla como una balada, por todo lo que cuenta y cómo lo hace, pero suena a jazz, en una noche de lluvia, tal y como arranca la película, y su desarrollo va en consonancia a las emociones encontradas y contradictorias de sus variados personajes. Unas almas que no necesitan ganas de vivir, si no que les ha llevado a quitarse la vida, y no a base de golpes, sino con diálogo, cariño y cercanía, y sobre todo, sentirse acompañados, y sobre todo, escuchados, ese mal tan instalado en la sociedad actual, con todos y todas con nuestros quehaceres cotidianos, en continuo movimiento, como pollos sin cabeza, tan intensos y ocupados, y nos olvidamos de lo más importante, de detenernos, de mirar a nuestro alrededor y no olvidarse de quién tenemos junto a nosotros y nosotras, porque quizás, el día que lo hagamos ya es demasiado tarde, y no nos conceden una semana más para pensar en nosotros, y lo que dejamos en los demás, como le ocurría a George Bailey y los personajes de El primer día de mi vidaJOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Houria, de Mounia Meddour

HERIDA, PERO EN PIE. 

“En la oscuridad, las cosas que nos rodean no parecen más reales que los sueños”.

Murasaki Shikibu

La primera secuencia de Houria, el segundo largometraje de ficción de Mounia Meddour (Moscú, Rusia, 1978), es magnífica, y tremendamente reveladora de la película que empezamos a ver. Vemos a su protagonista bailando en una terraza con los auriculares puestos, sólo escuchamos el rumor del mar. Los leves sonidos se funden con el silencio que domina todo ese instante, un momento suspendido en el tiempo. A la directora franco-argelina, de la que sabemos su trayectoria en el campo documental, ya la conocíamos por su anterior trabajo, Papicha (2019), en la que en mitad del conflicto armado de la Argelia de los noventa, se centraba en la existencia de un par de amigas que soñaban con su música y su ropa y hacer un desfile de moda, a pesar de los obstáculos y la violencia de un país sumido en una guerra cruenta. Con Houria sigue en la misma intensidad, atmósfera y paisaje, aunque ahora estamos en la actualidad argelina, donde el personaje mencionado ahora sueña con bailar, y gana dinero apostando en peleas clandestinas con cabras. Una de esas noches, que la noche ha ido bien, es atacada y le destrozan la pierna. A partir de ese momento, su vida hará un cambio de 180 grados y toda su cotidianidad girará a recuperarse y seguir soñando con volver a bailar. 

Meddour construye una historia de aquí y ahora, en la que sigue indagando en la violencia, ahora de otra forma y textura, porque sigue habiendo ese pasado traumático que sigue traumatizando a algunos personajes, y esa otra violencia, la de ahora, en un país sumido en una realidad que avanza poco y mal, con personas que desean abandonar el país y buscar nuevos horizontes y sobre todo, más oportunidades laborales, emocionales y demás. Un país que somete a sus habitantes a una situación límbica, en la que su vulnerable presente puede cambiar en cualquier momento tal y como le sucede a la protagonista. Un relato que cuida los detalles, que mira a sus personajes con profundidad y complejidad, que teje una interesante maraña de relaciones entre unos individuos que viven su presente, porque el futuro no va más allá, porque el futuro siempre resulta incierto y complicado, aunque todas ellas se sienten fuertes y valientes para seguir con sus vidas a pesar de todo y todos, y trabajar por sus sueños, esos horizontes que nunca las dejan de mirar, porque a cada paso de baile, parece que sus ilusiones están más cerca o al menos, así los miran. 

La cineasta franco-argelina vuelve a contar con algunos de los cómplices que le acompañaron en Papicha, como el cinematógrafo Léo Lefèvre, en un prodigioso trabajo de luz, en el que capta esa agitación de sus protagonistas, con una cámara atenta y febril que recoge ese continuo movimiento del primer tercio, para luego asentarse y tener pausa para explicar todo el proceso de reconstrucción de Houria. También está Damien Keyeux en el montaje, que repite con la directora, en una película bien construida, con su ritmo y su pausa en un metraje que se va a los 104 minutos. Mención especial al apartado de la música, con Maxence Dussère, que tiene en su haber la edición musical de Annette (2021), de Leos Carax, entre otros, y Yasmine Meddour, que ya estuvo en algún cortometraje de la directora, consiguen atraparnos con unas melodía vitales, sencillas y extraordinarias, muy importantes en una película donde se baile mucho. Un abanico infinito de sensaciones y sentimientos para contar este drama esperanzador que nos capta desde la citada primera secuencia inolvidable. 

Al igual que pasa con el equipo técnico, entre el equipo artístico encontramos a algunas cómplices como Lyna Khoudri, una de las chicas que soñaban con la moda en Papicha, aquí en la piel de una joven vitalista que la vida golpea de forma brutal, y que deberá volver a empezar, reconstruirse físicamente, y sobre todo, anímicamente, que cuesta más como es sabido. Una mujer que sueña con bailar, con transmitir todas sus emociones a través de la danza, una actividad que necesita expresarse, que no usa palabras, sólo el movimiento corporal, que habla y escucha y comunica con todo aquel o aquella que desee. Junto a ella, también tenemos a otra Papicha, Amira Hilda Douaouda, ahora en la piel de Sonia, una joven que sueña con bailar e irse a otro país. Le siguen Rachida Brakni interpretando el rol de la maestra de baile y mamá de Houria, una mujer que ha sufrió la violencia años atrás, Nadia Kaci es Halima, un personaje importante en la vida post accidente de la protagonista, y Marwan Zeghbib como Ali, un tipo con el que es mejor no cruzarse por la noche. 

