El caso Villa Caprice, de Bernard Stora

LAS MISERIAS DEL PODER.

“La arrogancia de los poderosos se basa en talentos reales, pero su ceguera es tan sorprendente como su supuesta previsión. La mayor parte de sus esfuerzos se dedican a consolidar su propio poder. Perderlo, aunque sea un poco, les resulta intolerable. Convencidos de que son invencibles, no están preparados para afrontar la derrota, que les sume en una debilidad extrema”.

Bernard Stora

El poderoso empresario Gilles Fontaine ha sido citado por el juez por una caso que investiga la forma ilícita en la que fue adquirida su lujosa mansión de la costa “Villa Caprice”, en la que aparece un político de la zona. Agobiado, asustado y sin salida, el hombre de negocios pone el caso en manos de Luc Germon, un veterano abogado considerado el mejor de París. Lo que empieza como un trato profesional entre un abogado y su cliente, todo irá derivando a una relación muy oscura, donde nunca sabremos quién manipula a quién, y sobre todo, que hay detrás de todo ese mejunje de poderes, algunos claros, otros extraños, y la mayoría muy desconocidos.

El director Bernard Stora, Marsella, Francia, 1942), empezó como ayudante de nombres tan prestigiosos como los de Clouzot, Eustache, Melville, Verneuil, Rappeneau y Frankenheimer, y luego dirigir desde el año 1983, sobre todo, en el campo de la televisión, y paralelamente, desarrollar una interesante filmografía en el cine con títulos como Les amants de mogador (2002), y El sueño de Califa (2019), entre otras. Con El caso Villa Caprice, sexto título cinematográfico, se basa en un caso real para construir una ficción junto a Pascale Robert-Diard, con la que repite después de Le dernière champagne, y Sonia Moyersen, en un interesante y profundo ejercicio de thriller, donde el lujo y al miseria tienen muchas caras y demasiados abismos. Dos individuos muy parecidos entre sí. Dos tipos como un abogado que se mueve entre los hilos del poder, defendiendo a personas muy poderosas, relacionándose en un ambiente ajeno y cotidiano para él. Un tipo solitario, que cuida de su padre anciano enfermo, alguien sin vida social y personal, alguien que solo trabaja. Frente a él, un empresario poderoso y muy famoso, alguien que solo trabaja, que todo es de su propiedad, como su mujer, que todo se mueve y cambia si él lo decide. Dos formas de entender el poder y la riqueza, o simplemente, dos formas de ver lo mismo, aunque en realidad, el poder que ejercen sea muy diferente.

Stora construye muy hábilmente y con gran eficacia una película de pocos personajes, casi un único escenario, la espectacular y espectral Villa Caprice, que no está muy lejos de la mansión junto al mar de Rebeca, de Hitchcock, rodeado de mar, un mar que define mucho a los personajes en cuestión. Una cinta con mucho diálogo, y también, con muchos silencios, porque en estos lugares es tan importante lo que se dice como lo que se calla. Una excelente cinematografía de Thomas Hardmeier, que ayuda a crear esa atmósfera cálida y fría a la vez, donde todo es turbio y nada es lo que parece, como el gran trabajo de montaje de Margot Meynier (que ha trabajado con Polanski), para condensar los ciento tres minutos de metraje, donde en ningún instante baja el interés y sobre todo, el cuidadísimo entramado que encierra esta peculiar y oscura relación. Y finalmente, la magnífica música de Vincent Stora, que desde el primer instante nos atrapa, con esa fascinación que irradia la espectacular y vacía mansión, con todos esos personajes que pululan por este universo paralelo de señores con dinero, pero sin escrúpulos y llenos de maldad.

Una película que juega tanto a las apariencias, a todo lo que se ve, y más importante, lo que significan esas imágenes y todo lo que encierran, necesitaba imperiosamente un grandísimo trabajo de intérpretes como los estupendos trabajos de un grande como Niels Arestrup, que tiene en su haber gente tan ilustre como Aderman, Ferreri, Szabó, Audiard, Schnabel, Tavernier o Schlöndorff, da vida al abogado, al que defiende a estos malvados con dinero y poder, alguien destrozado por la vida, una especie de esos pistoleros cansados y envejecidos que siguen en la brecha solo por dinero, pero cansados de todos y todo. Patric Bruel, que ha desarrollado una carrera como cantante y actor, con trabajos a las órdenes de Miller, Chabrol, Pollack, Varda y Lelocuh, por citar solo algunos, es el empresario que todo lo quiere y todo tiene un precio, un tipo despreciable que siempre se sale con la suya, ya sea por las buenas o por las malas, uno de esos que ha escalado pisoteando a todos los que se ponían en su camino, y que hay tantos en ese mundo de las finanzas.

Mención aparte tiene el tercer vértice de este simulado triángulo, que no es otra que la fascinante y poderosísima Irène Jacob, la inolvidable protagonista de ese monumento cinematográfico que es La doble vida de Verónica (1990), del gran Késlowski, con el que volvió a trabajar en Rojo (1994). La Jacob da vida a Nancy, la esposa del empresario, una mujer misteriosa, pero tremendamente aburrida, sola y cansada de ser tratada como un objeto más por su esposo, alguien que tiene tanto que contar, pero seguramente, se mantendrá en su sitio, aunque eso le obligue a enfrentarse a todo lo que una vez creyó amar. El caso Villa Caprice es un fascinante y brutal ejercicio de intriga, poder, suspense y demás recovecos que encierran una película que atrapa y no te suelta, con el mejor aroma del ya citado Hitchcock, el Mankiewicz de La huella, y demás policiacos clásicos del gran Hollywood. Una cinta que tiene todos los ingredientes necesarios, muy bien mezclados y llenos de sabor, en el que vemos todos los rostros del poder, sus miserias, sus toxicidades, y sobre todo, todos sus personajes, los que tiene el poder, los lameculos que lo ansían, y aquellos otros, que relacionándose con él, simplemente lo acariciarán y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tan cerca, tan lejos, de Cédric Klapisch

RECONSTRUIR LAS EMOCIONES.

