Venus, de Lea Glob y Mette Carla Albrechtsen

DESNUDANDO EL SEXO FEMENINO.

“No sé hasta qué punto Jens, amigo mío de la infancia, y yo, conocíamos nuestras intenciones cuando, por las tardes, nos metíamos en la alcoba de mi madre. En cualquier caso, aprendimos dónde tocarnos y, claramente, allí sentí mi primer estremecimiento de deseo. Desde aquel momento, supe que lo que sucedía en aquella alcoba acabaría jugando un papel importante en mi vida. Como cuando tienes un nuevo hobby, que no puedes parar de pensar en él”.

 ¿Cada cuanto tiempo piensas en sexo? ¿Qué es lo que más disfrutas en la cama? ¿Has tenido alguna vez algún orgasmo? ¿Con cuántas personas has tenido sexo? Estas series de preguntas, y algunas más, a mujeres entre 18 y 25 años relacionadas con la sexualidad femenina fue el primer punto de partida en la que las directoras danesas Lea Glob, curtida en el medio televisivo, y Mette Carla Albrechtsen, del campo publicitario, se enfrascaron como trabajo de documentación para una película sobre la sexualidad de las mujeres. Aunque después de estudiar la respuesta de las protagonistas, desistieron de la película inicial, y pusieron en marcha una película sobre la sexualidad femenina contada por ellas mismas. El dispositivo es sencillo, convocaron un castin al que se presentaron una serie de mujeres y a través de una entrevista van contestando preguntas relacionas con su sexualidad, en el que hablan abiertamente sobre su sexo, su cuerpo, las relaciones mantenidas, como lo descubrieron, y demás cuestiones.

Observamos a mujeres de distinta sexualidad y diversas maneras de relacionarse con el sexo, desde lo más banal hasta las partes más perversas y oscuras. Una película que muestra el sexo sin discursos ni dogmas, aquí todo vale, todo es escuchado atentamente por las directoras, un salto al vacío en el que se cuentan los secretos más íntimos, las fantasías más ocultas, y sobre todo, cada una de ellas habla a la cámara sin pudor ni timidez, explicando todo aquello que les pone y lo que no, todos los diversos caminos del sexo que les han llevado a conocer mejor sus deseos y sobre todo, a conocerse mejor ellas mismas. La intimidad sexual y el propio cuerpo inundan cada toma, convirtiéndose en los protagonistas absolutos de la película, testimonios directos sobre experiencias vividas, imaginadas o fantaseadas, todo cabe en su declaración-sexual, un testimonio intimo y cercano en el que todas ellas desnudan su sexualidad frente a la cámara, ofreciendo una visión completamente distinta a la que la banalización del sexo, por parte de la moda, la publicidad y de los medios oficialistas, han construido en el imaginario de la población, optando por una falsa masculinidad donde la mujer parte como mero objeto sexual y sumisa.

Una película sobre mujeres, sobre su sexualidad y sus intimidades y secretos, para todos los públicos, para todos aquellos que quieran profundizar en un tema tabú en nuestras sociedades occidentales y bien pensantes, a las que les falta más comprensión, respeto y tolerancia con las mujeres y descubrir sus deseos más íntimos. Glob y Albrechtsen han construido un ensayo fílmico de grandes hechuras, colocando el foco en el interior de la sexualidad de cada mujer que nos habla, que nos cuenta, que nos explica, desnudándose delante de nosotros, en todos los sentidos, descubriéndose a sí misma, hablando de sus momentos de felicidad sexuales, y cómo no, de sus frustraciones, que también las hay, como todo en la vida. Un dispositivo cinematográfico sencillo y directo, en el que, a través del primer plano, y una exquisita sensiblidad y delicadeza, nos hacen participe de un mundo íntimo, en el que nos hacen cómplices, a nosotros los espectadores, que asistimos atentos a escuchar las experiencias sexuales de estas mujeres, en un camino vital de continuo aprendizaje sobre nuestros ser y las partes más profundas de nuestro interior.

Maravilloso Boccaccio, de Paolo y Vittorio Taviani

LAS MUJERES, EL AMOR Y LA VIDA.

“He amado, y si en verdad he amado, seguiré amando de igual modo en la muerte”

“El Decamerón”, de Giovanni Boccaccio (1313-1375) escrita entre 1351 y 1353, es una de las obras más importantes de la prosa italiana, en la que se relatan un centenar de cuentos con el amor, la inteligencia humana y la fortuna como ejes principales, además, de su innegable documento histórico de la época, está construida a través de una primorosa calidad poética para narrarnos la exaltación de la vida a través de la pasión, el erotismo y el sexo como forma de resistencia ante la tragedia de la vida. En 1971, Pasolini hizo una versión personal con su maravillosa poética fílmica, en la que exploraba los mecanismos de la condición humana convirtiendo la obra de Boccaccio en un raudal de pasiones, en una comunión en la que se celebraba la carne y el erotismo. Vittorio y Paolo Taviani (nacidos en 1929 y 1931, respectivamente, en San Miniato, la provincia de Pisa, en la Toscana) acogen el espíritu de Pasolini y dan rienda suelta a su imaginación, convocando la sabiduría de Boccaccio y sumergiéndonos en una fábula clásica, de formas poéticas, en el que el amor mueve las pasiones de hombres y mujeres, convirtiéndose en un indudable espejo con la sociedad actual, en el que el amor se ha convertido en algo parecido a un producto de usar y tirar.

