¡Déjate llevar!, de Francesco Amato

MENEO AL PSICOANALISTA.

En La fiera de mi niña, de Howard Hawks, una alocada hija de papá protagonizada por Katherine Hepburn, trastocaba la anodina existencia y  llevaba al traste todos los asuntos de un paleontólogo tímido y despistado al que daba vida Gary Grant. Una de las obras cumbres del “screwball comedy”, un género que vino a criticar inteligentemente a las clases burguesas a golpe de risa y enredos por doquier. En Déjate llevar, tercera película de Francesco Amato (Turín, Italia, 1978) siguen con fidelidad los patrones del universo Hawks, en el que nos presentan a Elia Venezia, un aburrido, ególatra y estúpido psicoanalista (que interpreta con sutileza y nervio el grandísimo Toni Servillo) que pasa sus días entre sus pacientes, a los que parece no hacer caso, y además es vecino de su ex mujer, a la que todavía ama en secreto, pero que le demuestra lo contrario. Para más inri, durante un chequeo, su médico le recomienda a hacer deporte, situación que le llevará a conocer a Claudia, una alocada, enérgica y jovial jovencita que se convertirá en su personal trainer. Todo se enredará y de qué manera, cuando aparezca en la función una especie de novio de Claudia que anda tras un botín que no recuerda donde escondió.

La película tiene momentos divertidos, donde la comedia desternillante, con carreras, situaciones cómicas y demás, lleva a los personajes de aquí para allá, sometiéndolos a momentos de puro histrionismo, donde las bofetadas y los objetos vuelan sin dirección. También, se agradece la labor de los intérpretes, donde Servillo demuestra que vale para un roto como para un descosido, en el que no deja de reírse de su personaje, convirtiéndole en una caricatura de esos señores barbudos y gafas que se muestran soberbios e intransigentes frente a los demás, aunque en su soledad, la de sus cuatro paredes, no son más que unos pobres diablos que odian su soledad y se sienten inseguros. Verónica Echegui defiende su personaje con arrojo y sinceridad, siendo una madre soltera que intenta ganarse la vida como puede, una especie de buscavidas de barrio,  moviéndose de un lado a otro, y metiendo en varea a su cliente, ese psicoanalista muy capaz en su oficio, pero muy endeble con las relaciones personales. Una pareja en las antípodas, que como suele pasar en este tipo de películas, encontrarán más de una complicidad, ya que en el fondo, aparentemente parecen muy diferentes, pero en la cercanía, sienten los mismos miedos e inseguridades.

Tanto el psicoanalista como la personal trainer se verán empujados a una aventura, en el que se enfrentarán al noviete de Claudia, que acaba de salir de la cárcel junto a un cómplice y andará tras ellos ya que necesita de su ayuda para encontrar su botín. Unos secundarios inteligentes y audaces que animan el cotarro como Giovanna, la ex mujer de Elia, que cansada de las impertinencias del doctor, rehará su vida aunque eso alertará a su ex marido. Amato ha hecho una película sencilla y honesta, construyendo una comedia ligera, aquella que hace años en Italia se llamaba “comedias blancas”, donde pasar un rato agradable, y además, y si esto es posible, dejar algún poso en los espectadores, sabiendo que vamos a pasar un rato divertido, en el que nos reiremos de unos personajes que aunque no lo parezca, tienen mucho que ver con nosotros, en nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos, y sobre todo, con los demás, en todos las estupideces y gilipolleces que cometemos, ya que estamos muy bien formados para el trabajo, pero no para las relaciones, en las que nos equivocamos demasiado, y cuando queremos solucionarlo, aún lo fastidiamos más, ya que nos dejamos llevar por nuestra soberbia, cabezonería y orgullo de pacotilla.

La hora de los deberes, de Ludovic Vieuille

MAL DE ESCUELA.

«Todos somos genios. Pero si juzgas a un pez por su habilidad de trepar árboles, vivirá toda su vida pensando que es un inútil»
Albert Einstein

Hay películas que se descubren revelándonos más de lo nos imaginamos, no por su aparentemente sencillez en su forma, sino en su atrevido y complejo contenido, porque van más allá de los problemas que pretenden exponer, escarbando en el centro del problema, y explorando los múltiples recovecos que aparecen en el fondo de la cuestión. La hora de los deberes es una de ellas, y lo es porque todo en ella es una bandera de la sencillez y extremadamente cotidiana, porque nos sumerge en esa hora en el que un padre, Ludovic, y su hijo Angelo, realizan los deberes conjuntamente. Una hora que a veces se eterniza, y en otras, deviene en la más poderosa frustración, ya que Angelo no logra entender los conceptos, y se pierde en una infinidad de enunciados, tareas diversas y un léxico que, en ocasiones, es profundamente inentendible. Ludovic Vieuille es un cineasta francés, con una filmografía que abarca la decena de largometrajes y un buen puñado de cortometrajes, que fabrica una película doméstica, íntima y profundamente aleccionadora que ataca con dureza un sistema educativo caduco, tradicionalista e ineficaz, ya que pretende encajar a todos los alumnos por igual, anulando a todos aquellos que por su naturaleza no siguen el ritmo impuesto por sus estudios.

Vieuille utiliza un dispositivo extraordinariamente elemental, coloca una cámara fija que filmará a padre e hijo en sus 60 minutos de deberes, minutos que deberían ser educativos, pero acaban siendo todo lo contrario. Una película filmada durante cuatro años, donde los avances no se presentan, y el camino recorrido es de una inutilidad exasperante, en el que Angelo tiene que encajar en ese sistema educativo, eliminando de esta manera su imaginación e inventiva, esforzándose para ser uno más, eliminando de esta manera sus capacidades diversas, y su diferente manera de desarrollarse en su mundo y en su entorno. Vieuille se acerca a los maestros del cinema verité, para captar todas las emociones que se van presentando frente a nosotros, a través de las miradas y gestos de frustración e inoperancia de padre e hijo, con algunos instantes de cine de animáción y humor, con los múltiples fantasmas que afloran en sus mentes, como los suspensos, las notas de los profesores que engrandecen los errores y debilidades de Angelo, y sobre todo, los miedos de repetir curso.

