“Cada generación se pregunta extrañada: ¿quién soy? ¿Y qué fueron mis antepasados? Sería mejor que se preguntara: ¿Dónde estoy yo?; y que supusiera que sus antepasados no fueron de otro modo, sino que simplemente vivieron en otro tiempo”.
[Robert Musil, “El hombre sin atributos”]
La película arranca con unas imágenes domésticas filmadas en súper 8, unas imágenes que nos acompañarán durante todo su metraje, en estas, vemos una familia con niños pequeños que juegan a introducirse en una casa de plástico en medio de un patio, cuando todos se han introducido en su interior, cierran la puerta. Mientras escuchamos la voz de una mujer mayor que explica como ocupan la casa que vendieron cuando los propietarios actuales no están, y cuando estos vuelven, huyen para no sentir la vergüenza que les digan que esa casa ya no es la suya. De esta forma, sencilla, naturalista e íntima, se inicia la primera película de Enrique Baró Ubach (Barcelona, 1976) fotógrafo de escena de profesión, pero cineasta empedernido de vocación, en la que nos habla de su familia, de su infancia, de aquellos momentos biográficos ligados a un espacio, a esa casa de Begues, en un recorrido que abarca unos sesenta años, en la que pasaron momentos de su vida, de su tiempo, en una cinta que huye de cualquier tipo de nostalgia sentimental para adentrarse en el terreno de la memoria y sobre todo, en el de la imaginación, mezclada entre los recuerdos de unos años que quedaron atrás, y la conexión con aquellos objetos que nos acompañaron durante nuestra vida.
Ya desde su dispositivo cinematográfico, la empresa de Baró Ubach nos seduce desde su enorme peculiaridad situándonos en una jornada, solamente un día para contarnos todos los veranos que vivió en ese lugar, y lo hace de una forma cotidiana y muy especial, desde la elección de sus personajes, tres etapas de la vida de alguien, queremos suponer, un abuelo (interpretado por su el propio padre del director, Teodoro Baró Rey), un hombre (al que da vida Francesc Garrido Ballester), y finalmente, el joven, al que interpreta Nao Albert Roig. Tres momentos en la vida de alguien, tres instantes precisos que confluirán en ese día que Baró Ubach nos invita a vivir con ellos, dividida en cuatro episodios: “Los últimos días de Pompeya, Las horas del verano, El nadador y La canción de nuestra vida es una canción de Joe Crepúsculo”. Los tiempos se mezclan, aunque podemos intuir que estamos recorriendo finales de los setenta y principios de los ochenta (la infancia del realizador) la imaginación, también, la realidad y la ficción no se definen, todos estos estados y elementos confluyen en un espacio único, mítico, que forma parte de los sueños, de esos momentos irrepetibles y fascinantes en la vida de alguien.
Baró Ubach juega con el espacio, el interior de la casa, y el patio, sin olvidarnos de la piscina, y los relaciona con sus personajes, escenificando la memoria, en un tiempo sin tiempo, en un presente que no tiene fecha, pero en el que todo puede suceder en ese instante, vemos como recogen la mesa y friegan los platos, rescatan sus bicicletas, tienden la ropa de una lavadora rota, juegan al futbol y simulan ser jugadores ochenteros, se bañan en la piscina improvisando juegos, y toman el vermú y gazpacho, después se zampan la barbacoa, hacen la siesta, imitan a los héroes de sus películas del oeste, miran un álbum de recortes centenario de un antepasado, y reencuentran los álbumes de cromos, las revistas de cine, y demás objetos que los trasladan a lo que fueron, a lo que ya no serán, a lo que han dejado de ser, en que se mezclan todas estas imágenes con otras que pertenecen al mundo de sus sueños, de su infancia, cuando fantaseaba con tres nadadoras que escenificaban cuadros y planos que le fascinaron, o un especialista que cae como hacían sus héroes en las películas que vivía, o aquellas grabaciones que hacía junto a su padre. Momentos de una vida, momentos ligados a la memoria de esa casa, de ese espacio, en el que todo parece inerte, como si el tiempo lo hubiera borrado, donde sólo la memoria personal e íntima le hiciera cobrar vida aunque sólo sea por unas horas, por un tiempo limitado, pero a la vez mítico y fascinante.
Baró Ubach ha cimentado una película con ecos a Un domingo en el campo, de Tavernier, o Las horas del verano, de Assayas, dos vehículos familiares donde las relaciones componen un lúcido análisis sobre la familia y su memoria, y son esos dos aspectos en los que la película edifica toda su fuerza expresiva y argumental. Una memoria, no sólo familiar, sino también de él mismo, algo como un álbum familiar audiovisual en el que se mezclan sus recuerdos, de forma desordenada, como retazos de un rompecabezas, que invita a componer por parte de los espectadores, y sobre todo, a reflexionar sobre el paso del tiempo, la utilidad y el funcionamiento de la memoria personal de cada uno de nosotros, como un pretexto y un viaje a volver a ese lugar mítico de nuestra vida, a aquella infancia que sólo las filmaciones mudas, los objetos que volvemos a recuperar y las personas de nuestro entorno, nos conducen a recordarla, no como fue, sino como nosotros la imaginamos.
<p><a href=»https://vimeo.com/211448081″>Trailer La película de nuestra vida</a> from <a href=»https://vimeo.com/margenescine»>Márgenes</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>
Mientras la sala permanece a oscuras, una voz en off nos sitúa en el contexto de la obra. Nos encontramos en un futuro no muy lejano, en el que un científico, por medio de una serie de experimentos en física cuántica, ha logrado descifrar el destino que les espera a cualquier ser humano a siete años vista, estas averiguaciones las puedo consultar cualquiera pidiéndolo en su muro de facebook. Lentamente, la luz tenue ( que nos acompañará toda la obra) se va iluminando y deja espacio a la parte delantera de un automóvil sufriendo un accidente, mientras traspasa un muro de hormigón (que recuerda a la escultura del artista contemporáneo Wolf Vostell construïda en Malpartida). Estamos en mitad de la noche, en algún lugar de cualquier tramo de carretera secundaria perdida. Del interior del coche, dos chicas jóvenes se mueven a cámara lenta debido al impacto. Un hombre, vestido de gabardina y portando un maletín, las saca del vehículo. La iluminación se abre y las mujeres, todavía en estado de shock, se ayudan una a la otra y comienzan a hablar. Las mujeres se acaban de conocer, una parece conocer el destino que les depara, la otra, no quiere saberlo o sí.
Este es el arranque, espectacular y enigmático, de la obra Lifespolier, que se representa estos días en la Sala Flyhard, un pequeño teatro de Sants, que se ha convertido en un referente de la escena contemporánea de Barcelona, ofreciendo montajes de autores emergentes con miradas inquietas al mundo que les rodea, entre la fascinación y la complejidad de todo aquello que penetra en las emociones que nos recorren el organismo. La peculiaridad de la sala con sólo 40 espectadores, convierte el espacio en el que obra e intérpretes se mueven casi entre nosotros, y no solamente invitándonos a ser uno más del montaje, sino a vivirlo como si nosotros fuesemos la pieza más importante de aquello que se nos está mostrando. Marc Angelet y Alejo Levis, autores y directores de la obra, indagan de forma sencilla y compleja a la vez, en un texto que camina entre el thriller psicológico, la ciencia ficción, el drama romántico, y ciertos toques de humor, en una sugerente mezcla de estilos que desnudan la mirada de los espectadores, en un viaje que nos habla sobre nuestras vidas, sobre nuestro destino, sobre quiénes somos y sobre todo, hacía donde vamos.