Los Taviani que arrancaron su filmografía hace más de medio siglo, allá por 1960, con L’Italia no è paese povero, junto a Orsini, con el continuaran colaborando, y Joris Ivens, para relatar la miseria de la clase obrera, temas sociales y políticos que los acompañaran a lo largo de una carrera que sobrepasa la veintena de títulos, películas que exploran los temas políticos a través del humanismo, con sus complejidades y contradicciones, con el maestro Rossellini como inspiración constante. En Allonsanfan (1973), con Mastroianni, nos hablaban de como el compromiso político hacia fracasar las aspiraciones personales, en Padre Padrone (1977), nos presentaban las duras condiciones de vida de un niño junto a su padre autoritario en las montañas, en La noche de San Lorenzo (1982), nos rescataban una historia real de la evacuación de un pueblo por miedo a los ataques alemanes, en Las afinidades electivas (1996) se pusieron en la manos de Goethe para narrar un melodrama sobrio sobre la naturaleza caprichosa del amor, y en su penúltimo título hasta la fecha, César debe morir (2012) presentaban un híbrido de documental y ficción en el que un grupo de teatro de presos escenificaba la tragedia de Shakespeare, con un primoroso blanco y negro, acompañada de una naturalidad e intimidad sorprendentes.

No es la primera vez que los Taviani recurren a la literatura como fuente inspiradora de su cine, a Tolstói lo han adaptado en tres ocasiones, a Pirandello en dos, y los ya mencionados anteriormente, aunque los legendarios autores italianos recuperan las fábulas de Boccaccio, situándonos en la Florencia de 1348, arrasada por la peste, en la que siete mujeres y tres hombres, deciden huir a una casa de las afueras para salvar sus vidas, y mientras esperan, viviendo como si fueran una congregación franciscana, cuentan historias en las que el amor se convierte en fuente de riqueza, alegría, tristeza y tragedia. Cinco cuentos, cinco miradas, cinco maneras de ver la vida y el amor, en los que nos hablan del amor después de la muerte, en otro, un bobalicón que hacen creer invisible acaba a testarazos contra su mujer, en el tercero, un padre tiránico se niega al amor de su hija con uno de sus criados, en el cuarto, en un convento de monjas se desata la pasión de la carne a pesar de su amor por Dios, y en el último, nos introducen en los errores cometidos por amor. Los Taviani componen con maestría su poética, con unos exteriores fascinantes localizados en la Toscana y la Lazio, en la que la naturaleza impone su ley natural, en la que el amor, la ingenuidad y la poesía, forman los cimientos de la adaptación.

Los Taviani construyen una película femenina, en la que las mujeres llevan la voz cantante, nos cuentan con especial delicadeza y sencillez las diferentes historias, en las que prevalece una mise en scène naturalista, cercana a la teatralización, en la que las tomas largas y secuenciales, dejan paso a las narraciones orales que nos van contando los diferentes relatos donde el amor emerge como protagonista, a partir de unos valores humanistas y sencillos que, parecen defender la pureza de la vida, un gesto de resistencia de los autores octogenarios en contraposición a la superficialidad y fugacidad del amor en nuestros días. La viveza de los colores y las formas de la película ayuda a adentrarse en ese mundo onírico y fantástico, en ocasiones, que nos envuelve en esa materia profunda y delicada que hay en cada uno de nosotros, que forma parte de nuestra manera de ser y como nos relacionamos con nosotros mismos, y con los demás. Los Taviani han construido una película viva, armoniosa, que destila humanidad, y nos devuelve la prosa fílmica de antaño, como ese momento maravilloso en el que las mujeres se introducen en el agua, ataviadas de sus camisolas blancas, una secuencia iluminado por una luz cegadora y brillante que nos remite al romanticismo o el cine de Renoir, sin olvidar las aproximaciones románticas del cine de Rohmer o Fassbinder. Una brillante adaptación que es un canto no sólo de amor a la prosa romántica de los clásicos, sino a la capacidad del cine, primero, y del ser humano, después, de la literatura y la fábula como arma enriquecedora contra las tragedias de la vida.

Pasaje al amanecer, de Andreu Castro

LOS INTERIORES FAMILIARES.

La familia, ese núcleo humano peculiar, necesario, a veces, y en otras, prescindible, del cual, para bien o mal, formamos parte, muy a nuestro pesar, se erige como el pilar que cimenta la primera película de Andreu Castro, actor de oficio, donde se ha labrado una carrera en el teatro, cine y televisión, también, director de vocación, donde ha dirigido tres cortos que han cosechado buenas críticas y premios. Ahora, se enfrenta a su puesta de largo y ha elegido la familia, por un lado, y el día de Navidad, por el otro. Lo que parece una celebración más, sin más sobresaltos que los habituales y previsibles, se va a transformar en un antes y un después en el ámbito familiar. Después de un brillante y breve prólogo, en el que las miradas inundan la ausencia de palabras, Javier, fotoperiodista de profesión y benjamín de la familia, llega a la casa acomodada de la sierra para celebrar la Navidad con los suyos. Allí, les esperan sus padres, su hermana, su cuñado, su sobrina, y la abuela. En plena comida, Javier lanza su bomba, viajará a la guerra de Irak a trabajar. Como es de suponer, semejante noticia no sentará nada bien a los que le rodean, pero en cierta medida, todos deberán enfrentarse, primero, a ellos mismos, y luego, a la drástica decisión que acaba de tomar el pequeño de la familia.

Castro ha construido una película sencilla, situada en el 2004, cuando la guerra de Irak estaba en su fase más cruenta y sangrante, en la que hay solo una localización, y en la que la trama apenas se desarrolla durante un día, un día en el que ya nada volverá a ser igual, en el que todo, aparentemente ordenado, como si el orden pudiese objetivarse, comenzará a resquebrajarse, donde las rencillas, secretos y demás palabras no dichas, emergerán del olvido y sacarán a relucir las diferencias, vacíos y tristezas de cada uno. Castro plantea su película desde los (des)encuentros familiares entre unos y otros y las pertinentes conversaciones que deberán mantener, para así reconciliarse o no, sacar lo que tantos años han guardado por miedo, inseguridad, por no lastimar a alguien o simplemente, porque las cosas parecen más tranquilas si no se habla de ciertos conflictos, pero sólo lo parece, en el fondo, más tarde o más pronto, nos enfrentamos a eso que intentamos inútilmente esconder y no mostrar. La película tiene ese regusto de drama familiar doméstico, como lo tenían aquellos clásicos de Hollywood de los cuarenta, aquellos en los que los conflictos familiares se desataban con virulencia enfrentando a los diferentes personajes, a cual más lleno de dolor e insatisfacción, aunque podríamos emparentarla, más por su contenido, con Celebración, de Winterberg, donde el testimonio de uno de los hijos, desataba un cisma familiar de órdago, de esos que remueven las aguas más tranquilas, dejando de vuelta y media esa apariencia familiar que sólo beneficia a aquellos que más daño han hecho.

