Pasaje al amanecer, de Andreu Castro

LOS INTERIORES FAMILIARES.

La familia, ese núcleo humano peculiar, necesario, a veces, y en otras, prescindible, del cual, para bien o mal, formamos parte, muy a nuestro pesar, se erige como el pilar que cimenta la primera película de Andreu Castro, actor de oficio, donde se ha labrado una carrera en el teatro, cine y televisión, también, director de vocación, donde ha dirigido tres cortos que han cosechado buenas críticas y premios. Ahora, se enfrenta a su puesta de largo y ha elegido la familia, por un lado, y el día de Navidad, por el otro. Lo que parece una celebración más, sin más sobresaltos que los habituales y previsibles, se va a transformar en un antes y un después en el ámbito familiar. Después de un brillante y breve prólogo, en el que las miradas inundan la ausencia de palabras, Javier, fotoperiodista de profesión y benjamín de la familia, llega a la casa acomodada de la sierra para celebrar la Navidad con los suyos. Allí, les esperan sus padres, su hermana, su cuñado, su sobrina, y la abuela. En plena comida, Javier lanza su bomba, viajará a la guerra de Irak a trabajar. Como es de suponer, semejante noticia no sentará nada bien a los que le rodean, pero en cierta medida, todos deberán enfrentarse, primero, a ellos mismos, y luego, a la drástica decisión que acaba de tomar el pequeño de la familia.

Castro ha construido una película sencilla, situada en el 2004, cuando la guerra de Irak estaba en su fase más cruenta y sangrante, en la que hay solo una localización, y en la que la trama apenas se desarrolla durante un día, un día en el que ya nada volverá a ser igual, en el que todo, aparentemente ordenado, como si el orden pudiese objetivarse, comenzará a resquebrajarse, donde las rencillas, secretos y demás palabras no dichas, emergerán del olvido y sacarán a relucir las diferencias, vacíos y tristezas de cada uno. Castro plantea su película desde los (des)encuentros familiares entre unos y otros y las pertinentes conversaciones que deberán mantener, para así reconciliarse o no, sacar lo que tantos años han guardado por miedo, inseguridad, por no lastimar a alguien o simplemente, porque las cosas parecen más tranquilas si no se habla de ciertos conflictos, pero sólo lo parece, en el fondo, más tarde o más pronto, nos enfrentamos a eso que intentamos inútilmente esconder y no mostrar. La película tiene ese regusto de drama familiar doméstico, como lo tenían aquellos clásicos de Hollywood de los cuarenta, aquellos en los que los conflictos familiares se desataban con virulencia enfrentando a los diferentes personajes, a cual más lleno de dolor e insatisfacción, aunque podríamos emparentarla, más por su contenido, con Celebración, de Winterberg, donde el testimonio de uno de los hijos, desataba un cisma familiar de órdago, de esos que remueven las aguas más tranquilas, dejando de vuelta y media esa apariencia familiar que sólo beneficia a aquellos que más daño han hecho.

Castro cimenta su película a través de un grandísimo plantel de intérpretes entre los que destacan Elvira Mínguez (que después de su Mata Hari en El elegido, vuelve a una madre dura, sufrida y de armas tomar) Lola Herrera (la abuela de la función, que intenta mediar entre madre e hijo, sacando a la luz algo de su pasado) Ruth Díaz (la hermana en plena crisis matrimonial que intenta situarse en su vida) Carles Francino (el cuñado que estalla explicando su ahogo y su falta de cariño) Antonio Valero (el padre comprensible y colaborador) y Nicolás Coronado (el hijo que decide dejarlo todo por su profesión, por la necesidad vital y humana de explicar al mundo el horror y la codicia humana sin límites). Castro hace de su sencillez su mayor virtud, utilizando una luz fría y suave, propia del ambiente familiar que se instala en la casa después de la decisión del joven de la familia. Todos, tantos unos como otros, se remueven en su interior, aceptan o no el camino que ha decidido Javier, aunque todos saben que ese hecho les afecta más de lo que desearían, llevándolos a lugares que no imaginaban que iban a llegar, y sobre todo, sacando a la luz todo aquello que no se atrevían ni siquiera a sentir.

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Entrevista a Antonio Chavarrías

Entrevista a Antonio Chavarrías, director de “El elegido”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 31 de agosto de 2016, en el vestíbulo de los Cines Verdi de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Antonio Chavarrías, por su tiempo, generosidad y simpatía, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su paciencia, amabilidad, y cariño, que además, tuvo el detalle de tomar la fotografía que encabeza la publicación.