Las mujeres en cuestión (espléndidas Vicky Luengo y Bruna Cusí) tienen miedo de lo que dejan, la primera, una vida con su pareja y deseos de futuro, la otra, una vida vacía como artista de medio pelo que no acaba de arrancar. Pero ahí están, o así el destino lo ha querido, de iniciar algo nuevo, su historia de amor, abandonando sus vidas anteriores, y empezando una nueva existencia, juntas y enamoradas. Pero, algo ha ocurrido, han atropellado a alguien, que en cierto momento de la obra hará su presencia (carismático Sergio Matamala), y todo se complica. La obra acoge la paradoja del experimento de “El gato de Schrödinger”, en el que en una caja sellada con un gato, y mediante un fuente radiactiva, que provocava el vertimiento de un veneno, y asumiendo las leyes de la mecànica cuántica, existía la posibilidad de que el gato después de un tiempo pudiera estar vivo y muerto al mismo tiempo. Y así nos presentan la situación compleja y perturbadora que define la obra, un montaje que se mueve en dos realidades, dos destinos posibles, dos vidas por empezar, dos cambios de rumbo en juego, y tres personajes en liza, un inquietante y fascinante juego de espejos, de engañar al destino o no.
La obra se nutre de un magnífico juego de iluminación, para crear ese espacio metafísico y extraño que sacude toda la obra, en el que hay destellos de luces, oscuridades incómodas y silencios extraños, para provocar un atmósfera terrorífica y ambigua en el que el mundo onírico se adueña del montaje, acompañados de una banda sonora de raíces electrónicas y divergente que analiza y contribuye a crear ese espacio cotidiano y a la vez extraño en el que se ven sumidos los protagonistas. Una obra de grandísima dirección, de ritmo enérgico y de gran potencia que cambia de registro en el que los actores van cambiando de piel y estados de ánimo. Una obra que parece un capítulo extraido de The Twilight zone (títulada “La dimensió desconeguda” cuando fue emitida por TV3) mítica serie emitida en su formato original allás por el 1959-1964, en el que a través de la cotidianidad, encerraban a sus personajes en mundos extraños, onirícos y terroríficos en el que sus emociones y pesadillas asumían sus juevos perversos y alucinantes. Angelet y Levis han construido una obra de altos vuelos, que destaca por sus cambios de registro y un trío de intérpretes fantásticos que no sólo dan enjundia a sus personajes, sino que los hacen cercanos e íntimos, dotándoles de complejidad y sobre todo, humanidad, de que acaban por no saber quiénes son y menos hacia donde van, porque como nos explica la obra, no se puede huir de tu destino, y todo lo que hagas para no encontrarle con el, aún lo provocas más.
<p><a href=»https://vimeo.com/220114280″>Teaser #LifeSpoiler</a> from <a href=»https://vimeo.com/flyhard»>FLYHARD TV</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>
Hay películas que se definen desde su primer instante, en esas primeras imágenes encontramos su definición y su forma de contarnos el relato que vendrá a continuación, Júlia ist, de Elena Martín (Barcelona, 1992) que debuta en la dirección y asume el rol de la protagonista, es una de ellas. Su arranque nos sitúa en un viaje en coche, conduce Júlia y a su lado su novio, discuten porque ella se va de Erasmus a Berlín, el ambiente es tenso (ayudan esos planos próximos y cortantes) apenas se dirigen algunas palabras amables, parecen dos desconocidos, o simplemente, ninguno de los dos se atreve a finiquitar una relación que hace tiempo que ya se ha terminado. De ahí, nos vamos a Berlín. La bienvenida es gélida y ausente, los deseos e ilusiones de Júlia mientras estudiaba arquitectura en Barcelona, chocan con una ciudad poco acogedora, triste y extraña. A Júlia le cuesta encajar, la huida en la que se ha convertido su vida y su existencia, se enfrenta a sus propias decisiones y sobre todo, a ella misma, a empezar a caminar sola en una ciudad ajena, extranjera, un lugar que parece que se mueve en su contra.
En cierto momento, parece que su estancia en Berlín se encamina hacia algún sitio, conoce a gente, entra en un grupo de arquitectura y comienza a enrollarse con un alemán. Pero todo es apariencia, en su afán de ser una más, acaba convirtiéndose en una extraña de sí misma, en una especie de náufraga que intenta agarrarse a todas las tablas de madera que encuentra por su camino, sin saber o poder decidirse por ninguna de ellas. Júlia, lejos del amparo y la compañía de su familia, tiene que empezar a decidir su propia vida por ella misma, sin más ayuda que su fuerza, su valentía y su coraje. La película, surgida en la Universitat Pompeu Fabra, se sustenta a través de una forma cortante, llena de planos muy cercanos y tomas que siguen incansablemente a la protagonista, algo así como un diario personal fílmico que captura la experiencia agridulce y desencantada de una joven que vive su primera vez lejos de casa, en un viaje interior que se presumía atrayente y fascinante desde Barcelona, pero que la realidad de Berlín y su estado de ánimo derivan en una experiencia diferente, más cercana a la tristeza y al encontrarse a uno mismo para descubrirnos y descifrar nuestras inquietudes y nuestro espacio en el mundo.
La experiencia de Júlia se asemeja en contexto y forma a la vivida por la protagonista de la magnífica María (y los demás), de Nely Reguera, donde la joven librera aspirante eterna a escritora, tenía que dejar su zona de confort y empezar a vivir su vida, o también, podríamos mirarla como una especie de trasunto de Les amigues de l’Àgata, de Laura Rius, Marta Verheyen, Alba Cros y Laia Alabart, protagonizada por Elena (también surgida en la UPF, como Sobre la marxa, de Jordi Morató) en la que partiendo de planteamientos próximos, hacia un retrato íntimo de una joven que dejaba a sus amigas de siempre para empezar una nueva vida en su primer año universitario, como si Júlia ist siguiera el espacio vital de aquella Àgata, aunque las dos mujeres presentan caracteres y posturas muy diferentes. Una aproximación al programa Erasmus, más cercana al interior de Júlia, sumergiéndose en sus miedos y angustias, muy alejada a la planteada en Un casa de locos, de Cédric Kaplisch, donde se hacía un retrato festivo y amable de la experiencia en Barcelona de un estudiante francés de económicas.
Retratos en primera persona honestos, de magnífica factura, que filman la experiencia universitaria, basándose en experiencias reales vividas por los mismos autores, en películas sobre una juventud demasiado ensimismada en sus vidas y su entorno, que se ven vacíos y abocados a un abismo vital cuando abandonan ese espacio que tanto conocen, y se ven enfrentados a un paisaje ajeno y hostil, aunque fundamental para seguir creciendo en sus vidas, y sobre todo, descubrirse a ellos mismos, y encontrar aquello que les hace sentir bien. Una película de exquisita y magnética banda sonora, que agrupa bandas de aquí y Alemania, para crear esa atmósfera enigmática e íntima para penetrar en el interior de la protagonista, una música que se convierte en un personaje más, en una mirada desencantada del deambular de Júlia. Un relato construido a través de un largo tiempo, compuesto por un equipo reducido, en el que todos opinan y trabajan codo a codo para levantar un proyecto que reflexiona sobre personas de su edad, sobre la experiencia estudiantil, y sobre los entornos próximos y extraños que les ha tocado en suerte, sabiendo que tanto unos u otros, serán importantes en su devenir vital y en la consecución de sus deseos y anhelos vitales.