Castro cimenta su película a través de un grandísimo plantel de intérpretes entre los que destacan Elvira Mínguez (que después de su Mata Hari en El elegido, vuelve a una madre dura, sufrida y de armas tomar) Lola Herrera (la abuela de la función, que intenta mediar entre madre e hijo, sacando a la luz algo de su pasado) Ruth Díaz (la hermana en plena crisis matrimonial que intenta situarse en su vida) Carles Francino (el cuñado que estalla explicando su ahogo y su falta de cariño) Antonio Valero (el padre comprensible y colaborador) y Nicolás Coronado (el hijo que decide dejarlo todo por su profesión, por la necesidad vital y humana de explicar al mundo el horror y la codicia humana sin límites). Castro hace de su sencillez su mayor virtud, utilizando una luz fría y suave, propia del ambiente familiar que se instala en la casa después de la decisión del joven de la familia. Todos, tantos unos como otros, se remueven en su interior, aceptan o no el camino que ha decidido Javier, aunque todos saben que ese hecho les afecta más de lo que desearían, llevándolos a lugares que no imaginaban que iban a llegar, y sobre todo, sacando a la luz todo aquello que no se atrevían ni siquiera a sentir.

La mano invisible, de David Macián

LAS MISERIAS DEL TRABAJO.

“Me parecía que había nacido para esperar, para recibir y ejecutar órdenes; que toda la vida no había hecho más que esto, que nunca haría nada más”

Simone Weil

¿Qué es el trabajo? ¿Para qué sirve? ¿Cómo el individuo se relaciona en ese ambiente? ¿En qué circunstancias trabajamos? ¿El trabajo dignifica a la persona o en cambio lo denigra? Esta serie de cuestiones y muchas más nos plantea una película que radiografía el sistema de trabajo de nuestros días. Una cinta que interpela directamente a los espectadores, a nuestra forma de ganarnos la vida en esta sociedad, y lo hace desde la sobriedad y la sencillez, sin discursos moralizantes ni algarabías disonantes, con un planteamiento desnudo, en el que su análisis sobre el trabajo y las miserias que lo estructuran resulta de una clarividencia brutal, en el que expone el sentido del trabajo en sí mismo, las relaciones laborales, y sobre todo, la oscuridad que encierra el ambiente laboral y su naturaleza, con ese patrón invisible (al que inevitablemente alude el título de la película) ese “Gran hermano” al que no vemos pero que todo lo ve.

La puesta de largo de David Macián (Cartagena, 1980) curtido cortometrajista que ha ganado premios tanto aquí como fuera, toma su inspiración en la novela homónima de Isaac Rosa (Sevilla, 1974) escritor arraigado en la convulsa realidad que disecciona con maestría explorando los años oscuros del franquismo, la transición y los tiempos actuales en títulos como El vano ayer, que tuvo su continuación en ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!, El país del miedo (llevada al cine por Francisco Espada) o La habitación oscura, obras que nos remiten al estado emocional de un país que derrocha apariencia y buenos modales, pero que en el fondo está asumido en un letargo de miedo, incertidumbre y desilusión sobre sí mismo y todo lo que le rodea. Macián que ha levantado el proyecto a base de crowfunding y en régimen cooperativista, plantea una película muy Brechtiana, es decir, desnuda, tanto en forma como contenido, en el que asistimos, como mencionan en la publicidad de la película, al “Espectáculo del trabajo”, es decir, 10 trabajadores realizan su actividad en un espacio escénico (de una gran nave industrial) mientras un público los observa, un personal que participará en la obra, primero abucheando o vitoreando, según le plazca, y más adelante, de una forma más activa.

Un lugar que recuerda al planteado por Lars Von Trier en Dogville, donde la ausencia de paredes y techos, convertían al espectador en un voyeur de todo lo que sucedía. Aquí, sucede algo parecido, observamos a los trabajadores desempeñar su labor, un trabajo que consiste en repetir hasta la saciedad (en este caso lo que dura la jornada laboral) su actividad: el albañil levanta una pared de ladrillos para luego derribarla, y vuelta a empezar, el carnicero despieza los animales y luego los lanza a la basura, la costurera hace piezas que vuelve a deshilachar, la operario de montaje igual, el mozo de almacén traslada constantemente las mismas cajas de un lugar a otro, la teleoperadora llama a futuros clientes, el mecánico desmonta el automóvil para luego volver a montarlo, la limpiadora limpia lo que todo el mundo ensucia, y el camarero sirve al público asistente, y finalmente, el informático teclea sin parar datos y más datos. Sin olvidarnos, del segurata que mantiene el orden establecido por los jefes. Macián nos cuenta su película despacio, primero, observamos, en el que todos y todo parece construir una especie de armonía tranquila, pero poco a poco, cuando los días van pasando (que nos van anunciando y de paso, nos presentan a cada uno de los empleados) se van resquebrajando las relaciones entre ellos, cuando la empresa va aumentando los ritmos de producción y poniendo a prueba la resistencia, tanto moral como física, de cada uno de los implicados, perdón, de los trabajadores.

