Fe y libertad, un amor de clausura, de Ivana Marinic Kragic

MONJAS ENAMORADAS.

“Si nos amamos, será más fácil mantener el voto de castidad”

Hace poco veíamos en las pantallas la película Benedetta, de Paul Verhoeven, que relataba los amores lésbicos de las protagonistas en un convento del siglo XVII, y no era la primera vez que el cine ha retratado a dos monjas enamoradas, porque películas de diferente índole, podemos encontrar y muy variadas. En Fe y libertad, un amor de clausura, de Ivana Marinic Kragic (Split, Croacia, 1984), también nos habla de un amor entre dos monjas llamadas Marita y Fani.. Un amor contado en primera persona por las protagonistas. La directora croata con amplia experiencia en el campo documental, como directora de cortometrajes, productora, amén de aprender el oficio al lado de nombres tan ilustres como los de Gabriele Salvatores y Rajko Grlic, entre otros, debuta en el largometraje con un retrato profundamente personal y sincero sobre dos mujeres que se conocieron siendo monjas y el destino hizo que se amarán.

La cineasta croata compone una película extremadamente sencilla y directa, porque nos cuenta su relato a través de dos caminos. En el primero, vemos y escuchamos a las verdaderas protagonistas de la historia que nos van contando con su voz todo el relato. En el segundo, esas voces testimoniales de las dos protagonistas, viene acompañada de una ficción contada mediante fotografías, a modo de las olvidadas foto-novelas tan populares en otro tiempo, donde dos actrices dan vida a las protagonistas y escenifican la vida cotidiana como monjas, su encuentro y su amor. Con un guion que firman la propia directora e Ivana Vukovic, en la que también se opta por el archivo personal de cada una de ellas, con el que se hace un recorrido por sus infancias y el descubrimiento de su sexualidad y lesbianismo, sus conflictos personales y sociales, en una sociedad la croata extremadamente conservadora y toparse con la iglesia, igual de castradora con los sentimientos lésbicos, nos van contando sus miedos, sus contradicciones, sus luchas interiores, y demás conflictos que van sorteando y padeciendo, sus relaciones lésbicas en el convento, sus alegrías y tristezas.

La película aborda con suma delicadeza y sensibilidad el tema que tiene entre manos, y se sumerge de un modo honesto y muy profundo, las elecciones personajes enfrentadas a un mundo, ya sea el católico o el civil, que no acepta lo diferente e intenta por todos los medios castrarlo y eliminarlo. La película se centra en lo importante y nunca se deja llevar por lo superfluo o lo bello estéticamente, sino que acoge con fuerza su relato y va llevándonos desde el documento personal y la ficción retratada de la mejor manera posible, y sin subterfugios que nos desvíen de la trama principal, eso ayuda su relato breve, apenas si llega a los setenta y un minutos de metraje, con un montaje ágil y rítmico que firma Ivor Sonje, con mucha experiencia en el documental, que nos lleva por varios años de la vida de los protagonistas, con un tremendo trabajo de concisión tanto en su entramado documental como ficcional, donde las actrices brillan de manera sobresaliente. Fe y libertad, un amor de clausura, también nos habla de la doble moral, tanto de la sociedad croata y de cualquier sociedad que trata de luchar por la libertad y se olvida fácilmente de su significado, y sobre todo, de la hipocresía existente en la iglesia, porque abogan por la fraternidad y el amor, pero cuando el amor es diferente y diverso, lo niegan y lo persiguen.

Marita y Fani son dos mujeres que creían que el amor a Dios y la vida en el convento como monjas las salvaría de unas vidas difíciles. La de Marita lastrada por la guerra de los Balcanes, con una familia rota y una madre superada, ella creía haber encontrado en su vocación una forma de encontrar la paz y vivir en armonía junto a Dios y las otras hermanas. Y en el caso de Fani, una infancia dolorosa con un padre borracho y maltratador, creía haber encontrado en su vocación como monja una forma de penitencia por ser lesbiana y que Dios perdonase su pecado. Marita y Fani encontraron lago infinitamente mejor de lo andaban buscando, encontraron el amor, un amor puro, de verdad, sin cárceles, aceptadas por los suyos, y una vida en común y en libertad, sin los ojos de Dios observándolas y sobre todo, juzgándolas. Ivana Marinic Kragic nos cuenta su historia sin sentimentalismos ni tragedias, y en su vidas las hay y muchas, pero la cineasta croata opta por el amor, tanto en su forma como en su fondo, y sobre todo, en contar desde lo humano, desde la elección personal de enfrentarse a todos y todo, y primero a una misma, y derribar todas las barreras habidas y por haber, tanto las físicas como las emocionales, para vivir una vida como se quiere y sin miedo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bajo el sol, de Dalibor Matanic

EL AMOR EN TIEMPOS DE ODIO.