El pasado 28 de mayo, después de una semana intensa de cine, se cerraba la 20 edición del DOCSBARCELONA. Festival Internacional de Cinema Documental. Una muestra caracterizada en esta edición por la gran cantidad de películas dirigidas por mujeres, que arrancó con los encuentros profesionales que albergó el mercado, un espacio de debate y conocimiento en el que los proyectos llegan cargados de ilusión en busca de la ansiada financiación. También, hubo encuentros con cineastas y masterclass, en las que se habló largo y tendido del estado actual del cine documental, sus formas de financiación, y sus temáticas, que siguen caminando hacía la denuncia social, y el análisis de un mundo muy capitalizado, injusto y deshumanizado. El jueves 18 de mayo con la película Amazona, de Clare Weiskopf, quedaron inauguradas las proyecciones cinematográficas que se llevaron a cabo en los lugares acostumbrados, en las dos salas del club Aribau, y en el auditori y teatre CCCB. Díez días intensos de cine, que en su veinte aniversario, el DOCSBARCELONA ampliado a una duración de diez días, en las que se contó con innumerable presencias de los directores de las películas programadas, en las que se dialogó y debatió con un público entusiasmado que llenó las salas y participó en un festival que se ha consolidado como un referente sólido y enérgico en el panorama del documental. El domingo se cerró el certamen con la entrega de premios, los diferentes jurados formados entre otros, por destacados cineastas como Isaki lacuesta, Mercedes Álvarez, Valerie Delpierre, Juanjo Giménez… El máximo galardón recayó en la película Los niños, de Maite Alberdi, el premio Nou Talent, recayó en Last men in Aleppo, de Feras Fayyad, el premio Latitud se lo llevó Al otro lado del muro, de Pau Ortiz, y la mención especial fue a Los ofendidos, de Marcela Zamora. El premio What the Doc, se lo repartieron Woman and the glacier, de Audrius Stonys y You have no idea how much I love you, de Pawel Lozinsky. El premio Amnistia Internacional de Cataluña a Machines, de Rahul Jain, y finalmente, el premio del público lo conquistó Jericó, el infinito vuelo de los días, de Catalina Mesa.
Mi camino por el festival arrancó con AMAZONA, de Clare Weiskopf. Un film que retrata el encuentro íntimo y terapéutico entre la cineasta y su madre, una mujer libre en todos los sentidos, con una filosofía de vida altruista, humanista y muy personal. La película filma las conversaciones entre madre e hija, y nos habla sobre la maternidad, los deseos interiores, y los sacrificios y necesidades vitales que tenemos que tomar entre lo que queremos a hacer y nuestras obligaciones con nuestros hijos. Weiskopf en su primera película, reconstruye la biografía de su madre y su familia, y lo hace desde la curiosidad, y lo personal, sin caer en el discurso simplista, y mirando desde todos los ángulos posibles, sin pretender aleccionar ni nada semejante. Mirar y comprender, dialogar y aproximarse, en una cinta filmada en plena selva amazónica y sobre todo, desde lo más profundo de nosotros mismos. De la sección oficial Panorama, también me acerqué a 21 X NEW YORK, de Piotr Stasik. El cineasta polaco, sociólogo y activista cultural, nos sitúa en el suburbano de New York y sus usuarios, para realizar un mosaico humano e infinito sobre diferentes personas que nos explican sus inquietudes, reflexiones, sueños, frustraciones y deseos personales, en una película-viaje onírica que, a través de planos y encuadres de absorbente belleza, que nos atrapan desde el primer instante, haciéndonos participes de sus interminables trayectos, de idas y venidas sin fin, acompañados por una sonoridad penetrante y una música enigmática, nos conducen por este bellísimo filme donde se mezclan la poesía y la cotidianidad de las existencias de un grupo muy heterogéneo de seres que se mueven por una ciudad pobladísima, extraña y muy individualista. Otra de sus películas fue BORN IN DEIR YASSIN, de Neta Shoshani. Una película-denuncia donde la joven directora Neta Shoshani mira al terrible pasado de su país, con sinceridad y valentía, para mostrarnos una de sus casos más terroríficos cuando en 1948, la ciudad árabe de Deir Yassin fue masacrada por unos paramilitares judíos. La realizadora israelí habla con los ejecutores de aquella tragedia, un grupo de ancianos judíos en la actualidad que, en la mayoría de los casos. justifican las acciones por el bien de la nación y por ser meros verdugos que recibían órdenes. Shoshani mezcla esta historia con la de un hijo que apenas conoció a su madre, una interna del psiquiátrico, construido en Der Yassin después de la masacre, para realizar un retrato en primera persona, sobre la memoria histórica de un país desde la intimidad del drama que vivieron los que ya no están y los que los recuerdan, a través de imágenes de archivo y testimonios espeluznantes que hielan la sangre, sin caer en el discurso moralizante, y atreviéndose a penetrar en la oscura memoria de su país, sin necesidad de aspavientos, sólo con una investigación rigurosa, humana y profunda.
Otra de las propuestas fue GRAB AND RUN, de Roser Corella. La directora catalana, periodista y documentalista, nos lleva hasta Kirguistán (antigua república soviética) donde se mantiene una tradición machista y degradante para las mujeres que consiste en secuestrarlas y obligarlas a casarse, una práctica deleznable a la que la fuerte tradición de sus gentes sigue manteniendo a pesar de su condición inhumana. Corella mira, dialoga y filma su película desde la observación, escuchando a sus personajes-habitantes sin entrar en ningún moral aleccionadora, ni nada por el estilo, sólo filmándolos, hablando con ellos, exponiendo sus argumentos y razones, tanto de los padres, los maridos, y las mujeres, y las niñas, creando un caleidoscopio de voces humanas y sentimientos contradictorios en los que cada uno de los espectadores tomará la posición que más se aproxime a sus creencias. Una película humanista que denuncia una atrocidad desde lo más íntimo, desde lo que no vemos, pero es lo más doloroso, desde la profundidad y la complejidad de cada uno de las personas implicadas. Continué con LIFE TO COME, de Claudio Capanna. El director italiano nos sitúa en la habitación de un hospital y sigue las dificultades de dos prematuros nacidos a las 28 semanas de gestación. La durísima lucha, acompañada de temores, en un maná de emociones de una madre que se mantiene junto a sus hijos. Capanna frente a la frialdad y rodeado de equipos de alta tecnología, nos descubre una historia sencilla y extremadamente íntima, donde traspasa la calidez y sensibilidad humanas en una película que retrata la fragilidad de la vida y de nuestro ser. Una película, en un asombroso trabajo de sonoridad, que captura todos los sonidos que acaban formando una estructura del relato, que traspasa el alma desde lo más profundo de cada uno de nosotros, y lo hace en un entorno en apariencia hostil, pero que acaba resultando una reflexión sobre el hecho de vivir y todo aquellos que nos rodea. Cerré la sección oficial con SIBERIAN LOVE, de Olga Delane. Un documento íntimo y muy personal de la directora Olga Delane, originaria de Kranokamensk (Siberia) que después de dos décadas viviendo en Berlín, vuelve a su tierra a pasar un tiempo con los suyos. Una tierra, en la frontera entre China y Mongolia, donde sus habitantes, fríos y parcos en palabras, viven de la agricultura y ganadería, mientras soportan temperaturas gélidas extremas y viven en un fuerte patriarcado donde los roles de género están arraigados en fuertes tradiciones ancestrales, el hombre, trabaja, y la mujer en casa con los niños. Delane filma a sus parientes y les pregunta por sus vidas y sus condiciones personales, y lo hace desde lo íntimo, capturando los detalles de cada uno y sus respectivas necesidades, sin emitir ningún juicio, sólo observando su tierra y sus orígenes, y preguntándose sobre lo femenino por aquellas tierras inhóspitas de belleza seductora y silencios eternos.