Una película demoledora, incisiva y catártica, que no sólo representa la sociedad del trabajo, sino a todos nosotros, de la inutilidad de la mayoría de trabajos, y de la falta de humanidad en los centros de trabajo, en el que la competitividad, el individualismo y lo egocentrismo se han apoderado de todos nosotros, con el único fin de rendir al máximo y tener al jefe contento, no vaya a ser que me despida y deje de ganar la miseria que me paga, que por otra parte, no me ayuda a vivir con dignidad. El ajustado y magnífico reparto ayudan a que el conjunto respire tensión, emociones, y sobre todo, que entre ellos nazcan las inevitables disferencias y disputas (como también quedan escenificadas en las reuniones que tienen en las que descubrimos los intereses y posiciones de cada uno de ellos). Macián y su equipo exploran las costuras miserables del capitalismo, un orden establecido aparente que si escarbas descubres lo oscuro y la perversidad que encierra una estructura laboral construida sólo para el beneficio económico, aunque el trabajo y quién lo desempeñe, no sirvan de gran utilidad, si da dinero, ya vale, sólo eso, y nosotros, en medio de todo esto, creyéndonos el cuento, una fábula de que trabajando prosperaremos y todo eso, sin caer en la cuenta que valemos menos de un real y que nuestra vida se va en un trabajo vacío, que nos amilana como personas y nos convierte en seres deshumanizados que matamos por un trozo de pan o menos.

Dancing Beethoven, de Arantxa Aguirre

LAS FORMAS DE LA MÚSICA.

“Oh Providencia! Haz aparecer una sola vez ante mis ojos un día de alegría”.

Ludwig Van Beethoven

En un momento de la película, cuando la narradora e hilo conductor Mayla Roman habla con Zubin Mehta, el director de la orquesta, reflexiona sobre si el espectáculo de danza sobre la novena sinfonía de Beethoven podrían ser las formas de la música, aquellas que el genio podría haber imaginado, ya que cuando compuso la obra estaba completamente sordo. Mehta le responde que no lo había pensado, pero que podría ser. La cineasta Arantxa Aguirre (Madrid, 1965) fogueada en equipos de dirección de nombres tan importantes como Berlanga, Patino, Saura, Almodóvar o Camus, y directora de una filmografía dedicada a las artes, entre las que destacan películas sobre el teatro, la música, el cine, y la danza, disciplina esta última que, después de un cortometraje, arrancó con El esfuerzo y el ánimo (2009) en la que reflexionaba sobre el legado de Maurice Béjart (1927 – 2007) sobre su compañía, unos meses después de su muerte, colaboración que se extendió a varios proyectos hasta finalmente la película Dancing Beethoven.

La película abarca todo el proceso creativo de un proyecto inmenso que aglutina dos grandes compañías, la compañía de Maurice Béjart y la compañía de Ballet de Tokyo, acompañados por la Orquesta Filarmoníca de Israel dirigidos por el prestigioso director Zubin Mehta, y la participación de un gran número de extras africanos, un espectáculo sobre la alegría, la esperanza y la fraternidad entre los pueblos, en el que encontramos la esencia y el espíritu de Béjart, bailarín y coreógrafo de gran prestigio, convirtiéndose en un auténtico revolucionario de la danza en el siglo XX, en el que resaltaban propuestas eclécticas, vanguardistas y la utilización de música contemporánea, creando una de las compañías de danza más prestigiosas del mundo compuesta por bailarines de múltiples razas en las que todos convergían en proyectos heterogéneos llenos de diversidad, humanismo y espectacularidad.

Aguirre utiliza un narrador en la figura de la actriz Mayla Roman (que es a la vez testigo desde fuera, y también, desde dentro, ya que sus padres fueron bailarines para Béjart, y ahora coreógrafos en su compañía) para mostrarnos todos los entresijos del espectáculo y sus procesos creativos desde la intimidad, a flor de piel, dejándonos llevar por los cuerpos en movimiento y la música que  acaparan el protagonismo de su película, aunque no se queda sólo ahí, el filme va más allá, y rebusca e interioriza en el alma de cada uno de sus principales participantes, manteniendo diálogos con ellos, en los que se reflexiona sobre la música de Beethoven, sobre su poder, alegría y belleza, y también sobre las ideas de humanidad y fraternidad del trabajo de Béjart,  sobre la capacidad del arte para combatir un mundo siniestro, vacío y horrible, y las vidas personales de sus integrantes, como influyen en su trabajo y en los conflictos interiores a los que tienen que enfrentarse en un trabajo tan exigente, pero tan gratificante a nivel humano.

Una película de estructura circular, como la propia idiosincrasia del espectáculo (arrancando en invierno en Lausana, sede de la Compañía de Béjart, siguiendo en primavera en Tokio y así sucesivamente hasta completar el ciclo estacional y vital, finalizando con su estreno)  que se suma a otras propuestas vivas y espectaculares, que también nos invitaron a viajar por los entresijos de los procesos creativos de la danza como La danza, de Frederick Wiseman, sobre el Ballet de la Ópera de París, o Pina, de Wim Wenders, en la que a través de un espectáculo (filmado en 3D) se reflexionaba sobre el legado de la gran Pina Bausch, entre otras. Aguirre ha construido una película sobria y contenida, de exquisita fotografía y encuadres llenos de pasión y belleza, que emana creatividad y esfuerzo, que es un canto, no sólo a la danza y a la música, sino también a la vida, a la energía de los seres humanos para vivir y superarse, a la fuerza de cada uno de nosotros para vivir la vida con todas sus alegría y tristezas, a aquello profundo de nuestra alma, a la inmensa capacidad de creación de todos nosotros, a la energía desbordante que tenemos, y sobre todo, a la inmensa alegría por la vida, el arte y las pequeñas cosas que nos hacen desear seguir hacia adelante a pesar del mundo en el que nos ha tocado vivir.


<p><a href=»https://vimeo.com/201832687″>DANCING BEETHOVEN Trailer Espa&ntilde;ol</a> from <a href=»https://vimeo.com/margenescine»>M&aacute;rgenes</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Amar, de Esteban Crespo

MI CORAZÓN ES TUYO.