Una convivencia entre padre e hijo, en la que uno mira al otro, preocupados y frustrados, se abrazan o se rinden agotados por no entender los ejercicios y perderse en una hora que acaba siendo muy triste y vacía. El padre recuerda sus años de alumno, en el que tuvo que pasar por los mismos métodos caducos educativos y su desesperación por no poder asimilar las distintas materias y seguir la normalidad del curso, una normalidad que excluye, no acepta la diversidad. Vieuille rescata el libro Mal de escuela, de Daniel Pennac, reconocido profesor y pedagógico francés, en el que no nos habla sobre la institución académica y sus males, sino en un alumno, el propio Pennac, y su zoquetería, sus múltiples problemas para encajar en el mundo de la escuela, y sus incapacidades para afrontar los trabajos que les asignaban, y el proceso triste que tuvo que vivir en sus años estudiantiles, y la frustración que le llevó a cambiar constantemente de colegio para encontrar aquel que mejor se adecuaba a sus necesidades e idiosincrasia. Un ensayo magnífico que explora la insatisfacción que provoca unos métodos académicos que no funcionan igual para todos, sino para unos cuántos, dejando fuera a todos aquellos alumnos que son diferentes, con necesidades completamente diversas.

Vieuille, a través de su pequeña película, no sólo nos habla de la relación de un padre y su hijo, sino también, y siguiendo con la maravillosa tradición de la cinematografía francesa, que ha explorado desde tiempos inmemoriales la educación y sus métodos (con nombres tan importantes como Vigo, Truffaut, Pialat, Philibert o Cantet, por citar algunos) ha construido una película sobre los males educativos en Francia, que podrían extrapolarse a muchos países occidentales, en los que el sistema falla estrepitosamente en aquellos que son diferentes, y no les concede la oportunidad de seguir otro tipo de educación, dejándolos marginados, y con la idea que son unos inútiles y no pueden pertenecer a este sistema excluyente y fascista, en un sistema educativo que no construye personas, ni mucho menos las forma para enfrentarse a la vida y a una sociedad salvaje y depredadora, sino trabajadores para un sistema capitalista en el que hay que esforzarse por ser los mejores profesionales, donde uno estudia para ganar dinero, no para ser persona, donde la humanidad y la bondad quedan completamente al margen, quedando completamente anulada y aislada en los centros de trabajo donde se fabrican números y ganancias, donde todos somos números y poco más.

El cuaderno de Sara, de Norberto López Amado

EN EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS.

Laura, una madura abogada de Madrid, emprende un viaje a lo desconocido y salvaje por el corazón de África, más concretamente por el Congo, con el propósito de localizar a Sara, su hermana pequeña, que ha desaparecido mientras ejercía la medicina como cooperante. Allí, en esa zona hostil y peligrosa, sobrevivirá a las mil y una, con la ayuda de un ex niño soldado, y diversas personas que encontrará por el camino. El cuarto largo de Norberto López Amado (Orense, 1965) es un retrato de una mujer que arriesga su vida y todo lo que tiene, para encontrar a su hermana, casi de manera inconsciente, venciendo sus miedos e inseguridades, y rodeada de un ambiente tremendo, al que tendrá que enfrentarse en este viaje caótico, lleno de peligros y terrorífico. López Amado arrancó con Nos miran (2002) con guión de Jorge Guerricaechevarría, que también escribe la presente, combinando un relato de desapariciones con el thriller psicológico, después su carrera se ha centrado en la televisión, donde ha dirigido series como El internado, Tierra de lobos, El tiempo entre costuras, El príncipe o Mar de plástico, entre muchas otras. Volvió al largometraje con el documental ¿Cuánto pesa su edificio, Sr. Foster (2010), y más recientemente con la pieza de cámara La decisión de Julia (2015) en el que una mujer volvía a rendir cuentas del pasado al que fue su amante, protagonizada por Marta Belaustegui, que aquí se reserva un breve papel.

Laura se planta en mitad del Congo, entre el bullicio y el movimiento sin fin de un país azotado por la guerra y el maldito coltán, uno de los elementos esenciales para fabricar nuevas tecnologías, en el que tendrá que lidiar con todo tipo de individuos, algunos ambiguos como el buscavidas que interpreta Manolo Cardona, uno de esos mercaderes que aprovechan cualquier negocio oscuro para hacer caja, o también, el ex de su hermana, que le prestará un cable cuando más lo necesita, o el chaval ex soldado que le ayudará a sobrevivir en el corazón de la jungla (magnífica la interpretación del debutante Iván Mendes) o la mujer del poblado en mitad de la selva. Gentes diversas, diferentes, que cada uno a su manera, intenta sobrevivir en el reino de la miseria, el hambre y  el terror. Quizás la parte documento que muestra sin enjuiciar, y la relación que mantiene Laura con el chico, y todo lo que viven, resultan los puntos más fuertes del relato, que en momentos, se pierde en situaciones que derivan hacia otros elementos que desvían la atención de la búsqueda de Laura.

Se agradece el esfuerzo de producción de la película, filmada en localizaciones de Uganda y Tenerife, en una película de viaje, un viaje a las entrañas de deshumanización del negocio del coltán, donde todo se desarrolla a un ritmo increíble, en algunas ocasiones, consiguiendo mostrar una realidad compleja, en el que la tensión y la supervivencia se palpan a cada instante, sin descanso. La magnífica interpretación de Belén Rueda es otro de sus grandes alicientes, en el que desarrolla un trabajo de grandísima altura, componiendo la realidad de una mujer sola, pero entera, sin más vida que esta aventura peligrosa e inconsciente, en el que no cejará en su empeño para conseguir rescatar a su hermana. Belén Rueda posee esa actitud, compostura y elegancia que consigue transmitir, casi sin palabras, toda la dureza interior que vive su personaje, arrastrándonos a su empeño, cueste lo que cueste, y pase lo que pase, mezclando una fortaleza a prueba de bombas, y una convicción que nos seduce y transmite todo ese miedo al que hay que vencer para seguir hacia delante.

La humanidad y valentía que desprende el personaje de Belén Rueda es encomiable y poderosa, en este viaje al infierno en el que se cruzará con sacerdotes en mitad de una guerra imposible (maravilloso el instante con Enrico Lo Verso) a gentes de mal comer que ayudan a desconocidos y sobreviven a duras penas en medio del horror, niños arrastrados al psicótico universo de la guerra, a occidentales que se aprovechan del caos para engrandar sus cuentas, y señores de la guerra, que con el beneplácito de las empresas capitalistas de turno y los gobernantes corruptos campan a sus anchas explotando a pobres miserables que arriesgan su vida extrayendo el maldito coltán. Una película desigual pero interesante, en el que sobresale la hermosa, sucia y cálida fotografía del reputado David Omedes, que logra captar la belleza y el horror africanos, en el que la sensacional labor de Belén Rueda, consigue sumergirnos en el fuerza de su personaje y mantenernos en la trama de la película, en el que nos acordamos de aquellos aventureros conscientes o no, que se embarcaban en viajes peligrosos, de los que quizás no había retorno, para adentrarse en el corazón de África, un mundo desconodio, inhóspito, peligroso y lleno de terror.