Hice un alto en el camino para acercarme a la propuesta de TIRABIRAK, de Bea Narbaiza, Libe Mimenza y Edorta Arana. Una webdoc nacida en el País Vasco en el grupo de investigación EMAN, la Fundación Donostia/San Sebastián 2016 y EITB, en el que valiéndose de las viñetas publicadas en los medios desde 1977 hasta 2016 sobre el conflicto vasco, construyen una web interactiva de indudable poder divulgativo e informativo, en la que se analiza la evolución, tanto política, ideológica, social y cultural, de las diversas posturas adoptadas en la forma que el humor se ha acercado y ha analizado los diversos sucesos acontecidos sobre el problema vasco. Una sesión de enorme valor social y político, en el que además, sus responsables introdujeron de forma sencilla y pedagógica todos los elementos y estructuras que forman parte de su web y las inquietudes y reflexiones que les han llevado a levantar un proyecto de estas características, tan necesario y fundamental para entender y aproximarse a la realidad de un conflicto que ha estructurado la realidad política española desde la mitad del siglo pasado. La sección Latitud la arranqué con AL OTRO LADO DEL MURO, de Pau Ortiz. Una de las producciones más esperadas del certamen debido a su prestigioso galardón en el Hot Docs, el festival más importante del continente americano. El realizador barcelonés nos sitúa en México, en la intimidad familiar de unos hermanos hondureños sin papeles que, con la madre encarcelada y el padre ausente, sobreviven como pueden en una situación que les sobrepasa, e intentan tirar hacia delante como buenamente pueden. Las llamadas telefónicas con la madre, las tensas relaciones entre los dos mayores, cabezas de familia a su pesar, y el cuidado, en momentos difíciles y complejos, con los hermanos pequeños, hacen de la película de Ortiz una muestra impecable de las duras condiciones de vida de muchos inmigrantes desamparados en tierra de nadie, en ese lugar y tiempo, en el que deben seguir, aunque en muchas ocasiones, no sepan hacia adonde. Una película de factura ejemplar, que trata sus temas de forma seria y concisa.
La segunda de esta sección fue EL SILENCIO DE LOS FUSILES, de Natalia Orozco. La cineasta colombiana, especializada en trabajos sobre investigación política y derechos humanos, se embarca en un tema espinoso y candente, los diálogos de paz en Colombia entre dos enemigos irreconciliables, en el conflicto más antiguo de toda la historia. Por una parte, el gobierno de la nación, presidido por José Manuel Santos, y al otro lado, las FARC, el ejército guerrillero de la selva, liderado por Timochenko. Orozco construye un inmenso mosaico a través de imágenes de archivo donde reconstruye los antecedentes, el estado actual y el camino hacia el futuro, con la ansiada paz para todos, en el que no faltan entrevistas a los implicados en el proceso, en un documento político de altísimo nivel que, ofrece una visión seria y honesta, sobre la situación que se respira en Colombia, un país tristemente sacudido por la violencia. Un país sometido a la oscuridad y el terror de la muerte. Seguí con LOS OFENDIDOS, de Marcela Zamora Chamorro. La cineasta, nacida en Nicaragua, interesada en temas de género y derechos humanos, que el año pasado se vio en el festival su anterior trabajo, El cuarto de los huesos (sobre los desparecidos en El Salvador a través de los restos encontrados) vuelve a hablarnos del país salvadoreño, a través de testimonios de la represión durante la dictadura, en el que vamos escuchando el relato de las torturas y los desaparecidos. La realizadora arranca con la figura de su padre, activista político que también sufrió el secuestro de los militares, y hace un minucioso trabajo político sobre la memoria, en el que en uno de los momentos más terroríficos escuchamos el testimonio desgarrador de uno de los verdugos contando la cotidianidad de los detenidos. Zamora construye un trabajo durísimo, sin concesiones, pero a la vez necesario y audaz, en el que la directora sigue en su cruzada humanista para levantar todas las oscuridades que desgraciadamente persisten en su país.
En la sección What the Doc, me sorprendieron dos títulos de gran calidad, tanto a nivel formal como argumental, uno de ellos, UNTITLED, de Michael Glawogger y Monika Willi. El trabajo póstumo de Glawogger (fallecido durante el rodaje en Liberia) es un inmenso caleidoscopio de su visión humanista del mundo, en un rodaje que abarcó 5 meses, en el que viajó por los Balcanes, Italia, y norte y este de África, sin seguir ningún pretexto argumental. El cineasta austríaco, autor de títulos míticos del género como Megacities (1998) Workingman’s death (2005), y su fiel colaboradora, Monika Willi, su editora, que acabó la película, realizan un trabajo libre y muy intuitivo, capturando la realidad humana, los detalles y la intimidad de cada una de las personas y los lugares que filman de manera humana y sencilla, dejando al espectador libertad para mirar sin prisas, con pausa y detenimiento, dejándose llevar por las imágenes y la música que nos acompañan, en un prodigioso montaje que va creando atmósferas oníricas, imposibles y complejas de múltiples realidades que se mezclan, dialogan entre ellas, y además, nos llevan a una dimensión extraordinaria sobre lo humano y el trabajo artesanal que realizan las personas que son filmadas. Un documento visual y sensorial de grandísima calidad que, significa una despedida memorable, muy a nuestro pesar, de uno de los grandes cineastas de la historia. El otro de los grandes títulos vistos en el festival ha sido YOU HAVE NO IDEA HOW MUCH I LOVE YOU, de Pawel Lozinski. El prestigioso cineasta polaco, autor de más de veinte títulos, y ayudante de Kieslowski, presenta un documento desgarrador y conciso sobre las relaciones difíciles y conflictivas de una madre y su hija, y lo hace a través de una forma de extrema sencillez, en la que construye con primeros planos de las dos mujeres, acompañadas de su terapeuta en las diferentes sesiones, para encontrar las razones que les han llevado a esa situación, y sobre todo, a través de sus testimonios encontrar la mejor manera de limar asperezas y encontrar las alianzas que las vuelvan a mantener una relación madre e hija. Lozinski cimenta un ejercicio poderoso asfixiante y agobiante, sumamente complejo y perturbador, en el que sus personajes (porque se tratan de intérpretes que simulan experiencias reales, a la manera de Eduardo Coutinho) un ejemplar trabajo sobre las relaciones humanas, las palabras y los silencios que forman parte de nuestra existencia y de las personas que forman parte de nosotros.