Meddour ha tejido una película con ritmo frenético al inicio y luego, en una historia llena de pausa, comedida y tremendamente poética, donde la cámara se aposenta, se fija en lo mínimo y convierte el marco en una película silente, donde ya no hay palabras, sólo el movimiento, un movimiento pausado, tranquilo y sosegado, sólo roto por el baile, una danza que explica, que lo dice todo sin decir nada, que quiere mostrar y emocionar, y lo consigue, porque en un mundo con tanto ruido, con tantos problemas y conflictos, quizás todos y todas deberíamos parar, detenernos y mirar a nuestro interior, sobre todo, a nuestro interior, y extraer todo aquello que nos duele, que nos preocupa, todo aquello que nos doblega, que nos silencia, todo aquello que somos, porque con el baile podemos seguir bailando, transmitiendo, y seguir soñando, porque si de algo estamos completamente convencidos es que podemos estar mal, decepcionados, rotos y vacíos, pero lo que no podemos estar en este mundo sin sueños, porque soñar es una de las mejores acciones que podemos no sólo para protestar contra la injusticia y la desigualdad, sino por y para nosotros, porque se puede vivir sin muchas cosas materiales, pero lo que no se puede vivir es sin sueños, sin querer mejorar, y seguir en la pelea por lo que sentimos de verdad, y eso nunca no los pueden quitar, por muchas hostias que nos den, por muchos golpes que recibamos, porque los sueños son sólo nuestros y de nadie más, ya lo decía Calderón, “Que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son…”, y eso es lo más grande que nos puede suceder, créanme y no dejen de soñar, porque los de verdad no hay que fingirlos, sólo mostrarlos a los demás y a uno mismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Unicornios, de Àlex Lora

ISA LO QUIERE TODO. 

“Me doy cuenta de que todo el mundo dice que las redes sociales son un unicornio pero, ¿y si solo es un caballo?”.

Jay Baer

El mundo real o lo que entendemos por realidad, que eso sería otro debate, ha perdido la fisicidad para convertirse en virtual, o quizás, para convertirse en una representación de otra. Porque la realidad, y permítanme que utilice el mismo término, se ha desplazado a las redes sociales. Todo lo que allí existe se interpreta como lo real, o más bien, como la interpretación de una realidad que se evapora a cada milésima de segundo porque es sustituida por otra, igual de vacía, pero segundos más actual. Todo aquel, ya sea autónomo o empresa, debe vivir en las redes, crear contenido y exponer, y exponerse, para conseguir “likes”, y una visibilidad constante que se traduzca en beneficio económico. Isa, la protagonista de Unicornios lo tiene claro. Su vida, su trabajo y su ocio están constantemente expuestos en las redes sociales. Sus posts son su vida y esa realidad virtual en la que vive se traduce en una existencia llena de movimiento, actividad frenética y una pasión arrolladora. Vive el mundo, cada segundo, sin perder nada ni nadie, consume y fabrica contenido, y ama y folla de forma libre y sin complejos. 

El primer largometraje de ficción de Àlex Lora, después de una filmografía dedicada al cine documental donde ha cosechado algunos éxitos como el corto Un agujero en el cielo (2014), los largometrajes codirigidos como Thy Father’s Chair (2015), y El cuarto reino. El reino de los plásticos (2019), siempre con temáticas sociales y contundentes. Con Unicornios arranca en la ficción con una película que mira de frente a la juventud actual, a esa que tiene las redes sociales como su todo, que practica el amor libre, y es inteligente, segura de sí misma y mucho más. Aunque, el director barcelonés se centra en lo que no se ve, en la amargura y el lado más oscuro de toda esa vida de apariencia y exposición, y lo hace desde un guion escrito a cuatro manos en los que ha participado María Mínguez, que tiene en su haber comedias como Vivir dos veces y Amor en polvo, Marta Vivet, con series como Las del Hockey, y películas estimables como Cantando en las azoteas, y Pilar Palomero, directora de Las niñas y La maternal, y el propio director, donde prima la mirada y el cuerpo de Isa, interpretada magistralmente por una formidable Greta Fernández, con esa fuerza arrolladora que transmite y se come la pantalla, una magnífica mezcla de ternura y fuerza. 

Una película de aquí y ahora, pero no cómoda y sentimentaloide, sino todo lo contrario, porque nos habla de frente, sin atajos ni nada que se le parezca, retratando esa realidad cruda, donde hay soledad y tristeza, con ese tono agridulce, amargo y siniestro, en la que se abordan temas tan candentes como las mencionadas redes sociales, las relaciones maternofiliales, y las relaciones humanas, tanto sentimentales, profesionales y con uno mismo, y lo hace desde la sencillez y de frente, sin dejarse nada y mirarlas con crudeza y de verdad, esa verdad que escuece, que golpea y te deja pensando en que mundo vivimos y sobre todo, qué mundo hacemos cada día entre todos y todas. Una imagen de colores fluorescentes, neones y pálidos bañan toda la película, con ese tono tristón, de realidad aparente, en un gran trabajo de cinematografía de Thais Català, que ya firmó el corto Harta, de Júlia de Paz. Un buen trabajo de montaje del propio Lora y Mariona Solé, de la que hemos visto documentos tan interesantes como 918 Gau y El techo amarillo, cortante, poderoso y frenético, pero sin ser incomprensible, en un realto que se va a los 93 minutos de metraje. 

Amén de la mención de la protagonista, nos encontramos con Nora Navas, siempre tan bien y tan comedida, en el rol de madre de la protagonista, con la que tendrá sus más y sus menos, con sus idas y venidas, en una relación que estructura de forma brillante el recorrido de la película. Un actor tan natural como Pablo Molinero, hace del jefe de la prota, un tipo que tiene esa web que quiere más, rodeado de jóvenes talentos como Isa, a los que exprime y agita para sacar sus mejores ideas, la siempre brillante Elena Martín, que nos tiene enamoraos desde Les amigues de l’Agatà, haciendo de una fotógrafa con miles de followers y algo más, que mantendrá una relación interesante con el personaje de Greta Fernández, y otros intérpretes la mar de interesantes, tan naturales y reales, como Alejandro Pau, Sònia Ninyerola y Lídia Casanova, en un nuevo y excelente trabajo de Irene Roqué, que está detrás de éxitos tanto en series como Nit i Dia y Vida perfecta, y cine como Chavalas, Libertad y la citada La maternal. Sin olvidarnos de la producción de Valérie Delpierre, que ya estaba detrás de la mencionada Thy Father’s Chair, y de otras que todos recordamos, y Adán Aliaga, codirector del citado El cuarto reino

