¡Déjate llevar!, de Francesco Amato

MENEO AL PSICOANALISTA.

En La fiera de mi niña, de Howard Hawks, una alocada hija de papá protagonizada por Katherine Hepburn, trastocaba la anodina existencia y  llevaba al traste todos los asuntos de un paleontólogo tímido y despistado al que daba vida Gary Grant. Una de las obras cumbres del “screwball comedy”, un género que vino a criticar inteligentemente a las clases burguesas a golpe de risa y enredos por doquier. En Déjate llevar, tercera película de Francesco Amato (Turín, Italia, 1978) siguen con fidelidad los patrones del universo Hawks, en el que nos presentan a Elia Venezia, un aburrido, ególatra y estúpido psicoanalista (que interpreta con sutileza y nervio el grandísimo Toni Servillo) que pasa sus días entre sus pacientes, a los que parece no hacer caso, y además es vecino de su ex mujer, a la que todavía ama en secreto, pero que le demuestra lo contrario. Para más inri, durante un chequeo, su médico le recomienda a hacer deporte, situación que le llevará a conocer a Claudia, una alocada, enérgica y jovial jovencita que se convertirá en su personal trainer. Todo se enredará y de qué manera, cuando aparezca en la función una especie de novio de Claudia que anda tras un botín que no recuerda donde escondió.

La película tiene momentos divertidos, donde la comedia desternillante, con carreras, situaciones cómicas y demás, lleva a los personajes de aquí para allá, sometiéndolos a momentos de puro histrionismo, donde las bofetadas y los objetos vuelan sin dirección. También, se agradece la labor de los intérpretes, donde Servillo demuestra que vale para un roto como para un descosido, en el que no deja de reírse de su personaje, convirtiéndole en una caricatura de esos señores barbudos y gafas que se muestran soberbios e intransigentes frente a los demás, aunque en su soledad, la de sus cuatro paredes, no son más que unos pobres diablos que odian su soledad y se sienten inseguros. Verónica Echegui defiende su personaje con arrojo y sinceridad, siendo una madre soltera que intenta ganarse la vida como puede, una especie de buscavidas de barrio,  moviéndose de un lado a otro, y metiendo en varea a su cliente, ese psicoanalista muy capaz en su oficio, pero muy endeble con las relaciones personales. Una pareja en las antípodas, que como suele pasar en este tipo de películas, encontrarán más de una complicidad, ya que en el fondo, aparentemente parecen muy diferentes, pero en la cercanía, sienten los mismos miedos e inseguridades.

Tanto el psicoanalista como la personal trainer se verán empujados a una aventura, en el que se enfrentarán al noviete de Claudia, que acaba de salir de la cárcel junto a un cómplice y andará tras ellos ya que necesita de su ayuda para encontrar su botín. Unos secundarios inteligentes y audaces que animan el cotarro como Giovanna, la ex mujer de Elia, que cansada de las impertinencias del doctor, rehará su vida aunque eso alertará a su ex marido. Amato ha hecho una película sencilla y honesta, construyendo una comedia ligera, aquella que hace años en Italia se llamaba “comedias blancas”, donde pasar un rato agradable, y además, y si esto es posible, dejar algún poso en los espectadores, sabiendo que vamos a pasar un rato divertido, en el que nos reiremos de unos personajes que aunque no lo parezca, tienen mucho que ver con nosotros, en nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos, y sobre todo, con los demás, en todos las estupideces y gilipolleces que cometemos, ya que estamos muy bien formados para el trabajo, pero no para las relaciones, en las que nos equivocamos demasiado, y cuando queremos solucionarlo, aún lo fastidiamos más, ya que nos dejamos llevar por nuestra soberbia, cabezonería y orgullo de pacotilla.