El desconocido, de Dani de la Torre

525950_jpg-r_640_600-b_1_D6D6D6-f_jpg-q_x-xxyxxEL PRECIO DE LA CODICIA

El genio de David Lynch ya expuso de forma magistral y contundente, en buena parte de su filmografía que, bajo la apariencia de la clase acomodada, rodeada de lujo y sofisticación, se ocultaba la misma suciedad y mugre que en cualquier otro lugar. El debutante director gallego Dani de la Torre (Monforte de Lemos, 1975), con experiencia en la televisión de Galicia y reputado cortometrajista, abre su película en una mañana limpia y serena, en una de esas urbanizaciones de diseño donde los pudientes y adinerados viven en compañía de su mujer e hijos. Carlos, un director de banco de mediana edad, que parece llevar una relación distante y aguerrida con su mujer, que más tarde nos certificaran afirmativamente, coge su flamante 4×4, a sus dos hijos que llevará al colegio excepcionalmente, y se dirige a trabajar. En el camino, alguien que no se identifica, lo llamará por teléfono y le reclamará una cantidad de dinero, casi 500000 euros, si no lo hace, le explica que hará estallar las bombas que se encuentran en la parte trasera de los asientos del automóvil. De esta guisa, arranca la película, a partir de ese instante comenzará una dura batalla, vía móvil, entre el amenazado y el acosador.

De la Torre, que ha contado con un estupendo y enérgico guion de Alberto Marini (habitual guionista de Jaume Balagueró, y del género de terror), sumerge a sus personajes y su trama, a través de los ojos y el miedo de su protagonista, por las calles céntricas de A Coruña durante un día que parece no acabar. Todo sucede a un ritmo vertiginoso y febril, no hay tiempo para pensar ni detenerse, hay que conseguir ese dinero contra reloj para salvar el cuello y el de sus hijos, engañando, mintiendo y estafando a amigos y conocidos. Todo parece indicar que se va a revolver inmediatamente, que el susodicho conseguirá el dinero que se le reclama, y su vida, con todo su lujo, comodidad y apariencia volverá al lugar apacible y falso del que formaba parte. Pero la cosa no resulta así, con la aparición en escena de la mujer y el amante de ésta, según la hija, todo se complica y entra en acción la policía y los artificieros. En ese momento del filme, De la Torre nos concede una tregua, asienta sus cámaras, y desenvuelve su intriga con una plaza como escenario. La película se calma, una calma tensa, eso sí, y lo agradece, y el espectador aún más, el juego del gato y el ratón se ve interrumpido por más personajes que también quieren participar en este juego macabro que tiene la venganza como telón de fondo. Es el primer vehículo cinematográfico que coloca la estafa de las preferentes cometidas por los bancos más importantes del país en el centro de atención, la película nos introduce en la raíz del asunto, alguien que perdió lo que más quería por culpa de esa codicia desaforada que contaminó a clientes y bancos, ahora se toma la justicia por su mano, quiere arrebatar lo más preciado a quién provocó su hundimiento personal y profesional.

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Pero, todo thriller bueno que se precie, los momentos de enfriamiento, son sólo para volver a desatar la tensión trepidante en cualquier momento. Cuando todo parece llegar a su fin, la película cambia de rumbo y vuelta a correr, la persecución se desencadena hasta el fin de todo. De la Torre ha parido una cinta de suspense e intriga desaforada y brutal, no deja títere con cabeza, va a degüello, deja muy retratados a los gallitos empelados de banca. Tiene la película ese sólido y rompedor aroma del thriller de los 70, donde los Friedkin, Yates, Siegel, Pakula, Boorman, Frankenheimer, De Palma y otros, revisaron el género de forma ejemplar, mostrando todo lo podrido que emanaba del engranaje social convirtiendo las calles y ciudades en piaras fétidas y nauseabundas . Más reciente y cercana, la película de Rodrigo Cortés, Buried, también planteaba una angustiosa y oscura intriga donde un hombre metido en un ataúd, y también, con su ejecutor al otro lado de un móvil, se debatía entre la vida y la muerte. De la Torre entraría en liza de esa nueva hornada de realizadores que utilizan el thriller de forma ejemplar como Enrique Urbizu o Alberto Rodríguez. Un buen plantel de intérpretes, donde destaca de forma prodigiosa Luis Tosar como padre de familia que se ha dejado llevar por el éxito a costa de quién fuese, en el otro rincón, Javier Gutiérrez, con una composición breve, que aporta esa dosis de desesperación y locura, y la formidable aportación de Elvira Mínguez que irrumpe en la película de manera soberbia, creando uno de sus mejores registros de los que ha visto el que suscribe. Cine mayúsculo que nos devuelve el mejor thriller, el que habla de los problemas sociales a través de ejercicios de género que dejan un buen sabor de boca cinematográfico y un mal trago en lo social, porque la realidad siempre es peor que la ficción.