Lora se ha salido con la suya, y eso que la empresa presentaba dificultades y riesgo, pero su Unicornios no es una historia que quiera complacer, para nada, sino mostrar una realidad oscura y profunda, en la que su protagonista Isa va y viene, una mujer joven, preparada y lista, que no quiere perderse a nadie y a nada, estar siempre ahí, aunque esa actitud la lleve a cruzar bosques demasiados siniestros y complejos, aunque ella, aún sabiendo o no su riesgo, no quiere dejarse de nada, y vivir la vida con mucha intensidad, quizás demasiada, pero para ella todo vale y todo tiene su qué, y quién no quiera seguirla, ahí tiene la puerta, porque si una cosa tiene clara Isa que las cosas y los momentos pasan y nada ni nada espera a nadie, aunque a veces no sepamos parar, detenernos y mirar a nuestro alrededor por si de caso nos hemos olvidado de lo que nos hace sentir bien y sobre todo, estamos dejando por el camino personas que nos importan y por nuestra ambición desmedida, no nos estamos dando cuenta de nuestro error. Unicornios  no está muy lejos de películas como Ojalá te mueras (2018), de Mihály Schwechtj, en la que una estudiante se veía expuesta en las redes de manera cruel y violenta, y Sweat (2020), de Magnus von Horn, que relataba la cotidianidad de Sylwia Zajca, una motivadora de fitness que era la reina de las redes, pero cuando las apagaba, se sentía la mujer más triste y sola del planeta. Llegar a ese equilibrio y a esa estabilidad emocional es la que también intenta tener Isa, aunque como Sylwia, no siempre se sale con la suya, porque por mucho que queramos correr, el mundo va siempre más rápido. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Néixer per néixer, de Pablo García Pérez de Lara

CONSTRUYENDO PERSONAS. 

“Una prueba de lo acertado de la intervención educativa es la felicidad del niño”.

María Montessori

Hemos hablado varias veces de la importancia capital que tienen los comienzos en las películas. Ese primer plano y esa secuencia explica mucho de lo que será la historia que vamos a ver. En Néixer per néixer, quinto largometraje de Pablo García Pérez de Lara (Barcelona, 1970), su apertura es sencilla, potente y magnífica. Vemos a un grupo de alumnos reunidos en un rincón del aula, conversan entre ellos. Se acerca una maestra y les comenta si les incomoda que se filme ese encuentro. Uno de ellos afirma que sí. Entonces, alguien del equipo de la película se levanta y cruza frente al plano fijo y la imagen corta a negro. Un leve gesto, pero en el fondo, un gesto que define una película que mira y respeta lo que mira. Una película que se detiene en una escuela, pero no en una escuela cualquiera, sino en la Escuela Congrés-Indians de Barcelona, un colegio que forma a sus alumnos con pedagogías diferentes, donde el alumno forma parte de un todo, donde cada uno de ellos aprende en una comunidad, habla de sus emociones abiertamente y cada uno de ellos tiene un acompañamiento especial y a su ritmo. La película registra el último curso de la primera promoción de la escuela que, después de 9 años, dejará la escuela para entrar en secundaria. 

García Pérez de Lara, que se encarga de la escritura, la dirección, la cinematografía y el montaje, filma la intimidad del centro: la profunda y detallada relación entre alumnos y maestros, las miradas y los gestos cotidianos, y todo lo que allí acontece, o podríamos decir, todo aquello que registra la cámara. Una intimidad que vemos desde el respeto y sobre todo, la educación, como hemos citado en el primer párrafo de este texto. Una cámara fija, a una distancia prudencial, observativa, no contaminante, que capta las rutinas, los diálogos, las relaciones y esos instantes únicos e irrepetibles de unos preadolescentes que dejarán un ambiente muy especial para entrar en otros. La cámara sigue sus movimientos, sus ilusiones, tristezas y demás aspectos emocionales, una vorágine de sentimientos, contradicciones y la vida de primera mano, esa vida que se escapa, que no se detiene, que avanza. Desde su primera aventura Fuente Álamo, la caricia del tiempo (2001), que ya llevaba consigo la palabra tiempo, el director manchego-catalán sigue empeñado no en contener el tiempo, que sería imposible, sino en mirarlo detenidamente, capturar una parte y reflexionar sobre él, ya sea desde la infancia, desde su propio trabajo como cineasta o demás aspectos de la condición humana. 

No es la primera vez que García Pérez de Lara había situado su mirada en la infancia y en la educación, ya lo había hecho en Escolta (2014), una película de 29 minutos centrada en una escuela donde hay niños oyentes y sordos. En Néixer per néixer aumenta la edad de sus “protagonistas”, los filma en su edad preadolescente, con todas las inquietudes, miedos , ilusiones e inseguridades propios de su edad, pero en un centro donde aprenden a escuchar, a explicar lo que sienten y sobre todo, aprenden a compartir el aprendizaje, sus caminos, y donde todos y todas son parte de sí mismos y de un todo. Estamos ante una película muy especial, una historia que engancha por su modestia, su sencillez y su transparencia, no resulta repetitiva ni educadora, para nada, la película habla de su proceso, de lo que está mirando y lo hace desde el respeto, desde lo humano y desde lo íntimo, porque no quiere enseñarnos nada, ni tampoco no pretende, sino capturar una forma de educación diferente a la mayoría de los centros, una educación que quiere ser y sentir, alejada de las formas convencionales que han acompañado desde siempre el sistema educativo. Una escuela pública para todos en la que se aprende a vivir, a pensar y a trabajar por sí mismos, sin excepciones, de forma libre, dinámica y compartiendo. 

Tiene la película el aroma de los grandes títulos que han mirado a la educación de forma honesta y reflexiva como la excelente Veinticuatro ojos (1954), de Keisuke Kinoshita, los imprescindibles documentos sobre el tema del gran Frederick Weisman, aquel monumento que es Diario de un maestro (1973), de Vittorio de Seta, y en la misma senda la espléndida Hoy empieza todo (1999), de Bertrand Tavernier, Ser y tener (2002), de Nicolas Philibert, A cielo abierto (2013), de Mariana Otero, y Primeras soledades (2018), de Claire Simon, entre otros. Obras que no sólo nos cuentan las diversas y complejas realidades a través de una pedagogía que se centra en las emociones y sus aprendizajes. Néixer per néixer  va más allá de una película-documento-retrato, porque no sólo se queda ahí, sino que investiga su propio dispositivo, investigando el material humano que maneja, y profundizando en un microcosmos y atmósferas que recoge la película, y lo hace desde un respeto que traspasa todo lo que vemos, con ese certero montaje que ha escogido unos planos, encuadres, diálogos y sentimientos de unas personas que las conocemos después de 9 años en Congrés-Indians, unos alumnos y alumnas tratados como personas, con sus días, sus altibajos emocionales, sus inquietudes, sus conflictos y demás cosas. 