La película se inicia con una luz cegadora que nos deja entrever a un chico y una chica, con sus cabezas pegadas, mientras escuchamos, entre susurros, todo aquello que se dicen: palabras llenas de amor, de un amor fuerte, intenso, pasional, loco, todo el amor que cabe en la primera vez, en ese primer sentimiento arrebatador, en el que ya no somos nosotros, somos otro, somos ese que tenemos delante, ese que nos ha robado el alma. A continuación, la pareja practica sexo anal, introduciéndole ella un pene de plástico a él, filmado de manera naturalista, huyendo de lo explícito, pero sumergiéndonos en esa maraña de excitación, piel y sexo. Esteban Crespo (Madrid, 1971) debuta en el largo, después de una larga trayectoria en televisión realizando documentales, amén de un filmografía en el cortometraje que culminó con Aquel no era yo (2012) una pieza sobre niños soldado en África que le valió números galardones, encumbrándolo con una nominación a los Oscar. Crespo nos habla de Laura y Carlos, una pareja de jóvenes que se ama, un amor desaforado, muy intenso, en el que se demuestran su amor constantemente, viven el uno para el otro, quizás demasiado, ese amor que se vive sin medida, sin pensar en el mañana, es el aquí y el ahora, no hay nada más.

Un amor que choca con la actitud paternal (que Crespo retrata aturdida y llena de mentiras, y falsedades, unos, los de ella, y otros, los de él, regidos por las formas) ella, 17 años, todavía en el instituto, de padres separados, vive con su madre y su nueva pareja, ya no están tan unidas como lo estaban en el pueblo, ahora parecen dos desconocidas y se sienten muy alejadas. Él, de familia tradicional, ha empezado derecho, aunque quiere hacer Bellas Artes, pero anda perdido, sin muy bien qué hacer. Crespo coge a sus dos criaturas en una época de tránsito, en ese tiempo en el que dejan la infancia, el tiempo acomodadizo, y entran en otro, desconocido y lleno de incertidumbre, en el que deberán hacerse adultos, tomar sus propias decisiones y caminar por si solos, esa transición, llena de posibilidades, pero también de oscuridad, un tiempo en el que la adolescencia se vive al límite, donde la eternidad dura un suspiro, donde ir al insti, salir con los amigos, beber, fumar, o los primeros contactos sexuales definen el tiempo que vivimos, ese tiempo nuestro, donde todavía brilla el sol, donde todavía no nos hemos convertido en adultos, en las que las vidas rutinarias y vacías han llenado nuestra existencias.

Crespo nos sitúa en Valencia, en sus barrios, en sus polígonos de fiesta, en espacios urbanos cerrados, angostos, casi sin aire, como el amor intenso y brutal que viven sus protagonistas, filmándolos desde la intimidad, con la cámara encima de ellos, casi sin dejarles respirar, siguiéndolos a todas partes, descubriéndonos cada aliento que emanan, cada poro de sus pieles, cada susurro, cada gota de sudor, envolviéndonos en ese maremágnum de pasiones, de locura, con esas emociones y sentimientos desbocados, sin control, a velocidad de crucero, a tumba abierta, un viaje al vértigo del amor, cuando todavía somos inocentes, cuando todavía los intereses económicos y la sociedad no nos ha contaminado del todo, cuando todavía creemos en el amor romántico, sincero y pasional. Quizás ese amor vivido sin mesura, en el que nada ni nadie existe, los lleva a separarse, a distanciarse, a agobiarse de lo que sienten, a no entender que el amor que viven los está llevando demasiado lejos a no saben adónde, a un lugar en el que todavía nos están preparados, porque todavía les falta tiempo para vivir, tiempo para saber quiénes son, sobre todo, tiempo para amar.

Crespo disecciona su película en dos mitades, en la primera, asistimos al amor, al enamoramiento, lleno de pasión, en el que el sexo, que se vive a escondidas (sutil y concisos los planos a través del ascensor que sube y baja, metáfora de las propias pulsiones emocionales que vive la pareja) está retratado de forma natural, abriendo cada pliegue de la piel, de la sensualidad de los cuerpos en movimiento, filmado desde la sobriedad, en el que el amor y el sexo forman uno, mezclándose en una simbiosis perfecta. En la segunda mitad, Crespo nos remite al desamor, esa intensidad al límite los separa, viven sus no vidas separados, echándose de menos, intentando probar otras pieles, otros sexos, pero quizás lo que sienten es muy fuerte, muy profundo, y es en ese tiempo en el que deberán conocerse más a sí mismos y descubrir sus verdaderos sentimientos. María Pedraza (de vocación bailarina e instagramer) y Pol Monen (en pequeños papeles hasta la fecha), debutan en el protagonismo cinematográfico componiendo la maravillosa pareja protagonista (amén de las grandes aportaciones de la brillante Greta Fernández, y los adultos, con Natalia Tena y demás) una pareja llena de naturalidad, alegría, vitalidad y pasión ayuda a componer un retrato sincero y honesto sobre el (des)amor adolescente, y esa sensación indescriptible de la primera vez, de experimentar sentimientos honestos, pero también frágiles, que nos invaden y nos convierten en otros, en alguien que jamás habríamos imaginado que pudiese existir.

Rosalie Blum, de Julien Rappeneau

QUIÉN SIGUE A QUIÉN.

“Sácame de aquí, que me estoy muriendo.
Toca una canción con la que pueda liberarme.
Nadie las compone ya como se hacían antes.
Puede que sea entonces cosa mía.
Aquí sólo, tras unas cuantas horas.
Aquí sólo, en el autobús.
Piensa en ello.
Podrías tener éxito, o ser como nosotros.
Con nuestras sonrisas ganadoras.
Con nuestras melodías y letras pegadizas.
Somos fotogénicos, ¿sabes?
No tenemos otra opción”

Había una vez en una ciudad de provincias un treintañero llamado Vincent Machot. Su vida era rutinaria y programada, en la que siempre, siempre ocurría lo mismo, como siguiendo un guión establecido. Se levantaba y se iba a trabajar de peluquero en el negocio familiar heredado hasta las 5 de la tarde, cerraba el negocio, compraba un poco y volvía a su piso a mirar la tele junto a su gato, aparte de sentirse atrapado por una madre dominanta que vivía en el piso de abajo, y salir, alguna vez, más tarde que pronto, con el ligón de su primo. Pero, un día todo cambiará, de casualidad, mientras compra en un mercado, observa a alguien, cree reconocerla, pero no sabe de qué, y comienza a seguirla. La sigue a todas partes, en su trabajo, por la calle, en un pub donde escuchan música en directo.