Call Me by Your Name, de Luca Guadagnino

EL VERANO DEL PRIMER AMOR.

“El amor, al no entender de geografía, no conoce fronteras”

Truman Capote

Una mañana de verano de 1983, en una villa familiar del siglo XVII, cerca del pueblo de Crema, en la región de la Lombardía italiana. Cuando todo parece tranquilo, sin más ruido que la música de la naturaleza, llega, como cada año, el nuevo alumno del profesor Sr. Perlman, en este caso se trata de Oliver, un joven norteamericano de 24 años que realiza su doctorado sobre cultura grecorromana. Elio, el hijo del profesor, que pasa el tiempo reescribiendo música junto a su piano, se lanza escaleras abajo, a saludar al nuevo invitado que pasará 6 semanas de verano estudiando, conociendo y descubriendo el bucólico, apasionante y bellísimo paisaje del lugar. El quinto trabajo de Luca Guadagnino (Palermo, Italia, 1971) en palabras del propio director, cierra una trilogía sobre el descubrimiento del deseo, que se iniciaría con Yo soy el amor (2009) en el que una familia burguesa de la Lombarda más tradicional se veía trastocada por el amor de dos de sus empleados, a la que seguiría Cegados por el sol (2015) en el que exploraba las turbulentas relaciones de dos parejas durante unas vacaciones en una villa, que bebía libremente de la película La piscina, de Jacques Deray. Si en aquellas el deseo y las relaciones eran apasionadas, aunque de cariz turbulento, doloroso y enfermizo, en Call me by your name, el deseo estaría en el otro lado del espejo, en el que se explora la naturaleza apasionada del deseo, del primer amor, del descubrimiento de nuestros sentimientos y sobre todo, de nosotros mismos, la primera vez que experimentamos unas sensaciones agradables y apasionantes hacia alguien, al que deseamos y amamos.

Basándose en la novela de André Aciman, y con un guión del reputado y veterano cineasta James Ivory, que también actúa como coproductor, autor de celebres obras como Las bostonianas, Una habitación con vistas, Regreso a Howards End o Lo que queda del día, entre muchas otras, y Maurice (1987) la historia del primer amor entre dos chicos en la moralista Inglaterra de primeros del siglo XX, una película en la línea de la de Guadagnino. El cineasta italiano parece emular a sus dioses cinematográficos como Renoir, Rivette, Rohmer o Bertolucci, y nos introduce de forma tranquila, como una brisa de verano, casi sin tocarnos, como un caricia,  en una película que nos habla de muchas cosas, como el arte y su historia, y su importancia en la actualidad (como ese impagable momento en el lago cuando “resucita” de las profundidades una obra perdida, que interpela directamente a sus protagonistas, como ocurría en el descubrimiento de los amantes calcinados en Pompeya en Viaggio in Italia), o esas largas conversaciones con amigos mientras degustan un vino tinto, o los paseos en bicicletas recorriendo caminos entre naturaleza salvaje (como otro instante bellísimo, cuando los dos jóvenes piden agua a una señora que parece sacada de Novecento o El árbol de los zuecos), tradición y modernidad, pasado y presente, se mezclan en un relato sobre el amor, nuestras emociones y nuestras relaciones, donde el amor se cuece a fuego lento, como casi sin querer, quizás la verdadera naturaleza del amor, ese sentimiento invisible que sin ser conscientes de ello, se va apoderando de nosotros mismos, de lo que somos, de nuestra voluntad, arrastrados a esa persona desconocida que lentamente se va convirtiendo en el protagonista de nuestros sueños y deseos.

La sencilla y naturalista fotografía de Sayombu Mukdeeprom (hatual del cine de Apichatpong Weerasethakul) construye el marco ideal para el desarrollo de esa vida del amor y el deseo, acompañado del arte de Violante Visconti (sobrino de Visconti) donde descubrimos obras de arte, mapas históricos, muebles tradicionales e infinidad de libros, consiguiendo el hogar ideal donde historia y personajes se mezclan con detalle, y el audaz y ligero montaje de Walter Fasano (habitual de Guadagnino), que consiguen ese ambiente ideal, donde el amor nace y se reproduce, en el que el impecable trabajo de los intérpretes hace el resto, como la fresca y natural composición de Timothée Chalamet dando vida a Elio, Armie Hammer como Oliver, con la madurez y el cuerpo del joven estadounidense, que llega a la villa como una luz cegadora dispuesto a enamorar a propios y extraños, la ingenuidad y belleza de Marzia, la joven enamorada de Elio, interpretada por Esther Garrel (de familia cineasta) y los padres de Elio, interpretados por los siempre convincentes Michael Stuhlbarg y Amira Casar.

Guadagnino ha hecho una película bellísima, llena de sensualidad y amor, donde su ligereza y complejidad se mezclan de manera sencilla y sobresaliente, un retrato sobre el amor y sus consecuencias, sus dudas y tormentos, en el que sus más de dos horas de metraje se pasan como una brizna de aire, ese viento que acaricia nuestros sentidos, mientras nos quedamos absortos mirando como el sol se pone frente a nosotros, mientras baña de un caleidoscopio de colores en un nuevo día que se nos va, en el que nos trasporta a ese verano de estudio, de sol y frutas (como el melocotón que hace descubrir nuevas cosas del joven Leilo) de visitas a ruinas, de paseos en bicicleta que acaban en lagos solitarios donde dar rienda suelta a lo que sentimos, sin preocuparnos de lo que dirán, o esas fiestas nocturnas de borracheras y besos entre sombras, o ese deseo sexual inconsciente del primer polvo entre Leilo y Marzia, y sobre todo, el descubrimiento de lo desconocido, del primer instante que sentimos algo diferente por alguien, en el que el adolescente Leilo siente por Oliver, ese amor puro, de amistad, y sexual que sienten los dos jóvenes, sin más verdad que la que sienten, y sin más tiempo que el que tienen en ese instante, en el que hay noches eternas, donde es imposible dormir, abrazados para la eternidad en el verano del amor, en el verano de bañarse al amanecer o sentir que el mundo y el tiempo se han detenido, y sólo hay tiempo para el amor, para amarse y descubrir a la otra persona, su interior y a nosotros mismos, en un eterno balanceo de amor y sexo, de sentimientos que deseamos eternos, pero quizás la única eternidad es el instante que vivimos con intensidad.