Cerré mi participación en el festival con JERICÓ, EL INFINITO VUELO DE LOS DÍAS, de Catalina Mesa. La cineasta colombiana, en su primer largo, nos traslada en la región de Antioquia, en el noroeste de Colombia, y nos muestra el relato de ocho mujeres, a través de una forma exquisita, donde las formas especiales de la arquitectura de las casas y sus colores, devienen en una película llena de vida, recuerdos y sentimientos. Unas mujeres muy diferentes entre ellas, que forman parte de un trozo de esa vida del pasado, el presente y el futuro de un lugar peculiar atravesado por montañas, un espacio donde cohabitan sueños, memoria y valentía y corajes femeninos. Mesa retrata a sus personajes de forma natural e intima, mostrando sus sencillas vidas, con gran sentido del humor, donde también hay espacio para los buenos momentos, y aquellos otros que no lo son tanto. Una película que seduce a través de su maravillosa descripción de emociones, mostrándonos una realidad muy diferente a la violencia que se relaciona con Colombia, ofreciéndonos una visión humana y peculiar sobre un grupo de mujeres, en relación a su pueblo, sus vidas, sus recuerdos y la música que escuchaban. Hasta aquí mi camino por el festival, un viaje que empezó cargado de ilusión y entusiasmo, y acabó de la mejor de las maneras, lleno de emoción desbordante, convencido de haber asistido no sólo a una fiesta del cine documental, sino también a una emocionante y muy agradable reunión de amigos, llena de interesantes propuestas que nos hacen la vida mejor y sobre todo, nos muestran realidades ocultas y silenciadas por unos medios dominados por el capital, conocer la realidad nos aleja de la comodidad capitalista, y nos agita, llenándonos de sentimientos que nos hacen sentirnos más llenos de vida y algo más felices.
Louis-Claude de Saint-Martin, “El filósofo desconocido”, 1743-1803
El año pasado, tanto propios como extraños, nos quedamos fascinados por la fuerza expresiva y narrativa de la película La venganza de una mujer, de la directora portuguesa Rita Azevedo Gomes (Lisboa, 1952) una pieza de cámara absorbente y fascinante que adaptaba de manera sublime Las diabólicas, de Barbey d’Aurebilly. Un relato de poderosas imágenes que nos atrapan a través del testimonio desgarrador de una mujer que relataba la penosa experiencia de un amor imposible del pasado. Ahora, Azevedo Gomes (que arrancó su carrera a comienzos de los 70) vuelve a mostrarnos un relato sobre el pasado, sobre la memoria, centrado en dos de las figuras más representativas de la literatura portuguesa del siglo XX, Jorge de Sena (1949-1978) perseguido por la dictadura de Salazar se exilió, primero a Brasil y finalmente a EE.UU., y Sophia de Mello Breyner Andresen (1919-2004), y la relación epistolar que mantuvieron ambos durante el período comprendido entre 1959 al 1978.
La película-viaje de Azevedo Gomes se desmarca del contenido político de las misivas para centrarse en la poesía de ambos, sus inquietudes personales y reflexiones sobre la vida, la muerte, la ausencia, el amor, etc… Y la cineasta portuguesa lo hace desde lo más profundo, acercándose a aquello que no vemos, aquello que se oculta en las sombras, aquello que forma parte de cada uno de nosotros, pero rara vez podemos explicar, y crea un mundo onírico, un mundo de luces y sombras, un caleidoscopio sin fin, en el que conviven texturas, colores, formas, pensamientos, ideas y todo aquello que la materia fílmica puede capturar, en el que viajamos hacia aquellos lugares que forman parte de la memoria de las poesías que vamos escuchando mientras reconocidas figuras van leyendo, tanto del arte como de la vida social, desde Luis Miguel Cintra, Rita Durâo, Pierre Léon, Eva Truffaut…La directora portuguesa abandona cualquier orden cronológico y estructura lineal, dejándose llevar por las diferentes poesías y creando un universo lleno de otros submundos que desconocemos donde empiezan y menos de donde acaban, en un continuo sinfín de imágenes, sonidos y lecturas que respiran unas con otras, dialogando entre ellas, y mezclándose en una elegía sobre un tiempo sin tiempo, un mundo soñado, alejado de éste, que obliga a los poetas abandonar su tiempo, lugar y vida.
Azevedo Gomes parece haber hecho su peculiar y personal viaje en el tiempo, en un tiempo sin fechas, sin lugares, y sin gente, en un tiempo onírico, imaginado, en su trabajo más libre y visceral, en una producción artesanal y con amigos, donde no había prisas ni agendas, sino tiempo para vivir y para filmar, capturando todo aquello que rebelaba lo que estaba sucediendo, lo que se vivía en ese instante, en una película-ensayo que nos devuelve la imagen primaria del cine, aquella en la que todo estaba por descubrir, aquella que nadie había manipulado jamás, cuando en sus inicios, alimentaba de sueños, mundos imposibles y lugares sin espacio y tiempo, donde la materia cinematografía se transmutaba en orgánica, como un pedazo de historia tangible y sedoso, en el que uno se podía imaginar mundos imaginarios, personas fantasmagóricas, y objetos en tránsito, como en un viaje infinito en que el alma se apropiaba de los sentidos y las ideas viajaban sin cesar, en el que tiempo y materia se mezclaban perdiendo su origen natural, y creando un espacio inmaterial y sin tiempo, en el que todo estaba dispuesto para tallar la imagen fílmica y soñada.
La realizadora portuguesa (que tuvo en Manoel de Oliveira a su mentor) ha construido un poema elegiaco, con esa característica mágica que solo encontramos en los grandes como Mekas o Sokúrov, un filme de imágenes poderosas que nos transportan hacia el interior de uno mismo, en un viaje sobre el exilio, la memoria, y la ausencia, donde la vida y la muerte conviven en un solo espacio, donde el agua (elemento primordial en la cinta, que aparece como elemento icónico en los viajes que se relatan en la película) nos devuelve hacia aquel tiempo en el que las cosas eran diferentes, en ese sueño utópico donde las cosas podrían ser de otra manera. Una película que invita al espectador a dejarse llevar, a introducirse en su materia poética de forma inocente, sumergiéndose en las lecturas de las poesías de forma reposada y con pausa, a través de sus 145 minutos, que se pasan volando, casi sin querer, en el que parece que los espectadores asistimos a una especie de trance fílmico donde nuestros sentidos viajan sin cesar hacia esos lugares imaginarios, profundos, interiores, no sólo de la película, sino de cada uno de nosotros.
¿Vivimos la vida realmente que queremos? ¿Decidimos nuestra existencia en relación a lo que sentimos o lo que debemos hacer? ¿Estamos felices con nosotros mismos? ¿Nos arrepentimos más de lo que hemos hecho o lo que hemos dejado de hacer? Esta serie de cuestiones, y otras relativas a la felicidad, a quiénes somos y qué tipo de vida llevamos son las que plantea la primera película de Marga Melià (Palma de Mallorca, 1982) periodista de oficio y cineasta de vocación, que ya exploró los mecanismos de la felicidad en su primer trabajo, un cortometraje de curioso título El síndrome del calcetín desparejado (2012) donde confrontaba las diferencias entre la vida que llevamos y los sueños que tenemos o dejamos atrás. En su puesta de largo, vuelve a aquellos temas, o mejor dicho, continúa investigando sobre los temores, preocupaciones y demás que afectan a la gente de su edad, treintañeros que se mueven casi por inercia, que no acaban por encontrarse, y sobre todo, se sienten frustrados con su existencia, incapaces de vivir la vida que realmente desean.