El arranque de la primer película de Julien Rappeneau, prolífico guionista para películas importantes de Régis Wargnier, Christophe Barratier o de su padre, Jean-Paul Rappeneau, para el que escribió Bon Voyage y Grandes familias, parece una descripción de la vida mundana y tranquila de la vida de la provincia francesa, eso sí, sólo en un primer instante, para en un momento dado, adentrarse en el terreno del misterio o suspense, más propio del género detectivesco, en el que Vincent sigue a Rosalie Blum, una mujer entrados los 50 que se debate entre regentar su frutería, algunas copas por la noche mientras escucha música en un pub, y llevar una vida completamente aislada, muy alejada de la familia. Aunque la película, de guión muy elaborado, con abundantes giros que van cambiando la perspectiva de la trama y encauzando a los personajes a derivas emocionales, introduce un tercer personaje, a Aude, la sobrina de Rosalie, una nini en toda regla, una joven perdida y desilusionada a la que la acompañan dos amigas, una pizpireta y la otra rarita. Rosalie encarga a Aude que siga a Vincent, ese chico que la sigue sin saber por qué.

Rappeneau que ha encontrado su inspiración en la aclamada novela gráfica homónima de Camile Jourdy, nos conduce por esta comedia romántica, muy alejada de los convencionalismos del cine de Hollywood, aquí, todo es una sorpresa, desconocemos por completo el destino de unos personajes solitarios, con pocas o ninguna perspectiva de futuro, en el que en cierta manera, viven atrapados por sus familias, Vincent tiene una madre posesiva que lo maneja y se muestra incapaz de romper con ella, Rosalie vive alejada de su familia y pronto descubriremos el motivo, y Aude, a la que no vemos a su familia, encuentra en su tía una forma de encontrar un espacio en el que se sienta que pertenece a algo o a alguien. Rappeneau se erige como un gran observador de la vida provinciana, y sobre todo, de un magnífico retrato de personajes, unos seres bien definidos que aunque lo desconocen, encuentran en esta suerte de misterio, comedia romántica y social, su anclaje emocional con una vida que parece haberles pasado por encima, y ellos, han aceptado indolentes un destino frustrante y vacío.

La película recuerda al cine de Truffaut, a las fábulas sensibles y maravillosas protagonizadas por su personaje fetiche Antoine Doinel, en sus años mozos, como Besos robados, Domicilio conyugal o El amor en fuga, donde el joven torpe en el amor y en los diferentes azares de la vida, se pierde en su intento de buscar su lugar en el mundo y se mueve sin saber muy bien hacia dónde va ni que es lo que realmente busca. Vincent, Rosalie y Aude, estupendamente bien interpretados por los Kyan Khojandi, Noémie Lvovsky y alice Isaaz, respectivamente, se buscan sin conocerse, como si sus vidas les diese una oportunidad de despertar y hacerse con sus riendas antes de que sea demasiado tarde, porque ellos mismos no son muy conscientes de lo que acaban de encontrar o mejor dicho, con quién se acaban de tropezar, como bien define la canción de Belle & Sebastian, Get me away from here I am dying, que en cierto momento escuchamos en la película, algo así como una llamarada de aliento antes de que me extinga.

Lo tuyo y tú, de Hong Sangsoo

AHORA SÍ, AHORA NO.

“El amor lo es todo. Sin él nada existe”

En una de las secuencias iníciales de la película, observamos a una mujer joven sola sentada en un bar tomando cerveza, se le acerca un joven y cree reconocerla, ella no, él joven insiste e intenta relacionar algunos lugares que hayan podido frecuentar, pero la joven no recuerda. En un instante, la joven le explica que puede tratarse de su hermana gemela y que a menudo la confunden con ella. El joven se queda extrañado. La película número 19 de Hong Sangsoo (Seúl, Corea del Sur, 1960) podría sintetizarse a través de esta secuencia, en la que el cineasta coreano nos está sumergiendo en las claves por donde pivotará su relato, donde conoceremos o no, a una joven que no sabremos quién es realmente, alguien al que confundiremos constantemente su identidad, porque unas veces creeremos que es quién dice ser y otras, no, y ahí andaremos, aunque la película de Hong Sangsoo es mucho más que eso, un film de factura bellísimo, de imágenes que seducen por su capacidad de transmisión de la futilidad de la vida y las emociones que nos acechan, en la que nos habla de la fragilidad del amor, o de los devaneos sentimentales de una pareja que discute una noche, porque a Youngsoo, un amigo le ha comentado que ha visto a su novia, Minjung, flirteando con otro en el Golden Bear, el bar-epicentro de las “conquistas de Minjung”, una situación que no habremos visto, la conoceremos por un testimonio, y entonces nos preguntamos si realmente ha ocurrido, si simplemente Hong Sangsoo introduce este elemento real o no, para construir una película que tanto la forma como en el fondo, están contaminadas por la verdad o la mentira, lo que sucede o lo que no, y cómo esas circunstancias afectan a los personajes en sus decisiones.

El cineasta coreano ya había experimentado las endebles fronteras de la identidad en su anterior película Ahora sí, antes no (2015) en la que nos explicaba cómo se habría dado una historia de amor si se hubiera dado en otras circunstancias, y aún hay más, en En otro país (2012) protagonizada por Isabelle Huppert, desdoblaba a la actriz francesa en tres situaciones distintas. Formas distintas de afrontar quiénes somos y como nos ven los demás, que la emparentan con lugares comunes de Ese oscuro objeto del deseo, en la que el genio de Buñuel desdoblaba el personaje femenino en dos mujeres protagonizadas por dos actrices diferentes, en un juego macabro e irónico, en el que jugaba con el placer sexual y la frustración del rechazo. Hong Sangsoo ha construido un estilo muy definido en sus 20 títulos (en 21 años de carrera) que conforman una filmografía personalísima, en la que encontramos rasgos abundantes y significativos que con sólo una mirada a uno de sus encuadres nos basta para reconocerlo. Una forma de edificar relatos que viene ya dada desde los títulos de sus filmes, como el que nos ocupa, Lo tuyo y tú, en la que nos viene decir algo así como no nos fiemos mucho en lo que nos cuentan o veamos, porque los dos pueden mentir  o no, siempre nos acechará la duda y nunca lo llegaremos a saber con exactitud.