La película no sólo se detiene en los niños y niñas, sino que, también conocemos a los adultos, unos maestros y maestras que están, escuchan y aprenden igual que sus jóvenes estudiantes, porque todo lo que vemos, sea en la escuela o fuera de ella, tiene una naturalidad asombrosa, donde hay vida, hay aprendizaje, y sobre todo, hay pedagogía, una pedagogía en la que todos, absolutamente todos y todas, alumnos y alumnas, maestras y maestros, en compañía, aprenden cada día, se miran cada día y se respetan cada día, compartiendo el aprendizaje, compartiendo la vida, y todo, absolutamente todo, y nos referimos a expresarse y escucharse, algo que hacemos tan poco o apenas. Una película que debería ser de visión obligatoria a todos y todas aquellos que quieran conocer otra forma de colegio, de eduación y de todo, porque a pesar de toda esa forma convencional que las élites quieran imponer, podemos hablarles que hay otra forma de vivir y sobre todo, aprender, que hay esperanza, aunque no lo parezca, y si no que vean Néixer per néixer, porque aunque recoge una de esas islas resistentes e inconformistas, hay que ver todo el mapa y todo lo que se hace fuera de la norma imperante, que visto lo visto, no ayuda a vivir mejor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Traición, de Jean-Paul Civeyrac

LA MUJER ENGAÑADA. 

“No hay hombre ni mujer que no se haya mirado en el espejo y no se haya sorprendido consigo mismo”.

Revelación de un mundo (1984), de Clarice Lispector

Las primeras secuencias de Traición (del original Une femme de notre temps), de Jean-Paul Civeyrac (Firminy, Francia, 1964), resultan muy reveladoras para situarnos en contexto de manera directa y sin complicaciones. Vemos a la protagonista Juliane Verbeck en su casa en soledad, luego, dejando flores en una tumba de alguien fallecido a los 40 años, y más tarde, en un centro lanzando unas flechas de forma precisa y brillante. En un lugar, donde coincide con una mujer y hablan de la fallecida, hermana de Juliane. Sin apenas diálogos, nos han informado de todo, y sobre todo, del estado de ánimo de la protagonista, que después de cinco años, sigue sufriendo la pérdida de su hermana. El relato, conciso y sin artificios, se posa en la existencia de Juliane, jefa de policía en París, metida en un caso arduo, felizmente casada con Hugo, un vendedor de pisos que se ausenta demasiado. Las sospechas ante esas ausencias, llevarán a la protagonista a dar un giro radical a su vida, o quizás, podríamos decir, a su existencia más inmediata, porque todo lo que parecía controlado y rutinario, se vuelve espeso, inquietante y complejo. 

El director francés, autor de 11 largometrajes, viste su drama íntimo y personal, en una película a lo Hitchcock y Chabrol, unos maestros que disfrazan lo doméstico y lo más cercano con personajes inquietantes y sucesos que alertan considerablemente en una intimidad demasiado estática y desapercibida. Lo que empieza como una película de corte policíaco, pero no desde el género, sino desde lo personal, de una protagonista a la que parece que nada ocurre, porque el conflicto va apareciendo, sin hacer ruido, de forma pausada, sin golpes de efecto ni nada que se le parezca. Un conflicto que cuando estalla convierte a la protagonista en otra, sometida a una espiral que no tiene camino de vuelta, sólo de ida, un viaje en la que experimentará todas esas cosas adormecidas que guardaba en su interior y todavía no habían explotado. Civeyrac se hace acompañar de sus colaboradores más cercanos de sus últimas tres películas. Tenemos al cinematógrafo Pierre-Hubert Martin, que ha estado en Mon amie Victoria (2014), y Mes provincials (2018), que consigue una luz tenue y muy claroscura, que ayuda a acercarse al personaje principal y ese “despertar”, siempre con la noche como compañía, la editora Louise Narboni, que amén de las dos películas citadas, también estuvo en la predecesora de ambas, Dos filles en noir (2010), teje con paso firme y de buen ritmo un montaje que se aleja de los efectismos y sigue con pausa y sin descanso esta huida sin rumbo de la protagonista en sus 92 minutos de metraje. 

Un fichaje lo encontramos en la música del ruso Valentin Silvestrov, que tiene en su haber películas de grandes directores rusos como Kira Muratova, Oleg Frialko y Aleksandr Borisov, entre otros, con una melodía que escenifica el cambio inquietante de la protagonista cuando su vida se pone patas arriba. Una actriz de la experiencia y la categoría de Sophie Marceau, con una filmografía de más de 40 años, que le ha llevado a trabajar con directores de la talla de Zulawski, Pialat, Tavernier, Antonioni, Wenders, Ozon, y muchos más, con más de medio millar de títulos, compone una magnífica Juliane Verbeck, una mujer que parece ausente, en otro lugar, estancada en su vida y en sus no ilusiones, que despertará de golpe, como un tiro o en su caso, una flecha inesperada o quizás no tanto, que le entra y la saca de esa especie de ostracismo en el que se encuentra. el actor belga Johan Heldenbergh, un actor que ha trabajado junto a cineastas como Felix Van Groeningen, del que hace poco hablábamos de su cinta Las ocho montañas, entre otros, hace de Hugo, el marido ausente de Juliane, que oculta algo, algo que sacará a su mujer de esa especie de limbo de dolor y vacío en el que está. 

Civeyrac ha construido una película modélica, pero no en el sentido de academicista, sino en el sentido de que sigue las reglas del género sin salirse del camino, quizás esa forma desencante a todos aquellos espectadores que necesitan de estímulos más atronadores y menos comedidos, pero a los demás espectadores, los que se emocionan con las historias cotidianas pero que encierran muchos misterios como hace Traición, porque si el cine sigue su camino hasta nuestros días después de más de un siglo, no es sólo porque quiera asemejarse al ruido y demás espectacularidades, sino porque sigue fiel a contar historias excelentes con personajes como nosotros, es decir, complejos, humanos, vulnerables, cobardes, valientes, tranquilos, llenos de ira, decepcionados, desafiantes, peligrosos y todo a la vez, como le pasa al personaje principal que, sin comerlo ni beberlo, se deja llevar en una espiral en la que ya no es consciente de sus actos ni de lo que ocurrirá a su alrededor, porque está experimentando lo peor que le puede suceder a una persona que confiaba en otra, que sepa que ha sido engañado, y entonces, todo se vuelve del revés, y ya no somos quiénes éramos, somos los engañados, los traicionados, y los perdidos, y eso ya no tiene vuelta atrás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una vida no tan simple, de Félix Viscarret

EL LUGAR DONDE NO ESTOY. 