La trama, sencilla y honesta, gira en torno a una pareja que tiene que separarse. Él, feliz en su trabajo, se traslada a Londres por un tiempo, ella, infeliz en su profesión, se queda sola en Barcelona, y además, tendrá que buscar compañero de piso para sufragar los gastos de la vivienda. El elegido es Luuk, un fotógrafo holandés extrovertido y pura vitalidad, que espabilará y abrirá los ojos a Julia, y le descubrirá más sobre ella misma de lo que ésta imaginaba. Melià hace de la modestia y la simpleza sus armas argumentales y formales, quizás alguna secuencia se muestra algo forzada y sin el debido tiempo que merecería, pero no deslucen el conjunto, construyendo una película pequeña, pero de gran sentido y complicidad con el espectador. Una película luminosa, atractiva y artesanal, que arranca describiendo la Barcelona turística para acercarse a los rincones más personales y auténticos de la ciudad, creando el decorado idóneo para contarnos esta historia romántica, con momentos surrealistas, y otros no tanto, sobre aquello que deseamos y quizás no nos atrevemos a vivir, a veces por falta de tiempo, por inercia, o simplemente por miedo.
Un relato sentimental breve (apenas 72 minutos) que nos sumerge en unos días agridulces, como nos anuncia el título, días para pensar, para darnos cuenta de cosas que nos gustaría hacer, días para sentir aquello que dejamos de sentir, o para mirarnos al espejo y reconocernos en el reflejo que tenemos delante, en una historia que nos habla sobre la amistad, el amor, y sobre todo, de nosotros mismos, sobre quiénes somos en realidad, y como nos relacionamos con nuestros semejantes. La deliciosa música de los Lili’s House añade más sensibilidad y magnetismo a la película, creando esa armonía tranquila y apacible que respira todo el conjunto. Esther González y Brian Teuwen, novatos en estas lides, dan vida a los protagonistas de la película, aportando frescura, vitalidad y humanidad a unos personajes en un momento crucial en sus vidas. Una, entre lo que siente y lo que vive, quizás la eterna cuestión de identidad que azota a muchos jóvenes de hoy en día, y él, enfrentándose a unos sentimientos que parecía tener claros.
Melià que se acerca al aroma que se respira en filmes de Miranda July o Jonás Trueba, nos lleva de la mano por este cuento de verano, mientras compartimos un libro que marcó nuestra adolescencia, o vemos aquella película que siempre nos gustó, o tomamos copas acompañados de unas risas cómplices, y paseamos sin rumbo por la ciudad, o acabamos bañándonos al amanecer, y alquilamos una película en alguno de los pocos videoclubs que todavía resisten, o pasamos unos días en Mallorca probando sus aguas y descubriéndonos a nosotros mismos… Días de verano, días en que conocemos a alguien, que nos enamoramos, o simplemente, sentimos que vivimos por primera vez, o tal vez, nos damos cuenta que hacía mucho tiempo que no nos sentíamos así de bien, o quizás lo habíamos olvidado, tan centrados y agobiados con nuestra vida, o con eso que llamamos vida, muy alejados a aquello que nos hacía sentirnos bien y felices con nosotros mismos.
“El periodismo es contar la verdad, defender al débil del fuerte, luchar por la justicia, aportar consuelo y perspectiva para soportar los odios y los temores de la humanidad con la esperanza de un día crear un mundo en el que los hombres celebren sus diferencias en lugar de matarse entre ellos en su nombre”
I. F. Stone
“Una mentira contada mil veces, acaba siendo verdad”, frase pronunciada por Joseph Goebbles, ministro de propaganda nazi, que creó un imperio de mentiras para propagar su discurso nacionalsocialista por el mundo. Una estrategia que continúan los medios de comunicación actuales, sometidos a los intereses económicos y poderosos de las grandes corporaciones, se han convertido en meros altavoces de esos gigantescos grupos de comunicación que hacen y deshacen según les conviene en un mundo cada vez más deshumanizado, mercantilista y egoísta. La aparición de otras miradas, otras voces, y otras reflexiones, ayuda a comprender la convulsa y compleja realidad mundial, acercándonos a la veracidad de la información, a entender la materia intrínseca de los sucesos y a tener ese espacio necesario para reflexionar sobre lo ocurrido desde un prisma humanista, claro y tranquilo. Alfred Peabody, periodista y cineasta de oficio y vocación, ha dedicado su carrera profesional a estos menesteres, ya desde su programa de investigación The Fifth Estate para la CBC (Cadena pública canadiense) donde contribuyó a ofrecer un periodismo alejado de los intereses económicos y ejerciendo su arma arrojadiza ante las mentiras de los poderosos.
Ahora, con la producción de dos grandes críticos del poder como Oliver Stone y Jeff Cohen en la producción, realiza este documento de político, de poderosa fuerza y sumergiéndose en las entrañas oscuras de los mecanismos del poder, un trabajo sobre la prensa, y todas aquellas personas que trabajan para ejercer un periodismo de verdad, independiente y libre, apartado de las “verdades” interesadas de los grandes medios de comunicación. A partir de la figura de I. F. Stone ( 1907-1989) pilar indiscutible de la libertad de prensa, que en los años 60 se convirtió en la voz crítica contra los desmanes del poder y las mentiras políticas que arrojaban contra la población estadounidense a través del semanario If Stone’s Weekly, un diario independiente que se convirtió en un emblema para toda una generación de periodistas y sobre todo, un símbolo para una parte de la población ávida de conocer la verdad y harta de las patrañas estatales. Peabody realiza una película con nervio, inteligencia y brutal, con ese ritmo endiablado de los mejores thrillers políticos de los 60 o 70, como El político,El mensajero del miedo, Cuatro días de mayo, Los tres días del cóndor o Todos los hombres del presidente (del que se hace referencia explícita en la película, además de aparecer como testimonio Carl Berntein, uno de los periodistas que destapó el escándalo del Watergate que acabó con la presidencia de Nixon).
Escuchamos a periodistas que trabajan en los márgenes, en las zangas de la investigación, lejos del mundanal ruido, con independencia y libertad, siguiendo el inmenso legado de Stone, como Amy Goodman desde su canal de televisión Democrazy Now!, Matt Taibbi en las páginas de Rolling Stone o por Glenn Greenwald y Jeremy Scahill desde The Intercept, periodistas en busca de la verdad, de destapar las vergüenzas de unos poderosos que parecen funcionar al margen de la ley y por encima de todo y todos, sacando a la luz temas espinosos y conflictos enterrados como las revelaciones de la NSA sobre el caso Snowden, las fosas comunes ilegales de inmigrantes mexicanos en la frontera, los asesinatos selectivos con drones militares en oriente Medio, o la falsedad de los motivos que justificaron la invasión de Irak, entre otros temas, con la participación de destacadas figuras de la investigación como Noah Chomsky, Michael Moore, hombres a contracorriente, hombres que conocen sobradamente los hilos invisibles del poder, los que manejan los grandes medios como la CBS o la CNN, porque saben que eso genera hábitos y opiniones en la población. Peabody construye un puzle complejo y siniestro sobre los malos usos de la información de los gobiernos y cómo este grupo de hombres buenos y profesionales (recuerdan la figura que interpretaba Cary Grant en Luna nueva, ese jefe voraz y enérgico, que valiéndose de sus artimañas para no perder a su mejor periodista, y así esclarecer la verdad para salvar a un inocente) se dedican a recabar información y llegar hasta el quid de la cuestión, a través de sus medios digitales, su fuerza narrativa y su mente creadora para esquivar los obstáculos del poder y presentar una información veraz, inteligente y necesaria.