El cineasta surcoreano nos sitúa en ciudades de provincias, en las que la vida va y viene, sin más, donde observamos a unos personajes, en su mayoría artistas (pintores, directores de cine, guionistas, escritores…) como hacen la compra, beben cerveza en bares (como los personajes de Kaurismaki) y sobre todo, dialogan entre ellos, hablan muchísimo, filmados a través de tomas largas fijas que vienen precedidas de planos generales en la que nos muestra una parte del exterior mientras suena una melodía leit motiv que nos acompañará a lo largo del metraje. Un estilo naturalista, muy cercano, que lo acerca a directores como Rivette y Rohmer, maestros en el arte de la observación del alma humana y sobre todo, de las confusiones e incertidumbres de los sentimientos, que nos conducen a donde no queremos y nos sitúan en lugares que nos cuesta reconocer, y que nos atrapan llevándonos a lugares oscuros de nuestro interior que nosotros mismos no reconocemos. Hong Sangsoo se erige como uno de los cineastas más observadores de las relaciones humanas, un magistral seductor de las palabras, dotado de una mirada llena de honestidad, construyendo una película delicada y sensible, de apariencia ligera, pero de contenido enigmático, profundo y poético, en la que nos adentramos en los laberinticos caminos de los sentimientos, en el que deberemos enfrentarnos a lo que sentimos, aunque eso nos cueste reconocer que somos esclavos de unas emociones que creíamos que no nos sucederían, pobrecitos de nosotros, cuanto creemos saber y que poco sabemos, ya no sólo de los demás, sino de nosotros mismos.

La idea de un lago, de Milagros Mumenthaler

PAISAJES DE LA AUSENCIA.

Hay directores que por muchas películas que realicen, nunca dejan en la memoria de los espectadores alguna imagen que trascienda la propia película, convirtiéndose en una especie de icono que, en ese preciso instante, se asociará indiscutiblemente con el espíritu de la obra. En La idea de un lago, hay una de esas imágenes reveladoras de las que estamos hablando, en un día de sol espléndido de verano, vemos un Renault 4 verde (mítico vehículo que acompaña la infancia de muchos de nosotros) flotando en el agua del lago mientras Inés, una niña, lo observa con gesto de felicidad. El plano que funde lo fantástico con lo cotidiano en una suerte de tiempo atemporal y emocional, en el que las cosas adquieren otra naturaleza, y la memoria se vuelve nítida y cercana. El segundo largo de Milagros Mumenthaler (Córdoba, Argentina, 1977) después de su interesante debut con Abrir puertas y ventanas (2011) que nos contaba, a través de tres hermanas, sus convivencia con la abuela, la persona que las crió Una carrera que ya había generado expectación entre la cinefília especializada debido a sus cortometrajes, entre los que destaca El patio (2004), en la que dos hermanas esperaban la llamada de su madre que reside en el extranjero.

Mumenthaler nos habla de la memoria, de un tiempo perdido y lejano, y sobre todo, de la ausencia y la pérdida que se origina (elementos característicos que encontramos en su punzante y maravillosa filmografía) sus personajes evocan el pasado desde el presente, los recuerdos se amontonan y se transmutan, en un ejercicio complejo y extraño en el que sus criaturas intentan entenderse a sí mismas, y el tiempo actual que les rodea, a partir de esos espejos rotos ambivalentes de su memoria. La cineasta argentina toma como punto de partida Pozo de aire, de Guadalupe Gaona (libro de fotografías y poemas donde la autora construye una obra autobiográfica a partir de la desaparición de su padre en marzo de 1976 durante la dictadura cívico-militar de Argentina) para edificar un relato centrado en  Inés y sus recuerdos, en distintos tiempos, desde la actualidad donde la joven se encuentra en un estado emocional complicado, en el que está en avazando estado de gestación, y además, se acaba de separar del padre de su hijo, y para colmo de males, mantiene un relación tensa con su madre debido al tema del padre ausente, y está enfrascada en un trabajo memorístico con textos y fotografías sobre la desaparición de su padre y cómo esa ausencia ha definido su vida.

Mumenthaler nos hace viajar en el tiempo, en el que Inés de niña recuerda sus veraneos en Villa La Angustura junto al lago, en una maravillosa y portentosa elipsis (en la que a partir de una fotografía, único testigo de la memoria paterna, en la que vemos a su padre apoyado en el mencionado R4, en un instante, el padre y el automóvil desaparecen de la imagen, como borrados, el plano toma movimiento, en el que entrará una ráfaga de viento, para luego, en el mismo plano, situarnos en el pasado con Inés). Inés construye su memoria a partir de sus recuerdos, los pocos que compartió con su padre, en el que también hay pactos de sangre con su hermano, baños en el lago o juegos infantiles en el bosque nocturno con linternas (otra de las imágenes del filme). Un progenitor que ahora se ha convertido en un espectro incómodo que tensa la relación con su madre, porque no sólo se trata de un desaparecido, sino de alguien que remueve cosas del pasado que quizás es mejor dejarlas estar. Mumenthaler no sólo hace una cinta sobre la memoria histórica de un país sacudido por una dictadura atroz, sino que coloca su atención en la memoria personal e íntima de una generación que no vivió la dictadura, pero que necesita saber y concoer, alguien que siente su pasado como un álbum al que no sólo le faltan fotografías, sino que algunas se encuentran rotas y borrosas, como si ese tiempo no hubiera existido o la memoria quisiera borrarlo porque es incómodo y molesta, un cine que lo relaciona directamente con la mirada de Carlos Saura y su etapa setentera junto a Azcona en películas como La prima Angélica o Cría cuervos. .