“Cuando alguien se va, es como cuando alguien muere, hay un trabajo por hacer…”

Erase una vez… Mélanie, ronda la treintena, investigadora de profesión, con domicilio en París, en uno de esos distritos que todavía conservan lo más antaño con los nuevos comercios multiculturales regentados por personas de diversos orígenes. Mélanie todavía sigue anclada en una relación sentimental que acabó hace un año, y además, mantiene distancia con su madre a la que reprocha cosas del pasado. En cambio, o quizás deberíamos decir, al igual que Rémy, con la misma edad, que vive, sin saberlo, en un edificio junto al de Mélanie, balcón con balcón, mucho tienen en común, pero lo desconocen en absoluto, porque Rémy, se gana la vida como almacenero, aunque ahora lo cambiarán como tele operador en una mastodóntica factoría tipo Amazon, y al igual que Mélanie, atraviesa su particular depresión porque no acaba de conectar con la gente de su alrededor, y menos con su familia, azotada por una tragedia del pasado que no logran superar. Y así están las cosas, más o menos como siempre, con esas ciudades atiborradas de gentes, que van de aquí para allá, sin más, cabizbajos en sus quehaceres diarios, imbuidos por sus existencias vacías, tristes e invisibles.

Dos años después de Nuestra vida en la Borgoña, Cédric Klapisch (Neuilly-sur-Seine, Francia, 1961) de la mano de su guionista cómplice Santiago Amigorena, vuelve a París, a su barrio, a mirar en sus calles, a sus gentes, y a través de un realismo estilizado, casi como una fábula de nuestro tiempo, explora las vidas de Mélanie y Rémy, interpretados por Ana Girardot y François Civil, estupendos e íntimos en sus roles, que rescata de su película sobre la Borgoña para llevárselos a París, y convertirlos en dos seres deprimidos, que arrastran traumas del pasado, ella, sentimental, que intenta, infructuosamente, llenarlo con rolletes a través de Tinder, y él, familiar, en la que se siente un extraño, un huido de ese pozo de silencio en el que viven sus progenitores. Si hay algo que caracteriza el cine de Klapish es que alrededor de una comedia ligera, incluso con humor negrísimo, se ha sumergido en ambientes opresivos y oscuros donde sus personajes, casi siempre repartos corales, se sienten perdidos, sin rumbo, envueltos en la bruma de la desesperación y la tristeza, unos huidos crónicos que casi siempre están corriendo huyendo de sus propias vidas, como ocurría en la excelente crónica de una familia devastada en Como en las mejores familias, o en la trilogía sobre los jóvenes y sus inquietudes y desilusiones que arrancó con Una casa de locos, le siguió Las muñecas rusas, y finalizó con Nuestra vida en Nueva York, o París, en la que un enfermo cambiaba su visión individualista para ver todo aquello que lo rodeaba, desde su entorno personal a su barrio.

Cine cercano, cotidiano, de aquí y ahora, ese cine donde no descarrilan los trenes, como decía Perec, un cine sobre gentes como nosotros, personas con las que nos cruzamos a diario en nuestro devenir diario. Klapisch nos sumerge en las vidas solitarias de dos jóvenes aislados por la sociedad, y sobre todo, por ellos mismos, discapacitados emocionales, como los mencionaba Bergman, incapaces de afrontar sus traumas, robinsones crusoes de las sociedades actuales, dando palos de ciego por sus vidas, refugiados en sus empleos, y en relaciones superficiales que les llenan el orgullo y poco más. El director francés nos habla de soledad, de aislamiento, de una sociedad hiperconectada a través de móviles, internet y apps, pero incapaces de relacionarse, de explicar sus miedos y de enfrentarse a su dolor. También nos habla de las herramientas que tenemos a nuestro alcance para alcanzar una madurez emocional y ser capaces de vivir la vida sin miedos, a través del psicoanálisis, mediante las terapias a las que asisten los dos protagonistas.

En este caso, el título original francés nos explica aún más si cabe el espíritu de la película con ese Deus Moi, que podríamos traducir como “Dos Yo”, clarividente título que deja claro el conflicto por el que atraviesan los dos protagonistas. La carga emocional de tristeza que estructura la película con dos personajes en proceso de reconstrucción emocional, tiene su ligereza y humor el personaje de Mansour, magníficamente interpretado por Simon Abkarian, ese tendero, que recuerda al mesonero perspicaz de Irma la dulce, dulce con sus clientes de su supermercado cosmopolita, y duro con sus empleados, relaja mucho la tensión que sufren los dos personajes principales y nos ofrecen los momentos más divertidos y sagaces de la película. Kaplisch nos habla de emociones, de curarse emocionalmente, de vivir nuestras propias vidas y tener ilusiones en nuestra vida, peor sanados interiormente, quizás muchos elementos manidos y demasiado vistos en otras películas, pero no por eso importantes, y sobre todo, nunca está de más que nos recuerden que para estar bien con alguien primero debemos estar bien con nosotros mismos, porque si no nada de lo que hagamos o sintamos servirá de mucho, y seguiremos dando vueltas sin sentido por este ancho planeta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


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