“Y, y recordé aquel viejo chiste. Aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice: doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina. Y el doctor responde: ¿pues por qué no lo mete en un manicomio? y el tipo le dice: lo haría, pero necesito los huevos. Pues eso es más o menos lo que pienso sobre las relaciones humanas, ¿sabe? son totalmente irracionales, locas y absurdas; pero supongo que continuamos a mantenerlas porqué la mayoría necesitamos los huevos”.

Alvy Singer en Annie Hall (1977), de Woody Allen

Recuerdan Bajo las estrellas (2007), la ópera prima de Félix Viscarret (Pamplona, 1975), basada en una novela homónima de Fernando Aramburu, que contaba la existencia de Benito Lacunza, extraordinario Alberto San Juan, un trompetista de tres al cuarto de vida quebrada y nómada, que se relacionaba con Lalo, su hermano que construía esculturas de chatarra, y la novia de éste, Nines, castigada por la vida y su hija, Ainara, todo un amor. Una historia que se movía entre la comedia y el drama de forma natural, transparente y eficaz, donde había espacio para la ilusión y la desesperanza, la del relato agridulce como la vida misma. 

Después de policíacos al mejor estilo como Vientos de La Habana (2016), su serie Cuatro estaciones en La Habana (2017), ambas inspiradas en la literatura de Leonardo Padura, documentales sobre el cine como Saura(s) (2017), series sobre las consecuencias del terrorismo vasco como Patria (2020), y relatos metafísicos del mundo absurdo y cotidiano de Juan José Millás en No mires a los ojos  (2022), vuelve a los submundos y texturas de Bajo las estrellas, ahora partiendo de un guion original escrito por el propio Viscarret, en el que cambia la clase social considerablemente, pero continúa en esos personajes perdidos y desorientados, deambulando por una vida que parece que les pasó de largo, o quizás, les habían puesto demasiadas expectativas, pocas reales. Nos cruzamos con Isaías, un tipo de cuarenta y tantos, como cantaba Sabina, arquitecto, casado y padre de dos niños pequeños. De joven, ganó un prestigioso premio que auguraba un gran futuro profesional, pero ese futuro no acaba de llegar, y se pierde en pequeños proyectos más desilusionantes que otra cosa junto a su socio Nico. Las tardes las pasa en el parque cuidando de sus hijos y su matrimonio va y poco más, aunque no como debería. Se siente como en el otro lado de esos patinadores nocturnos con los que se cruza que recorren las calles vacías en total libertad. Unos patinadores que nos recuerdan a aquellos que se paseaban por Almagro, 38 y tenían el mismo efecto en el personaje de Pepa Marcos en Mujeres al borde de un ataque de nervios

El cineasta navarro retrata de forma sencilla y honesta ese tiempo no tiempo que muchos vivimos o simplemente, padecemos. Un tiempo donde todo nos parece extraño, como si la cosa fuese con otro, como si todo estuviera en nuestra contra y lo que pasa no sólo es el tiempo sino nuestra ilusión, aquella que creíamos irrompible o vete tú a saber. Cuatro almas son los individuos que se cruzan por Una vida no tan simple, que nos habla de trabajo, de familia, y sobre todo, de segundas o terceras o cuartas oportunidades, y de trenes que pasan y pasan por la vida, y ni nos enteramos. Acompañan a Isaías, tres más de cuarenta y tantas. Su mujer Ainhoa, profe de universidad y a lo suyo, sin nada más. Tenemos a Nico, el socio del protagonista, que tontea con veinteañeras, y Sonia, la maniática de la salud, una madre que coincide en el parque con Isaías, y quizás en más cosas. La excelente cinematografía de Óscar Durán, que ha trabajado con Jaime Rosales y Gerardo Olivares, entre otros, con ese toque melancólico y nublado, que va de la mano con el estado de ánimo de los personajes, el rítmico y pausado montaje de Victoria Lammers, que ha trabajado con Viscarret en series como Patria y la citada No mires a los ojos, y la agridulce composición de Mikel Salas, que ha puesto música a películas de Paco Plaza y films de animación tan interesantes como Un día más con vida

si hay algo que siempre está bien en el cine que nos propone Viscarret es su elección del elenco, ya hemos hablado de San Juan como el trompetista de Bajo las estrellas, y otros como Emma Suárez, Jorge Perugorría, Juana Acosta, todos los de Patria, Paco León y Leonor Watling, formando un grupo heterogéneo pero siempre desafiante. Un excelente reparto que brilla con intensidad, conduciendo y acercándonos a unos personajes atribulados y sin vida, que podríamos ser uno de nosotros o nosotras, encabezados por un deslumbrante Miki Esparbé como isaías, que vuelve a uno de esos tipos de Las distancias (2018), de Elena Trapé, bien acompañado por Álex García como Nico, qué estupenda presentación la de su personaje. Está Olaya Caldera como Ainhoa, que nos encantó en series como Sinvergüenza y films como Los europeos, de Víctor García León, Ana Polvorosa, la pelirroja del parque, tan cercana como enigmática. Y las aportaciones de un viejo amigo de Viscarret, Julián Villagrán, el encantador Lalo de Bajo las estrellas, ahora en la piel de Rascafría, un arquitecto muy snob y total, y la presencia de Ramón Barea como Don Antonio, el “abuelo” de los arquitectos, esa especie de gurú de todos y todas. 

Viscarret ha construido una película de aquí y ahora, que recoge ese estado de ánimo de muchos y muchas, sobradamente preparados, como decía cierto anuncio, pero incapaces y derrotados ante la vida, o mejor dicho, ante la sociedad consumista que exige mucho y da muy poco, a nivel emocional hablando. Seres que deben compaginar profesión, paternidad y maternidad, y además, estar bien, un cristo, y todo para llegar a ese lugar donde quieren estar o se supone que hay que estar, porque los personajes de Una vida no tan simple nos recuerdan a aquellos personajes de clase media frustrados y náufragos de sus propias vidas que pululan por el universo de Woody Allen, tantos y tantas intentando creer en ellos en una sociedad que sólo cree en lo material, en los superficial y en la apariencia, y se olvida de todo lo demás, de las cosas que importan de verdad, las que nos empujaron para hacer esto o aquello, aquellas cosas que las prisas y la obsesión con llenar el tiempo, nos han llevado a olvidarlas y a sentirnos muy tristes y no saber qué hacer con nuestras vidas, o lo que es peor, vivirlas sin más, como si fueran con otro. Quizás Isaías y las demás criaturas de la película aún pueden engancharse a aquel otro yo que cada día que pasa, queda un poco más lejos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La memoria escondida, de José Luis Pecharromán

LA MEMORIA LGBTIQ+. 