Zama, de Lucrecia Martel

EL OFICIAL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA.

“En la desolación, necesito que alguien me mire”

La película se abre de forma significativa y abrumadora, sin dejar ningún resquicio de luz, con esa oscuridad interna que agobia y martiriza a su protagonista, Don Diego de Zama, un oficial de la Corona española, en mitad de la nada, en un puesto fronterizo en la Asunción (Paraguay) de finales del siglo XVIII. Frente al mar, de pie, tenso, y en eterna espera, una rutina que será el pan de cada día, espera y espera esa carta que le asignará un nuevo puesto lejos de allí. Pero la dichosa carta no llega, y lo que si llegan cambios de gobernadores que le ordenan encargos a cual más soporífero e inútil. La cuarta y esperadísima película de Lucrecia Martel (Salta, Argentina, 1966) después de unos años dedicada a la docencia, a dirigir piezas cortas y trabajando en otros proyectos que no llegaron a buen término, vuelve a transitar por los espacios y atmósferas que ambientaron sus anteriores películas, La ciénaga (2001) impactante debut, en el que exploraba la decadencia de dos familias, una burguesa y otra humilde, en un tiempo detenido, denso y triste. Su siguiente trabajo, La niña santa (2004) nos contaba la realidad de una adolescente que deseaba convertir al pretendiente de su madre, y por último, en La mujer sin cabeza (2008) un fortuito accidente destapa los miedos e inseguridades de una mujer acomodada.

El cine de Martel se mueve en ese tiempo incierto, un tiempo en el que no hay tiempo, en el que todo se cae lentamente, el entorno se convierte en ruina y decadencia, rodeado de animales, indios, podredumbre, malos espíritus y violencia, en el que sus personajes están sumidos en conflictos internos de los que no pueden escapar, y su entorno sucumbe junto a ellos, en el que por mucho que lo intenten nunca logran salir indemnes de las situaciones. La cineasta argentina introduce en su cine un par de elementos novedosos y significativos, su película es una adaptación de la novela homónima de Antonio di Benedetto, y deja sus ambientes actuales e inmediatos de sus películas, para trasladarse al pasado, a un viaje de más de dos siglos, en una atmósfera colonial, o lo que queda de ella, porque esa Asunción que nos describe con vocación naturalista y minuciosamente, parece un tiempo de continua decadencia, desencantando, una especie de purgatorio donde las almas perdidas como las de Zama se encuentran atrapadas y sin vida, vagando entre montañas de suciedad y miseria de un mundo en descomposición.

Martel no pretende hacernos una revisión historicista de los males del colonialismo, ni tampoco un estudio profundo de las formas de vida cotidianas de esos lugares, sino que ella quiere centrarse en el mundo interior de sus personajes, el ambiente solo le sirve de excusa, solamente para reflejar lo que les ocurre a sus criaturas, como un espejo deformador que nos revela aquello que está sintiendo el personaje, en el que el paisaje irá cambiando en consonancia de lo que va ocurriendo al susodicho. Un cine construido a través de capas, tanto en la forma (como sus encuadres y planos, fijos y largos, con poca luz algunos, como si estuviéramos encarcelados) o su sonido (en fuera de campo y denso, como esa música paradisíaca, completamente irónica, que contrapone el sentido de unas imágenes que van en otra dirección) que se van acumulando creando ese efecto hipnótico y devastador, donde todo se envuelve en un aura de incertidumbre y pobreza espiritual, donde sus personajes se mueven por inercia, intentando sobrevivir donde ya no se puede, creyéndose aquello que ya no creen, y obligándose a sentir cuando ya no sienten, como si ese fuese el único elemento que los mantiene con vida, aunque quizás ya hace tiempo que dejaron de tener una vida, y ahora simplemente la recuerden y fingen seguir con ella.

Zama (excelente el trabajo de Daniel Giménez Cacho con esa mirada ausente y ese gesto de caballero venido a menos) es es un pobre diablo, atrapado en sí mismo, un sosías de los Aguirre o Fitzcarraldo, personajes lunáticos y perdidos que Herzog los maleaba y llevaba por lugares salvajes y exóticos, viendo como ese mundo catastrófico y miserable se ha convertido en su quehacer diario, llevado por su locura y vacuidad, en el que no sabe qué hacer, porque mentalmente hace años que dejó de estar allí, y sigue manteniendo unas funciones que ya no tienen utilidad, e intenta saciar su aburrimiento y vacío existencial dejándose llevar por la lujuria y la apatía. Un hombre que de tanto esperar se olvidó de esperarse, que sigue con su casaca roja y sus botas de cuero, paseándose por el lugar, como manteniendo unas formas que no sabe para qué, ni con qué objetivo. Un reparto de gran calidad en el que sobresale el ya citado Daniel Giménez Cacho, y la presencia agradable y seductora de Lola Dueñas interpretando a Luciana Piñares de Luengo, esas señoras de interminables pelucas blancas, vestidos de seda prominentes, y fiestas lujuriosas por doquier, invadidas por un erotismo y una sexualidad embriagadoras, que coqueteaban y fornicaban con propios y extraños, mientras sus maridos ganaban dinero a costa de los indios y sus vidas.

La devastación del colonialismo y sus gravísimas consecuencias en la población indígena, a merced del imperialista blanco, los funcionarios adictos al juego, a las riñas, al sexo y a la insustancialidad, y la estupidez burocrática, que deja sin salida y al borde de la locura a aquellos que desean cambiar de aires, son otros de los temas que abundan en la película, como todo eso afecta, y de qué manera, a la conducta de los personajes, que se mueven en un mundo ajeno a toda la miseria que viven los indígenas, en otra de las características del cine de Martel, donde todos los mundos conviven, se mezclan, y acaban por construir uno nuevo, que se parece demasiado a los anteriores, aunque es diferente, porque Zama, atrapado y perplejo por su situación que parece eternizarse, opta por la aventura, por embarcarse en una empresa peligrosa, pero que le saque de sus laberinto kafkiano que la Corona le ha destinado. Aunque, a veces es mejor perderse en tu propio caos y sufrimiento interno que enfrentarse a fantasmas externos, porque nunca sabrás hasta dónde puede llegar tu decadencia, y sobre todo, tú desesperación por seguir vivo alimentando una vana esperanza, que en el fondo sabes que hace tiempo dejaste de creer en ella.