“La historia es una pesadilla de la que estamos tratando de despertar”
James Joyce
Es uno de esos días de verano a mediodía, brilla el sol y el calor empieza a ser sofocante. Una pareja de jóvenes retoza y juega al amor a orillas de un lago. Ríen y disfrutan, mientras imaginan que les deparará el futuro fuera del pueblo al que han decidido abandonar y vivir su amor fuera de miradas hostiles. De repente, un ruido llama su atención, suben una pequeña colina y frente a ellos, por el camino, desfila un convoy de vehículos militares que rompe la armonía del instante y parece que de repento todo se ha nublado (como ocurría en Desaparecido, de Costa-Gavras, cuando los jóvenes idealistas americanos se despertaban al ruido de los helicópteros y vehículos militares en la soleada Viña del Mar). El arranque de la película deja clara las intenciones de su historia, la guerra, la maldita guerra se interpondrá en el camino de los jóvenes enamorados, alrededor de la veintena, que protagonizarán las tres historias, diferentes entre sí, pero que sucederán en el mismo espacio, un pueblo dividido entre serbios y croatas, y a lo largo de dos décadas, y con la estación estival como escenario. Una película que pone el dedo en la llaga en la guerra de los Balcanes (Los Balcanes y su eterna disputa que fue el motor de la cinematografía de Angelopoulos) zona de perpetuo conflicto por el odio entre etnias, la intolerancia y la dificultad intrínseca de que puedan vivir en paz unos con otros.
Dalibor Matanic (Zagreb, Croacia, 1975) es un cineasta que ha dedicado su filmografía a explorar y reflexionar sobre los temas candentes que sacuden su tierra, una tierra preciosa, llena de buenas gentes, pero que la diferencia religiosa, social y política los ha conducido a una guerra abierta e interior de difícil solución. La primera de la historias la protagonizan Jelena e Ivan, ella, serbia, y él, croata, situada en 1991, cuando ya se observan los primeros escarceos militares en los que ya se adivinan que la situación insostenible entre unos y otros, iba a desembocar en una guerra cruenta y devastadora que se alargó 4 años. La segunda, nos lleva diez años después, cuando dos mujeres, madre e hija, vuelven a su pueblo y tienen la necesidad de regresar y empezar de nuevo, a reconstruir sus vidas tras la guerra. Natasa, serbia, y Ante, croata, son los personajes que nos conducirán por ese segundo segmento, en el que las heridas de la guerra y el odio, más aún si cabe, se ha apoderado de cada uno de ellos. Y finalmente, el relato que cierra la película, el director nos lo sitúa en el 2011, un tiempo actual, en el que Luka, croata, vuelve a su pueblo, tras unos años estudiando en la ciudad, y se reencuentra con Marija, serbia, con la que en el pasado tuvo una relación y algo más. Las inevitables heridas y el dolor siguen presentes en los personajes, unos seres que intentan levantar sus vidas a pesar de todo lo que ha sucedido, y todo lo que han perdido.
El director croata nos muestra una mise en scène diferente en las tres historias, si bien en la primera el pueblo y sus diferentes escenarios toman protagonismo, a través de tomas largas y muy cercanas (aunque el tono intimismta nos acompañará durante toda la película) en las que vemos el caldo de cultivo de odio entre las etnias que se respira en el ambiente, donde ese primer amor se vive con intensidad y quizás, con esa inocencia de que todos sus sentimientos podrán vencer el odio, la indiferencia y la guerra que se avecina. En la segunda, la película se recoge en las cuatro paredes de la casa, donde los personajes en cuestión, primero se evitan y lentamente van acercándose, aunque con la rabia contenida y la maldad como bandera, un segmento agobiante y asfixiante, en el que la reconstrucción de la casa escenifica el ánimo de muchos que quisieron comenzar de nuevo venciendo el dolor que sentían. En el último, Matanic, nos habla de los jóvenes que no sufrieron las desgracias de la guerra, aunque son arrastrados por el odio imperante y arcaico de su pueblo y sus familias. Luka, al regresar a su tierra, le vuelven todo lo perdido y lo dejado, e intenta reconciliarse primero consigo mismo y luego con su familia, y con la mujer que amó. Aquí la cinta se apodera de la noche, la oscuridad y las luces inundan los encuadres, en el que reinan los contrastes de la fiesta loca nocturna, en el que la música psicótica martillea al protagonista, con la casa de ella, en la que la soledad y la tristeza supuran cada rincón del hogar.
La poderosa y magnética pareja de actores, otro de los grandes aciertos de la película, que además de originar una estupenda química, a los que vemos crecer, con simples pero estudiados matices, a lo largo de las tres historias. Él, Goran Markovic, que interpreta a los hombres de la película, varonil, de poderosa fuerza y aplomo, y ella, Tihana Lazovic, la mujer serbia, que emana vida, lucidez y una enorme expresividad y sensualidad, conviertiéndola en una de las agradables sorpresas que contienen la película, representando esa mujer herida, pero enamorada, esa mujer que va capturando los pequeños matices que ayudan a profundizar en sus diferentes roles. Una película de luz bellísima, que consigue transmitirnos la belleza del verano, con sus colores, su brisa y sus alegrías, en contraposición con la guerra y todos los odios, y traumas que genera en la población. Una tierra de eterna belleza sacudida inexorablemente por la tragedia de la guerra, en la que la película de Matanic se erige como un canto a la vida, a la intolerancia, al respeto, y sobre todo, al amor, superando de esta manera los odios, las diferencias, sean cuales sean, y vengan de donde vengan.
“Cuidado con lo que ves… puede cambiar tu manera de mirar”
La película arranca de manera brillante, con esa atmósfera oscura e inquietante, que no nos abandonará el resto del metraje, en un breve prólogo que deja claro las intenciones del protagonista como de la película que acabamos de empezar a ver. En una noche, en un tren, un director de cine que, viaja acompañado de su novia, duerme. Se despierta y observa a una mujer mayor que comienza a grabar con el móvil, la mujer se levanta molesta y se va. Inmediatamente después, un periodista lo entrevista y le pregunta sobre cuando perdió su inocencia, y Oliver, que es como se llama el cineasta, le explica una historia de niño cuando murió accidentalmente su mascota. A partir de ese instante, y después de visionar un video sexual explícito de Aurora, su hermanastra pequeña, siente la necesidad de viajar a su encuentro en Madrid. La tercera película de Pedro Aguilera (San Sebastián, 1977) explora los límites del deseo, las perversiones oscuras y demoledoras que nos atrapan y nos arrastran hasta lugares oscuros y profundos, también remite a nuestra forma de mirar y relacionarnos con las imágenes, en un mundo contaminado y devastado de vídeos que muestran con vehemencia la intimidad de cualquiera, donde nuestra vida y nuestros cuerpos están expuestos a lo público, observados por múltiples miradas desconocidas.
Aguilera ya había dado cuenta de su talento con La influencia (2007) donde seguía los pasos de una madre perdida, sin nada que intentaba salir adelante con la ayuda de sus hijos, le siguió Naufragio (2010) en la que se adentraba en la dura existencia de Robinson, un sin papeles que se buscaba la vida en una España vacía y sin sentimientos. El cineasta donostiarra sigue acercándonos a personajes a la deriva, náufragos de nuestro tiempo, personas buscándose a sí mismas, sin rumbo fijo, de pasados turbulentos y terribles, que hacen todo lo posible por relacionarse de manera sana con los demás, aunque muy raras veces lo llegan a conseguir. Oliver es un tipo que se presenta en Madrid, después de muchos años de ausencia y casi sin saber nada de su familia, dice que anda buscando la inspiración para su próxima película, o anda buscándose a sí mismo, o quizás ambas cosas a la vez, quién sabe. Fascinado por la belleza e inocencia de Aurora comienza a espiarla a través de una cámara que filma su habitación. Oliver mira las imágenes que descubren la intimidad de Aurora, en un provocador y perverso juego de voyeur, en el que no puede dejar de mirar e inquietarse con aquello que ve.