La realizadora argentina construye un relato no convencional, en el que la película se convierte en un rompecabezas que sacude las raíces de la memoria, en el que cada pieza conecta con otra en una narrativa construida a través de las emociones y los sentimientos, en el que lo físico deja espacio para confrontarnos con ese paisaje vacío que la memoria intenta construir con los elementos frágiles que tiene a su alrededor y sobre todo, en su interior. Unas imágenes deslumbrantes, sencillas y muy conmovedoras, cocidas desde la honestidad, sin caer en ningún momento en lo maniqueo, sino todo lo contrario, cimentando un relato sobre la ausencia y la memoria personal, en el que asistimos a momentos deslumbrantes, en el que la mise en scene se construye a través del espacio vacío, ese paisaje desolado, al que le falta alguien, una sombra indefinida que ya no está, se esfumó, convirtiéndose en una memoria rota, en pedazos, en que la película lo evoca desde lo íntimo, a través de las edades de Inés, erigiéndose en un ejercicio fascinante y a la vez, doloroso, sobre la identidad y la memoria íntima de cada uno de nosotros, y todo aquello que somos y sobre todo, todo lo que hemos perdido o dejado por el camino.

Your name, de Makoto Shinkai

LOS MUNDOS QUE NOS HABITAN.

“No importa dónde estés, iré a buscarte y te encontraré”

Mitsuha es una adolescente que vive en un pueblo remoto de la campiña japonesa rodeado de un enorme lago, vive con su abuela y su hermana pequeña, y con su padre, alcalde del pueblo, al que nunca ve. A Mitsuha le irritan la paz y tranquilidad, además de las costumbres ancestrales de su pueblo, y además echa en falta espacios como una cafetería, o demás alicientes para pasar el rato con sus amigos cuando salen del instituto. Fantasea con ser un chico guapo en la gran urbe de Tokio. Por su parte, Taki, es un chaval de Tokio, que rehúye de su familia, y que además de ir al instituto, trabaja como camarero en un restaurant. En su caso, odia la híper velocidad de la gran ciudad y le encantaría con ser una chica guapa viviendo en la tranquilidad de un pueblo. Una noche, mientras duermen, sueñan con que sus vidas se intercambian y se convierten en el otro. Bajo la premisa de convertirse en otra persona y llevar una vida deseada, completamente diferente a la que se tiene.

El cineasta Makoto Shinkai (Prefectura de Nagano, Japón, 1973) construye una película romántica sobre el paso del tiempo y los deseos que anhelamos cada uno de nosotros. El universo de Shinkai está poblado de adolescentes vacíos y solitarios que no encuentran alicientes en la sociedad moderna que nos rodea, y acaban convirtiendo sus vidas en fantasías huidizas para soportar la soledad de sus vidas, dentro de un marco romántico, en el que el tiempo es sólo una percepción extraña que se puede manipular y cambiar.  En 5 centímetros por segundo (2007) dos adolescentes alejados desde que dejaron la primaria, se buscan para volver a reencontrarse ya que no han podido olvidarse, en Viaje a Agartha (2011), una joven con una extraña misión acerca de extrañas melodías entra en contacto con un joven que vive en una dimensión paralela, y en El jardín de las palabras (2013), un dibujante de zapatos se encuentra en un parque a una mujer mayor y ambos volverán a reencontrarse. En Your Name, Shinkai ha contado con dos ilustres colaboraciones, con Masashi Ando en la dirección de animación, figura capital del emblemático Studio Ghibli, y la aportación de Masayoshi Tanaka, en el diseño de personajes, otro nombre importante en el anime japonés.

Shinkai ha construido una película bellísima, de grandísima virtuosidad plástica, donde lo visual, un elemento característico de su filmografía, se convierte en una apabullante gama de colores y formas, donde lo cotidiano y lo fantástico se mezclan y funden de manera tan natural que asombra por su sencillez, dotando al relato de múltiples ventanas narrativas que profundizan en el sentimiento de los personajes. Otro de los elementos importantes de la película, lo encontramos en el guión, y sobre todo su estructura, Shinkai nos envuelve de forma enigmática haciéndonos viajar a ese universo que no existe, en un purgatorio de los sueños, donde los jóvenes protagonistas viven otras vidas, las que desean, las que la realidad no hace posible, pero que los sueños, sí. Aunque, Shinkai no sólo se queda así, estos mundos de pura ensoñación, se terminan, y entonces, los dos jóvenes implicados se lanzan a la realidad, o dicho de otra manera, quieren conocerse en el mundo real, que aunque no sea el deseado, es el que les ha tocado vivir.

Y es en ese sentido, donde la película de Shinkai adquiere su maravillosa poética, en el que un cometa que pasa cada mil años cerca de la tierra, las ceremonias ancestrales patrimonio del pueblo (donde Mitsuha tiente un importante protagonismo) y una bellísima creación de personajes, además de unos secundarios que ahondan en la potencia narrativa y argumental de la cinta. El director japonés nos sumerge en un mundo onírico, extraño, de pura fantasía, algo así como el reverso de los sueños que han vivido sus criaturas, una realidad paralela, soñada por ellos mismos,  en la que tendrán que viajar hacía lo más profundo de su ser, desafiando los límites de su propia existencia, incluso al espacio temporal en el que viven, introduciéndose en un marco de no tiempo, en el que las cosas adquieren formas imposibles, para aceptar su propia condición y de esta manera detener el tiempo, para así estar con esa persona que no conocen, que jamás han visto, y tampoco han  escuchado, pero no pueden sacarse de la cabeza, e inician una búsqueda interior, tanto física como emocional para encontrarla. Your Name  es una película encantadora, de poderío visual, y guión de hierro,  que le asemeja al Unvierso Ghibli y a Miyazaki, en el que sus personajes huyen de este mundo soñando universos imposibles y paralelos para soportar la crudeza y soledad de sus vidas.


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