120 pulsaciones por minuto, de Robin Campillo

LA LUCHA CONTINÚA.  

El arranque de la película es sumamente descriptivo y eficaz, lanzándonos de lleno a la cuestión que plantea su discurso. Unos jóvenes escuchan atentamente a un activista del Act-Up París que les explica la idiosincrasia de la asociación de LGTB que lucha contra el sistema para visibilizar los enfermos de VIH positivo y que se inviertan todos los recursos disponibles para luchar contra la enfermedad de forma más eficaz que hasta la fecha, además, les menciona el modus operandi de sus acciones de protesta y el funcionamiento de las asambleas donde de forma democrática se debate, se escucha y se llegan a acuerdos en la forma de aplicar las teorías. Estamos a principios de los 90, cuando el estado demonizaba al colectivo LGTB, y por supuesto, no veía con malos ojos la enfermedad del SIDA, que ya se había convertido en una epidemia mundial que haría estragos en la comunidad citada, y en otras, como los toxicómanos y demás. La tercera película de Robin Campillo (Mohammédia, Marruecos, 1962) vuelve a explorar temas que ya estaban en sus anteriores dos trabajos, aquellos ocultos a la sociedad, pero que sobreviven en las sombras, en esa periferia de la sociedad que la gran mayoría se niega a ver, en Les revenants (2004) nos contaba una trama con trasfondo social y político, pero a través de unos muertos vivientes, en su siguiente trabajo, Eastern boys (2013) se detenía en las miserables peripecias de los menores venidos del este que subsistían prostituyéndose en Francia.

En su nuevo trabajo, vuelve a introducirnos en un relato social y político, de lucha y activismo, en el que unos jóvenes seropositivos se enfrentan a lo establecido, a las farmacéuticas amparadas por el gobierno de turno que se niega a visibilizar la enfermedad del SIDA y a combatirla con todos los medios a su alcance. Campillo que ha desarrollado toda su carrera como coguionista y editor al lado del cineasta Laurent Cantet, nos sumerge aquí en un estado de excepción constante, en una lucha incansable y decidida por convencer a aquellos que no quieren convencerse. Una lucha diaria, llena de energía y fuerza, a través del combate en primera línea, saboteando eventos (como la secuencia que abre la película) visitando las empresas y haciendo visible sus protestas con esa sangre de mentira que visibiliza la sangre contaminada que recorre sus cuerpos, irrumpiendo en aulas para explicar los efectos devastadores del VIH, mientras reparten condones, o manifestándose y montando campañas publicitarias con mucho ingenio y brillantez. Todo lo que este a su alcance para combatir esa enfermedad invisible que el establishment se niega a ver un gran problema cuando muchos de sus amigos perecen irremediablemente.

Campillo compone una película de arrollador ritmo y atmósfera, que sus 144 minutos se nos pasan volando, convirtiéndonos en uno más de las asambleas, en las que se debate agitadamente las diferentes posturas que allí se manifiestan (que nos recuerda a los mismos debates que tenían el profesor con sus alumnos en La clase) en la que todos hablan y exponen sus reflexiones y diferentes posturas que a veces, deben debatirse para llegar a consensos y de esa manera materializar con más fuerza sus acciones reivindicativas. Campillo no solo nos habla de  la actividad política, sino también, de aquello menos visible, los sentimientos que experimentan sus componentes, sus amores (como el que articula la película) o las secuelas terribles que tienen debido a los tratamientos ineficaces contra la enfermedad, y cómo van llevando sus problemas de salud, su declive y sus últimos días. El cineasta francés nos lleva en volandas por una película que recoge a los primeros activistas que se alzaron contra los poderosos, y lucharon incansablemente, hasta sus últimos días, para cambiar el destino de sus enfermedades, y por ende, sus vidas.

Una película de arrolladora energía, que levanta hasta el más apático, envolviéndole en ese colectivo de lucha política activa, aquellos que ejercen una fuerza contra los de arriba, contra esos que se hacen llamar representantes de la democracia, una democracia o cómo se llame, sujeta y completamente abducida a las leyes de un mercado capitalista, que en nombre de la libertad y la justicia, acapara grandes fortunas y deja sin recursos sociales a los que más sufren. El brillante y rico plantel de actores jóvenes, capitaneados por Nahuel Pérez Biscayart, Arnaud Valois o Adèle Haenel (que algunos recordarán como La chica desconocida, de los Dardenne) nos seducen con su fuerza, su agitación, sus miradas y sus gestos de rabia, con esa energía envidiable que se lanza a las calles a protestar y gritar mientras bailan moviendo unos pompones rosas, luces y colores, y también, oscuridades y sufrimiento, en una película necesaria y valiente, que recoge con una gran fuerza a todos aquellos que se levantaron contra el establishment, esos burócratas canallas que  corrompen un sistema del que se sirven en favor de sus intereses personales y el de sus colegas, aunque siempre tendrán la oposición de aquellos que no se callan las injusticias.

El mar nos mira de lejos, de Manuel Muñoz Rivas

EL TIEMPO DETENIDO.

Se cuenta que, en las tierras del sur de España, en la zona de Huelva, lo que ahora es el parque de Doñana, bajo los densos arenales erosionados por el incesante viento, se oculta la ciudad de Tartessos, una antigua civilización griega que anduvo por estos parajes un siglo antes de Cristo. Muchos aventureros y científicos han arribado a estas tierras para encontrar los restos de aquellos primitivos hombres, como aquellos provenientes de Hamburgo que llegaron a finales del siglo XIX, y buscaron y buscaron, pero aunque no lograron dar con los restos, se fueron pensando que allí se escondía un tesoro. La ciudad de Tartessos sigue alimentando la leyenda y el mito de esa ciudad escondida bajo la arena, oculta de los ojos de curiosos, codiciosos y demás forasteros. El cineasta Manuel Muñoz Rivas (Sevilla, 1978) se ha labrado una fructífera carrera como editor y guionista en algunas de las películas más emblemáticas del cine surgido en la periferia de la industria como El árbol (2009) Ocaso (2010) Slimane (2011) Arraianos (2012) Hotel Nueva Isla (2014) o Dead Slow Ahead (2015), títulos que ha cosechado excelentes reconocimientos a nivel internacional.