La inocencia imperturbable de Aurora se ve amenazada por el deseo animal y visceral de Oliver que lentamente va traspasando los límites del simple voyeur para traspasar la pantalla y adentrarse en ese mundo prohibido, inmoral y siniestro que representa Aurora. La forma en la que miramos las imágenes, nuestro imaginario, y la fantasía que nos provocan estas imágenes son la parte estructural de la película de Aguilera, una cinta que juega a los contrastes, desde su peculiar formato, el 1:33, y esa imagen, más propia del cine setentero o principios de los ochenta, donde los colores vivos se mezclan con la oscuridad de la noche, donde parecen suceder todas las perversiones que no pueden controlar sus personajes. El director nos encierra casi en las cuatro paredes de esa casa acomodada de las afueras, de familia con pasado turbio, con un padre en común, que se mueve entre lo afable y lo siniestro, y unas vidas en tránsito, donde nada es lo que parece y los más bajos instintos se ocultan bajo el amparo de la comodidad de la intimidad.
Una película que nos devuelve el cine que transita por nuestros más bajos instintos sexuales y depredadores de la condición humana, remitiéndonos a títulos como Peeping Tom (donde los rostros femeninos asesinados provocaban el placer del individuo) o la atmósfera terrorífica de juegos eróticos de las películas de Hitchchock como Vértigo (donde el protagonista se sentía fascinado por resucitar a una muerte) Psicosis (en el que el torturado Norman Bates era un mirón que acababa con las vidas de las mujeres que despertaban su deseo) e incluso La sombra de una duda (donde la amenaza de un tío dejaba a su sobrina a su merced), o el deseo sexual reprimido del cine de Buñuel como Belle de jour, Susana(Demonio y Carne) o Ese oscuro objeto del deseo (que curiosamente también arrancaba en un tren), o los viajes psicóticos de Arrebato, de Zulueta, donde el cine transformaba a sus espectadores llevándolos a traspasar la imagen y formar parte de ella, o el cine español de los sesenta, y sobre todo de los setenta, en sus relatos de tipos amargados reprimidos sexualmente, sin olvidarnos de cierto cine underground, donde el sexo es un motor de desinhibición y escapismo ante las frustraciones vitales, o las películas más oscuras y tenebrosas de Almodóvar como La ley del deseo o Los abrazos rotos (con el cine como motor de oscuras perversiones) o La piel que habito (en el que un ser atormentado emprendía una venganza siniestra).
Una pareja protagonista de altos vuelos interpretados por los estupendos Julio Perillán (con ese aspecto varonil, animal y misterioso, de lobo hambriento, que se adentra en el bosque para seducir lo prohibido) e Ivana Baquero (la lolita frustrada en una relación monótona con un novio pavo que descubre junto a su hermanastro cineasta las perversiones sexuales más oscuras). Aguilera nos invita a un cuento erótico, a cine dentro del cine, una fábula de cazadores, de pasiones desatadas, y deseos que se buscan irremediablemente, que destila una sensualidad desbordante, de calor sofocante, de cuerpos calientes, y sentidos a flor de piel, en un inquietante juego sexual en el que desconoces quién atrapa a quién y quién busca a quién, donde todo se mezcla y los dos hermanastros se sumergen a un perverso descenso a los infiernos en el que no hay vuelta atrás, en este viaje endiablado hacia el interior, en el que no existen fronteras ni límites, en el que tampoco hay luz, sólo oscuridad y tinieblas,
“No sé hasta qué punto Jens, amigo mío de la infancia, y yo, conocíamos nuestras intenciones cuando, por las tardes, nos metíamos en la alcoba de mi madre. En cualquier caso, aprendimos dónde tocarnos y, claramente, allí sentí mi primer estremecimiento de deseo. Desde aquel momento, supe que lo que sucedía en aquella alcoba acabaría jugando un papel importante en mi vida. Como cuando tienes un nuevo hobby, que no puedes parar de pensar en él”.
¿Cada cuanto tiempo piensas en sexo? ¿Qué es lo que más disfrutas en la cama? ¿Has tenido alguna vez algún orgasmo? ¿Con cuántas personas has tenido sexo? Estas series de preguntas, y algunas más, a mujeres entre 18 y 25 años relacionadas con la sexualidad femenina fue el primer punto de partida en la que las directoras danesas Lea Glob, curtida en el medio televisivo, y Mette Carla Albrechtsen, del campo publicitario, se enfrascaron como trabajo de documentación para una película sobre la sexualidad de las mujeres. Aunque después de estudiar la respuesta de las protagonistas, desistieron de la película inicial, y pusieron en marcha una película sobre la sexualidad femenina contada por ellas mismas. El dispositivo es sencillo, convocaron un castin al que se presentaron una serie de mujeres y a través de una entrevista van contestando preguntas relacionas con su sexualidad, en el que hablan abiertamente sobre su sexo, su cuerpo, las relaciones mantenidas, como lo descubrieron, y demás cuestiones.
Observamos a mujeres de distinta sexualidad y diversas maneras de relacionarse con el sexo, desde lo más banal hasta las partes más perversas y oscuras. Una película que muestra el sexo sin discursos ni dogmas, aquí todo vale, todo es escuchado atentamente por las directoras, un salto al vacío en el que se cuentan los secretos más íntimos, las fantasías más ocultas, y sobre todo, cada una de ellas habla a la cámara sin pudor ni timidez, explicando todo aquello que les pone y lo que no, todos los diversos caminos del sexo que les han llevado a conocer mejor sus deseos y sobre todo, a conocerse mejor ellas mismas. La intimidad sexual y el propio cuerpo inundan cada toma, convirtiéndose en los protagonistas absolutos de la película, testimonios directos sobre experiencias vividas, imaginadas o fantaseadas, todo cabe en su declaración-sexual, un testimonio intimo y cercano en el que todas ellas desnudan su sexualidad frente a la cámara, ofreciendo una visión completamente distinta a la que la banalización del sexo, por parte de la moda, la publicidad y de los medios oficialistas, han construido en el imaginario de la población, optando por una falsa masculinidad donde la mujer parte como mero objeto sexual y sumisa.
Una película sobre mujeres, sobre su sexualidad y sus intimidades y secretos, para todos los públicos, para todos aquellos que quieran profundizar en un tema tabú en nuestras sociedades occidentales y bien pensantes, a las que les falta más comprensión, respeto y tolerancia con las mujeres y descubrir sus deseos más íntimos. Glob y Albrechtsen han construido un ensayo fílmico de grandes hechuras, colocando el foco en el interior de la sexualidad de cada mujer que nos habla, que nos cuenta, que nos explica, desnudándose delante de nosotros, en todos los sentidos, descubriéndose a sí misma, hablando de sus momentos de felicidad sexuales, y cómo no, de sus frustraciones, que también las hay, como todo en la vida. Un dispositivo cinematográfico sencillo y directo, en el que, a través del primer plano, y una exquisita sensiblidad y delicadeza, nos hacen participe de un mundo íntimo, en el que nos hacen cómplices, a nosotros los espectadores, que asistimos atentos a escuchar las experiencias sexuales de estas mujeres, en un camino vital de continuo aprendizaje sobre nuestros ser y las partes más profundas de nuestro interior.