“Que nada nos limite. Que nada nos defina. Que nada nos sujete. Que la libertad sea nuestra propia sustancia”. 

Simone de Beauvoir

Una de las funciones de los estados democráticos es mirar a su pasado más funesto y terrorífico, no con el afán de revanchismo y envidias, sino para restituir a todas sus víctimas que, en su mayoría, han sido silenciadas y olvidadas. Los gobiernos españoles democráticos no han destacado por ayudar a esclarecer los crímenes franquistas y construir una verdadera memoria de aquellos años. Todo se ha hecho con mucho esfuerzo y un trabajo incansable de agrupaciones y asociaciones civiles compuestas por familiares y amigos de los desaparecidos, que han luchado para recuperar esas memorias y sus cadáveres y darles un descanso digno y merecido. La memoria política se hace muy lentamente y con mucho esfuerzo, pero la memoria LGBTIQ+ todavía está por hacerse y sigue silenciada en la mayoría de casos. Así que, la película La memoria escondida, de José Luis Pecharromán (Madrid, 1970), resulta no sólo necesaria, sino fundamental para recuperar toda esta memoria silenciada y olvidada. 

El director madrileño, que debuta en el largometraje, después de una larga trayectoria como cinematógrafo de más de dos lustros en series como Herederos, Valientes, Cita a ciegas, Seis Hermanas, Mar de plástico, Los pacientes del Doctor García, entre muchas otras. Una película que se olvida de datos y estadísticas y del manido reportaje con textura videoclipera, para construir un documento que recoge toda la verdad y nada más que la verdad, pero no la histórica, sino la personal, la que se cuece en los hogares y en la cotidianidad de muchas víctimas que tuvieron que soportar leyes deshumanizadas como la de Vagos y Maleantes, que estuvo en vigor desde el 1954 hasta el 1970, que reprimía la homosexualidad, y la que la sustituyó, la de peligrosidad y rehabilitación social que se mantuvo hasta el 1983 y las consiguientes modificaciones que dotaban de más libertad hasta su derogación total en 1995. La película pone rostros y memoria y da voz y palabra a personas de la tercera edad, con nombres y apellidos e historia como Antonio Ruiz Fernández, Montserrat González Montenegro, Antonio Sánchez Franco y Rosa Araúzo Quintero. Todos y todas hablan mediante conversaciones, al estilo de El papel no puede envolver la brasa (2007), de Rithy Panh, y los espectadores miramos y escuchamos sus diálogos, donde explican su infancia, juventud y adultez en los que deben esconder su condición ante la persecución del estado mediante la policía, y el rechazo de su entorno familiar y social. 

Nos cuentan relatos de terror y violencia, relatos de un país sometido al odio y la ignorancia, a un país dominado por militares y curas, a un país que no respetaba a las personas diferentes y sobre todo, un país que perseguía la libertad en todos los sentidos. Pecharromán responsable de su guion, coproductor, cinematógrafo construye una película de hora y media y en primoroso y cálido blanco y negro, un no color sintomático de las no vidas de sus protagonistas-testimonios, con un exquisito y conciso montaje de Nino Martínez Sosa, del que hemos visto su trabajo en películas tan importantes de Jaime Rosales, con el que ha colaborado en cuatro de sus films, así como La buena nueva, de Helena Taberna, entre otras. Una edición que bucea en los diferentes testimonios, contraponiendo las diferentes experiencias, posiciones y sentimientos, donde las vidas de las cuatro personas tienen espacios comunes de represión, de automutilación y demás caminos para ser respetados, hacer valer su identidad y sobre todo, ser libres sin imposiciones de ningún tipo a nivel emocional y sexual. 

Aplaudimos y celebramos el trabajo de Pecharromán con su ópera prima La memoria escondida, porque hacen mucha falta películas como la suya, películas que hablen, que nos hablen y también, pongan voz a tanto silencio, y ponga rostros, nombres y apellidos, y experiencias vitales y personales de unos cuántos que son la voz de tantos y tantas reprimidos, violentadas, asesinados y silenciadas de los que muy pocos se acuerdan, porque la construcción de un país democrático y libre debe mirar a su pasado más terrorífico, y aquí siempre hay cosas, intereses y gentuza que no quiere mirar ese pasado y seguir alimentando la ignorancia, la estupidez y los intereses económicos. La película focaliza su documento en cuatro vidas, cuatro testimonios que nos hablan de la memoria de un país, de su memoria, de donde venimos y todo aquello que fuimos como país, con sus violentas leyes y persecución a todo aquel que era diferente, y sobre todo, un peligro para ellos, que ya dice que clase de estado dictatorial era, una lástima que tantas personas tuvieran que soportarlo. Una memoria que hay que contar, que escuchar y sobre todo, reflexionar por lo que tenemos hoy en día, y sin bajar la guardia, porque la ultraderecha sigue ahí, esperando su momento, y nos movemos y la derrotamos, o como dice uno de los testimonios, volveremos a tener problemas como ocurre en Hungría y Polonia, estados de pleno derecho de la Unión Europea que hacen leyes que persiguen al colectivo LGBTIQ+. En esas estamos, así que sigamos en la lucha. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Extraña forma de vida, de Pedro Almodóvar

EL AMOR VUELVE CABALGANDO. 

– ¿A cuántos hombres has olvidado? A tantos como mujeres recuerdas tú. -¡No te vayas! No me he movido. -Dime algo bonito. Claro. ¿Qué quieres que te diga? – Miénteme. Dime que me has esperado todos estos años. Te he esperado todos estos años. -Dime que habrías muerto si yo no hubiera vuelto. Habría muerto si tú no hubieras vuelto. -Dime que me quieres todavía, como yo te quiero. Te quiero todavía, como tú me quieres. -Gracias, muchas gracias. 