Ahora, debuta en el largometraje como director, apoyándose en muchos de los autores con los que colaboró como José Alayón o Mauro Herce, para construir una película poética sobre el paisaje, tanto natural como humano, que se desarrolla en la zona del Parque de Doñana, en un espacio que convergen varios elementos en el que los turistas se mezclan con algunos moradores que alejados de todos y todo, parecen seguir resistiendo al mundo capitalizado, a los caprichos del viento que constante zumba cambiando el territorio de los arenales. Hombres tranquilos, de mar, provistos de pocos elementos, que se mezclan incesantemente con el  paisaje, convirtiéndose en paisaje propiamente dicho, como si hubieran estado ahí desde siempre, cuando se formaron estos arenales, frente al mar, con su viento, que no cesa en su empeño de cambiar su dibujo, su rumor y su silencio. Muñoz Rivas utiliza elementos propios del cine de ficción y documental, para realizar una película de una factura prodigiosa, en el que la abrumadora y enigmática luz de Mauro Herce, que aquí vuelve a dejarnos maravillados con su sutileza para enmarcar el paisaje y construir la belleza a través de ínfimos detalles, filmando con detenimiento el dibujo que hace la arena cuando el viento la seduce y la hace bailar (en uno de sus mejores trabajos, que recuerda al que hizo para Mimosas).

La película se mueve entre la realidad y el mito, entre lo inventado y lo sucedido, entre aquello que algunos dicen que pasó, y lo que se ha convertido en leyenda, en ese espacio de ficción, si queremos llamarlo así, donde todo es posible, donde en un mismo lugar, puedan vivir unos que se muestran ajenos a todo, que se sirven de su alrededor para sobrellevar su vida, entre recoger piñas vacías o troncos para la candela, o comerse una mandarina cuando el sol más aprieta en invierno, o aquellos de más allá, que salen a pescar y anudan las redes creando nuevas trampas para los peces, o esas tardes de compañía, donde se bebe y se cantan a aquellos amores que nunca fueron. Un mundo sin tiempo, o donde el tiempo tiene otro ritmo, sólo movido por el silencio del viento, donde los arenales parecen cambiar de sitio, en un continuo rumor que los lleva y los trae, como los turistas que vienen y van, o los bañistas que en verano inundan las playas, donde toman el sol, juegan a ser felices o intentan capturar clochinas para pasar el rato mientras el domingo va pasando.

El cineasta sevillano nos seduce desde la honestidad con unos encuadres bellísimos que traspasan nuestra mirada y nos devuelven a otro mundo, no muy lejos de éste, pero si alejado del vaivén del mundo moderno, un mundo dominado por lo natural, por todo aquello que no podemos controlar y sobre todo, ver, sólo sentir, como el tiempo de cada plano, que convive sin fisuras con el viento que sigue soplando y moviendo todo el paisaje a su antojo, a su merced, y descubriéndonos espacios recónditos y sumamente ocultos que sólo podemos con el alma. Muñoz Rivas nos invita a penetrar en un mundo de arena, un universo envuelto en arena, en el que el tiempo ya no cuenta, solo el viento, un viento que se mueve y mueve todo, aunque en ocasiones, no sepamos verlo, porque aunque no se vea, sigue ahí, impertérrito, agitador, en su deambular de un lugar a otro, acariciando el paisaje, cambiando de sitio la arena, como a sus gentes, que siguen con sus días, y sus quehaceres diarios, a aquellos que siguen en pie frente al mar, junto al viento y la arena, a aquellos que el tiempo y los nuevos que vendrán, se detendrán a mirarlos con ojos inquietos y sorprendidos, pero siempre en silencio.

Europa, de Miguel Ángel Pérez Blanco

LAS RUINAS DEL SUEÑO.

“Sueño con un precipicio sobre el que se extiendo el horizonte. A lo lejos la ciudad brilla por encima de sus edificios. Tú y yo la atravesamos de un amanecer a otro. Y ocultos entre sus calles, contemplamos nuestro futuro”

Dos amantes celebran la entrada del nuevo año 2018, recorriendo las calles de una ciudad vacía, perdidos sin saber hacía adónde ir y que hacer, como si el mundo que hasta entonces habían conocido estuviera ausente, huido o simplemente desaparecido. Se internan en una montaña, y aparecen en las primeras horas del 1 de enero de 2000, siguen manteniendo la misma edad, pero sus nombres son otros. Se pierden en el bosque y sus vidas desaparecen entre la fiesta, la naturaleza y el nuevo milenio. La puesta de largo de Miguel Ángel Pérez Blanco (España, 1984) es una apuesta formalista, de prodigio visual, en la que nos sumerge en los sueños no realizados y frustraciones de los jóvenes de su edad, y de la ilusión de aquel continente que despertaba en aquel lejano 2000 con la energía de crear una sociedad más justa, igualitaria y llena de posibilidades. Dieciocho años más tarde, la desilusión se ha apoderado de todos, las posibilidades de trabajo son escasas y precarias, y los jóvenes y la sociedad camina perdida, sin rumbo, a la deriva, desesperada, y sobre una sociedad ruinosa, podrida y sin futuro.

Después de dos celebrados cortometrajes, Carretera al Atlántico (2011) y Los dinosaurios ya no viven aquí (2014), donde también había dos amantes, un viaje en coche y un bosque. El cineasta español nos invita a un viaje sobre nosotros mismos, y el continente europeo, sobre estos 18 años transcurridos del nuevo milenio, que sigue cosechando y coleccionando errores pasados, donde las desigualdades siguen creciendo y la “tierra prometida” de un futuro mejor se esfumaron, en los albores del tiempo, de una vida que cada vez es peor, y deja a una generación de jóvenes aislados y desorientados como si fuesen espectros que no tienen espacio en este continente deshumanizado. La película se estructura a través de dos tiempos, dos tiempos que se mezclan, que parecen idénticos, como si el tiempo no hubiera pasado, o como si se hubiera detenido en algún lugar irreconocible, en el que conocemos a dos amantes que vagan por una ciudad muerta, y que experimentan un viaje al pasado, al principio de todo, a aquella noche, en aquella montaña, en el cientos de jóvenes como ellos, celebraban una rave para dar la bienvenida al nuevo siglo, a todo aquello que iba a llegar.