“La historia es una pesadilla de la que estamos tratando de despertar”

James Joyce

Es uno de esos días de verano a mediodía, brilla el sol y el calor empieza a ser sofocante. Una pareja de jóvenes retoza y juega al amor a orillas de un lago. Ríen y disfrutan, mientras imaginan que les deparará el futuro fuera del pueblo al que han decidido abandonar y vivir su amor fuera de miradas hostiles. De repente, un ruido llama su atención, suben una pequeña colina y frente a ellos, por el camino, desfila un convoy de vehículos militares que rompe la armonía del instante y parece que de repento todo se ha nublado (como ocurría en Desaparecido, de Costa-Gavras, cuando los jóvenes idealistas americanos se despertaban al ruido de los helicópteros y vehículos militares en la soleada Viña del Mar). El arranque de la película deja clara las intenciones de su historia, la guerra, la maldita guerra se interpondrá en el camino de los jóvenes enamorados, alrededor de la veintena,  que protagonizarán las tres historias, diferentes entre sí, pero que sucederán en el mismo espacio, un pueblo dividido entre serbios y croatas, y a lo largo de dos décadas, y con la estación estival como escenario. Una película que pone el dedo en la llaga en la guerra de los Balcanes (Los Balcanes y su eterna disputa que fue el motor de la cinematografía de Angelopoulos) zona de perpetuo conflicto por el odio entre etnias, la intolerancia y la dificultad intrínseca de que puedan vivir en paz unos con otros.

Dalibor Matanic (Zagreb, Croacia, 1975) es un cineasta que ha dedicado su filmografía a explorar y reflexionar sobre los temas candentes que sacuden su tierra, una tierra preciosa, llena de buenas gentes, pero que la diferencia religiosa, social y política los ha conducido a una guerra abierta e interior de difícil solución. La primera de la historias la protagonizan Jelena e Ivan, ella, serbia, y él, croata, situada en 1991, cuando ya se observan los primeros escarceos militares en los que ya se adivinan que la situación insostenible entre unos y otros, iba a desembocar en una guerra cruenta y devastadora que se alargó 4 años. La segunda, nos lleva diez años después, cuando dos mujeres, madre e hija, vuelven a su pueblo y tienen la necesidad de regresar y empezar de nuevo, a reconstruir sus vidas tras la guerra. Natasa, serbia, y Ante, croata, son los personajes que nos conducirán por ese segundo segmento, en el que las heridas de la guerra y el odio, más aún si cabe, se ha apoderado de cada uno de ellos. Y finalmente, el relato que cierra la película, el director nos lo sitúa en el 2011, un tiempo actual, en el que Luka, croata, vuelve a su pueblo, tras unos años estudiando en la ciudad, y se reencuentra con Marija, serbia, con la que en el pasado tuvo una relación y algo más. Las inevitables heridas y el dolor siguen presentes en los personajes, unos seres que intentan levantar sus vidas a pesar de todo lo que ha sucedido, y todo lo que han perdido.

El director croata nos muestra una mise en scène diferente en las tres historias, si bien en la primera el pueblo y sus diferentes escenarios toman protagonismo, a través de tomas largas y muy cercanas (aunque el tono intimismta nos acompañará durante toda la película) en las que vemos el caldo de cultivo de odio entre las etnias que se respira en el ambiente, donde ese primer amor se vive con intensidad y quizás, con esa inocencia de que todos sus sentimientos podrán vencer el odio, la indiferencia y la guerra que se avecina. En la segunda, la película se recoge en las cuatro paredes de la casa, donde los personajes en cuestión, primero se evitan y lentamente van acercándose, aunque con la rabia contenida y la maldad como bandera, un segmento agobiante y asfixiante, en el que la reconstrucción de la casa escenifica el ánimo de muchos que quisieron comenzar de nuevo venciendo el dolor que sentían. En el último, Matanic, nos habla de los jóvenes que no sufrieron las desgracias de la guerra, aunque son arrastrados por el odio imperante y arcaico de su pueblo y sus familias. Luka, al regresar a su tierra, le vuelven todo lo perdido y lo dejado, e intenta reconciliarse primero consigo mismo y luego con su familia, y con la mujer que amó. Aquí la cinta se apodera de la noche, la oscuridad y las luces inundan los encuadres, en el que reinan los contrastes de la fiesta loca nocturna, en el que la música psicótica martillea al protagonista, con la casa de ella, en la que la soledad y la tristeza supuran cada rincón del hogar.

La poderosa y magnética pareja de actores, otro de los grandes aciertos de la película, que además de originar una estupenda química, a los que vemos crecer, con simples pero estudiados matices, a lo largo de las tres historias. Él, Goran Markovic, que interpreta a los hombres de la película, varonil, de poderosa fuerza y aplomo, y ella, Tihana Lazovic, la mujer serbia, que emana vida, lucidez y una enorme expresividad y sensualidad, conviertiéndola en una de las agradables sorpresas que contienen la película, representando esa mujer herida, pero enamorada, esa mujer que va capturando los pequeños matices que ayudan a profundizar en sus diferentes roles. Una película de luz bellísima, que consigue transmitirnos la belleza del verano, con sus colores, su brisa y sus alegrías, en contraposición con la guerra y todos los odios, y traumas que genera en la población. Una tierra de eterna belleza sacudida inexorablemente por la tragedia de la guerra, en la que la película de Matanic se erige como un canto a la vida, a la intolerancia, al respeto, y sobre todo, al amor, superando de esta manera los odios, las diferencias, sean cuales sean, y vengan de donde vengan.