Diálogo entre Johnny y Viena en Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray 

El primer encuentro entre el western y Pedro Almodóvar (Calzada de Calatrava, Ciudad Real, 1949), fue en Mujeres al borde de un ataque de nervios  (1988), cuando Pepa Marcos, actriz de doblaje, ponía su voz quebrada a la mítica secuencia que hemos reproducido al inicio de este texto, en la que el genio manchego fundía ficción y realidad ficcionada en uno de los grandes momentos de su filmografía. La segunda, que nosotros sepamos, fue su no a hacer la película Brokeback Mountain, una historia apasionada entre dos vaqueros a principios de los sesenta, que finalmente dirigió en 2005 con gran éxito Ang Lee. Han tenido que pasar 21 largometrajes y unos cuántos cortometrajes, entre ellos los recordados La concejala antropófaga (2009), en el que Carmen Machi explotaba su gran vis cómica, y The Human Voice (2020), rodado en inglés, con una grandísima Tilda Swinton enfrentándose al texto de Cocteau. 

Ahora, nos llega Extraña forma de vida, con sus 31 minutos de duración, y nuevamente filmado en la lengua de Shakespeare, y con el paisaje de Tabernas, en Almería, escenario de tantos espaguetis, que recupera el clasicismo del género, con su tragedia griega revoloteando, y esos amores del pasado que vuelven, marca de la casa Almodovariana, y por ende, la estructura más usada del oeste, aunque la idea no es repetir hasta la saciedad, sino mirarla desde otro lugar, no pretendiendo ser original, que sería absurdo, sino conseguir acercarse al género sin desmerecer, acompañándolo de la personalidad y el carácter del director español. La trama se resume rápido, Silva, un tipo cruza a caballo el desierto y llega a Bitter Creek. Allí se reencuentra con el Sheriff Jake, antiguo amigo de correrías cuando andaban en cuadrilla como outlaw. Entre ellos hay muchas cosas del pasado que les unen, pero ahora en el presente, también hay muchas que los separan, como el hijo de Silva, acusado por Jake de asesinato, y otras que preferimos no desvelar. Su apertura es magnífica y muy reveladora, con el fado cantado de Amalia Rodrigues, que desvela algo así como que no hay existencia más extraña que la que se vive de espaldas a los deseos. 

Encontramos al “equipo de Almodóvar”, a José Luis Alcaine en la cinematografía, nueve películas juntos, que recoge la grandeza del género con ese color tierra en los exteriores, y los contrastes en los interiores, el montaje de Teresa Font, que después del fallecimiento de Pepe Salcedo, ha recogido el testigo y llevan cuatro películas, consigue una edición rítmica y concisa, donde se explica lo necesario, con ese viaje al pasado, a una pedazo de secuencia que recuerda a un momento de El Quijote, o una de las secuencias más memorables de Parranda (1977), de Gonzalo Suárez. El arte de Antxón Gómez, otro puñado de películas juntos, que consigue dotar de grandeza e intimidad cada espacio de la película. La estupenda música de Alberto Iglesias, trece títulos juntos desde Todo sobre mi madre (1999), que funde lo clásico de Steiner con las guitarras de Morricone en otra de sus grandes composiciones para el cine de Almodóvar. No podemos olvidar el diseño de vestuario de Anthony Vaccarello, director creativo de Saint Laurent, compañía que coproduce la película, como hiciese con Lux Aeterna (2019), de Gaspar Noé, donde brillan los colores de Silva, con esa impresionante chaquetilla verde, que contrasta con el negro de Jake, y ese pañuelo rojo que los une y separa. 

No podemos olvidar a Juan Gatti con su enésimo diseño del cartel de la Almodóvar Factory que recupera al “Elvis pistolero”, de Warhol, y a su vez, tiene reminiscencias de aquel pistolero que nos apuntaba en Asalto y robo de un tren  (1903), de Porter, el primer western de la historia. Otro de los grandes elementos del cine del director español es la confección de su reparto en el que vemos jóvenes como José Conde y Manu Ríos que hacen la juventud de los protagonistas, con la aparición de Jason Fernández y Daniel Rived, reclutados por dos de las mejores directoras de reparto del país como Eva Leira y Yolanda Serrano, así como la participación del siempre efectivo Pedro Casablanc, en una gran secuencia con el sheriff, y Sara Sálamo, una de las tres mexicanas. La pareja protagonista, y nunca mejor dicho, son dos grandes. Tenemos a Ethan Hawke como el Sheriff Jake, un hombre que ha olvidado su pasado delictivo y se ha pasado al otro lado, aunque quizás no tanto. Una existencia tranquila que trastoca y de qué manera la llegada de Pedro Pascal como Silva, el viejo amigo, el compañero, el amor que vuelve cabalgando, esa pasión reprimida y olvidada, que, quizás, tiene otro capítulo más o no. 

La filmografía de Almodóvar está llena de amores de todo tipo, pero un amor tan salvaje y prohibido como el que tienen Jake y Silva, no lo habíamos visto desde aquel que mantenían Pablo y Antonio, los enamorados de La ley del deseo (1987), que mantenían aquel amor desaforado, aquella pasión destructora, el deseo irrefrenable por el otro, por lo prohibido, por lo que te mantiene vivo. Con Extraña forma de vida nos ocurre que nos encantaría seguir con los dos personajes ideados por Almodóvar, y ahí reside nuestro contradicción, porque como cortometraje es conciso, emocionante y humano, con la duración perfecta, pero, nos gustaría seguir con ellos, conocerlos un poco más, seguir en esos paisajes, con esas miradas y ese amor, porque estamos ante una historia compleja y magnífica, porque no sólo es el relato de un reencuentro y de un ex amor, es más que un western, porque recoge lo clásico, y también, lo crepuscular y el antiwestern de Peckinpah y Leone, la suciedad, el pasado, y lo extraño, con un desaforado amor, de esos que te hacen vivir y morir, de los que no se olvidan, de los que siempre recuerdas por muchos que vengan después, porque ya lo saben ustedes, siempre hay un amor del pasado que nunca olvidamos, un amor que sabemos que si aparece por nuestra puerta sería nuestra perdición, porque nos desmonta, nos mata y sobre todo, nos hipnotiza, y no sabemos por qué este sí, y otros no, quizás el amor es eso, aquello que no sabemos explicar pero sí que sentimos, y cómo sentimos, algo que se tiene que vivir y experimentar, como les ocurre a los dos pistoleros y amigos de la película. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El fantástico caso del Golem, de Burnin’ Percebes

MI AMIGO SE HA ROTO EN 1000 PEDAZOS. 