Lío en Broadway, de Peter Bogdanovich

LIOENBROADWAY_POSTER1-e1435582680900NUECES A LAS ARDILLAS

Después del crack del 29, en EE.UU. surgieron las screwball comedy, comedias que mediante talento e ingenio burlaban el recién aparecido Código Hays, que se dedicaba a censurar el contenido de las películas. Sus argumentos solían girar en torno a personajes femeninos de fuerte carácter y liberales que se relacionaban con el protagonista que acababa en noviazgo y posterior boda, tenían diálogos rápidos, situaciones ridículas, y una clara vocación de evadir al espectador.  Sus guionistas fueron Dudley Nichols, Ben Hecht y Billy Wilder, entre otros, que escribieron películas para directores de la talla como Frank Capra en Sucedió una noche (1934), Gregory La Cava en Al servicio de las damas (1936), Howard Hawks en La fiera de mi niña (1938), Ernest Lubitsch en El bazar de las sorpresas (1940), Leo McCarey en Mi mujer favorita  (1940) o George Cukor en Historias de Filadelfia (1940), entre muchos otros…

Toda la esencia y el aroma de aquella época irrepetible ha sido recogida por el cineasta, crítico, historiador Peter Bogdanovich (Kingston, New York, 1939) en su última película, no obstante siempre ha sido uno de los grandes defensores de la época clásica de Hollywood. Desde que debutase en 1968 de la mano de Roger Corman en Targets, Bogdanovich ha tenido una carrera llena de obstáculos, si bien es cierto que sus primeros años fueron realmente brillantes, en 1971 con The last picture show, alcanza un gran éxito, que repetirá al año siguiente con ¿Qué me pasa, doctor?, donde homenajeaba a La fiera de mi niña, en 1973, realiza Luna de papel, que cosechó buenas críticas y el favor del público. Después llega un período en que su carrera se entronca y sus películas son vapuleadas. Cogerá un poco de aire con la deliciosa comedia  Todos rieron (1981), pero a partir de ese instante, ya serán contadas las ocasiones donde su cine alcance la excelencia de sus primeros años de carrera. En 1990, Texasville, una secuela de The last picture show, logrará buenos resultados. Bogdanovich llevaba 13 años sin dirigir, si exceptuamos la dirección de un capítulo para la serie Los soprano, donde además actuaba, y una tv movie sobre Natalie Wood. Ahora se enfrenta a una película que nació en 1979, mientras rodaba en Singapur, tuvo que contratar a dos prostitutas que le produjeron tal lástima porque las jóvenes se apenaban por la vida que llevaban, y Bogdanovich les dio dinero para que cambiasen de vida. Pensó en dirigir la película pero John Ritter, su actor escogido para el protagonista, murió súbitamente y dejó aparcado el proyecto.

 Ahora recupera una historia, financiada por dos de los directores más interesantes del cine estadounidense, Wes Anderson y Noah Baumbach, y nos presenta a Isabella, una joven prostituta que pasa una noche con un director teatral que le da un cheque de 30000 dólares para que cambie de vida. Hasta ahí el cuento de cenicienta parece encajar bien, pero todo se desmorona cuando la joven se presenta a un casting del director teatral, en una obra que trabaja su mujer, otro actor que fue amante de su mujer, y el dramaturgo que se enamora de la actriz en ciernes, además este último tiene una ex que es psiquiatra y está loquísima que además ha tratado a la actriz, y también a un abuelo salido que está obsesionado con Isabella, inlcuso aparece un detective, que es padre del dramaturgo. Presentado los actores de la farsa, tanto dentro como fuera del escenario, la trama no tiene más que empezar. Bogdanovich hace un ejercicio profundo de nostalgia y recupera el espíritu de las screwball comedy con todos sus ingredientes, no falta de nada, enredos, vodevil, situaciones rocambolescas, persecuciones, amor, mucho amor y pasión, más pasión, y personajes perdidos y alocados, al borde de una neurosis o un ataque de ansiedad. También hay espacio para la comedia sofisticada y el romance, sin olvidarse del cine de Woody Allen. Unos intérpretes encabezados por Owen Wilson y la británica Imogen Poots (magnífica como la heroína llena de energía que arrasará con todo) llenan la pantalla con un derroche de comicidad brutal. El título original ya deja claro los objetivos de la película: She’s funny that way, que sería, “Ella es divertida de esa manera”. Diversión de la buena, carcajadas por doquier, cachondeo puro y duro, disfrute con la pantomima de la vida, directores y actores del teatro, y no sólo del que se finge por dinero, sino del que se practica constantemente en la vida de cada día. Atención al toque final, que bien podría haber firmado el mismísimo Lubitsch, donde se nos desvela el origen de las nueces de las ardillas de Central Park, de la mano de uno de los directores más populares y brillantes de ahora.