Pérez Blanco construye una película puramente estética, de fuertes contrastes, y con esa luz apagada y oscura, en la que perviven tímidamente algunos neones fluorescentes que dan algo de luz, mínima, en el que nos conduce por espacios postmodernos, pero sin nadie, sin vida, sin alma, en el que los dos amantes los recorren sin saber dónde ir, en una huida sin fin, sin retorno, en el que ya nada tiene sentido. La película mezcla texturas, sonidos y música, consiguiendo una atmósfera penetrante y velada, que recuerda al thriller o la ciencia-ficción, con planteamientos cercanos al cine de Tsai Ming-Liang, en el que cada encuadre rezuma perdida, vacío, a través de un paisaje denso, inquietante y brutal. Pérez Blanco ha creado un distópico itinearioe hacía un no tiempo que ya no existe, hacía un tiempo perdido, un espacio que sigue teniendo vida pero sin vidas, sin corazones latiendo, sin relaciones personales de verdad, sólo fantasmas que se mueven de un lado a otro, y se desplazan sin más, movidos por algo que desconocen, por aquello que ya no es, aunque siga ahí.

Los dos amantes que siguen siendo ellos, pero con otros nombres (o es una ilusión de todos aquellos jóvenes del 2000 que apostaban por el nuevo milenio) se adentran en el otro lado del espejo (como le ocurría a Alicia) encaminándose hacia una fiesta que más que celebración parece una despedida, un adiós a un tiempo y a unas ilusiones que se quedaron en algún momento del tiempo, un tiempo que ya no avanzo más, y arrastro y sigue arrastrando a tantos cada día, a la realidad sucia y putrefacta de un continente enfermo, en estado terminal, que ya no existe, que ya no es. Una película del aquí y ahora, de nuestros sueños no realizados, de la precariedad de nuestras relaciones personales, de una sociedad infeliz y muerta, y de todo aquello que queríamos ser y jamás podremos ser, a través de una factura prodigiosa, en una cinta multilingüe, con dos intérpretes internacionales que dan vida a estos amantes ausentes, como si mirasen al mundo o a lo que queda de él, desde la lejanía, desde la ausencia, en un viaje emocional que penetra en nuestros sentidos y en el alma de los espectadores, llevándolos hacía lugares donde ya no valen las palabras, ni los gestos, sino todo aquello que sentimos y nos hace sentirnos vivos.


<p><a href=»https://vimeo.com/250644161″>EUROPA de Miguel &Aacute;ngel P&eacute;rez Blanco -Trailer subtitulado en espa&ntilde;ol (HD)</a> from <a href=»https://vimeo.com/user4180562″>Miguel &Aacute;ngel P&eacute;rez Blanco</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Elefantes, de Carlos Balbuena

LOS ESPACIOS DE LA MEMORIA.

La película se abre con un plano fijo de cinco minutos de duración, en el que vemos una casa en mitad de un prado montañoso,  del que sale un hombre con camisa blanca y pantalón oscuro y caminar en dirección desconocida, tiempo después, sale otro hombre, casi de la misma guisa, como si lo siguiera, perdiéndose los dos en la lejanía. Teniendo en cuenta que los primeros minutos de una película nos informan detenidamente de cuáles serán sus señas de identidad, en esta película sus rasgos formales son inequívocos, desde la sobriedad del blanco y negro, y la luz tenue que recoge la decadencia vital y amargura de todo el espacio, obra del propio director y Luis Arilla, compuesta por planos fijos de larga duración, en el que observamos el vagabundeo por los montes del pirineo aragonés de los dos hombres sin rumbo fijo, como huyendo de algo o haciendo lo posible para reencontrarse con aquello de lo que escapan, a través de acciones repetitivas, en bucle, en el que parecen vivir y revivir constantemente, huidos y ocultos de esa amenaza ausente, que no vemos, pero intuimos y escuchamos, ese miedo innato que los persigue, los acecha y los convierte en meras alimañas desorientadas, sin rumbo fijo, y sobre todo, sin camino que emprender.

El segundo trabajo de Carlos Balbuena (León, 1975) vuelve a indagar en los parámetros que guiaban su puesta de largo, Cenizas (2014) en el que apostaba por redescubrirnos los espacios de las cuencas mineras leonesas abandonadas, sin vida, a través de la figura casi fantasmal de alguien que vuelve a sus orígenes, o a lo que queda de ellos, a través de ese blanco y negro sobrio y amargo, acompañado de unos sonidos vanguardistas e industriales, que acrecentaban esa sensación de ruina vital, vacía y sucia que encogía el alma. Ahora, Balbuena, se ha ido al pasado, pero analizándolo desde el presente, en un viaje memorístico, donde rescata uno de los episodios más desconocidos de la Guerra Civil que se conoce como “La bolsa de Bielsa”, en el que en abril de 1938, los aviones del bloque nacionalista bombardearon los pueblos de la comarca del Sobrarbe oscense, y la mayoría de sus habitantes emprendieron la huída a pie, con niños, ancianos y alimentos a cuestas, atravesando las montañas hasta llegar a lo alto del Puerto Viejo, que es uno de los pasos naturales a Francia, situado a casi 2500 metros de altitud.

Balbuena no recrea aquel desgraciado incidente de la manera convencional, sino que va mucho más allá, filmando aquellos espacios vacíos por el que transitaron aquellas gentes ochenta años antes, con intertítulos que nos van informando de la subida con la altitud de la montaña y la proximidad de la frontera o la libertad en lo alto de la cima, a través de planos fijos y silenciosos que consiguen transportarnos a aquella huida y algunos de los desastres que supuso la contienda. El cineasta leonés, a través de sus dos personajes, y sin diálogos,  desestructura su relato en tres tiempos, en el primero, titulado “Sin dirección”, vemos a los dos hombres, esos rostros y cuerpos con su caminar errante, su tiempo suspendido, donde parecen perdidos, sin saber adónde ir, ni que hacer, huyendo de alguien o de ellos mismos En el segundo tiempo, “La bolsa de Bielsa”, nos introduce en esa huida desesperada que emprendieron aquellas personas a través de la montaña, mostrándonos los espacios, y en el último, “Elefantes”, nos devuelve a la pesadumbre y el desgaste anímico de estos dos hombres y la violencia desatada que hay en ellos, rasgados y espectrales de esa guerra que ha partido en mil pedazos un país enigmático, violento y oscuro, que todavía alimenta con su desmemoria gubernamental, a partir de unas gentes que no olvidan, que siguen arrastrando esa memoria, esos espacios, esos cuerpos partidos y cansados.

Balbuena vuelve a la duración breve (apenas 69 minutos) y construye una bellísima metáfora sobre los males intrínsicos que azotan el país, y lo hace utilizando lo mínimo para llegar a lo máximo, si ya habíamos señalado la importancia de ese sonido rasgado e industrial, o el sonido natural como el viento ininterrumpido que nos ahoga, no menos es ese canto occitano que escuchamos dejándonos sobrecogidos por su fuerza y poesía, porque Balbuena hace un excelente e intenso ejercicio del fuera de campo, de todo aquello que no vemos, pero que inunda todo el espacio que tenemos frente a nosotros, dotando al paisaje de memoria y reivindicando que la huella y la ruina muestra más de lo que a simple vista vemos, a través de una dramaturgia formal que recuerda a ese cine del este construido a través de los planos vacíos, de seres errantes, y la memoria como vehículo para enfrentarse a las heridas y los miedos atávicos, un cine de la memoria y por la memoria, en la misma línea que La fossa, de Pere Vilà i Barceló o Equí y n’otru tiempo, de Ramón Lluís Bande, donde la memoria histórica se analiza y explora a través del presente, de sus huellas, de sus ruinas, todo aquellos elementos que el tiempo ha sido incapaz de borrar, porque por mucho que pasen los años, hay heridas que siguen latiendo como el primer día, que comprimen y nos impiden avanzar y seguir caminando hacia adelante.

Loving Vincent, de Dorota Kobiela y Hugh Welchman

LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL ARTISTA.

“No podemos expresarnos mejor que a través de nuestros cuadros”

Vincent Van Gogh

Nos encontramos en Francia, en el verano de 1891, cuando el cartero Joseph Roulin encarga a su hijo Armand que le llevé a Theo Van Gogh una carta escrita por su hermano Vincent, fallecido un año antes. A partir de esta premisa, seguimos a Armand, primero por París y luego por Auvers-sur.Oise, localidad cercana a París, donde el pintor pasó sus últimos días, y en la que se va a ir encontrando con personas que conocieron a Van Gogh y de esta manera, reconstruir los pasajes más interesantes de su vida y sobre todo, sus últimos días y las extrañas circunstancias que acabaron con su vida, al igual que otros autores de la grandeza de Minnelli, Kurosawa o PIalat ya habían reflejado el mundo visual de luz y colores del genio holandés, a través de grandes películas que exploraban su mundo. Aunque este nuevo trabajo es diferente, pero no por lo que cuenta, sino el cómo lo cuenta, porque quizás la trama detectivesca que sigue a Armand resulte más interesante o no, aquí el mayor atractivo de la película reside en su construcción, porque es la primera película de la historia pintada al óleo, en la que 125 artistas de todo el mundo han pintado 65000 ilustraciones que posteriormente se han animado con la ayuda de intérpretes reales, en la que podemos ver 94 fotogramas muy cercanos a los originales del pintor, y unos 31, donde hay una representación parcial de sus pinturas. Una técnica artesanal, de prodigio visual, extraordinariamente elaborada que consigue seducirnos de inmediato, y sobre todo, introducirnos en el mundo plástico de extraordinaria belleza del arte de Van Gogh.

Los artífices de semejante propuesta son la polaca Dorota Kobiela que debuta como directora después de un puñado de cortometrajes animados reconocidos internacionalmente, y también, el británico Hugh Welchman, que también hace su debut en la dirección, después de una larga trayectoria en el mundo de la producción animada de éxito mundial. Dos cineastas que ya habían colaborado en otros trabajos, y ahora emprenden su primer largometraje juntos, y se enfrascan en un viaje emocional a la vida y el arte de Vincent Van Gogh (Zundert, Países Bajos, 1853 – Auvers-sur-Oise, Francia, 1890) uno de los estandartes de la pintura moderna que empezó a pintar a los 28 años y en sus escasos diez años de trabajo dejó unos 900 cuadros y 1600 dibujos, y un prolífico material epistolar que alcanza las 800 cartas, de las que escribió unas 650 a su hermano Theo. A partir del contenido de estas premisas, Kobiela y Welchman construyen algunos de los momentos más significativos de la vida del pintor, un hombre atormentado por sus problemas mentales que tuvo que lidiar con sus grandes dificultades por encajar en un mundo que rechazaba su arte.

A través de Armand, seguimos su periplo por aquellos barrios bohemios de París, a través de su vendedor de materiales para la pintura, o de todos aquellos personajes que se relacionaron en aquellos últimos días de su vida, en Auvers-sur-Oise, pequeña localidad francesa, cercana a París, donde el pintor encontró esa luz necesaria para construir su arte, a través de la recreación vanguardista que imprimía en sus pinturas, ilustrando campos, campesinos, y las personas que conocía e inmortalizaba en sus cuadros, como el Dr. Gachet, amigo de su hermano que lo acogió, y la hija de éste, Marguerite Gachet, a la que llegó a pintar en tres ocasiones, o Adeline Ravoux, la hija del dueño de la posada Ravoux, donde el pintor se alojaba y fue encontrado muerto, una muerte que algunos creen que fue un suicidio y otros, que fue asesinado por un joven maleante de la zona. Misterios sin resolver que la película utiliza de excusa para contarnos esos últimos días de Van Gogh, su arte, sus amistades, sus tormentos, y la soledad que le perseguía sin descanso, y la falta de interés que tenía su obra en la época, todo lo contrario que en el actualidad, convertido en uno de los mayores pintores de la historia, y uno de los máximos exponentes de la pintura moderna.

Kobiela y Welchman nos invitan a maravillarnos con la especial delicadeza y sensibilidad que destilan cada uno de sus fotogramas, convirtiendo su película en un joya visual sin precedentes, en un extraordinario viaje a los sentidos que recoge con sinceridad y honestidad el espíritu del arte de Van Gogh, a través de su pintura, de su maravillosa luz, colores y detalle en las formas y el rostro de sus retratados, y conociendo aún más si cabe, las relaciones que tuvo en su vida, y más concretamente, en sus últimos días, en el que la película construye un calidoscopio, tanto audiovisual, por su magnífica técnica que recuerda a los grandes de la animación que han creado trabajos vanguardistas, revolucionarios, sensibles y conmovedores, como Lotte Reiniger, Jan Svankmajer o Hayao Miyazaki, por citar a algunos (donde la animación ha alcanzado espectaculares maravillas visuales a través de la sencillez del dibujo y una formalidad que nada tiene que envidiar al cine real) y argumental, a través de los testimonios de todos aquellos que lo conocieron y trataron, creando un Van Gogh diferente y extraño según la persona y la relación que tuvo con él, desde los ya citados, como el barquero que lo veía de tanto en tanto, o la ama de llaves que lo trataba de loco, todos ellos, en su medida, nos descubren o no a una persona y artista que la película describe a través de muchas personas, sin saber con exactitud cómo era, y muchísimo menos, las circunstancias oscuras que envuelven su fallecimiento.