“La comedia donde la obtención de la risa ya no es la primera prioridad. Es un humor que puede primar la incomodidad, el malestar por encima de otras cosas. Puede servir para hacer comentarios sociales, políticos o puramente filosóficos…”

Jordi Costa sobre el «Posthumor» 

El humor tiene infinitos registros y miradas, y por eso es tan universal y está abierto a diferentes y múltiples formas de encararlo y presentarlo. Los de Muchachada Nui, Venga Monjas, Carlo Padial, a los que sumamos los Burnin’ Percebes, hacen un humor que se sale de lo convencional, heredado de los Buster Keaton, hermanos Marx, Jerry Lewis, y Monty Python, entre otros. Un humor que te ríes y lloras a partes iguales, y en ocasiones, ni una cosa ni la otra. Los mencionados Burnin, o lo que es lo mismo, Juan González y Fernando Martínez, se dedican al humor, al posthumor, que acuñó el escritor y cineasta Jordi Costa, y lo hacen a través de los videos cortos subidos a las redes, cortometraje, webseries, y largometrajes, de los que podemos dar buena cuenta en Searching for Meritxell (2014), Ikea 2 (2016), La reina de los lagartos (2020), su cum laude, una rareza especialísima y magnífica en todos los sentidos. A saber, Javier Botet es un lagarto extraterrestre que se enamora de Bruna Cusí, actriz fetiche del dúo de posthumoristas, y quiere convertir a su hija en la citada reina, filmada en Súper 8 en una anti Barcelona sin turistas y sin mainstream, a ritmo de música de procesión, con unos diálogos tan desconcertante como maravillosos. 

Tres años después de La reina…, regresan al largometraje con El fantástico caso del Golem, en la que siguen el caso de Juan, un joven infantilizado y sin porvenir que, después de una noche de fiesta, su mejor amigo David, cae edificio abajo y se rompe en mil pedazos. Grandiosa el arranque de la película, donde vemos caer la figura del tal David y su posterior rotura. El hecho no parece sorprender a nadie más que a Juan que emprende una investigación para saber qué ha pasado y sobre todo, que es su amigo David. Los Burnin lo mezclan todo: el thriller psicológico, la ciencia-ficción sofisticada, la comedia costumbrista a lo Berlanga y Ozores, las redes sociales, internet y los malditos algoritmos, y la comedia anti-romántica, donde hay amores y sexo que va y viene, y personajes extravagantes, raros y demasiado normales, o no. Porque en esta película anti-policíaca Juan se irá encontrando y reencontrando con personajes que van cambiando de aspecto, tanto de su pasado como de su presente, algo así como el reverso cercano de películas como El gran Lebowski, Mulholland Drive o Lo que esconde Silver Lake, donde la realidad, la fantasía y el cuento se fusionan de forma sorprendente e imaginativa. 

Una estupenda cinematografía del cineasta Ion de Sosa, filmada en 16mm, consigue esa textura de películas ochenteras patrias y del indie estadounidense, donde jóvenes perdidos y sin futuro, que deambulan por sus vidas como desconocidos y náufragos, como los que describe Wes Anderson, con el que la historia tiene ese toque entre kitsch, sofisticado y hortera pero con mucho gusto e innovador e inteligente, nada está por estar, ni nada está por casualidad. El montaje de Juliana Montañés, de la que hemos visto últimamente Sica, de Carla Subirana, lleno de detalles y enérgico en un relato en el que no dejan de ocurrir situaciones entre los diferentes personajes, en un metraje que se va a los 96 minutos de metraje donde no hay respiro y sí muchas idas y venidas. La excelente música de Jordi Bertrán, que ya estaba en La reina de los lagartos, pero ahora con ritmo de merengue y fiesta, con ese aroma de las orquestas de Cugat y Pérez Prado. Un gran y fantástico reparto encabezado por Juan en la piel de Brays Efe, la “Paquita Salas”, que interpreta a un tipo que no tiene ni pies ni cabeza, que va y viene con poco sentido, como muchos y tantos que andamos por el mundo, o quizás sólo estamos en él esperando que pase eso que nos cambiará todo, pero mientras no pasa no sabemos qué hacer. 

Le siguen una retahíla de personajes a cúal más excéntrico e hilarante, que casan de forma creíble y certera en una historia que se mueve entre la realidad y la fantasía de forma natural y compleja a la vez. Empezamos con la pareja que forman Nao Albert y Roberto Álamo, que nos recuerdan a los nihilistas de la citada El gran Lebowsky, otra singular pareja como la de Roger Coma y Javier Botet, que repite después de la experiencia de La reina de los lagartos, aquí convertido en muchos disfraces, que recuerda al Mortadelo de las viñetas de Ibáñez, David Ménende es el accidentado Golem, un “amigo del alma” o quizás sería mejor decir “un amigo de cerámica”, una Anna Castillo deslumbrante como cita del protagonista, Luis Tosar como jefe de los del algoritmo, muy jefe tontolín y esperpéntico valleinclanesco que se ríe de sí mismo, Tito Valverde, también de jefe, pero de los Golem, y hasta aquí puedo leer, y Bruna Cusí, como hemos dicho, la “actriz” de los Burnin’ Percebes, en un personaje que tendrá con Juan mucho de qué hablar o quizás no, que ha estado, está y estará en las mil y una locuras e historias de esta curiosa y magnífica pareja profesional catalana. 

El fantástico caso del Golem toca muchos palos, pero no lo hace de forma desordenada ni para epatar, sino todo lo contrario, creando un universo que recuerda a aquella ciencia-ficción tipo Los 5000 dedos del Dr. T, mezclado con clásicos como La vida futura, Frankenstein, Blade Runner y La amenaza de Andrómeda, pasando por el costumbrismo de Azorín y Mihura, con ese toque de negrísimo que le ponía Azcona y Berlanga, y los personajes perdidos y perdedores de Ozores y Lazaga, y el vapuleo con posthumor a las superficiales y tontitas comedias románticas que nos sacuden cada semana en la cartelera, y como no, el universo infinito de internet y las redes sociales, donde los Percebes han encontrado un material que han analizado y reflexionado, meneado, criticado y masajeado desde sus inicios como dúo posthumor. No se pierdan la película porque como les he dicho al comienzo de este texto, les hará reír o llorar o ni una cosa ni la otra, pero eso sí, un posthumor que crítica, provoca reflexión, y se ríe de sí mismo y de todos y todo, siempre con buen o peor humor, pero eso sí, siempre lo hacen desde la sencillez, lo auténtico y sin dramatismos, sino que se lo digan a Juan, el protagonista, que pierde a su mejor y único amigo y no sólo eso, sino que se rompe en 1000 pedazos. Una película que empieza de esa forma, no pueden dejar de verla, porque si no se arrepentirán y postmucho. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA